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miércoles, julio 15

Murmullos de guerra

Algunos despiertan con la soledad adherida al cuerpo. Sin saber todavía quiénes son, permanecen con los ojos cerrados hasta estar seguros de lo que verán. Si los abren antes, morirían de susto o de dolor. El dolor de sentir el hueco en el sitio de los sueños. Ahí donde hace años acudían a diario para crear su historia. El futuro luminoso que un día tuvieron en la palma de la mano. En la palma cerrada de una mano que amaneció, no se sabe con exactitud cuándo, vacía. Por eso ahora no levantan los párpados hasta comprobar que siguen siendo los mismos, porque saben que lo que verán les será ajeno, distinto, opuesto a lo que un día encontraron y guardaron en la palma de la mano. Prolongan cada vez más el acto de despertar, porque saben que al abrir los ojos, la imagen misma de la destrucción saltará sobre ellos, con sus garras de caos.

Algunos salen de sus casas con el vértigo a cuestas. La onda expansiva que produce el griterío de los motores de los automóviles, los gases que emiten tan cínicamente cada día más vehículos, las cabezas rodantes, los ejecutados, el dinero evaporado; la corrupción, todas las noticias del día, impiden que el vértigo desaparezca. Falta aire.

El viento limpio se ha desplazado a otras tierras, como las aves, en busca de salvación.

Algunos, cada vez menos, se reúnen al final del día. Intentan untarse una pomada que arranque la piel muerta de sus manos a golpe de palabras.

Y sueltan frases con obuses a tiro rápido. Una opinión destruye otra que apenas comenzaba a formularse. Difícilmente consiguen escucharse. Algunos lloran sin saber que lo hacen. Lloran y se sientan frente al televisor a mirar cómo lloran las actrices y los actores de las telenovelas de Televisa. Cómo saltan al despeñadero de la fantasía, chorros de lágrimas sin sal.

Es entonces cuando algunos vuelven a creer que es posible vivir la vida que narran las pantallas. Y piensan que tal vez mañana un amor calmará la ansiedad. Quizás la herencia de un familiar desconocido o el reconocimiento del jefe, una sonrisa, acaso una mirada. Por una sola vez en la vida, una mirada que detenga el andar de la ansiedad, su acelerada carrera.

La ansiedad que oprime las venas de la razón y libera, al mismo tiempo, la facultad de percibir lo invisible, lo impalpable, lo que antes caminaba al lado de las multitudes. Lo en silencio perdido.

En la ciudad, nunca hay silencio. El silencio también ha emigrado a otro territorio, para evitar su anunciada extinción. Sabe que si muere, moriría también la música. Y la música es, por el momento, la que lleva más carga de mundo.

La que casi todas las noches se ocupa de salvarlo. La que a algunos les tiende la mano para ahogar el desasosiego en una pista de baile. O enredada la tristeza en otro cuerpo que comparte la urgencia de baile, la desconfianza y el deseo de espantarla. Y es que la desconfianza es también la soledad, porque separa al individuo de todo discurso.

Le repleta los oídos de arena. No enloquece del todo, pero al dejar de creer en la capacidad del ser humano de decir la verdad, pierde trozos de algunos de sus sentidos. Por eso de vez en cuando intenta curarse la desconfianza. Y para evitar tropezarse con el reguero de encono que le rodea. Tanta rabia, tanta ira. Da miedo.

Tuvo miedo. Me dijo mi hijo que tuvo miedo cuando se quedó atrapado durante casi tres horas en la lateral del periférico, a unos metros de la salida de Alencastre y muy cerca de donde cayó el avión el martes 4 de noviembre. Recibió varias llamadas que le explicaron lo que sucedía y que le aliviaron un poco el temor.

El temor sin rostro propio que se exhibe tan campante en cientos de miles de rostros. Después encendió el radio para escuchar la noticia y lo invadió el desamparo. No sabe porqué, no entiende.

Pero sintió quizá por primera vez en su vida, el desamparo compartido. A pesar de que a sus 17 años no le preocupa demasiado definir la causa del desplome de la nave, la incertidumbre está en el aire impuro que respira. La duda.

Las imágenes de la guerra que transmite la televisión, las que imprimen los diarios, las que pronuncian las estaciones radiales.

Las cabezas rodantes, los fusiles, los cuerpos rotos de niños y jóvenes, el dolor. Pero sobre todo, están también las voces que a gritos declararon la guerra abierta contra el narcotráfico. Y muestran en público sus armas, su poderío. Sacan a las calles sus vehículos militares repletos de soldados armados en forma ostensible, agresiva, en posición de ataque. Difunden una y otra vez los operativos militares. La violencia como arma contra la violencia. Guerra es guerra, susurran los mensajes que se escuchan día tras día, hora tras hora. Cada segundo con la bala en la boca. La bala de la desconfianza.

Algunos duermen con la soledad adherida al cuerpo. Lo hacen desde que quedó deshabitado el sitio donde un día comenzaron a crear su historia, su futuro de luz.

No se sabe con precisión hace cuánto tiempo. Pero últimamente prolongan cada vez más el acto de cerrar los ojos. Se quedan con los párpados alzados. Creen que si duermen con los ojos cerrados no podrán ver lo que sueñan. Y los sueños, como la música, todavía no han emigrado a otros campos, aunque algunas madrugadas se les ve ya batiendo las alas.

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lunes, mayo 4

Los besos que no nos podemos dar

Guadalupe aprovechó la alerta epidemiológica para poner en orden el estudio de su departamento y la cocina. Ella y su hija adolescente han compartido horas cambiando de sitio las cazuelas, las cucharas de palo, los sartenes, y colocando en la estantería los libros por nombre de autor, como lo tenían pensado hacer desde hace casi un año. Se sintieron bien uno o dos días, pero al tercero de verse las caras 24 horas, o casi, comenzaron a reñir por cualquier cosa. Están pensando en pintar una de las habitaciones, pero no han encontrado una sola tienda de pintura abierta, quién sabe si será por el puente o por la alerta, me comentó Guadalupe la otra mañana que aprovechó una salida de su casa para traerme tamales calientitos de cariño.

María no es que esté feliz, pero al menos tiene novio. Así me dice cuando nos llamamos para preguntarnos mutuamente cómo vamos llevando el encierro al que nos obliga la gripa AH1N1. “Yo al menos tengo novio”, me dice con voz satisfecha y una risita cómplice. Ellos sí pueden besarse, acariciarse, abrazarse, pienso. En cambio los amigos y conocidos no podemos ni tocarnos. Para mí eso ha sido terrible, sobre todo porque se me olvida y cuando veo a alguien que estimo, me lanzo a saludarlo de abrazo y beso. Pero me ponen el freno. No me empujan, claro, se supone que no deben tocar a nadie. Pero dan un salto tremendo hacia atrás. Un salto que provoca susto. Y que duele. Un momento nada más, pero duele.

No se si es porque no he estado tan atenta de toda la información que dan los medios de comunicación, pero no recuerdo que hayan abordado con detalle las medidas de prevención, si es que las hay, que deben tomar los amantes. Nadie ha dicho que no hay que tener relaciones sexuales; o que quien las tenga no debe besarse o que si lo hace, mejor que usen tapabocas. Nadie ha dicho si los besos en el cuerpo contagian o no. O si las palabras veloces plagadas de risa están más expuestas al virus que las palabras tristes. Lo digo porque estos días la gente, la poca gente que anda por la calle de la ciudad de México, lleva la tristeza encima. O al menos así lo parece. No creo que sea por el tapabocas, la sonrisa se mira mejor en los ojos. Al menos los que nos quedamos en la ciudad, escuchamos las pisadas de una tristeza generalizada. Una tristeza sin fe, como la nostalgia.

En el edificio donde vivo, solamente hay una familia con niños. Son dos y están en esa edad en que la energía que desparraman podría llegar a incendiar a la ciudad entera. Sus padres, pobrecitos, ya no hallan qué hacer para entretenerlos. Los primeros días se preocupaban por las horas y horas que pasan frente al televisor. Entonces combinaban con videojuegos. Pero también eso les preocupa. Se inventaron juegos de mesa, serpientes y escaleras, dominó cubano que tarda más en acabar, ahorcados, de todo. Francamente los papás merecen la medalla a la paciencia. Pero aún así, todas las tardes, a eso de las 6:00 horas, comienza el estruendo. Alguno de los dos niños abre la función llorando, alguno de los dos padres gritando. Al final los niños no se escuchan. Seguramente estarán otra vez frente a la televisión o en los videojuegos, imagino. Y quedan los reclamos a gritos de la madre al padre o viceversa. Casi todas las tardes desde hace 10 días, la relación entre ellos se erosiona. Ojalá les sobre amor para mañana, cuando llegue el silencio.

A mí me ha tocado estar sola en casa. Decidí no salir de la ciudad y aprovechar para terminar de escribir lo que tengo pendiente. Y sí, el ambiente para ello ha sido propicio, pero no tanto como pensé. Me siento a escribir cada mañana con la decisión firme de atravesar el mundo que narra la escritura sin perderme. O perderme por completo para regresar con la verdad de una historia inventada. Y casi lo consigo. Pero siempre hay alguien, uno o dos amigos, mi hija, que llama desde otro país para preguntarme cómo va la emergencia; como mi soledad, el tejido del ambiente triste. Y yo lo agradezco. Como agradezco igual la insistencia de los amigos también solos, que me acaban convenciendo a diario de que todo el día en casa enferma más que el aire. Un tequila no te caerá mal, me dicen y pasamos parte de la tarde tomando tequila y hablando de la influenza hasta que nos cansamos de escuchar nuestras voces diciendo lo mismo. Cuando callamos sentimos cerca a la tristeza. Y ya no tanto por la soledad de las calles o el encierro. Sentimos la tristeza que desata la etiqueta que nos han colocado a los mexicanos en algunos países del mundo. La tristeza y la rabia de no poder sino dejar abierta la ventana, para que entre la sombra de los besos. Pero tal vez cuando todo esto acabe, habrá sobrado amor para darnos las gracias. Y abrazarnos sin miedo y darnos los besos que no podemos darnos y recibir con amor a los 70 mexicanos sometidos al encierro en China y aplastar a golpe de solidaridad, a todos los racistas del mundo.

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martes, marzo 17

El Aura de Alejandro

Lo pidió en una carta que envió a sus hijos desde Madrid. Lo habló con Milagros, su esposa. Lo escribió hace 30 años en un poema. Alejandro Aura quiso que sus cenizas fueran parte de la ciudad de México. Su voluntad se cumplió el sábado 14 de marzo,cuando sus hijos Pablo, María y Juan, junto con Milagros y su hermana Marta, organizaron un acto en el que mezclaron sus cenizas con cemento. Se abrió un agujero en el muro del Hijo del Cuervo, el “cultubar” de Coyoacán, como le decía Alejandro, en el que se colocó la “caja del tiempo” que el artista Juan Manuel de la Rosa diseñó para Alejandro. Dentro colocaron los lentes del poeta, su pluma, dos fotografías, el libro Volver a Casa, una rosa y el delantal que usó en los últimos años para cocinar sus afamadas carnitas y otras delicias. Mientras el cemento secaba, se presentaron dos libros de Aura, Cuentos y Ultramarinos, de Ediciones sin Nombre y la UAM y El Aura de Alejandro, una antología de su blog, editada por la Secretaría de Cultura del gobierno del DF. Los Aura quisieron que Milagros y yo lo presentáramos. Esto fue lo que dije

Alejandro Aura, el poeta, el dramaturgo, el actor, el conductor de programas de radio y televisión. Alejandro Aura, el danzonero, el cocinero de palabras y manjares. Alejandro Aura, el conversador, el diplomático, el que le soltó las amarras a la cultura, el incansable lector y promotor de la lectura; Alejandro, el blogero.

¿Dónde está la sustancia, la identidad de la obra de Alejandro Aura? ¿Dónde se encuentran las entrañas de su creación? ¿En cuál de todos estos Alejandros descubrimos el aura de Alejandro? ¿Dónde la intensidad de la vida?

