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jueves, octubre 23

Carlos Fuentes y el dolor de creer

“Arrastraban los cuerpos y las cabezas (…)
una montaña de cabezas mirándose sin verse allí.
Como se cansaron de decapitar
a los demás nos dejaron afuera”
(Carlos Fuentes en “Todas las familias felices”)

Que es el novelista de la burguesía; que él mismo parece un empresario de alcurnia; que tiene unos modales exquisitos, habla cuatro o cinco idiomas, ha viajado por el mundo desde que nació y por si algo faltaba tiene un excelente gusto. Todo eso escuchaba yo decir de adolescente en la sobremesa de la casa de mis tías. Se referían a Carlos Fuentes. Hablaban más de él que de su obra, por lo que yo crecí convencida de que, en el mundo de mis tías, el escritor estaba siempre en un segundo plano, y en el hombre, en cambio, estaba la vida, la atracción, el objeto mismo del deseo, ya un poco marchito, de mis tías.
Cuando lo conocí comprobé que en efecto, es un hombre gentil. En las no se cuántas conferencias o ruedas de prensa a las que asistí en diversos países del mundo, siempre comenzaba la sesión de preguntas con México. “Que comience México”, decía Fuentes y me señalaba con su sonrisa azul, una sonrisa que parecía feliz.

Terminé de leer hace poco Todas las familias felices, su más reciente libro de cuentos. No he dejado de recomendarlo, se quedó como hilvanado en mis manos; no consigo soltarlo de mis conversaciones ni de mis sueños. En la calle, en el Parque Hundido, en la carretera que conduce a los volcanes, en la que va al Desierto de los Leones, en Tepito, en los ojos de los niños desamparados, en los cuerpos de las madres que paren a golpes en las calles, en un cabaret cercano al Monumento a la Madre, en todos estos sitios rondan los personajes de Carlos Fuentes. Un Carlos Fuentes que conoce tan bien su ciudad que no puede dejar de amarla, aunque la odie, aunque la deteste, aunque le tenga rencor.

Hay rencor en Todas las familias felices. Hay rencor no sólo a la violencia callejera, sino a la que ejercen los poderosos, los jóvenes que viajan a Las Vegas, los que se sienten con el derecho a poseer a todas las mujeres que miran. Lo hay también en los sacerdotes que viajan, de pueblo en pueblo, acompañados de una niña. Hay rencor, pero sobre todo hay denuncia. Una denuncia que transgrede la ficción, que dispara olores pestilentes, que hiere, que hace sangrar al alma.

Todas las familias felices es un libro valiente. Para el escritor y también para el lector. Es como tener un cirio encendido en la montaña, es ver a la llama cambiar su forma con el viento. Y aguantar. Seguir leyendo hasta el final las historias de muerte y de vida en lmedio de la muerte a las que siguen los coros que Fuentes creó por si faltaba algo, por si no había sido suficiente, por si todavía uno pensaba que era posible terminar de leer uno de los cuentos y quedarse tan tranquilo. No. Da uno la vuelta a la hoja y se encuentra, por ejemplo, con el coro de las familias del barrio que cantan las palabras escritas con voces invisibles. Los niños de la calle que corean las historias de todos los que nacieron en la calle, los que fueron paridos en la calle, porque la calle, dice Fuentes, “es el vientre, los riachuelos, nuestra leche, los basureros nuestro ovario”. Los niños que cantan en la palabra escrita de Fuentes son limpiaparabrisas, franeleros, mendigos, rateros, niños abandonados que viven como pueden y que mueren como pinches cucarachas.

Es un libro valiente el de Carlos Fuentes. Es atrevido también porque hurga en la memoria enterrada. Y consigue que renazcan horrores antiguos, inhumados casi, en el olvido. Entre un cuento y otro salta de pronto El Salvador de los años 70 y 80. El Salvador de los cuerpos tirados en las calles, decapitados. El de los 300 asesinados con fusiles del ejército en las puertas de la Catedral. El Salvador de los niños con las cabezas cortadas a machetazos, el niño sobreviviente que mira la cabeza de su madre atada a una verja. El Salvador que quiso creer en que era posible hacer a un lado el horror y aprendió a empuñar al horror. A hacerlo suyo, a llevarlo prendido años después, en el tatuaje de la piel de sus hijos, las Maras Salvatruchas, las maras madres de todas las bandas. Las maras sin madre.

