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martes, marzo 15

Hay mujeres

Hay mujeres que no se miran las manos cuando trabajan. Ni lloran de cansancio y hambre. Aunque tienen hambre, tienen sed, están agotadas. Cansadas de dormir apenas unas horas antes de volver al sitio donde se dejan el alma, el cuerpo, la fe. Nadie mira sus manos, ni sus ojos, ni sus cuerpos de agua y humo.

Nadie las mira por miedo al contagio.

Tres cada minuto son más pobres que el minuto anterior.

Aunque trabajen igual, o más o mejor, son cada minuto más pobres.

Nadie las mira por temor al contagio.

Que no corra el tiempo, que ya no corra el tiempo tan de prisa, piensan ellas. Que se detenga, que alguien nos mire, que nos den vida o si no es posible, que terminen de matarnos de una vez.

Quieren morir de verdad. De mentiras ya han muerto varias veces.

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lunes, diciembre 27

Tercera llamada

La muerte fue este año, el personaje central del escenario mexicano. La muerte y la corrupción, el horror, las mentiras lanzadas al aire como balas; las balas, las cabezas rodantes, el hartazgo; los jóvenes asesinados, el miedo. La esperanza agonizando al lado de cada cuerpo acribillado. El terror, la frustración. Y la vida empeñada en recordarnos que estamos vivos. La vida, cada vez más lacerada, susurrándonos al oído que todavía es posible respirar, alzar la voz, llorar de rabia, sentir, creer y crear, antes de que la desesperanza y la sinrazón, nos arranquen lo poco que nos queda de aire transparente en las entrañas. Antes de que la muerte triunfe. Y nos despoje de toda voz.

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miércoles, julio 15

Murmullos de guerra

Algunos despiertan con la soledad adherida al cuerpo. Sin saber todavía quiénes son, permanecen con los ojos cerrados hasta estar seguros de lo que verán. Si los abren antes, morirían de susto o de dolor. El dolor de sentir el hueco en el sitio de los sueños. Ahí donde hace años acudían a diario para crear su historia. El futuro luminoso que un día tuvieron en la palma de la mano. En la palma cerrada de una mano que amaneció, no se sabe con exactitud cuándo, vacía. Por eso ahora no levantan los párpados hasta comprobar que siguen siendo los mismos, porque saben que lo que verán les será ajeno, distinto, opuesto a lo que un día encontraron y guardaron en la palma de la mano. Prolongan cada vez más el acto de despertar, porque saben que al abrir los ojos, la imagen misma de la destrucción saltará sobre ellos, con sus garras de caos.

Algunos salen de sus casas con el vértigo a cuestas. La onda expansiva que produce el griterío de los motores de los automóviles, los gases que emiten tan cínicamente cada día más vehículos, las cabezas rodantes, los ejecutados, el dinero evaporado; la corrupción, todas las noticias del día, impiden que el vértigo desaparezca. Falta aire.

El viento limpio se ha desplazado a otras tierras, como las aves, en busca de salvación.

Algunos, cada vez menos, se reúnen al final del día. Intentan untarse una pomada que arranque la piel muerta de sus manos a golpe de palabras.

Y sueltan frases con obuses a tiro rápido. Una opinión destruye otra que apenas comenzaba a formularse. Difícilmente consiguen escucharse. Algunos lloran sin saber que lo hacen. Lloran y se sientan frente al televisor a mirar cómo lloran las actrices y los actores de las telenovelas de Televisa. Cómo saltan al despeñadero de la fantasía, chorros de lágrimas sin sal.

Es entonces cuando algunos vuelven a creer que es posible vivir la vida que narran las pantallas. Y piensan que tal vez mañana un amor calmará la ansiedad. Quizás la herencia de un familiar desconocido o el reconocimiento del jefe, una sonrisa, acaso una mirada. Por una sola vez en la vida, una mirada que detenga el andar de la ansiedad, su acelerada carrera.

La ansiedad que oprime las venas de la razón y libera, al mismo tiempo, la facultad de percibir lo invisible, lo impalpable, lo que antes caminaba al lado de las multitudes. Lo en silencio perdido.

En la ciudad, nunca hay silencio. El silencio también ha emigrado a otro territorio, para evitar su anunciada extinción. Sabe que si muere, moriría también la música. Y la música es, por el momento, la que lleva más carga de mundo.

La que casi todas las noches se ocupa de salvarlo. La que a algunos les tiende la mano para ahogar el desasosiego en una pista de baile. O enredada la tristeza en otro cuerpo que comparte la urgencia de baile, la desconfianza y el deseo de espantarla. Y es que la desconfianza es también la soledad, porque separa al individuo de todo discurso.

Le repleta los oídos de arena. No enloquece del todo, pero al dejar de creer en la capacidad del ser humano de decir la verdad, pierde trozos de algunos de sus sentidos. Por eso de vez en cuando intenta curarse la desconfianza. Y para evitar tropezarse con el reguero de encono que le rodea. Tanta rabia, tanta ira. Da miedo.

Tuvo miedo. Me dijo mi hijo que tuvo miedo cuando se quedó atrapado durante casi tres horas en la lateral del periférico, a unos metros de la salida de Alencastre y muy cerca de donde cayó el avión el martes 4 de noviembre. Recibió varias llamadas que le explicaron lo que sucedía y que le aliviaron un poco el temor.

El temor sin rostro propio que se exhibe tan campante en cientos de miles de rostros. Después encendió el radio para escuchar la noticia y lo invadió el desamparo. No sabe porqué, no entiende.

Pero sintió quizá por primera vez en su vida, el desamparo compartido. A pesar de que a sus 17 años no le preocupa demasiado definir la causa del desplome de la nave, la incertidumbre está en el aire impuro que respira. La duda.

Las imágenes de la guerra que transmite la televisión, las que imprimen los diarios, las que pronuncian las estaciones radiales.

Las cabezas rodantes, los fusiles, los cuerpos rotos de niños y jóvenes, el dolor. Pero sobre todo, están también las voces que a gritos declararon la guerra abierta contra el narcotráfico. Y muestran en público sus armas, su poderío. Sacan a las calles sus vehículos militares repletos de soldados armados en forma ostensible, agresiva, en posición de ataque. Difunden una y otra vez los operativos militares. La violencia como arma contra la violencia. Guerra es guerra, susurran los mensajes que se escuchan día tras día, hora tras hora. Cada segundo con la bala en la boca. La bala de la desconfianza.

Algunos duermen con la soledad adherida al cuerpo. Lo hacen desde que quedó deshabitado el sitio donde un día comenzaron a crear su historia, su futuro de luz.

No se sabe con precisión hace cuánto tiempo. Pero últimamente prolongan cada vez más el acto de cerrar los ojos. Se quedan con los párpados alzados. Creen que si duermen con los ojos cerrados no podrán ver lo que sueñan. Y los sueños, como la música, todavía no han emigrado a otros campos, aunque algunas madrugadas se les ve ya batiendo las alas.

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lunes, enero 26

El delito más libre

Tendría unos diez u once años cuando por primera vez sentí que mi cuerpo y yo percibíamos juntos al mundo. Sucedió en plena calle de la ciudad de México, ignoro en qué zona, pero recuerdo el tráfico lento, la entrada de la tarde, mi madre conduciendo y al enorme parabrisas trasero del autobús que teníamos enfrente. A esas alturas yo ya había visto no sé a cuántas parejas besarse —incluidos, por fortuna, a mis padres—, abrazarse, acariciarse en los parques, en el cine, o en una película, sin que sucediera nada, absolutamente nada en mi interior. Pero esa tarde, cuando desde el automóvil familiar vi a un hombre y a una mujer besarse largamente en la parte trasera del autobús, supe que en ese preciso momento mi cuerpo había sido habitado por una fuerza desconocida, inexplorada, mágica casi. Tenue y al mismo tiempo explosiva.

