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martes, diciembre 16

Muertos mestizos

No faltó nadie, estuvieron desde el cineasta Luis Buñuel, hasta los escritores Salvador Elizondo y Alejandro Aura, pasando por el galán Mauricio Garcés, el filósofo alemán Walter Benjamin, y el historiador Edmundo O´Gorman. También levantaron una enorme ofrenda para Mamá Tomasa, una mujer que a raíz de que su hijo muriera ahogado en un pozo, decidió habitar el universo de la locura, y otro para un nutrido grupo de artistas, entre ellas Frida Kahlo, Remedios Varo, Lola Álvarez Bravo y Tina Modoti, cuyas fotografías estaban pegadas sobre los rostros de unas muñecas Barbie. No faltó el altar dedicado a las jóvenes asesinadas en Ciudad Juárez y uno pequeño pero muy artístico, dedicado a Doña Jesusa Rodríguez, Doña Jesu, como siempre le dijeron sus amigos y la gente que la quiso. Los altares se colocaron desde el miércoles 29 y de no haber sido por la comida, el vino tinto y sobre todo, por el acento de las miles de personas que acudieron a verlos, cualquiera hubiera jurado que estábamos en México y no en Madrid.

Los altares mexicanos no sólo comienzan a ser vistos con admiración en Madrid, sino que además muchos madrileños se unieron este año a la fiesta y montaron sus propias ofrendas. Y todo esto en la sede de la representación del Principado de Asturias, cuyo director Miguel Munarri aceptó la iniciativa de la Casa de Zacatecas en España, de la revista Letras Libres y de la Embajada de México de convocar a través de Internet a la colocación de altares. Fueron más de 20 personas las que se animaron y sin excepción, cumplieron con todas las reglas de cualquier altar.

A mí me pidieron que levantara el de Alejandro Aura y que diera una plática sobre los altares familiares. Entonces me puse a contarles cómo se me había metido la manía de hacerles cada año una fiesta a mis muertos, estuviera yo en el país que estuviera. Y les conté que cuando el martes pasado en la Casa de América escuché a Carlos Fuentes decir que los escritores que no tienen abuelitas le dan lástima, me sentí totalmente de acuerdo con él.

Sólo que a mí no nada más me dan lástima los escritores sin abuelas, sino cualquiera que tenga la necesidad de usar la imaginación para vivir, para reír, para sentir. Yo por lo menos no sé qué hubiera hecho sin la mía. Fue mi bisabuela quien tuvo la genialidad de transmitirme, integra, su memoria. Fue ella quien me enseñó que es posible mirar con el pensamiento, y con la mirada hablar; quien me contó las historias que dieron vida a su vida y que, aún muerta, se la siguen dando. Es decir, me enseñó a tenderle una emboscada al olvido. De nuestros antepasados, me dijo un día, heredamos la memoria, que es como un pez que por las noches despliega sus alas de pájaro. Consérvala.

La primera vez que levanté un altar en Madrid, tenía pocos meses de haber llegado. Coloqué mi ofrenda con mi hermano mayor en el sitio central, pues llevaba apenas unos meses de haber muerto y envié a quien pude la invitación que mi hijo diseña cada año para la fiesta de muertos. Estuve a punto de perder a casi todos mis nuevos amigos. Casi ninguno entendió el porqué de la fiesta, de las calacas, de la risa en las calaveritas de azúcar, de la música, del pan de muertos, de las flores, del plato de harina. Todos, o casi todos me miraban extrañadísimos y un poco asustados cuando les contaba que en la harina dejarían la huella mis muertos al momento de llegar al altar. Se hicieron terribles e incomodísimos silencios en varias ocasiones. Hasta que la música, el tequila y el baile se encargó de quitarles el espanto.

Al año siguiente ya estaban más relajados. Incluso mi amiga Isabel me ayudo a ponerle arte al altar a partir de ese año. Y se volvió toda una experta.

El que levantamos este año dedicado a Alejandro Aura tenía ese toque gitano que no le va nada mal. A la gente le gustó. Hicieron todo tipo de preguntas. Y ninguno se asustó, ni pensó que estamos locos, ni que los mexicanos somos medio raros. Se quedaban viendo los altares con respeto y luego se reían. Como debe de ser.

Algunos de los altares fueron levantados por jóvenes. Mexicanos algunos, españoles otros. Son las nuevas formas de ver a la muerte. Con imaginación, con creatividad, con ganas de tenderle una emboscada al olvido. Y conservar la memoria. Para vivir.

La mañana de este domingo, antes de quitar el altar, miré las fotografías, el plato de harina, el mole sin olor, el mezcal sin sabor y comprobé una vez más que es la muerte la que levanta en México a la vida.