Hay que agradecerle a Fuentes que nos recuerde lo que sucedió en El Salvador, pero hay que leer despacito, uno a uno, los cuentos y los cantos de Todas las familias felices. Y sobre todo hay que atrevernos a mirar a cada personaje a los ojos, hablarle, arrojarle todo tipo de preguntas sobre su boca abierta y bucearle el alma hasta encontrar el espejo.

Todas las familias felices es también un espejo. El espejo que Fuentes desentierra y coloca frente a México. Un espejo que denuncia sí, pero que también anuncia lo que ya está aquí y lo que está todavía por venir. Para que nos atrevamos a alumbrar la sombra de las palabras. Para que nos atrevamos a enfrentar el reto de seguir creyendo. Aunque el dolor nos reviente la esperanza.

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domingo, agosto 17

Milagros de Aura

No es la primera vez. He escrito sobre él en varias ocasiones. He contado las anécdotas de cuando compartíamos en España un programa de radio, un cargo en la embajada, decenas de veladas, tragos, caminatas, largas pláticas en la cocina de su casa de Madrid. He publicado no sé cuántas notas sobre su huella en la ciudad de México, sobre su poesía, sobre su facultad de ser un gran amigo; el que te consuela con un taco de carnitas hecho en Madrid, el que te arropa con un mezcal que Fernando del Castillo y Juan Manuel de la Rosa le llevaban en garrafas de plástico desde Zacatecas o San Luis; el que te regaña porque los frijoles no llevan ajo, los jitomates para las tostadas se rebanan delgadito, las tortillas no se echan al comal cuando está frío, los chiles rellenos se escurren bien. ¡A ver para cuándo!, me decía, ¡acomídete María, acomídete! Entonces estallaban las carcajadas y nos chutábamos otro mezcal o abríamos otra botella de vino de esas que compraba por cajas, sin etiqueta, que ni falta hace.

Entonces estallaban las carcajadas. Hoy revienta en mi alma la tristeza.

Ya sabía. Todos lo sabíamos. Desde que se fue de Madrid a México recién casado con Milagros supimos que se le había cosido el maldito cáncer a los pulmones. Y que de ahí en adelante comenzaba la cuenta regresiva. Unos meses, nada más unos meses, dijeron lo médicos y los que teníamos la fortuna de estar cerca, decidimos disfrutarlos al máximo con él y con Milagros. Pero Alejandro fue alargando el tiempo a golpe de creación. Y escribió como nunca en su blog. Reprodujo varios de sus libros de poesía, escribió uno más, contó paso a paso el andar del cáncer por su cuerpo y por su alma. Paso a paso sus andanzas, su diálogo con el cáncer. Y ganó varias batallas. Tres años ganó Alejandro Aura las batallas en la guerra contra el cáncer. Y lo hizo dignamente, sabiamente, dulcemente. Con sabiduría y humor. Aún después de las sesiones de quimioterapia, Alejandro ocurrente, te hacía reír.

Todos lo esperábamos. Pero Alejandro seguía ganando la batalla. Yo terminé mi estancia en Madrid y desde México continuamos conversando, riendo, maldiciendo. O recordando los tiempos en que él difundía al aire mi desnudez. Hora México se llamaba el programa de radio al que me invitó a participar y que mantuvimos durante tres años. Hora México en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Abría Alejandro cada programa con un verso milagroso. “Milagros de sacristán, pellizcos de capellán”, decía con su voz pulcra, apenas aparecía la luz verde en el estudio. Después ya saludaba, “buenas noches –decía—, esta es Hora México, una ventana abierta a México desde el cielo de Madrid”. Y comenzaba a describir mi vestido transparente, de gasa delgadita, mi atuendo imaginario que desataba canastadas de buenos pensamientos entre los taxistas de Madrid, que eran los que más nos escuchaban. Y llegaba otro lunes y otra vez Alejandro con los milagros, sólo porque Milagros nos estaba escuchando desde su casa y era su forma de decirle que la amaba, la amaba, la amaba, en cada palabra la amaba. “¿Qué rima con tierra, María?”, me preguntaba en el elevador que nos conducía al estudio. Guerra, Ale, guerra, le decía y entonces saludaba “milagros son en la tierra, como paños en la guerra”.

