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jueves, noviembre 6

Reir a los 94 años

Tiene 94 años y no deja de reír. Le da risa la lluvia, el sol, el frío, el calor, la vida misma. François Chevalier ama a la vida y a México. Lleva cerca de medio siglo dedicado a estudiar su historia, primero en el archivo de Indias en Sevilla y después en México. A fines de los cuarenta él y Joseph, su esposa, vivieron durante unos 15 años en la ciudad a la que ama como si fuera propia. Como a París, o más. Dice que tiene mucho que agradecerle y me cuenta historias de cuando Ignacio Asúnsolo, el escultor, y su esposa Mireille armaban unas grandes parrandas en su casa de la colonia Roma. Ahí conocieron los Chevalier a Diego Rivera, a Siqueiros y a muchos otros personajes de esa época que pasaron a formar parte de su círculo de amigos. Fueron días que Chevalier disfrutó mucho, según me contó riendo este fin de semana, al final de su viaje de dos semanas a México. Pero donde mejor se sentía era en las calles, en el campo, en los volcanes. A viento abierto.
François Chevalier recorrió México a caballo, en motocicleta, en autobús, a pie. Conoció decenas de sitios arqueológicos, buscó la historia en haciendas, iglesias barrocas, en las fiestas populares. Él y su amigo, el también historiador Ernesto de la Torre, se montaban de tanto en tanto en una Harley-Davidson y se lanzaban al rescate de la memoria. Iban con frecuencia a San Juan de los Lagos, sobre todo en días de feria. En 1948 se subieron a un caballo y después de cuatro días de cabalgata, llegaron a Ostula, en Michoacán. Querían conocer a la comunidad indígena de aquel sitio que, según se habían enterado, era de las más aisladas del país. De la Torre consiguió un permiso especial eclesiástico para poder entrar y quedarse en Ostula, pero no más de dos días. Era el tiempo máximo que la comunidad permitía a los “racionales” permanecer en el pueblo. Todos los no indígenas éramos para ellos racionales, recuerda Chevalier y ríe. La racionalidad estorba, dice y vuelve a reír.
Sesenta años después, a sus 94, Chevalier se despojó de su racionalidad de hombre blanco y volvió a Ostula. Solo que no lo hizo a caballo. Llegó con Joseph por carretera y encontró otros rostros sobre el rostro antiguo. Alguno que otro conocido, el mismo faro. Dice Chevalier que los indígenas siguen defendiendo sus tierras como lo hacían entonces. Sólo que antes decían que sus abejas necesitaban toda la selva que los separaba del mar, para que no sembraran los hacendados que los rodeaban. Ahora las cuidan tanto que apenas en julio pasado asesinaron a uno de los dirigentes comunales en lucha por recuperar varias hectáreas en disputa.
A Chevalier le tocó enterarse en Ostula del asesinato. Y también le tocó estar en México la noche en que lanzaron una granada en plena plaza pública de Michoacán. Está informado al detalle de la violencia, de los crímenes, de la guerra del narcotráfico. Pero aún así cree en México. Dice que es su gran pasión. Su segunda patria, su dolor. Me cuenta que le duele el dolor de México, pero está convencido de que la mayoría de los mexicanos grita el grito de la no violencia. Lo dice sin reír. Después me cuenta que uno de sus hijos nació un 15 de septiembre. Como para recordarle siempre la noche del grito, me explica y esta vez sí ríe.
Después de su viaje a Ostula se fueron los Chevalier a Mazatlán. No se hospedaron en ningún hotel. Se quedaron en la casa de la misma familia que hace 60 años le daba alojamiento. Una familia mexicana que también es medio francesa, aunque nunca hayan ido a Francia ni hablen francés y apenas sepan en qué parte del mundo se encuentra el país de los Chevalier. Es medio francesa porque reciben a los Chevalier como recibieran a cualquier miembro de su familia. Y porque François Chevalier lo siente así en el corazón. Un corazón que ha latido 94 años sin mayor complicación. Y que ama tanto a México que cuando camina por sus calles llora. Llora mientras ríe.
Después de recibir la Medalla 1808 que le entregó a Chevalier y a otros siete historiadores más el gobierno de la ciudad de México, y a su regreso de Manzanillo y Michoacán, los Chevalier decidieron hospedarse en un pequeño hotel de la colonia Roma. Querían recordar el México de los cincuenta. Revivir la época en la que Chevalier participó en la fundación del IFAL, donde conoció a Alfonso Reyes y a Alfonso Caso. Quería él escribir otra vez lo imposible. Sentir la piel, debajo de la piel de la historia. Abrir de nueva cuenta el deseo de la memoria. A sus 94 años.
Una mañana fueron al mercado de San Juan. Quedaron felices de ver los mismos puestos, la misma fruta limpia, los mismos aromas a queso y sesos. Pero como en Ostula, vieron otros rostros sobre el rostro del recuerdo. Y echaron de menos a la marchanta de las lechugas que solía platicarles historias del campo, y al vendedor del puesto de pescado fresco que les regalaba palabras con recetas mestizas.
Este domingo los Chevalier regresaron a Francia. Dicen que llevaban la Medalla del Bicentenario en la maleta de mano. Él contó a los policías de aduana la historia de la medalla, les mostró la fotografía del artista Juan Manuel de la Rosa quien la diseñó. Les dijo que era de oro como el sol, como el maíz, como la vida misma. Como un día fue México. Como quizá será cuando se detenga el viento que trae olores de violencia y muerte. Si es que se detiene. Si es que, como dice François Chevalier, los mexicanos recobramos la memoria. Y volvemos a reír.

