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sábado, octubre 3

Lluvia árida

Al final del verano
uno a uno
vimos desplomarse
empapados de fuego
los brazos del sol

Sobre una ciudad de agua
lloran los niños sin sus madres
nadie los escucha
desgajar a la vida
en la mirada

Alguien muere de sed
a la orilla del lago
Es un dios sin memoria
el único que ríe

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martes, marzo 17

El Aura de Alejandro

Lo pidió en una carta que envió a sus hijos desde Madrid. Lo habló con Milagros, su esposa. Lo escribió hace 30 años en un poema. Alejandro Aura quiso que sus cenizas fueran parte de la ciudad de México. Su voluntad se cumplió el sábado 14 de marzo,cuando sus hijos Pablo, María y Juan, junto con Milagros y su hermana Marta, organizaron un acto en el que mezclaron sus cenizas con cemento. Se abrió un agujero en el muro del Hijo del Cuervo, el “cultubar” de Coyoacán, como le decía Alejandro, en el que se colocó la “caja del tiempo” que el artista Juan Manuel de la Rosa diseñó para Alejandro. Dentro colocaron los lentes del poeta, su pluma, dos fotografías, el libro Volver a Casa, una rosa y el delantal que usó en los últimos años para cocinar sus afamadas carnitas y otras delicias. Mientras el cemento secaba, se presentaron dos libros de Aura, Cuentos y Ultramarinos, de Ediciones sin Nombre y la UAM y El Aura de Alejandro, una antología de su blog, editada por la Secretaría de Cultura del gobierno del DF. Los Aura quisieron que Milagros y yo lo presentáramos. Esto fue lo que dije

Alejandro Aura, el poeta, el dramaturgo, el actor, el conductor de programas de radio y televisión. Alejandro Aura, el danzonero, el cocinero de palabras y manjares. Alejandro Aura, el conversador, el diplomático, el que le soltó las amarras a la cultura, el incansable lector y promotor de la lectura; Alejandro, el blogero.

¿Dónde está la sustancia, la identidad de la obra de Alejandro Aura? ¿Dónde se encuentran las entrañas de su creación? ¿En cuál de todos estos Alejandros descubrimos el aura de Alejandro? ¿Dónde la intensidad de la vida?

Ya Julio Trujillo lo escribió en el prólogo del libro que hoy estamos presentando. El blog de Alejandro es vida, pura vida. Trasciende la naturaleza efímera y testimonial de los blogs, dijo Julio y yo agrego: para reventar y salpicar de vida a los lectores, pero también y sobre todo a Alejandro. Por eso, desde que se sentó a escribir todas las mañanas en su blog, Alejandro comenzó a estar cada día más vivo. Mientras más se ataba el cáncer a su respiro, más pura, más fuerte, más intensa se fue haciendo su palabra y su obra.

Nada puede ser más intenso que narrar el dolor, desde la orilla de la vida. Nada más íntegro que escribir mirando de frente a la muerte, convencido de que al morir todo acaba, cesa, se evapora. Con esa intensidad, con ese dolor, con esa convicción, Alejandro retó a la muerte, porque para él mientras tuviera vida, aunque fuera un hilachito de vida, como un día me dijo, la eternidad era posible. La eternidad como la concebía Alejandro: un acto de creación y el encuentro de la obra con sus destinatarios.

Nunca los tuvo tantos como en su blog. A unos días de su muerte, su blog registró al visitante número 100 mil. Él se había preparado para esta cifra. Nos invitó a celebrar con él la llegada del destinatario número 100 mil. “Cien mil veces unos ojos lectores se han detenido en lo que yo voy escribiendo”, dijo sorprendido y agradecido. Luego reconoció la constancia de los lectores que siempre estuvieron ahí esperando el poema del día, la receta de cocina, el resultado de la quimioterapia, la crónica sobre alguno de los viajes que Milagros, su esposa y cómplice, y él hicieron, el soneto, el informe sobre el rumbo que había tomado en las últimas horas su tos, el insomnio; la opinión política, el comentario sobre una obra de teatro, una película, un proyecto. Cualquier cosa podía aparecer en el blog de Alejandro. Y todo interesaba. Cualquier tema atrapaba a los lectores, a todo tipo de lectores. De todos los rincones del mundo, de cualquier isla, pueblo, ciudad. Ahí estuvieron y muchos todavía están, esperando que aparezca al alba el aura de Alejandro.

