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jueves, octubre 23

Carlos Fuentes y el dolor de creer

“Arrastraban los cuerpos y las cabezas (…)
una montaña de cabezas mirándose sin verse allí.
Como se cansaron de decapitar
a los demás nos dejaron afuera”
(Carlos Fuentes en “Todas las familias felices”)

Que es el novelista de la burguesía; que él mismo parece un empresario de alcurnia; que tiene unos modales exquisitos, habla cuatro o cinco idiomas, ha viajado por el mundo desde que nació y por si algo faltaba tiene un excelente gusto. Todo eso escuchaba yo decir de adolescente en la sobremesa de la casa de mis tías. Se referían a Carlos Fuentes. Hablaban más de él que de su obra, por lo que yo crecí convencida de que, en el mundo de mis tías, el escritor estaba siempre en un segundo plano, y en el hombre, en cambio, estaba la vida, la atracción, el objeto mismo del deseo, ya un poco marchito, de mis tías.
Cuando lo conocí comprobé que en efecto, es un hombre gentil. En las no se cuántas conferencias o ruedas de prensa a las que asistí en diversos países del mundo, siempre comenzaba la sesión de preguntas con México. “Que comience México”, decía Fuentes y me señalaba con su sonrisa azul, una sonrisa que parecía feliz.

Terminé de leer hace poco Todas las familias felices, su más reciente libro de cuentos. No he dejado de recomendarlo, se quedó como hilvanado en mis manos; no consigo soltarlo de mis conversaciones ni de mis sueños. En la calle, en el Parque Hundido, en la carretera que conduce a los volcanes, en la que va al Desierto de los Leones, en Tepito, en los ojos de los niños desamparados, en los cuerpos de las madres que paren a golpes en las calles, en un cabaret cercano al Monumento a la Madre, en todos estos sitios rondan los personajes de Carlos Fuentes. Un Carlos Fuentes que conoce tan bien su ciudad que no puede dejar de amarla, aunque la odie, aunque la deteste, aunque le tenga rencor.

Hay rencor en Todas las familias felices. Hay rencor no sólo a la violencia callejera, sino a la que ejercen los poderosos, los jóvenes que viajan a Las Vegas, los que se sienten con el derecho a poseer a todas las mujeres que miran. Lo hay también en los sacerdotes que viajan, de pueblo en pueblo, acompañados de una niña. Hay rencor, pero sobre todo hay denuncia. Una denuncia que transgrede la ficción, que dispara olores pestilentes, que hiere, que hace sangrar al alma.

Todas las familias felices es un libro valiente. Para el escritor y también para el lector. Es como tener un cirio encendido en la montaña, es ver a la llama cambiar su forma con el viento. Y aguantar. Seguir leyendo hasta el final las historias de muerte y de vida en lmedio de la muerte a las que siguen los coros que Fuentes creó por si faltaba algo, por si no había sido suficiente, por si todavía uno pensaba que era posible terminar de leer uno de los cuentos y quedarse tan tranquilo. No. Da uno la vuelta a la hoja y se encuentra, por ejemplo, con el coro de las familias del barrio que cantan las palabras escritas con voces invisibles. Los niños de la calle que corean las historias de todos los que nacieron en la calle, los que fueron paridos en la calle, porque la calle, dice Fuentes, “es el vientre, los riachuelos, nuestra leche, los basureros nuestro ovario”. Los niños que cantan en la palabra escrita de Fuentes son limpiaparabrisas, franeleros, mendigos, rateros, niños abandonados que viven como pueden y que mueren como pinches cucarachas.

Es un libro valiente el de Carlos Fuentes. Es atrevido también porque hurga en la memoria enterrada. Y consigue que renazcan horrores antiguos, inhumados casi, en el olvido. Entre un cuento y otro salta de pronto El Salvador de los años 70 y 80. El Salvador de los cuerpos tirados en las calles, decapitados. El de los 300 asesinados con fusiles del ejército en las puertas de la Catedral. El Salvador de los niños con las cabezas cortadas a machetazos, el niño sobreviviente que mira la cabeza de su madre atada a una verja. El Salvador que quiso creer en que era posible hacer a un lado el horror y aprendió a empuñar al horror. A hacerlo suyo, a llevarlo prendido años después, en el tatuaje de la piel de sus hijos, las Maras Salvatruchas, las maras madres de todas las bandas. Las maras sin madre.

Hay que agradecerle a Fuentes que nos recuerde lo que sucedió en El Salvador, pero hay que leer despacito, uno a uno, los cuentos y los cantos de Todas las familias felices. Y sobre todo hay que atrevernos a mirar a cada personaje a los ojos, hablarle, arrojarle todo tipo de preguntas sobre su boca abierta y bucearle el alma hasta encontrar el espejo.

Todas las familias felices es también un espejo. El espejo que Fuentes desentierra y coloca frente a México. Un espejo que denuncia sí, pero que también anuncia lo que ya está aquí y lo que está todavía por venir. Para que nos atrevamos a alumbrar la sombra de las palabras. Para que nos atrevamos a enfrentar el reto de seguir creyendo. Aunque el dolor nos reviente la esperanza.