Fue esa la forma de convertirme en mujer. A través de la mirada. Y de un beso ajeno, público, amoroso, fieramente humano, real, generoso. Nunca supe, obviamente, cual fue el destino de aquella pareja. Nunca me interesó siquiera volver a pensar en ellos, ni osé inventarles una historia. Sólo me importaba el beso. Lo que la mirada, a través del beso, me entregó; lo que desgarró en el rincón de los secretos que toda niña guarda sin saberlo. Hasta que sucede. Hasta que dejamos de sentirnos parte integral del todo que nos rodea para comenzar a transitar por el territorio de las soledades.

La soledad de la mujer que comienza a andar su vida y se esconde debajo de su pecho.

Hay quienes aseguran que la soledad es el precio que tenemos que pagar aquellas mujeres con adicción a la libertad. Que no hay libertad con compañía permanente, ni hay tampoco estabilidad, quietud, descanso. Ser libre, dicen, es sentir a la soledad dormida en nuestros brazos. No siempre hiriente, nunca cruel, pero insistente. Como un huésped que cuando se marcha nos deja alistando su regreso. Y en algunas ocasiones, también amando.

La soledad puede ser también ese sentimiento que brota tras el beso. Esa especie de vacío al que nos tiramos después de haber experimentado las sensaciones que produce un beso, un buen beso. Un beso sin tiempo en el cuerpo. Sin otras voces, ni jueces, sin nadie que lo califique. Y menos que lo juzgue.

Si todavía estuviera a tiempo de pedir mis deseos para el 2009, pediría entre otros, que en la ciudad de México donde vivo, nunca vengan a instalarse los depredadores de besos, los jueces destructores del placer, los caza deseos, como el gobernador de Guanajuato, Eduardo Romero Hicks quien prohibió los besos en la calle. Y no es porque tenga yo la costumbre de irme besando en espacios públicos ni mucho menos. Es solamente que no imagino lo que sucedería si se aniquila la libertad de besar donde le venga en gana al deseo. Al amor, a la necesidad de salvarnos de las criaturas grises que rondan en las avenidas, en busca de la desdicha. Solo a ellas puede dañarles mirar un beso.

Recuerdo mi niñez y la de mis hijos. Pienso en mi hija, ya adulta, y en su libertad para amar. Y pienso también en su soledad que es un poco como la mía, sabia en ocasiones, nos abre las puertas del viento. Y respiramos. Pienso en mi hijo adolescente y en su forma de ser libre, tan distinta a la nuestra. La libertad como fórmula para crecer. Para conocer el mundo, para caminar cada uno de sus rincones. Sin miedo. Sin ninguna cautela, transitar por los sueños para despertar rastreando su propia juventud, el cuerpo dormido del joven que ya es. El joven que me contó su primer beso y al hacerlo palabra volvió a su sueño. El sueño del que despertó cuando le abrieron los ojos con la daga del miedo. También mi hijo eligió la libertad y no fue la soledad la que se le impuso, sino el miedo. Un miedo que vino de fuera. Porque yo nunca le enseñé a cuidarse por las calles, ni le dije de qué, de quién, ni le prohibí movilizarse en Metro y otros transportes públicos, a pesar de su pinta de güerito de colegio privado, de niñito rico, de blanquito de mierda, como le dijeron cuando lo amenazaron de muerte. Cuando le quitaron la libertad. Cuando lo obligaron a no volver a utilizar el Metro, a sospechar, a dejar su manía de hacer amigos donde sea. A no ir sonriendo sin ninguna causa por el mundo, como quien sonríe a sus amores invisibles. Pero, aunque el miedo habita hoy en su cuerpo, aún sonríe. Y aunque se haya hecho adulto a la mala, aunque yo me esté muriendo de rabia, nunca dejará de buscar a media calle, un beso. Sin importarle el acoso de las criaturas grises. Ese será su delito. Y mi consuelo.

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lunes, enero 19

La muerte a la interperie

Día tras día aumentan los habitantes de la ciudad de México que van ocupando cada uno de sus rincones. Los escasos espacios donde aún el viento corre, se reducen. Ignoro si hay alguien que todavía mira el cuerpo, incomprensiblemente esbelto, de la ciudad; su mirada de fiera, la piedra en su mejilla. Quizá aquel anciano que llora en el encierro; o la niña que sueña los cuentos de la abuela y quiere ser la abuela. Caminar hasta llegar a la panadería, elegir uno a uno los bizcochos para la merienda, comprar la leche, patinar, jugar al aro o a las matatenas en plena calle. Ignoro si hay alguien que sepa que la ciudad aún no acata la orden de rendirse, ni ha aceptado inmolarse sirviendo a la violencia.

Aún hay siluetas que encuentran lo que creían perdido, un beso a pleno día, una mano en su mano, el tiempo.

Día tras día se vacían otros pueblos de México. Sus habitantes se han ido en busca de consuelo. Antes se marchaban huyendo del hambre. Ahora también, pero hay nuevos reclutas en la huida. Personas de la capital o de provincia que llevan el miedo atado a la cintura, como una soga que lacera la vida. La nueva vida, el instante en que dejaron de respirar con soltura en las noches sin luna. El instante en que escucharon la palabra del odio, y fue creciendo la espina en la garganta, mutilando, quizá temporalmente, quizá para siempre, al habla.

Desconozco las cifras de los que son expulsados del país por la violencia. Por los violentos, por la descomposición de los sentidos, por la escasez de poetas. Desconozco la cifra de los que se quedan a vivir al lado de nadie. Los que no pudieron salir con su familia. Los ancianos, los furiosos, los que no aceptan la orden de rendirse que dicta la violencia. Los que jamás se unirán voluntariamente a las filas de la servidumbre. Y se quedan abrazados a nadie


En ciertos pueblos los fantasmas conviven con los vivos. Algunas veces se acostumbran a verse en la sombra. Perciben los olores, los sonidos quietos del fantasma cuando habla. Cuando pregunta por qué se fueron todos. Adónde.


En varios pueblos del estado de Hidalgo quedan solo cien personas. Miles se han ido y ya no regresan. Si acaso una vez o dos lo hicieron. Pero ya no quieren mirarse en la memoria. Y renuncian a cruzar de este lado de la vida. Se quedan echando raíces en tierras ajenas. No vuelven a escuchar la voz de los ancianos que aguardan en las casas de adobe el regreso prometido, el sobre con los dólares, el timbre del teléfono. Mientras. la tierra crece de hambre, ninguna mano le arroja la semilla, nadie le ofrece un poco de agua.


Supe de una comunidad en Puebla, donde quedan solamente catorce personas, cinco de ellas son niños que asisten a la escuela vacía. No se escuchan las risas, ni un grito de esperanza. La tristeza, en cambio, aparece con su rostro impaciente. Los fantasmas despiden a diario a la vida. Como en Comala, la muerte se instala a la intemperie.


En Beirut conocí también a los pueblos fantasma, en ruinas tras la guerra. Hablé con los diez o doce habitantes que aguantaron las bombas, las amenazas, la soledad y el hambre. Prefirieron un techo sin paredes, el frío en los dedos, la mugre entre las uñas. Eligieron quedarse al lado de sus muertos. De haberse ido, me explicaron, sus familiares muertos olvidarán sus nombres. Y prefieren la vida que imaginan tendrán después de muertos.


En Líbano visité un cementerio. Y hablé a señas con una anciana que llevaba once meses sentada en medio de siete sepulcros. Su familia, toda, murió en un bombardeo. Algún vecino le llevaba comida, una manta en invierno, una caricia. Pero nadie consiguió convencerla de que regresara a su casa. Cuentan que murió sentada y que nadie logró que cerrara los ojos. Sus ojos que recuerdo como se recuerda al desierto. O a la Luna.


