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miércoles, julio 15

Maltrato, amor y placer

Todos los lunes respira profundo y toma la misma decisión. Dice estar segura de que no hay forma de ajustar el permanente enfado de su novio. Ni de apagar los celos con los que casi a diario coloca al destino en sus manos. Aunque la ama, dice. Y ella a él. Se aman, como los amantes que temen que un día la soledad los arrincone, igual que un libro viejo en el verano. Temen, como se teme saber que fuimos jóvenes y apenas lo notamos. O como se teme perder lo que aún no se tiene.

Todos los viernes me cuenta que volverá a ser ella, sin máscara, sin sustos, sin voz dulce en el teléfono nombrando al amor quince veces, solamente para que él no vaya a pensar que está con otro. Para que la siga amando, sin que le permita quitar la mordaza al alma frágil que la cubre. ¿De quién es el deseo, la necesidad de mantenerse mirando un cielo bajo? ¿Quiere él que ella no crezca o es ella la que no pretende abrir sus párpados de pájaro?

Todos amamos. Un día nos encontramos frente a alguien que sonríe con la sonrisa de la vida. Igual. Alguien que nos roza la mejilla y altera las venas del mundo. Alguien cuya ausencia nos despierta por las noches suplicando una caricia. Y amamos. Y nos comprometemos a caminar suspendidos en el cuerpo del otro. Pensamos construir, comenzamos a hacerlo sin perder el delirio de seguir de cerca al deseo. Amar, desear, construir. Pero una día alguno de los dos amanece sin vida. O con la vida del otro, sin nombre ya, sin sueños propios. Nada parece pertenecernos. Y al mismo tiempo somos eso. Por dentro y por fuera, la pertenencia del otro. Es cuando comienzan los reclamos. Los besos que hieren. El miedo.

La soledad nos pone a prueba. Se acerca, pronuncia su nombre de fiera. Nos acaricia el aliento y en ocasiones grita el grito desgarrado del tiempo. Algunos corren, se esconden, huyen sin saber qué es la soledad, quién. No pretenden cederle el espacio donde ya nadie habita. Aunque habitemos todavía nosotros con el otro. No tienen ninguna intención de ajustar el sonido de su voz de grito y abrazar el silencio. Nada hay que perder y temen quedarse con la nada que poseen. La nada atada, nos ata.

El rostro de la soledad es el rostro del espejo. Llora o ríe, según tenga la mirada radiante o quebradas las pupilas de agua. El rostro de la soledad es el que vemos al meternos a la cama y dormimos o nos clavamos las punzadas del insomnio. La soledad duele o salva. Según la fuerza que se tenga para alzarla en brazos.

Todos amamos. Una o tres veces. O más. Hay quien va por el mundo enamorándose a cada rato. Creen en el amor que no conocen. Dicen que el amor es un arte. El arte efímero de amar. Hay otros que aman el primer amor y el último. Entre uno y otro pudo haber amores que se quedaron a la orilla del recuerdo. No fueron tan intensos como para morir con la gracia fresca de las niñas. No queda rastro al final de la historia, ni una huella. Y se inexisten.

Hay quien ama poco por miedo al desamor. El grito, la exigencia, el arrepentimiento de haber amado al alma equivocada. La herida sobre la herida. El hastío, el dolor. El vacío subiendo por la escalera de nuestras entrañas. El vacio que nos pone a rodar como granos de sal sobre la llaga.

El amor ideal es el que siempre comienza, me dijo alguien en mi juventud. Un amor de novios recientes, de cuerpos nuevos cada noche. Cuerpos que se abrazan sin perder cada uno su nombre. Ninguna de sus extremidades, ni sus ojos. Un amor sin esperanza; eterno en el instante mismo que posa sus labios y sella el silencioso pacto de recordar quiénes somos.

