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martes, marzo 17

El Aura de Alejandro

Lo pidió en una carta que envió a sus hijos desde Madrid. Lo habló con Milagros, su esposa. Lo escribió hace 30 años en un poema. Alejandro Aura quiso que sus cenizas fueran parte de la ciudad de México. Su voluntad se cumplió el sábado 14 de marzo,cuando sus hijos Pablo, María y Juan, junto con Milagros y su hermana Marta, organizaron un acto en el que mezclaron sus cenizas con cemento. Se abrió un agujero en el muro del Hijo del Cuervo, el “cultubar” de Coyoacán, como le decía Alejandro, en el que se colocó la “caja del tiempo” que el artista Juan Manuel de la Rosa diseñó para Alejandro. Dentro colocaron los lentes del poeta, su pluma, dos fotografías, el libro Volver a Casa, una rosa y el delantal que usó en los últimos años para cocinar sus afamadas carnitas y otras delicias. Mientras el cemento secaba, se presentaron dos libros de Aura, Cuentos y Ultramarinos, de Ediciones sin Nombre y la UAM y El Aura de Alejandro, una antología de su blog, editada por la Secretaría de Cultura del gobierno del DF. Los Aura quisieron que Milagros y yo lo presentáramos. Esto fue lo que dije

Alejandro Aura, el poeta, el dramaturgo, el actor, el conductor de programas de radio y televisión. Alejandro Aura, el danzonero, el cocinero de palabras y manjares. Alejandro Aura, el conversador, el diplomático, el que le soltó las amarras a la cultura, el incansable lector y promotor de la lectura; Alejandro, el blogero.

¿Dónde está la sustancia, la identidad de la obra de Alejandro Aura? ¿Dónde se encuentran las entrañas de su creación? ¿En cuál de todos estos Alejandros descubrimos el aura de Alejandro? ¿Dónde la intensidad de la vida?

Ya Julio Trujillo lo escribió en el prólogo del libro que hoy estamos presentando. El blog de Alejandro es vida, pura vida. Trasciende la naturaleza efímera y testimonial de los blogs, dijo Julio y yo agrego: para reventar y salpicar de vida a los lectores, pero también y sobre todo a Alejandro. Por eso, desde que se sentó a escribir todas las mañanas en su blog, Alejandro comenzó a estar cada día más vivo. Mientras más se ataba el cáncer a su respiro, más pura, más fuerte, más intensa se fue haciendo su palabra y su obra.

Nada puede ser más intenso que narrar el dolor, desde la orilla de la vida. Nada más íntegro que escribir mirando de frente a la muerte, convencido de que al morir todo acaba, cesa, se evapora. Con esa intensidad, con ese dolor, con esa convicción, Alejandro retó a la muerte, porque para él mientras tuviera vida, aunque fuera un hilachito de vida, como un día me dijo, la eternidad era posible. La eternidad como la concebía Alejandro: un acto de creación y el encuentro de la obra con sus destinatarios.

Nunca los tuvo tantos como en su blog. A unos días de su muerte, su blog registró al visitante número 100 mil. Él se había preparado para esta cifra. Nos invitó a celebrar con él la llegada del destinatario número 100 mil. “Cien mil veces unos ojos lectores se han detenido en lo que yo voy escribiendo”, dijo sorprendido y agradecido. Luego reconoció la constancia de los lectores que siempre estuvieron ahí esperando el poema del día, la receta de cocina, el resultado de la quimioterapia, la crónica sobre alguno de los viajes que Milagros, su esposa y cómplice, y él hicieron, el soneto, el informe sobre el rumbo que había tomado en las últimas horas su tos, el insomnio; la opinión política, el comentario sobre una obra de teatro, una película, un proyecto. Cualquier cosa podía aparecer en el blog de Alejandro. Y todo interesaba. Cualquier tema atrapaba a los lectores, a todo tipo de lectores. De todos los rincones del mundo, de cualquier isla, pueblo, ciudad. Ahí estuvieron y muchos todavía están, esperando que aparezca al alba el aura de Alejandro.

Sin ser parte ya del personal del gobierno de la ciudad, sin contar con un equipo de promotores culturales, ni jóvenes entusiastas, Alejandro Aura consiguió en los últimos dos años de su vida poner en marcha programas culturales de valor incalculable. Contagió a sus lectores de la necesidad de leer poesía. Les transmitió la urgencia de leerla, de gozarla, de sentirla, comentarla y desearla. Los puso a investigar sobre medicina naturista para remediar su tos, supimos por los lectores de costumbres y culturas diferentes.