A Milagros la conoció en mi casa de Madrid. Él había llegado unas semanas antes a dirigir el Instituto de México al que rápidamente bautizó como Salón México ante la estupefacción del embajador y gran amigo Gabriel Jiménez Remus. ¡Le puso Salón México!, me decía abriendo más sus ya de por sí abiertísimos ojos. Salón México huele a calle, a mujeres, a baile, decía el embajador furioso, que terminó por incluir a Alejandro en su lista de grandes afectos y que desde Cuba, donde fue enviado después de Madrid, le tendió una y otra vez la mano hasta el último día.
Cuando se vieron la primera vez, ya no dejaron de verse. Milagros y Alejandro se pusieron a bailar en la sala de mi casa de Madrid sin importarles que los invitados estaban ahí para conocer al nuevo agregado cultural de la embajada y ser los únicos en bailar y abrazarse y volver a bailar otro rato sin música. Dejaron que sus almas siguieran bailando pegaditas, durante los siete años que estuvieron juntos. El día en que se casaron, se fueron temprano de la fiesta que organizaron en el Bar Casa Pueblo del Barrio de las Letras. “Es que ya di el viejazo”, me dijo Alejandro que me lo venía diciendo ya meses atrás cuando salíamos del Círculo de Bellas Artes y no se sumaba a la copa final con Eduardo Vázquez, Kiko Helguera y Valentina Siniego. “Ya di el viejazo, María” y lo acompañaba caminando despacito a su casa de Cervantes, donde Milagros lo esperaba con sus comentarios sobre el programa y sus milagros. Y con un masajito de ternura en la espalda adolorida de Alejandro.

Regresé de Madrid hace unas semanas. Fui a ver a Alejandro que me prometió que me iba a dar el premio a la mejor huésped 2007, porque también estuve ahí en diciembre pasado y a pesar de los frijoles con ajo y las toscas rebanadas de jitomate, me salió rico el bacalao, los tacos, el fideo seco. Lo fui a ver porque quería decirle que lo quiero y se lo dije. Está bien decirlo. Debes decirlo más seguido, me dijo Alejandro con su voz delgadita de oxígeno. Lo fui a ver para estar con Milagros; para que supiera que no estará sola, aunque Alejandro haya tenido la ocurrencia de al final decidir que ya iba siendo hora de morir. Porque cuando escribió su poema “Colofón”, el año pasado, todavía no sabía qué hacer.

He estado revisando la historia y resulta

Que todos han muerto. Todos, todos.
De manera que esa secreta esperanza que yo tenía.
No encuentra fundamento. No se qué hacer”

Hace una semana, Alejandro Aura fue al hospital a una cita con su oncólogo. Decidió quedarse. Dos días después supo qué hacer. Pero sucede que desde hace unos días he estado revisando mi historia. Y ahora soy yo la que no sé qué hacer. Qué decir, qué escribir.

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miércoles, marzo 26

El balcón de los inventos

Esta Semana Santa la ciudad no me pareció tan vacía como en otros años, aunque dicen mis amigos que lo que sucede es que yo hasta en los desiertos encuentro a las multitudes. Que no me puedo quedar quieta ni un día, y menos sin hablar con alguien, un amigo, el portero, el taxista, la señora de los tacos de canasta, el usuario del metro, el panadero de bicicleta, el niño del quinto piso, quien sea, eso dicen. Yo creo más bien que se debe a que me muevo en las cercanías del Bosque de Chapultepec, y ahí sí que estuvo repleto, atiborrado, hasta el tope de gente desde muy temprano y hasta ya bien entrada la tarde. Familias completas buscando la sombra de un árbol, un sitio en el trenecito o en el ratón loco, la cara chistosísima del los cinco nuevos pingüinos de Humboldt que le regaló al zoológico la ciudad de Nagaya, o una lancha en el lago para poder mojarse el sábado sin ser multados. Con el calor que hizo, muchos no pudieron aguantarse las ganas de arrojar el cubetazo de agua sobre el vecino, el amigo o sobre quien pasara por enfrente, para morirse de risa. Pero por la escases de agua en la ciudad, se tuvo que romper esta costumbre, acabar con el chistecito que tantas carcajadas desataba. Aún así, más de 200 personas fueron detenidas en distintas colonias de la ciudad, por no aguantarse las ganas de empapar al prójimo en Sábado de Gloria. Otros mejor decidieron irse a las playas artificiales a mojarse por iniciativa propia, dicen que en la de la Delegación Tláhuac se juntaron más de 6 mil personas este sábado. Seis mil almas sedientas.