Este fin de semana la luna volvió a entrar por la puerta de la ciudad, sin importarle la inquietud de los insomnes.


Ayer por la mañana una amiga me invitó a pasear con su hijo de dos años por el parque. Viene de Madrid, llena de nieve. Me dijo que su hijo, apenas llegó a México, rió de sol. Y entonces volví a escuchar la voz de una ciudad que se resiste a cumplir la voluntad de los violentos. Y vi, una vez más su cuerpo esbelto.

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lunes, enero 5

Los malos deseos

La mayoría de la gente se prepara para recibir al nuevo año. Muchos otros, cada vez más, no lo hacen. No creen, no quieren, no pueden. No consiguen admitir que todo irá mejor, solamente porque estamos a punto de estrenar calendarios. Han dejado de creer en los hechizos, en los sortilegios, en el chaman de todos los tiempos, en el santo de todos los listones, en la magia. No hay ya arte en la magia, no hay magia en la cuenta regresiva, ni en las uvas, ni en las miradas que chocan doce segundos antes del abrazo, para romperlo unos cuantos, solamente unos cuantos se dan cuenta de que finísimos fragmentos de cristales corren en las venas de aquellos a quienes les han mutilado la capacidad de desear. No consiguen expresar ni un solo deseo. No creen en la posibilidad del cambio. Y lloran por dentro de nostalgia, cuando recuerdan los tiempos en que la risa, el tacto, y las palabras sabias reinaban en el territorio de piel que tanto abriga.

Antes, en estas fechas solía hacer un recuento de todo aquello que el año me había entregado. Un hijo, un puñado de amigos, un viaje, trabajo, un libro, un poema al alba, un amor. Y luego venía la lista de dolores: la muerte de un ser querido, el olvido, el perpetuo eco de aquel grito, las varias noches de soñar lo que no será nunca sino sueño. Pero al final siempre acababa sumando. Y creía. Y quería desear que el próximo año el mundo y mi país, abrirían las puertas a lo imposible para contagiar a todos del deseo de vivir. El deseo que comienza por reconocer que somos muy, pero muy afortunados, simplemente porque entre billones de billones de posibilidades negativas, nos tocó nacer. Y eso es suficiente para al final, cuando pase la muerte frente a nosotros, sentir gratitud.

Pero eso era antes. Ahora parece que no es mucho lo que hay que agradecer. O no lo vemos. O nos lo oculta lo otro; la lista infinita de pesares. Los secuestros, los asesinatos, las extorsiones, la desconfianza en las autoridades; la impunidad en las calles, en las aulas, en las oficinas, en los palacios, en los templos. La impunidad arrancando los ojos a la vida que tiembla de miedo cuando deja de reír. El miedo a mirar de otra forma nuestro entorno, nuestra ciudad, nuestra calle. O el miedo a dejar de mirar la voz que todavía pronuncia un saludo, la mano del niño, el rostro de letras del anciano, los colores de la fruta a media calle, los sonidos del mercado y los de la noche. La belleza de un cuerpo. La noche. La luna inmensa que con tanto descaró se acomodó la otra noche en la azotea de la ciudad.

Me olvidé este año de comprar las uvas. No estrenaré ni una sola prenda de vestir. No pondré atención al color de la fortuna. No sé si brindaré. No he escrito la lista de mis buenos propósitos. No he escrito nada en las últimas semanas. Ni un poema, ni un proyecto, ni una línea de mis manos sin huellas de poemas recientes. Me olvidé del propósito de terminar con el año el libro de conversaciones con Chavela Vargas. La semana pasada y por primera ocasión en años, no entregué mi nota a este diario. Llamé para decirles que al día siguiente lo haría. Y luego al otro, y al otro. Perdí la memoria. No me acordé del significado del nombre de mi columna, Ínsula barataria. La isla de Sancho Panza. El sitio de los sueños vivos. De los sueños de todos los que son lo que escriben.

Hasta hoy comienzo a mover los dedos de la prosa. Después de hacer un gran esfuerzo para olvidarme de todo. Desde comprar las uvas, hasta de los rencores, de la rabia de ver como roban la esperanza en cada esquina, del miedo de mis hijos, del dolor de mi madre y del de muchas otras madres; del despertar con minúsculos fragmentos de cristales en las venas, empapado mi rostro. Olvidé por un momento todo eso y respiré.

Hubiera querido que mi última columna del año fuera diferente. Que estuviera llena de buenos deseos. De buenas intenciones, de música, de historias de pies que bailan en los parques. De niñas que se miran al espejo y sonríen cuando se reconocen. Hubiera querido contarles que tuve un sueño. Y que al despertar el sueño era poesía. Y que la libertad que me dio el sueño, se despertó conmigo. Hubiera querido decirles que hay que desear. Desear que el deseo no deje nunca de ser deseo. Pero que se renueve, que nos renueve, que nos arroje al abismo, al fondo de la montaña, al mar abierto. Para que no haya nadie sin voz, nadie sin trazo, nadie que muera de miedo, de rabia, de soledad, de tristeza. Nadie que se quede quieto. Desear que los únicos deseos que parecen realizarse hoy día, los malos deseos, se extingan en el fuego de cualquier amanecer.

Hubiera querido invitarlos a brindar por lo imposible. Decirles que es posible encender lo imposible, escucharlo, construirlo, hacerlo estallar en plena calle. Hubiera querido contagiar mi necesidad, mi brutal necesidad de creer. Tal vez de esa manera volverían a reinar la sonrisa, el tacto y las palabras sabias que tanto, tantísimo abrigan en las invernales noches de la impunidad.

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jueves, diciembre 4

El otro riesgo

Dicen que todavía ni siquiera comienza lo más duro. Que los mexicanos no tenemos ni idea de lo que será esta crisis económica mundial. Ni cuánto nos afectará. Dicen que alcanzará dimensiones aún mayores que las de 1929. Que aquella debacle solamente la pudieron contener con una guerra. Dicen todo eso y comienzan a contar casos particulares de una empresa, de una cadena de tiendas, de una y otra familia que están perdiendo su fortuna. Luego vienen las especulaciones sobre los suicidios. Sucederá o no lo mismo que en el 29, cuando los más afectados o los más enajenados, se tiraban al abismo de asfalto desde lo alto de los edificios financieros.

Muerto su dios en la guerra de papel, no quedaba sino el vacío de esperanza en sus cerebros. No quedaba sino morir.

Los medios de comunicación difunden una tras otra, las caídas de las bolsas de todo el mundo. Algunas de mis amigas compran por primera vez en su vida, dos o tres periódicos el mismo día. Vi a una de ellas deshacerse de todas las secciones para quedarse solamente con la financiera. Le pedí la primera plana. “Esa solo habla de los muertos del día”, me dijo mientras me la entregaba sin ver mi rostro atónito. En cosa de una semana, la violencia dejó de ser el motivo de los desvelos de los mexicanos. La ansiedad tiene de pronto otro semblante. Se hablan menos, mucho menos sobre los secuestros, las cabezas cortadas, los campesinos acribillados, las inverosímiles historias sobre la participación de un grupo de albañiles en los cárteles de la droga. En unos cuantos días parecen haber dejado de turbarse con las noticias de los narco mensajes que amenazan con ensanchar los límites del horror. Y por momentos da la impresión de que ya nadie se preocupa del futuro político de éste país.