Ya Julio Trujillo lo escribió en el prólogo del libro que hoy estamos presentando. El blog de Alejandro es vida, pura vida. Trasciende la naturaleza efímera y testimonial de los blogs, dijo Julio y yo agrego: para reventar y salpicar de vida a los lectores, pero también y sobre todo a Alejandro. Por eso, desde que se sentó a escribir todas las mañanas en su blog, Alejandro comenzó a estar cada día más vivo. Mientras más se ataba el cáncer a su respiro, más pura, más fuerte, más intensa se fue haciendo su palabra y su obra.

Nada puede ser más intenso que narrar el dolor, desde la orilla de la vida. Nada más íntegro que escribir mirando de frente a la muerte, convencido de que al morir todo acaba, cesa, se evapora. Con esa intensidad, con ese dolor, con esa convicción, Alejandro retó a la muerte, porque para él mientras tuviera vida, aunque fuera un hilachito de vida, como un día me dijo, la eternidad era posible. La eternidad como la concebía Alejandro: un acto de creación y el encuentro de la obra con sus destinatarios.

Nunca los tuvo tantos como en su blog. A unos días de su muerte, su blog registró al visitante número 100 mil. Él se había preparado para esta cifra. Nos invitó a celebrar con él la llegada del destinatario número 100 mil. “Cien mil veces unos ojos lectores se han detenido en lo que yo voy escribiendo”, dijo sorprendido y agradecido. Luego reconoció la constancia de los lectores que siempre estuvieron ahí esperando el poema del día, la receta de cocina, el resultado de la quimioterapia, la crónica sobre alguno de los viajes que Milagros, su esposa y cómplice, y él hicieron, el soneto, el informe sobre el rumbo que había tomado en las últimas horas su tos, el insomnio; la opinión política, el comentario sobre una obra de teatro, una película, un proyecto. Cualquier cosa podía aparecer en el blog de Alejandro. Y todo interesaba. Cualquier tema atrapaba a los lectores, a todo tipo de lectores. De todos los rincones del mundo, de cualquier isla, pueblo, ciudad. Ahí estuvieron y muchos todavía están, esperando que aparezca al alba el aura de Alejandro.

Sin ser parte ya del personal del gobierno de la ciudad, sin contar con un equipo de promotores culturales, ni jóvenes entusiastas, Alejandro Aura consiguió en los últimos dos años de su vida poner en marcha programas culturales de valor incalculable. Contagió a sus lectores de la necesidad de leer poesía. Les transmitió la urgencia de leerla, de gozarla, de sentirla, comentarla y desearla. Los puso a investigar sobre medicina naturista para remediar su tos, supimos por los lectores de costumbres y culturas diferentes.

Difundió también los cientos de rostros y máscaras que la ciudad de México posee, su ciudad que tanto amó. En su blog escribió, no sólo las más tradicionales recetas de cocina, sino las más completas. Y es que Alejandro no solamente las compartía, sino que explicaba el porqué del corte de la cebolla, del ancho de la rebanada de jitomate, del color de la salsa, del olor del maíz, de la textura del huitlacoche. Y contaba una y otra vez la historia del nombre de las cosas.

A través de sus poemas, crónicas, narraciones, críticas, conocimos rincones de la ciudad de México, supimos cómo fueron sus calles en otros tiempos, sus plazas, sus heridas, sus amores. La ciudad de México desnuda, su ciudad, se asomó en varias ocasiones a su blog. Y lo hizo de la mano de Madrid, esa otra ciudad que Alejandro comenzó a querer casi desde que llegó a España como director del Instituto de Cultura de México. Y que recorrió, acarició, maldijo, besó, tantas horas al día, sólo para venir después a contarnos sobre ella en su blog. Sobre su gente, sus mercados, sus calles empinadas, sus mujeres, sus taxistas y sus fantasmas.

Supimos por el blog también del cáncer. De cómo iba creciendo el tumor en su pulmón, la tos en su garganta, el insomnio en sus párpados. Y Alejandro nos dio otra vez la fórmula para poder beber, comer, caminar, vivir con el cáncer. Lo vimos casi llevarlo con él al balcón y asomarse juntos a mirar a las parejas de la calle Cervantes besarse o a los grupos de jóvenes gozando del prohibido botellón los fines de semana.

Alejandro Aura se impuso la tarea de escribir a diario. Desde que inició el blog, el 20 de febrero de 2007 y hasta un día antes de su muerte, solamente faltó a la cita el día en que ingresó al hospital. A la mañana siguiente apareció el aviso:

“Queridos todos, nos tuvimos que encerrar en el hospital. No teníamos internet y se me perdió por completo el orden del pasar del tiempo. Por fin Milagros lo conectó. Mañana les contamos cómo anda la cosa”, escribió Alejandro el 29 de julio del año pasado.

Fue Milagros la que nos contó cómo andaba la cosa. El 30 de julio los visitantes de su blog leyeron: “Hoy a las cuatro y media de la tarde, de Madrid, Alejandro se fue y en este blog que le hizo seguir adelante cada día, nos dejó su palabra para siempre”.

El aura de Alejandro es sólo una pequeña muestra de lo que fue su blog. Y también una prueba de que si en algo Alejandro se equivocó fue en creer que todo acabaría con su muerte. De ello soy testigo. La selección de textos del blog que Milagros realizó, llegó a las manos de un grupo de jóvenes de la Secretaría de Cultura para quienes Alejandro Aura fue y sigue siendo simplemente Aura, el maestro, el ocurrente, el culpable de haber abierto las puertas de las calles de la ciudad de México para que se fueran acomodando en ellas un canto, una escultura, una torre de libros, una obra de teatro, un viejo amor. En unos cuantos días, concluyeron la tarea. Los vi leer los textos, sentirlos, discutirlos. Revisar cuidadosamente las viñetas que Juan Manuel de la Rosa envió para ilustrar los textos de su amigo. Los escuché hablar de poesía, de política, de teatro, de cocina, del dolor. Alejandro, me dije, completó con éxito uno más de sus proyectos.

Y lo seguirá haciendo.

Desde que Alejandro murió han visitado su espacio unos 60 mil lectores. Muchos de ellos escriben su tristeza, su esperanza, o su transparente opinión sobre la obra de Alejandro Aura. Hoy el blog de Alejandro, como El Cuervo, tiene un hijo. Se llama "encontrando a alejandro" y es principalmente la prueba de amor de Milagros que se ha dado a la tarea de buscar a Alejandro en cada rincón de esta y otras ciudades para arrojarlo con fuerza sobre el hijo del blog. Un hijo que acabará estallando una y otra vez de vida. Pura vida.

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lunes, enero 26

El delito más libre

Tendría unos diez u once años cuando por primera vez sentí que mi cuerpo y yo percibíamos juntos al mundo. Sucedió en plena calle de la ciudad de México, ignoro en qué zona, pero recuerdo el tráfico lento, la entrada de la tarde, mi madre conduciendo y al enorme parabrisas trasero del autobús que teníamos enfrente. A esas alturas yo ya había visto no sé a cuántas parejas besarse —incluidos, por fortuna, a mis padres—, abrazarse, acariciarse en los parques, en el cine, o en una película, sin que sucediera nada, absolutamente nada en mi interior. Pero esa tarde, cuando desde el automóvil familiar vi a un hombre y a una mujer besarse largamente en la parte trasera del autobús, supe que en ese preciso momento mi cuerpo había sido habitado por una fuerza desconocida, inexplorada, mágica casi. Tenue y al mismo tiempo explosiva.

Fue esa la forma de convertirme en mujer. A través de la mirada. Y de un beso ajeno, público, amoroso, fieramente humano, real, generoso. Nunca supe, obviamente, cual fue el destino de aquella pareja. Nunca me interesó siquiera volver a pensar en ellos, ni osé inventarles una historia. Sólo me importaba el beso. Lo que la mirada, a través del beso, me entregó; lo que desgarró en el rincón de los secretos que toda niña guarda sin saberlo. Hasta que sucede. Hasta que dejamos de sentirnos parte integral del todo que nos rodea para comenzar a transitar por el territorio de las soledades.

La soledad de la mujer que comienza a andar su vida y se esconde debajo de su pecho.

Hay quienes aseguran que la soledad es el precio que tenemos que pagar aquellas mujeres con adicción a la libertad. Que no hay libertad con compañía permanente, ni hay tampoco estabilidad, quietud, descanso. Ser libre, dicen, es sentir a la soledad dormida en nuestros brazos. No siempre hiriente, nunca cruel, pero insistente. Como un huésped que cuando se marcha nos deja alistando su regreso. Y en algunas ocasiones, también amando.

La soledad puede ser también ese sentimiento que brota tras el beso. Esa especie de vacío al que nos tiramos después de haber experimentado las sensaciones que produce un beso, un buen beso. Un beso sin tiempo en el cuerpo. Sin otras voces, ni jueces, sin nadie que lo califique. Y menos que lo juzgue.

Si todavía estuviera a tiempo de pedir mis deseos para el 2009, pediría entre otros, que en la ciudad de México donde vivo, nunca vengan a instalarse los depredadores de besos, los jueces destructores del placer, los caza deseos, como el gobernador de Guanajuato, Eduardo Romero Hicks quien prohibió los besos en la calle. Y no es porque tenga yo la costumbre de irme besando en espacios públicos ni mucho menos. Es solamente que no imagino lo que sucedería si se aniquila la libertad de besar donde le venga en gana al deseo. Al amor, a la necesidad de salvarnos de las criaturas grises que rondan en las avenidas, en busca de la desdicha. Solo a ellas puede dañarles mirar un beso.

Recuerdo mi niñez y la de mis hijos. Pienso en mi hija, ya adulta, y en su libertad para amar. Y pienso también en su soledad que es un poco como la mía, sabia en ocasiones, nos abre las puertas del viento. Y respiramos. Pienso en mi hijo adolescente y en su forma de ser libre, tan distinta a la nuestra. La libertad como fórmula para crecer. Para conocer el mundo, para caminar cada uno de sus rincones. Sin miedo. Sin ninguna cautela, transitar por los sueños para despertar rastreando su propia juventud, el cuerpo dormido del joven que ya es. El joven que me contó su primer beso y al hacerlo palabra volvió a su sueño. El sueño del que despertó cuando le abrieron los ojos con la daga del miedo. También mi hijo eligió la libertad y no fue la soledad la que se le impuso, sino el miedo. Un miedo que vino de fuera. Porque yo nunca le enseñé a cuidarse por las calles, ni le dije de qué, de quién, ni le prohibí movilizarse en Metro y otros transportes públicos, a pesar de su pinta de güerito de colegio privado, de niñito rico, de blanquito de mierda, como le dijeron cuando lo amenazaron de muerte. Cuando le quitaron la libertad. Cuando lo obligaron a no volver a utilizar el Metro, a sospechar, a dejar su manía de hacer amigos donde sea. A no ir sonriendo sin ninguna causa por el mundo, como quien sonríe a sus amores invisibles. Pero, aunque el miedo habita hoy en su cuerpo, aún sonríe. Y aunque se haya hecho adulto a la mala, aunque yo me esté muriendo de rabia, nunca dejará de buscar a media calle, un beso. Sin importarle el acoso de las criaturas grises. Ese será su delito. Y mi consuelo.

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lunes, enero 19

La muerte a la interperie

Día tras día aumentan los habitantes de la ciudad de México que van ocupando cada uno de sus rincones. Los escasos espacios donde aún el viento corre, se reducen. Ignoro si hay alguien que todavía mira el cuerpo, incomprensiblemente esbelto, de la ciudad; su mirada de fiera, la piedra en su mejilla. Quizá aquel anciano que llora en el encierro; o la niña que sueña los cuentos de la abuela y quiere ser la abuela. Caminar hasta llegar a la panadería, elegir uno a uno los bizcochos para la merienda, comprar la leche, patinar, jugar al aro o a las matatenas en plena calle. Ignoro si hay alguien que sepa que la ciudad aún no acata la orden de rendirse, ni ha aceptado inmolarse sirviendo a la violencia.

Aún hay siluetas que encuentran lo que creían perdido, un beso a pleno día, una mano en su mano, el tiempo.

