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martes, marzo 15

Hay mujeres

Hay mujeres que no se miran las manos cuando trabajan. Ni lloran de cansancio y hambre. Aunque tienen hambre, tienen sed, están agotadas. Cansadas de dormir apenas unas horas antes de volver al sitio donde se dejan el alma, el cuerpo, la fe. Nadie mira sus manos, ni sus ojos, ni sus cuerpos de agua y humo.

Nadie las mira por miedo al contagio.

Tres cada minuto son más pobres que el minuto anterior.

Aunque trabajen igual, o más o mejor, son cada minuto más pobres.

Nadie las mira por temor al contagio.

Que no corra el tiempo, que ya no corra el tiempo tan de prisa, piensan ellas. Que se detenga, que alguien nos mire, que nos den vida o si no es posible, que terminen de matarnos de una vez.

Quieren morir de verdad. De mentiras ya han muerto varias veces.

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miércoles, julio 15

Maltrato, amor y placer

Todos los lunes respira profundo y toma la misma decisión. Dice estar segura de que no hay forma de ajustar el permanente enfado de su novio. Ni de apagar los celos con los que casi a diario coloca al destino en sus manos. Aunque la ama, dice. Y ella a él. Se aman, como los amantes que temen que un día la soledad los arrincone, igual que un libro viejo en el verano. Temen, como se teme saber que fuimos jóvenes y apenas lo notamos. O como se teme perder lo que aún no se tiene.

Todos los viernes me cuenta que volverá a ser ella, sin máscara, sin sustos, sin voz dulce en el teléfono nombrando al amor quince veces, solamente para que él no vaya a pensar que está con otro. Para que la siga amando, sin que le permita quitar la mordaza al alma frágil que la cubre. ¿De quién es el deseo, la necesidad de mantenerse mirando un cielo bajo? ¿Quiere él que ella no crezca o es ella la que no pretende abrir sus párpados de pájaro?

Todos amamos. Un día nos encontramos frente a alguien que sonríe con la sonrisa de la vida. Igual. Alguien que nos roza la mejilla y altera las venas del mundo. Alguien cuya ausencia nos despierta por las noches suplicando una caricia. Y amamos. Y nos comprometemos a caminar suspendidos en el cuerpo del otro. Pensamos construir, comenzamos a hacerlo sin perder el delirio de seguir de cerca al deseo. Amar, desear, construir. Pero una día alguno de los dos amanece sin vida. O con la vida del otro, sin nombre ya, sin sueños propios. Nada parece pertenecernos. Y al mismo tiempo somos eso. Por dentro y por fuera, la pertenencia del otro. Es cuando comienzan los reclamos. Los besos que hieren. El miedo.

La soledad nos pone a prueba. Se acerca, pronuncia su nombre de fiera. Nos acaricia el aliento y en ocasiones grita el grito desgarrado del tiempo. Algunos corren, se esconden, huyen sin saber qué es la soledad, quién. No pretenden cederle el espacio donde ya nadie habita. Aunque habitemos todavía nosotros con el otro. No tienen ninguna intención de ajustar el sonido de su voz de grito y abrazar el silencio. Nada hay que perder y temen quedarse con la nada que poseen. La nada atada, nos ata.

El rostro de la soledad es el rostro del espejo. Llora o ríe, según tenga la mirada radiante o quebradas las pupilas de agua. El rostro de la soledad es el que vemos al meternos a la cama y dormimos o nos clavamos las punzadas del insomnio. La soledad duele o salva. Según la fuerza que se tenga para alzarla en brazos.

Todos amamos. Una o tres veces. O más. Hay quien va por el mundo enamorándose a cada rato. Creen en el amor que no conocen. Dicen que el amor es un arte. El arte efímero de amar. Hay otros que aman el primer amor y el último. Entre uno y otro pudo haber amores que se quedaron a la orilla del recuerdo. No fueron tan intensos como para morir con la gracia fresca de las niñas. No queda rastro al final de la historia, ni una huella. Y se inexisten.

Hay quien ama poco por miedo al desamor. El grito, la exigencia, el arrepentimiento de haber amado al alma equivocada. La herida sobre la herida. El hastío, el dolor. El vacío subiendo por la escalera de nuestras entrañas. El vacio que nos pone a rodar como granos de sal sobre la llaga.

El amor ideal es el que siempre comienza, me dijo alguien en mi juventud. Un amor de novios recientes, de cuerpos nuevos cada noche. Cuerpos que se abrazan sin perder cada uno su nombre. Ninguna de sus extremidades, ni sus ojos. Un amor sin esperanza; eterno en el instante mismo que posa sus labios y sella el silencioso pacto de recordar quiénes somos.

Hay otro amor que para sobrevivir requiere de los celos. Los celos son una enfermedad, igual que la leucemia, el sarampión o la diabetes, me dijo alguien en mi adolescencia. Después me enteré que, más que una enfermedad, son un arma de fuego. Una ráfaga en la mirada, en la voz, en los movimientos del ser humano que transmuta sus ojos en granada, escopeta, daga y su cuerpo en animal que acosa, embiste, hiere. Y que al amanecer, tendido sobre el cuerpo yerto del otro suplica el perdón. Y en la mayoría de las ocasiones, lo obtiene.

Todos los lunes respira profundo y toma la decisión. Me lo adelanta cada viernes con su voz de aire. Por la tarde se pregunta si valdrá la pena. Total, todos son iguales, dice. Mejor un conocido, Ya son varios años, ya conozco sus mañas, sus gustos, sus gritos, justifica. Y explica que aún mantienen ambos el deseo nocturno. Quizá sea eso lo que los ata. Quizá sea imposible, o casi, dejar el abrazo, el aleteo de los labios, las caricias. El momento en que sentimos el grito de la vida entre las piernas. Quizá sea esa la fatalidad. El placer a cambio del maltrato. El horror.

A una amiga el maltrato le mutiló las piernas. Le cortó la lengua y la costumbre de mirarse cada mañana al espejo. Aguantó el maltrato hasta que un día, en la cama de un hospital, pidió un espejo. No le afectó tanto la mejilla abierta, la ceja rota, el rostro azul. No. Le dolió más no haberse reconocido antes, seis años atrás, dos. Pero tomó la decisión de aceptar la mano que le ofreció ese día el espejo. Ella misma con su soledad envuelta como nido. Tendida sobre su fuerza, su nombre, su historia, sin volver a ser arrastrada en la ráfaga. Todavía era joven. Y hasta entonces lo supo. Fue como si la verdad despertara de pronto al lado de su cama. Pero como me dijo un día un poeta, la verdad del amor, está dormida.

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lunes, marzo 9

¿Elegir morir?

Si fuera posible decidir el día, la hora, el lugar donde morir, estoy casi segura de que nadie lo haría. O casi nadie. Es difícil decidir morir. Desear morir. Aun para aquellos que ya recorrieron las montañas, los bosques y los valles de la vida. Es difícil tocarle la mirada a la muerte que mira de frente a todo aquel que testifica, paso a paso, el lento deterioro de la vida. No, nadie, ningún anciano por propia voluntad desea marcharse. Por más insumisas las piernas, por más rígidas las manos, sexo, dedos, cintura. Por más despobladas las uñas y cobarde la memoria, la vida ata al dolor, silencia al discurso pronunciado desde la razón, vence a la voluntad manifiesta de descansar, al fin, en el etéreo espacio donde el alma, desnuda, asume el mando.

Cuando la vida escapa, nada importa más que conservar la vida.

Me lo dijo una mujer de 90 años. Después me pidió que me acercara para susurrarme al oído el nombre del más temido de sus enemigos. Es el tiempo, confesó. El tiempo que lame dulcemente mi cerebro, como si yo fuera roca y él, mar. Eso me dijo y me quedé sin ninguna palabra que darle, ni una frase para responderle. Nada. No supe qué hacer más que ponerme a mirar sus pupilas dilatadas por la persistente luz que imagina le quema los párpados. La luz huidiza de los hombres y mujeres solitarios. De los que tienen todo y nada tienen. Solos.

No digas cómo me llamo, me pidió antes de que saliera de su habitación. No digas cómo me llamo, pero escribe sobre mí. Diles que en ocasiones sueño que estoy muerta. Y que cuando despierto me escucho hablar y pienso que en realidad estoy muerta. Pero regreso, siempre regreso a la vida.

Le pedí que lo siguiera haciendo. Que todavía hay tiempo para regresar. Que hay quien ha vivido más, mucho más de 90 años. Le conté del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo que alcanzó los cien. De Andrés Henestrosa que murió a los 102 y de mi bisabuela que lo hizo cuando acababa de cumplir los 104, aunque no le confesé que era esa su edad inventada, pues no tuvo nunca un registro de su nacimiento. Más de cien años dijeron los médicos cuando murió. Ciento cuatro, dijo su hija cuando le cerró los labios todavía tibios de amor.

