Mostrando las entradas con la etiqueta Soledad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Soledad. Mostrar todas las entradas

lunes, diciembre 27

Tercera llamada

La muerte fue este año, el personaje central del escenario mexicano. La muerte y la corrupción, el horror, las mentiras lanzadas al aire como balas; las balas, las cabezas rodantes, el hartazgo; los jóvenes asesinados, el miedo. La esperanza agonizando al lado de cada cuerpo acribillado. El terror, la frustración. Y la vida empeñada en recordarnos que estamos vivos. La vida, cada vez más lacerada, susurrándonos al oído que todavía es posible respirar, alzar la voz, llorar de rabia, sentir, creer y crear, antes de que la desesperanza y la sinrazón, nos arranquen lo poco que nos queda de aire transparente en las entrañas. Antes de que la muerte triunfe. Y nos despoje de toda voz.

Leer más...

sábado, abril 3

Somos palabra

Por la mañana, algunas veces,
el silencio reposa en nuestro vientre
nos asusta la cercanía de su piel
y el viento que despide

Nos asusta la soledad que cava
en el sitio donde la palabra nace y nos pronuncia
para guiarnos una vez más al universo del sentido

Ahí donde somos lo que comprendemos

Entonces desplegamos las alas de pájaro que no tenemos
Y nos vamos susurrando un poema que abre el espacio luminoso al día

Leer más...

lunes, febrero 15

Robo

Algunas veces,
las sábanas, un libro,
el cristal de una ventana,
cualquier espejo,
y los sonidos del alba,
casi todos,
se apoderan sin clemencia
de la soledad

La lluvia se queda entonces quieta
sobre mi vientre yermo.
Y no hay quien me auxilie a levantar
mis derribados huesos.

Los objetos reclaman su memoria.
Exigen que pronuncie su historia.

Un chapulín de hojas muertas
prepara el salto
mientras los libros se extienden
en ramas de palabras mudas.

Y no hay quien mire el nudo
en mis pupilas.

febrero 15, 2010

Leer más...

miércoles, julio 15

Maltrato, amor y placer

Todos los lunes respira profundo y toma la misma decisión. Dice estar segura de que no hay forma de ajustar el permanente enfado de su novio. Ni de apagar los celos con los que casi a diario coloca al destino en sus manos. Aunque la ama, dice. Y ella a él. Se aman, como los amantes que temen que un día la soledad los arrincone, igual que un libro viejo en el verano. Temen, como se teme saber que fuimos jóvenes y apenas lo notamos. O como se teme perder lo que aún no se tiene.

Todos los viernes me cuenta que volverá a ser ella, sin máscara, sin sustos, sin voz dulce en el teléfono nombrando al amor quince veces, solamente para que él no vaya a pensar que está con otro. Para que la siga amando, sin que le permita quitar la mordaza al alma frágil que la cubre. ¿De quién es el deseo, la necesidad de mantenerse mirando un cielo bajo? ¿Quiere él que ella no crezca o es ella la que no pretende abrir sus párpados de pájaro?

Todos amamos. Un día nos encontramos frente a alguien que sonríe con la sonrisa de la vida. Igual. Alguien que nos roza la mejilla y altera las venas del mundo. Alguien cuya ausencia nos despierta por las noches suplicando una caricia. Y amamos. Y nos comprometemos a caminar suspendidos en el cuerpo del otro. Pensamos construir, comenzamos a hacerlo sin perder el delirio de seguir de cerca al deseo. Amar, desear, construir. Pero una día alguno de los dos amanece sin vida. O con la vida del otro, sin nombre ya, sin sueños propios. Nada parece pertenecernos. Y al mismo tiempo somos eso. Por dentro y por fuera, la pertenencia del otro. Es cuando comienzan los reclamos. Los besos que hieren. El miedo.

La soledad nos pone a prueba. Se acerca, pronuncia su nombre de fiera. Nos acaricia el aliento y en ocasiones grita el grito desgarrado del tiempo. Algunos corren, se esconden, huyen sin saber qué es la soledad, quién. No pretenden cederle el espacio donde ya nadie habita. Aunque habitemos todavía nosotros con el otro. No tienen ninguna intención de ajustar el sonido de su voz de grito y abrazar el silencio. Nada hay que perder y temen quedarse con la nada que poseen. La nada atada, nos ata.