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miércoles, octubre 8

La llorona de Chavela en las calles de la ciudad

Ya se desgració todito, nos dijo con voz firme Chavela Vargas, mientras escuchábamos los testimonios de los familiares y amigos de las víctimas de la violencia que participaron en la marcha que iluminó la mayor plaza pública de México el último día de agosto de este año 2008. ¿Cuándo comenzó?, ¿en qué momento se dejó sentir la violencia?, ¿hace 15 años?, ¿hace 20?, le preguntó a Chavela un adolescente que no recuerda haber jugado nunca futbol ni canicas ni patinado libremente en las calles de su ciudad.
Comenzó el día en que la gente dejó de mirar hacia adentro, respondió Chavela. Adentro de uno mismo, donde antes estaba la cura de todos los males. Y ahora es, para muchos, solo un obscuro vacio. Nada más.
Chavela Vargas no asistió a la marcha. Pero la siguió atentamente por televisión. Parecía triste. Triste de ver cómo todito se desgració, y triste también porque dice que ella ya no verá nunca otro México. El remedio, si lo hay, será costoso, largo, escurridizo. No será fácil que le abran la puerta al remedio, si acaso alguien lo encuentra. Se acabarían los privilegios, el dinero fácil, el batallón de sirvientes, la reserva de escuderos. Se acabaría la impunidad y con ella, aquellos que la llevan enfundada en la cintura. Estallarían.
Chavela Vargas no le achaca la responsabilidad de tanta violencia a nadie. Se la atribuye a todos. O a casi todos. A los presidentes que llenaron de corruptos sus gobiernos. A los funcionarios que exigieron a sus subalternos ingresar a las filas de los deshonestos. A los deshonestos que repartieron la parte que les tocaba del negocio a otros subalternos. A quienes guardaron y guardan silencio, cierran los ojos, voltean su mirada. A quienes arrojaron a los infiernos su capacidad de indignarse. A los que justifican el abuso, las violaciones, la violencia.
Antes, cuando Chavela Vargas era joven, solía recorrer con una multitud de amigos las mismas calles que recorrieron los manifestantes. Solo que no iban vestidos de blanco. Ni llevaban velas. Ni habían sentido nunca los efectos que causa la inseguridad. Solían reunirse en El Ángel y de ahí se iban a comer a lo que hoy es La Fonda de El Refugio. Ya bien comidos y mejor bebidos, entraban al mercado para contratar a la banda de música. Y toda la tarde y gran parte de la noche, caminaban por Paseo de la Reforma, cantando, bailando, riendo la risa pura, sin miedo, limpia como una veladora blanca. Transparente, como el viento que abre el camino a los sueños.
Fue como un sueño, me dijo Jimena de 13 años al día siguiente de la marcha. La busqué para que me contara cómo se sintió en la manifestación, qué sintió, qué miró, qué pensó. Jimena apenas podía ordenar sus frases, quería decirlo todo al mismo tiempo. Jimena que lleva dos años en una institución de apoyo a niñas de la calle, se sintió plena en la marcha. Satisfecha, feliz, íntegra, Jimena gritona sacó en pleno Zócalo todo lo que hace tiempo no podía ni siquiera pronunciar y le estorbaba, le lastimaba, le quemaba casi, me confesó. Lo dije todo, me dijo. Todo lo que ha sentido durante los últimos años, aún estando ya dentro de la institución. Dejó salir su miedo; su impotencia, su rabia de no poder ir a la escuela que iba antes, porque ya son varias las alumnas que han sido violadas al salir por la noche de la secundaria. Y porque dentro de la escuela, las niñas venden las drogas que su mamá o sus tíos, sus hermanos, su padrastro, el vecino, alguien les mete en la bolsa del uniforme. Y si no las venden les dan tremenda paliza, les parten la boca a patadas, me contó Jimena, que fue a la manifestación con un grupo de niñas que están con ella en la institución. Niñas como ella que le conocen el rostro a la violencia y que un día fueron rescatadas de la calle por una organización que creyó en ellas. Fue cuando ellas también creyeron en algo, en alguien, en la vida, en sí mismas. Pero ahora, me dice Jimena atropellada, tenemos otra vez miedo. Miedo a que el odio nunca se acabe. El odio le dice Jimena a la sinrazón.
Ya se desgració todito, dijo Chavela Vargas mientras escuchaba el dolor de las víctimas. Después ya no comentó nada. Pasó casi una hora en silencio. Atenta a la palabra, a la luz, al Zócalo. A ese Zócalo que un domingo de hace ocho años, invitada por Alejandro Aura, entonces director del Instituto de Cultura de la Ciudad de México, la escuchó cantar mirando hacia adentro.
Aún quedan almas que reclaman, dijo Chavela cuando terminó la marcha. Después cantó suavecito, una estrofa de “La llorona”. Y volvió a mirar hacia adentro.

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viernes, julio 18

Frontera norte: morir menos

Dicen que la cifra va en descenso. Que ya son menos los que mueren en el intento de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, dar el salto, tratar de respirar, comer, dormir, sin el dolor encajado en los pies, en la garganta, en los ojos asustados de los niños envueltos en rebozos de hambre. Los mexicanos muertos, nos dicen las instituciones oficiales, suman 117 en lo que va del 2008. Una cantidad menor que la que se registró en el mismo periodo del año pasado. La cifra de muertos, nos informan en lenguaje como de guerra. La guerra contra la sensibilidad en la mirada. La ciudad de México está ya en los primeros lugares de la lista. No se sabe exactamente a cuántos de sus habitantes expulsa a diario. Pero después de Michoacán y Guanajuato, se disputa el tercer lugar con el Estado de México.

Los jóvenes abundan. Son fuertes y aguantan más, pero igual mueren. De sed, de asfixia, mueren reventados de sol o congelados. Algunos mueren sin nombre y sin edad. Son los que encuentran después de varios meses en medio del desierto. No se sabe si ellos también son cifras. Las mujeres y los niños. Los niños que, de acuerdo con la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), este año han tenido suerte. No hay en el recuento ningún niño muerto. Quizá no hayan encontrado aún sus cuerpos. O habrán aprendido ya de los que lo hicieron antes. Se van pasando la voz de pueblo en pueblo, de barrio en barrio. Y muchos han conseguido cruzar solos al otro lado. Solos se buscan la vida. Una pandilla de latinoamericanos donde aprender el arte de sobrevivir, un burdel clandestino. Como en una guerra. La guerra contra el vacío.

¿De qué huye la gente?, me preguntó un día mi hijo. Estábamos viendo la televisión cuando apareció un “mensaje del gobierno federal”. No te vayas, te puedes morir, tus hijos te prefieren vivo en México que muerto en otro lado. Miles de mexicanos mueren en el intento, no te atrevas, dice una voz en off. Como animándolos a resignarse, como diciendo quédate al lado de los tuyos, aunque no alcance para comprar los zapatos de los hijos ni para que coman al menos una vez al día. Consíguete un trabajo de albañil, aunque te paguen una miseria, o limpia parabrisas, lleva a tu hijo a que te ayude, que para eso están los hijos. Si no, ¿para qué?

Conversamos con Juanito, el hijo de uno de los albañiles que construyen un edificio cerca de donde mi hijo y yo vivimos. Tiene once años y nunca ha ido a la escuela. Pero él está convencido que es un chamaco con suerte. Su apá lo lleva a la obra todos los días, Juanito ayuda a los vecinos a bajarse de sus coches, les abre la puerta, les carga las bolsas de las compras. Juanito se siente dichoso, lava coches en la madrugada, aunque los porteros de los edificios de la cuadra lo vean mal, dicen que les quita trabajo, Juanito, ese coche es mío, escuché que le gritó la otra mañana la esposa del portero. No te metas en mi territorio. Territorios controlados, como en una guerra.

A Juanito no le importa quedarse sin escuela. Para qué ir, nos explicó a mi hijo y a mí, mi papá dice que nomás le sacan a uno dinero que para la fiesta de la mamá y para el disfraz, para el refresco del Día del Maestro, para el lápiz, otro cuaderno rayado, y mientras la mamá en las esquinas vendiendo chicles o trabajando todo el día en casas alejadísimas del barrio donde viven, dos horas o más de camión, luego el Metro, luego otro camión. Mejor ir a trabajar desde los seis años. A veces incluso de cinco o cuatro años, parados en las esquinas, envueltos en rebozos de hambre. Mientras tengan alguien que los lleve a las esquinas o a trabajar en la construcción, lavando coches, de cerillo en el supermercado donde aprenden a sumar sin saber leer.

Hay otros niños que ni eso. No tienen familia, perdieron a su madre y a su padre cuando se salieron a la calle. Se fueron a buscar refugio a cielo abierto donde estar más seguros que en su casa, aunque corran el riesgo de morir en algún basurero con la nariz pegada de cemento, con los pulmones rotos, con el hígado apuñalado de alcohol. Los cerca de 100 mil niños y adolescentes que viven en las calles de la ciudad. Las calles donde se forman y crecen. Y si sobreviven, si acaso sobreviven, intentarán cruzar al otro lado. En la televisión, mientras tanto, una voz en off seguirá advirtiendo que si lo hacen, se arriesgan a perder la vida.