Día tras día se vacían otros pueblos de México. Sus habitantes se han ido en busca de consuelo. Antes se marchaban huyendo del hambre. Ahora también, pero hay nuevos reclutas en la huida. Personas de la capital o de provincia que llevan el miedo atado a la cintura, como una soga que lacera la vida. La nueva vida, el instante en que dejaron de respirar con soltura en las noches sin luna. El instante en que escucharon la palabra del odio, y fue creciendo la espina en la garganta, mutilando, quizá temporalmente, quizá para siempre, al habla.

Desconozco las cifras de los que son expulsados del país por la violencia. Por los violentos, por la descomposición de los sentidos, por la escasez de poetas. Desconozco la cifra de los que se quedan a vivir al lado de nadie. Los que no pudieron salir con su familia. Los ancianos, los furiosos, los que no aceptan la orden de rendirse que dicta la violencia. Los que jamás se unirán voluntariamente a las filas de la servidumbre. Y se quedan abrazados a nadie


En ciertos pueblos los fantasmas conviven con los vivos. Algunas veces se acostumbran a verse en la sombra. Perciben los olores, los sonidos quietos del fantasma cuando habla. Cuando pregunta por qué se fueron todos. Adónde.


En varios pueblos del estado de Hidalgo quedan solo cien personas. Miles se han ido y ya no regresan. Si acaso una vez o dos lo hicieron. Pero ya no quieren mirarse en la memoria. Y renuncian a cruzar de este lado de la vida. Se quedan echando raíces en tierras ajenas. No vuelven a escuchar la voz de los ancianos que aguardan en las casas de adobe el regreso prometido, el sobre con los dólares, el timbre del teléfono. Mientras. la tierra crece de hambre, ninguna mano le arroja la semilla, nadie le ofrece un poco de agua.


Supe de una comunidad en Puebla, donde quedan solamente catorce personas, cinco de ellas son niños que asisten a la escuela vacía. No se escuchan las risas, ni un grito de esperanza. La tristeza, en cambio, aparece con su rostro impaciente. Los fantasmas despiden a diario a la vida. Como en Comala, la muerte se instala a la intemperie.


En Beirut conocí también a los pueblos fantasma, en ruinas tras la guerra. Hablé con los diez o doce habitantes que aguantaron las bombas, las amenazas, la soledad y el hambre. Prefirieron un techo sin paredes, el frío en los dedos, la mugre entre las uñas. Eligieron quedarse al lado de sus muertos. De haberse ido, me explicaron, sus familiares muertos olvidarán sus nombres. Y prefieren la vida que imaginan tendrán después de muertos.


En Líbano visité un cementerio. Y hablé a señas con una anciana que llevaba once meses sentada en medio de siete sepulcros. Su familia, toda, murió en un bombardeo. Algún vecino le llevaba comida, una manta en invierno, una caricia. Pero nadie consiguió convencerla de que regresara a su casa. Cuentan que murió sentada y que nadie logró que cerrara los ojos. Sus ojos que recuerdo como se recuerda al desierto. O a la Luna.


Este fin de semana la luna volvió a entrar por la puerta de la ciudad, sin importarle la inquietud de los insomnes.


Ayer por la mañana una amiga me invitó a pasear con su hijo de dos años por el parque. Viene de Madrid, llena de nieve. Me dijo que su hijo, apenas llegó a México, rió de sol. Y entonces volví a escuchar la voz de una ciudad que se resiste a cumplir la voluntad de los violentos. Y vi, una vez más su cuerpo esbelto.

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lunes, enero 5

Los malos deseos

La mayoría de la gente se prepara para recibir al nuevo año. Muchos otros, cada vez más, no lo hacen. No creen, no quieren, no pueden. No consiguen admitir que todo irá mejor, solamente porque estamos a punto de estrenar calendarios. Han dejado de creer en los hechizos, en los sortilegios, en el chaman de todos los tiempos, en el santo de todos los listones, en la magia. No hay ya arte en la magia, no hay magia en la cuenta regresiva, ni en las uvas, ni en las miradas que chocan doce segundos antes del abrazo, para romperlo unos cuantos, solamente unos cuantos se dan cuenta de que finísimos fragmentos de cristales corren en las venas de aquellos a quienes les han mutilado la capacidad de desear. No consiguen expresar ni un solo deseo. No creen en la posibilidad del cambio. Y lloran por dentro de nostalgia, cuando recuerdan los tiempos en que la risa, el tacto, y las palabras sabias reinaban en el territorio de piel que tanto abriga.

Antes, en estas fechas solía hacer un recuento de todo aquello que el año me había entregado. Un hijo, un puñado de amigos, un viaje, trabajo, un libro, un poema al alba, un amor. Y luego venía la lista de dolores: la muerte de un ser querido, el olvido, el perpetuo eco de aquel grito, las varias noches de soñar lo que no será nunca sino sueño. Pero al final siempre acababa sumando. Y creía. Y quería desear que el próximo año el mundo y mi país, abrirían las puertas a lo imposible para contagiar a todos del deseo de vivir. El deseo que comienza por reconocer que somos muy, pero muy afortunados, simplemente porque entre billones de billones de posibilidades negativas, nos tocó nacer. Y eso es suficiente para al final, cuando pase la muerte frente a nosotros, sentir gratitud.

Pero eso era antes. Ahora parece que no es mucho lo que hay que agradecer. O no lo vemos. O nos lo oculta lo otro; la lista infinita de pesares. Los secuestros, los asesinatos, las extorsiones, la desconfianza en las autoridades; la impunidad en las calles, en las aulas, en las oficinas, en los palacios, en los templos. La impunidad arrancando los ojos a la vida que tiembla de miedo cuando deja de reír. El miedo a mirar de otra forma nuestro entorno, nuestra ciudad, nuestra calle. O el miedo a dejar de mirar la voz que todavía pronuncia un saludo, la mano del niño, el rostro de letras del anciano, los colores de la fruta a media calle, los sonidos del mercado y los de la noche. La belleza de un cuerpo. La noche. La luna inmensa que con tanto descaró se acomodó la otra noche en la azotea de la ciudad.

Me olvidé este año de comprar las uvas. No estrenaré ni una sola prenda de vestir. No pondré atención al color de la fortuna. No sé si brindaré. No he escrito la lista de mis buenos propósitos. No he escrito nada en las últimas semanas. Ni un poema, ni un proyecto, ni una línea de mis manos sin huellas de poemas recientes. Me olvidé del propósito de terminar con el año el libro de conversaciones con Chavela Vargas. La semana pasada y por primera ocasión en años, no entregué mi nota a este diario. Llamé para decirles que al día siguiente lo haría. Y luego al otro, y al otro. Perdí la memoria. No me acordé del significado del nombre de mi columna, Ínsula barataria. La isla de Sancho Panza. El sitio de los sueños vivos. De los sueños de todos los que son lo que escriben.

Hasta hoy comienzo a mover los dedos de la prosa. Después de hacer un gran esfuerzo para olvidarme de todo. Desde comprar las uvas, hasta de los rencores, de la rabia de ver como roban la esperanza en cada esquina, del miedo de mis hijos, del dolor de mi madre y del de muchas otras madres; del despertar con minúsculos fragmentos de cristales en las venas, empapado mi rostro. Olvidé por un momento todo eso y respiré.

Hubiera querido que mi última columna del año fuera diferente. Que estuviera llena de buenos deseos. De buenas intenciones, de música, de historias de pies que bailan en los parques. De niñas que se miran al espejo y sonríen cuando se reconocen. Hubiera querido contarles que tuve un sueño. Y que al despertar el sueño era poesía. Y que la libertad que me dio el sueño, se despertó conmigo. Hubiera querido decirles que hay que desear. Desear que el deseo no deje nunca de ser deseo. Pero que se renueve, que nos renueve, que nos arroje al abismo, al fondo de la montaña, al mar abierto. Para que no haya nadie sin voz, nadie sin trazo, nadie que muera de miedo, de rabia, de soledad, de tristeza. Nadie que se quede quieto. Desear que los únicos deseos que parecen realizarse hoy día, los malos deseos, se extingan en el fuego de cualquier amanecer.

Hubiera querido invitarlos a brindar por lo imposible. Decirles que es posible encender lo imposible, escucharlo, construirlo, hacerlo estallar en plena calle. Hubiera querido contagiar mi necesidad, mi brutal necesidad de creer. Tal vez de esa manera volverían a reinar la sonrisa, el tacto y las palabras sabias que tanto, tantísimo abrigan en las invernales noches de la impunidad.

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martes, diciembre 16

Sexo con placer, un derecho recuperado

Nunca le tuve miedo a la tristeza. Aprendí desde niña que estar triste puede hacernos sentir con más intensidad la vida. Si sabemos distinguirla de la depresión, la tristeza nos permite entrar en un estado en el que la sensibilidad domina, y todo cuanto nos rodea cobra otra forma. La forma justa que le coloca el mundo a sus dolores. La dulce e inofensiva tristeza.

Pero hay un tipo de tristeza más antiguo, más arraigado, más callado. La tristeza de perder poco a poco el deseo. De percibir cómo se va reduciendo el disfrute, la urgencia del abrazo, el goce.

La tristeza de ya no poder sentir ni dar placer a la pareja. Es la tristeza que se les mira en las pupilas a los viejos. La tristeza que los lleva a preparar la llegada de la muerte a sus vidas. Y comienzan a morir al ritmo que marca la paulatina pérdida del deseo. Despacio, sin alarde, sin desgarro, casi quietos. Pero solos, muy solos.

Don Emilio tiene 81 años y una sonrisa nueva, amplia, descarada. Se acaba de enterar que su derecho a disfrutar del sexo le ha sido devuelto. Dentro de poco obtendrá gratis las pastillas que combaten la disfunción eréctil y podrá volver a gozar lo que desde hace unos años es sólo un recuerdo. Amable, complaciente, grato, pero un recuerdo. Enviudó hace cinco años y no había querido buscarse una novia. Ahora lo hará sin ninguna vergüenza. Sin tener que despedirse en la puerta de la casa para no decepcionarla.

Para que no sienta su tristeza, para poder sacarla a bailar otra vez en la Plaza del Danzón y que ella acepte. Pero con la donación de Viagra, podrá también invitarla a su casa, abrazarla, acariciar su cuerpo, besarla, hacerle el amor como solía hacerlo antes de que la vejez le jugara una mala pasada.

Todos los mayores de 70 años que viven en la ciudad de México tienen derecho a la pastilla azul, como le llaman al Viagra, Levitra o Cialis. Y aunque algunos aseguran que aún no la necesitan, todos le dan la bienvenida. “Yo la guardaré para cuando se ofrezca”, dice Juan de 75 años. “Por si llega la quinta”, comenta Ramiro cuyo sombrero exhibe la sombra de su pelo recién pintado. A su lado, una mujer lo toma del brazo y antes de llevarlo de nuevo a la pista sonríe, una sonrisa cómplice. “La quinta soy yo”, confiesa más tarde. “Y la primera también. Y la sexta, seré la sexta”, dice con voz suavecita de danzón.

Fue el gobierno de Marcelo Ebrard quien tomó la decisión de quitarles la tristeza a los ancianos que se encuentran en el Programa de Adultos Mayores. Lo anunció en la Plaza del Danzón este fin de semana. Quien reciba los medicamentos se someterá a un examen médico para evitar cualquier contratiempo. Se les revisará el corazón, la fuerza de sus latidos. Y es que las mujeres dicen que están preocupadas, casi todas.

Temen que se “aloquen” demasiado sus maridos. No vaya a ser. Y afirman que además, así como están, ellos “cumplen”. Pero cuando hablan sobre la pastilla azul, más de un minuto les brilla la mirada. Aunque las palabras que emplean no correspondan, les brilla la mirada y terminan por aceptar que una ayudadita, quizá de vez en cuando, no les sentará nada mal. Después de todo, amar de noche, amar de tarde, amar sin que se terminen del todo las caricias, es como ir ganándole terreno a la tristeza antigua, al tiempo, a la angustia que causa la crisis económica, la violencia, la soledad. Es como volver a respirar sin sentir que se agota la vida. A Martina su marido no volverá a gritarle.

No es que lo haga demasiado, explica a un grupo de mujeres que se reúnen en la Plaza del Danzón cada fin de semana, pero lo hace.