El rostro de la soledad es el rostro del espejo. Llora o ríe, según tenga la mirada radiante o quebradas las pupilas de agua. El rostro de la soledad es el que vemos al meternos a la cama y dormimos o nos clavamos las punzadas del insomnio. La soledad duele o salva. Según la fuerza que se tenga para alzarla en brazos.

Todos amamos. Una o tres veces. O más. Hay quien va por el mundo enamorándose a cada rato. Creen en el amor que no conocen. Dicen que el amor es un arte. El arte efímero de amar. Hay otros que aman el primer amor y el último. Entre uno y otro pudo haber amores que se quedaron a la orilla del recuerdo. No fueron tan intensos como para morir con la gracia fresca de las niñas. No queda rastro al final de la historia, ni una huella. Y se inexisten.

Hay quien ama poco por miedo al desamor. El grito, la exigencia, el arrepentimiento de haber amado al alma equivocada. La herida sobre la herida. El hastío, el dolor. El vacío subiendo por la escalera de nuestras entrañas. El vacio que nos pone a rodar como granos de sal sobre la llaga.

El amor ideal es el que siempre comienza, me dijo alguien en mi juventud. Un amor de novios recientes, de cuerpos nuevos cada noche. Cuerpos que se abrazan sin perder cada uno su nombre. Ninguna de sus extremidades, ni sus ojos. Un amor sin esperanza; eterno en el instante mismo que posa sus labios y sella el silencioso pacto de recordar quiénes somos.

Hay otro amor que para sobrevivir requiere de los celos. Los celos son una enfermedad, igual que la leucemia, el sarampión o la diabetes, me dijo alguien en mi adolescencia. Después me enteré que, más que una enfermedad, son un arma de fuego. Una ráfaga en la mirada, en la voz, en los movimientos del ser humano que transmuta sus ojos en granada, escopeta, daga y su cuerpo en animal que acosa, embiste, hiere. Y que al amanecer, tendido sobre el cuerpo yerto del otro suplica el perdón. Y en la mayoría de las ocasiones, lo obtiene.

Todos los lunes respira profundo y toma la decisión. Me lo adelanta cada viernes con su voz de aire. Por la tarde se pregunta si valdrá la pena. Total, todos son iguales, dice. Mejor un conocido, Ya son varios años, ya conozco sus mañas, sus gustos, sus gritos, justifica. Y explica que aún mantienen ambos el deseo nocturno. Quizá sea eso lo que los ata. Quizá sea imposible, o casi, dejar el abrazo, el aleteo de los labios, las caricias. El momento en que sentimos el grito de la vida entre las piernas. Quizá sea esa la fatalidad. El placer a cambio del maltrato. El horror.

A una amiga el maltrato le mutiló las piernas. Le cortó la lengua y la costumbre de mirarse cada mañana al espejo. Aguantó el maltrato hasta que un día, en la cama de un hospital, pidió un espejo. No le afectó tanto la mejilla abierta, la ceja rota, el rostro azul. No. Le dolió más no haberse reconocido antes, seis años atrás, dos. Pero tomó la decisión de aceptar la mano que le ofreció ese día el espejo. Ella misma con su soledad envuelta como nido. Tendida sobre su fuerza, su nombre, su historia, sin volver a ser arrastrada en la ráfaga. Todavía era joven. Y hasta entonces lo supo. Fue como si la verdad despertara de pronto al lado de su cama. Pero como me dijo un día un poeta, la verdad del amor, está dormida.

Leer más...

lunes, marzo 9

¿Elegir morir?

Si fuera posible decidir el día, la hora, el lugar donde morir, estoy casi segura de que nadie lo haría. O casi nadie. Es difícil decidir morir. Desear morir. Aun para aquellos que ya recorrieron las montañas, los bosques y los valles de la vida. Es difícil tocarle la mirada a la muerte que mira de frente a todo aquel que testifica, paso a paso, el lento deterioro de la vida. No, nadie, ningún anciano por propia voluntad desea marcharse. Por más insumisas las piernas, por más rígidas las manos, sexo, dedos, cintura. Por más despobladas las uñas y cobarde la memoria, la vida ata al dolor, silencia al discurso pronunciado desde la razón, vence a la voluntad manifiesta de descansar, al fin, en el etéreo espacio donde el alma, desnuda, asume el mando.