Hasta los que nada tienen que perder, pierden el sueño, la tranquilidad, la paz interna. Conozco a una persona que no se ha sentado a escuchar música, ni a leer un libro, ni a mirar como va entrando la noche a la tierra, en toda una semana. Y lo peor es que en siete días completos, no ha reído. Antes no podía pasar ni unas horas sin música. Y menos dejar de inventar ocurrencias para ejercitar su derecho a reír y hacer reír. O dormir sin leer aunque fuera un pedacito de algún libro. Hasta los que no han invertido sus ahorros en la bolsa de valores, comienzan a sentirse afectados, intranquilos, vulnerables. El desasosiego se contagia. Aunque no sepan exactamente qué está sucediendo, ni en qué va a parar todo esto, despiertan sobresaltados en la madrugada. Los perturba el temor ajeno. La angustia de ver morir una vez más a su dios de papel.

Dicen que la crisis está apenas dando sus primeros pasos. Y es cuando la alarma se dispara. El miedo se apodera de las palabras, no hay otro tema en los discursos, en las frases, en los pensamientos. Nadie calla. Y cuando se agota el tema, o alguien intenta agotarlo, la incertidumbre que flota en el ambiente se arma. Y la gente comienza a arrojar, una tras otra, palabras agresivas. Aunque no haya razón alguna para hacerlo. Aunque se esté hablando sobre la amistad o sobre los hijos, el amor, el tiempo, los proyectos que una tarde, sin proponérnoslo, diseñamos; aunque se esté hablando de recuerdos antiguos, de historias contadas por las abuelas, la agresión se abre paso. Agoniza la risa en las reuniones. Se quedan sin lengua las carcajadas. Escasean las caricias. Se paraliza el deseo de sentir que aún estamos vivos. Y que entre los placeres del cuerpo, la risa ocupa un lugar privilegiado.

La risa sonora que vuela sin abandonarnos cuando la invitamos a expresarse.

Nada hay peor que depender de los secretos de un dios efímero, nada más lacerante que el arrancarle la piel a lo cotidiano y dejar de desear el deseo que nos funda. El deseo de mirar el rostro matinal del mundo. Y creer en las manos que escriben, en las que aran, en las que dibujan, bailan, tocan un instrumento, acarician.

Dicen que lo peor aún no llega. Que todavía falta que se desplome en cenizas el sistema financiero. Que los mexicanos ni idea tenemos de lo que vendrá. Dicen todo eso y me aterra la daga en la palabra, la agonía del deseo, el futuro sin piel que busque sin detenerse nuevos amores. Me aterra el dominio que ejerce un dios de papel. Y el riesgo de perderlo todo.

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lunes, octubre 27

Ganar la guerra

Ya tenía casi dos meses de haber muerto, nos lo recordó Milagros Revenga, su esposa madrileña que había pasado la mayor parte de ese tiempo en México. Después dio las gracias a las miles de personas que solicitaron al Gobierno de la Ciudad que le entregaran póstumamente la Medalla 1808 a Alejandro. La misma que le concedieron en mayo a Carlos Monsiváis y ese día, el 15 de septiembre, a cuatro historiadores mexicanos (Miguel León Portilla, Josefina Z. Vázquez, Ernesto de la Torre y Moisés González Navarro) y a cuatro extranjeros (François Chevalier, F. Katz, David Brading y H. Pietchmann). La ceremonia fue en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento, un sitio que sin duda a cualquiera impone. Creí que Milagros se pondría nerviosa a la hora de pronunciar su discurso. La banda militar, el himno, el saludo a la bandera que ninguno, o casi ninguno de los presentes lo hicimos correctamente; los retratos tamaño natural de Hidalgo, Morelos, Primo de Verdad, como testigos que miran con ojos quietos lo que nunca vieron, para custodiarlo, para guardarlo en ese salón que tanto impone, estremece, perturba. Pero Milagros no titubeó. Compartió con los asistentes la experiencia de otros homenajes que se le han hecho a Alejandro. Narró lo que la gente cuenta, lo que opina, lo que le duele de su ausencia, pero sobre todo, lo que Alejandro Aura no sólo fue, sino lo que aún es. Y lo que seguirá siendo.
Alejandro Aura fue un gran descubridor. Descubrió el arte, la lectura, la risa, las calles, plazas, teatros, estudios, cabinas. Pero descubrió sobre todo a la gente y creyó en ella. En los artistas, en los escritores, en los chavos banda, en los actores, en los poetas, en los teporochos, en los pintores, en los escultores. Pero sobre todo creyó en los desvalidos, en los marginados, en los desprotegidos, en los desamparados; en los más indefensos. En aquéllos a quienes les arrancaron toda posibilidad de recibir una caricia, un techo, un libro, un amor. Y un día Alejandro descubrió el instrumento que, pensó, podría salvarlos de tal marginación: la cultura. Por ello, la sacó a las calles, aventó libros en todas las esquinas; abrió las puertas de las plazas, colocó gradas imaginarias, montó escenarios en las aceras e invitó a quien quiso escucharlo a hacer todo eso suyo. A recuperarlo, como Milagros nos recordó que decía Alejandro, “para el goce artístico, para el placer de la imaginación y para la convivencia”.
El goce artístico y el placer de la imaginación lo sintieron miles de los jóvenes que cuando Alejandro era el encargado de la cultura en la Ciudad de México, deambulaban sin oficio por las calles. Viendo de a cómo, de a cuánto la limpiada de parabrisas, los malabares, el fuego en la boca, para contar por la noche lo ganado y comprobar que no alcanzaba más que para un gansito, un bolillo y si acaso un jarrito para la sed. Pero el hambre, lo que se dice el hambre, seguía ahí, reventando la piel y la fuerza para seguir sin una aspiradita de cemento o sin el contenido de una cartera ajena, un anillo, aquel reloj, el coche del que se deje robar. A fines de los noventa, un puñado de esos jóvenes se integró a alguno de los programas de Aura y sintió el goce, el placer que provoca crear, aprender, producir, sentir. Y convivir con otros que descubren que ejercer la violencia carece de sentido cuando hay un espacio para imaginar, gozar, leer, escuchar, compartir y vivir de ello, vivir. Un espacio que, en medio de tanta insensatez, alce el deseo. El deseo de una ciudad reacia ya a mirarse al espejo.
Alejandro Aura tenía 30 años cuando supo cuál era y sería su relación con la ciudad. También eso nos lo recordó Milagros en su discurso de palabras de carne rosada. Y luego se puso a leer unos versos del poema Hacer ciudades en donde se le oye decir a Alejandro que no se irá. E insta al solitario a partir, al robusto padre de familia, al hombre común de cara lisa, los insta a partir de la ciudad. Pero a él se le escucha decir que no se irá. Que la ciudad se morirá con él. Y estará en su fundamento. Mientras esta ciudad exista, terminó su discurso Milagros, Alejandro Aura estará vivo.
Está con nosotros, dijo Marcelo Ebrard después de entregar a los historiadores y a Milagros la medalla-escultura. Había escuchado atentamente a Milagros. Y lo sintió. Sintió que ahí estaba. El Jefe de Gobierno también invitó ese día a abrirle la puerta a la esperanza. No sé si al decirlo pensaba en los más de 100 mil adolescentes que todos los días deambulan por las calles de la ciudad sin oficio. Sin trabajo, sin escuela. Sin nadie que les haya dicho que todavía hay espacio para abrir espacio. Que todavía hay quien se encarga de que no se apague la luz del Faro de Oriente, ni deje de soplar el viento en el Circo Volador. Que aún hay versos en los libros que calman la angustia, placer en la página en blanco, en el lienzo, en el muro. Yo sí pensaba en ellos mientras lo escuchaba. Y en la urgencia de que alguien entienda que lo que verdaderamente se le reconoce a Aura es haber descubierto que la cultura es el más eficiente, si no el único método para combatir el desamparo, la soledad y sobre todo la violencia. La violencia presente y los años futuros de violencia.
François Chevalier tiene 94 años de edad. Después de la ceremonia salí con él al Zócalo. La lluvia le dio risa. La multitud, calor. Llevaba bajo el brazo la Medalla 1808 que el artista Juan Manuel de la Rosa, por encargo de la Comisión del Bicentenario de la Ciudad de México, diseñó para todos aquellos que algo han hecho para hacer más habitable, más justa, más viva, a esta ciudad. Juan Manuel de la Rosa, uno de los más cercanos amigos de Alejandro Aura, grabó en la medalla un rostro de la ciudad. Su rostro de luz y de agua.
Aún bajo la lluvia, aún con la risa de Chevalier saltando en su mirada sabia, el 15 de septiembre en el Zócalo capitalino se sintió la onda expansiva de la granada que la mano de la sinrazón arrojó en Morelia. Los daños causados no han sido contabilizados en su totalidad. Quizá sea imposible hacerlo. Una herida abrirá otra, y otra y otra. Se perderá la cuenta. Entonces esta ciudad y todas las ciudades serán cada día más invivibles, más crueles, más fieras. Y todos los Alejandro Aura morirán. A menos que las autoridades entiendan que sembrar minas de cultura bajo el asfalto es la mejor estrategia para ganar esta guerra. Esta guerra contra el miedo y el horror que tanto duele.