Lo hace cuando intenta hacerle el amor y le falla. O cuando deja de intentarlo. Se pone a gritar por cualquier cosa y ella entiende que quiere hacerle el amor como antes. A ninguno de los dos le afectan las arrugas en sus cuerpos. Ni el vientre abultado, ni la lentitud con que se mueven las manos sobre el cuerpo tranquilo del otro.

Sólo quieren gozar. Disfrutar del sexo, que regrese el deseo. El deseo que coloca una mordaza a la violencia. Y que abre una puerta más a la vida. Para que se quede un tiempo más. Para que no se vaya la vida, antes de morir.

Más de cien mil personas mayores de 70 años comenzarán 2009 buscando una pareja o compartiendo con la que tienen un placer casi olvidado. Algunos irán a bailar danzón a la Plaza de la Ciudadela, como lo hacen desde hace años cada fin de semana.

Sólo que ahora bailarán con el deseo prendido en la mirada y el temblor, otra vez el temblor, al filo de la vida.

insulabarataria_mariacortina@hotmail.com

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miércoles, noviembre 26

Soledad urbana

Hace tiempo que no notaba tantísima soledad en la ciudad. O quizá no me había detenido a observar los rostros, las manos, los gritos, los silencios. La sombra de la soledad oculta detrás de un vidrio apedreado, un gemido, un insulto, un dolor leve en el vientre del que cruza una calle por la noche; la sombra de la angustia en la mirada de una mujer que espera la llegada a casa de su hijo.

El cuerpo de la soledad crece y se extiende, casi líquido, sobre el asfalto. Como un muro invisible, ciega el alma. Y la altera.

La soledad es hoy ausencia en el exceso. Carencia en la opulencia. El vacío que estalla al centro de la multitud. Nada hay en lo pleno, en lo grandioso, en lo atiborrado. Nada en la memoria de un 2 de octubre de estudiantes baleados. La mayoría de los jóvenes ignora la lucha de aquellos jóvenes que entonces eran mayoría. No la entienden. Están solos los jóvenes de antes y los que hoy no consiguen imaginar las causas de un movimiento estudiantil de aquellas dimensiones. Y no preguntan. Hoy saben de otras batallas. Ven otros cuerpos tirados en las calles, fragmentados, destrozados, arrojados en barriles con ácido. Hoy sentimos los estragos de la narco guerra y cerramos los ojos. Como no queriendo sentir el dolor. Pero la soledad no acepta la derrota. Y nos persigue el dolor de no contar con armas para combatirla.

Hoy, las armas que nos muestran en los noticieros son armas de guerra. No son armas ligeras, ni revólveres ni pistolitas. Son rifles de asalto, AK-47 y AR-15 que llegan desde Estados Unidos para ensanchar el horror. Y llega también armamento antiaéreo, lanzagranadas y otras armas con tiro expansivo para que no quede ni rastro del chaleco antibalas. Ni rastro de esperanza.

Un grupo de los jóvenes que asistieron a la marcha del 40 aniversario del 2 de octubre, atacó a pedradas las ventanas de los establecimientos comerciales. Dicen que robaron varios objetos y que usaron la violencia contra algunos policías y dos integrantes de la Comisión de Derechos Humanos. Eran grupos de vándalos a sueldo. No se sabe quién les paga, quién los contrata. Para qué. Hay otros jóvenes que cometen delitos mayores. Son jóvenes que matan, cortan las cabezas de sus víctimas, los arrojan en las carreteras. Para dejar claro el mensaje de sus amos, los capos de la droga que cuentan con un batallón completo de jóvenes a su servicio. Son jóvenes dispuestos a todo con tal de salir de la miseria en la que viven. La misma que padece gran parte de los mexicanos.

La miseria y el hambre desesperan. Los chavos roban por hambre. Después se habitúan al dinero fácil. A las grandes cantidades de dinero que les ofrecen los narcotraficantes. Y van por la vida con las manos llenas de dinero y sangre, pero con la inteligencia deshabitada. Abandonada, vacía.

La otra tarde me insultó un hombre desde su vehículo. No supe la razón. Estábamos detenidos frente a un semáforo en rojo. No cometí ninguna infracción. No rocé siquiera su automóvil ni toqué el claxon. Nada. Me insultó como insultan los hombres desde tiempos inmemorables a las mujeres. Yo simplemente lo miré a los ojos. Y noté su soledad.

Están plagadas las calles de la ciudad de soledad. Este domingo la miré en las manos arrugadas de la mujer que pide dinero en una esquina. Envuelta su cabeza con un rebozo de bolita, se acercó a la ventana y extendió su mano de anciana. La mano de la soledad. Venía de lejos. Me contó que todos los días camina cuatro horas y se detiene en la misma esquina donde algunas personas ya la conocen. Y de vez en cuando, le sonríen. Antes lo hacían más, me cuenta. Ahora apenas la miran, sin reconocerla. Están solos. Y no tienen ya la capacidad de ver.

La soledad en la ciudad cobra la forma de una garra. No es la soledad compartida que por ejemplo, provoca una obra de arte. La soledad del artista plasmada en la obra y dirigida hacia otra soledad que le mira y la disfruta. Es eso el arte. Lo íntimo. Pero la otra soledad, la soledad urbana, desconoce al otro. Provoca que todos los habitantes de la misma ciudad nos desconozcamos y nos ignoremos. Es la soledad que brota del miedo. El miedo a la violencia, al grito, a la impunidad que se apodera a gran velocidad del mundo.

En menos de dos semanas han entrado ladrones a robar tres diferentes edificios cerca de donde yo vivo. Nadie sabe cómo lo consiguieron. Saltaron las bardas, las cámaras, los vigilantes. Se hicieron invisibles. Los vecinos están asustados. Tienen miedo. Nadie habla con el otro. Sospechan y se envuelven en el despiadado manto de la soledad. Como quien gravita en un espacio oscuro, hacen lo que antes solo hacían los poetas: se cuidan de la esperanza.

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jueves, noviembre 6

Reir a los 94 años

Tiene 94 años y no deja de reír. Le da risa la lluvia, el sol, el frío, el calor, la vida misma. François Chevalier ama a la vida y a México. Lleva cerca de medio siglo dedicado a estudiar su historia, primero en el archivo de Indias en Sevilla y después en México. A fines de los cuarenta él y Joseph, su esposa, vivieron durante unos 15 años en la ciudad a la que ama como si fuera propia. Como a París, o más. Dice que tiene mucho que agradecerle y me cuenta historias de cuando Ignacio Asúnsolo, el escultor, y su esposa Mireille armaban unas grandes parrandas en su casa de la colonia Roma. Ahí conocieron los Chevalier a Diego Rivera, a Siqueiros y a muchos otros personajes de esa época que pasaron a formar parte de su círculo de amigos. Fueron días que Chevalier disfrutó mucho, según me contó riendo este fin de semana, al final de su viaje de dos semanas a México. Pero donde mejor se sentía era en las calles, en el campo, en los volcanes. A viento abierto.
François Chevalier recorrió México a caballo, en motocicleta, en autobús, a pie. Conoció decenas de sitios arqueológicos, buscó la historia en haciendas, iglesias barrocas, en las fiestas populares. Él y su amigo, el también historiador Ernesto de la Torre, se montaban de tanto en tanto en una Harley-Davidson y se lanzaban al rescate de la memoria. Iban con frecuencia a San Juan de los Lagos, sobre todo en días de feria. En 1948 se subieron a un caballo y después de cuatro días de cabalgata, llegaron a Ostula, en Michoacán. Querían conocer a la comunidad indígena de aquel sitio que, según se habían enterado, era de las más aisladas del país. De la Torre consiguió un permiso especial eclesiástico para poder entrar y quedarse en Ostula, pero no más de dos días. Era el tiempo máximo que la comunidad permitía a los “racionales” permanecer en el pueblo. Todos los no indígenas éramos para ellos racionales, recuerda Chevalier y ríe. La racionalidad estorba, dice y vuelve a reír.
Sesenta años después, a sus 94, Chevalier se despojó de su racionalidad de hombre blanco y volvió a Ostula. Solo que no lo hizo a caballo. Llegó con Joseph por carretera y encontró otros rostros sobre el rostro antiguo. Alguno que otro conocido, el mismo faro. Dice Chevalier que los indígenas siguen defendiendo sus tierras como lo hacían entonces. Sólo que antes decían que sus abejas necesitaban toda la selva que los separaba del mar, para que no sembraran los hacendados que los rodeaban. Ahora las cuidan tanto que apenas en julio pasado asesinaron a uno de los dirigentes comunales en lucha por recuperar varias hectáreas en disputa.
A Chevalier le tocó enterarse en Ostula del asesinato. Y también le tocó estar en México la noche en que lanzaron una granada en plena plaza pública de Michoacán. Está informado al detalle de la violencia, de los crímenes, de la guerra del narcotráfico. Pero aún así cree en México. Dice que es su gran pasión. Su segunda patria, su dolor. Me cuenta que le duele el dolor de México, pero está convencido de que la mayoría de los mexicanos grita el grito de la no violencia. Lo dice sin reír. Después me cuenta que uno de sus hijos nació un 15 de septiembre. Como para recordarle siempre la noche del grito, me explica y esta vez sí ríe.
Después de su viaje a Ostula se fueron los Chevalier a Mazatlán. No se hospedaron en ningún hotel. Se quedaron en la casa de la misma familia que hace 60 años le daba alojamiento. Una familia mexicana que también es medio francesa, aunque nunca hayan ido a Francia ni hablen francés y apenas sepan en qué parte del mundo se encuentra el país de los Chevalier. Es medio francesa porque reciben a los Chevalier como recibieran a cualquier miembro de su familia. Y porque François Chevalier lo siente así en el corazón. Un corazón que ha latido 94 años sin mayor complicación. Y que ama tanto a México que cuando camina por sus calles llora. Llora mientras ríe.
Después de recibir la Medalla 1808 que le entregó a Chevalier y a otros siete historiadores más el gobierno de la ciudad de México, y a su regreso de Manzanillo y Michoacán, los Chevalier decidieron hospedarse en un pequeño hotel de la colonia Roma. Querían recordar el México de los cincuenta. Revivir la época en la que Chevalier participó en la fundación del IFAL, donde conoció a Alfonso Reyes y a Alfonso Caso. Quería él escribir otra vez lo imposible. Sentir la piel, debajo de la piel de la historia. Abrir de nueva cuenta el deseo de la memoria. A sus 94 años.
Una mañana fueron al mercado de San Juan. Quedaron felices de ver los mismos puestos, la misma fruta limpia, los mismos aromas a queso y sesos. Pero como en Ostula, vieron otros rostros sobre el rostro del recuerdo. Y echaron de menos a la marchanta de las lechugas que solía platicarles historias del campo, y al vendedor del puesto de pescado fresco que les regalaba palabras con recetas mestizas.
Este domingo los Chevalier regresaron a Francia. Dicen que llevaban la Medalla del Bicentenario en la maleta de mano. Él contó a los policías de aduana la historia de la medalla, les mostró la fotografía del artista Juan Manuel de la Rosa quien la diseñó. Les dijo que era de oro como el sol, como el maíz, como la vida misma. Como un día fue México. Como quizá será cuando se detenga el viento que trae olores de violencia y muerte. Si es que se detiene. Si es que, como dice François Chevalier, los mexicanos recobramos la memoria. Y volvemos a reír.