Cuando la vida escapa, nada importa más que conservar la vida.

Me lo dijo una mujer de 90 años. Después me pidió que me acercara para susurrarme al oído el nombre del más temido de sus enemigos. Es el tiempo, confesó. El tiempo que lame dulcemente mi cerebro, como si yo fuera roca y él, mar. Eso me dijo y me quedé sin ninguna palabra que darle, ni una frase para responderle. Nada. No supe qué hacer más que ponerme a mirar sus pupilas dilatadas por la persistente luz que imagina le quema los párpados. La luz huidiza de los hombres y mujeres solitarios. De los que tienen todo y nada tienen. Solos.

No digas cómo me llamo, me pidió antes de que saliera de su habitación. No digas cómo me llamo, pero escribe sobre mí. Diles que en ocasiones sueño que estoy muerta. Y que cuando despierto me escucho hablar y pienso que en realidad estoy muerta. Pero regreso, siempre regreso a la vida.

Le pedí que lo siguiera haciendo. Que todavía hay tiempo para regresar. Que hay quien ha vivido más, mucho más de 90 años. Le conté del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo que alcanzó los cien. De Andrés Henestrosa que murió a los 102 y de mi bisabuela que lo hizo cuando acababa de cumplir los 104, aunque no le confesé que era esa su edad inventada, pues no tuvo nunca un registro de su nacimiento. Más de cien años dijeron los médicos cuando murió. Ciento cuatro, dijo su hija cuando le cerró los labios todavía tibios de amor.

No diré cómo se llama. Diré sólo que tiene 90 años de vivir y que no tiene ninguna intención de morir. Aunque ella sabe que tendrá que hacerlo, lo sabemos todos. Todos lo llevamos bordado en la memoria desde que nacemos. Vivimos para avanzar hacia la muerte. Paso a paso. Pero ella sabe también que podemos robarle tiempo a la muerte. A la muerte hija de su pinche madre, me dijo, sin disculparse con el médico que entró a la habitación justo cuando subió la voz para calificar a la muerte de hija de su pinche madre. Y el médico trazó una sonrisa inquieta, ignorante, una sonrisa que se mutila el sonido por no saber cómo ingresar al territorio de los sentenciados.

No les digas cómo me llamo, me volvió a decir al día siguiente, segura de que escribiría sobre ella y su palabra. Me pidió que llevara una grabadora. Que guardara uno a uno, los sonidos de su voz, para poder pronunciarse viva cuando muera.

Tres, dos uno, grabando, le dije y comenzó a decir su edad, su deseo de vivir un día más, dos, diez. Tengo noventa años y estoy viva. Viva de tanto vivir, de tanto amar, de tanto gritar que estoy viva, como la vida, como el color rojo , como los recuerdos rojos que saben a pan, dijo y luego guardó silencio por varios minutos. No sé cuántos. Los suficientes para que yo pensara el valor inconmensurable que tiene la vida para quien la ha vivido 90 años. Para quien la ha gozado. Y lo poco, o casi nada que significa hoy la vida para tantos, para tantísimos seres humanos a quienes últimamente les ha agarrado la manía de confundir la vida con el poder. El vértigo que produce el abismo, con la caída. La muerte con el triunfo.

Todos moriremos, me dijo la mujer anciana. No hay dinero que pueda evitarlo, ningún mecanismo que lo consiga. Ni todas las agencia de inteligencia unidas, ni la fortuna y poder de todos los barones de la droga juntos podrán impedirlo. Ni los príncipes, ni los sacerdotes, ni los chamanes, dejarán de morir. Nadie. Morir no tiene remedio, ni precio. No hay nadie a quien corromper para que ponga a morir a otro en nuestro sitio. Morir es lo único personal. Más que amar.

Cuando ella me lo dijo, apagué la grabadora. Presentí que ya todo estaba dicho y además, volvió a quedarse dormida. Está todo dicho, pensé. Al menos mientras vuelva del sueño con otra historia que contarme sobre la forma cómo puede todo ser humano ganarle la batalla a la muerte. Por trozos.