No diré cómo se llama. Diré sólo que tiene 90 años de vivir y que no tiene ninguna intención de morir. Aunque ella sabe que tendrá que hacerlo, lo sabemos todos. Todos lo llevamos bordado en la memoria desde que nacemos. Vivimos para avanzar hacia la muerte. Paso a paso. Pero ella sabe también que podemos robarle tiempo a la muerte. A la muerte hija de su pinche madre, me dijo, sin disculparse con el médico que entró a la habitación justo cuando subió la voz para calificar a la muerte de hija de su pinche madre. Y el médico trazó una sonrisa inquieta, ignorante, una sonrisa que se mutila el sonido por no saber cómo ingresar al territorio de los sentenciados.

No les digas cómo me llamo, me volvió a decir al día siguiente, segura de que escribiría sobre ella y su palabra. Me pidió que llevara una grabadora. Que guardara uno a uno, los sonidos de su voz, para poder pronunciarse viva cuando muera.

Tres, dos uno, grabando, le dije y comenzó a decir su edad, su deseo de vivir un día más, dos, diez. Tengo noventa años y estoy viva. Viva de tanto vivir, de tanto amar, de tanto gritar que estoy viva, como la vida, como el color rojo , como los recuerdos rojos que saben a pan, dijo y luego guardó silencio por varios minutos. No sé cuántos. Los suficientes para que yo pensara el valor inconmensurable que tiene la vida para quien la ha vivido 90 años. Para quien la ha gozado. Y lo poco, o casi nada que significa hoy la vida para tantos, para tantísimos seres humanos a quienes últimamente les ha agarrado la manía de confundir la vida con el poder. El vértigo que produce el abismo, con la caída. La muerte con el triunfo.

Todos moriremos, me dijo la mujer anciana. No hay dinero que pueda evitarlo, ningún mecanismo que lo consiga. Ni todas las agencia de inteligencia unidas, ni la fortuna y poder de todos los barones de la droga juntos podrán impedirlo. Ni los príncipes, ni los sacerdotes, ni los chamanes, dejarán de morir. Nadie. Morir no tiene remedio, ni precio. No hay nadie a quien corromper para que ponga a morir a otro en nuestro sitio. Morir es lo único personal. Más que amar.

Cuando ella me lo dijo, apagué la grabadora. Presentí que ya todo estaba dicho y además, volvió a quedarse dormida. Está todo dicho, pensé. Al menos mientras vuelva del sueño con otra historia que contarme sobre la forma cómo puede todo ser humano ganarle la batalla a la muerte. Por trozos.

A los 90 años, no siempre se vuelve del sueño con una historia propia. Ella volvió contando que las cosas, los objetos, las paredes de su casa no le pertenecen pues no han envejecido a su lado, a pesar de haber estado juntos los últimos años. La vida es el presente, le dije. Nada más. El presente que no siempre se vive en el mismo sitio, sino en donde el cerebro decide.

Ella lo vive en una habitación distinta a la que estaba antes de dormir. Pregunta quién la trasladó de habitación y por qué. Pregunta en qué país estamos. En qué ciudad. Qué diablos hago yo ahí. Cuando mira la grabadora guarda silencio. No dice nada. No responde a ninguna pregunta. La enciende y escucha. Se escucha viva y sonríe. Después toma mi mano. Tiemblan sus labios, la piel de la frente, tiembla. Es el tiempo que le lame dulcemente su cerebro, como el mar a la roca.

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viernes, febrero 6

Identidad interrumpida

De vez en cuando, a lo largo de la vida, es preciso revisar la historia. Plantarnos de frente al pasado y mirar con ojos limpios lo que fuimos. Descubrir cómo, por qué, desde cuándo somos lo que somos. Y preguntarnos cómo diablos no nos cansamos de repetir uno a uno los desastres, el caos, los horrores. Uno a uno los engaños, el acoso, las mentiras, las falsas promesas, las traiciones, los actos de violencia, los desamores.

Algunas veces es preciso también atrevernos a tocar los rostros de aquellos que quisieron abrir un hueco a la mentira. Escuchar el respiro de los que se negaron a pasar a la historia como grandes caudillos, jefes de jefes, mesías de mesías. Tenían todo para serlo: inteligencia, valor, preparación, relaciones, capacidad de mando. Pero les falló el tamaño, demasiado pequeño, de su ego. Nunca consiguieron conjugar, con la maestría de los que lo han hecho y aún lo hacen, la primera persona en todos y cada uno de los tiempos. Ni menos con cualquier verbo o sustantivo. No quisieron o por fortuna, no pudieron, hacer otra cosa que crear, pensar, amar. Algunos tallaron una llave de madera en el desierto. Abrieron el desierto y lo tiñeron con colores de un poema que nadie escribió. Es por ello que cuando pensamos en ellos sentimos la tentación de reinventar la historia. Reinventarnos. Tal como siempre hemos pensado que queremos ser. Realizar el deseo, sin permitir que deje de existir. Deseando desear.


Algunas veces es preciso simplemente desatar la memoria. Quitarle los nudos que la arrogancia le ha colocado a la historia. Ver la transparencia en las venas de las mujeres sin nombre ni apellido que se empeñaron en sacarse, una a una, las astillas de la lengua para pronunciarse. Hablar, gritar. Decidir. Las que nos dejaron abierto el espacio para montar a plena calle una pista de baile, un foro, un puesto de tamales, un parque, una voz, un hospital amigo, una biblioteca de libros escritos por los hombres que les tendieron la mano a las mujeres,. Y por mujeres. Un poema, un museo, un canto.

Ignoro cuántos años tenemos que vivir antes de lanzar la pregunta que denuncia. O admitir la ansiedad que nos desnuda y nos descubre en la orfandad en la que ahora, muchos se encuentran. O dicen que se encuentran. Dicen que es producto de la crisis. Pero desde antes aún de la crisis, éramos ya huérfanos, por más padres teóricos, financieros y políticos que nos hayan pronunciado hijos suyos. La crisis estaba ya ante nosotros. Sin rostro quizá, pero con su fauces devoradoras de almas. De casi todas las almas, menos de los adolescentes.

Mi hijo adolescente me preguntó el otro día dónde quedaba el amor. En qué nivel, en qué discurso, en qué caverna de todas las cavernas que va uno cavando en el alma. Sufrió una pena de amor. Y está convencido de que no hay nada peor que quedarse huérfano de amor. No sabe todavía que aunque es cierto que no hay nada peor que quedarse huérfano de amor, habrá pronto de encontrar otro amor que llenará la ausencia de aromas en su cuerpo. No sabe que hay otras heridas que se llevan en la mano a lo largo de décadas. A flor de piel, las heridas de piel. Son heridas que tienen historia. Heridas que no admiten cicatrices. Ni remedios, ninguna vasija para verter la sangre Son las heridas que la sociedad asume como bienes. La herencia maldita. La manía de repetir las mismas calamidades. La herida sobre la herida. Fuimos objeto de la impunidad. Seamos impunes. O aceptemos el nuevo rostro del abuso. Es esa la herida. La más profunda.

No le dije a mi hijo que pronto otro amor habrá de desgajar su piel hasta la asfixia. No lo creería. Nadie que ama de verdad cree en otro amor más que en el amor imposible. Hasta que nace, victorioso el nuevo amor, de la derrota.

Tampoco le dije que tiene razón. Y no se lo dije porque las personas de mi generación ya casi no decimos nada. O si lo hacemos, es por decir cualquier cosa. No exactamente hablamos de lo que creímos. Cuando creímos. Cuando fuimos. Cuando pensábamos que cambiaríamos el horror, desgarraríamos la mentira, bailaríamos en el triple funeral de la violencia, la prepotencia, la impunidad.

Ahora es diferente. No se habla. Ni se pronuncia la palabra del espejo. Nadie lleva un espejo a las citas con los grandes estrategas. O casi nadie. Ayer me contaron que un intelectual le dijo a un mesías lo que no quería escuchar. No tengo ni idea si servirá. O si le servirá al mesías saber que antes de él están los otros que dejaron su piel por él. Pero decirlo es ya un ejercicio. Lo contrario no ha servido más que para hundirnos más. Para ahondar la fosa en el sitio donde ya yacía un cadáver. No ha servido más que para darle respiración boca a boca al cadáver. O a los cadáveres que en estos días iluminan su sombra.

En la última semana de enero, reviso el calendario para ver cuáles y cuántos son los días de fiesta este año. Le comento a mi hijo que estoy buscando las fechas de los días de fiesta para ir a visitarlo a dónde se lo llevó el miedo, y me responde que nunca antes me había visto buscar las fechas de las fiestas. Antes, me dijo, la fiesta estaba en ti. No me atreví a decirle que ahora llevo una herida en la palma de la mano. Ni que últimamente he pensado que es preciso revisar la historia. Plantarnos de frente al pasado y preguntarnos por qué diablos seguimos reproduciendo tanto, tantísimo caos. Por qué no damos el salto, por qué no recordamos para olvidar que nacimos para ser corruptos, serviles, desleales.
Y de una vez por todas negarnos a soportar ser lo que hoy aparentamos ser.