Lo que sí es cierto es que en Semana Santa abunda más el tiempo. El que a mi me sobró lo utilicé para gozar mi casa, sentarme en el balcón con los ojos abiertos para poder ver lo que imaginaba. Es como un juego. Inventar lo que uno ve. Subir al tren de las palabras inventadas con la única finalidad de ser por un rato, otra. O inventarle una metáfora a la imagen con otra imagen. Cuando lo hago recuerdo que los ojos poseen la facultad de sentir, algunos ojos. Y de soñar. Dicen que el soñador despierto sueña con su sueño. Con la realidad onírica de su deseo, donde acude para cruzar la mirada precisamente con ese deseo. Un deseo que la realidad rompe, aunque no siempre consigue romper también el sueño. Y se sigue soñando, sobre todo cuando se escribe el sueño.

Cuando comienzo el día sentada en el balcón de mi casa, lo termino escribiendo. Por eso me gusta quedarme en la ciudad durante la Semana Santa. Para escribir todo lo que mis ojos inventan y que no escribo el resto del año, aunque en ocasiones sí lo invento. Pero este año también me dio por leer los tiempos que pasé escribiendo cartas o mensajes vía internet todos los días. Y me llené de nostalgia y me dio sed. Entonces pensé en los pobres chamacos que no pudieron este sábado jugar a empaparse y en sus cuerpos de sed.

La sed no es exclusiva de los niños. Aunque la soportan menos, o la sienten más. A mi de niña me daba todo el tiempo sed. En Semana Santa salíamos toda la familia, repleto el coche de mi padre, hacia el mar. La sed me atormentaba, tengo sed, decía una y otra vez y mi madre abría una chaparrita de naranja tras otra, para mi, mientras mis hermanos se quejaban de mi sed y de que al rato ya estaba yo pidiendo a mi papá que detuviera el coche porque no me aguanto las ganas de hacer pis, decía y minutos después comenzaba de nueva cuenta a crecer la sed. La sed se me quedó como una manía, la manía de tener siempre sed. Unos años más tarde, ya adolescente, se me ocurrió pensar que la sed y la escritura están relacionadas. Unidas, hermanadas. Después lo escribí. Y al escribirlo sentí el vértigo. El mismo vértigo que se padece cuando arrecia la sed. Y seguí escribiendo. A escondidas, casi siempre. Guardaba los papelitos escritos debajo del colchón. O dentro de la cabeza rota de las muñecas con las que nunca jugué. Ignoro la causa de mi escritura clandestina. Nadie me decía que no lo hiciera. Pero nada más de imaginar a algún miembro de mi familia, a una amiga, al vecino, o a la monja de mi escuela leyendo mi escritura, se me iba el aire. Me quedaba sin respiro. Con la puerta cerrada y en silencio, pero un silencio sin alas. Ni mar.

De niña escribía palabras de ciudad. Era una niña de la ciudad. Una ciudad menos agresiva que la que hoy tenemos, menos herida, más grata. Los niños podíamos pasar el día entero en sus calles, hacerlas nuestras. Eran calles sanas. Pero aún así escribía la locura de la Ciudad de México y sus habitantes. La locura, por ejemplo, de una mamá que abandonó a su hija, una niña como yo, pero distinta, solamente porque se comía a puñados la tierra y luego se azotaba sobre el piso. Era una niña epiléptica. Y su mamá, primera generación en la Ciudad de México, pensó que se le había metido el diablo al cuerpo. No pudo con la ciudad la señora. Y su hija terminó en una granja siquiátrica aceptando la locura de su madre como propia. Muchas veces volví a escribir sobre ella. Y muchas más la visité en el psiquiátrico. Hasta que decidió arrojarse sobre un hueco de sabanas en llamas y me pidió que por favor, por favor, ya no fuera más. No he vuelto a saber de esa niña de once años que un día se sentó en el balcón de mi casa a mirar con sus ojos abiertos todo aquello que inventaba. Pero nunca se le ocurrió inventar que podía salvarse. O llorar sola.