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sábado, marzo 8

Oaxaca de piedra

Tuvieron que convocar al Consejo de Ancianos para poder prepararlo fuera del pueblo. Tuvieron que firmar un convenio mediante el cual el Consejo de Ancianos otorgó su consentimiento, a cambio de que no se lucrara con la venta del caldo de piedra. Yo nunca lo había probado; hasta hace apenas un año se comía exclusivamente en los pueblos de la Sierra Tuxtepec, al norte de Oaxaca. Donde más se cocina es en Usila, el principal pueblo chinanteco, el de mujeres de ojos rasgados, como peces, y de huipiles bordados en telar de cintura con triángulos, rombos, estrellas y sueños que luego lucen sobre su cuerpo, como una gran ola de hilo.

Mari salió de Usila hace un año. Se fue con su tío a la ciudad de Oaxaca para abrir un comedor donde sólo ofrecen el caldo de piedra, que tan sabroso le sale a toda la familia Santos. A los padres y a los abuelos, a los bisabuelos y a los tatarabuelos, y antes de ellos a nuestros antepasados de los tiempos anteriores a la conquista, me cuenta Remigio mientras calienta las piedras blancas y redondas en lumbre de leña. Remigio, quien no te vende ni una sola cerveza ni un mezcal, y no por falta de permiso, que no lo necesita, sino porque vender alcohol es lucrar, y tiene que cumplir la promesa que hizo al Consejo de Ancianos, aunque no se opone a que uno vaya a la tienda de enfrente a comprar su traguito, que con trago sabe más sabroso el caldo de piedra de camarones, de pescado o mixto.

Remigio me contó que cocinar el caldo de piedra es cosa de hombres, no hay mujer que sepa prepararlo. Según la costumbre, el día que se come caldo de piedra, que es comida de ceremonias, es el día que la mujer descansa. Los varones salen de madrugada al río para pescar los camarones y la trucha. Después preparan la lumbre y colocan las piedras bajo los leños. “De noche las piedras echan chispas, pero de día prefieren quedarse en silencio”, comenta Remigio mientras coloca una de las piedras en una jícara de semilla a la que ya antes le puso jitomate picado, chile verde, agua, hierba santa y los camarones o el pescado crudo. En menos de dos minutos todo está cocido. Cuando el caldo deja de hervir a borbotones, Remigio le saca la piedra con una cuchara y personalmente lleva la jícara a la mesa. “Es mi obligación dejarla en su lugar, es comida sagrada”, me dijo cuando intenté que me la diera para llevarla yo. Mari nos trajo las tortillas hechas a mano por varias mujeres. “Qué extraño se mira un hombre cocinando”, le dije a Mari por iniciar la plática. “Muy extraño, extrañísimo”, me respondió y después me reveló en voz bajita que en el pueblo los hombres nunca cocinan. Nunca lo que se dice nunca. Ni siquiera los días en que se prepara el caldo de piedra. Ellos son los que van a pescar. Y las mujeres encienden el fuego y preparan el caldo con sus manos de nixtamal y algodón.

El Caldo de Piedra, que así se llama el comedor, está a las afueras de la ciudad de Oaxaca. Me llevó Marcos, un amigo antiguo de mirada y alma quietas, con quien tropecé casualmente en una calle de Oaxaca. Teníamos cerca de 20 años sin vernos. Dos décadas de palabras guardadas en el hueco que queda en la ausencia. El hueco que un día deja de ocultar lo que guarda y sin apenas darse uno cuenta sale como un gemido del alma y se expande. Como la vida cuando se desnuda a la orilla del viento.

Por la noche sopló fuerte el viento. Pero los que fuimos a escuchar al grupo Mono Blanco de Veracruz, en pleno centro de Oaxaca, no sentimos frío. Ni sed, solamente ganas de bailar, de ahuyentar la soledad, que en Oaxaca tiene un rostro diferente. Se mueve apenas, se aquieta casi. Y a veces baila. Sentimos ganas de bailar y bailamos el puro fandango. El Museo de Filatelia de Oaxaca cumplía 10 años y había que celebrarlo. Había que cantar, bailar y zapatear porque solamente así se llega a viejo. Y porque todos aquellos que bailan se mueren contentos.

Después del baile, Marcos y yo nos fuimos a tomar un mezcal blanco y nos pusimos a hablar. De nuestras andanzas por el mundo, de nuestros amores, de las historias que dejamos a medias. De México. De la ciudad de México y de Oaxaca. De cómo, cuando uno está en Oaxaca, la ciudad de México se vuelve un espejo de agua en el que, en ocasiones, alguien se mira. Un ciego, un colibrí, alguna que otra niña urgida de vivir.