A los 90 años, no siempre se vuelve del sueño con una historia propia. Ella volvió contando que las cosas, los objetos, las paredes de su casa no le pertenecen pues no han envejecido a su lado, a pesar de haber estado juntos los últimos años. La vida es el presente, le dije. Nada más. El presente que no siempre se vive en el mismo sitio, sino en donde el cerebro decide.

Ella lo vive en una habitación distinta a la que estaba antes de dormir. Pregunta quién la trasladó de habitación y por qué. Pregunta en qué país estamos. En qué ciudad. Qué diablos hago yo ahí. Cuando mira la grabadora guarda silencio. No dice nada. No responde a ninguna pregunta. La enciende y escucha. Se escucha viva y sonríe. Después toma mi mano. Tiemblan sus labios, la piel de la frente, tiembla. Es el tiempo que le lame dulcemente su cerebro, como el mar a la roca.

Leer más...

lunes, enero 26

El delito más libre

Tendría unos diez u once años cuando por primera vez sentí que mi cuerpo y yo percibíamos juntos al mundo. Sucedió en plena calle de la ciudad de México, ignoro en qué zona, pero recuerdo el tráfico lento, la entrada de la tarde, mi madre conduciendo y al enorme parabrisas trasero del autobús que teníamos enfrente. A esas alturas yo ya había visto no sé a cuántas parejas besarse —incluidos, por fortuna, a mis padres—, abrazarse, acariciarse en los parques, en el cine, o en una película, sin que sucediera nada, absolutamente nada en mi interior. Pero esa tarde, cuando desde el automóvil familiar vi a un hombre y a una mujer besarse largamente en la parte trasera del autobús, supe que en ese preciso momento mi cuerpo había sido habitado por una fuerza desconocida, inexplorada, mágica casi. Tenue y al mismo tiempo explosiva.

Fue esa la forma de convertirme en mujer. A través de la mirada. Y de un beso ajeno, público, amoroso, fieramente humano, real, generoso. Nunca supe, obviamente, cual fue el destino de aquella pareja. Nunca me interesó siquiera volver a pensar en ellos, ni osé inventarles una historia. Sólo me importaba el beso. Lo que la mirada, a través del beso, me entregó; lo que desgarró en el rincón de los secretos que toda niña guarda sin saberlo. Hasta que sucede. Hasta que dejamos de sentirnos parte integral del todo que nos rodea para comenzar a transitar por el territorio de las soledades.

La soledad de la mujer que comienza a andar su vida y se esconde debajo de su pecho.

Hay quienes aseguran que la soledad es el precio que tenemos que pagar aquellas mujeres con adicción a la libertad. Que no hay libertad con compañía permanente, ni hay tampoco estabilidad, quietud, descanso. Ser libre, dicen, es sentir a la soledad dormida en nuestros brazos. No siempre hiriente, nunca cruel, pero insistente. Como un huésped que cuando se marcha nos deja alistando su regreso. Y en algunas ocasiones, también amando.

La soledad puede ser también ese sentimiento que brota tras el beso. Esa especie de vacío al que nos tiramos después de haber experimentado las sensaciones que produce un beso, un buen beso. Un beso sin tiempo en el cuerpo. Sin otras voces, ni jueces, sin nadie que lo califique. Y menos que lo juzgue.

Si todavía estuviera a tiempo de pedir mis deseos para el 2009, pediría entre otros, que en la ciudad de México donde vivo, nunca vengan a instalarse los depredadores de besos, los jueces destructores del placer, los caza deseos, como el gobernador de Guanajuato, Eduardo Romero Hicks quien prohibió los besos en la calle. Y no es porque tenga yo la costumbre de irme besando en espacios públicos ni mucho menos. Es solamente que no imagino lo que sucedería si se aniquila la libertad de besar donde le venga en gana al deseo. Al amor, a la necesidad de salvarnos de las criaturas grises que rondan en las avenidas, en busca de la desdicha. Solo a ellas puede dañarles mirar un beso.