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jueves, octubre 23

Carlos Fuentes y el dolor de creer

“Arrastraban los cuerpos y las cabezas (…)
una montaña de cabezas mirándose sin verse allí.
Como se cansaron de decapitar
a los demás nos dejaron afuera”
(Carlos Fuentes en “Todas las familias felices”)

Que es el novelista de la burguesía; que él mismo parece un empresario de alcurnia; que tiene unos modales exquisitos, habla cuatro o cinco idiomas, ha viajado por el mundo desde que nació y por si algo faltaba tiene un excelente gusto. Todo eso escuchaba yo decir de adolescente en la sobremesa de la casa de mis tías. Se referían a Carlos Fuentes. Hablaban más de él que de su obra, por lo que yo crecí convencida de que, en el mundo de mis tías, el escritor estaba siempre en un segundo plano, y en el hombre, en cambio, estaba la vida, la atracción, el objeto mismo del deseo, ya un poco marchito, de mis tías.
Cuando lo conocí comprobé que en efecto, es un hombre gentil. En las no se cuántas conferencias o ruedas de prensa a las que asistí en diversos países del mundo, siempre comenzaba la sesión de preguntas con México. “Que comience México”, decía Fuentes y me señalaba con su sonrisa azul, una sonrisa que parecía feliz.

Terminé de leer hace poco Todas las familias felices, su más reciente libro de cuentos. No he dejado de recomendarlo, se quedó como hilvanado en mis manos; no consigo soltarlo de mis conversaciones ni de mis sueños. En la calle, en el Parque Hundido, en la carretera que conduce a los volcanes, en la que va al Desierto de los Leones, en Tepito, en los ojos de los niños desamparados, en los cuerpos de las madres que paren a golpes en las calles, en un cabaret cercano al Monumento a la Madre, en todos estos sitios rondan los personajes de Carlos Fuentes. Un Carlos Fuentes que conoce tan bien su ciudad que no puede dejar de amarla, aunque la odie, aunque la deteste, aunque le tenga rencor.

Hay rencor en Todas las familias felices. Hay rencor no sólo a la violencia callejera, sino a la que ejercen los poderosos, los jóvenes que viajan a Las Vegas, los que se sienten con el derecho a poseer a todas las mujeres que miran. Lo hay también en los sacerdotes que viajan, de pueblo en pueblo, acompañados de una niña. Hay rencor, pero sobre todo hay denuncia. Una denuncia que transgrede la ficción, que dispara olores pestilentes, que hiere, que hace sangrar al alma.

Todas las familias felices es un libro valiente. Para el escritor y también para el lector. Es como tener un cirio encendido en la montaña, es ver a la llama cambiar su forma con el viento. Y aguantar. Seguir leyendo hasta el final las historias de muerte y de vida en lmedio de la muerte a las que siguen los coros que Fuentes creó por si faltaba algo, por si no había sido suficiente, por si todavía uno pensaba que era posible terminar de leer uno de los cuentos y quedarse tan tranquilo. No. Da uno la vuelta a la hoja y se encuentra, por ejemplo, con el coro de las familias del barrio que cantan las palabras escritas con voces invisibles. Los niños de la calle que corean las historias de todos los que nacieron en la calle, los que fueron paridos en la calle, porque la calle, dice Fuentes, “es el vientre, los riachuelos, nuestra leche, los basureros nuestro ovario”. Los niños que cantan en la palabra escrita de Fuentes son limpiaparabrisas, franeleros, mendigos, rateros, niños abandonados que viven como pueden y que mueren como pinches cucarachas.

Es un libro valiente el de Carlos Fuentes. Es atrevido también porque hurga en la memoria enterrada. Y consigue que renazcan horrores antiguos, inhumados casi, en el olvido. Entre un cuento y otro salta de pronto El Salvador de los años 70 y 80. El Salvador de los cuerpos tirados en las calles, decapitados. El de los 300 asesinados con fusiles del ejército en las puertas de la Catedral. El Salvador de los niños con las cabezas cortadas a machetazos, el niño sobreviviente que mira la cabeza de su madre atada a una verja. El Salvador que quiso creer en que era posible hacer a un lado el horror y aprendió a empuñar al horror. A hacerlo suyo, a llevarlo prendido años después, en el tatuaje de la piel de sus hijos, las Maras Salvatruchas, las maras madres de todas las bandas. Las maras sin madre.

Hay que agradecerle a Fuentes que nos recuerde lo que sucedió en El Salvador, pero hay que leer despacito, uno a uno, los cuentos y los cantos de Todas las familias felices. Y sobre todo hay que atrevernos a mirar a cada personaje a los ojos, hablarle, arrojarle todo tipo de preguntas sobre su boca abierta y bucearle el alma hasta encontrar el espejo.

Todas las familias felices es también un espejo. El espejo que Fuentes desentierra y coloca frente a México. Un espejo que denuncia sí, pero que también anuncia lo que ya está aquí y lo que está todavía por venir. Para que nos atrevamos a alumbrar la sombra de las palabras. Para que nos atrevamos a enfrentar el reto de seguir creyendo. Aunque el dolor nos reviente la esperanza.