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domingo, junio 1

Carlos Monsiváis y la ciudad de luz

Sonrió casi todo el tiempo. No lo he visto en demasiadas ocasiones, pero la semana pasada estuve presente en dos actos de celebración de sus 70 años y me dio la impresión de que Carlos Monsiváis comienza a disfrutar con mayor soltura de los homenajes que la ciudad, sus amigos, la Academia, las artes y muchos otros, preparan para él. El primero al que asistí fue en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento el miércoles pasado. El Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, le entrego la medalla-escultura 1808. Carlos Monsiváis la recibió, la miró, la acarició casi y sonrió, la sonrisa de la ciudad de agua y luz que Juan Manuel de la Rosa diseñó para él sobre un trozo de oro con forma de grano de maíz. Como en los tiempos antiguos, el sol, el agua, el maíz, en el origen de la vida. El origen que en ocasiones borramos de nuestra memoria. Y al hacerlo, dejamos de soñar, nos vamos quedando sin alma.

Carlos Monsiváis cumplió 70 años hace 22 días y no paran los festejos. Y es que son muchos, muchísimos los aportes que ha hecho a la cultura y al avance social y democrático de la ciudad. Uno de ellos es precisamente el tejerle una memoria. Durante décadas la ha venido creando con el hilo de su mirada hecha palabra. Con razón Ebrard le dijo que la ciudad sería otra sin él. Otra. Más apretada, con heridas más profundas; o con las mismas, pero que nadie vería. Una ciudad de ciegos, eso sería. Y menos, mucho menos amorosa. Sin Monsiváis, las almas no se irían frotando en el vagón del Metro, como lo describió en su discurso de agradecimiento. Ni tendríamos conciencia del depósito histórico de olores y sabores que es nuestra ciudad. Al lado de Monsiváis, sus textos y sus ocurrencias, los habitantes de la ciudad hemos aprendido a mirarla. A mirarnos en ella y en los otros. Hemos aprendido a tolerar a los otros. A convivir. A pesar de que, como él mismo lo dijo, la ciudad es todavía y sobre todo, un cúmulo de problemas, de cuerpos a la deriva, de desempleo, de calles y avenidas sobrepobladas. Pero a pesar del caos, es una ciudad que aprende, cambia y avanza, sin que la veamos arrastrar los pies.