Todavía no me acostumbro a celebrar los días de fiesta que no son. O si, quizá lo son, pero fueron mudados de un jueves o de un viernes, o martes, o miércoles al lunes. No me acostumbro, digo, pero está bien que así sea. Tendremos más tiempo para desatar los nudos a la historia. E intentar saber por qué diablos seguimos siendo lo que fuimos. O en qué momento dar el salto para entrar a la vida. La vida que está debajo de la vida, abrigada e inmóvil, casi ausente, en el único espacio en blanco del pasado. El espacio desde donde podemos construir.

Desde dónde podemos preguntarnos lo que hasta ahora hemos sido. Y por qué.

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miércoles, octubre 15

Concha Buika, el caos y la verdad

Fue como entrar a las venas ardientes de la ciudad. De esa ciudad que todavía algunos pensamos que es posible rescatar. La ciudad salvaje, brava, respondona, y al mismo tiempo envuelta en una insólita ternura. Una ternura que arranca los nudos del miedo y del hastío.
Así es Buika, Concha Buika, la cantante española que este fin de semana en el Lunario del Auditorio Nacional de la Ciudad de México, rió, gritó, gimió, lloró y por un momento se volvió la luz de la ciudad, su canto.
Y su sombra, su visible oscuridad.
Nació en Palma de Mallorca hace 37 años. Su madre, al igual que su padre y el resto de su familia, es originaria de Guinea ecuatorial. De ella agarró Buika el gusto por el jazz, y de su calle en Mallorca, el quejido del flamenco y las historias de las coplas. Su propia historia.

Buika se sube al escenario con un programa que canta a medias, que derrama, que trasgrede. Hace lo que le da la gana; se roba las letras de las canciones rancheras, las abraza y se las lleva por callejones improvisados desde donde inventa, le inventa frases a Volver, volver y las suelta al borde de los ojos que la miran sin perderse una nota, un gesto, una sonrisa de Buika que más tarde lo supe, se emociona y se ríe por dentro cuando improvisa. Vive Buika que piensa que ser artista no es cantar, ni bailar, ni pintar, sino hacer de la vida un arte, esculpirla, lavarle el rostro con agua de árbol, desenterrarla en canción, recrearla sin perder lo que fue. Quizá por ello se haya tatuado Buika la piel con palabras que ya dejaron de existir. Y que le dictan su canto.
Cuando canta una copla Buika también quiebra el orden y ya cerca del caos, lo supera, lo ordena, le sustrae el dolor a la copla y al vientre desde donde lo canta. Y es que la copla, dice Buika, más que un canto es un modo de vida. Un modo de vida que crece en el cuerpo, de punta a punta.
Fui al concierto de Buika con el cuerpo cansado de ciudad. La mente despojada del espacio que habitualmente requiere para reposar, respirar hondo y sonreír. Fui al concierto de Buika urgida de paz, de piel, de armonía. Con ganas de encerrarme a llorar en medio de un teatro lleno a reventar. Plagado de gente que quizá buscaba lo mismo que yo, o simplemente quería secarse la lluvia de los hombros. O gozar la voz, la magia de Buika, la de su pianista Iván y a la de Rafa, el tecladista.
Hay quien dijo que Buika se adueñó del escenario. Se atrevió a utilizar una cámara y disparar una, dos, tres veces sobre los dedos de viento del pianista y sobre el húmedo rostro del baterista. Pero cuando le cantó a la nostalgia, al desamor, a la mentira, Buika se apropió de todos los que fuimos a escucharla. Los urgidos de paz, la encontramos. Pero no sólo la paz, también encontramos una cierta inquietud, un hormigueo en las entrañas en señal de alarma. Un deseo de apagar a la muerte que en la ciudad se mira, arrogante, en los espejos de piedra. Y respirar entonces a la vida.
La vida también está en el canto. En la fuerza prodigiosa del canto y de la música, cuando los que la crean, riegan las raíces de asfalto. Y creen y nos hacen creer en la posibilidad de secarnos la lluvia del cuerpo, transparentar el humo incrustado en las pupilas, sonreír y llorar al mismo tiempo que el grito se acomoda sobre una nota que rompe el compás.
Romper para iluminar, para diferenciar. Buika es diferente. Pero no se trata de ser diferente. O no nada más de ser diferente. Se trata también de acercarse como lo hace, a quienes la escuchamos. Tocarnos casi, arrancarnos los nudos del miedo; hacernos sentir que por algún hueco de la ciudad, entramos a sus venas con los ojos cerrados, para verla mejor.

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miércoles, septiembre 17

Mujeres pecadoras

Padre, confieso ser culpable de que un montón de hombres hayan pecado, le juro que no se qué me sucedió; padre, no tengo ni la más remota idea en qué estaba pensando cuando me puse la minifalda que me mandó de Estados Unidos la hermana de mi mamá, bien ajustadita; padre, se me ve muy bien, pensé yo, siempre quise tener una así, y no medí las consecuencias. No se me ocurrió pensar que al nomás salir a la calle pondría en apuros a los hombres, a todos los hombres que volteaban a mirarme y en cada mirada un pecado limpio, directo, sin deseo de pecar, padre, pero pecando.
No se que me sucedió, le digo que me atreví a ponerme también la blusa pegadita que hace juego con la falda, se me ve linda, pensé yo, nunca antes me había sentido tan bien, tan bonita, tan segura, padre, eso pensé y me lancé a la calle con la minifalda y la blusa que me mandó mi tía desde Estados Unidos, como regalo por mis 15 años, padre. Le juro que no quise cometer el pecado de hacer pecar a tantos hombres que no hubieran pecado si no me ven salir con mi faldita nueva y mi blusa pegadita.
Los pobres hombres se me quedaban viendo sin decirme nada, ni darme los buenos días, ni nada, padre. Nomás me veían y me veían con unos ojos que yo no reconocía como ojos humanos, y que ahora sé que son los ojos del demonio que se les metió en el cuerpo por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Por no haber tenido piedad de los hombres que ya de por sí la tienen muy difícil en este mundo, como si no tuvieran suficiente con todas las tentaciones que se les presentan a la mitad del día, en la noche, por la madrugada, como para que salga yo con mis piernas al aire, con mis hombros al aire, con mi sonrisa, porque le confieso, padre, que también iba sonriendo, feliz de estar estrenando, después de tanto tiempo de tener la misma ropa, feliz de tener una falda de moda, una blusa que me hace ver rete bonita, padre, feliz de por fin haber cumplido 15 años, pero claro, no supe lo que hacía y menos cuando comencé a platicar con un grupo de chavos de mi colonia, padre, yo los conocía, los había visto siempre, algunos hasta habían sido cuates míos, padre, habíamos jugado canicas de niños, le juro que nunca pensé que también ellos podrían ser víctimas de esos malos pensamientos que les nublan la vista y la razón, y los llevan a cometer un pecado tras otro, limpios, directos los pecados, aunque no quieren pecar, pero pecando.
Todo eso ahora ya lo sé, padre, y pido perdón por el pecado que cometí de obligar a otros a pecar. Ahora ya sé que eso es peor que nada más pecar, y le vengo a ofrecer mis disculpas, padre, con la promesa de no volver a usar ese tipo de ropa del demonio y no mirar nunca más a los hombres a los ojos, ni sonreírles, padre, ni hacer ningún gesto, ni alzar la ceja, cerrar un ojo, acomodarme el cabello que cae sobre mi frente, nada volveré a hacer que provoque a los hombres.
También le prometo, padre, que nunca más voy a quedarme sola con un hombre, aunque sea mi cuate, mi hermano, mi tío o mi papá. Le prometo que no volveré a estar del lado de la perversidad y que cuidaré cada uno de los movimientos de mi mirada tanto como mi ropa. Haré todo cuanto sea posible por no reírme cuando alguien cuente un chiste de doble sentido, padre. Le juro que fingiré que no entiendo los albures, y que nunca en la vida diré algo que pueda mal interpretarse, primero me corto la lengua, me vuelvo muda, meto los ojos en ácido para quedarme ciega; me visto con abrigo, aunque tenga que robarlo, padre. Primero me mato, padre.
Me comprometo también a escribirle a mi tía que vive del otro lado, para decirle que ni se le ocurra volver a enviarme un regalo tan pecaminoso y haré hasta lo imposible por convencerla de que tal y como lo estoy haciendo yo, confiese el pecado de hacer pecar a los hombres y que prometa a la virgencita santa que no volverá a maquillarse los ojos, ni a pintarse la boca, ni hablará más con ningún hombre que no sea su hijo el menor y que deje de usar, de una vez por todas, vestidos con escote. Le explicaré, padre, que si las maras y las pandillas están haciendo de las suyas en la frontera y la ciudad, es por culpa de la tentación en la que caen cuando las mujeres nos ponemos nuestras minifaldas o platicamos o nos carcajeamos frente a los hombres. Luego que no digan que no hay razón para que maten, asesinen, violen, extorsionen, le voy a decir todo eso, padre, para que entre en razón. Para que ayude a que el mundo sea mejor, para que ya no haya tantísima niña que se va a vivir a las calles porque su padre las obliga a quitarse la minifalda y luego las abraza, las golpea, les da de patadas, las lleva con el vecino para que aprendan a no ser tan ofrecidas, tan descaradas, tan culpables de tantos pecados.
Padre, rezaré todos los días cinco rosarios, no volveré a enseñar ni un milímetro de mi cuerpo, ni contaré un chiste más, aunque me lo haya contado usted, padre, le juro que no lo repetiré, ni le diré a nadie que este niño que traigo en el vientre es suyo, pero por favor, padre, por favor, no permita que le suceda lo mismo a mi hermanita que apenas va a cumplir los trece, ayúdeme a convencerla de que no use la minifalda que yo dejé guardada en un cajón, antes de que la echaran a patadas a la calle, padre.

