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miércoles, julio 2

De cuando el Zócalo recuperó la memoria

A Alejandro Aura

Lo hicieron los que estuvieron antes, pero él fue el primero en hacerlo para los que estamos hoy aquí. Lo hizo para los que creemos en el canto, en el arte, en los libros, en la lectura en voz alta, en las palabras que vuelan, como aves sin máscara, por las calles de la ciudad de México. Y lo hizo también para él: para poder continuar el vuelo. El vuelo que le levanta el alma y con ella se alza la nuestra.

Alejandro Aura tuvo la generosa ocurrencia de recuperar la mayor plaza pública de la ciudad: el Zócalo. Y lo primero que hizo desde el entonces Instituto de Cultura de la ciudad, fue organizar hace ya 10 años, un baile público con Celia Cruz. No se cobró nada, ni un quinto. La gente, cuando se enteró del baile, creyó que Alejandro había enloquecido. Que no era posible, que eran puros inventos de un poeta que salía en televisión con una bola de mujeres y que tenía una voz de seductor que daba vértigo. Además costaba creer que la mismísima Celia Cruz en persona se presentaría en el Zócalo. Y sí, claro que fue. Y puso a bailar a todos los que sí creyeron que la iniciativa era real y a los que lo dudaban, pero se dieron su vuelta, por si acaso la reina de la salsa se aparecía en la explanada.

Después de ese concierto ya nadie lo puso en duda: Alejandro Aura era capaz de todo. Los capitalinos pudieron escuchar gratis a Manú Chao, Café Tacvba, Chavela Vargas, Madredeus, Willie Colón, entre muchos otros. Y luego comenzó a llevar incluso a grandes escritores como José Saramago, el Premio Nóbel portugués de Literatura que todavía a estas alturas no puede creer que en el corazón de la ciudad de México tuvo la presentación con más audiencia de su historia. Y todo al aire libre, frente al Templo Mayor y la Catedral. Frente a la historia que cuenta lo que fuimos y la que nos recuerda lo que somos. La gente, cuando escuchó que había un escritor famosísimo, se fue arrimando a enterarse qué era eso de presentar un libro. Y se quedó durante toda la tarde escuchando la palabra de uno de los escritores que mejor conoce el significado de la dignidad.

Pero Alejandro no se conformó. Al rato ya estaba organizando ferias del libro, fiestas populares y exposiciones, lo que transformó totalmente al Zócalo. No es exagerado decir que en esos tiempos la plaza fue el centro cultural más grande del país. La cultura entonces se colocó otro rostro, al tacto de la gente en la calle. En la calle de todos.

Los hombres y mujeres de antes ya lo sabían. Pero Alejandro le recordó a todos los habitantes y visitantes del Valle de Anáhuac de hoy, que las calles y las plazas no son propiedad de nadie, por que son de todos. Fue su pura voluntad la que le tiró un balde de vida al Zócalo y, aunque a los artistas e intelectuales les pagaban poco, realmente muy poco, no les importaba. Ellos se sentían parte de esa locura de Aura de tomarse por asalto las calles y plazas de la ciudad, utilizando como arma a la cultura. Su ganancia era un notable incremento en sensibilidad. En la de ellos y en la de la gente que acudía a verlos al Zócalo, a convivir con ellos y con los otros, prácticamente cada fin de semana. Cuentan que cuando se presentó Café Tacvba, la plataforma de la plaza comenzó a moverse igual que los postes de luz de los alrededores. Algunos entraron en pánico, convencidos que se trataba de un temblor. Pero no, fue la consecuencia directa de los saltos que daban los cientos de miles de personas que escuchaban al grupo. Literalmente, entre Café Tacuba y su público, cimbraron el primer cuadro de la ciudad. Un cuadro de vida sobre las entrañas de agua de la plaza.

Este domingo por la mañana le llamé por teléfono a Alejandro Aura a su casa de Madrid. Una casa de luz, una selva de energía y aromas. Pero Alejandro este domingo estaba triste. Cansado. Sin ganas de cocinar ni comer ni leer ni nada. Cansado de darle día con día la batalla al maldito cáncer. Al colgar le llamé a Enrique Strauss, su cuate de toda la vida, para poder pronunciar en voz alta mi tristeza. Y Enrique Strauss le llamó para recordarle que debe otra vez alzar el vuelo, porque cuando lo alza se levanta su alma y con ella, vuela la nuestra. Y que nos hacen falta las flores que le salen de la mano cuando se pone a crear.

Después de hablar con Enrique, me llegaron una tras otra, cientos de imágenes de lo que ha hecho por la ciudad, Alejandro. Las exposiciones, el Faro de Oriente, la promoción de la lectura y miles más. Y me dieron ganas de leer alguno de sus poemas en los que expresa, como pocos poetas, lo mucho que quiere a su ciudad. Entonces encontré el poema en el que nos cuenta que los bienes de la ciudad fueron hechos por los que estuvieron antes y por nosotros/como flores nos salieron de las manos/todas estas casas y estas calles/y estos líricos hilos de la luz/Y este humo espeso/que nos volvió ciudad de llanto.