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lunes, octubre 27

Ganar la guerra

Ya tenía casi dos meses de haber muerto, nos lo recordó Milagros Revenga, su esposa madrileña que había pasado la mayor parte de ese tiempo en México. Después dio las gracias a las miles de personas que solicitaron al Gobierno de la Ciudad que le entregaran póstumamente la Medalla 1808 a Alejandro. La misma que le concedieron en mayo a Carlos Monsiváis y ese día, el 15 de septiembre, a cuatro historiadores mexicanos (Miguel León Portilla, Josefina Z. Vázquez, Ernesto de la Torre y Moisés González Navarro) y a cuatro extranjeros (François Chevalier, F. Katz, David Brading y H. Pietchmann). La ceremonia fue en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento, un sitio que sin duda a cualquiera impone. Creí que Milagros se pondría nerviosa a la hora de pronunciar su discurso. La banda militar, el himno, el saludo a la bandera que ninguno, o casi ninguno de los presentes lo hicimos correctamente; los retratos tamaño natural de Hidalgo, Morelos, Primo de Verdad, como testigos que miran con ojos quietos lo que nunca vieron, para custodiarlo, para guardarlo en ese salón que tanto impone, estremece, perturba. Pero Milagros no titubeó. Compartió con los asistentes la experiencia de otros homenajes que se le han hecho a Alejandro. Narró lo que la gente cuenta, lo que opina, lo que le duele de su ausencia, pero sobre todo, lo que Alejandro Aura no sólo fue, sino lo que aún es. Y lo que seguirá siendo.
Alejandro Aura fue un gran descubridor. Descubrió el arte, la lectura, la risa, las calles, plazas, teatros, estudios, cabinas. Pero descubrió sobre todo a la gente y creyó en ella. En los artistas, en los escritores, en los chavos banda, en los actores, en los poetas, en los teporochos, en los pintores, en los escultores. Pero sobre todo creyó en los desvalidos, en los marginados, en los desprotegidos, en los desamparados; en los más indefensos. En aquéllos a quienes les arrancaron toda posibilidad de recibir una caricia, un techo, un libro, un amor. Y un día Alejandro descubrió el instrumento que, pensó, podría salvarlos de tal marginación: la cultura. Por ello, la sacó a las calles, aventó libros en todas las esquinas; abrió las puertas de las plazas, colocó gradas imaginarias, montó escenarios en las aceras e invitó a quien quiso escucharlo a hacer todo eso suyo. A recuperarlo, como Milagros nos recordó que decía Alejandro, “para el goce artístico, para el placer de la imaginación y para la convivencia”.
El goce artístico y el placer de la imaginación lo sintieron miles de los jóvenes que cuando Alejandro era el encargado de la cultura en la Ciudad de México, deambulaban sin oficio por las calles. Viendo de a cómo, de a cuánto la limpiada de parabrisas, los malabares, el fuego en la boca, para contar por la noche lo ganado y comprobar que no alcanzaba más que para un gansito, un bolillo y si acaso un jarrito para la sed. Pero el hambre, lo que se dice el hambre, seguía ahí, reventando la piel y la fuerza para seguir sin una aspiradita de cemento o sin el contenido de una cartera ajena, un anillo, aquel reloj, el coche del que se deje robar. A fines de los noventa, un puñado de esos jóvenes se integró a alguno de los programas de Aura y sintió el goce, el placer que provoca crear, aprender, producir, sentir. Y convivir con otros que descubren que ejercer la violencia carece de sentido cuando hay un espacio para imaginar, gozar, leer, escuchar, compartir y vivir de ello, vivir. Un espacio que, en medio de tanta insensatez, alce el deseo. El deseo de una ciudad reacia ya a mirarse al espejo.
Alejandro Aura tenía 30 años cuando supo cuál era y sería su relación con la ciudad. También eso nos lo recordó Milagros en su discurso de palabras de carne rosada. Y luego se puso a leer unos versos del poema Hacer ciudades en donde se le oye decir a Alejandro que no se irá. E insta al solitario a partir, al robusto padre de familia, al hombre común de cara lisa, los insta a partir de la ciudad. Pero a él se le escucha decir que no se irá. Que la ciudad se morirá con él. Y estará en su fundamento. Mientras esta ciudad exista, terminó su discurso Milagros, Alejandro Aura estará vivo.
Está con nosotros, dijo Marcelo Ebrard después de entregar a los historiadores y a Milagros la medalla-escultura. Había escuchado atentamente a Milagros. Y lo sintió. Sintió que ahí estaba. El Jefe de Gobierno también invitó ese día a abrirle la puerta a la esperanza. No sé si al decirlo pensaba en los más de 100 mil adolescentes que todos los días deambulan por las calles de la ciudad sin oficio. Sin trabajo, sin escuela. Sin nadie que les haya dicho que todavía hay espacio para abrir espacio. Que todavía hay quien se encarga de que no se apague la luz del Faro de Oriente, ni deje de soplar el viento en el Circo Volador. Que aún hay versos en los libros que calman la angustia, placer en la página en blanco, en el lienzo, en el muro. Yo sí pensaba en ellos mientras lo escuchaba. Y en la urgencia de que alguien entienda que lo que verdaderamente se le reconoce a Aura es haber descubierto que la cultura es el más eficiente, si no el único método para combatir el desamparo, la soledad y sobre todo la violencia. La violencia presente y los años futuros de violencia.
François Chevalier tiene 94 años de edad. Después de la ceremonia salí con él al Zócalo. La lluvia le dio risa. La multitud, calor. Llevaba bajo el brazo la Medalla 1808 que el artista Juan Manuel de la Rosa, por encargo de la Comisión del Bicentenario de la Ciudad de México, diseñó para todos aquellos que algo han hecho para hacer más habitable, más justa, más viva, a esta ciudad. Juan Manuel de la Rosa, uno de los más cercanos amigos de Alejandro Aura, grabó en la medalla un rostro de la ciudad. Su rostro de luz y de agua.
Aún bajo la lluvia, aún con la risa de Chevalier saltando en su mirada sabia, el 15 de septiembre en el Zócalo capitalino se sintió la onda expansiva de la granada que la mano de la sinrazón arrojó en Morelia. Los daños causados no han sido contabilizados en su totalidad. Quizá sea imposible hacerlo. Una herida abrirá otra, y otra y otra. Se perderá la cuenta. Entonces esta ciudad y todas las ciudades serán cada día más invivibles, más crueles, más fieras. Y todos los Alejandro Aura morirán. A menos que las autoridades entiendan que sembrar minas de cultura bajo el asfalto es la mejor estrategia para ganar esta guerra. Esta guerra contra el miedo y el horror que tanto duele.

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jueves, octubre 23

Carlos Fuentes y el dolor de creer

“Arrastraban los cuerpos y las cabezas (…)
una montaña de cabezas mirándose sin verse allí.
Como se cansaron de decapitar
a los demás nos dejaron afuera”
(Carlos Fuentes en “Todas las familias felices”)

Que es el novelista de la burguesía; que él mismo parece un empresario de alcurnia; que tiene unos modales exquisitos, habla cuatro o cinco idiomas, ha viajado por el mundo desde que nació y por si algo faltaba tiene un excelente gusto. Todo eso escuchaba yo decir de adolescente en la sobremesa de la casa de mis tías. Se referían a Carlos Fuentes. Hablaban más de él que de su obra, por lo que yo crecí convencida de que, en el mundo de mis tías, el escritor estaba siempre en un segundo plano, y en el hombre, en cambio, estaba la vida, la atracción, el objeto mismo del deseo, ya un poco marchito, de mis tías.
Cuando lo conocí comprobé que en efecto, es un hombre gentil. En las no se cuántas conferencias o ruedas de prensa a las que asistí en diversos países del mundo, siempre comenzaba la sesión de preguntas con México. “Que comience México”, decía Fuentes y me señalaba con su sonrisa azul, una sonrisa que parecía feliz.

Terminé de leer hace poco Todas las familias felices, su más reciente libro de cuentos. No he dejado de recomendarlo, se quedó como hilvanado en mis manos; no consigo soltarlo de mis conversaciones ni de mis sueños. En la calle, en el Parque Hundido, en la carretera que conduce a los volcanes, en la que va al Desierto de los Leones, en Tepito, en los ojos de los niños desamparados, en los cuerpos de las madres que paren a golpes en las calles, en un cabaret cercano al Monumento a la Madre, en todos estos sitios rondan los personajes de Carlos Fuentes. Un Carlos Fuentes que conoce tan bien su ciudad que no puede dejar de amarla, aunque la odie, aunque la deteste, aunque le tenga rencor.

Hay rencor en Todas las familias felices. Hay rencor no sólo a la violencia callejera, sino a la que ejercen los poderosos, los jóvenes que viajan a Las Vegas, los que se sienten con el derecho a poseer a todas las mujeres que miran. Lo hay también en los sacerdotes que viajan, de pueblo en pueblo, acompañados de una niña. Hay rencor, pero sobre todo hay denuncia. Una denuncia que transgrede la ficción, que dispara olores pestilentes, que hiere, que hace sangrar al alma.

Todas las familias felices es un libro valiente. Para el escritor y también para el lector. Es como tener un cirio encendido en la montaña, es ver a la llama cambiar su forma con el viento. Y aguantar. Seguir leyendo hasta el final las historias de muerte y de vida en lmedio de la muerte a las que siguen los coros que Fuentes creó por si faltaba algo, por si no había sido suficiente, por si todavía uno pensaba que era posible terminar de leer uno de los cuentos y quedarse tan tranquilo. No. Da uno la vuelta a la hoja y se encuentra, por ejemplo, con el coro de las familias del barrio que cantan las palabras escritas con voces invisibles. Los niños de la calle que corean las historias de todos los que nacieron en la calle, los que fueron paridos en la calle, porque la calle, dice Fuentes, “es el vientre, los riachuelos, nuestra leche, los basureros nuestro ovario”. Los niños que cantan en la palabra escrita de Fuentes son limpiaparabrisas, franeleros, mendigos, rateros, niños abandonados que viven como pueden y que mueren como pinches cucarachas.

Es un libro valiente el de Carlos Fuentes. Es atrevido también porque hurga en la memoria enterrada. Y consigue que renazcan horrores antiguos, inhumados casi, en el olvido. Entre un cuento y otro salta de pronto El Salvador de los años 70 y 80. El Salvador de los cuerpos tirados en las calles, decapitados. El de los 300 asesinados con fusiles del ejército en las puertas de la Catedral. El Salvador de los niños con las cabezas cortadas a machetazos, el niño sobreviviente que mira la cabeza de su madre atada a una verja. El Salvador que quiso creer en que era posible hacer a un lado el horror y aprendió a empuñar al horror. A hacerlo suyo, a llevarlo prendido años después, en el tatuaje de la piel de sus hijos, las Maras Salvatruchas, las maras madres de todas las bandas. Las maras sin madre.

Hay que agradecerle a Fuentes que nos recuerde lo que sucedió en El Salvador, pero hay que leer despacito, uno a uno, los cuentos y los cantos de Todas las familias felices. Y sobre todo hay que atrevernos a mirar a cada personaje a los ojos, hablarle, arrojarle todo tipo de preguntas sobre su boca abierta y bucearle el alma hasta encontrar el espejo.

Todas las familias felices es también un espejo. El espejo que Fuentes desentierra y coloca frente a México. Un espejo que denuncia sí, pero que también anuncia lo que ya está aquí y lo que está todavía por venir. Para que nos atrevamos a alumbrar la sombra de las palabras. Para que nos atrevamos a enfrentar el reto de seguir creyendo. Aunque el dolor nos reviente la esperanza.

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miércoles, octubre 15

Concha Buika, el caos y la verdad

Fue como entrar a las venas ardientes de la ciudad. De esa ciudad que todavía algunos pensamos que es posible rescatar. La ciudad salvaje, brava, respondona, y al mismo tiempo envuelta en una insólita ternura. Una ternura que arranca los nudos del miedo y del hastío.
Así es Buika, Concha Buika, la cantante española que este fin de semana en el Lunario del Auditorio Nacional de la Ciudad de México, rió, gritó, gimió, lloró y por un momento se volvió la luz de la ciudad, su canto.
Y su sombra, su visible oscuridad.
Nació en Palma de Mallorca hace 37 años. Su madre, al igual que su padre y el resto de su familia, es originaria de Guinea ecuatorial. De ella agarró Buika el gusto por el jazz, y de su calle en Mallorca, el quejido del flamenco y las historias de las coplas. Su propia historia.