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martes, octubre 7

Pena de muerte a la insensibilidad

Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas.
Efraín Huerta

Caminé por las calles de la ciudad, entrada ya la noche. Vencí el miedo, no pensando en el miedo. Pensé en la soledad de la ciudad, a cualquier hora saturada de automóviles, gente, humo, griterío, pero sola. Una ciudad ocupada que sufre el abandono. Una ciudad sitiada que aúlla entre escombros su tristeza, y duda de las miradas de aquellos que la habitan.
Ya casi nadie la mira.
Ya casi nadie le llama por su nombre, ni le inventa poemas. Ya nadie le canta los cantos de aves y flores que escribieron para ella sobre las piedras y más tarde en los libros, donde los poetas declaraban, abierto, su amor a la ciudad. Pero hoy está rota la ciudad, dividido en dos su cuerpo de asfalto y yerba.
Dicen que habrán de salvarla. A la ciudad de México y a todas las ciudades del país. Que van a encerrar a los criminales, a barrer con una escoba de plomo a los secuestradores. Dicen que van a emprender una cruzada sin tregua contra los delincuentes. Ojalá encarcelen también a quienes le arrancan a los sueños los ojos; ojalá cuelguen de un poste inmenso al miedo, la rabia, el dolor, el hastío, la ansiedad que produce la escasez de espacios donde rozarle la piel a la ciudad de antes. La ciudad que se entregaba lentamente a los niños que reían, como Efraín Huerta lo consignó en su poesía. La ciudad pura, cariñosa, en cuyos jardines los pájaros solían vivir limpiamente.
Los hombres y las mujeres reclaman. Reclaman de otro modo también los recién nacidos, los niños que ven la televisión siete, ocho horas al día, los jóvenes apuñalados, los que bailan, los que se conectan a las páginas pornográficas dos o tres veces al día, porque no hay manera de salir, es tarde, te vaya a pasar algo, no me deja mi mamá estar en la calle, le dicen sus amigos a mi hijo. Y reclaman también los mayores que aman todavía a la vida, como mi madre, que a sus 84 años baila de tanto en tanto cha cha cha y sale en busca de música y sabores, aunque haya perdido un anillo, tres bolsas y dos relojes a tirones.
Los procuradores, las autoridades todas se comprometen a responder con celeridad. Dicen que saben que de no hacerlo, se corre el riesgo de vivir en el caos más terrible de la historia. El caos que ya vivimos. El caos dentro del caos y afuera del caos, la sombra. La impunidad abriendo la puerta a un discurso que pretende apuñalarlo. A gritos acabar la impunidad, a ladridos, a berridos, a golpe de caos, lo que todos reclaman es una ley que otorgue pena de muerte a la impunidad. A toda impunidad.
La impunidad que ejercen aquellos que deciden quién habrá de salvarse del caos. Quién tiene el derecho a asistir todos los días a la escuela, llegar a la universidad, obtener un trabajo y un puesto en el poder. Y quién en cambio, tendrá que abandonar las aulas para trabajar en una casa, en un basurero, en un restaurante, en una esquina. La impunidad que arroja a las calles a menores de edad, la que concede servicios de salud a medias, la que permite que aún existan en México niños que mueren de hambre. O que a los cinco años ya han sido violados en dos, en tres ocasiones.
Que se vistan millones de personas de blanco, que enciendan velas, que salgan a las calles de todo el país; de todos los países donde se escuchan las voces de México. Que lo hagan y no dejen de hacerlo nunca. Que sigan iluminando las calles hasta incendiar el caos, la inseguridad, la corrupción, la tristeza, la soledad de la ciudad, la impunidad y los ojos cerrados de la ley.
Que abran los ojos las autoridades, que ya no pronuncien tantísimos discursos, que se dejen de firmar y firmar uno y otro acuerdo; que entiendan, que sientan la urgencia, que hagan lo que tienen que hacer y que castiguen, con cadena perpetua, su propia insensibilidad. Esa es la demanda, el grito, ese es el sueño.
Y más allá del sueño, ya despiertos, hay quienes, de blanco o de colores, diseñan estrategias para detonar, al centro de la ciudad, el poema que la salve y le devuelva su ancho corazón de piedra y aire que algún día le miró otro poeta. Antes de que muera.

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viernes, julio 25

Palabras de amor y de guerra

No siempre se puede. Algunas veces ni siquiera es posible intentarlo. Pero si el espacio existe, si conseguimos abrirlo, resulta un privilegio desatar la memoria y, sin ninguna restricción, contarle a los hijos las historias que nos cincelaron el semblante del alma. Lo que fuimos para llegar a ser lo que hoy somos. Lo que gozamos, padecimos, ocultamos, exhibimos, todo. Contarles por ejemplo las historias que vivimos cuando teníamos su edad. O antes aún. Cuando comenzamos a creer que nada era imposible.

Aunque casi siempre da miedo.

Nos convencemos de que no podemos, que no debemos, que son anécdotas íntimas, que no tienen por qué enterarse de nuestras locuras, si todavía los estamos educando. Y las guardamos, las olvidamos, las hacemos aparecer únicamente en el sueño. Y entonces recordamos. Y pensamos que sería genial compartirlas con nuestros hijos, pero no hallamos el tiempo, la ocasión, la sonrisa abierta que nos motive. Y nos quedamos con las palabras amontonadas, enredadas, hechas nudo. Nudo tras nudo, al cabo de un tiempo comienzan a estorbar. Y duelen. Duelen como bultos.

Como bultos en la piel.



Algo le debo al caos de la ciudad. Al tráfico maldito. A los baches que revientan las llantas del coche de enfrente y que provocan la paralización total de la circulación. Una, dos horas para cruzar una avenida inundada. Ese caos me ha devuelto en los últimos meses, el tiempo que no tuve en años para compartir con mi hija mi historia. Y ella la suya conmigo. El tiempo para decirle lo que no le pude explicar a los seis años, a los siete, cuando me desaparecía de su vida durante varias semanas. Luego el regreso, su rostro feliz un tiempo. Solo un corto tiempo para después otra vez partir. Y ella sin entender el abandono. Hoy recuerda que yo le dejaba palabras escritas que ella no atinaba a comprender. Y que le prometía que un día leería las palabras que yo guardaba en un cuaderno para ella. El cuaderno de la memoria. ¿Dónde está el cuaderno?, me preguntaba siempre mi hija.

El cuaderno de la memoria.

Hace unos días seguimos la plática frente a una amiga que vio nacer a mi hija. Mi amiga que tampoco entendió por qué diablos tenía que irme a trabajar a Centroamérica. Por qué arriesgar mi vida y hasta la de mi hija, cuando decidí llevarla a vivir conmigo, en países ajenos. En luchas que no fueron nuestras. En guerras que al final no arrojaron más que un cerro de muertos, mucho dolor, rencor, frustración, tristeza. La tristeza de ver nacer otra guerra comandada por los niños de la guerra. Las víctimas que hoy son los verdugos. Los dueños de las armas, los sin padres, los sin madres, los huérfanos de amores y de piel. Las maras salvatruchas. Los que se tatúan las lágrimas que de niños no podían derramar, ni aunque vieran cómo asesinaban los soldados a sus padres. Las lágrimas con las que hoy cuentan a sus víctimas. Dos muertos, dos lágrimas tatuadas. Diez, veinte. Las lagrimas del horror que llevan en las manos. Unas manos que no les pertenecen. Nada les pertenece. Solamente las lágrimas.

Lo único suyo.

Eso le he contado a mi hija y ella pregunta detalles del día en que llegué golpeada a México después de haber estado capturada en Panamá, y exhibe la herida que le brotó cuando vio las huellas moradas en mi piel. ¿Qué hacías en Panamá si vivías en El Salvador? ¿Por qué nunca viste mi miedo? Y yo le respondo las preguntas más duras de responder, lo intento. Respondo con la voz de otro tiempo, porque en estos días ya no existen palabras que en mi generación se utilizaban como balas contra la soledad y el vacío. Palabras como solidaridad, lucha, dignidad. Rabia, también la rabia que nos daba entonces a los jóvenes descubrir el mundo y sus torpezas.

La rabia muda de hoy.

Todavía faltan cientos de páginas habladas. Falta decirle a mi hija lo que he callado siempre, y lo que quizá ella también ha silenciado. Como muchas otras mujeres que una tarde, cualquier tarde, nos sentamos en el balcón a ver pasar nuestra historia. Y algunas veces gritamos, o reímos, o lloramos lágrimas invisibles. Las mujeres que siempre necesitamos caminar, correr, seguir. A las que nos duele la quietud.

La quietud del alma que oprime, como una roca, nuestros pechos.