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lunes, marzo 17

Mujeres rotas

Llovieron las felicitaciones. Algunas, pocas, llegaron a mi teléfono celular; la inmensa mayoría me fue enviada al correo electrónico. Este año el Día Internacional de la Mujer estuvo lleno de mensajes con fotografías de mujeres hermosísimas que dan extraños y paradójicos consejos sobre la importancia que tiene en la mujer la belleza interior, y sobre la necesidad de mantener virtudes como la dulzura, el compañerismo, la humildad y la solidaridad sobre la belleza física. La mismísima Audrey Hepburn aconseja en uno de esos mensajes decir palabras dulces para tener labios carnosos o dividir la comida con los hambrientos para tener el cuerpazo que ella tuvo a los 20 años. ¡Qué locura!, me dije, y pensé en no darle más importancia al tema. Total, una fecha más para el mercado del consumo. Un producto más que vender. Otra verdad convertida en mentira.

Por la noche, sin embargo, en una reunión de amigos se abordó el tema del Día de la Mujer. Y hablando de mujeres recordé lo que me sucedió un domingo de noviembre del año pasado en pleno Zócalo de la ciudad. Estaba atiborrado, lleno de gente que no quería perderse las magníficas ofrendas que colocaron en vísperas del Día de Muertos. Nos acercamos a la que representaba a la delegación Xochimilco, plagada de flores, aromas, colores. La gente miraba ese altar con respeto, con mística casi, sin palabras. Por eso resultó quizá tan pero tan sorpresivo el ver de pronto volar un puño cerrado que en segundos llegó al rostro de un hombre. Y llegó con fuerza. El hombre, de unos 40 años, fue el más sorprendido. Se quedó en silencio con su piel enrojecida y abierta. Volteó la mirada, intentó huir, desaparecer en la multitud. Ser multitud. Pero yo no estaba dispuesta a permitirlo. Y desaté mi palabra. Y grité, mientras lo señalaba, mientras jalaba con rabia su chamarra verde. “Señoras —dije—, miren bien a este hombre. No dejen que se les acerque; este hombre, como muchos otros, viene a faltarnos al respeto; es de los que creen que las mujeres somos objeto, que no denunciamos, que tenemos que permitir que nos maltraten, no lo permitan”. Y puntualicé: “Este hombre, señoras, me acaba de meter la mano entre las piernas de una forma asquerosa”. La gente —mujeres y hombres— miró con sorpresa e incredulidad. Me miraban más a mí que al perverso que al final por ello logró huir. Nadie hizo nada para evitarlo. Mis amigas pensaron, cuando me vieron golpearlo, que yo había enloquecido. “Fue como estar soñando”, me dijo una. “¿Qué le pasa a la Cortina?”, se preguntó la otra. Nuestro amigo, el único hombre del grupo, se acercó al perverso con cautela y se limitó a preguntarle: ¿fuiste tu?. Y todo el mundo siguió su camino.

Mi rabia se multiplicó cuando mi amigo, en tono dizque de broma, pero por supuesto que en serio, comentó que lo que sucedía es que yo llevaba unos pantalones bastante provocativos, ¡qué ocurrencia! Pantalones dorados, dijo de mis pantalones color beige. Entonces me tembló otra vez la piel. Mi amigo, uno de mis amigos más cercanos, el que es padre y madre a la vez, el que ha sido tantas veces solidario con sus amigas, el que cree en la unión libre, el que trabaja en proyectos sociales, ése, está convencido de que me lo merezco. Por provocativa. Otros, estoy segura, habrán pensado que debí de agradecerlo. A mi edad, ya no es tan común…

¿Por qué las mujeres no les faltamos así el respeto a los hombres?, fue la pregunta que abordamos por la noche del Día de la Mujer. “Es que no las provocamos”, dijo uno. “No se atreven”, dijo otro. La tristeza, más que la rabia, me silenció por un buen rato. Pero más tarde arremetí. A ninguna mujer se le ocurre manosearle a un hombre los genitales en el metro. Y no se nos ocurre debido a que, entre otras cosas, no nos produce placer alguno. El placer es otro. Es compartido. Es amable. El placer tiene piel, mirada, labios, voz. Tiene aroma.

No llegamos a nada. Se terminaron el vino y la reunión. No podía dormir. Le llamé a un amigo de España para preguntarle por las elecciones. Se disponía a salir de su casa para ir a votar. Le gusta votar de los primeros. Le pregunté, aunque sabía la respuesta, por quién votaría. “Por Zapatero, ¿por quién más?”, me dijo a la madrileña. Y Zapatero, ¿por qué?, le pregunté y comenzó a lanzar una hilera interminable de razones que apenas recuerdo, porque después de escuchar la primera me daban igual las otras. “Porque cree en la enorme capacidad de la mujer. Y en su intensidad”.

Creer. Creer en la mujer es quizá también lo que a las mujeres nos hace falta. Creer que somos capaces de darle al agresor su merecido, sin que este hecho sorprenda o paralice; que somos también capaces de construir, a cualquier edad, nuestra historia. Que somos lo suficientemente fuertes como para levantar una y otra vez el vuelo. Creer que podemos equivocarnos, podemos intentar aniquilarnos para ser en el otro. Pero también podemos, como mujeres rotas —diría Simone de Beauvoir—, salirnos de nuestra propia piel, si con ello volvemos a la vida con la fuerza que concede la lucha por arrancar la mirada de quienes todavía piensan que somos carne sobre su mesa.

Antes de dormir navegué en mi portátil para enterarme sobre la forma en que, en otros rincones del mundo, se había celebrado el Día de la Mujer. En Afganistán, donde hace 30 años esta fecha está en silencio, mil mujeres salieron a la calle. Las fuerzas religiosas les impidieron marchar. Pero gritaron. Se dejaron ver. Le colocaron alas a su mirada. Rompieron el orden de las cosas, para sanar su alma rota.

En una población del sur de la India un significativo grupo de prostitutas tomó las calles para exigir mejoras en el sistema de salud. Su mayor preocupación: sus hijos. En Nicaragua demandaron restituir el aborto terapéutico; en Guatemala, Honduras y El Salvador, el fin de la violencia, el fin de la impunidad, el fin de las violaciones, de la sinrazón. La sinrazón que ataca la médula de los sentimientos y devora la posibilidad de rescatar aquellos pensamientos, formas, palabras, caricias, miradas que urge pueblen el mundo. El mundo roto de las mujeres y el de los hombres, también rotos.

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jueves, febrero 21

ANCIANIDAD

Los viejos están solos, casi siempre. Es duro mirarlos de frente, acompañar el movimiento de sus ojos; dar el paso y entrar cuando abren la puerta que conduce al centro de su alma. Pasear con ellos. Escucharlos cuando frente al espejo advierten que ya nada será como solía ser. Absolutamente nada.

Más que estar solos, los ancianos habitan al interior mismo de la soledad. Conocen sus ventanas, distinguen cada uno de sus olores. Adivinan el momento exacto en que habrá de abrir sus fauces para arrancarles un trozo de vida. Uno más. Y algunas veces, cuando rompe el alba, se protegen con su oscuridad. Desaparecen. Saben que no hay nadie que quiera escuchar su grito, el grito inaudible de los ancianos.

Hay quien asegura que la soledad en las mujeres ancianas es aún más intensa, más lúcida, mucho más poderosa que la de los hombres. La soledad de la mujer multiplicada. La piel puesta sobre el fuego que aún conservan, aunque nadie lo note. Ni siquiera la ciudad que las ha visto construirse, volver a nacer, cuando rompieron el silencio impuesto y se descosieron la lengua. Ellas, las ancianas de hoy y sus madres. Sus abuelas guerreras del campo y la ciudad.