Buika se sube al escenario con un programa que canta a medias, que derrama, que trasgrede. Hace lo que le da la gana; se roba las letras de las canciones rancheras, las abraza y se las lleva por callejones improvisados desde donde inventa, le inventa frases a Volver, volver y las suelta al borde de los ojos que la miran sin perderse una nota, un gesto, una sonrisa de Buika que más tarde lo supe, se emociona y se ríe por dentro cuando improvisa. Vive Buika que piensa que ser artista no es cantar, ni bailar, ni pintar, sino hacer de la vida un arte, esculpirla, lavarle el rostro con agua de árbol, desenterrarla en canción, recrearla sin perder lo que fue. Quizá por ello se haya tatuado Buika la piel con palabras que ya dejaron de existir. Y que le dictan su canto.
Cuando canta una copla Buika también quiebra el orden y ya cerca del caos, lo supera, lo ordena, le sustrae el dolor a la copla y al vientre desde donde lo canta. Y es que la copla, dice Buika, más que un canto es un modo de vida. Un modo de vida que crece en el cuerpo, de punta a punta.
Fui al concierto de Buika con el cuerpo cansado de ciudad. La mente despojada del espacio que habitualmente requiere para reposar, respirar hondo y sonreír. Fui al concierto de Buika urgida de paz, de piel, de armonía. Con ganas de encerrarme a llorar en medio de un teatro lleno a reventar. Plagado de gente que quizá buscaba lo mismo que yo, o simplemente quería secarse la lluvia de los hombros. O gozar la voz, la magia de Buika, la de su pianista Iván y a la de Rafa, el tecladista.
Hay quien dijo que Buika se adueñó del escenario. Se atrevió a utilizar una cámara y disparar una, dos, tres veces sobre los dedos de viento del pianista y sobre el húmedo rostro del baterista. Pero cuando le cantó a la nostalgia, al desamor, a la mentira, Buika se apropió de todos los que fuimos a escucharla. Los urgidos de paz, la encontramos. Pero no sólo la paz, también encontramos una cierta inquietud, un hormigueo en las entrañas en señal de alarma. Un deseo de apagar a la muerte que en la ciudad se mira, arrogante, en los espejos de piedra. Y respirar entonces a la vida.
La vida también está en el canto. En la fuerza prodigiosa del canto y de la música, cuando los que la crean, riegan las raíces de asfalto. Y creen y nos hacen creer en la posibilidad de secarnos la lluvia del cuerpo, transparentar el humo incrustado en las pupilas, sonreír y llorar al mismo tiempo que el grito se acomoda sobre una nota que rompe el compás.
Romper para iluminar, para diferenciar. Buika es diferente. Pero no se trata de ser diferente. O no nada más de ser diferente. Se trata también de acercarse como lo hace, a quienes la escuchamos. Tocarnos casi, arrancarnos los nudos del miedo; hacernos sentir que por algún hueco de la ciudad, entramos a sus venas con los ojos cerrados, para verla mejor.

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miércoles, octubre 8

La llorona de Chavela en las calles de la ciudad

Ya se desgració todito, nos dijo con voz firme Chavela Vargas, mientras escuchábamos los testimonios de los familiares y amigos de las víctimas de la violencia que participaron en la marcha que iluminó la mayor plaza pública de México el último día de agosto de este año 2008. ¿Cuándo comenzó?, ¿en qué momento se dejó sentir la violencia?, ¿hace 15 años?, ¿hace 20?, le preguntó a Chavela un adolescente que no recuerda haber jugado nunca futbol ni canicas ni patinado libremente en las calles de su ciudad.
Comenzó el día en que la gente dejó de mirar hacia adentro, respondió Chavela. Adentro de uno mismo, donde antes estaba la cura de todos los males. Y ahora es, para muchos, solo un obscuro vacio. Nada más.
Chavela Vargas no asistió a la marcha. Pero la siguió atentamente por televisión. Parecía triste. Triste de ver cómo todito se desgració, y triste también porque dice que ella ya no verá nunca otro México. El remedio, si lo hay, será costoso, largo, escurridizo. No será fácil que le abran la puerta al remedio, si acaso alguien lo encuentra. Se acabarían los privilegios, el dinero fácil, el batallón de sirvientes, la reserva de escuderos. Se acabaría la impunidad y con ella, aquellos que la llevan enfundada en la cintura. Estallarían.
Chavela Vargas no le achaca la responsabilidad de tanta violencia a nadie. Se la atribuye a todos. O a casi todos. A los presidentes que llenaron de corruptos sus gobiernos. A los funcionarios que exigieron a sus subalternos ingresar a las filas de los deshonestos. A los deshonestos que repartieron la parte que les tocaba del negocio a otros subalternos. A quienes guardaron y guardan silencio, cierran los ojos, voltean su mirada. A quienes arrojaron a los infiernos su capacidad de indignarse. A los que justifican el abuso, las violaciones, la violencia.
Antes, cuando Chavela Vargas era joven, solía recorrer con una multitud de amigos las mismas calles que recorrieron los manifestantes. Solo que no iban vestidos de blanco. Ni llevaban velas. Ni habían sentido nunca los efectos que causa la inseguridad. Solían reunirse en El Ángel y de ahí se iban a comer a lo que hoy es La Fonda de El Refugio. Ya bien comidos y mejor bebidos, entraban al mercado para contratar a la banda de música. Y toda la tarde y gran parte de la noche, caminaban por Paseo de la Reforma, cantando, bailando, riendo la risa pura, sin miedo, limpia como una veladora blanca. Transparente, como el viento que abre el camino a los sueños.
Fue como un sueño, me dijo Jimena de 13 años al día siguiente de la marcha. La busqué para que me contara cómo se sintió en la manifestación, qué sintió, qué miró, qué pensó. Jimena apenas podía ordenar sus frases, quería decirlo todo al mismo tiempo. Jimena que lleva dos años en una institución de apoyo a niñas de la calle, se sintió plena en la marcha. Satisfecha, feliz, íntegra, Jimena gritona sacó en pleno Zócalo todo lo que hace tiempo no podía ni siquiera pronunciar y le estorbaba, le lastimaba, le quemaba casi, me confesó. Lo dije todo, me dijo. Todo lo que ha sentido durante los últimos años, aún estando ya dentro de la institución. Dejó salir su miedo; su impotencia, su rabia de no poder ir a la escuela que iba antes, porque ya son varias las alumnas que han sido violadas al salir por la noche de la secundaria. Y porque dentro de la escuela, las niñas venden las drogas que su mamá o sus tíos, sus hermanos, su padrastro, el vecino, alguien les mete en la bolsa del uniforme. Y si no las venden les dan tremenda paliza, les parten la boca a patadas, me contó Jimena, que fue a la manifestación con un grupo de niñas que están con ella en la institución. Niñas como ella que le conocen el rostro a la violencia y que un día fueron rescatadas de la calle por una organización que creyó en ellas. Fue cuando ellas también creyeron en algo, en alguien, en la vida, en sí mismas. Pero ahora, me dice Jimena atropellada, tenemos otra vez miedo. Miedo a que el odio nunca se acabe. El odio le dice Jimena a la sinrazón.
Ya se desgració todito, dijo Chavela Vargas mientras escuchaba el dolor de las víctimas. Después ya no comentó nada. Pasó casi una hora en silencio. Atenta a la palabra, a la luz, al Zócalo. A ese Zócalo que un domingo de hace ocho años, invitada por Alejandro Aura, entonces director del Instituto de Cultura de la Ciudad de México, la escuchó cantar mirando hacia adentro.
Aún quedan almas que reclaman, dijo Chavela cuando terminó la marcha. Después cantó suavecito, una estrofa de “La llorona”. Y volvió a mirar hacia adentro.

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martes, octubre 7

Pena de muerte a la insensibilidad

Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas.
Efraín Huerta

Caminé por las calles de la ciudad, entrada ya la noche. Vencí el miedo, no pensando en el miedo. Pensé en la soledad de la ciudad, a cualquier hora saturada de automóviles, gente, humo, griterío, pero sola. Una ciudad ocupada que sufre el abandono. Una ciudad sitiada que aúlla entre escombros su tristeza, y duda de las miradas de aquellos que la habitan.
Ya casi nadie la mira.
Ya casi nadie le llama por su nombre, ni le inventa poemas. Ya nadie le canta los cantos de aves y flores que escribieron para ella sobre las piedras y más tarde en los libros, donde los poetas declaraban, abierto, su amor a la ciudad. Pero hoy está rota la ciudad, dividido en dos su cuerpo de asfalto y yerba.
Dicen que habrán de salvarla. A la ciudad de México y a todas las ciudades del país. Que van a encerrar a los criminales, a barrer con una escoba de plomo a los secuestradores. Dicen que van a emprender una cruzada sin tregua contra los delincuentes. Ojalá encarcelen también a quienes le arrancan a los sueños los ojos; ojalá cuelguen de un poste inmenso al miedo, la rabia, el dolor, el hastío, la ansiedad que produce la escasez de espacios donde rozarle la piel a la ciudad de antes. La ciudad que se entregaba lentamente a los niños que reían, como Efraín Huerta lo consignó en su poesía. La ciudad pura, cariñosa, en cuyos jardines los pájaros solían vivir limpiamente.
Los hombres y las mujeres reclaman. Reclaman de otro modo también los recién nacidos, los niños que ven la televisión siete, ocho horas al día, los jóvenes apuñalados, los que bailan, los que se conectan a las páginas pornográficas dos o tres veces al día, porque no hay manera de salir, es tarde, te vaya a pasar algo, no me deja mi mamá estar en la calle, le dicen sus amigos a mi hijo. Y reclaman también los mayores que aman todavía a la vida, como mi madre, que a sus 84 años baila de tanto en tanto cha cha cha y sale en busca de música y sabores, aunque haya perdido un anillo, tres bolsas y dos relojes a tirones.
Los procuradores, las autoridades todas se comprometen a responder con celeridad. Dicen que saben que de no hacerlo, se corre el riesgo de vivir en el caos más terrible de la historia. El caos que ya vivimos. El caos dentro del caos y afuera del caos, la sombra. La impunidad abriendo la puerta a un discurso que pretende apuñalarlo. A gritos acabar la impunidad, a ladridos, a berridos, a golpe de caos, lo que todos reclaman es una ley que otorgue pena de muerte a la impunidad. A toda impunidad.
La impunidad que ejercen aquellos que deciden quién habrá de salvarse del caos. Quién tiene el derecho a asistir todos los días a la escuela, llegar a la universidad, obtener un trabajo y un puesto en el poder. Y quién en cambio, tendrá que abandonar las aulas para trabajar en una casa, en un basurero, en un restaurante, en una esquina. La impunidad que arroja a las calles a menores de edad, la que concede servicios de salud a medias, la que permite que aún existan en México niños que mueren de hambre. O que a los cinco años ya han sido violados en dos, en tres ocasiones.
Que se vistan millones de personas de blanco, que enciendan velas, que salgan a las calles de todo el país; de todos los países donde se escuchan las voces de México. Que lo hagan y no dejen de hacerlo nunca. Que sigan iluminando las calles hasta incendiar el caos, la inseguridad, la corrupción, la tristeza, la soledad de la ciudad, la impunidad y los ojos cerrados de la ley.
Que abran los ojos las autoridades, que ya no pronuncien tantísimos discursos, que se dejen de firmar y firmar uno y otro acuerdo; que entiendan, que sientan la urgencia, que hagan lo que tienen que hacer y que castiguen, con cadena perpetua, su propia insensibilidad. Esa es la demanda, el grito, ese es el sueño.
Y más allá del sueño, ya despiertos, hay quienes, de blanco o de colores, diseñan estrategias para detonar, al centro de la ciudad, el poema que la salve y le devuelva su ancho corazón de piedra y aire que algún día le miró otro poeta. Antes de que muera.