Sin ser parte ya del personal del gobierno de la ciudad, sin contar con un equipo de promotores culturales, ni jóvenes entusiastas, Alejandro Aura consiguió en los últimos dos años de su vida poner en marcha programas culturales de valor incalculable. Contagió a sus lectores de la necesidad de leer poesía. Les transmitió la urgencia de leerla, de gozarla, de sentirla, comentarla y desearla. Los puso a investigar sobre medicina naturista para remediar su tos, supimos por los lectores de costumbres y culturas diferentes.

Difundió también los cientos de rostros y máscaras que la ciudad de México posee, su ciudad que tanto amó. En su blog escribió, no sólo las más tradicionales recetas de cocina, sino las más completas. Y es que Alejandro no solamente las compartía, sino que explicaba el porqué del corte de la cebolla, del ancho de la rebanada de jitomate, del color de la salsa, del olor del maíz, de la textura del huitlacoche. Y contaba una y otra vez la historia del nombre de las cosas.

A través de sus poemas, crónicas, narraciones, críticas, conocimos rincones de la ciudad de México, supimos cómo fueron sus calles en otros tiempos, sus plazas, sus heridas, sus amores. La ciudad de México desnuda, su ciudad, se asomó en varias ocasiones a su blog. Y lo hizo de la mano de Madrid, esa otra ciudad que Alejandro comenzó a querer casi desde que llegó a España como director del Instituto de Cultura de México. Y que recorrió, acarició, maldijo, besó, tantas horas al día, sólo para venir después a contarnos sobre ella en su blog. Sobre su gente, sus mercados, sus calles empinadas, sus mujeres, sus taxistas y sus fantasmas.

Supimos por el blog también del cáncer. De cómo iba creciendo el tumor en su pulmón, la tos en su garganta, el insomnio en sus párpados. Y Alejandro nos dio otra vez la fórmula para poder beber, comer, caminar, vivir con el cáncer. Lo vimos casi llevarlo con él al balcón y asomarse juntos a mirar a las parejas de la calle Cervantes besarse o a los grupos de jóvenes gozando del prohibido botellón los fines de semana.

Alejandro Aura se impuso la tarea de escribir a diario. Desde que inició el blog, el 20 de febrero de 2007 y hasta un día antes de su muerte, solamente faltó a la cita el día en que ingresó al hospital. A la mañana siguiente apareció el aviso:

“Queridos todos, nos tuvimos que encerrar en el hospital. No teníamos internet y se me perdió por completo el orden del pasar del tiempo. Por fin Milagros lo conectó. Mañana les contamos cómo anda la cosa”, escribió Alejandro el 29 de julio del año pasado.

Fue Milagros la que nos contó cómo andaba la cosa. El 30 de julio los visitantes de su blog leyeron: “Hoy a las cuatro y media de la tarde, de Madrid, Alejandro se fue y en este blog que le hizo seguir adelante cada día, nos dejó su palabra para siempre”.

El aura de Alejandro es sólo una pequeña muestra de lo que fue su blog. Y también una prueba de que si en algo Alejandro se equivocó fue en creer que todo acabaría con su muerte. De ello soy testigo. La selección de textos del blog que Milagros realizó, llegó a las manos de un grupo de jóvenes de la Secretaría de Cultura para quienes Alejandro Aura fue y sigue siendo simplemente Aura, el maestro, el ocurrente, el culpable de haber abierto las puertas de las calles de la ciudad de México para que se fueran acomodando en ellas un canto, una escultura, una torre de libros, una obra de teatro, un viejo amor. En unos cuantos días, concluyeron la tarea. Los vi leer los textos, sentirlos, discutirlos. Revisar cuidadosamente las viñetas que Juan Manuel de la Rosa envió para ilustrar los textos de su amigo. Los escuché hablar de poesía, de política, de teatro, de cocina, del dolor. Alejandro, me dije, completó con éxito uno más de sus proyectos.