Estaban casi todos sus amigos. Elena Poniatowska, la más antigua, dice Monsiváis, Alejandra Moreno Toscano, José María Pérez Gay, Juan Ramón de la Fuente, Jorge Volpi, Luis Mandoki, Héctor Vasconcelos, Nacho Toscano, Guadalupe Loaeza, Consuelo Sáizar, El Fisgón, Rius, Margo Glanz, Enrique Márquez, el Coordinador de la Comisión del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución en la Ciudad de México, quien le organizó este homenaje. Y es que no sólo la Independencia y la Revolución cumplen años, también nuestros creadores cumplen años, dijo un día Márquez y se lanzó a la tarea de organizarle su fiesta a Monsi. Después de la ceremonia se fue Monsiváis con sus amigos a comer al Museo del Estanquillo. Muchos decidieron caminar del Zócalo al Estanquillo. Lo hizo el homenajeado que apenas salió a la calle y ya la gente le estaba pidiendo por favor maestro, una foto con usted que los cuates de mi calle no me lo van a creer. Y Monsi, que no dejó de exhibir su sonrisa casi infantil, casi felina, colocó su brazo sobre el hombro del joven que seguramente a estas alturas ya puso la fotografía en la pantalla de su celular.

Monsiváis llegó a la puerta del Museo del Estanquillo casi al mismo tiempo que Ebrard, que en cuanto se bajó del coche le dijo que mejor se hubiera ido con él caminando, si no hubo ni una gota de lluvia, ni reclamos, ni actos de protesta, ni una queja. Todo lo contrario, la sonrisa de Monsiváis acompañada de las sonrisas de quienes se detenían a verlo. Mira jefa, es un escritor muy famoso, un chingón, explicó una mujer de mediana edad a su mamá.

La comida terminó como a las seis de la tarde. Todos los invitados salieron con un papalote en la mano. El papalote que diseñaron para él sus amigos Francisco Toledo y El Fisgón como regalo de cumpleaños. Monsiváis dibujado en el papalote que los también artistas del Taller Arte Papel Oaxaca se encargaron de elaborar en Etla. Molieron la fibra, la secaron, la tiñeron le dieron forma de papalote y le estamparon la imagen de Monsiváis con sus anteojos de mica café que le colocó Toledo muerto de risa por la ocurrencia de hacer volar a su amigo con todo y anteojos.
El otro acto al que asistí fue el sábado pasado en el Centro Cultural Indianilla donde se presentaron once Libros de Artista. Los autores decidieron dedicar la exposición a Monsiváis. Y ahí, en ese espléndido local que Isaac Masri consiguió rescatar al olvido, Monsi volvió a sonreír y a dar las gracias a Manuel Felguerez, Sergio Hernández, Daniel Macotela, Juan Manuel de la Rosa y otros artistas que participaron en la exposición. Le dio las gracias a Isaac por padecer el delirio de creer que es posible cambiar al mundo, soñando otro mundo. Tejiendo, como el propio Monsiváis lo hace, uno a uno los deseos que aparecen en los sueños. Para cincelarlos en la memoria; para devolverle a la ciudad su alma. Su alma de sol y de agua.

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jueves, septiembre 13

La memoria viaja en metrobus

Nadie se quedaba sin su reguilete tricolor o su bandera. Los primeros días de septiembre de cada año, los niños rodeábamos los carritos llenos de banderas, sombreros, reguiletes, matracas, trompetas, serpentinas y silbatos que aparecían en cada esquina y elegíamos. Yo prefería el reguilete. Me gustaba verlo girar sin abandonarme y lo clavaba en una maceta cerca de la ventana de mi habitación. Mis padres compraban también la banderita para el coche y una más grande que colgaban en la fachada de la casa. Eran días de fiesta. Y de creer en la luz debajo de los símbolos.

En estos días ya ningún niño pide su banderita. O casi ninguno. En las ventanas de las casas de zonas como Las Lomas o Polanco cuelgan más mantas de rechazo a la construcción de la Torre Bicentenario que banderas. Hay uno que otro carrito de madera en las esquinas o en los camellones, pero casi nadie se detiene a mirar cómo gira un reguilete de viento. Ya nadie, o casi nadie, aprovecha septiembre para contar historias de antes. Historias que reviven en el vacío que oprime cuando nada hay para cubrirlo, para suavizarlo. Ni una palabra antigua en las calles de Las Lomas, Santa Fe, Polanco. Todo constantemente nuevo, todo semejante. Todo tedio.