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lunes, agosto 4

Se nos están acabando los recuerdos

Se nos están acabando los recuerdos. Dijo que se nos estaban acabando los recuerdos y detuvo su mirada en la mía, su mirada agrietada y húmeda. A mi hermano que desde que cumplió 50 años, no puede dejar de llorar por cualquier cosa, le preocupa que la vida agarre camino por su cuenta, sin acordarse de nosotros que tanto nos gusta volver a sentir el vértigo de haber caminado de niños sobre la rama delgadita de un árbol muy alto. O haber recorrido a obscuras el parque de enfrente, en busca de un gato que se dejara amarrar latas en la cola.
Los recuerdos tienen vida propia, le dije, para espantar su tristeza. Se nos están acabando los recuerdos, me ignoró mi hermano, buscando mi complicidad ante la alta jerarquía de la familia que nos observaba. Entonces lanzamos la primera pregunta, y la segunda, y la tercera, y la cuarta. Toda la noche concediendo libertad a la palabra impronunciada . La que nos trajo de vuelta a los recuerdos que algún día tuvimos cerca y a los otros. Los que comenzaron a ser recuerdos a partir de que los escuchamos en la voz antigua que les concede existencia. La voz de los otros que cuentan la fuerza, la delgadez, el hambre, el placer. Todo cuando existió antes de que mi hermano y yo estuviéramos presentes. Y lo que de alguna manera permitió que estemos en el mundo.


A mi hermano le preocupa la historia de la sangre. De dónde venimos, cómo nacimos mexicanos. De qué vena, en qué tiempo. Cuando sucedió que dejamos de ser lo que antes fuimos. A mi hermano le preocupa que la nada arranque la raíz de la historia. Si eso sucede, piensa, dejaremos de existir. Lo dice en voz baja y vuelve a llorar la pérdida que presagia. Me da nostalgia ver llorar a mi hermano con tanta soltura. Lo miro y quisiera poder tener esa capacidad de expresar todo cuanto siento a través de las lágrimas.
Hay que construir un sitio de llorar, me propuso mi hermano cuando le comenté que yo no puedo llorar así como lo hace él, en cualquier lugar, frente a quién sea. No le importa. Igual lo hace en su oficina que en el coche, en una fiesta, velorio, cine, concierto, mientras come, lee o se sienta a preguntarle a las mujeres mayores de la familia qué sucedió cuando el general Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo. Qué recuerdos tienen del abuelo, de los tíos, de la familia dividida entre quienes agradecían a los extranjeros por sus inversiones que tanto benefician al país, y los que veían en Cárdenas la oportunidad para al fin tener, ahora si de verdad, un país que lleve las riendas de su historia.
Eran apenas unas niñas y recuerdan poco. O dijeron recordar poco, pero nos contaron con detalle los pleitos entre el abuelo y su hermano. Uno metido en la Compañía El Águila y el otro en el gabinete de Cárdenas, figúrense, no hubo modo de reconciliarlos. Hasta que fueron pasando los años y volvieron a tomarse un trago juntos, y a recordar los tiempos en que se trepaban a un muro para ver a las alumnas del colegio Sagrado Corazón, todas muy bien portadas, hasta que se daban cuenta de que los dos hermanos las estaban espiando. Entonces volteaban a verlos con gran descaro y les sonreían la primera sonrisa del deseo.
Este domingo, una niña de siete años acompañó a sus papás a participar en la consulta energética. Fueron a una de las mesas que se colocaron en la Alameda Central, justo enfrente del Hotel Sheraton donde se dio el encuentro entre los observadores, periodistas, políticos y curiosos que participaron en la consulta. A unos metros de la mesa, una banda musical puso a bailar a centenares de capitalinos. Había de todo: ancianos, jóvenes, meseros, albañiles, taxistas y travestis. La niña de siete años no dejaba de mirarlos mientras su mamá emitía su voto. “Hubieras puesto que sí”, le gritó su esposo que había votado unos minutos antes que ella, quien no quería por ningún motivo, según le explicó, que los extranjeros se lleven nuestro petróleo pues es lo único que nos queda. El esposo, enojadísimo, le respondió que a ella qué más le da, si de todas maneras no les llegan ni les llegaran los beneficios del petróleo; y tú qué sabes, le dijo ella subiendo el tono de la voz, mientras la niña de siete años seguía mirando bailar a una pareja de ancianos y a un travesti chimuelo y calvo que se traía loco a su pareja, un joven de pelo largo que apenas conseguía seguirle el paso.
Cuando miré a la niña mirar con tanta admiración a las parejas que bailaban libremente en la Alameda, también vi como crece la ciudad en cada esquina. En cada rincón, en todos los parques y las avenidas. Crece y cambia esta ciudad que algunos días agrieta el cemento en señal de advertencia de que en cualquier momento la tierra puede abrirse, y otra tarde lo que abre son sus puertas a todo tipo de expresión. Cuando miré a la niña mirar, me dieron ganas de llorar como llora mi hermano cuando intenta salvar los recuerdos.

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martes, julio 1

25 años de amor y de locura

La Ciudad de México me ha habitado siempre. Aun en mis años lejos de ella, se ha mantenido prendida en mi memoria, en mi piel, en mis sueños, en mi alma. Desde mis primeras incursiones en el periodismo, la ciudad fue para mi, un tema recurrente; como si tuviera la certeza de que es imposible escapar, dejé entonces de huír. Igual que muchos artistas, periodistas, escritores y gran parte de sus habitantes, la he repudiado y amado al mismo tiempo. La he padecido y disfrutado; le he reclamado a gritos sus ofensas y defendido por igual, su virtud de seducir a dentelladas.
Ordenando papeles encontré en estos días los primeros artículos que publiqué en la revista Proceso, donde aprendí el oficio de periodista. Y encontré también a la ciudad de antes del terremoto, la ciudad anterior a los cambios políticos que le dieron una nueva figura. La ciudad que a todos los que entrevisté en mayo de 1982, perturbaba, inquietaba y sobre todo, los llamaba a vivir.
José Luis Cuevas, Elena Poniatowska, Alejandro Aura, Juan García Ponce, Fanny Rabel y muchos otros, la describieron entonces como un demonio, una mujer horrenda y desahuciada, agresiva y delincuente, la ciudad en la que, sin embargo, todos ellos vivían desde entonces, en la que la mayoría de ellos nacieron y donde algunos han muerto. Faltaban todavía cinco años para que los capitalinos pudieran elegir a través del voto a su gobernante y ya algunos, como Juan García Ponce, soñaban con que algún día llegaría un “regente genial a resolverlo todo”. Para el historiador Federico Hernández Serrano, quien en esos días dirigía el Museo de la Ciudad de México, el problema de fondo era el olvido. La gente se ha olvidado de su ciudad, se lamentaba, nadie conoce su historia ni se interesa por su origen. Nadie puede hacer algo por ella, me dijo. A diferencia de García Ponce, José Luis Cuevas no guardaba ninguna esperanza. Nada ni nadie podrá recuperarla, decía el pintor quien, sin embargo, tuvo y sigue teniendo a la ciudad como su permanente fuente de inspiración. Aunque ya entonces añoraba, recordaba con nostalgia los barrios de La Candelaria de los Patos, San Miguel y Puente de Nonoalco donde trabajó, pintó, creó sus dibujos con personajes como las mujeres prostitutas de la calle del Órgano. Una calle que hace 25 años era ya sólo un nombre, un recuerdo, un dolor.
A Alejandro Aura no lo entrevisté entonces, pero sí lo cité en mi artículo. Unos años atrás había recibido el Premio Aguascalientes de Poesía por su libro Volver a Casa. Un libro, íntegro, dedicado a la ciudad. Su ciudad. Decía entonces Alejandro que la última calle de la ciudad no existe. Y es que la ciudad seguía creciendo. Y aún hoy no ha dejado de hacerlo. No es posible, escribió Aura, contar las calles. No es posible manejar la ciudad. Hay que estar inventando palabras nuevas, para simular que la situación se ha dominado.
Hace 25 años Elena Poniatowska ya se sentía agredida por la ciudad. Al recorrerla en automóvil, me contó, sentía un gran temor. Temor a convertirse en agresora. “Cualquier avenida, decía, es un riesgo mortal, una aventura suicida”. Y desde entonces Elena alzaba su voz contra la corrupción, la torpeza, la apatía y la pésima planificación. También la artista plástica Fany Rabel sentía la agresión. Más aún, por ser mujer. Y temía que la ciudad, “algún día llegara a aniquilar las fuerzas de resistencia del ser humano”. Pero Fanny Rabel, permanecía a su lado. Y la convirtió, no solo en parte de su obra, sino en su obra. La miseria citadina, la opresión, su propia angustia en el pincel.
Leo y releo las palabras que hace un cuarto de siglo pronunciaron los artistas y escritores sobre la ciudad y siento que recorro esa ciudad con otras piernas que dicen lo que escribo. Y vuelvo a respirar la insólita soledad que se respira hoy en la ciudad. La soledad de los rostros invisibles y a la que artistas y escritores acusan, en la que se angustian y a la que le reclaman. Un reclamo que, sin embargo, no alcanza el tamaño de su amor.
Hace 25 años Cuevas todavía no le había dado forma a su Giganta, y ni siquiera se imaginaba que el Convento de Santa Inés sería la sede de su museo en pleno Centro Histórico de la ciudad. Pero ya hablaba de la urbe como quien habla de una mujer. Una mujer, decía, a la que se ha amado tanto que ni su marchités y deterioro físico nos impiden seguir amándola. Amada la ciudad, siempre amada también por García Ponce quien estaba convencido de que solamente la gente enamorada ha sido capaz de vivir en ella. “Los que viven en la ciudad, me confesó entonces, lo hacen forzosamente por amor”.
La ciudad como el sitio donde ocurren fantasías y milagros por amor, así la vieron y la siguen viendo. La ciudad de la que no nos iremos, aunque nos vayamos. Como Alejandro Aura que le pidió hace 25 años que lo escuchara. Y le lanzó la advertencia: Óyeme decir que no me iré/la ciudad se morirá conmigo/yo estaré en su fundamento.
Nada ha cambiado tanto. Menos, mucho menos, el amor que sienten por la ciudad los creadores. Quizá algún día ocurra el milagro. Y la ciudad deje de ser el lugar donde los hombres acarician el mal. Entonces estaremos todos en su fundamento.

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domingo, junio 1

Carlos Monsiváis y la ciudad de luz

Sonrió casi todo el tiempo. No lo he visto en demasiadas ocasiones, pero la semana pasada estuve presente en dos actos de celebración de sus 70 años y me dio la impresión de que Carlos Monsiváis comienza a disfrutar con mayor soltura de los homenajes que la ciudad, sus amigos, la Academia, las artes y muchos otros, preparan para él. El primero al que asistí fue en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento el miércoles pasado. El Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, le entrego la medalla-escultura 1808. Carlos Monsiváis la recibió, la miró, la acarició casi y sonrió, la sonrisa de la ciudad de agua y luz que Juan Manuel de la Rosa diseñó para él sobre un trozo de oro con forma de grano de maíz. Como en los tiempos antiguos, el sol, el agua, el maíz, en el origen de la vida. El origen que en ocasiones borramos de nuestra memoria. Y al hacerlo, dejamos de soñar, nos vamos quedando sin alma.

Carlos Monsiváis cumplió 70 años hace 22 días y no paran los festejos. Y es que son muchos, muchísimos los aportes que ha hecho a la cultura y al avance social y democrático de la ciudad. Uno de ellos es precisamente el tejerle una memoria. Durante décadas la ha venido creando con el hilo de su mirada hecha palabra. Con razón Ebrard le dijo que la ciudad sería otra sin él. Otra. Más apretada, con heridas más profundas; o con las mismas, pero que nadie vería. Una ciudad de ciegos, eso sería. Y menos, mucho menos amorosa. Sin Monsiváis, las almas no se irían frotando en el vagón del Metro, como lo describió en su discurso de agradecimiento. Ni tendríamos conciencia del depósito histórico de olores y sabores que es nuestra ciudad. Al lado de Monsiváis, sus textos y sus ocurrencias, los habitantes de la ciudad hemos aprendido a mirarla. A mirarnos en ella y en los otros. Hemos aprendido a tolerar a los otros. A convivir. A pesar de que, como él mismo lo dijo, la ciudad es todavía y sobre todo, un cúmulo de problemas, de cuerpos a la deriva, de desempleo, de calles y avenidas sobrepobladas. Pero a pesar del caos, es una ciudad que aprende, cambia y avanza, sin que la veamos arrastrar los pies.