Y lo seguirá haciendo.

Desde que Alejandro murió han visitado su espacio unos 60 mil lectores. Muchos de ellos escriben su tristeza, su esperanza, o su transparente opinión sobre la obra de Alejandro Aura. Hoy el blog de Alejandro, como El Cuervo, tiene un hijo. Se llama "encontrando a alejandro" y es principalmente la prueba de amor de Milagros que se ha dado a la tarea de buscar a Alejandro en cada rincón de esta y otras ciudades para arrojarlo con fuerza sobre el hijo del blog. Un hijo que acabará estallando una y otra vez de vida. Pura vida.

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martes, junio 10

Octavio Paz y un poema en la Ciudad

Cuando Octavio Paz cursaba el bachillerato en la ciudad de México, soñaba con hacer un viaje a España. Quería llegar a Madrid y, con equipaje en mano, tocar a la puerta de la Residencia de Estudiantes. Para él y miles de los jóvenes mexicanos de su generación, la Residencia era una referencia obligada, un mito casi, un sueño. El sueño de poder compartir sus ideas, su creatividad, sus esperanzas y sus deseos con personajes como Federico García Lorca, Luis Cernuda, Miguel de Unamuno, Luis Buñuel, Juan Ramón Jiménez, Salvador Dalí y muchas otras figuras de la cultura española del siglo XX que solían acudir ahí como visitantes o residentes. En 1934, la guerra civil acabó con la Residencia y mutiló las voces y los sueños de una de las generaciones más generosas, creativas, influyentes y sensibles de la cultura española. No obstante, en 1937, en plena guerra, Octavio Paz viajó a Madrid, invitado por Pablo Neruda al Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Sólo que no encontró a muchos con quienes había soñado dialogar, reír, inventar, beber una copa de vino, leer en voz alta y volver a reír. Muchos de ellos estaban ya en el exilio; García Lorca había sido asesinado un año antes y la Residencia y la guerra habían cerrado las puertas a la razón. A la razón y a los sueños.


En 1989 a Octavio Paz se le cumplió su sueño. Invitado a participar el Ciclo Poesía en la Residencia, habló entre otros temas, sobre la ciudad. De su colectividad y de su soledad. De los pasos que resuenan en una calle ajena a aquélla en la que se camina. De la niña que escribe la escritura de Paz. De Luis Cernuda, el poeta andaluz que recorrió solitario las plazas y calles de México donde murió. “Pájaro por las alas, hombre por la tristeza”, dijo de él Paz al público que lo escuchaba y que recordó las andanzas de Cernuda en el exilio y en particular en México donde deseó, amó y tuvo entre sus escasos amigos a Paz.

Paz comenzó su lectura en la Residencia con poemas escritos en su ciudad. La ciudad para Paz eran las plazas, las calles, la multitud, pero era también el sitio donde los solitarios habitan, los solitarios sin nombre, aquéllos que acompañan, solos, a nadie. La ciudad, dijo esa tarde Paz, representa los dos polos de la existencia moderna: el momento de la colectividad y el de la soledad más intensa. La más profunda. La verdadera y única soledad.