Como aquélla niña de dos años que Marcos vio un día en un autobús. Una niña mexicana con su madre jovencita. Venía lleno, retacado de gente cansada y violenta. Gente herida de ciudad. Hubo un pleito. Se mentaron la madre. Volaron objetos sobre las cabezas de la niña de dos años y su madre. Marcos intentó protegerlas. Las abrazó. Y lanzó un lamento: ¡qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos, qué mundo! La mamá de la niña de dos años abrazó con más fuerza a su hija. “Yo prefiero pensar en qué hija le voy a dejar a este mundo”, le respondió la mamá jovencita. Cuando Marcos me lo contó, se miró en el espejo de agua que en ocasiones es nuestra ciudad. Una ciudad con una piedra que arde en la mano.

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martes, febrero 12

Niños dioses

Este año me perdí de los especialmente bien sazonados tamales que se preparan el Día de la Candelaria. Tampoco pude ver cómo visten a los niños Dios para llevarlos a que reciban la bendición en el templo, pero dicen que en la ciudad de México fueron cientos de miles los niños dioses vestidos de blanco o con el traje de algún santo que hicieron cola para recibir la bendición. Me perdí la tamalada, toda la fiesta, aunque cuando salí por la mañana a la calle vi filas enormes de gente en cada esquina, esperando su turno para comprarle al tamalero callejero su tamal. Vi también a la gente llevando en brazos al Niño bien envuelto en telas de seda, de satín o brocadas con oro y plata. Y a un montón de niños de carne y hueso con sonrisa de festejo. Pero no participé en la Fiesta de la Candelaria. Me la perdí.

A Fernando García Arellano le pasó lo mismo. Sólo que a él le importó más. Le dolió incluso. Le dio una rabia inmensa y no dejó de maldecir al cura de su pueblo. Un pueblo que está muy lejos de México y en el que no visten a los niños Dios, ni los llevan al templo, ni comen tamales, pero que celebran el Día de la Candelaria como en pocos sitios. El pobre del Sr. García Arellano no cargó en la procesión a la Virgen de la Candelaria, a pesar de que estaba a punto de cumplir medio siglo de hacerlo. Ni siquiera pudo estar en la procesión, ni en los actos religiosos, ni tuvo alma para rezar. Y todo por que se lo prohibió el párroco de su barrio, Azucaica, en Toledo, España. Quién le manda, pensaron muchos parroquianos. No se puede estar con Dios y con el diablo. Con el diablo que respira y siente; que mira y llora, el que busca, se revuelca de placer o de tristeza, el que besa y siente. Con el diablo que se le metió al cuerpo al infeliz de Fernando García Arellano y le hizo separarse de su esposa. Incumplió su mandato cristiano. Y la gente lo va a notar, le dijo el párroco los días anteriores al festejo. La gente lo va a notar.

Si no fuera por la risa que esta anécdota causa, me daría miedo. Si no fuera torpeza crónica la de ese párroco que ejerce su labor pastoral a menos de una hora de distancia de Madrid, estaría asustada. No podría ni contar esta historia que leí en un diario español. Pensaría en las consecuencias que tiene que el poder lo detente un idiota. Y me acordaría de que hace poco un anciano me advirtió que el día en que los idiotas, los descerebrados, los escasos de ideas, de sangre que fluye, de oxigeno, de sensaciones, de creatividad, llegaran al poder, ese día sería el principio de la nada. La nada que lleva a la muerte. Que termina con ella.

Los niños mexicanos de carne y hueso, cuando sostienen en sus brazos a los niños Dios el Día de la Candelaria, los besan en los ojos. No está escrito en ningún lado, ni lo dicen los antropólogos que comparan esta tradición con otras que se daban justo este mismo día en épocas prehispánicas. Nadie ha escrito sobre el beso que los niños de carne y hueso le dan a los niños Dios en los ojos. No es necesario hacerlo. Es por sí mismo, un texto. El beso. Una obra creativa. Un texto nuevo en cada beso. Eso es lo que en realidad vale la pena de las tradiciones. No importa si se cree o no. Están. Y palpitan como la palabra sobre el papel. La palabra vida. Intentar la vida.

Ya hay pocos que intentan la vida. Son más los que intentan la muerte. La mediocridad hilvanada en la mirada. La violencia. La mirada seca, sin sed ya. Seca total. Son cada día más los que intentan morir antes de abrir la vida. Y es que abrir la vida puede ser también un riesgo. Ante uno mismo o ante el mundo. Pero cuando se está en riesgo, no hay cansancio. No hay tampoco terror o es menos sólido. El terror sólido está en los ojos de un párroco que prohíbe vivir.