En la Ciudad de México más de medio millón de mujeres mayores de 60 años, intentan espantar a la muerte. Eso dicen las estadísticas a las que pude tener acceso. Mas de medio millón de mujeres a quienes el pasado les concede existencia, únicamente el pasado. Y cuentan historias sobre su vida para dignificar su presente. Pero no se entierran en el pasado, buscan también ser en el futuro, lo intentan con fuerza, organizan actividades, planifican, se aferran a la idea de que es posible amanecer con vida, un día más. Solo uno más, dicen al atardecer, y se van acercando al siglo.

Hace un siglo la esperanza de vida de la mujer era de 30 años. Fueron los tiempos de mayor mortalidad en México, las primeras décadas del siglo XX. Hoy sin embargo, la esperanza de vida es de 75 años, cuatro más que la de los hombres. Miles llegan a los cien años y más. Se empeñan en soñar despiertas que aún hay espacio para ellas en un mundo que se ha dado a la tarea de olvidarlas. Quieren vivir más tiempo, siempre y cuando la vida sea más generosa que la muerte. Por eso, casi a escondidas, acarician a la vida con los dedos del deseo.

La voz de las ancianas se asemeja a la palma de la mano. Está llena de líneas, puede leerse casi. Como un libro, cada historia que cuentan es la escritura misma de su vida. Pero no es fácil leerla, ni escucharla, ni soportarla. La cercanía de la muerte aterra. Y levantamos un muro, las obligamos a colocarse la máscara de la locura, cuando no encuentran otra forma posible para alcanzar la serenidad.

El muro es la mirada de los otros. La que les niega acceso al mundo productivo, la que les cercena la capacidad de crear. Aunque continúan creando. A oscuras, se protegen e inventan lo que los otros les roban. La creatividad, la voz, el derecho a la lentitud. A seguir perteneciendo. A ser. Y comprender su historia.

La historia de los ancianos es también nuestra historia. La que fue y la que será. La historia no contada y la que está ya escrita en los rostros de los adolescentes. La historia que necesitamos escuchar, porque nadie nos ha dicho cómo llega la ancianidad, en qué esquina la veremos asomar su sombra, en qué parte de nuestro cuerpo se hospedará. Nadie ha escrito nunca qué forma guarda el camino que el adulto recorre hasta llegar a la vejez. Sabemos qué le sucede al organismo, qué pierde, qué se atrofia. Pero no hemos descifrado la ruta. Ni descubierto su luz.

Simone de Beauvoir estudió la ancianidad. Sus dolores, sus temores. Simone de Beauvoir le limpió el rostro a la vejez, criticó por vez primera la forma que tiene la sociedad de mirar a los ancianos. Pero no nos devolvió la esperanza. Al contrario, por momentos nos hace pensar que no hay forma de remediar la soledad que nubla su mirada. Mientras sigan siendo parte de los marginados, no habrá forma de devolverles la vida. La poca vida que les queda por vivir.

Los ancianos no se olvidan nunca de su vejez. Es imposible apartarla de la almohada, del frasco de medicamentos, de la silla, del espejo. Pero hay algunos que la invitan a caminar de la mano con ellos. Son los que se salvan del terror de verse degradados. Y siguen el camino. No escuchan el lamento de su cuerpo. Ni la sordera del mundo. Ven al mundo y consiguen reconocerse. Cuando en ese mundo encuentran alguien que brinde con ellos, alguien que no agrede, ni grita ni levanta el muro, recuerdan que la vida ya no será como solía ser. Pero sigue siendo vida. Y andar al filo de ella puede incluso ser más intenso, mucho más intenso que la sola ausencia de la muerte.

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lunes, noviembre 26

El día que la violencia emigre a los infiernos

(Publiqué esta nota en la columna Insula barataria del diario mexicano La Crónica el 19 de marzo de 2007. Pero como ultimamente aparecen tantas, tantísimas palabras y discursos sobre violencia, violaciones a los derechos humanos, de los niños, de las mujeres, la publico hoy aquí, como un recordatorio, no solo de que la violencia continúa en ascenso, sino también de que en algunos rincones del mundo, hay todavía alguien que alza el vuelo)

A Ernestina Ascensión Rosario no le alcanzó la fuerza para defenderse. Ni siquiera consiguió gritar, pedir auxilio, escupir, patear o arañar la piel de sus violadores. Cuenta su sobrino que antes de perder la conciencia le brotó la energía suficiente para pronunciar lo que sería su última frase. “Se me echaron encima los soldados”. Siete horas y media más tarde murió en un hospital de la zona. Tenía 73 años y era indígena de la sierra de Zongolica, en Veracruz.


La familia de Ernestina, los habitantes de la comunidad nahua de Tetlazingo y el resto de los indígenas de la región, no saben si es más intenso el dolor o la rabia que llevan encima. No se consuelan y aunque la han padecido, no acaban de entender a la violencia, les hace daño la insensibilidad, el absurdo.

El absurdo ha lanzado últimamente una intensa ofensiva sobre el mundo.

En España, me escribe un amigo, suceden cosas absurdas. “Las españas”, me explica, andan de pleito. Hay división, una brecha cada día más grande entre los españoles. Como si cada cual quisiera reclamar su porción de venganza, aun con la panza llena. Me cuenta mi amigo que la guerra de los insultos no cesa. Que el ciudadano común comienza ya a estar harto. Que los políticos cansan, que deprimen, que entristecen.

Pero después me platica sobre una escuela en Madrid que lleva el nombre de quien fuera rector de la universidad de los jesuitas en El Salvador, Ignacio Ellacuría. Asesinado en noviembre de 1989 junto con otros cinco sacerdotes y dos mujeres en el campus de la universidad, Ellacuría es una de esas personas que de muertas van poco a poco venciendo a sus asesinos. Y no solo lo ha venido haciendo en El Salvador o en algún otro país de Centroamérica. La escuela que en Madrid lleva su nombre, se ha convertido en ejemplo de convivencia entre jóvenes de diferentes razas y nacionalidades. Mientras los políticos discuten sobre las guerras, mientras se acusan mutuamente de provocar la violencia o condenan o apoyan la llegada de miles de emigrantes a España, los chavales que asisten a ese instituto comparten el arte de saber mover las caderas. A ritmo de salsa, merengue y bachata, los latinoamericanos, los rumanos, búlgaros, polacos, marroquíes, guineanos, senegaleses y los españoles se van conociendo mejor. Se acercan, se entienden, se sacuden las diferencias. Los colombianos y los dominicanos lo traen en la sangre. Los otros aprenden de ellos, se enamoran.

En el Instituto Ignacio Ellacuría nadie piensa en formar parte de una de las pandillas de adolescentes invadidos de resentimientos. La pista de baile les arranca los rencores, los hace cómplices. A pesar de que el instituto está en el municipio madrileño de Alcorcón, donde hace apenas unos meses se vivieron días de intensa violencia entre bandas rivales, el clima es de total convivencia. Más que tolerarse, participan. Aún los maestros bailan, se ríen, comparten. Y no imponen criterios, ni castigos, ni reparten prejuicios. Han decidido que no está mal que el nombre del instituto esté en graffiti. Ni que los chavales dibujen sus sueños en los muros. Son formas que adopta la libertad para espantar al miedo. Al miedo y a las ganas de huir de la vida.

Tomás Segovia nunca ha huido de la vida. Escribe para poner las cosas claras con la vida, no para huir de ella. Así lo confesó en una reciente entrevista al diario El País. Como muchos de los chavales del Instituto Ignacio Ellacuría, pasó una infancia desarraigada. Al principio vivió en Francia. Después viajó a México donde se quedó hasta la muerte de Franco. Por eso sabe lo difícil que es ser un no-ciudadano. Asegura que ese es el problema del siglo XXI y del futuro. Los derechos de los no ciudadanos. Tomás Segovia padeció los horrores de la guerra a los once años. Va a cumplir ochenta y lleva encima tres infartos. Pero mantiene la memoria, la lucidez, la sensibilidad suficiente como para seguir escribiendo poesía. Acaba de publicar el libro Llegar, integrado por poemas que escribió paseando cada mañana por el Parque del Oeste en Madrid. Memorizó cada poema y después lo escribió. Igual que ha escrito muchos otros y tal como lo seguirá haciendo. Y es que como él mismo lo dice en su nuevo libro, “mientras no quiera el tiempo dejarme de su mano, saldré cada mañana a buscar con la misma reverencia, mi diaria salvación por la palabra”.

La salvación de Tomás Segovia podría ser la salvación del mundo. O al menos repararía varios de sus más nefastos males. La poesía, como el baile, cura las heridas. Desintoxica. Permite que olvidemos por un rato el absurdo, el horror, las guerras. Y aunque no nos arranca la indignación que nos producen casos como el de Ernestina Ascensión Rosario, ni el desasosiego que nos traen las constantes noticias sobre ejecuciones y decapitados, al menos conseguimos respirar un espacio de libertad. Pequeño quizás, pero libre. Un espacio donde el engaño conspira en su contra y desde donde un día la violencia emigrará a los infiernos.