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sábado, febrero 9

La doble muerte de los niños violados

Escribir las ganas de escribir, la urgencia, el apremio. Escribir cualquier cosa, pero escribir todo lo que puede convertirse en escritura: el agua, el viento, el viento de agua, un muro detrás del árbol, una grieta de luz sobre la alfombra, un chapulín que salta sobre el cristal y atrapa a quien aguarda el momento justo para convertir al chapulín en escritura. Escribir, volver al sentido mismo de la escritura y desafiar. Arrojarse a la nada y crear, aunque desaparecer sea el riesgo. El riesgo que corre por la sangre y la separa.

Anoche soñé que toda yo era escritura. Un invento, una creación de otro sin presencia, una ficción sin dueño. El sueño de otro que en el sueño dibujaba las paredes de una antigua casa repletas de grabados de Toledo. Francisco Toledo de las iguanas y los chapulines quietos. El de los ojos húmedos y la piel de papel. El de las batallas y las voces. En el sueño, los personajes de los grabados podían leerme. Los cangrejos y los borregos, los cocodrilos, las vacas, el burro, la sapa, las escobas, los papalotes todos, se sentaron a leer la escritura que fui en el sueño.

Desperté con ganas de escribir, con urgencia. Escribir cualquier cosa que cobre la forma de la escritura. La luz, la piedra en la ciudad, el templo. Pero eché un vistazo a las noticias del día y vi a dos mil niños y niñas ausentes de mirada. Con menos de seis años en promedio. Violados todos, en el último año, hecha trizas su vida, la poca vida que les tocó vivir. Vivir ya muertos, sin ser. El poder sobre ellos, la ira de otros enterrada en sus cuerpos pequeños de niños y niñas que dejaron de serlo, en el instante mismo del doble crimen.

Los niños y niñas violadas son insomnes, muchos de ellos. Se abstienen de jugar a la pelota, odian la pelota, el afuera. Tiemblan antes de abrir cualquier puerta. Tiemblan y sudan el sudor de la muerte. Algunas veces lloran a escondidas porque nadie les dice que no fue su culpa. Ni curan las heridas de sus cuerpos. Por eso descienden a los infiernos. En busca de un remedio.

Nadie conoce la cifra exacta. Es imposible saberla. No hay quien se atreva a contabilizar la peor infamia. Las organizaciones internacionales y de derechos humanos aseguran que en un año, más de 20 mil menores mexicanos son objeto de abuso sexual, gran parte de ellos en la ciudad. La mayoría niñas. Niñas de tierra y cemento. Veinte mil. Y serán otros tantos los casos del silencio, los que se callan a fuerza de puñaladas de pánico.

Las niñas violadas, cuando crecen, guardan silencio frente a sus hijas. Las agreden, no las toleran. No se toleran ellas mismas. Las perversiones de las que fueron objeto se vuelve en su contra. Soy perversa, se dicen. Perversa como el demonio. Las niñas violadas no tienen salvación, la mayoría. Nadie les arranca el sello. Y reproducen la conducta del verdugo. El verdugo que no se cubre el rostro. Los niños y niñas violados conocen, casi siempre, al agresor. El hermano, el padrastro, un tío, alguien de su confianza, el propio padre. La brutalidad alojada bajo el mismo techo. A la ofensiva.

Hay quien intenta recuperarse. Algunas mujeres de las más de 1.5 millones de mexicanas al año que son víctimas de agresiones sexuales, lo hacen. Lo intentan al menos, lo buscan. No es sencillo. La soledad las asfixia, les corta la palabra. La soledad también de saber que sólo un 5 por ciento de las denuncias penales por violación, alcanzan la sentencia.

No alcanzan todos los menores a vivir después de ser violados. Hay casos de niños que mueren de las enfermedades que el agresor les contagia. Hay otros que mueren sin irse, los que crecen con el dolor sobre los hombros. Pero hay quienes no toleran el dolor y mueren, porque solo la muerte los libera. Se arrojan de las azoteas. O se quedan dormidos sobre una autopista. Para ya no volver a morir. Para no despertar.

Hoy desperté con urgencia de escribir. Con los dedos de las manos temblando de sed. Con los ojos puestos en la ráfaga de luz sobre la sábana. Con la voluntad de desaparecer en la escritura, arrojarme al vacío. Y crear. Pero afuera la vida agoniza. La vida rota de los niños y niñas violadas que cada día son más. Dos o tres más hoy que ayer. Niños y niñas que no sueñan. Que no escriben. Y de los que nadie, o casi nadie, escribe. Da miedo escribir sobre la muerte. Las muchas muertes de los menores violados. Da miedo. Y rabia, repulsión, ganas de no volver a escribir sin tenderles la mano.

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lunes, enero 21

Niños casados

A Clara le da miedo la calle. Por más tiempo que ha pasado ahí afuera, le hace temblar, le desata un dolorcito en el vientre, le arranca los párpados y el sueño. Le da miedo la calle a Clara, pero más dolor le causa vivir en su casa. Regresa de tanto en tanto, cuando el pánico la quiebra, pero más temprano que tarde la calle otra vez la llama. El horror de los insultos y los golpes, abre la puerta al otro horror.


Clara tiene 13 años y se acaba de casar con Juan de 15. Juan, que compartía con Clara el dolorcito en el vientre, la soledad anudada en los dedos, la sed. Se conocieron en la calle hace dos años. Se acompañaron, compartieron cobija, comida, miedos. Un día amanecieron abrazados en el interior de un edificio en construcción. Y decidieron casarse, como lo hace cualquier persona adulta. Eso es lo que quieren, ser exactamente como el resto del mundo. El mundo, que desnudo exhibe sus fisuras. Su piel agrietada.

El número de niños que contraen matrimonio no para de crecer. En la ciudad de México y alrededores es donde se da con más frecuencia este fenómeno. Le siguen los estados de Veracruz y Chiapas, ahí donde la marginación y la pobreza se extienden a sus anchas. Los analistas y estudiosos del tema están alarmados. Les preocupa que los niños abandonen la escuela, que se separen de su familia a tan temprana edad, que se relacionen con personas mayores, les alarma la explotación y abuso sexual que esta situación pueda generar. Les preocupa de los niños exactamente lo que ya padecen. Casados o en unión libre, de 13, 16 ó 10 años, saben lo que es estar lejos de los padres y de las escuelas. Le han visto el rostro al desamparo. La orfandad, sólo ella los arropa. No todos los que recurren al matrimonio, naturalmente, pero sí en su mayoría. Son casi todos niños del abandono. Niños y niñas que encuentran en su pareja, el reflejo más claro de su rostro, un sereno espejo de su alma. Su imagen intacta, la única.

La ONU, a través del Comité de los Derechos del Niño, ha pedido al gobierno de México que aumente la edad mínima para contraer matrimonio y que sea igual para mujeres y hombres. Los códigos civiles de 25 entidades, establecen 16 años como edad mínima en el caso de los hombres, y 14 años en el de las mujeres.