Los vecinos de Fernando García Arellano, la mayoría, guardaron silencio. Uno habló. Y dijo que es deber del párroco ser comedido, hasta en el reprender. Eso dijo un vecino de Toledo. Y Fernando García Arellano se marchó del pueblo en busca del demonio de la vida. Nadie sabe aún si regresará al barrio de Azucaica, es todavía demasiado pronto. Pero nadie habla ya de él. Sólo algún periodista que escribe la anécdota del ejemplo que quiso dar el cura al resto del pueblo al castigar a quien se atreve a desobedecer el mandato divino. Habrás de quedarte al lado de una sola pareja el resto de tus días. Aunque se haya terminado la vida de la relación, la sonrisa, el deseo, el incontenible deseo de bailar con su cuerpo. Aunque tu pareja te abomine, te engañe, te prohíba besarla en los ojos, debes cumplir el mandato divino. Aquel mandato que te ordena empezar a morir desde el inicio de la vida.

Desde el inicio de la vida comemos tamales los mexicanos. No hay mexicano que recuerde el día en que comió su primer tamal, el momento en que sintió el sabor a maíz en los labios, su olor, su textura. No logramos recordarlo porque traemos el maíz en nuestros genes. Somos hombres y mujeres de maíz, según los mayas. Hombres y mujeres que en tiempos antiguos, según los mexicas, ofrecíamos el maíz hecho tamal al dios de la Lluvia, Tláloc, a la diosa del Agua, la Chalchitlucue y al dios de los Vientos, Quetzalcóatl, para que no fuera a morir la tierra. Para que sudara su humedad la tierra. La tierra de agua en la que vivimos.

Los trajes de los niños Dios se venden en los mercados y en las casas de las costureras de mayor prestigio de las zonas populares de la ciudad. Los hay de las tallas 14 a la 42. De todos los precios, de varios colores. Con o sin hilos de plata. Dicen que este año comenzaron a vender trajecitos de futbolistas y de narcotraficantes.

Este año me perdí de los tamales y de la Fiesta de la Candelaria. Igual que Fernando García Arellano. Este año ya hay nuevos dioses. Y la gente lo va a notar. A pesar del silencio, la gente lo va a notar.

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jueves, abril 12

Tepoztlán de amores, Tepoztlán de dolores

Tepoztlán no es la Ciudad de México, pero este fin de semana le dio cobijo a cientos de miles de sus habitantes. Llegaron para pasar el día o para quedarse por dos o tres más, los que tuvieron la suerte de encontrar alojamiento. También fue gente de Cuautla, Amatlán, Ahuatepec y otros pueblos cercanos. Muchos de los visitantes, quizá la mayoría, buscaban al Cerro del Tepozteco. Son los que creen en él. En su poder de contagiar energía positiva, limpiar las vibraciones negativas y curar los males que padece el corazón cuando se acumula demasiada tristeza en el alma. Pero había también los que buscaban otra cosa. No se bien qué, no lo cuentan, pero buscaban. Lo noté cuando los vi subir en total silencio hacia la cima y cuando, al llegar a la pirámide, se quedaron inmóviles, sin voz, pero también sin sombra, solamente la mirada en su figura. Más tarde, al ver de lejos el cerro, pensé que quizá había yo inventado a aquellas silenciosas personas. No existen, me convencí. O existen solamente cuando escribo sobre ellas, en busca de una historia que contar.



No puedo contar demasiado sobre Tepoztlán, aunque sé de sobra sobre la resistencia que caracteriza a los tepoztecos. No conozco mucho sobre la leyenda del Tepozteco, ni sobre su historia. Pero durante el trayecto hacia la pirámide y más tarde, durante el descenso, escuché varias versiones sobre los poderes y la magia de la zona. Una de ellas tenía que ver con el tiempo. Con el tiempo que no existe desde que un niño, utilizando instrumentos musicales, su orín y piedras de obsidiana le dio forma a los cerros.

En la cima del Tepozteco no transcurre el tiempo, dijo un hombre a su pareja. Le explicó que los dioses le concedieron este don al cerro por haber hecho valientes a sus hombres y mujeres. Por eso las gigantescas rocas inclinadas nunca se desprenden del cerro. Jamás rodarán sobre las casas por más que parezcan estar apenas detenidas por el viento. Por eso también se siente tantísima energía allá arriba. Es el tiempo que no transcurre, le aseguró seriesísimo a su mujer aquel hombre y le siguió contando más y más cosas sobre dioses, piedras y guerreros, pero al cabo de unos minutos pude solamente escuchar palabras sueltas, mezcladas con las frases de otras parejas, familias, amigos que intentaban, algunos inútilmente, llegar hasta la cima para al menos tener una historia que contar. O para encontrar entre las rocas el rostro de un amigo muerto.