Terminé la Semana Santa hablando sobre todo esto con mi gran amigo que vive en Madrid. Le conté las palabras que callé. Una a una, todo este tiempo. Le hablé sobre la Semana Santa en la ciudad. Y de cómo desde mi balcón, descubrí que la mirada puede ser también una lectura. La lectura imposible de la última voz.

El próximo año quizá visite otra ciudad en Semana Santa. Tal vez vaya a Beirut, a recordar tocando las piedras que no olvidé. O a Bogotá, a bailar sin que nadie piense que bailar es huir del incendio. Y si vuelvo a quedarme en la Ciudad de México, iré al hospital psiquiátrico a visitar a una niña de once años y escucharla pronunciar una palabra. Una sola palabra que le devuelva la vida. Y nos quite a ambas la sed.

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viernes, agosto 24

La oscuridad y el deseo

Leyó en voz alta la palabra escrita por su madre. Y la voz fue trazando la historia que Carmen Boullosa imaginó una tarde oscura en París. Pero más que escucharse, la voz de María Aura, la actriz, la hija de Carmen y Alejandro Aura, la hermana de Juan, se miró. La miramos todos los que asistimos el jueves pasado a la presentación de “El velásquez (así, con minúsculas) de París” en la librería Rosario Castellanos de la Ciudad de México. Yo miré a Carmen mirar la voz de María con sus ojos de poeta que escucha lo que nadie ha pronunciado. O que mira la historia que cuenta un cuadro de Velásquez que fue dado por perdido en el incendio del Alcázar de Madrid de 1734, y la escribe. Carmen es así, sabe mirar y contagia, nos recuerda que existe un deseo de crear. O como dijo Nicolás Alvarado el día de la presentación, nos seduce. Seduce su fantasía desbordada, su creatividad, la fuerza de su escritura. Y la fuerza también de su habla.


Carmen Boullosa habló poco en la presentación de su libro. Las palabras le salieron suavecitas, como nostálgicas. Agradeció a su hija la intensidad con la que pronunció los fragmentos que ella misma eligió. Le agradeció también su juventud, sus ganas de vivir, sus ojos limpios. Y luego recordó que antes de que María y Juan nacieran, cuando ella era una adolescente, estaba convencida de que los males del mundo serían menos de los que en realidad son hoy que ya es el futuro. Pensó Carmen adolescente que la violencia desaparecería. Y la oscuridad, la mentira, el dolor gratuito, las niñas violadas, la traición, el horror del hambre y de la guerra. Pero nada cambió, nada de lo que creímos que podíamos hacer, lo hicimos. O quedó atrás la luz que encendimos en el viento, como un deseo.

Con otras palabras, pero casi con las mismas, eso fue lo que dijo Carmen antes de voltear la mirada otra vez hacia su hija y hacia un montón de jóvenes que llegaron a escucharla y compraron su libro, y se formaron para que se los dedicara con su rostro sonriente de tanto soñar en la vida. Fue cuando Carmen volvió a recuperar la esperanza. Y su forma habitual de mirar.

Mirar es posible cuando se busca mirar para crear. Algo así dijo Lucía Melgar en la presentación del libro. Lucía, investigadora y profesora que encuentra lo perdido sobre una barca que navega en la escritura. Y mira a Carmen mirar como un acto de creación. O como un sueño.
Carlos Fuentes dijo un día que Carmen Boullosa propone el sueño como método para vencer y acelerar la historia. Y Roberto Bolaño, el escritor chileno y amigo fiel de Carmen confesó que si tuviera que escoger una cocina literaria para instalarse allí durante una semana, escogería la de Carmen Boullosa, la de Silvina Ocampo, la de Alejandra Pizarnik y la de Simone de Beauvoir. Solo que Roberto se murió en julio del 2003 y no consiguió probar “El velásquez de Paris”, ni “La mejor novela del mundo”, ni “La otra mano de Lepanto”, ni otras novelas que Carmen escribió después de que murió Roberto. Y es que Carmen no para de escribir. Escribe aun cuando está tomando una copa de vino. Todo en ella escribe. El sabor, la calidez del vino que bebe, la noche antigua escribe. Como Margarita Duras que escribió con la fuerza del cuerpo. Hasta que perdió la cordura cuando supo lo que había escrito. Un día, mucho antes de ese suceso, Jacques Lacan, el filósofo y siquiatra francés lo predijo: “No debe saber lo que ha escrito, porque se perdería. Y sería la catástrofe”. Eso dijo Lacan de la escritura de Duras. Una escritura que aúlla como loca.
Carmen Boullosa era la loca de la casa. En eso nos identificábamos. Además de ser primas y tener ambas los ojos de mosca, como pegados a las orejas. Pero de niñas no nos frecuentamos tanto como ahora. O como en la adolescencia que nos contábamos todas y cada una de nuestras tristezas, soledades y algunas historias de amor. Éramos las locas de la casa, las diferentes, raras, inauditas, porque nos dolían los dolores ajenos. Y ambas sentimos la urgencia de crear, sin que nadie pudiera callarnos.