Solamente en Guerrero e Hidalgo se exige que ambos contrayentes hayan cumplido ya los 18 para poder casarse. En países como Alemania, la edad establecida es de 21 años. En muchos estados de Estados Unidos la mínima es de 16 para los hombres y 18 para las mujeres. Pero antes de los 21 tienen que contar con la autorización de los padres. En Italia las exigencias son mayores: si no se han cumplido los 25 años, no pueden casarse sin que sus padres les concedan la luz verde. Veinticinco años, la edad en que un elevadísimo porcentaje de mujeres mexicanas ya han dado a luz a cuatro hijos. O más. La edad en que las mujeres mexicanas, casi todas, han recorrido de punta a punta la vida. Le han peinado el cabello embravecido, le han secado las lágrimas, bordado la sonrisa, le han remendado el vestido a la vida.

Hay gente que se casa por amor. O por creer en el amor. Otros lo hacen por conveniencia, por seguir el mudo ritmo de la historia, por darle un hogar al chamaco que viene, por intereses económicos, porque no se les ocurre otra cosa, por el temor que provoca la gente soltera. Pero hay otros que se casan movidos por el mismo dolor, el mismo infierno enterrado, como aguijón, en las uñas. Y si fracasan, si se separan, si se engañan, se maltratan o huyen otra vez al sitio del encuentro, nada tendrá que ver el matrimonio a destiempo. Nada. Como no tiene que ver el hambre con la edad. Ni la miseria, ni el engaño. Ni el vacío que se genera cuando una niña muere de hambre.

Los niños que se casan no son todos niños de la calle, como Clara y Juan. Hay algunos hijos de campesinos que casados trabajan mejor en la comunidad. Hay otros cuya familia goza de mediano o alto nivel económico. Son niños mayores. Niños enamorados. Niños de tierra, niños perdidos en un mundo de adultos. Niños con piel de niños. Un grito que puede tocarse.

Clara y Juan no me invitaron a su boda. Todavía no los conocía. Pero me la contaron con tanta precisión que puedo jurar que sí fui. Clara y Juan se casaron con muy pocos invitados. Sin pastel de boda. Sin banquete, meseros, vino tinto, champagne. Lo que sí no faltó fue la música. La música que le prestó a Juan un amigo de ambos y que junto con otros niños y niñas de la calle, les sirvió para bailar hasta que el sol invadió aquél edificio en construcción, donde Clara y Juan un día despertaron abrazados.

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domingo, diciembre 9

Los patines nuevecitos, nuevecitos

Una madrugada de hace no mucho tiempo, alguien me preguntó cuál había sido mi primer dolor. En qué parte de mí lo había sentido, en qué país, en qué esquina de mi piel, en qué vena. Alguien me preguntó en qué rincón de mi memoria se aloja mi primer dolor. La pregunta me conmovió, me desgajó, me quitó trozos, los pocos trozos de corteza que aún me cubren. Tardé unos minutos en recobrar el habla y me dispuse a responder. El problema fue que al intentar pronunciar la primera sílaba desperté. Alguien, ese alguien que me preguntó cuál había sido mi primer dolor fue un intruso. Un intruso que sin advertencia alguna, se coló en mi sueño.

No le di demasiada importancia. Un sueño más interrumpido por la incolora realidad de despertar. Nada más. Para mi fortuna o desgracia, imaginar siempre ha sido mi gran, mi grandísima manía. Imaginar que no existimos y que por ello somos. Un recurso, una herramienta, un viento limpio que oxigena la vida. La vida atrapada en una grieta desde la cual asoman los ojos cerrados de la vida. Y aún somos capaces de mirarlos.


Una tarde de hace no mucho tiempo, alguien me preguntó cuál había sido mi primer amor. En qué parte de mí lo había sentido, en qué país, en qué esquina de mi piel y mi memoria se aloja mi primer amor. El despertar, el batir de las alas, el baile, el inaudito e indómito baile íntimo, invasor, arropador. La vida y la muerte dispuestas a nacer en el amor. En el primer amor que aletea en el cuerpo.

Un viernes, el pasado viernes fue, dicen, el peor viernes. El de más intenso tráfico en la ciudad de México. Un viernes de quincena. Un viernes a punto de diciembre. Un viernes de marchas, compras, manifestaciones, quejas, gritos, invitados. Un futbolista brasileño entrado en años que entró a la memoria de todos o casi todos los mexicanos. Pelé, el rey Pelé agradece que lo reciban con honores, que lo mimen. Agradece que no lo olviden. Ni siquiera aquéllos que nunca lo conocieron. El zócalo está lleno de niños. No llueve. Y Pelé parece llorar por dentro las lágrimas que le permiten conservarse joven. Sin que la soledad de anciano le quite aún el temblor en el cuerpo.

Llora por dentro y por fuera Rufino. Dice que se llama Rufino, pero no está seguro. Recuerda el nombre por su abuelo y se lo apropia. A su padre no lo conoce. No cree que se llame Rufino. No cree que tenga nombre su padre, como no lo tienen las cosas que desconocemos. Cuenta con otras palabras las palabras que escribo y llora. Por dentro y por fuera. Fue a ver a Pelé al zócalo. Se enteró por unos amigos que como él ganan diez, veinte, cien pesos al día rogando a los rostros detrás del parabrisas un segundo nada más para limpiar el vidrio. Un segundo, suplican.

A Rufino sus amigos le dicen Rufián y a él no le duele. Más bien prefiere que le pongan un nombre inventado a su nombre usurpado. Rufián de las películas, me dice. Y se va abriendo paso entre la multitud para ver salir a Pelé del edificio del Ayuntamiento donde el jefe de Gobierno le entregó una medalla y las llaves de la ciudad. Por haber estado cerca de los mexicanos. Por sonreír con la mirada, y supongo que también por haber sido el mejor futbolista del mundo.

Después de él ¿quien sigue?, me preguntó Rufino Rufián y no supe que responderle. Chin. Me quedé pensando en todo el tiempo que he gastado persiguiendo algo que no quiero. Y en que al final casi todas las personas somos otras personas, como decía Óscar Wilde. La vida de los otros, somos.

A Rufino Rufián nadie le ha preguntado cuál fue su primer dolor. Ni dónde lo sintió, en qué país, en que rincón de sus entrañas, en que esquina, en cual de sus múltiples soledades, golpes, patadas, gemidos, alaridos. En qué hueso quebrado a patadas por un amante de su madre sintió el primer dolor. Hace años cerró la puerta de su casa. Y apenas va a cumplir los trece. Y este viernes vio al mismísimo Pelé en persona. Y lloró por dentro y por fuera, seño, seño vi a Pelé, me dijo, me jaló la manga de mi saco, me zarandeó, me hizo reír.

Ignoro si Rufino Rufián fue este fin de semana otra vez al zócalo. Me dijo que lo haría. Que se formaría para ser de los primeros en ponerse los patines nuevecitos y entrar a la pista de hielo. ¿Es cierto que es la más grande del mundo?, me preguntó. La más, la más, le respondí y me hizo que le contara historias de otras pistas de patinaje en otros países que no sabe dónde están ubicados, ni cómo se llega a ellos, ni que idioma se habla. Una vez vio en la televisión a una pareja que patinaba mientras se daba de besos, me contó Rufino Rufián, sorprendido de la habilidad de la pareja para amarse sin caer.