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domingo, septiembre 23

Mujeres que gritan

La semana pasada vi un cortometraje sobre mujeres insurgentes. Se llama Mujeres X y lo dirige Patricia Arriaga. El día del estreno, en el Centro Cultural Indianilla, Patricia contó que cuando Enrique Márquez, Coordinador General de la Comisión para las Celebraciones del Bicentenario de Independencia y del Centenario de la Revolución en la Ciudad de México, se acercó a ella con la propuesta de hacer un cortometraje, entró en pánico. Intentó escabullirse, pero no hubo modo. Enrique le contó una tras otra puñados de historias de mujeres. Le entregó un montón de textos, entre ellos el de Genaro García con los expedientes sobre los interrogatorios a las mujeres insurrectas. Patricia abrió la primera página y leyó. Y ya no consiguió detenerse. Fue cuando su imaginación y su sensibilidad comenzaron a disparar. Una y otra vez, una y otra escena.

Desde antes aún de comenzar el rodaje, las actrices se contagiaron de la fuerza de los personajes. Patricia se dio cuenta y tomó la decisión de trabajar con las dos mujeres. La actriz y su personaje. Ambas, mujeres. Las dos intensas, combativas, insurrectas. Y el resultado fue Mujeres X. Las mujeres del siglo XIX que firmaban con una cruz, no solamente por no saber leer ni escribir, sino por ser simplemente mujeres equis. Sin nombre, cargo, fama, estatus social, reconocimiento, nada. Sin siquiera un nombre y un apellido que les concedieran identidad. Eran equis. Mujeres equis. Cocineras, vendedoras de flores, cuidadoras de niños, lavanderas, Y las mujeres de hoy. Las mujeres que buscan abrirse un espacio, que creen en la vida, que van por el mundo mirando la historia de otras mujeres y que aprenden a contarla. A hacerla suya. Las mujeres, muchas mujeres, son así: arropan vida.
De Leona Vicario, uno de los personajes de Mujeres X, se sabe muy poco. No entiendo por qué. Si nació en la misma ciudad donde yo nací y crecí. Y casi nunca me hablaron de su historia en la escuela. Leona Vicario, criolla ella y de buena familia, se enamoró de un hombre con pocos recursos económicos, Andrés Quintana Roo. Leona Vicario desafió a su época, al escenario en el que le tocó vivir. Y escapó para salvarse. Se fue a Tacuba con Quintana Roo, donde formaron un grupo de mujeres independentistas financiado con la herencia de Leona Vicario.

Leona Vicario fue correo, espía, amante. En silencio, pronunció la primera palabra. En silencio, gritó. Pero fue sobre todo mujer insurrecta. Fue mujer.
Estuve hasta ya entrado el día de este domingo 16 en el Zócalo de la ciudad de México. Como llegué desde la mañana del sábado, me tocó padecer la guerra de las bocinas. Me dolió la cabeza, me enfurecí, menté madres, estuve a punto de enloquecer, igual que todo el mundo o casi. Al final de la tarde y después de una larga negociación entre los organizadores de los eventos de la Presidencia de la República y el gobierno capitalino, la situación fue más soportable. Quizá por ello me dio por mirar a las mujeres que entraban o salían del Zócalo capitalino.

Eran dos. Traían cinco niños con ellas. Tuvieron que pasar las vallas metálicas que se colocaron hace ya varios días alrededor del Zócalo. Tuvieron que someterse al retén que instaló el Estado Mayor Presidencial en las dos aceras de la calle 20 de Noviembre, desde el circuito del Zócalo hasta Venustiano Carranza. Les vaciaron sus bolsas de plástico. Cuando les dijeron que no podían entrar al Zócalo con botellas de Coca-Cola me acordé de Oaxaca. De cuando fui a mirar lo que sucedía en las instalaciones de Radio Universidad de Oaxaca. Los cascos de Coca-Cola con mecha. Los jóvenes con su pasamontañas sobre el rostro.
¿Quién confunde a quién?
No supe sus nombres. Mientras guardaban en sus bolsas de plástico lo que sí podían pasar al Zócalo, les pregunté muchas cosas, pero no sus nombres. Eran mujeres equis. Sonreían. Sus hijos saltaban, sus rostros pintados. La matraca, la bandera, el reguilete. La fiesta que concede identidad. Nada más.

No me quedé hasta el final. Los fuegos artificiales los miré de lejos, ya cerca de la estación Pino Suárez del Metro, la más cercana al Zócalo que conservaron abierta al público. Las demás las cerraron. Por miedo, por precaución, por querer ganar una batalla imaginaria. Por culpa de los violentos, por no querer mirar a los hombres, a los niños, a las mujeres equis que caminaron por nosotros hace 200 años. Mujeres a las que les dolía la palabra que no pronunciaban. Mujeres que gritan.

Alguien dijo después de la proyección del cortometraje Mujeres X que todas las mujeres son insurgentes. Francamente no lo creo. Hay mujeres que no lo son, aunque, lo reconozco, pudieron haberlo sido. Todas las mujeres, en eso sí creo, compartimos una cicatriz. Hay algunas que no lo han notado. O no les interesa notarlo. Otras que gritan el dolor que todas sienten. Y algunas más que transitan el laberinto de la herida. Como un dibujo. Y crean.

Las mujeres equis nacen de la ruptura del silencio. Y del diálogo que retoma el silencio para volver a crear. Un grito o una caricia. Crear la palabra que aún no tenemos.

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martes, septiembre 4

Las mujeres que mueren de sed

Cada vez son menos los que se sienten cómodos en la ciudad de México. La gente, casi toda, cree poco o nada en su ciudad. Les aterran las garras que imaginan y arrojan tiritas de paciencia sobre un paso a desnivel. Cada día son menos los que hablan bien de la ciudad de México, los que la miran de frente sin pensar en dos o tres cosas a la vez, sin arrojar una piedra sobre un muro que ayer levantaron los sedientos.


Ya casi nadie mira a los niños que han ido creciendo entre los automóviles. Ni han notado siquiera que las niñas que hace tiempo limpian los parabrisas en aquél semáforo, estrenaron cuerpo hace unos días. Nadie se percata que cada día llegan otros niños, más niños todavía, a quebrarse los huesos en las esquinas. A nadie se le ocurre ponerse a platicar con ellos, y menos preguntar si tienen nombre, familia, cuántas heridas.

Hace tiempo que en la ciudad nadie pregunta una sola pregunta más que la que hay que preguntar. ¿A cuánto el par de calcetines? ¿A cómo el elote, el jugo, la torta de tamal? Y eso sólo los que transitan las calles plagadas de tiendas efímeras que a mucha a muchísima gente le desatan el miedo. Como si los vendedores ambulantes padecieran de alguna enfermedad mortal, hay quien se cubre la mirada para evitar el contagio. O simplemente se aleja del territorio donde la ciudad guarda la vida entre las piedras.

Pero da miedo la vida. La gente tiembla de miedo cuando la siente pegada al asfalto. O tumbada sobre el Templo Mayor, al lado de un tlatoani.

En los días de lluvia, la gente odia con más fuerza a la ciudad. El transporte se paraliza, se escuchan gritos como mordidos por el viento. Nadie comparte su paraguas, nadie mira si la anciana logró levantarse de la silla donde pasa los días contando su historia en silencio. Su llegada a la ciudad, sus amoríos, sus hijos perdidos en alguna vecindad sin luz. Pero nadie la escucha, porque si la escuchan enloquecen. A mí me sucedió la tarde en que decidí sentarme un rato a su lado. Tomé nota de cada una de sus frases. De sus palabras antiguas, nuevas para mi, palabras repletas de sensaciones frescas.

Voy a escribir un día de estos la voz de la mujer que decidió pasar sus últimos años sentada en una pequeña silla de madera, a un costado de la catedral. Si fuera poeta escribiría el poema de la raíz de nopal que vende a los que creen en los dones de la tierra. La raíz de nopal en té con miel de abeja y canela, me dijo al oído, cura los males del alma.

El alma se muda, como se muda el cuerpo. Y la palabra muda.

Como no soy poeta, voy a pedirle a alguien que escriba también un poema sobre los habitantes de la ciudad de México. Un poema que explique los ojos aterrados de las mujeres que entran a la muerte cada noche. O los ojos enrojecidos de los niños, las espaldas encorvadas de sus madres, los pies descalzos. Que describa también a las otras ciudades. Las decenas de ciudades que hay en la ciudad de México. Las diferentes barrancas, las lomas tan distintas, las tiendas en inglés, los verbos en náhuatl, los sonidos.

Si alguien escribiera ese poema, entonces quizá la gente miraría, a través de un poema, a su ciudad. Y quizá serían menos los que prefieren encerrarse en una jaula para no sentir la vida. Para no mirar los pies descalzos, para no sentir el vértigo, para no escuchar los latidos de una ciudad que mata y muere y nace y resucita. Para que nadie les cuente que están muertos.