En el centro de la ciudad de México, en cambio, las historias de septiembre abundan. En el Metro un anciano asegura que tiene en su casa unos poemas escritos por Miguel Hidalgo y Costilla. Lo dice así, tan seguro. Los guarda con gran orgullo y los lee de tanto en tanto con mucho cuidado para conservar el papel que ya de por sí está cada día más amarillento, no vaya a ser. Le cuenta el anciano la historia a un joven que lo invita a ver el video sobre la Independencia en uno de los displays que han colocado por toda la ciudad y que la gente se detiene a mirar con curiosidad y asombro. La Independencia de México en tres etapas, leen y se acomodan junto a la pantalla a recibir un trozo de la historia de su ciudad.

¿A quién le escribió el cura Hidalgo esos poemas?, le preguntó el joven y el anciano guiñó la sonrisa cómplice de quien, como en la escritura, simula la vida. Y vive.

Todavía hay quien se toma su tiempo para ir a ver con los suyos la iluminación de septiembre. El Zócalo alumbrado, los héroes, las águilas de la discordia, la Alameda de fiesta. La visita al museo donde una mujer de ojos grandes cuenta la historia del mural de Diego Rivera que sobrevivió al terremoto. Todavía hay quien aprovecha septiembre para recordar que somos un país de fiesta. Aunque últimamente no nos dejemos ver el verdadero rostro. El misterio que somos, el misterio transparente. El que hace que nos desconozca quien más nos conoce; quien más cerca nos tiene. México es así. O lo era. Aunque hay quien todavía cree en la luz debajo de los símbolos. Y en la fiesta como identidad, como pretexto para reír, para sentir, para llorar.

Antes, me contaba mi bisabuela, la fiesta era una forma de hacer arte. La danza, la música y la poesía eran inseparables. El poema era canto. La misma palabra náhuatl les concedía existencia. Cuicatl, poema. Cuicat, canto. Antes también había matracas, flautas, trompetas. Y el caracol era canto. Y el canto, danza.

Hay quien disfruta de la fiesta. Hay quien todavía cree que hay que compartir una buena comida, un vino, un tequila, para reconocer la realidad. Para evitar perdernos en la niebla del tedio. Para sentir que bailar es un prodigio. Bailar es también hacer poesía. Poesía del cuerpo.

Una mujer de hoy recuerda en septiembre a las mujeres de antes. Las recuerda y les otorga voz a las mujeres equis que participaron en el movimiento de la Independencia de México. Algunas tenían nombre y apellido: Leona Vicario, Josefa Ortiz de Domínguez. Otras eran simplemente mujeres equis. La mujer de hoy se llama Patricia Arriaga y está por terminar la edición del cortometraje Mujeres X. Se presentará el próximo jueves 13 en el Centro Cultural Indianilla. Después viajará en metrobús como lo hace ya otro cortometraje, 1808 de Miguel Necoechea. La memoria viajando por los autobuses que recorren la ciudad. La memoria de la ciudad intenta recobrar su figura.

Decía mi bisabuela que el recuerdo se anida en el cerebro y que la memoria es el ave que abandona el nido para extender sus alas sobre el mundo. Un mundo al que le concede existencia. Sin memoria no hay existencia, insistía la bisabuela y yo escuchaba atenta las palabras y frases que aún no comprendía. Hasta que comencé a soñarlas cantadas.

Los sueños cantados devuelven su sentido a las palabras desconocidas. Las colocan en el alma de todo aquel que las escucha. Hay quien se atreve a cantar sus sueños. Hay quien los llora, los abraza, los goza. Los habla en voz alta frente a nadie. Hay quien todavía cree en los reguiletes y en la historia que cuenta un anciano en el metro. Hay quien encuentra sosiego en la vida. En la vida que canta una voz que baila. Como antes, pero respirando hondo. Abriendo puertas, imaginando, creando. Sin olvidar.

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viernes, julio 27

Las Puertas del Bicentenario

Una puerta abre y cierra. Permite entrar o salir; descubrir o abandonar; liberar o encerrar. Una puerta, cualquier puerta, lleva un barniz de magia y de tristeza; de canto y de misterio. Abre y cierra, en lo cotidiano y en el territorio de los sueños, la posibilidad de cincelarle otra forma a nuestra vida.