Cuando después de muchos años de vivir fuera de México, Paz regresa a su ciudad, la encuentra transformada, desastrosa, lastimada por el progreso. No tenía nada que ver con la ciudad en la que nació, creció y que tanto admiró. Fue cuando escribió su poema Vuelta; cuando aseguró haber vuelto a donde empezó, sin saber si había ganado o perdido. Desde Mixcoac, desde aquél Mixcoac de Paz donde el tiempo se tiende a secar en las azoteas, escribió Paz lo que leyó años después en Madrid. Y volvió. Volvió para decir, para reafirmar que no quería una ermita intelectual en San Ángel o en Coyoacán. Y terminó el poema sin que dijera qué quería. Ni cuál es la respuesta sobre cómo acabar con la amenaza del mundo moderno. Cómo evitar el desastre ante el progreso. El poema Vuelta, dijo Paz en la Residencia de Madrid, es sobre la realidad de México, pero no sólo de México, sino también sobre la realidad del mundo amenazado en sus fuentes más puras. Eso dijo Octavio Paz y la gente más tarde preguntó dónde está la respuesta, dónde. Y Paz propuso buscarla en el espacio interior. Adentro. En cada uno de nosotros hay una respuesta, dijo.

Una respuesta tumbada sobre la historia. Una salida.

Aunque Paz no consiguió llegar a la Residencia de Estudiantes en su primera etapa, fue encontrando en diversos países del mundo, a varios de quienes la habitaron. Después de su participación en el ciclo de poesía de 1989, Paz volvió a la Residencia en dos ocasiones, en 1992 y en 1993. La ciudad tenía entonces aún más heridas que las que encontró cuando regresó a México. Muchas más de las que llegó a tener cuando Paz soñaba con ser uno de los estudiantes de la Residencia de Madrid. Pero también Madrid es hoy una ciudad con otro rostro. Con muchos rostros. Y ambas ciudades, México y Madrid, mantienen la memoria abierta. Ambas pronuncian sin descanso las voces de sus poetas. Muertos y vivos, los poetas se escuchan en las calles de la ciudad de México. Se sienten sus pasos en las calles. Esa es quizá la respuesta, una de las respuestas, que concede la propia ciudad a la amenaza. Abrirse a la creación, pronunciar en voz alta a sus creadores. Al centro de la soledad, en medio del caos, un poema salta cada tarde de entre la multitud. Y, recordando a Paz, le quita una a una las vendas de las sombras.

La ciudad está viva.

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jueves, octubre 18

Se está tan bien aqui

Que si no he visto el estado de destrucción en el que se encuentra mi ciudad. El país entero, Oaxaca, una desgracia, un desastre. Un deterioro constante; un estar siempre sofocados en el fondo. En el obscuro fondo de un mundo sin luna, sin miradas, sin rostros. Sin esperanza. Llevo casi un año escuchando ese discurso. Algunas temporadas con más frecuencia, otras con menos. Un año de ver a aquéllos que no ven. Que no escuchan. Que se duelen quizá, o ya no, de no tener en la palma de sus manos la línea que conduce al sitio donde la creación delira, se hace obra, caricia, lágrima, canto. Aquéllos que de vez en cuando recuerdan los sonidos del alba. Y que cada vez menos, se atreven a bailar desnudos frente al espejo.

Llevo un año de mirar a mi ciudad con ojos nuevos. Veinte años atrás me marché sin saber cuándo habría de volver. O si volvería o no. Veinte años atrás la vida, mi vida, no conocía la premura. El tiempo era tan sólo pinceladas de tiempo. El sol, la luna, un ciclo delante del otro. O atrás. Me fui de mi ciudad sin saber qué encontraría al regreso. Y encontré vida, raudales de vida. Al filo de la desesperanza, pero vida.Que si no leo lo que yo misma he escrito sobre la criminalidad, la colombianización de México, el susto de muerte que se llevó la pobre de mi madre con mi secuestro virtual, ¡qué infamia! Que si no miro las desigualdades, el hambre, a los violadores, pederastas, rateros, la crueldad en las uñas de los que ofrecen droga a los chamacos; los valores hechos trizas de los adolescentes que salen al mundo con una botella de alcohol en la mano. La sed. Que si no me doy cuenta de que ya nadie, o casi nadie, se conmueve frente a una obra de arte. Un Toledo, un Felguérez, un Tamayo, un Cuevas, un Rivera, un Siqueriros, se admiran según el precio que les coloca el mercado.