La anciana de la silla cuenta el miedo. El miedo que lleva la gente en las manos. Lo va contando uno a uno durante toda la mañana y si no llueve, también lo cuenta por la tarde. Ha llegado a contar seis veces mil el mismo día. Se entretiene me dice y yo le pregunto quién inventó el miedo. A quién se le ocurrió semejante torpeza, tamaño horror. Aunque hay quien puede evitarlo, comenta, y yo pienso en los que saben mirar.

Nadie enseña a mirar. Ninguna maestra ofrece impartir la materia. La materia de mirar.

Tengo una amiga española que sabe mirar. Cuando conoció la ciudad de México lloró. La llevé al Mercado de Sonora y lloró con la gente que le tendió la mirada. Después preguntó una y mil preguntas sobre los chamanes. Se comió un elote verde con limón y sal, se compró una bolsa tejida de plástico, se llevó a su casa un jabón atrapa novios y se trepó a un camión que la llevó desde el mercado al Zócalo. Mi amiga española no tuvo miedo. A pesar de las advertencias que le hicieron. No tomes taxis en las calles, no hables con nadie, olvídate del Metro, deja todo en el hotel, le estuvieron diciendo otros españoles que han viajado a la ciudad. Pero no hizo caso. Se atrevió a hablarles a los danzantes del Zócalo, a la señora que pasa los últimos años de su vida sentada en una silla de madera contando su historia y a los miedos que siente en la gente. Los miedos que nos cercenan los sentidos. Y nos obligan a correr.

La gente casi siempre tiene prisa. No alcanza el tiempo. No alcanza la vida para hacer lo que uno quiso un día hacer y no lo hizo. Menos para voltear a mirar lo que no se miró al pasar frente a una mujer que vive sentada en una silla de madera vendiendo remedios para curar el alma. El alma que muda, como el cuerpo y como la palabra muda.

Algunas madrugadas el alma abandona la ruta. Y decide andar otro camino. Sin ningún aviso previo, sin consultas, sin tomar en cuenta las consecuencias, decide por nosotros y nos devuelve las ganas de sentir. Pero en la ciudad no hay tiempo para nada, eso dice la gente, casi toda. No hay tiempo para sentir, pero de vez en cuando el alma abandona la vía rápida y nos ofrece una barca para navegar sin puerto. Aunque casi nadie acepta la oferta, porque de aceptarla, se corre el riesgo de sentir la vida recorrer los nudos que le hemos hecho a nuestras venas. Se corre el riesgo de mirar. Y cuando alguien sabe mirar, puede llorar el llanto de haber perdido tanto tiempo luchando por conquistar un lago seco en una ciudad que hace tiempo se muere de sed. Una sed de mujer, sed sin olvido. Igual a la sed que hoy tengo y que intentaré calmar con agua de raíz de nopal, una pizca de canela y miel de abeja.

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lunes, julio 2

Frida sin dolor

Me contó Chavela Vargas que una mañana vio a Frida Kahlo chutarse de un solo trago un puñado de analgésicos. Chavela pensó que se intoxicaría, pero no fue así. Esa tarde escuchó a Diego Rivera contar un cuento inventado, cantar una canción de amor y reír con Frida a carcajadas. Fue esa la primera ocasión y la única en que Chavela vio a Frida sin dolor.

Paso frecuentemente frente al Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Cada mañana desde el 14 de junio pasado, un numeroso grupo de personas espera desde muy temprano a que abran las puertas donde se exhiben más de 350 piezas relacionadas con la vida y obra de Frida Kahlo. En su inmensa mayoría los visitantes son estudiantes o gente que trabaja en los alrededores de la Alameda Central. De vez en cuando, muy de vez en cuando, algún intelectual asoma. A ninguno de los asistentes parece preocuparle la “obsesión” de Frida por su tragedia, ni su “apoyo al totalitarismo”, ni que su padre haya sido alemán. Ni mucho menos les quita el sueño que no se haya muerto en el accidente de tranvía que le destrozó las entrañas, como les sucede a varios escritores y analistas políticos mexicanos que ulimamente han confesado publicamente su repudio por la esposa de Diego Rivera.

Los domingos la fila llega a ser hasta de 200 metros. Ese día acuden sobre todo familias que juran regresar a ver completa la exposición, sin tantísimo tumulto Y es que nadie se arrepintió de entrar a la mera hora, ni decidió vender el boleto de entrada, pues el domingo la entrada es gratuita. A diferencia de algunos escritores, obsesionados con el éxito de Frida, los mexicanos que acuden a la exposición, abren la puerta a sus sentidos. Y en un acto de franca sencillez, se atreven a gozar aquello que les provoca placer. Nada más.

Le pregunté a Chavela Vargas qué pensaba sobre la comercialización que han hecho de Frida y su obra y que los intelectuales mexicanos atribuyen al todopoderoso mercado gringo. Me respondió que como a cualquier persona sensible, le molesta que se apoderen de la imagen de Frida para hacer negocio. Pero le ve la parte positiva: A Frida la conoce todo el mundo. Y en particular los mexicanos, jóvenes y viejos, ricos y pobres, cantantes y pintores, amas de casa y taxistas. Todos tienen acceso a su vida y a su obra. Y opinan a partir de lo que sienten cuando la miran.

Del periodo en que vivió en la Casa Azul con Frida y Diego, Chavela Vargas recuerda el olor a medicina, la ternura, la mirada llena de sensualidad con la que Frida desarmaba por igual a hombres y mujeres. También recuerda, entre muchas otras, las visitas que María Félix le hacía a Frida. Y cómo María guapísima hacía reír a Frida a marometas. Era una experta en marometas y en hacer olvidar el dolor, cuenta Chavela y ríe también ella la risa de antes.

La mirada de Frida, según Chavela, era un revoltijo de naturaleza, rabia, dolor, sensualidad y valentía. Todo junto. Todo completo, todo intenso. Tan intenso como es todo cuanto inquieta. Lo inquietante; es eso lo que Frida buscó. En ella y en los demás. Lo que está vivo, palpita, desprende un aroma, grita, se escucha temblar. Frida Kahlo no buscó el dolor, dice Chavela. Con todo y su dolor encima, o por ello, buscó la vida. Arrancó desde el fondo. Desde el vacío. Desde el sitio, uno de los pocos, donde la soledad muestra las hendiduras de piel que la cubren.

Hace unos días le pregunté a una amiga española que en el 2005 tuvo la oportunidad de visitar la exposición de Frida en la Galería Tate de Londres, lo que ve en su obra. “Los colores de México”, respondió. Y su alma. El éxito y el fracaso, la angustia y el amor. Una mirada nueva sobre la pintura. Cuando le pregunté qué siente al ver su obra, me dijo que un impacto en la retina que poco a poco penetra y se acomoda debajo de la piel. A dos años de distancia todavía guarda esa sensación entre los dedos. Cuando le cuento la discusión que protagonizan en México un grupo de intelectuales mexicanos molestos con Frida, su dolor, su traje de tehuana y su bigote, se ríe. Y luego me pregunta si han analizado la contribución que hizo Frida a la pintura del siglo XX o el arte de sus retratos, y me lanza una lista de otras preguntas para al final decirme que hay un perfil de intelectuales, en México y en el mundo, a quienes les duele el éxito ajeno, les frustra, les obsesiona el dolor que no sienten, les duele. Les impide subirse a los camiones y caminar por las calles; les impide soñar.

Frida nunca pintó sus sueños, pintó su realidad, ella misma lo dijo y lo escribió. A Chavela Vargas nunca le contó lo que soñaba, porque a Frida no le gustaba recordar en voz alta sus sueños. Chavela siempre pensó que los sueños de Frida venían de un lugar más allá de la muerte. Y que Frida quiso conservarlos, aunque le provocaran tristeza.

Frida Kahlo se arrancaba la tristeza con la presencia de Diego. Y en ocasiones también con la de Chavela. Diego y Frida le enseñaban a Chavela a cantar las canciones que Diego aprendió en la cárcel. Y luego las cantaba para ambos. Paloma Negra era una de sus predilectas. Cuando cantaban los tres juntos Paloma Negra, los fantasmas de la Casa Azul los mandaban callar. Y ellos volvían a cantarla y reían hasta que Frida pedía otra vez una jarra de agua y los calmantes que el doctor le recetaba, pero que nunca le quitaban el dolor. Hasta que una mañana se chutó un puñado. Chavela Vargas se pone a recordar aquéllos tiempos. Y reconoce la escuela que la Casa Azul fue para ella. Ahí aprendió a no espantarse de nada.

Si todavía viviera Frida, le pregunté a Chavela, ¿qué crees que estaría haciendo? “Estaría asombrada pensando en la cantidad de imbéciles que hay hoy en el mundo", me respondió Chavela sin dudar.