Una niña de ocho años me contó hace tiempo su sueño. Se vio de pie frente a una puerta, pero no sabía si al abrirla entraría o saldría. Ignoraba dónde se encontraba. Adentro o afuera de una casa o de un bosque. En el salón de su escuela, en la calle o en el patio. Solo podía mirar la puerta, nada más. Y aunque no tuvo miedo, estaba confundida. Cuando la niña decidió abrir la puerta, también la cerró, así me lo contó. La abrí, pero se cerró me dijo. Y me quedé afuera, hasta que entré por una puerta de salir.

Así son las puertas le dije, despistan, pero no provocan miedo, porque no son muros. Y si las abrimos, las cruzamos, las cerramos para entrar o para salir y luego volvemos a abrirlas, amparan al mismo tiempo que extienden frente a nuestra mirada al mundo. Hace unos días la madre de la pequeña que me contó su sueño me dijo que no para de abrir puertas. Una tras otra, donde quiera que va, la niña del sueño abre puertas, como quien al final del día bebe un vaso de agua fresca. Con la misma sed e idéntico placer. Al abrirlas entra a un mundo que la recibe y le hace ver más amplio el paisaje. Al cerrarlas, entra de nuevo al sitio de donde salió, pero trae con ella algo del otro que la recibió.

El miércoles pasado arrancó el programa de festejos y celebraciones de los centenarios de la Independencia y la Revolución en la Ciudad de México. Es un proyecto ambicioso y diseñado para que participe, no solo el mayor número posible de entidades, organizaciones, sectores de la población, jóvenes, ancianos, niños, sino todo aquél que sin importar la edad, la condición social, el cargo, el tamaño, el color del pelo y de la piel, aún sienta la necesidad de abrir puertas para entrar y dejar salir. La necesidad de renovarse como se renueva el viento que sopla sobre la historia. Y vuela cuando le abrimos la puerta.

En 2010, cuando la Revolución cumpla 100 años y la Independencia 200, la Ciudad de México habrá abierto muchas puertas. No se sabe bien a bien cuántas serán. Se sabe, eso sí, que el 13 de julio del 2008 se abrirá la Gran Puerta de la República en conmemoración de los 141 años de la entrada de Benito Juárez a la Ciudad de México. Ese día la ciudad, desde el cruce de Bucareli con Reforma, por todo el corredor de la avenida Juárez hasta llegar a Madero y al Zócalo, será el escenario de una fiesta popular. La Gran Puerta de la República que se abrirá ese día servirá para entrar a la historia y salir con ella bajo el brazo a un mundo moderno y amable. Un mundo que anuncie sonriente la apertura de otra puerta; la puerta que conduce al futuro.

De eso se trata. De cosechar lo sembrado, lo que ha crecido sin lindero. Y de avanzar sin olvidar, pero dejando a la memoria volar alto para que no bata las alas sobre un arroyo de cenizas. Para que más bien levantemos la mirada de una ciudad que nunca ha cerrado los ojos cuando se le mira. Una ciudad casa que merece una casa.

Dentro del proyecto del BiCien, que dirige el historiador y poeta Enrique Márquez, la ciudad tendrá al fin su casa. La construcción se iniciará el año próximo y será una especie de casa de cristal, no tanto por la forma arquitectónica, sino porque dentro de ella estará toda, toditita su historia y conformación. Su clima, sus instituciones, su música, su topografía, la gente que la habita, su cultura, su comida, sus gritos, su llanto, sus amoríos. Su estado de salud, su desnudez. Una casa con puertas que inquieten.

El programa que se presentó el miércoles en el Antiguo Colegio de San Ildefonso incluye también un acercamiento a Xochimilco donde se levantará, entre otras iniciativas, un jardín botánico y un acuario. Y es que la Ciudad de Agua es también de tierra y es de aire porque es agua. Agua firme.

La Ciudad de México abrió pues la puerta hacia el Bicentenario. Hay que entrar y dejar salir. Hay que mirar hacia adentro la puerta de la ciudad. Y abrirla al mundo, y bailar con el mundo y la ciudad en sus festejos. Hay que creer y abrir todas las puertas que encontremos para cincelarle otra forma a la ciudad. Y una nueva forma también a nuestra vida.

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