Difundió también los cientos de rostros y máscaras que la ciudad de México posee, su ciudad que tanto amó. En su blog escribió, no sólo las más tradicionales recetas de cocina, sino las más completas. Y es que Alejandro no solamente las compartía, sino que explicaba el porqué del corte de la cebolla, del ancho de la rebanada de jitomate, del color de la salsa, del olor del maíz, de la textura del huitlacoche. Y contaba una y otra vez la historia del nombre de las cosas.

A través de sus poemas, crónicas, narraciones, críticas, conocimos rincones de la ciudad de México, supimos cómo fueron sus calles en otros tiempos, sus plazas, sus heridas, sus amores. La ciudad de México desnuda, su ciudad, se asomó en varias ocasiones a su blog. Y lo hizo de la mano de Madrid, esa otra ciudad que Alejandro comenzó a querer casi desde que llegó a España como director del Instituto de Cultura de México. Y que recorrió, acarició, maldijo, besó, tantas horas al día, sólo para venir después a contarnos sobre ella en su blog. Sobre su gente, sus mercados, sus calles empinadas, sus mujeres, sus taxistas y sus fantasmas.

Supimos por el blog también del cáncer. De cómo iba creciendo el tumor en su pulmón, la tos en su garganta, el insomnio en sus párpados. Y Alejandro nos dio otra vez la fórmula para poder beber, comer, caminar, vivir con el cáncer. Lo vimos casi llevarlo con él al balcón y asomarse juntos a mirar a las parejas de la calle Cervantes besarse o a los grupos de jóvenes gozando del prohibido botellón los fines de semana.

Alejandro Aura se impuso la tarea de escribir a diario. Desde que inició el blog, el 20 de febrero de 2007 y hasta un día antes de su muerte, solamente faltó a la cita el día en que ingresó al hospital. A la mañana siguiente apareció el aviso:

“Queridos todos, nos tuvimos que encerrar en el hospital. No teníamos internet y se me perdió por completo el orden del pasar del tiempo. Por fin Milagros lo conectó. Mañana les contamos cómo anda la cosa”, escribió Alejandro el 29 de julio del año pasado.

Fue Milagros la que nos contó cómo andaba la cosa. El 30 de julio los visitantes de su blog leyeron: “Hoy a las cuatro y media de la tarde, de Madrid, Alejandro se fue y en este blog que le hizo seguir adelante cada día, nos dejó su palabra para siempre”.

El aura de Alejandro es sólo una pequeña muestra de lo que fue su blog. Y también una prueba de que si en algo Alejandro se equivocó fue en creer que todo acabaría con su muerte. De ello soy testigo. La selección de textos del blog que Milagros realizó, llegó a las manos de un grupo de jóvenes de la Secretaría de Cultura para quienes Alejandro Aura fue y sigue siendo simplemente Aura, el maestro, el ocurrente, el culpable de haber abierto las puertas de las calles de la ciudad de México para que se fueran acomodando en ellas un canto, una escultura, una torre de libros, una obra de teatro, un viejo amor. En unos cuantos días, concluyeron la tarea. Los vi leer los textos, sentirlos, discutirlos. Revisar cuidadosamente las viñetas que Juan Manuel de la Rosa envió para ilustrar los textos de su amigo. Los escuché hablar de poesía, de política, de teatro, de cocina, del dolor. Alejandro, me dije, completó con éxito uno más de sus proyectos.

Y lo seguirá haciendo.

Desde que Alejandro murió han visitado su espacio unos 60 mil lectores. Muchos de ellos escriben su tristeza, su esperanza, o su transparente opinión sobre la obra de Alejandro Aura. Hoy el blog de Alejandro, como El Cuervo, tiene un hijo. Se llama "encontrando a alejandro" y es principalmente la prueba de amor de Milagros que se ha dado a la tarea de buscar a Alejandro en cada rincón de esta y otras ciudades para arrojarlo con fuerza sobre el hijo del blog. Un hijo que acabará estallando una y otra vez de vida. Pura vida.