A Rufino Rufián nadie le ha preguntado cuándo sintió el primer amor, en qué trozo de su cuerpo lo percibió, en qué calle, bajo qué puente, en qué patrulla, en cual de todas las instituciones donde lo han llevado y de las que una y otra vez escapa. Escapa a las calles donde sus amigos siempre lo esperan. Sus amigos que lo enseñaron a limpiar parabrisas y con los que, cuando ya no aguanta el hambre, roba una bolsa de papas fritas, un gansito, cualquier cosa, de la tienda de enfrente. O aspira fuerte, fuerte, el pegamento; para aguantar el hambre, para soñar al lado de sus amigos de la calle con los que, me dijo, iría este fin de semana al Zócalo para entrar a la pista más grande del mundo y ser de los primeros en ponerse los patines nuevecitos, nuevecitos.

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lunes, diciembre 3

Chavela Vargas y otras formas de salvar a la vida

Ha cantado en el Carnegie Hall de Nueva York, en el Olympia de Paris, en el Albeniz de Madrid, en los más reconocidos teatros de Valencia, Bilbao, en el Palau de Barcelona. Ha ido a un sinnúmero de festivales internacionales. Se ha presentado en el Zócalo, en la Alhóndiga de Granaditas durante el Cervantino, en el Palacio de Bellas Artes, en el Teatro de la Ciudad, en el Teatro Degollado de Guadalajara, en el Diana. En Argentina cantó sin cobrar, el boleto de entrada al concierto fue un libro. En Sevilla estuvo en la Maestranza y en la Bienal 2004, junto con la bailaora Sara Baras. Una noche le cantó a los granadinos y a Federico García Lorca en la huerta de la casa que fuera del poeta. Chavela Vargas ha estado en los escenarios más reconocidos del mundo. Pero nunca en el Auditorio de la Ciudad de México. Lo hará por primera vez el 4 de diciembre. Sin nada más que dos guitarras, sus músicos que tan bien la conocen. Que saben por donde vendrá la próxima nota. Que conocen el momento preciso en que la silenciará. El instante exacto en que sin previo aviso ni lógica alguna, bajará el tono. Sus músicos que adivinan lo que Chavela Vargas inventa en el escenario, con el único fin de atraer a su público. Y arrancarle la corteza del alma.


A Chavela Vargas no le da miedo nada. Menos presentarse en el Auditorio de la Ciudad de México. En varios escenarios ha juntado a más de diez mil personas. Lo hizo en el Zócalo, en la Alhóndiga de Guanajuato. Y en muchos otros teatros lo habría hecho, de haber el espacio. En Granada, por ejemplo, solo cabían unas mil personas. Pero la gente sitió la Huerta de García Lorca y una multitud guardó silencio para escuchar su canto. Así que yo no creo que le tema al Auditorio. Aunque será, eso si, un reto. A sus 88 años, uno más.
Cuando entrevistan a Chavela Vargas siempre le preguntan qué es lo que sucede cuando canta. Qué diablos hace para que el público llore. Las mujeres, los hombres, los niños lloran cuando escuchan el canto de Chavela Vargas. Ella dice que les recuerda la soledad del mundo. Su soledad. Pero el llanto es dulce. Un llanto de dolor suave, como el tener nostalgia de algo que nunca hemos visto. Nostalgia de una ausencia ignorada.
Chavela Vargas me recuerda a mi ciudad. La misma dureza, igual fuerza, tristeza, intacto el dolor, idéntica la ternura, el deseo de vivir, la rabia. La rabia de saber que la muerte ha salido de su madriguera; de ver al mundo herido. A las calles, las palabras, los veranos, las miradas heridas. Y la necesidad de crear, también herida.
Cuando canta Chavela Vargas la gente vuelve a sentir que es capaz de sentir. Que tiene tiempo de hacerlo, que puede, que debe recordar su soledad. Y desde ahí creer, crear, llorar, maldecir, amar. Vivir.
El concierto se llamará “Gracias México”. A México Chavela le agradece la intensidad de su vida. Sus calles, sus amigos, sus sueños, sus dolores. Le agradece haber conocido a los intelectuales mexicanos de la post revolución, a las mujeres más bellas, a Trosky. El haber hecho amistad con Diego Rivera y Frida Kahlo, sus parrandas con José Alfredo Jiménez, los miles de litros de tequila que se bebió, las crudas curadas con otro tequila. El haberle dado vida a la Macorina que murió en Cuba. El haber leído Pedro Páramo. A México Chavela Vargas le debe la vida.
La vida que a veces se empeña en voltearnos la cara. En esconder su verdadero rostro, en apuñalarnos la confianza que teníamos en ella. En voltear al revés las verdades. En arrojarnos encima canastadas de tristeza, sin ninguna piedad. ¿Qué mal le hemos hecho a la vida que últimamente se ha ensañado tanto?, le pregunté el otro día a un amigo que perdió a su hija. Sana, joven, radiante, se murió de pronto. Se salió de su cuerpo la vida, sin ningún pretexto, ni aviso, ni nada. Se quedó sin vida su cuerpo y con tristeza y dolor, mucho dolor, la gente que la quiere. O los que queremos también a los que la quieren. A sus padres, a sus hermanos. A la vida. ¿Qué le hemos hecho a la vida?, le pregunté a Alejandro. Amarla, solo amarla, me respondió. Y luego escribió en su blog que Ceci, su hija, había muerto de lo que todos los seres humanos morimos: de vivir. Murió de vivir.
Ha vivido 88 años bien vividos. El otro día la vi rodeada de periodistas, jóvenes, la mayoría. Dio varias entrevistas, una por una. A todos los sorprendió. Les sorprendió encontrarse con una Chavela Vargas ocurrente, divertida, agresiva, dulce, directa, sana. Ausente, el cansancio de vivir. Gozando todavía el espectáculo del mundo. Y tristeando, riendo, maldiciendo, viviendo.
Cuando un periodista le preguntó qué mensaje le daría a los jóvenes, los invitó a vivir intensamente lo que sienten, a ser lo que creen que son. No lo que alguien dijo que deben ser, no lo que otros quieren que sean. Vivir cada quien su propia vida. Al escucharla pensé en Alejandro y en su dolor. Y pensé también en la fuerza que distingue a aquellos que viven sin dejarse intimidar por la palabra de quienes traen a la muerte en la boca, como una amenaza con la que intentan encadenar a la vida. Ahorcarla en vida. Pero aún hay quienes consiguen desatarle a tiempo a la vida, el nudo en la garganta. Y aunque mueran, la dejan respirar.

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miércoles, agosto 8

Los niños de las armas

La primera vez que vi a un niño con un fusil al hombro me dolió la piel y la cintura. Tendría el chamaco unos doce años y la convicción de que en su país, El Salvador, los hijos de los campesinos no tenían otra forma de sobrevivir en medio de la guerra. Si permanecían en su casa, el ejército los reclutaba, sin importar la edad. Y su instinto y las historias que escuchaban en secreto, les decían que era mejor que se marcharan con los guerrilleros. Los padres de los chamacos también lo preferían. Pensaban que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) les daría un mejor trato, más humano, más digno. Y de hecho, los frentes de la guerrilla tenían fama de desparramar carcajadas frescas en las madrugadas. Al final de la guerra, a nadie se le ocurrió contar cuántos niños murieron en combate; cuántos en sus casas quemadas, en los bombardeos, en las cárceles, en un puente, sobre un río. Solamente un sacerdote jesuita, Jon Cortina, se empeño en buscar a los cipotes que desaparecieron en la guerra. Fundó la Asociación Pro Búsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos de El Salvador (Pro Búsqueda) e intentó sin descanso encontrar a los 754 menores arrebatados de sus familias, en su mayoría campesinas, durante el conflicto armado. Localizó a 301 antes de morir, hace ya un año y medio en Guatemala.