La creación no se calla. La callan otros cuando la escriben.

En “El velásquez de París” Carmen escribe a Carmen. La describe y se inventa. Se concede el derecho a crearse a sí misma y, otra vez como poeta que es, consigue transmitir al lector aún los silencios que trazó su alma al escribir. El libro cuenta la historia de La expulsión de los moriscos, el cuadro de Velásquez que lo consagró como el más grande pintor que fue y que fue salvado del incendio del Alcázar de Madrid por un niño. Y cuenta también la historia de una mujer deprimida en París. La misma mujer que antes de esa depresión habitó en tres ocasiones la luz que derraman las ciudades. Una en París, otra en Nueva York y la tercera en Madrid. Tres ciudades que atrapan, causan vértigo y, un segundo antes de expulsarnos, nos arropan.
La Ciudad de México es la ciudad de Carmen Boullosa. No importa que viva en Brooklyn y que desde hace seis años se haya instalado en Nueva York. En México, como ella misma reconoce, viven los personajes que mira, escucha, inventa, crea. Toda su vida imaginaria o sus vidas imaginarias cruzan las calles atiborradas de gente de una ciudad que pocos saben mirar. Porque de mirarla bien lo imposible sería el inicio del camino donde la imaginación se convierte en creación. Y la luz de la ciudad encendería historias nuevas de esperanza y deseo. Y, como en el libro de Carmen Boullosa, nos salvaríamos con ella.

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martes, junio 12

La más grande flor que García Márquez ha regalado

A mediados del 2005 una mujer de 85 años recibió en su casa de la ciudad de México, la flor más grande de Cien Años de Soledad. Fue el propio García Márquez quien la dibujó en la primera página de un ejemplar de su obra. La mujer lo tomó en sus manos, lo abrió, miró el dibujo y leyó “La flor más grande de esta historia es para Agus, la nana” Antes de comenzar el libro, la nana recordó tiempos con sabor a café. Y sonrió la sonrisa de los sabios que ignoran que lo son.

Agus había trabajado durante años en la casa de la familia Coudurier. De vez en cuando la mandaban a cobrar la renta de una casa que Luís Coudurier tenía en alquiler. Él mismo iba cuando podía. A ambos les gustaba hacerlo. Apenas tocaban a la puerta y una mujer radiante y dulce los invitaba a pasar a la sala. Mientras tomaban café colombiano, Agus o el señor Coudurier compartían historias con los García Márquez. Historias de sueños inventados y esmeraldas de vidrio. Pero un día los García Márquez dejaron de pagar la renta. Seis meses después, Luís Coudurier se los recordó. Y Mercedes le dijo que le pagarían la deuda completa en seis meses más. El no sabía quién era Gabo. Pero algo intuyó, algo leyó en su rostro, en su voz o en sus manos. Sabía solamente que hacía medio año, durante un viaje de los García Márquez a Acapulco, Gabo estuvo insoportable. Apenas pronunciaba palabra. Atendía poco a sus hijos. Ignoraba la presencia de Mercedes. No encontró paz hasta que llegó a su departamento, se sentó en su escritorio y escribió lo que el coronel Aureliano Buendía recordaría frente al pelotón de fusilamiento. A partir de ese momento, no hubo modo de detenerlo. No dejó de escribir ni un solo día, hasta que completó las 590 cuartillas a doble espacio que envió a Argentina bajo el título Cien Años de Soledad.