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martes, diciembre 16

Muertos mestizos

No faltó nadie, estuvieron desde el cineasta Luis Buñuel, hasta los escritores Salvador Elizondo y Alejandro Aura, pasando por el galán Mauricio Garcés, el filósofo alemán Walter Benjamin, y el historiador Edmundo O´Gorman. También levantaron una enorme ofrenda para Mamá Tomasa, una mujer que a raíz de que su hijo muriera ahogado en un pozo, decidió habitar el universo de la locura, y otro para un nutrido grupo de artistas, entre ellas Frida Kahlo, Remedios Varo, Lola Álvarez Bravo y Tina Modoti, cuyas fotografías estaban pegadas sobre los rostros de unas muñecas Barbie. No faltó el altar dedicado a las jóvenes asesinadas en Ciudad Juárez y uno pequeño pero muy artístico, dedicado a Doña Jesusa Rodríguez, Doña Jesu, como siempre le dijeron sus amigos y la gente que la quiso. Los altares se colocaron desde el miércoles 29 y de no haber sido por la comida, el vino tinto y sobre todo, por el acento de las miles de personas que acudieron a verlos, cualquiera hubiera jurado que estábamos en México y no en Madrid.

Los altares mexicanos no sólo comienzan a ser vistos con admiración en Madrid, sino que además muchos madrileños se unieron este año a la fiesta y montaron sus propias ofrendas. Y todo esto en la sede de la representación del Principado de Asturias, cuyo director Miguel Munarri aceptó la iniciativa de la Casa de Zacatecas en España, de la revista Letras Libres y de la Embajada de México de convocar a través de Internet a la colocación de altares. Fueron más de 20 personas las que se animaron y sin excepción, cumplieron con todas las reglas de cualquier altar.

A mí me pidieron que levantara el de Alejandro Aura y que diera una plática sobre los altares familiares. Entonces me puse a contarles cómo se me había metido la manía de hacerles cada año una fiesta a mis muertos, estuviera yo en el país que estuviera. Y les conté que cuando el martes pasado en la Casa de América escuché a Carlos Fuentes decir que los escritores que no tienen abuelitas le dan lástima, me sentí totalmente de acuerdo con él.

Sólo que a mí no nada más me dan lástima los escritores sin abuelas, sino cualquiera que tenga la necesidad de usar la imaginación para vivir, para reír, para sentir. Yo por lo menos no sé qué hubiera hecho sin la mía. Fue mi bisabuela quien tuvo la genialidad de transmitirme, integra, su memoria. Fue ella quien me enseñó que es posible mirar con el pensamiento, y con la mirada hablar; quien me contó las historias que dieron vida a su vida y que, aún muerta, se la siguen dando. Es decir, me enseñó a tenderle una emboscada al olvido. De nuestros antepasados, me dijo un día, heredamos la memoria, que es como un pez que por las noches despliega sus alas de pájaro. Consérvala.

La primera vez que levanté un altar en Madrid, tenía pocos meses de haber llegado. Coloqué mi ofrenda con mi hermano mayor en el sitio central, pues llevaba apenas unos meses de haber muerto y envié a quien pude la invitación que mi hijo diseña cada año para la fiesta de muertos. Estuve a punto de perder a casi todos mis nuevos amigos. Casi ninguno entendió el porqué de la fiesta, de las calacas, de la risa en las calaveritas de azúcar, de la música, del pan de muertos, de las flores, del plato de harina. Todos, o casi todos me miraban extrañadísimos y un poco asustados cuando les contaba que en la harina dejarían la huella mis muertos al momento de llegar al altar. Se hicieron terribles e incomodísimos silencios en varias ocasiones. Hasta que la música, el tequila y el baile se encargó de quitarles el espanto.

Al año siguiente ya estaban más relajados. Incluso mi amiga Isabel me ayudo a ponerle arte al altar a partir de ese año. Y se volvió toda una experta.

El que levantamos este año dedicado a Alejandro Aura tenía ese toque gitano que no le va nada mal. A la gente le gustó. Hicieron todo tipo de preguntas. Y ninguno se asustó, ni pensó que estamos locos, ni que los mexicanos somos medio raros. Se quedaban viendo los altares con respeto y luego se reían. Como debe de ser.

Algunos de los altares fueron levantados por jóvenes. Mexicanos algunos, españoles otros. Son las nuevas formas de ver a la muerte. Con imaginación, con creatividad, con ganas de tenderle una emboscada al olvido. Y conservar la memoria. Para vivir.

La mañana de este domingo, antes de quitar el altar, miré las fotografías, el plato de harina, el mole sin olor, el mezcal sin sabor y comprobé una vez más que es la muerte la que levanta en México a la vida.

