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lunes, noviembre 12

Luz Silenciosa

Se llama “Luz silenciosa” y lo es. Y es también un grito transparente, líquido, cristalino, igual que el día. Igual que cualquier día en que el cuerpo aúlla de amor y busca: un relámpago, una ventana encendida, cualquier chispa que brota de la noche, cuando la noche abre los ojos y muere. Muere adentro, donde nace la sombra.Desde que tuve la fortuna de verla, no he dejado de recomendarla, sentirla, recrearla. “Luz silenciosa”, la nueva película de Carlos Reygadas nos conduce a lo más íntimo, a lo más doloroso, a lo más hondo y luminoso de nosotros mismos. El sufrimiento, la pasión, la fatalidad o la ventura de amar a un amor prohibido. Un amor cuyos hilos se tejen y destejen en la historia que Carlos Reygadas nos narra. Se anudan y se desanudan con la libertar necesaria para crear un sueño, un llanto solitario y el estallido de un corazón incapaz de soportar tanto dolor.


Conocí a Carlos Reygadas en Madrid hace casi seis años. Me lo presentó un domingo mi sobrino en el castizo barrio de Lavapiés, donde lo encontramos paseando en bicicleta. Eran los días en que buscaba apoyo entre las almas sensibles de España para terminar la edición y efectos finales de “Japón”, su ópera prima. Unos días después lo invitamos al programa de radio que entonces compartía yo con Alejandro Aura, Eduardo Vázquez y Kiko Helguera en el Círculo de Bellas Artes. Sabíamos muy poco sobre él. Todavía no veíamos su película, pero hablar con él sobre ella, sobre el lenguaje del cine, sobre el tiempo, el ritmo, las ausencias, los milagros, la memoria y su imagen, fue suficiente para que supiéramos que el cine de Carlos Reygadas rompería todos los esquemas. Carlos Reygadas, entonces lo supimos, se convertiría pronto en un artista de los sentidos.

Son los sentidos los que dominan en “Luz silenciosa”. La oración que acarician las manos de los niños, la verdad apenas pronunciada, la risa de unos niños menonitas frente a un cómico belga, el beso expiatorio en los labios, la mirada sobre el blanco cadáver de una esposa que no teme el temor hacia Dios del hombre al que ama. El pecado no es del que peca, parece decirnos Reygadas. La culpa es la condena de quien se pronuncia culpable.Las palabras sobran. Nada hay más sonoro que la luz que se derrama sobre lo cotidiano de la comunidad menonita que Reygadas explora para nosotros. La vida de un hombre enamorado de dos mujeres que lo aman. Habrá muchos a quienes les parezca un paraíso. Amado por la esposa y por la amante amado. Pero el dolor se abre paso, rasga, cuartea todo, o casi todo. El dolor de causar dolor aún existe. Es real. Y puede reventarnos las vísceras.

El dialecto alemán que se habla en la comunidad menonita del norte de México, donde Reygadas se fue a construir la historia, suena dulce, profundo, raro, atractivo. Pero suena poco, porque no es necesario que se escuche más. Lo dramático, lo que fragmenta, desgarra, ensordece, son los roces. Los gestos, el cruce de miradas. Las caricias ausentes. Lo no dicho, lo que se silencia ante centenares de testigos. Ante los sentidos.El alba ocurre. Y con ella, o en ella, el goteo de la luz silenciosa abre el telón a la historia de una comunidad menonita que emigró al norte de México en 1922. Venían huyendo de las guerras. Querían impedir que la violencia les creciera en las venas. Que les cercenara el espíritu. Que los ahogara en el bullicio del mundo.De un mundo donde da igual ser Dios que demonio.En el mundo de la comunidad menonita de “Luz silenciosa”, en cambio, el diablo o Dios son diferentes, aunque compartan el mismo deseo, o por ello.

El padre y el hijo de “Luz silenciosa” padecieron ambos del mal de amar al mismo tiempo a dos mujeres. Al padre, Dios le dijo que debía renunciar al amor prohibido. Al hijo, el demonio le colocó en las manos lo que Dios no le dijo.Desde que tuve la fortuna de verla, no he parado de recomendarla. Este fin de semana quise verla otra vez. “Luz silenciosa” es de esas películas que se pueden o deben ver al menos en dos ocasiones, para ir descubriendo en cada escena, en cada cuadro, en cada luz y aún entre las sombras, el reflejo de lo que antes vimos. Como el juego de los espejos. O como el amor que se goza y se extiende, camina, avanza y se empeña en buscar lo que nunca será. Y como Carlos Reygadas consigue hacernos sentir, se clava en los sentimientos de quienes disfrutamos de su arte. Un arte capaz de transmitir que la vida es el deseo de vida, su pulsación. La única forma de vencer a la penumbra que habita en la muerte, como las gotas de cera encendida que en ocasiones caen, como lluvia, dentro nuestro, ahí donde nace la sombra.