Luis Coudurier no dijo nunca nada a su familia. Ni cuando le dejaron de pagar el alquiler, ni cuando saldaron su deuda, tal como Mercedes lo había prometido, con las primeras regalías que les envió Francisco Porrúa, director literario de la editorial Suramericana. El propietario de la casa número 19 de la calle de la Loma en Lomas de San Angel Inn, no habló con nadie sobre sus inquilinos. Por eso nadie supo si Luís Coudurier tuvo una premonición, o creyó por quién sabe qué motivo a ciegas en García Márquez. O lo hizo simplemente como un acto de generosidad. Un acto de generosidad que en cualquier caso, hoy agradecen millones de lectores a quienes Cien Años de Soledad les ha concedido el placer de sentir caricias en el alma.

Ana y Laura Coudurier, hijas del propietario y amigas entrañables me contaron la historia, después de que Laura la escuchara del propio García Márquez en un evento donde se encontraron. García Márquez, que se había enterado de la presencia de Laura por una amiga común, se acercó a saludarla, la tomó del brazo y delante de todos los presentes dijo: “Soy lo que soy por el papá de esta mujer, si él no hubiera creído en mí, no sabemos qué me hubiera deparado el destino”. Acto seguido le solicitó a Laura que organizara un encuentro con su padre. Me urge verlo, aseguró. Dos meses más tarde la familia Coudurier y la nana Agus compartieron seis horas de plática y comida mexicana con los García Márquez. Ahí recordaron las modificaciones que le hicieron al departamento para que Gabo pudiera aislarse del ruido. Hablaron del tiempo en que Gabo dejó de escribir guiones para Alfredo Ripstein, quien aparece en el contrato de renta como el aval de Gabo; del café tan sabroso que les mandaban de Colombia, de las idas y venidas de Mercedes al Monte de Piedad para ver si acaso le daban algo por las joyas que le heredó su familia y que ella ingenuamente consideró auténticas.

Mercedes se las arregló como pudo para sacar adelante a sus hijos Gonzalo y Rodrigo. El propio Gabo lo contó en marzo anterior en su discurso pronunciado en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española. Contó Gabo las penurias que pasaron y sin decir su nombre, hizo por segunda ocasión pública la anécdota sobre su casero a quien describe como “el buen licenciado, un alto funcionario del Estado y uno de los hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido”.

Al encuentro con los García Márquez, los Coudurier llevaron cada uno un ejemplar de Cien Años de Soledad. Antes de despedirse, Gabo se los dedicó. A todos menos a la nana que no había llevado ningún libro. Al día siguiente Agus lloraba de emoción sobre la flor más grande de Cien Años de Soledad. Cuando Laura Coudurier se casó, se mudó a la casa de la calle de la Loma 19. En 1982, cuando le concedieron el Nóbel de Literatura a García Márquez, Laura recibió una llamada telefónica. Colocarían, le informaron, una placa en la fachada de la casa para que quedara constancia del sitio donde se escribió la segunda obra más importante de la literatura de la lengua castellana. Unos días más tarde develaron la placa, pero Gabo no asistió a la ceremonia. Las placas son para los muertos, dijo al disculparse.

Después de su primer encuentro, Luís Coudurier y Gabriel García Márquez acordaron reunirse nuevamente los dos solos. Gabo estaba interesado en que su antiguo casero le contara su experiencia como Oficial Mayor de la Ciudad de México. Fijaron la fecha, pero Luís Coudurier no consiguió llegar. Seis horas antes de la cita, su corazón se detuvo. En la fachada de la casa número 19 de la calle de la Loma no existe ninguna placa. Tan sólo dos días después de develada desapareció. A sus 87 años, la nana Agus sigue recordando a los colombianos que le ofrecían café y le contaban historias de un pueblo imaginario donde una mujer y sus hijos sembraban en su huerta el plátano y la malanga, la yuca y el ñáme, la ahuyama y la berenjena. Y sigue sonriendo cuando toma en su mano una flor. La más grande flor que Gabo ha regalado.