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lunes, octubre 27

Ganar la guerra

Ya tenía casi dos meses de haber muerto, nos lo recordó Milagros Revenga, su esposa madrileña que había pasado la mayor parte de ese tiempo en México. Después dio las gracias a las miles de personas que solicitaron al Gobierno de la Ciudad que le entregaran póstumamente la Medalla 1808 a Alejandro. La misma que le concedieron en mayo a Carlos Monsiváis y ese día, el 15 de septiembre, a cuatro historiadores mexicanos (Miguel León Portilla, Josefina Z. Vázquez, Ernesto de la Torre y Moisés González Navarro) y a cuatro extranjeros (François Chevalier, F. Katz, David Brading y H. Pietchmann). La ceremonia fue en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento, un sitio que sin duda a cualquiera impone. Creí que Milagros se pondría nerviosa a la hora de pronunciar su discurso. La banda militar, el himno, el saludo a la bandera que ninguno, o casi ninguno de los presentes lo hicimos correctamente; los retratos tamaño natural de Hidalgo, Morelos, Primo de Verdad, como testigos que miran con ojos quietos lo que nunca vieron, para custodiarlo, para guardarlo en ese salón que tanto impone, estremece, perturba. Pero Milagros no titubeó. Compartió con los asistentes la experiencia de otros homenajes que se le han hecho a Alejandro. Narró lo que la gente cuenta, lo que opina, lo que le duele de su ausencia, pero sobre todo, lo que Alejandro Aura no sólo fue, sino lo que aún es. Y lo que seguirá siendo.
Alejandro Aura fue un gran descubridor. Descubrió el arte, la lectura, la risa, las calles, plazas, teatros, estudios, cabinas. Pero descubrió sobre todo a la gente y creyó en ella. En los artistas, en los escritores, en los chavos banda, en los actores, en los poetas, en los teporochos, en los pintores, en los escultores. Pero sobre todo creyó en los desvalidos, en los marginados, en los desprotegidos, en los desamparados; en los más indefensos. En aquéllos a quienes les arrancaron toda posibilidad de recibir una caricia, un techo, un libro, un amor. Y un día Alejandro descubrió el instrumento que, pensó, podría salvarlos de tal marginación: la cultura. Por ello, la sacó a las calles, aventó libros en todas las esquinas; abrió las puertas de las plazas, colocó gradas imaginarias, montó escenarios en las aceras e invitó a quien quiso escucharlo a hacer todo eso suyo. A recuperarlo, como Milagros nos recordó que decía Alejandro, “para el goce artístico, para el placer de la imaginación y para la convivencia”.
El goce artístico y el placer de la imaginación lo sintieron miles de los jóvenes que cuando Alejandro era el encargado de la cultura en la Ciudad de México, deambulaban sin oficio por las calles. Viendo de a cómo, de a cuánto la limpiada de parabrisas, los malabares, el fuego en la boca, para contar por la noche lo ganado y comprobar que no alcanzaba más que para un gansito, un bolillo y si acaso un jarrito para la sed. Pero el hambre, lo que se dice el hambre, seguía ahí, reventando la piel y la fuerza para seguir sin una aspiradita de cemento o sin el contenido de una cartera ajena, un anillo, aquel reloj, el coche del que se deje robar. A fines de los noventa, un puñado de esos jóvenes se integró a alguno de los programas de Aura y sintió el goce, el placer que provoca crear, aprender, producir, sentir. Y convivir con otros que descubren que ejercer la violencia carece de sentido cuando hay un espacio para imaginar, gozar, leer, escuchar, compartir y vivir de ello, vivir. Un espacio que, en medio de tanta insensatez, alce el deseo. El deseo de una ciudad reacia ya a mirarse al espejo.
Alejandro Aura tenía 30 años cuando supo cuál era y sería su relación con la ciudad. También eso nos lo recordó Milagros en su discurso de palabras de carne rosada. Y luego se puso a leer unos versos del poema Hacer ciudades en donde se le oye decir a Alejandro que no se irá. E insta al solitario a partir, al robusto padre de familia, al hombre común de cara lisa, los insta a partir de la ciudad. Pero a él se le escucha decir que no se irá. Que la ciudad se morirá con él. Y estará en su fundamento. Mientras esta ciudad exista, terminó su discurso Milagros, Alejandro Aura estará vivo.
Está con nosotros, dijo Marcelo Ebrard después de entregar a los historiadores y a Milagros la medalla-escultura. Había escuchado atentamente a Milagros. Y lo sintió. Sintió que ahí estaba. El Jefe de Gobierno también invitó ese día a abrirle la puerta a la esperanza. No sé si al decirlo pensaba en los más de 100 mil adolescentes que todos los días deambulan por las calles de la ciudad sin oficio. Sin trabajo, sin escuela. Sin nadie que les haya dicho que todavía hay espacio para abrir espacio. Que todavía hay quien se encarga de que no se apague la luz del Faro de Oriente, ni deje de soplar el viento en el Circo Volador. Que aún hay versos en los libros que calman la angustia, placer en la página en blanco, en el lienzo, en el muro. Yo sí pensaba en ellos mientras lo escuchaba. Y en la urgencia de que alguien entienda que lo que verdaderamente se le reconoce a Aura es haber descubierto que la cultura es el más eficiente, si no el único método para combatir el desamparo, la soledad y sobre todo la violencia. La violencia presente y los años futuros de violencia.
François Chevalier tiene 94 años de edad. Después de la ceremonia salí con él al Zócalo. La lluvia le dio risa. La multitud, calor. Llevaba bajo el brazo la Medalla 1808 que el artista Juan Manuel de la Rosa, por encargo de la Comisión del Bicentenario de la Ciudad de México, diseñó para todos aquellos que algo han hecho para hacer más habitable, más justa, más viva, a esta ciudad. Juan Manuel de la Rosa, uno de los más cercanos amigos de Alejandro Aura, grabó en la medalla un rostro de la ciudad. Su rostro de luz y de agua.
Aún bajo la lluvia, aún con la risa de Chevalier saltando en su mirada sabia, el 15 de septiembre en el Zócalo capitalino se sintió la onda expansiva de la granada que la mano de la sinrazón arrojó en Morelia. Los daños causados no han sido contabilizados en su totalidad. Quizá sea imposible hacerlo. Una herida abrirá otra, y otra y otra. Se perderá la cuenta. Entonces esta ciudad y todas las ciudades serán cada día más invivibles, más crueles, más fieras. Y todos los Alejandro Aura morirán. A menos que las autoridades entiendan que sembrar minas de cultura bajo el asfalto es la mejor estrategia para ganar esta guerra. Esta guerra contra el miedo y el horror que tanto duele.