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martes, mayo 29

Chavela Vargas: la vida en la voz


Tiene 88 años y un prometedor futuro. Dentro de dos días dará un concierto frente a más de dos mil personas en Guadalajara, y ya está trabajando en su próximo reto. En unas horas cantará La llorona y Vereda Tropical acompañada de sonidos de caracol, y ya está inventando un tango ranchero. Chavela Vargas tiene a la vida metida en la voz. No importa qué tanto le ha cambiado en el medio siglo que lleva cantando. No importa si es menos o más dulce que antes, más aguda o no, ni si su voz requiere hoy de un espacio más extendido, o de un número mayor de pausas. A nadie que sepa escucharla, a nadie que haya testificado lo que sucede cuando canta, se le ocurre comparar el canto de Chavela de hace 30, 25 años, con el actual. A nadie. Sería como cuestionar el ritmo de la vida. Su respiro. Somos lo que hemos sido y lo que aún estamos por ser. Los trozos de vida que con o sin nuestra autorización, se han ido desprendiendo de la piel que nos cubre. Los trozos que nos descubren tal cual somos en el instante mismo en que nos pronunciamos. Y que nos conceden el equilibrio de la luz.
Cuando Chavela canta frente al que sabe escucharla, no desnuda el alma. Lo que en realidad hace es que consigue que el intruso la deshabite, para que sólo quede uno mismo. Ese es el arte. Nada más.

Hay un mercado en Guadalajara dónde todavía venden jorongos de telar. Los jorongos de fábrica no respiran, no se mueven ni se abren. Nada. Los de telar en cambio vibran, saltan, casi bailan los jorongos del mercado San Juan de Dios de Guadalajara. Y sus vendedores suben las ventas cuando dicen que sus jorongos son igualitos a los que usa Chavela Vargas, “vea usted nada más las grecas, son las mismas que se ven en el jorongo de Chavela cuando abre los brazos en el escenario. Chavela, nada menos y nada más que La Dama del Poncho Rojo, como le canta Joaquín Sabina”. Lo dicen así, tal cual, con la cita de Sabina y todo. Lo escuché este fin de semana y me entró un ataque de risa. El encargado del puesto sin número de la entrada también sin número del mercado San Juan de Dios vendió con estos argumentos un jorongo rojo a Chavela Vargas. Y no se dio cuenta de que Chavela era Chavela hasta que un joven del puesto de enfrente se acercó con un cuaderno en la mano a pedirle a Chavela que por favor, si a usted no le importa, un autógrafo para su papá que le enseñó quién es Chavela Vargas y que el pobre ya está viejito y nada lo anima, nada le quitará la tristeza más que un autógrafo de Chavela. Se llama Tomás, mi papá se llama Tomás, le dijo mientras le colocaba el lápiz entre los dedos y el vendedor de jorongos se jalaba los cabellos.

Vergílio Ferreira, novelista, ensayista y profesor portugués, tiene una voz muy similar a la de Chavela Vargas. Solo que la de Ferreira es una voz escrita. Pero igual de potente y de singular. Le debo al filósofo español, Miguel Marinas, mejor amigo que filósofo, el descubrimiento. Y el placer de los desvelos que me han dejado el libro Pensar de Ferreira.

Dice Ferreira que hay que aprovechar la vida mientras sea vida dentro de uno mismo. Que hay que aprovechar nuestro cuerpo mientras sea uno quien vive en él. Se refiere, interpreto, a la juventud que hace que todo en nosotros se convulsione y por tanto nos llene de vida. Y asegura que después la convulsión se mitiga y se comienza a vivir de las ideas recabadas que sin embargo, se van perdiendo según vamos envejeciendo. Poco a poco se pierden hasta que queda solamente la corteza, como el caparazón de un cuerpo que espera que alguien por fin lo tire a la basura. “Aprovecha tu cuerpo mientras estás dentro de él”, dice una y otra vez Ferreira. Aprovecha.

A los 88 años Chavela Vargas se encuentra en su cuerpo. Y aprovecha para seguir cantando con su voz de 88 años y cincuenta de cantar. Su concierto en el Teatro Diana será también una especie de homenaje a su trayectoria. Más que una despedida, un reconocimiento. Pero en el fondo Chavela sabe, siente, intuye que este miércoles se despedirá de Guadalajara. A última hora agregó al programa “Virgencita de Zapopan”, una canción que escribió José Alfredo Jiménez para decirle adiós a Guadalajara. Pero en el caso de Chavela, solo a Guadalajara. Sus planes incluyen conciertos en Ciudad de México, Tenerife, Rusia, quizá Japón. Y uno que otro viaje a países, pueblos y ciudades que haya conocido antes o no, últimamente le susurran al oído una canción de amor.

La verdad es amor, escribió un día Vergílio Ferreira para quien toda la relación que tenemos con el mundo se funda en la sensibilidad. Vista así la verdad, no se convertirá nunca en otra de las muchas verdades que de unos años para acá han dejado de serlo. Quizá sea una verdad para siempre. Viva, como los jorongos rojos de telar.

A Chavela Vargas, un día lo escribí, le sangran las palmas de las manos cuando canta. Un médico me explicó el fenómeno con no recuerdo qué argumento científico. Pero yo prefiero quedarme con la versión de la cantante española Martirio quien sostiene que Chavela es una chamana de la canción que cura con su canto los males que llevamos dentro. Y las chamanas, cuando curan, sangran.

Cupaima se llama el concierto de Chavela. Cupaima que es el nombre con la que la bautizaron los huicholes hace unos años en San Luís Potosí. Cupaima que significa la última de las chamanas. Una chamana de 88 años que por el momento no tiene intención de morir. Y quizá tarde en hacerlo o no lo haga nunca, porque como dice Ferreriro, solo se existe por la vida que está en uno y en los demás y en la luz y en la verdad profunda de la tierra.

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viernes, abril 27

Mujeres golpeadas


Reflexión

De golpe me invade el cansancio en las piernas. En los brazos también, y en el cuello. El desmayo en la garganta: no logro pronunciar palabra. Ni quiero. Me urge, eso sí, desaparecer del mundo las imágenes que aletean en mis párpados. Un rostro agrietado y azul, el pavor, el abandono de un cuerpo que ignora su piel de mujer; su resistencia. La memoria a mordiscos erradicada.

¿A quién tememos? ¿A qué?

La violencia es todavía el poder, su habla. La violencia también ejercida por nosotras y contra nosotras. Los mismos brazos, los mismos puños que nos arrojaron al suelo, nos abrazan. La misma lengua, los mismos labios, la misma boca que escupió la sangre de nuestra mirada, nos besa. Y nosotras arropamos la caricia. Lloramos, cubierta la herida. Volvemos a sentir la urgencia de creer, la urgencia que nos regresa a la vida y nos levanta. Nos otorga la capacidad de caminar, otra vez, la senda que conduce a las puertas del averno.

Lo sabemos, pero no podemos saberlo. La urgencia de creer nos somete, nos debilita, nos sustrae un trozo de carne, de hueso, de piel. Una a una, cada agresión nos reduce. Hasta que quedan solo despojos de lo que una vez fuimos o quisimos ser. Lo que algún día soñamos ser. Hasta que los sueños desaparecen casi, atada a su cintura nuestro amor.

Algunas madrugadas la urgencia cobra fuerza y nos anima a recobrarnos. A alzar el vuelo al filo del vacío, a buscar nuestra huella en el abismo. Pero el abismo produce vértigo; el vértigo náusea. Nuestra garganta mutilada impide el paso a la palabra. Tan sólo la voz ajena penetra a los oídos. La voz a la que otra vez nos aferramos para al menos ser en el otro. Igual que el otro es el objeto que posee: nosotras.

Dentro de nosotras ya sólo hay silencio. Como en una fosa, el silencio es también ausencia de dolor. El cántaro donde guardar la frase que de conseguir pronunciarla, nos separaría del mundo; la que nos arrancaría la etiqueta de mujer que antes de nacer nos ataron al cuello. El espacio en blanco que nos salva. El triunfo del horror.

El silencio como una daga, la daga como sostén, como el único salvoconducto para deshabitadas, sobrevivir.

Por eso callamos.

Por eso también buscamos estar solas, tendidas sobre el endeble territorio que todavía es la soledad. La solidaria soledad, la lealtad única, nuestra aliada. La que de vez en cuando nos permite reconocernos frente al espejo, en agonía.

Por eso estamos solas.

Pero la soledad es también el sitio donde él encuentra a su presa agazapada, aterrada, muda. A la espera de que él termine de derribar la puerta y profanar otra vez, otra vez, otra vez, la cripta.

Algunas madrugadas, nos atrevemos a enfrentar el riesgo. Las sábanas blancas, la sombra de un pié en el vientre, el dolor entre las piernas. El dolor. Y hay quien decide entonces racimar su cuerpo, cavar una zanja en sus venas, recobrar la antigua forma de inventar los sueños. Deslizar la punta de los dedos sobre el gesto del horror. Colocarse la máscara de piel, sudar rabia. Y desmorir

Aunque afuera la libertad tenga un nudo en las arterias.

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