Recuerdo mi niñez y la de mis hijos. Pienso en mi hija, ya adulta, y en su libertad para amar. Y pienso también en su soledad que es un poco como la mía, sabia en ocasiones, nos abre las puertas del viento. Y respiramos. Pienso en mi hijo adolescente y en su forma de ser libre, tan distinta a la nuestra. La libertad como fórmula para crecer. Para conocer el mundo, para caminar cada uno de sus rincones. Sin miedo. Sin ninguna cautela, transitar por los sueños para despertar rastreando su propia juventud, el cuerpo dormido del joven que ya es. El joven que me contó su primer beso y al hacerlo palabra volvió a su sueño. El sueño del que despertó cuando le abrieron los ojos con la daga del miedo. También mi hijo eligió la libertad y no fue la soledad la que se le impuso, sino el miedo. Un miedo que vino de fuera. Porque yo nunca le enseñé a cuidarse por las calles, ni le dije de qué, de quién, ni le prohibí movilizarse en Metro y otros transportes públicos, a pesar de su pinta de güerito de colegio privado, de niñito rico, de blanquito de mierda, como le dijeron cuando lo amenazaron de muerte. Cuando le quitaron la libertad. Cuando lo obligaron a no volver a utilizar el Metro, a sospechar, a dejar su manía de hacer amigos donde sea. A no ir sonriendo sin ninguna causa por el mundo, como quien sonríe a sus amores invisibles. Pero, aunque el miedo habita hoy en su cuerpo, aún sonríe. Y aunque se haya hecho adulto a la mala, aunque yo me esté muriendo de rabia, nunca dejará de buscar a media calle, un beso. Sin importarle el acoso de las criaturas grises. Ese será su delito. Y mi consuelo.

Leer más...

miércoles, noviembre 26

Soledad urbana

Hace tiempo que no notaba tantísima soledad en la ciudad. O quizá no me había detenido a observar los rostros, las manos, los gritos, los silencios. La sombra de la soledad oculta detrás de un vidrio apedreado, un gemido, un insulto, un dolor leve en el vientre del que cruza una calle por la noche; la sombra de la angustia en la mirada de una mujer que espera la llegada a casa de su hijo.

El cuerpo de la soledad crece y se extiende, casi líquido, sobre el asfalto. Como un muro invisible, ciega el alma. Y la altera.

La soledad es hoy ausencia en el exceso. Carencia en la opulencia. El vacío que estalla al centro de la multitud. Nada hay en lo pleno, en lo grandioso, en lo atiborrado. Nada en la memoria de un 2 de octubre de estudiantes baleados. La mayoría de los jóvenes ignora la lucha de aquellos jóvenes que entonces eran mayoría. No la entienden. Están solos los jóvenes de antes y los que hoy no consiguen imaginar las causas de un movimiento estudiantil de aquellas dimensiones. Y no preguntan. Hoy saben de otras batallas. Ven otros cuerpos tirados en las calles, fragmentados, destrozados, arrojados en barriles con ácido. Hoy sentimos los estragos de la narco guerra y cerramos los ojos. Como no queriendo sentir el dolor. Pero la soledad no acepta la derrota. Y nos persigue el dolor de no contar con armas para combatirla.

Hoy, las armas que nos muestran en los noticieros son armas de guerra. No son armas ligeras, ni revólveres ni pistolitas. Son rifles de asalto, AK-47 y AR-15 que llegan desde Estados Unidos para ensanchar el horror. Y llega también armamento antiaéreo, lanzagranadas y otras armas con tiro expansivo para que no quede ni rastro del chaleco antibalas. Ni rastro de esperanza.

Un grupo de los jóvenes que asistieron a la marcha del 40 aniversario del 2 de octubre, atacó a pedradas las ventanas de los establecimientos comerciales. Dicen que robaron varios objetos y que usaron la violencia contra algunos policías y dos integrantes de la Comisión de Derechos Humanos. Eran grupos de vándalos a sueldo. No se sabe quién les paga, quién los contrata. Para qué. Hay otros jóvenes que cometen delitos mayores. Son jóvenes que matan, cortan las cabezas de sus víctimas, los arrojan en las carreteras. Para dejar claro el mensaje de sus amos, los capos de la droga que cuentan con un batallón completo de jóvenes a su servicio. Son jóvenes dispuestos a todo con tal de salir de la miseria en la que viven. La misma que padece gran parte de los mexicanos.

La miseria y el hambre desesperan. Los chavos roban por hambre. Después se habitúan al dinero fácil. A las grandes cantidades de dinero que les ofrecen los narcotraficantes. Y van por la vida con las manos llenas de dinero y sangre, pero con la inteligencia deshabitada. Abandonada, vacía.

