Lector de almas
Curro
Supe que Francisco Cíes había nacido con ese don, el día en que envió a su hijo a atender la mesa donde yo me encontraba. Cuando fui a despedirme de Merceditas, su mujer, para agradecerle la olla gitana, la morcilla a las pasas, la sonrisa, lo vi al fondo de la cocina. Francisco Cíes, El Curro, llevaba encima una tristeza de esas que moldean sobre el rostro, otro rostro.
“Me se ha roto el alma”, alcanzó a decir en andaluz.
A los 14 años el Curro se soñó torero en México. Y se fue en barco a Veracruz. Le da risa acordarse cómo se marearon los caballos.
Es la taberna del recuerdo casi intacto. Donde Curro se roba las palabras de los comensales, aunque no intencionadamente. Dice que no lo puede evitar. Se le meten a los oídos y Curro voltea a ver a quien las pronuncia. Le basta un movimiento de ojos, o su quietud, para mirar lo que hay dentro.
A Curro le da miedo, me confesó en estos días. Cuando siente el dolor ajeno, el dolor de hoy o el de mañana, se retira. Al escucharlo recordé aquella ocasión cuando se fue a padecer el dolor que mi alma habría de padecer tiempo después. Lo había leído en mi mirada. Pero le dio miedo prevenirme.
También las penas propias las predice. Hace unos 20 años enterró a una hija. Cuando Merceditas la sacó de la casa para llevarla al doctor, con un dolorcito de nada, el Curro supo que no volvería. Esa noche amó a su mujer como nunca antes lo había hecho. Y a los nueve meses nació otra niña. La misma carita, igualitos los ojos, idéntica la sonrisa. La niña que heredó de Curro el don de leer almas. Aunque todavía no lo sabe.
Cuentan en el barrio que cuando vivía Antonio Sánchez, la gente iba a la taberna más por estar un rato con él que para tomar el espléndido vino que ofrecía. Había quienes iban nada más a ver a los amigos de Zuloaga y escuchar discretamente las tertulias. Era la forma de desaprender lo que enseñaban en las escuelas. Y pensar en libertad. Todavía en los cincuenta, la escritora Gloria Fuertes, fundadora del grupo femenino “Versos con faldas” iba a la taberna a ofrecer lecturas y recitales a quienes necesitaban un trago de libertad.
Unos años después, el Curro veía a Joaquín Sabina cantarle a las calles de Lavapiés. Cuando Joaquín Cortés, el bailaor, va a la taberna, tarda en entrar. Los gitanos del barrio lo envuelven con sonidos de palmas y orgullo. Curro se acuerda muy bien de “la castañera”, una mujer que vendió castañas más de treinta inviernos en la Plaza Tirso de Molina. A sus hijas les regaló varios sueños. Se los metía en los bolsillos de los delantales.
Todavía en tiempos de Franco, a Curro le dio por limpiar una tarde la fuente que estaba al fondo de la calle Mesón de Paredes, donde está la taberna. Frotó tanto que hizo brotar una placa de metal, dedicada a La República. Se sintió orgulloso. Alguien la había tapado, no por dar de baja a la memoria, sino para que sobreviviera al franquismo. Curro llamó a un periodista. Y nadie pudo ya arrancar la placa.
La memoria es una chica bailando, me dijo Curro, el ladrón de palabras que no sabe si tiene dentro un duende o un demonio, pero sea lo que sea, dos veces le salvó la vida. Desde la primera vez sueña de tanto en tanto que está muerto. Y muerto vive, la intensidad de la vida que se extiende a sus anchas en una Taberna de Lavapiés.