Es difícil acostumbrarse a ver niños armados. Es imposible olvidar la imagen de un niño muerto en combate. Pero es todavía más doloroso, más arduo, más inquietante ver el rostro sonriente de un pequeño que acaba de matar a un hombre por encargo. La primera vez que vi a un niño sicario, a principios de los 90 en Colombia, rogué que no fuera verdad la vida. Que como la muerte, la vida también fuera irreversible. Y se quedara sola. Otro día entrevisté a un sicario. Aún no cumplía la mayoría de edad y ya era el líder de su grupo, el más admirado, el que más encargos había cumplido y el que había conseguido evadir sistemáticamente a la muerte durante los últimos ocho años. Estaba por cumplir los 16.

Hay verdades que no se pueden pronunciar sin que irrumpan ráfagas de cólera, como gemidos en una ciudad de espinas.

Cuentan que en Michoacán está de moda entre los niños el juego de matar. El juego de matar al enemigo imaginario. No importa de dónde venga, ni quién sea, ni nada. Se trata simplemente de matar. No hay indios ni vaqueros. No hay policías ni ladrones, ni soldados ni invasores. Simplemente cierran las calles con las camionetas que les prestan sus papás. Y a quien intente incursionar a “su terreno”, le vacían las balas de goma de sus pistolas o los espantan con sus AK-47 y R-15 de juguete, parecidísimos a los de verdad. Algunas veces, cuando comienzan a aburrirse, juegan el juego de secuestrar.

Los niños de Michoacán llevan años escuchando historias de los que mueren en manos de narcotraficantes. De las emboscadas en Tierra Caliente, de los enfrentamientos en Apatzingán, en las calles de los pueblos. Han visto los cuerpos de los soldados y de los sicarios en las carreteras, en las avenidas y sobre los techos. Cada día escuchan una nueva cifra, un caso más, el comandante de la Policía de Paracho, fue ejecutado a balazos este fin de semana, escuchan y cuentan y cantan el corrido que habrán de componerle al comandante de Paracho, Michoacán. O a alguno de los mil 493 seres humanos que en lo que va del año han sido asesinados por presuntos narcotraficantes.

Los niños de Michoacán quieren saber qué se siente ser sicario o narco. Imaginan que pueden matar de verdad. Sin miedo, sin titubeos, como lo hacían los sicarios de Medellín en los tiempos de Pablo Escobar. Disparan las balas de colores de sus escopetas y ensayan la sonrisa en el rostro, la mirada extinta.

Nada se piensa dos veces. Nadie duda.

Los niños de la montaña de Guerrero mueren en los campos agrícolas donde intentan ganar unos pesos. De cansancio o de enfermedad mueren. Y no hay quién informe a su familia sus muertes No hay quién sepa de dónde llegaron. A dónde iban. De qué bando son. Hay informes en la Cámara de Diputados sobre la impunidad, la pobreza, el narcotráfico, la violencia extrema que ha ocupado por asalto la montaña de Guerrero. Como el hambre aprieta demasiado, los indígenas de la zona acaban sembrando, cosechando o transportando droga. No hay de donde más comer. Y pronto ya no habrá tampoco dónde ir. En que tierra esconder el dolor que siente aquél a quien expulsa en vida, la vida.

La otra noche agarraron un tráiler con 121 migrantes, en su mayoría centroamericanos. Estaban a punto de quedarse sin oxígeno. A unas horas de asfixiarse. Los encontraron amontonados detrás de unas rejas de refrescos vacíos. Se tardaron un buen rato en conseguir pronunciar una palabra. Regresaron llorando este domingo a su tierra. 65 de ellos son salvadoreños. Cuando miré una fotografía que apareció en un diario, pensé en el rostro del niño que en los años ochenta llevaba un fusil al hombro, un sueño, un deseo.

Según los más recientes informes, cerca de 300 personas han perdido la vida en su intento por llegar a Estados Unidos en los últimos seis meses, muchos de ellos, muchísimos son niños. Es la más alta cifra registrada en décadas. Hay que huir del hambre y del horror, me dijo un amigo argentino a quien la otra noche le conté algo sobre estas historias. Y luego me invitó a escuchar música en Ruta 61, un antro en la calle Baja California de la ciudad de México, en el que se escucha solamente blues. Y ahí nos quedamos casi hasta el amanecer. Hablamos poco. Nos quedamos pensando nada más en lo difícil que es acostumbrarse a ver que la gente se acostumbra a ver la violencia, el horror, la muerte, con una serenidad que aterra.

Al amanecer, la música de un grupo argentino de niños “los Mini Cooper” que enviaron a la ciudad de México su presentación en video, consiguió abrir la puerta del día y me permitió entrar a una ciudad que en ocasiones sonríe la sonrisa de un niño que aún no ha perdido la mirada.

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lunes, abril 23

Los niños del no aborto

Son cientos, miles, los niños que llegan deshechos sus cuerpos a las clínicas y a los hospitales. Sucede a diario. Casi todos los casos se registran como accidentes. Pero traen el maltrato impreso en la mirada apuñalada, en la piel, en las manos que tiemblan. Según los más recientes estudios nacionales e internacionales, en casi la mitad de los casos ha sido la madre la responsable de las golpizas, seguidas en un 30 por ciento del padre. En México, Estados Unidos y Portugal es donde se acumula el mayor número de menores a quienes el maltrato los conduce directo a la muerte.


Desde hace 30 años el fenómeno se repite a diario en México: dos niños mueren asesinados a golpes o a balazos. Los menores de cuatro años, que son la mayoría, mueren estrangulados. A los más pequeños los ahogan, les cierran el paso al viento limpio de la vida. En el norte, en el centro, o en el sur del país, los mata el odio, la miseria, la sin razón, la pobreza. Los mata el haber nacido donde nadie quiso que nacieran, donde nadie preparó un espacio para su llegada; donde no hay quien pueda mirarlos de frente.

Todos los días 23 mil niños o niñas son violadas en México, sin sumar los casos que no se denuncian por miedo, por desesperanza, por soledad. Por creer que después de la violación serán despreciados, aún más, por un mundo que ni por un segundo les ha tendido la mano. Ni una sonrisa. Ni un roce de voz amable.

Conocí hace años a Narcisa. Cuando me contó su historia ya no era niña y aún lo era. Tenía 12 años cuando, en el camino que va de su pueblo a la escuela, la violaron. La empujaron y la tiraron detrás de unos matorrales, no sabe si dos o más hombres. No puede recordar, no quiere. Cuando su padre supo que estaba embarazada, le sacó al niño a patadas. Por desagradecida, por abusiva, le dijo. Unos meses más tarde Narcisa fue depositada en una de las llamadas Granjas Psiquiátricas que rodean a la ciudad. Vacía de luz, Narcisa espera ahí la llegada de la muerte. Nada más.