La otra tarde me insultó un hombre desde su vehículo. No supe la razón. Estábamos detenidos frente a un semáforo en rojo. No cometí ninguna infracción. No rocé siquiera su automóvil ni toqué el claxon. Nada. Me insultó como insultan los hombres desde tiempos inmemorables a las mujeres. Yo simplemente lo miré a los ojos. Y noté su soledad.

Están plagadas las calles de la ciudad de soledad. Este domingo la miré en las manos arrugadas de la mujer que pide dinero en una esquina. Envuelta su cabeza con un rebozo de bolita, se acercó a la ventana y extendió su mano de anciana. La mano de la soledad. Venía de lejos. Me contó que todos los días camina cuatro horas y se detiene en la misma esquina donde algunas personas ya la conocen. Y de vez en cuando, le sonríen. Antes lo hacían más, me cuenta. Ahora apenas la miran, sin reconocerla. Están solos. Y no tienen ya la capacidad de ver.

La soledad en la ciudad cobra la forma de una garra. No es la soledad compartida que por ejemplo, provoca una obra de arte. La soledad del artista plasmada en la obra y dirigida hacia otra soledad que le mira y la disfruta. Es eso el arte. Lo íntimo. Pero la otra soledad, la soledad urbana, desconoce al otro. Provoca que todos los habitantes de la misma ciudad nos desconozcamos y nos ignoremos. Es la soledad que brota del miedo. El miedo a la violencia, al grito, a la impunidad que se apodera a gran velocidad del mundo.

En menos de dos semanas han entrado ladrones a robar tres diferentes edificios cerca de donde yo vivo. Nadie sabe cómo lo consiguieron. Saltaron las bardas, las cámaras, los vigilantes. Se hicieron invisibles. Los vecinos están asustados. Tienen miedo. Nadie habla con el otro. Sospechan y se envuelven en el despiadado manto de la soledad. Como quien gravita en un espacio oscuro, hacen lo que antes solo hacían los poetas: se cuidan de la esperanza.

Leer más...