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martes, mayo 1

Quinceañeras en el Zócalo

De no haber sido por la tiricia, me hubiera gustado mucho celebrar mis quince años en el Zócalo de la ciudad de México. Hubiera disfrutado intensamente bailando mi primer vals con algún chambelán de camisa almidonada, como lo hicieron este sábado 180 jóvenes mexicanas. Me imagino posando para la foto del recuerdo en el Ángel de la Independencia y entrando al Zócalo trepada en el segundo piso de algún turibús. Pero cuando cumplí quince años no existían los turibuses, ni tomaban fotografías en una carroza de terciopelo, alrededor del Ángel. Tampoco estaba de moda utilizar al Zócalo para ese tipo de celebraciones. Y lo más seguro es que no me hubiera atrevido a salir a la calle con uno de esos vestidos enormes, atiborrados de encajes y crinolinas. Ni siquiera se me ocurrió ir a comprar al centro mi atuendo, ni soñar con tener chambelanes o un pastel rosa de tres pisos. Aunque fiesta tuve. Una fiesta moderna con música de rock y ningún vals. Recuerdo que la disfruté, pero también recuerdo ese día como el primero en que me dio un severo ataque de tiricia.

Si no se atiende la tiricia mata, solía decir mi bisabuela que distinguía a la perfección cada una de las formas de la tristeza. La tristeza que nutre, la que devora, la tristeza que arropa, la que desnuda. La tristeza del amor y la del desamor. La que se tiende en el vientre por las mañanas y la que nunca se queda quieta. Ni se espanta cuando advierte su propio temblor. La tiricia, si arremete sobre un espíritu débil, hiere, deja huecos por dentro, nos avienta a la tierra de nadie. Y en ocasiones mata, insistía mi bisabuela sin que le hicieran mucho caso. Solo yo solía mirar sus palabras de luz.

Hay quien dice que la tiricia es más cosa de niños y de mujeres. Un amigo médico me dijo que a su consultorio le llegaban decenas de casos de niños con tiricia, o al menos eso le decían a mi amigo las madres de las criaturas. El les preguntaba qué era eso de tiricia. El desgano doctor, la tristeza seguida del berrinche, la falta de fuerza en la voz y en la forma de mirar al sol, le decían. Mi amigo los curaba con miel de abeja o vitaminas. O se inventaba un método para hacerlos reír. Si era tiempo de mucho calor, sugería que no subieran a los chamacos a las hamacas ni a las mecedoras y que si lo hacían, les echaran viento con un abanico. Mi bisabuela me contó de un hombre adulto que murió de tiricia. No se sabe cuál fue el diagnóstico de los médicos, pero antes de morir se le veía muy abatido, como si le hubieran robado los músculos de las piernas. De tanto estarse quieto, se le fue debilitando el alma hasta que ya no le quedaron ganas de vivir. También me platicaron el caso de un médico español que durante la guerra civil vio morir a sus pacientes más de tiricia que de sus enfermedades. Y en otra ocasión supe que los habitantes de un pueblo de la sierra de Oaxaca se dieron un día a la tarea de cortar cactus. No hacían otra cosa que cortar todo tipo de cactus. Hasta que no dejaron uno solo. Cuando alguien preguntó la causa explicaron que los cactus le roban energía a la gente y hacen que le de tiricia. De tiricia había muerto un anciano del pueblo.

A mí me dio un ataque de tiricia a los quince años. Después me han dado varios más, pero el que más adentro me invadió fue el que me dio a los quince años. El primer síntoma fue la nostalgia. Más que tristeza, sentía nostalgia de vivir sin escuchar los gemidos de la tierra. Sin ver sus heridas. Sin que me doliera la desolación, el hueco en las palabras, el abandono. Después me invadió una necesidad fiera de llorar. Y lloré. Lloré en cada rincón de mi casa, en los callejones, debajo de las sillas y de las butacas de los cines. En el baño de la escuela lloré y lloré, sin saber exactamente qué diablos lloraba. Hasta que me senté frente al papel en blanco, en busca del remedio.

La escritura me curó en aquélla ocasión la tiricia. Supe por la mía que las mujeres lloramos de amor. Cuando amamos y cuando no amamos, también lloramos. Antes y después de amar, lloramos las lágrimas solitarias, sin semblante, sin lema que las identifique, porque no tienen sonido. Son la orilla del silencio. Donde nada hay que pronunciar, nada qué declarar, sino el llanto.Más o menos eso fue lo que escribí cuando me curé por primera vez de la tiricia. Después supe que no todas las mujeres lloramos por las mismas causas. Aunque el llanto primero tiene casi siempre las mismas características. Nos atrapa a mitad del camino y nos detiene el cuerpo.

También supe que cuando amamos de alguna manera espantamos la parte de la tiricia que causa pereza. Aunque nos quede la tristeza encima. Y la nostalgia.Cuando vi a las quinceañeras en el Zócalo este sábado sentí nostalgia. De no haber sido por la tiricia, me dije, me hubiera gustado bailar mi primer vals entre el Templo Mayor y la Catedral con el más guapo de todos los chambelanes. De haberlo hecho, quizá habría evitado la tristeza que desde que cumplí quince años me causa escuchar los gemidos de la tierra. De una tierra que llora de amor y hiere. Como un mito. Como cualquier historia escrita tan solo por la urgencia de inventar como método contra la inanición y la muerte. Y quizá también hubiera sido capaz de inventar la historia de un grupo de 89 quinceañeras que al celebrar sus quince años en el Zócalo de la Ciudad de México irradiaron tal cantidad de energía que consiguieron erradicar del mundo la tiricia. Y el dolor que provoca escuchar los aullidos de la tierra

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