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domingo, agosto 17

Milagros de Aura

No es la primera vez. He escrito sobre él en varias ocasiones. He contado las anécdotas de cuando compartíamos en España un programa de radio, un cargo en la embajada, decenas de veladas, tragos, caminatas, largas pláticas en la cocina de su casa de Madrid. He publicado no sé cuántas notas sobre su huella en la ciudad de México, sobre su poesía, sobre su facultad de ser un gran amigo; el que te consuela con un taco de carnitas hecho en Madrid, el que te arropa con un mezcal que Fernando del Castillo y Juan Manuel de la Rosa le llevaban en garrafas de plástico desde Zacatecas o San Luis; el que te regaña porque los frijoles no llevan ajo, los jitomates para las tostadas se rebanan delgadito, las tortillas no se echan al comal cuando está frío, los chiles rellenos se escurren bien. ¡A ver para cuándo!, me decía, ¡acomídete María, acomídete! Entonces estallaban las carcajadas y nos chutábamos otro mezcal o abríamos otra botella de vino de esas que compraba por cajas, sin etiqueta, que ni falta hace.

Entonces estallaban las carcajadas. Hoy revienta en mi alma la tristeza.

Ya sabía. Todos lo sabíamos. Desde que se fue de Madrid a México recién casado con Milagros supimos que se le había cosido el maldito cáncer a los pulmones. Y que de ahí en adelante comenzaba la cuenta regresiva. Unos meses, nada más unos meses, dijeron lo médicos y los que teníamos la fortuna de estar cerca, decidimos disfrutarlos al máximo con él y con Milagros. Pero Alejandro fue alargando el tiempo a golpe de creación. Y escribió como nunca en su blog. Reprodujo varios de sus libros de poesía, escribió uno más, contó paso a paso el andar del cáncer por su cuerpo y por su alma. Paso a paso sus andanzas, su diálogo con el cáncer. Y ganó varias batallas. Tres años ganó Alejandro Aura las batallas en la guerra contra el cáncer. Y lo hizo dignamente, sabiamente, dulcemente. Con sabiduría y humor. Aún después de las sesiones de quimioterapia, Alejandro ocurrente, te hacía reír.