Hace apenas unos meses conocí a Irma. No fue una niña de la calle, aunque llegó buscando consuelo a una fundación de solidaridad con las niñas de la calle. Llegó con los huesos y la voz estrellados; tatuado su cuerpo de heridas, unas recientes, otras ya cicatrices. Tiene siete años. Y nadie puede adivinar en cuántas ocasiones fue violada. Cuando la institución investigó su caso, supo que igual que Irma, su madre fue de niña también víctima de interminables abusos sexuales y maltrato físico. Su madre y su padrastro estuvieron a punto de enviarla un día al cementerio. Ésa fue la vida de la madre de Irma, la vida que padeció y la que renueva, multiplicada, cada vez que mira a su hija. Cada vez que la mira y le pregunta a golpes para qué carajo la trajo al mundo. Para qué.

Todavía no son muchos, pero cada día son más los niños que responden a esa pregunta y deciden quitarse la vida. Hace cinco años 118 niños y niñas se suicidaron. El año pasado fueron 2 mil. También entre los mayores de 15 años y menores de 24, la cifra de suicidas crece. Crecen también el desasosiego, el hambre, la falta de cultura. Del total de los suicidas adultos, sólo el 3.6 por ciento tuvo acceso a la universidad.

Para millones de niños mexicanos, la violencia es un acto cotidiano. Como caminar, como dormir. Como la soledad de los niños abandonados no solo por sus familiares, sino por las leyes. No hay quien los proteja. No hay leyes que impidan a los padres maltratadotes llevarse de nueva cuenta a sus hijos, aun cuando se estén rehabilitando en alguna institución. No hay modo. Si golpean a sus hijos y son denunciados, algunas veces los retienen. Pero regresan casi siempre por ellos a la institución. Están en su derecho, dicen. Y México calla.

Otros temas no se callan. En medio de la incesante información sobre otros nueve o diez o 30 muertos aparecidos a diario en las calles o en una fosa, o en vehículos, escuchamos las voces, cada vez más desafiantes, de quienes se oponen a la despenalización del aborto. Han llegado incluso a tildar de demonios o criminales a los legisladores, a amenazarlos con el castigo divino. Han organizado y lo seguirán haciendo, marchas y otros actos para impedirlo. Están en su derecho. Su consigna es “por la vida”, sería una ruindad no apoyar un proyecto a favor de la vida. Los padres de familia, los movimientos de jóvenes católicos, la Iglesia católica, lanzan un grito a favor de la vida. Pero callan, entre un grito y otro, callan millones de muertes.

Callan los asesinatos de niños, el maltrato, las violaciones. Nadie marcha a favor de detener la espiral de la violencia contra los menores que nacieron gracias a que sus madres no recurrieron al aborto. Pero que mueren todos los días con el dolor de una patada en el cerebro o una herida en el sexo. Nadie marcha a favor de una ley que proteja a los niños cuyas madres se preguntan a diario por qué los trajeron al mundo. Por qué carajos. Y los echan a las calles, deshojada la piel de su alma.

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martes, abril 3

De la mano de la muerte

Cualquier cosa puede suceder en la ciudad. En un mismo día es posible recorrer dos, cinco, trece mundos diferentes. Se pueden cruzar esos mundos, se pueden visitar, penetrar, conocer. Se puede correr el riesgo de vivir, o simplemente volar sobre ellos. Cada uno tiene el derecho a decidir qué hacer. Los mira o los ignora. Los siente o cierra los ojos. Los ojos de la memoria.
La memoria del presente se ha empeñado en huir de la ciudad.


Da pereza mirar, es difícil. Pocos lo hacen. Es más fácil desmirar a los niños que se acercan a los automóviles, que concederles el mínimo espacio de existencia en nuestro día. Pocos miran. O pocos saben mirar. Mirar es recordar. Recordar la mugre de los traperos, su olor. Cuando hablo de ellos casi siempre la gente se limita a comentar que apestan, que son una lata, que ensucian, y se cambia el tema. La otra tarde, el taxista que me condujo al norte de la Ciudad de México cerró las ventanas de su coche cuando presintió su cercanía. Le pregunté cuál es la maldad de los niños de las esquinas. En dónde está el peligro. Qué mal contagian. Están drogados, me respondió, fíjese en la mirada. Y me fijé. Los niños de la calle no tienen mirada porque nadie se las mira. La llevan metida en los bolsillos de sus pantalones rotos. A ratos la guardan en la lata de cemento que los lleva al encuentro con el abandono.
Me bajé del taxi y miré. Los niños de la esquina no me vieron. No tienen la costumbre de ser vistos por una mujer ajena al barrio. Eso es lo que me protege cuando camino por las calles prohibidas. Me protege y me excluye. Afuera, me avienta afuera. Mi figura me inexiste. Yo misma he llegado a desconocerme. Pero vuelvo a intentarlo. Lo intento y descubro que los niños mugrosos de las esquinas sonríen. Cuando alguien pregunta su nombre, asoman sus dientes chuecos. Y se alumbra entero, su rostro. Como si en verdad tuvieran alma. O razón, o amor.

Hay un centro cultural muy cerca de la esquina donde los niños tienden su cuerpo en los cristales, como ropa al sol. Un centro cultural que no puede ignorar la existencia de los niños de la calle. No tendría que ignorarla. Si no hay diálogo entre la cultura y la realidad más inmediata de la ciudad más grande del mundo, no hay cultura, no hay realidad, no hay sino mentira, espejismo, sinrazón, engaño. La ciudad del engaño seriamos. Sin más.

Viví años en Madrid y nunca vi niños de la calle. Nadie se arroja sobre el parabrisas de los coches en las esquinas, ni se coloca una nariz de pelota, ni guarda su mirada en el bolsillo de un pantalón roto, ni inhala cemento, ni pide su calaverita en noviembre, su navidad, un peso, algo para comer. Pero hay pandilleros. Bandas de niños y adolescentes en su mayoría latinoamericanos que han sido expulsados del mundo de los eficaces, bien portados, europeos, guapos, cultos. No son huérfanos, ni tienen un padre en la cárcel, no han sido víctimas de abusos sexuales por parte de su padrastro ni han sido arrojados a patadas de su casa. Pero son diariamente lanzados de una tierra a la que le ha costado permitir que el otro la arrope, la haga suya. Los niños de la calle de Madrid y otras ciudades de España son eso: dos veces desterrados, dos veces despojados de su derecho a ser ciudadanos. Ecuatorianos, colombianos, peruanos, bolivianos sin ciudad.

Las pandillas de niños y adolescentes latinoamericanos en España no se ocultan. Se visten como pandilleros, caminan como pandilleros, se escriben el nombre de su pandilla en la piel, lo gritan, ejercen a plena luz del día la violencia. Hace tiempo que comenzaron a matarse entre ellos. Pero no por hambre, ni por dinero. Matan para ser, como un grito que busca su identidad. En Madrid, Barcelona, Valencia, la cultura comenzó hace poco a dialogar con ellos. Las ciudades han decidido mirarlos. Y concederles la oportunidad de gritar, buscar, insultar, pero no con una navaja en la mano, sino con un pincel, una lata de pintura, un lápiz, una computadora, una guitarra, una mirada. Las ciudades en España aprenden a mirarse en el espejo. Crecen.
En la Ciudad de México todavía son pocos los que miran. Algunos escuchan los gemidos de los niños atados prematuramente a su sepulcro. Y deciden o no cerrar los ojos. Pero siempre amanece en la ciudad. Comienza a diario el día y por un instante da la impresión de que no existe la prisa en las calles ni en los corazones. Como si al amanecer el tiempo se quedara tendido sobre una ciudad más honda que extensa, más humana que fiera, más verdad que engaño. Una ciudad que está urgida de soltarle la mano a la muerte y que permanece a la espera de ejercer su derecho a que se entienda la realidad en la que está, ella y nosotros, inmersa.