Nunca se termina de hablar con los hijos. Nunca se termina de vivir, interrumpe la muerte. Siempre interrumpe la muerte, le dije el otro día a mi hijo y me miró con los ojos llenos de intriga y luz. Mi hijo que apenas ha escuchado retazos de la historia de su madre. Y que algunas veces pregunta sus preguntas de adolescente que pincha música en las fiestas de sus cuates y que apenas recuerda la época en que nació y vivió en El Salvador y cuando vio morir frente a la casa a un joven que fue ametrallado por no haberse detenido en el retén que el ejército salvadoreño había montado en la esquina. Un joven menor de edad, como mi hijo que pregunta más sobre los sentidos de la vida que sobre la muerte. ¿A qué edad te llegó tu verdadero amor?, me dijo el otro día también en medio del tráfico y la lluvia. El verdadero amor no llega una sola vez, le dije. Llega varias. O debería llegar varias veces. Cada vez que nos enamoramos, le comenté y él me preguntó si es posible tener un “verdadero, verdadero amor” y si, sí es posible, le dije y siguió ¿por qué estás sola?, ¿por qué no conservaste tu verdadero, verdadero amor?, me arrojó la pregunta de fuego, como el sol, como el volcán, como el amor.

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viernes, julio 18

Frontera norte: morir menos

Dicen que la cifra va en descenso. Que ya son menos los que mueren en el intento de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, dar el salto, tratar de respirar, comer, dormir, sin el dolor encajado en los pies, en la garganta, en los ojos asustados de los niños envueltos en rebozos de hambre. Los mexicanos muertos, nos dicen las instituciones oficiales, suman 117 en lo que va del 2008. Una cantidad menor que la que se registró en el mismo periodo del año pasado. La cifra de muertos, nos informan en lenguaje como de guerra. La guerra contra la sensibilidad en la mirada. La ciudad de México está ya en los primeros lugares de la lista. No se sabe exactamente a cuántos de sus habitantes expulsa a diario. Pero después de Michoacán y Guanajuato, se disputa el tercer lugar con el Estado de México.

Los jóvenes abundan. Son fuertes y aguantan más, pero igual mueren. De sed, de asfixia, mueren reventados de sol o congelados. Algunos mueren sin nombre y sin edad. Son los que encuentran después de varios meses en medio del desierto. No se sabe si ellos también son cifras. Las mujeres y los niños. Los niños que, de acuerdo con la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), este año han tenido suerte. No hay en el recuento ningún niño muerto. Quizá no hayan encontrado aún sus cuerpos. O habrán aprendido ya de los que lo hicieron antes. Se van pasando la voz de pueblo en pueblo, de barrio en barrio. Y muchos han conseguido cruzar solos al otro lado. Solos se buscan la vida. Una pandilla de latinoamericanos donde aprender el arte de sobrevivir, un burdel clandestino. Como en una guerra. La guerra contra el vacío.

¿De qué huye la gente?, me preguntó un día mi hijo. Estábamos viendo la televisión cuando apareció un “mensaje del gobierno federal”. No te vayas, te puedes morir, tus hijos te prefieren vivo en México que muerto en otro lado. Miles de mexicanos mueren en el intento, no te atrevas, dice una voz en off. Como animándolos a resignarse, como diciendo quédate al lado de los tuyos, aunque no alcance para comprar los zapatos de los hijos ni para que coman al menos una vez al día. Consíguete un trabajo de albañil, aunque te paguen una miseria, o limpia parabrisas, lleva a tu hijo a que te ayude, que para eso están los hijos. Si no, ¿para qué?

Conversamos con Juanito, el hijo de uno de los albañiles que construyen un edificio cerca de donde mi hijo y yo vivimos. Tiene once años y nunca ha ido a la escuela. Pero él está convencido que es un chamaco con suerte. Su apá lo lleva a la obra todos los días, Juanito ayuda a los vecinos a bajarse de sus coches, les abre la puerta, les carga las bolsas de las compras. Juanito se siente dichoso, lava coches en la madrugada, aunque los porteros de los edificios de la cuadra lo vean mal, dicen que les quita trabajo, Juanito, ese coche es mío, escuché que le gritó la otra mañana la esposa del portero. No te metas en mi territorio. Territorios controlados, como en una guerra.

A Juanito no le importa quedarse sin escuela. Para qué ir, nos explicó a mi hijo y a mí, mi papá dice que nomás le sacan a uno dinero que para la fiesta de la mamá y para el disfraz, para el refresco del Día del Maestro, para el lápiz, otro cuaderno rayado, y mientras la mamá en las esquinas vendiendo chicles o trabajando todo el día en casas alejadísimas del barrio donde viven, dos horas o más de camión, luego el Metro, luego otro camión. Mejor ir a trabajar desde los seis años. A veces incluso de cinco o cuatro años, parados en las esquinas, envueltos en rebozos de hambre. Mientras tengan alguien que los lleve a las esquinas o a trabajar en la construcción, lavando coches, de cerillo en el supermercado donde aprenden a sumar sin saber leer.

Hay otros niños que ni eso. No tienen familia, perdieron a su madre y a su padre cuando se salieron a la calle. Se fueron a buscar refugio a cielo abierto donde estar más seguros que en su casa, aunque corran el riesgo de morir en algún basurero con la nariz pegada de cemento, con los pulmones rotos, con el hígado apuñalado de alcohol. Los cerca de 100 mil niños y adolescentes que viven en las calles de la ciudad. Las calles donde se forman y crecen. Y si sobreviven, si acaso sobreviven, intentarán cruzar al otro lado. En la televisión, mientras tanto, una voz en off seguirá advirtiendo que si lo hacen, se arriesgan a perder la vida.

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sábado, febrero 9

La doble muerte de los niños violados

Escribir las ganas de escribir, la urgencia, el apremio. Escribir cualquier cosa, pero escribir todo lo que puede convertirse en escritura: el agua, el viento, el viento de agua, un muro detrás del árbol, una grieta de luz sobre la alfombra, un chapulín que salta sobre el cristal y atrapa a quien aguarda el momento justo para convertir al chapulín en escritura. Escribir, volver al sentido mismo de la escritura y desafiar. Arrojarse a la nada y crear, aunque desaparecer sea el riesgo. El riesgo que corre por la sangre y la separa.

Anoche soñé que toda yo era escritura. Un invento, una creación de otro sin presencia, una ficción sin dueño. El sueño de otro que en el sueño dibujaba las paredes de una antigua casa repletas de grabados de Toledo. Francisco Toledo de las iguanas y los chapulines quietos. El de los ojos húmedos y la piel de papel. El de las batallas y las voces. En el sueño, los personajes de los grabados podían leerme. Los cangrejos y los borregos, los cocodrilos, las vacas, el burro, la sapa, las escobas, los papalotes todos, se sentaron a leer la escritura que fui en el sueño.

Desperté con ganas de escribir, con urgencia. Escribir cualquier cosa que cobre la forma de la escritura. La luz, la piedra en la ciudad, el templo. Pero eché un vistazo a las noticias del día y vi a dos mil niños y niñas ausentes de mirada. Con menos de seis años en promedio. Violados todos, en el último año, hecha trizas su vida, la poca vida que les tocó vivir. Vivir ya muertos, sin ser. El poder sobre ellos, la ira de otros enterrada en sus cuerpos pequeños de niños y niñas que dejaron de serlo, en el instante mismo del doble crimen.

Los niños y niñas violadas son insomnes, muchos de ellos. Se abstienen de jugar a la pelota, odian la pelota, el afuera. Tiemblan antes de abrir cualquier puerta. Tiemblan y sudan el sudor de la muerte. Algunas veces lloran a escondidas porque nadie les dice que no fue su culpa. Ni curan las heridas de sus cuerpos. Por eso descienden a los infiernos. En busca de un remedio.

Nadie conoce la cifra exacta. Es imposible saberla. No hay quien se atreva a contabilizar la peor infamia. Las organizaciones internacionales y de derechos humanos aseguran que en un año, más de 20 mil menores mexicanos son objeto de abuso sexual, gran parte de ellos en la ciudad. La mayoría niñas. Niñas de tierra y cemento. Veinte mil. Y serán otros tantos los casos del silencio, los que se callan a fuerza de puñaladas de pánico.