martes, octubre 7

Pena de muerte a la insensibilidad

Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas.
Efraín Huerta

Caminé por las calles de la ciudad, entrada ya la noche. Vencí el miedo, no pensando en el miedo. Pensé en la soledad de la ciudad, a cualquier hora saturada de automóviles, gente, humo, griterío, pero sola. Una ciudad ocupada que sufre el abandono. Una ciudad sitiada que aúlla entre escombros su tristeza, y duda de las miradas de aquellos que la habitan.
Ya casi nadie la mira.
Ya casi nadie le llama por su nombre, ni le inventa poemas. Ya nadie le canta los cantos de aves y flores que escribieron para ella sobre las piedras y más tarde en los libros, donde los poetas declaraban, abierto, su amor a la ciudad. Pero hoy está rota la ciudad, dividido en dos su cuerpo de asfalto y yerba.
Dicen que habrán de salvarla. A la ciudad de México y a todas las ciudades del país. Que van a encerrar a los criminales, a barrer con una escoba de plomo a los secuestradores. Dicen que van a emprender una cruzada sin tregua contra los delincuentes. Ojalá encarcelen también a quienes le arrancan a los sueños los ojos; ojalá cuelguen de un poste inmenso al miedo, la rabia, el dolor, el hastío, la ansiedad que produce la escasez de espacios donde rozarle la piel a la ciudad de antes. La ciudad que se entregaba lentamente a los niños que reían, como Efraín Huerta lo consignó en su poesía. La ciudad pura, cariñosa, en cuyos jardines los pájaros solían vivir limpiamente.
Los hombres y las mujeres reclaman. Reclaman de otro modo también los recién nacidos, los niños que ven la televisión siete, ocho horas al día, los jóvenes apuñalados, los que bailan, los que se conectan a las páginas pornográficas dos o tres veces al día, porque no hay manera de salir, es tarde, te vaya a pasar algo, no me deja mi mamá estar en la calle, le dicen sus amigos a mi hijo. Y reclaman también los mayores que aman todavía a la vida, como mi madre, que a sus 84 años baila de tanto en tanto cha cha cha y sale en busca de música y sabores, aunque haya perdido un anillo, tres bolsas y dos relojes a tirones.
Los procuradores, las autoridades todas se comprometen a responder con celeridad. Dicen que saben que de no hacerlo, se corre el riesgo de vivir en el caos más terrible de la historia. El caos que ya vivimos. El caos dentro del caos y afuera del caos, la sombra. La impunidad abriendo la puerta a un discurso que pretende apuñalarlo. A gritos acabar la impunidad, a ladridos, a berridos, a golpe de caos, lo que todos reclaman es una ley que otorgue pena de muerte a la impunidad. A toda impunidad.
La impunidad que ejercen aquellos que deciden quién habrá de salvarse del caos. Quién tiene el derecho a asistir todos los días a la escuela, llegar a la universidad, obtener un trabajo y un puesto en el poder. Y quién en cambio, tendrá que abandonar las aulas para trabajar en una casa, en un basurero, en un restaurante, en una esquina. La impunidad que arroja a las calles a menores de edad, la que concede servicios de salud a medias, la que permite que aún existan en México niños que mueren de hambre. O que a los cinco años ya han sido violados en dos, en tres ocasiones.
Que se vistan millones de personas de blanco, que enciendan velas, que salgan a las calles de todo el país; de todos los países donde se escuchan las voces de México. Que lo hagan y no dejen de hacerlo nunca. Que sigan iluminando las calles hasta incendiar el caos, la inseguridad, la corrupción, la tristeza, la soledad de la ciudad, la impunidad y los ojos cerrados de la ley.
Que abran los ojos las autoridades, que ya no pronuncien tantísimos discursos, que se dejen de firmar y firmar uno y otro acuerdo; que entiendan, que sientan la urgencia, que hagan lo que tienen que hacer y que castiguen, con cadena perpetua, su propia insensibilidad. Esa es la demanda, el grito, ese es el sueño.
Y más allá del sueño, ya despiertos, hay quienes, de blanco o de colores, diseñan estrategias para detonar, al centro de la ciudad, el poema que la salve y le devuelva su ancho corazón de piedra y aire que algún día le miró otro poeta. Antes de que muera.

Leer más...

lunes, julio 30

Cuando la vida mira con los ojos de la muerte

Siempre he dormido poco, de niña pasaba un largo rato cada mañana esperando que llegara la hora de las voces para poder comenzar a bailar. Me consolaba pensando que el insomnio era una forma de quitarle más tiempo a la vida y aprendí a emplear esas horas jugando a inventar palabras. Pero hoy desperté antes aún de lo habitual. Me empujaron de la cama las palabras que soñé. Me dieron de patadas, se me echaron encima, me escupieron, y de no haber sido porque me tomé con mi amiga Blanche un vinito antes de llegar a casa, me habría quedado toda la noche viendo el cántaro de luz que este fin de semana fue la luna. Un cántaro redondo que acabó por aventar sobre mi cama las palabras, como de lluvia, que me despertaron con la inquietud de abrirle el vientre a la escritura con una navaja.

Quería escribir sobre la muerte. Sobre el dolor y la soledad que quema las manos al atardecer. Quería escribir sobre la rabia, el grito, el olvido, el nudo en la garganta, las ganas de mentarle la madre a la vida cuando mira con los ojos de la muerte. Eso quise hacer apenas dejé mi cama y me senté frente a la pantalla blanca. Llorar cansancio, incendiar verdades, apagar por un rato al mundo.

Tenía tanta rabia esta mañana que antes de escribir una sola frase me levanté del escritorio. Me acerqué a la ventana y la abrí con urgencia de viento en las pupilas. Y vi el azul del cielo. Y lloré despacito como se llora el vacío del pasado. Las ausencias que apenas se recuerdan, la sed en la memoria. El primer poema, la abeja en mi rostro adolescente, la humedad, el primer parto, la vida encajada en la oscuridad de otra luna, el árbol minado. Entonces me pregunté hacia dónde vamos los que aún queremos creer que hay gente que quiere creer. En uno mismo, en el otro, en la memoria, en un sol sin quemaduras.

Salió temprano el sol este domingo. Sin demasiadas nubes pude verlo sacando provecho de la soledad, extendiéndose a sus anchas sobre ella. Hasta que vuelva el viento y las nubes y la lluvia que cada tarde de julio cae sobre la Ciudad de México que antes olía a piedra y tierra roja. Antes, cuando se empapaba de agua limpia.