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lunes, abril 2

De vuelta a un México que está de parto

Ahora sí, el ciclo está cerrado. Vuelvo a México, pero la vuelta no es el retorno. Es el comienzo. La mirada abierta, los pies descalzos. Es el inicio de la vida nueva lo que me motiva, lo que me nubla la vista cuando intento mirarme nueva. Se lo cuento a un amigo que me responde con un poema de José Bergamín, el ensayista, poeta y dramaturgo madrileño exiliado en México y otros países. Un afortunado maniático de la verdad que quiso sentir a México, no desde el recuerdo lejano, sino bajo sus plantas. Y quiso también sentir su luz quemarle la mirada. “Dice lo mismo que tú”, me dijo mi amigo amparador de poesía. Quizá también sintió lo mismo que yo al volver, pensé decirle. Quizá también estuvo a punto de cortarse en dos el alma, la risa, la tristeza, la alegría, las manos, las piernas, las pupilas, la rabia, las ganas de tener en todo el cuerpo a dos países. O tres, o mil. Pero solamente tuvo un sol en sus ojos que le quemó la mirada. Y sólo un aire le entró hasta los huesos del alma. El aire de México.


Volver a México es permanecer siempre en movimiento.

Las voces mexicanas me reciben a mi llegada al aeropuerto. Bienvenida a su tierra la damita, me dice el encargado de migración. Y sonríe sus dientes de maíz. En la aduana otro señor me ayuda a cargar mis enormes maletas de ocho años en España, “vivimos de las propinas seño, que le vamos a hacer”, me sorprende también la sonrisa franca de su palabra. La sonrisa de piel que algunos llevan como trazada en tinta en un relato escrito.

Lo que se escribe es a veces más real que lo real. La lluvia se escucha mejor cuando se escribe sobre la lluvia. Es el poder de la literatura. Su único dominio. En el avión escribí que escribía y al escribir la soledad se acomodó en la escritura. Como sucede casi siempre que se siente respirar la hoja en blanco. Escribí sobre el acto de escribir para tranquilizar el ritmo del latido dentro mío. Para sostenerme sola. Aunque pienso que escribir no es un acto, ni un derecho, ni el resultado de alguna habilidad extraña.

Escribir lo es todo. O no lo es. Nada es igual al deseo de una palabra no dicha. Nada es más fuerte.

Siempre escribo en los aviones. En el que me trajo a México quise escribir sobre cualquier cosa. De cómo por ejemplo se duermen once horas doscientas personas en el mismo avión. Y los que no duermen se quedan como vacíos de rostro frente a cuatro infames películas, idénticas entre sí. O del postre de plástico que sirven en las charolas, igual que los cuchillos y los tenedores, no vaya a aparecer un terrorista empeñado en cortar el respiro a la palabra con un cuchillo. O inventar que el niño de al lado sueña que un tigre inventa su sueño. Cualquier cosa. Pero sólo conseguí escribir sobre la escritura. Y de cómo cuando el ciclo se cierra, estalla un espacio. Un espacio todavía no escrito. Un muro tendido sobre la nada. El muro que aguarda y guarda el vacío del inicio. Lo que habré de vivir en mi tierra.

Desde tierra española me llega el primer mensaje. Es un boletín informativo sobre el clima. No salió el sol el domingo, me dijeron mis amigos. Y me entregaron al sol de Madrid como los mexicanos lo hicieron con Bergamín hace años. Es posible llorar abierta las yemas de los dedos. Desde lejos fluyen también las sensaciones. Está vivo el recuerdo, como agua, como un beso de agua en plena vida.

México también está vivo. Aunque duela. Aunque algunas voces se escuchen lastimadas. Como cortadas con la navaja de la indignación. Hay quien tiene miedo, me dicen apenas llego. Otros no. Pero hay miedo, desánimo, rabia. Es un México nuevo, me explican algunos. Nunca antes vivimos lo que hoy vivimos. Es inédito. México siempre es inédito, les digo. Siempre se mueve. Siempre. Algunas veces lo hace con ternura. Suavemente. Otras estalla, como una mujer que está de parto. Y se nace para volver a morir violentamente. O con dulzura.

El domingo por la mañana apareció en la puerta de mi casa una canasta de dulces. Un guayabate, pepitoria, un jamoncillo queretano con piñón. Había también cocadas, tamarindos y palanquetas dándome la bienvenida. Sonriendo a pesar del temor, de la indignación, a pesar de la inquietud, me tienden la mano en México. Una mano abierta de humedad y calor. Calor que contagia, quema la mirada, inyecta fuerza. Y que agradezco. Como agradece una mujer el parto.

16 de octubre, 2006

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