Las niñas violadas, cuando crecen, guardan silencio frente a sus hijas. Las agreden, no las toleran. No se toleran ellas mismas. Las perversiones de las que fueron objeto se vuelve en su contra. Soy perversa, se dicen. Perversa como el demonio. Las niñas violadas no tienen salvación, la mayoría. Nadie les arranca el sello. Y reproducen la conducta del verdugo. El verdugo que no se cubre el rostro. Los niños y niñas violados conocen, casi siempre, al agresor. El hermano, el padrastro, un tío, alguien de su confianza, el propio padre. La brutalidad alojada bajo el mismo techo. A la ofensiva.

Hay quien intenta recuperarse. Algunas mujeres de las más de 1.5 millones de mexicanas al año que son víctimas de agresiones sexuales, lo hacen. Lo intentan al menos, lo buscan. No es sencillo. La soledad las asfixia, les corta la palabra. La soledad también de saber que sólo un 5 por ciento de las denuncias penales por violación, alcanzan la sentencia.

No alcanzan todos los menores a vivir después de ser violados. Hay casos de niños que mueren de las enfermedades que el agresor les contagia. Hay otros que mueren sin irse, los que crecen con el dolor sobre los hombros. Pero hay quienes no toleran el dolor y mueren, porque solo la muerte los libera. Se arrojan de las azoteas. O se quedan dormidos sobre una autopista. Para ya no volver a morir. Para no despertar.

Hoy desperté con urgencia de escribir. Con los dedos de las manos temblando de sed. Con los ojos puestos en la ráfaga de luz sobre la sábana. Con la voluntad de desaparecer en la escritura, arrojarme al vacío. Y crear. Pero afuera la vida agoniza. La vida rota de los niños y niñas violadas que cada día son más. Dos o tres más hoy que ayer. Niños y niñas que no sueñan. Que no escriben. Y de los que nadie, o casi nadie, escribe. Da miedo escribir sobre la muerte. Las muchas muertes de los menores violados. Da miedo. Y rabia, repulsión, ganas de no volver a escribir sin tenderles la mano.

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lunes, noviembre 26

El día que la violencia emigre a los infiernos

(Publiqué esta nota en la columna Insula barataria del diario mexicano La Crónica el 19 de marzo de 2007. Pero como ultimamente aparecen tantas, tantísimas palabras y discursos sobre violencia, violaciones a los derechos humanos, de los niños, de las mujeres, la publico hoy aquí, como un recordatorio, no solo de que la violencia continúa en ascenso, sino también de que en algunos rincones del mundo, hay todavía alguien que alza el vuelo)

A Ernestina Ascensión Rosario no le alcanzó la fuerza para defenderse. Ni siquiera consiguió gritar, pedir auxilio, escupir, patear o arañar la piel de sus violadores. Cuenta su sobrino que antes de perder la conciencia le brotó la energía suficiente para pronunciar lo que sería su última frase. “Se me echaron encima los soldados”. Siete horas y media más tarde murió en un hospital de la zona. Tenía 73 años y era indígena de la sierra de Zongolica, en Veracruz.


La familia de Ernestina, los habitantes de la comunidad nahua de Tetlazingo y el resto de los indígenas de la región, no saben si es más intenso el dolor o la rabia que llevan encima. No se consuelan y aunque la han padecido, no acaban de entender a la violencia, les hace daño la insensibilidad, el absurdo.

El absurdo ha lanzado últimamente una intensa ofensiva sobre el mundo.

En España, me escribe un amigo, suceden cosas absurdas. “Las españas”, me explica, andan de pleito. Hay división, una brecha cada día más grande entre los españoles. Como si cada cual quisiera reclamar su porción de venganza, aun con la panza llena. Me cuenta mi amigo que la guerra de los insultos no cesa. Que el ciudadano común comienza ya a estar harto. Que los políticos cansan, que deprimen, que entristecen.

Pero después me platica sobre una escuela en Madrid que lleva el nombre de quien fuera rector de la universidad de los jesuitas en El Salvador, Ignacio Ellacuría. Asesinado en noviembre de 1989 junto con otros cinco sacerdotes y dos mujeres en el campus de la universidad, Ellacuría es una de esas personas que de muertas van poco a poco venciendo a sus asesinos. Y no solo lo ha venido haciendo en El Salvador o en algún otro país de Centroamérica. La escuela que en Madrid lleva su nombre, se ha convertido en ejemplo de convivencia entre jóvenes de diferentes razas y nacionalidades. Mientras los políticos discuten sobre las guerras, mientras se acusan mutuamente de provocar la violencia o condenan o apoyan la llegada de miles de emigrantes a España, los chavales que asisten a ese instituto comparten el arte de saber mover las caderas. A ritmo de salsa, merengue y bachata, los latinoamericanos, los rumanos, búlgaros, polacos, marroquíes, guineanos, senegaleses y los españoles se van conociendo mejor. Se acercan, se entienden, se sacuden las diferencias. Los colombianos y los dominicanos lo traen en la sangre. Los otros aprenden de ellos, se enamoran.

En el Instituto Ignacio Ellacuría nadie piensa en formar parte de una de las pandillas de adolescentes invadidos de resentimientos. La pista de baile les arranca los rencores, los hace cómplices. A pesar de que el instituto está en el municipio madrileño de Alcorcón, donde hace apenas unos meses se vivieron días de intensa violencia entre bandas rivales, el clima es de total convivencia. Más que tolerarse, participan. Aún los maestros bailan, se ríen, comparten. Y no imponen criterios, ni castigos, ni reparten prejuicios. Han decidido que no está mal que el nombre del instituto esté en graffiti. Ni que los chavales dibujen sus sueños en los muros. Son formas que adopta la libertad para espantar al miedo. Al miedo y a las ganas de huir de la vida.

Tomás Segovia nunca ha huido de la vida. Escribe para poner las cosas claras con la vida, no para huir de ella. Así lo confesó en una reciente entrevista al diario El País. Como muchos de los chavales del Instituto Ignacio Ellacuría, pasó una infancia desarraigada. Al principio vivió en Francia. Después viajó a México donde se quedó hasta la muerte de Franco. Por eso sabe lo difícil que es ser un no-ciudadano. Asegura que ese es el problema del siglo XXI y del futuro. Los derechos de los no ciudadanos. Tomás Segovia padeció los horrores de la guerra a los once años. Va a cumplir ochenta y lleva encima tres infartos. Pero mantiene la memoria, la lucidez, la sensibilidad suficiente como para seguir escribiendo poesía. Acaba de publicar el libro Llegar, integrado por poemas que escribió paseando cada mañana por el Parque del Oeste en Madrid. Memorizó cada poema y después lo escribió. Igual que ha escrito muchos otros y tal como lo seguirá haciendo. Y es que como él mismo lo dice en su nuevo libro, “mientras no quiera el tiempo dejarme de su mano, saldré cada mañana a buscar con la misma reverencia, mi diaria salvación por la palabra”.

La salvación de Tomás Segovia podría ser la salvación del mundo. O al menos repararía varios de sus más nefastos males. La poesía, como el baile, cura las heridas. Desintoxica. Permite que olvidemos por un rato el absurdo, el horror, las guerras. Y aunque no nos arranca la indignación que nos producen casos como el de Ernestina Ascensión Rosario, ni el desasosiego que nos traen las constantes noticias sobre ejecuciones y decapitados, al menos conseguimos respirar un espacio de libertad. Pequeño quizás, pero libre. Un espacio donde el engaño conspira en su contra y desde donde un día la violencia emigrará a los infiernos.

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