Hay muertos que conservan la memoria. Son los que más dolor provocan, más rabia.

Todavía me duele Tepoztlán, aún me cuesta tomar la decisión de ir. Y no me duele por lo mismo que a los tepoztecos que tienen miedo de que tanta magia acabe con la magia. En cualquier rincón, esquina, galería, patio, iglesia, plaza, se ofrece magia al mejor postor. Una sanación en media hora, un temascal ceremonial y curativo con acento extranjero, o la terapia de cuatro puertas en cama de hierbas, con la mascarilla y el té incluidos. Hasta la fotografía del Aura se anuncia en el estacionamiento más concurrido de Tepoztlán en donde también es posible participar en sesiones de meditación tibetana con el sonido de bowles de cuarzo. Todo un cruce de culturas.

Doña Mari no se queja de que venga tanta gente en Semana Santa y fines de semana. Sube la venta de quesadillas de corolines y de tacos de cecina. Pero mientras asa la flor de calabaza con un poco de epazote fresco con la que rellenará mi quesadilla, me confiesa que no entiende la moda ésta de hacerse curandero o chamán al vapor. Tampoco sabe qué es eso de las lecturas de runas que se ofrecen a la vuelta del mercado, ni menos los masajes Shíatsu. Pero no se queja. Solamente platica con quien quiera conversar sobre la vida y sus andanzas. La vida va y viene, me dice. Viene y va. Los que fundaron este lugar ya se fueron. Después vinieron nuestros padres y nos dejaron solos, como a nuestros antepasados los dioses. Ya veremos si los que vengan después traen la lluvia de la muerte o se quedan arando las rocas.

Quise hacer mil preguntas más. Quise quedarme toda la mañana con Doña Mari hablando de la memoria y de las palabras que le dejaron en la boca sus tatarabuelos. Pero no pude hacerlo. A Doña Mari la fueron a llamar al puesto de comida. Su sobrina estaba en agonía. Sólo ella podía salvarla, le dijeron sus familiares con las manos. Doña Mari se agachó y puso una canasta sobre la improvisada mesa. Sacó un puño de hierbas, colocó de nuevo la canasta en su lugar y se marchó. Otra mujer que hasta ese momento no había estado en la pequeña fonda, o al menos nadie la había visto, se encargó de que no se marchitaran las flores que nos alimentan.

Tiene varios ramos de flores alrededor de su fotografía, amarrada en uno de los barandales que dan a la plaza principal de Tepoztlán. Viste un traje indígena de la zona. Debajo de su imagen, un texto reivindica su presencia, aun muerta. “Estás con nosotros donde quiera que estés. Sigues tejiendo huipiles y bolsos en el cielo, sigues creando. Tepoztlán te mantendrá siempre cerca” No hay firma. No hace falta. La gente que lee el texto regresa al pequeño altar con una flor en la mano. Sobre todo los que conocen la causa de la muerte de la niña de la fotografía, violada hace unas cuantas semanas en esa misma calle, justo en la casa de enfrente. Todo el mundo sabe, o cree saber quién fue el culpable. Pero lo callan. Lo calló la niña de la fotografía cuando decidió morir frente a la plaza principal de Tepoztlán, colgado su cuerpo de niña de una soga. Lo calló o lo gritó, opiné cuando un grupo de personas que la conocieron me contó sobre el suicidio. No hubo ningún comentario más. Sólo miradas sobre las piedras tepoztecas.

Las noches de fin de semana en Tepoztlán no se aquietan. Lo mismo ensordecen las campanas del ex convento y las iglesias, que quiebran tímpanos los cuetes o los “espontáneos” que se arrebatan el micrófono en algunos de los bares del centro. Pero nada como las bocinas “retro” que colocan en las azoteas y desde las cuales sale un ruido infernal, no se sabe si de un conjunto de pop rock o de trash metal. De vez en cuando aparece un espacio de silencio y llanto. Pasa el viento, canta un gallo, brilla la obsidiana.

Tepoztlán no es Ciudad de México, pero disfruta los mismos amores y padece los mismos horrores. E igual que en todo México, comienza a gritar de furia, cuando escucha al viento callar. O cuando se acumulan demasiada tristeza en el alma.

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