Estaban casi todos sus amigos. Elena Poniatowska, la más antigua, dice Monsiváis, Alejandra Moreno Toscano, José María Pérez Gay, Juan Ramón de la Fuente, Jorge Volpi, Luis Mandoki, Héctor Vasconcelos, Nacho Toscano, Guadalupe Loaeza, Consuelo Sáizar, El Fisgón, Rius, Margo Glanz, Enrique Márquez, el Coordinador de la Comisión del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución en la Ciudad de México, quien le organizó este homenaje. Y es que no sólo la Independencia y la Revolución cumplen años, también nuestros creadores cumplen años, dijo un día Márquez y se lanzó a la tarea de organizarle su fiesta a Monsi. Después de la ceremonia se fue Monsiváis con sus amigos a comer al Museo del Estanquillo. Muchos decidieron caminar del Zócalo al Estanquillo. Lo hizo el homenajeado que apenas salió a la calle y ya la gente le estaba pidiendo por favor maestro, una foto con usted que los cuates de mi calle no me lo van a creer. Y Monsi, que no dejó de exhibir su sonrisa casi infantil, casi felina, colocó su brazo sobre el hombro del joven que seguramente a estas alturas ya puso la fotografía en la pantalla de su celular.

Monsiváis llegó a la puerta del Museo del Estanquillo casi al mismo tiempo que Ebrard, que en cuanto se bajó del coche le dijo que mejor se hubiera ido con él caminando, si no hubo ni una gota de lluvia, ni reclamos, ni actos de protesta, ni una queja. Todo lo contrario, la sonrisa de Monsiváis acompañada de las sonrisas de quienes se detenían a verlo. Mira jefa, es un escritor muy famoso, un chingón, explicó una mujer de mediana edad a su mamá.

La comida terminó como a las seis de la tarde. Todos los invitados salieron con un papalote en la mano. El papalote que diseñaron para él sus amigos Francisco Toledo y El Fisgón como regalo de cumpleaños. Monsiváis dibujado en el papalote que los también artistas del Taller Arte Papel Oaxaca se encargaron de elaborar en Etla. Molieron la fibra, la secaron, la tiñeron le dieron forma de papalote y le estamparon la imagen de Monsiváis con sus anteojos de mica café que le colocó Toledo muerto de risa por la ocurrencia de hacer volar a su amigo con todo y anteojos.
El otro acto al que asistí fue el sábado pasado en el Centro Cultural Indianilla donde se presentaron once Libros de Artista. Los autores decidieron dedicar la exposición a Monsiváis. Y ahí, en ese espléndido local que Isaac Masri consiguió rescatar al olvido, Monsi volvió a sonreír y a dar las gracias a Manuel Felguerez, Sergio Hernández, Daniel Macotela, Juan Manuel de la Rosa y otros artistas que participaron en la exposición. Le dio las gracias a Isaac por padecer el delirio de creer que es posible cambiar al mundo, soñando otro mundo. Tejiendo, como el propio Monsiváis lo hace, uno a uno los deseos que aparecen en los sueños. Para cincelarlos en la memoria; para devolverle a la ciudad su alma. Su alma de sol y de agua.

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martes, mayo 13

Pero hay que saber llegar

No me dieron la dirección exacta. Sabía que estaba en el centro de Santa María La Ribera y que tenía un nombre de ciudad europea. Nada más. El taxista no tenía ni idea de cómo llegar y con los escasos datos que yo le proporcionaba, la tenía difícil. No sirvió de nada su llamada por radio a todos los “21”, a quienes pidió que por favor le dijeran qué calle agarrar, qué avenida, en dónde dar la vuelta o seguir de frente, para llegar al centro de Santa María la Ribera.

Primero le preguntamos a una pareja de jóvenes que nos dijeron que todavía ni siquiera estábamos en la Santa María. Seguimos sus instrucciones y entramos por San Cosme, dimos la vuelta a la tercera a la derecha, como nos señalaron. Nos detuvimos frente a un taller mecánico y fui yo quien le pregunté a un hombre que sacó su cabeza del motor de un automóvil para escucharme. “Es una cantina vieja, muy vieja —le dije— y está cerca del parque central”. “Ni es cantina ni está vieja”, me gritó casi el mecánico, sorprendidísimo de mi forma de preguntar por la ubicación del Salón Cantina París. Insistió en explicarme una y otra vez que de vieja no tenía nada, pero nada, de nada. “Es un lugar con muchos años, con mucha historia, un lugar antiguo”, me explicó ya más tranquilo aquel hombre que después de cinco minutos de plática acabó despidiéndose de mano y con una sonrisa enorme en su rostro de aceite.

Estuvimos a punto de seguirnos de largo. La tuvimos enfrente y ni el taxista y yo la vimos. “Por poco se pasa, güerita", me dijo un señor señalando el Salón Paris a mis espaldas. Gracias le dije y respondió con un “provecho” por lo que di por un hecho de que comería muy bien. Y así fue. De botana unos sopes enormes de salsa roja no muy picante. Después la clásica de fideos con mollejas y un chamorro picadito para taquear. Al fin había llegado a la Cantina Salón París, el lugar donde José Alfredo Jiménez comenzó su carrera. La cantina dónde entre una y otra canción, se echaba sus tequilas. Uno tras otro. Para poder escribir como solo él sabía hacerlo. Inspirado, desde dentro, como un poeta. Solo que él lo hacía, cuando no estaba en su casa, sobre una servilleta de papel. Así escribió muchas de sus canciones, entre un tequila y otro, recargado en la barra de una cantina y en una servilleta. Dice Chavela Vargas que fueron cientos las ocasiones en que lo vio hacerlo. Y es que el verdadero vicio de José Alfredo no era el alcohol. Era la escritura. Cuenta Chavela que si pasaba un día, un solo día sin escribir le tocaba padecer el síndrome de la abstención. Era como dejar de tomar, pero más intenso. Escribir, crear, comunicar, fue su vida, el oxígeno diario. Por eso, cuando le diagnosticaron la cirrosis, dejó de tomar apenas un tiempo muy corto y volvió al trago. Sin trago no venía la inspiración. Sin inspiración no podía escribir. Sin escribir enloquecía. Se daba de topes en la pared, gritaba. Así era su mundo. Su mundo raro que comenzó en una cantina de Santa María la Ribera.

Los vecinos de la Santa María la Ribera apenas saben sobre la presencia en su barrio del más grande compositor de música popular de la historia de México. Unos cuantos solamente dicen que algo de ello han oído. Pero poco. Los clientes del Salón Cantina París, en cambio, están muy al tanto. En las paredes han colgado varias fotografías de José Alfredo, algunas de ellas donadas por la familia del cantante, otras por los propios clientes. En algún rincón se lee el “Aquí escribió sus canciones José Alfredo”. Hay quien cuenta incluso que por ahí anda una de las servilletas con un trozo de canción. Y el dueño y los meseros quieren difundirlo por toda la ciudad.

Cuentan los que saben que José Alfredo escribió 200 canciones, pero sus amigos y gente cercana aseguran que han de haber sido más de mil. Que por ahí han de andar guardadas en un cajón, en la bolsa de algún pantalón o en alguna cantina de la ciudad de México. Quizá en el Salón París. O en el Tenampa o en alguna de las muchas otras cantinas donde cantó, se emborrachó, conversó y luego entre un tequila y otro, entre una canción y otra, creó.

El Rey, seguro que no la escribió en una servilleta de papel. Fue de sus últimas composiciones. La escribió con calma, en su casa, sobre una hoja de papel en blanco. Sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Que pronto se iría. Sabía bien que estaba afuera. Pero que hasta para morirse, hay que saber llegar. Como él lo hizo. O como Chavela su gran amiga que llegó a su funeral, se sentó en el suelo, al lado del féretro y cantó, una tras otra, las canciones de su compañero de parrandas. Nadie osó retirarla, sacarla del velatorio. Después de dos botellas de tequila se marchó. Sola, muy sola, sin José Alfredo.

Cuando me pierdo en la ciudad, suelo enojarme en forma desmedida. Me pongo furiosa, de mal humor. Pero el día en que fui en busca de una cantina con nombre de ciudad europea no me importó no saber llegar. La historia del Salón París y la de José Alfredo mismo, serían otras historias sin un mecánico, una joven pareja, un cantinero, un mesero de la Santa María la Ribera. O de cualquier otro rincón de la ciudad donde hay alguien que mira, platica y le coloca una letra a las emociones, a la risa, al dolor, al silencio, a la soledad y a la muerte. Para saber llegar.

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martes, mayo 6

El Danzón que salva a la ciudad

Afuera hace frío. La lluvia y el viento han causado varios apagones. Hay ramas de árbol tiradas a mitad de la calle. En la esquina, un hombre golpea a su hijo, la madre intenta protegerlo. La radio difunde noticias confusas. Los reclamos, los insultos, las discusiones sobre la reforma petrolera comienzan a aturdir los oídos de los ancianos. “Ya no se sabe ni qué”, comenta uno. “Se confunden los pleitos y las voces”, responde otro. Desde Guadalajara, un gobernador caritativo lanza billetes y mentadas de madre. Al sur de la capital, un ladrón deja sin un quinto a una joven que acaba de bajar de la estación del Metro Eugenia. Una señora llega a su casa gritando los gritos de una ciudad a punto de ser ametrallada. En la puerta, un niño llora de frio, otro de hambre. Al otro lado de la calle, Aurora, con la cara en alto, baila un danzón.

Llegó poco antes de las seis de la tarde al Salón Maraka, el de más caché, me aseguran los tres elegantísimos hombres que me sacaron a bailar a lo largo de la tarde. El de más caché, insisten, “lo reconoce todo danzonero cuando nos mira bailar”. “Aquél viene del Maraka”, me cuenta Don Eusebio que dicen cuando va al California o a otro salón de menor caché. Aurora no ha dejado de bailar desde que llegó, y eso que fue de las primeras. Lleva un tocado en el pelo que brilla como sus zapatos de tacón y pulsera. Baila suavecito, lentamente, en armonía con ella misma y sus setenta y tantos años repartidos amorosamente en su cintura, apenas cubierta por el ceñido vestido que la abraza. “Suavecito, me dice mi pareja de baile, no se me adelante”.

“El danzón es un baile hecho para que la mujer se luzca”, me explica Alfredo. “Aproveche”, me dice y eleva su mano para que yo camine en círculo despacio, muy despacio. Para que apenas roce su mirada que me mira con ojos criollos de maestro danzonero. Para que aprenda a bailar danzón y vaya cada miércoles a La Maraka donde Acerina, la Primera Danzonera de América, la única, la auténtica, la original, concede a cientos de almas citadinas el placer de bailar. Un privilegio.

Le hice caso, o al menos intenté hacerle caso a Alfredo. Suavecito, sin balancearse, me repetía Alfredo que todos los miércoles está en el Maraka por que lo más importante en la vida es bailar, me asegura y yo recuerdo a María Rojo buscando en Veracruz a su pareja de baile que un buen día desapareció. Sin decir nada, lo dejó todo. Hasta el baile que es lo más importante en la vida, le dice María Rojo a una amiga en la película Danzón.

Lo más importante y lo más sano, libre, vivo. Miro a mi alrededor los tres minutos que me siento a tomar algo. La edad promedio debe estar cerca de los 70, pienso. Y no hay ni una sola de las alrededor de 400 personas que esté triste. O sola, o deprimida. Nadie se queja de los años que lleva encima, ni de la reuma, ni de los hijos que hace meses que no los visitan. Ni de la miserable jubilación que tienen. Ni de los políticos, ni de la violencia. Se dedican a bailar todos los miércoles de las seis de la tarde a las once de la noche, sin excepción. Me cuentan los años que llevan yendo a La Maraka. Algunos perdieron ya la cuenta, “como unos seis pares” me dice un señor de sombrero y me señala sus zapatos de charol.

Las mujeres que asisten a La Maraka están, en su mayoría, bastante pasadas de peso, algo chaparras, sin nada que llame realmente la atención en ellas, fuera de sus cuidada vestimenta. Pero algo sucede en la pista de baile de La Maraka. Alguna hada enciende la música y arroja una gentil belleza sobre los rostros y cuerpos de las mujeres. Las convierte en princesas. Princesas aztecas que cumplen el ritual. Y se salvan. Cada miércoles, junto con su pareja de baile, dominan su universo, mientras afuera, la ciudad está a punto de ser ametrallada.



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