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lunes, abril 2

Niña de la calle es nombre propio

A los ocho años Silvia perdió la paciencia. Había aguantado todo tipo de palizas, insultos y torturas de su padre. Había soportado los silencios de su madre y su mirada de espanto. Pero el día en que su papá la violó tomó la decisión de salvar a su hermana menor y escapó con ella de su casa.
A los doce años era adicta a las drogas, apenas comía, pedía dinero en el metro o lo robaba, y dormía bajo algún puente o rincón del Distrito Federal, al lado de muchos otros niños de la calle.Ser niña de la calle le concedió su identidad, su único nombre.

En cinco años pasó de la calle a uno de los albergues del Sistema de Integración Familiar; del DIF a un internado de religiosas, de ahí de nuevo a la calle, después a un “Anexo” y otra vez a la calle. Su estado físico se deterioraba día a día. De vez en cuando alguien se apiadaba de ella y le enviaba a una institución, pero acababan por echarla o ella misma saltaba de nuevo sobre un charco de la calle, un charco de luz.

En 1999, cuando parecía no tener remedio para ninguno de sus males, encontró una casa donde cerca de 90 niñas como ella intentaban reconstruir su vida.

Silvia tiene hoy 21 años y cursa el primer semestre de la licenciatura de Economía en el Politécnico Nacional. María Mar Estrada, la directora de “Ayuda y Solidaridad con las Niñas de la Calle”, me muestra un mural de fotografías que cuenta la historia de la Institución y la de Silvia. La forma cómo se fue desvaneciendo la palidez de su rostro, su delgadez, el pánico en sus ojos. La forma como fue venciendo el deseo de volver con su pandilla, su única familia.

La directora recuerda el vacío que Silvia traía a cuestas. Y sonríe cuando señala el diploma que obtuvo al terminar con mención honorífica la preparatoria. Es su logro, la victoria colectiva sobre el horror, la violencia, la deshumanización. Pero no ha sido fácil. Han sido años de levantar el proyecto, conseguir los fondos para instalar las dos casas que Ayuda y Solidaridad tiene, el Hogar de Transición en La Raza y el Hogar Grupal en Jilotepec. Contratar a sicólogos, trabajadores sociales, médicos, organizar talleres. No ha sido fácil, pero se ha ido avanzando. Lo verdaderamente arduo, complicado, espinoso, es conseguir que las niñas se reintegren a la vida que vela por sus derechos. Que acepten que los tienen, que tenerlos se convierta en su deseo. Que recuperen su dignidad, su orgullo, su autoestima, el valor de ser mujer con el que nacieron. Aunque les haya durado un segundo, lo tuvieron.

Todas las niñas que llegan a Ayuda y Solidaridad han sido violadas por sus padres, padrastros, vecinos, tíos o por algún desconocido. Hay huellas de golpes en su piel y en su alma. Hay secuelas. Pero paradójicamente, a la mayoría no le es fácil permanecer en el sitio que les concede amparo. Pasan años para que olviden la calle. Para que no quieran regresar al hogar de la fiera. Y cuando lo hacen, en algunos casos sucede que la familia decide regresar por ellas sin tener ninguna condición para recibirlas, protegerlas, velar por sus derechos.

La madre de Amelia, una pequeña de once años, cumplió hace unos meses su sentencia. Acusada de narcotráfico, fue capturada junto con su padre y sus hermanos. Amelia fue recibida en “Ayuda y Solidaridad”. Al salir del penal su mamá se presentó y dijo que quería llevársela. Amelia no quería, María Mar suplicaba, explicaba, desesperaba. No hubo forma de impedirlo. La ley se lo permite. Hoy Amelia vende drogas en la escuela de su barrio. Su mamá se las coloca cada mañana en la bolsa del uniforme y entre los libros que lleva en la mochila.

Ayuda y Solidaridad y otras instituciones han intentado unidas conseguir que alguna autoridad las escuche. Que entiendan la urgencia de introducir una enmienda de ley que impida a los padres de los menores de edad recuperarlos sin demostrar que no volverán a abusar de ellos en ningún sentido. Se han cansado de ir de un sitio a otro. De hablar sin tener respuesta. Hay quienes, en palabras de María Mar, consideran que en Ayuda y Solidaridad se fabrican cajas de cartón. Ignoran que lo que se intenta es hilvanar vidas. Vidas prematuramente destrozadas. Hechas añicos.

Carla tiene siete años y lleva un collar tatuado en el cuello. Un collar que le pintaron su padrastro y su madre con un cigarro encendido. En la espalda lleva la sombra de una plancha y muchas otras cicatrices en las piernas, brazos, pecho. Es la niña de más reciente ingreso. Apenas habla. Y cuando lo hace su voz se escucha apagada, en extremo ronca. Sus cuerdas vocales quedaron destrozadas el día en que le introdujeron un gancho por la nariz. Tenía cuatro años. La madre de Carla también fue niña. Una niña violada y torturada sistemáticamente por su padrastro. La crueldad se abre camino y se extiende.Se reinstala en las miradas reventadas.

Antes de entrar al Politécnico, Silvia trabajaba en una pizzería cercana al hogar de Ayuda y Solidaridad en La Raza. La semana pasada encontró un nuevo empleo que se ajusta a su horario de estudios. Vamos juntas a la pizzería a pedir una constancia de trabajo. Mientras caminamos me va soltando poco a poco trozos de su vida. Su hermana terminó sus estudios en el internado de monjas. Ahora tiene dos hijos. Y la fortuna de tener una pareja que respeta a los tres. Del resto de su familia no ha vuelto a saber nada. No tiene ningún recuerdo sobre el sitio donde alguna vez fue a visitar a algún abuelo. Nada en la memoria. Solo la brutalidad del padre.Silvia no tiene muy claro por qué lo hizo. Pero un día fue a una estación de radio y contó su experiencia. Quería probar si alguien reconocía la historia de Silvia y su hermana. No tanto para volver a ver a su madre, sino para saber si todavía está viva. Si no la ha matado su padre.

Una noche que no podía dormir, a Silvia le entraron ganas de enamorarse. Tiene varios amigos en el Poli. Pero no les ha contado su historia. Cree que de hacerlo, huirían, se alejarían de ella, los perdería. O perdería la vida digna que hoy tiene. La que encontró en una institución que intenta hilvanar las vidas mutiladas. Y que en ocasiones lo consigue. Pero afuera el horror se reproduce. Y coloca un nombre propio a cientos de miles de niñas cada día. En un México que no acaba de nacer.

(4 de diciembre, 2006)

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