Salió temprano el sol este domingo y me quitó la rabia y casi por completo la tristeza que sentimos en ocasiones las mujeres cuando despertamos. No sé si le suceda lo mismo a los hombres. Ignoro si sienten en el vientre la nostalgia, el deseo de un abrazo. Y si les sucede, me pregunto si son las mismas causas las que les provocan esta sensación de querer creer que ha valido la pena no habernos expulsado de la vida.

Y es que existen los que se expulsan voluntariamente de la vida. No los que se suicidan, o no nada más los que se suicidan. Los que siguen con el corazón puesto en su sitio, pero que han decidido ya no respirar lo poco que todavía se puede mirar sin dudar, sin pensar, sin sospechar. Esas personas que cerraron una tarde su alma y ya no quisieron creer ni siquiera en la muerte.

Hoy salió temprano el sol. Y yo iba a escribir sobre el dolor y la muerte a destiempo. Sobre la necesidad que uno siente de vez en cuando de abrazar a sus muertos. Sobre todo a los que se fueron a destiempo. Sin aviso previo, sin ninguna consideración. Sin haberse enfermado lo suficiente como para poder descansar al verlos partir. Nada. Sin tener la edad que les permitiría hacernos sonreír al irse. Iba a escribir sobre todo eso, pero el sol salió temprano este domingo y encendió el reguero de palabras entre mi sabana.

No sé cuánto tiempo pasó antes de volver a mi escritorio. Se, eso sí, lo que sucedió. Un amigo me invitó a desayunar fruta fresca en el bosque de Chapultepec y comprobé que la ciudad no hace visibles sus heridas los domingos. Mi hijo me dio las gracias por todo, y me dejó con la pregunta ¿qué es todo? rondando en mi cabeza. Otro amigo me invitó a engañar a los gitanos con historias que vuelan y regresan para posarse sobre la palma de la mano o sobre la hoja siempre mugrosa del cuaderno que llevo todo el tiempo conmigo.
Después me senté en una de las bancas del Paseo de la Reforma para simplemente presenciar el dialogo que consiguen crear entre ellas mismas y con los cientos de miles de chavos, parejas, políticos, viejecitos, turistas, mujeres, vendedores ambulantes, niños, traperos, oficinistas, vagos, monjas, pasteleros, mil usos y demás habitantes o visitantes de la Ciudad de México que las han utilizado desde que las colocaron, hace ya varios meses. Pertenecen a la exposición de escultura arte-objeto, una idea de las miles de ideas que le brotan a Isaac Masri cada mañana de domingo cuando el sol sale temprano y puede escucharse el silencio al conversar.

Me fui sentando en varios bancos. En una mano, en una silla, un espejo, unos naipes, en una escalera y en otros más. Me pasé un buen rato descubriendo el banco que hizo Francisco Toledo, el de Leonora Carrington, Vicente Rojo, Sergio Hernández y muchos otros artistas que consiguieron poner a dialogar al arte en pleno Paseo de la Reforma. Y que entre un Ángel de la Independencia y Cuauhtémoc, me entregaron una historia de amor, de muerte y de memoria. Como deben ser casi siempre las historias que nos quitan el miedo a mirar. Y nos llevan de la mano a caminar mercados, plazas, olores, sabores y sentimientos. Y aunque por la tarde llueva, quizá se abra una puerta en plena calle. Una puerta donde la vida mire de frente a la muerte. Y la obligue a bajar la mirada.

Leer más...

sábado, abril 14

Cuando la tierra tiembla

Cuando la tierra tiembla, se agrieta el pensamiento
La soledad busca inútilmente a su pareja
No consigue olvidar su ardiente paso
sobre los sepulcros e intenta levantar
trozos de olvido entre la muerte
Pero no hay nadie que abrace su silencio
Nadie que se le asemeje

Ningún doble se sentará a su lado
cuando estalle la noche
y el chirrido de los cristales
en las visibles hendiduras de la tierra
enloquezca al mundo.

Cuando la tierra tiembla,
es mejor mirar la sombra con los ojos del llanto
O correr hacia el muro de luz

Leer más...