Eso dicen muchos, no todos, pero muchos de mis amigos que se quedaron en esta ciudad o en algún otro rincón de México y que han visto cerrarse, una a una, las sabias manos de los amorosos.Que deje de soñar. Que me esté quieta, me aconsejan mis amigos con palabras como puñales.Hay los que no me dan consejo alguno, pero que llevan una capa de concreto encima. Como una piedra atada al pié que ya no usan. O un gemido hueco, permanente, hilvanado en las pupilas de la nada. Una y otra vez el vacio encima del vacio. El grito que destiñe cualquier verdad que quepa adentro de su mundo. Un mundo sin susurros, sin labios que besar.

He estado a punto de estar triste. O lo he estado muchas veces. Triste de otros que desconocen el lado gentil de la tristeza. Su fuerza. Su arrojo. Su ruidosa manera de soñar con la vida. Con una vida que, abiertos los brazos, nos hace sentir lo bien que se está aquí. Después de todo.Se está tan bien aquí. Ese es el título del libro de poemas más reciente de Alejandro Aura, el poeta, el dramaturgo, el conductor de programas de radio y televisión. Alejandro Aura, el que abrió las puertas de las calles de la ciudad de México para que se fueran acomodando en ellas una escultura, un canto, un libro, una obra de teatro, un viejo amor. Alejandro Aura, el amigo entrañable, el creador de las mejores carnitas michoacanas en pleno Madrid, el mejor bebedor de mezcal, uno de los seres más versados en cuestiones de vivir.Fui el miércoles pasado al bar “Ronda” en Avenida de la Paz. Un rincón poco usual por el manojo de luz que desparrama en plena noche. Debe ser porque lo llevan Rodrigo Ambris y María Aura que algo aprendió del “Hijo del Cuervo”, cómo no. Ese día Alejandro nos invitó a escucharlo leer sus poemas que es lo que verdaderamente le gusta hace. Leer en voz alta su poesía y mejorar con ello un poco al mundo. Y lo hace casi tan bien como vive. Casi tan bien como convive desde hace ya dos años con su cáncer. En voz alta, muy alta. Y la frente, también alta. Y el alma, sobre todo el alma. Alejandro nos convocó para que escucháramos su despedida. Aunque, como él mismo lo dijo: pongan ustedes que no se cumpla. Que no sea este su libro de despedida porque ya volvió a escribir otra gran canastada de poemas frescos. Limpios, saltarines, juguetones. Hechos a mano, sus poemas de papel.

Yo ya conocía los poemas. Ya había ido a la lectura de algunos de ellos, hace casi un año, en el Faro de Oriente. También ahí se despidió Alejandro. También ahí muchos de sus amigos lloramos quedito, por dentro, suavecito. Un llorar de agua dulce. Pero en esta segunda ocasión, además del llanto, sucedió un milagro. De pronto desaparecieron los lamentos, las quejas, las palabras violentas. Las lenguas que no buscan, los ojos cerrados. Nada importaba más que el poema hablado de Alejandro Aura. Un Alejandro que a la orilla de cada página, se lanza a los brazos de las musas, de Milagros, de todas sus mujeres, de sus amigos, sus hijos, a los brazos de la vida en la que ha aprendido a estar tan bien, pero tan bien que contagia. Por eso nunca dejaremos de darle las gracias. Por el contagio de vida. De creatividad, de risa, de ocurrencia. Alejandro Aura le hizo esa noche una caravana a las personas que está ya echando tanto de menos, como lo narra en su poema de despedida, y dijo adiós. Con las manos otra vez abiertas, los amorosos le aplaudieron e hicieron suya su secreta esperanza. Aunque sepamos que no tiene fundamento; aunque Alejandro nos haya dicho que ya revisó la historia y que todos, absolutamente todos han muerto. Pero no todos han estado, como Alejandro, tan bien aquí.

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