Todos lo esperábamos. Pero Alejandro seguía ganando la batalla. Yo terminé mi estancia en Madrid y desde México continuamos conversando, riendo, maldiciendo. O recordando los tiempos en que él difundía al aire mi desnudez. Hora México se llamaba el programa de radio al que me invitó a participar y que mantuvimos durante tres años. Hora México en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Abría Alejandro cada programa con un verso milagroso. “Milagros de sacristán, pellizcos de capellán”, decía con su voz pulcra, apenas aparecía la luz verde en el estudio. Después ya saludaba, “buenas noches –decía—, esta es Hora México, una ventana abierta a México desde el cielo de Madrid”. Y comenzaba a describir mi vestido transparente, de gasa delgadita, mi atuendo imaginario que desataba canastadas de buenos pensamientos entre los taxistas de Madrid, que eran los que más nos escuchaban. Y llegaba otro lunes y otra vez Alejandro con los milagros, sólo porque Milagros nos estaba escuchando desde su casa y era su forma de decirle que la amaba, la amaba, la amaba, en cada palabra la amaba. “¿Qué rima con tierra, María?”, me preguntaba en el elevador que nos conducía al estudio. Guerra, Ale, guerra, le decía y entonces saludaba “milagros son en la tierra, como paños en la guerra”.

A Milagros la conoció en mi casa de Madrid. Él había llegado unas semanas antes a dirigir el Instituto de México al que rápidamente bautizó como Salón México ante la estupefacción del embajador y gran amigo Gabriel Jiménez Remus. ¡Le puso Salón México!, me decía abriendo más sus ya de por sí abiertísimos ojos. Salón México huele a calle, a mujeres, a baile, decía el embajador furioso, que terminó por incluir a Alejandro en su lista de grandes afectos y que desde Cuba, donde fue enviado después de Madrid, le tendió una y otra vez la mano hasta el último día.
Cuando se vieron la primera vez, ya no dejaron de verse. Milagros y Alejandro se pusieron a bailar en la sala de mi casa de Madrid sin importarles que los invitados estaban ahí para conocer al nuevo agregado cultural de la embajada y ser los únicos en bailar y abrazarse y volver a bailar otro rato sin música. Dejaron que sus almas siguieran bailando pegaditas, durante los siete años que estuvieron juntos. El día en que se casaron, se fueron temprano de la fiesta que organizaron en el Bar Casa Pueblo del Barrio de las Letras. “Es que ya di el viejazo”, me dijo Alejandro que me lo venía diciendo ya meses atrás cuando salíamos del Círculo de Bellas Artes y no se sumaba a la copa final con Eduardo Vázquez, Kiko Helguera y Valentina Siniego. “Ya di el viejazo, María” y lo acompañaba caminando despacito a su casa de Cervantes, donde Milagros lo esperaba con sus comentarios sobre el programa y sus milagros. Y con un masajito de ternura en la espalda adolorida de Alejandro.

Regresé de Madrid hace unas semanas. Fui a ver a Alejandro que me prometió que me iba a dar el premio a la mejor huésped 2007, porque también estuve ahí en diciembre pasado y a pesar de los frijoles con ajo y las toscas rebanadas de jitomate, me salió rico el bacalao, los tacos, el fideo seco. Lo fui a ver porque quería decirle que lo quiero y se lo dije. Está bien decirlo. Debes decirlo más seguido, me dijo Alejandro con su voz delgadita de oxígeno. Lo fui a ver para estar con Milagros; para que supiera que no estará sola, aunque Alejandro haya tenido la ocurrencia de al final decidir que ya iba siendo hora de morir. Porque cuando escribió su poema “Colofón”, el año pasado, todavía no sabía qué hacer.

He estado revisando la historia y resulta

Que todos han muerto. Todos, todos.
De manera que esa secreta esperanza que yo tenía.
No encuentra fundamento. No se qué hacer”

Hace una semana, Alejandro Aura fue al hospital a una cita con su oncólogo. Decidió quedarse. Dos días después supo qué hacer. Pero sucede que desde hace unos días he estado revisando mi historia. Y ahora soy yo la que no sé qué hacer. Qué decir, qué escribir.

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