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martes, mayo 8

El violin de la memoria

El silencio cubre como una nube transparente las miradas de los campesinos. El silencio en la montaña, sobre la rama de un árbol, encima de los caminos de tierra y del asfalto, en las piernas que huyen hacia el silencio donde la calma se apodera de los niños y de las mujeres y los abriga. Y donde el sonido de un violín no quiebra ese silencio. Al contrario, lo extiende, lo protege, lo resguarda del día en que se acabe la música.


Varias personas salieron llorando de la sala de cine donde se proyecta “El violín”, de Francisco Vargas. Es extraordinaria, dijo una mujer, pero dura, muy dura. Su compañero intentó comentar algo, pero se le quebró la voz y enmudeció. Algo tiene “El violín”, más allá de la crudeza de la historia. Algo que recorre las venas, que proyecta calor en las pupilas y despierta antiguas cicatrices. Cicatrices del alba.

La noche que fui a ver “El violín” soñé que la Ciudad de México estaba vacía. Nadie en sus calles. Ningún automóvil, camión, turibus, bicicletas, nada. Ni siquiera vendedores ambulantes, cantantes, carteristas, violinistas, niños de la calle, carritos de elotes, danzantes, curanderos, nadie. Lo que más me angustió fue la ausencia de palabras. Si no hay palabras, no habrá escritura, pensé en mi sueño y me pasé toda la noche buscando un par de vocales, tres consonantes, algún verbo. Cualquier cosa que sirviera para escribir que el origen de todo, aún el origen de la música, es el vacío de palabra. Escrito lo anterior, el silencio recobraría su sentido.

El amigo con el que fui al cine salió también muy conmovido. Pero fue una conmoción diferente la suya, más íntima. Lloró por dentro y por fuera. Lloró los rostros de los campesinos y la mugre en sus camisas rotas, sus pies descalzos, el hambre en los labios cerrados. Pero también la mirada encendida de los niños, sus voces como de río, sus manos y sus sonrisas de viento. De viento y barro. Así es el campo de México, de norte a sur. Las mismas arrugas sobre la piel sin edad, las escuálidas milpas, las piedras, las rocas, la sonrisa desnuda, sin tapujos, el olor a leña en la comida, en el café, en el queso envuelto, en las tortillas, recordamos al salir del cine mi amigo y yo. Y recordar en ocasiones, desata el llanto. En el campo de México todo es igual a si mismo. Todo lo que está presente es real, tangible, está vivo. Por eso en el campo de México todo es memoria.

En la ciudad nos tropezamos frecuentemente con el olvido. Y aceptamos su mano tendida. Y vivimos así, de la mano del olvido. No volvemos a recordar los rostros, las miradas, los pies, los olores a leña, la sonrisa, los trapitos que cubren el cuerpo de los niños en el campo. Los trapitos que duran y duran, cómo decía mi bisabuela cuando se negaba a tirar alguna prenda mil veces utilizada. ¡Qué durar de trapito!, alzaba la voz y cuando confirmaba que alguien la estaba escuchando continuaba:

¡Qué durar de trapito!,
primero nagua blanca mía,
después calzón de mi marido,
luego pañal del niño y ahora
servilleta de mi tortilla.

Mi bisabuela se parecía a Plutarco Hidalgo. Tenía las mismas arrugas en el rostro, las manchas de tiempo en la piel, el color de un sol anterior a este tiempo. Tenía la manía de contar historias antiguas para protegerlas de la muerte, como Plutarco. Solo que mi bisabuela no era violinista, ni perdió una mano, ni tenía un hijo Genaro y un nieto Lucio. Pero como Plutarco Hidalgo, que en realidad se llama Angel Tabira, estaba convencida de que vendrían tiempos mejores. No era de las que decían que todo tiempo pasado fue mejor. Nunca se le ocurrió. Vendrán tiempos mejores, a su tiempo, decía una y mil veces y luego callaba por un largo periodo. O dos. Pensaba que el silencio, si se sabe sentir, teje forma a la memoria.
Mi bisabuela nunca viajó en avión. Tampoco lo había hecho Ángel Tabira hasta hace poco cuando tuvo que subirse a uno para recibir el premio que le concedieron en el Festival de Cannes como mejor actor, sin haber sido nunca actor. Me pregunto si viajó con su violín o si lo dejó enterrado en su milpa y cubierto con un trapito. Me pregunto con quién habrá platicado sobre su pueblo y a quién le contó que aprendió a tocar el violín a cuerazos. Quizá se encontró con alguien que vivió, como él, una infancia en la miseria. Y tal vez, solo tal vez, pudo convencerlo de aprender a sentir el silencio. El silencio que se tiende como una nube sobre la memoria. Y que protege el sonido de un violín y a la palabra. El silencio que nos hace recordar que recordar provoca el llanto. Pero tal vez, solo tal vez, ayude a evitar que se acabe la música.

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