Hay otro amor que para sobrevivir requiere de los celos. Los celos son una enfermedad, igual que la leucemia, el sarampión o la diabetes, me dijo alguien en mi adolescencia. Después me enteré que, más que una enfermedad, son un arma de fuego. Una ráfaga en la mirada, en la voz, en los movimientos del ser humano que transmuta sus ojos en granada, escopeta, daga y su cuerpo en animal que acosa, embiste, hiere. Y que al amanecer, tendido sobre el cuerpo yerto del otro suplica el perdón. Y en la mayoría de las ocasiones, lo obtiene.

Todos los lunes respira profundo y toma la decisión. Me lo adelanta cada viernes con su voz de aire. Por la tarde se pregunta si valdrá la pena. Total, todos son iguales, dice. Mejor un conocido, Ya son varios años, ya conozco sus mañas, sus gustos, sus gritos, justifica. Y explica que aún mantienen ambos el deseo nocturno. Quizá sea eso lo que los ata. Quizá sea imposible, o casi, dejar el abrazo, el aleteo de los labios, las caricias. El momento en que sentimos el grito de la vida entre las piernas. Quizá sea esa la fatalidad. El placer a cambio del maltrato. El horror.

A una amiga el maltrato le mutiló las piernas. Le cortó la lengua y la costumbre de mirarse cada mañana al espejo. Aguantó el maltrato hasta que un día, en la cama de un hospital, pidió un espejo. No le afectó tanto la mejilla abierta, la ceja rota, el rostro azul. No. Le dolió más no haberse reconocido antes, seis años atrás, dos. Pero tomó la decisión de aceptar la mano que le ofreció ese día el espejo. Ella misma con su soledad envuelta como nido. Tendida sobre su fuerza, su nombre, su historia, sin volver a ser arrastrada en la ráfaga. Todavía era joven. Y hasta entonces lo supo. Fue como si la verdad despertara de pronto al lado de su cama. Pero como me dijo un día un poeta, la verdad del amor, está dormida.

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sábado, febrero 28

Desamor y amistad

La mayoría de mis amigos no festeja el Día del Amor y la Amistad. No es que duden o no del amor o renieguen de la amistad, simplemente les parece ocioso, ridículo o cursi y se niegan a obedecer las reglas impuestas a las emociones. Detestan lo carente de misterio, lo acabado, lo que tiene sentido, aunque sea un sacerdote que vivió hace 18 siglos quien dio origen a esta festividad y no alguna asociación internacional de comerciantes, como podría pensarse.

A mí me da francamente igual. Ni critico ni celebro que haya una fecha específica para amar. A los jóvenes, en general, les gusta. Al menos así me lo aseguraron un taxista, tres estudiantes, cuatro lavacoches, una mesera, una enfermera, siete empleados y una peluquera, a quienes les lancé la pregunta. Ese día, me dijeron, dan y reciben regalos, se besan con mayor intensidad, hacen una fila enorme para entrar a un hotel de paso, o van al cine, a comer al restaurante que más les gusta, o buscan un parque lejano donde acariciarse. Es un motivo, un pretexto, una razón más para comenzar a acumular recuerdos firmes, miradas y sensaciones nuevas. La oportunidad para mirar lejos sin que el tiempo se presente a molestar sobre unos labios cansados de besar bocas sin alma. O con el alma atrapada en un cuerpo que se resiste a partir.

Ignoro qué pensarán los ancianos sobre el tema. No se me ocurrió preguntarles, pero me imagino que algunos sentirán nostalgia. O sonreirán al recordar que no se irán del mundo sin haber sido amados, besados, muy queridos. Habrá otros que rezongarán y dirán que el amor no existe, ni la amistad, ni nada. Reconocerán a solas que existe el placer, el deseo, el vértigo que producen los abrazos largos, sólidos, incansables, pero ¿el amor? Quizá no quieren o no tienen la capacidad de echar a andar su memoria y volver a soñar el sueño nuevo.

El sábado pasado, mientras miles de parejas viajaban en metro, a pié o como pudieron hacia el Zócalo para participar en el mayor beso colectivo del mundo y escuchar cantar a Vicente Fernández, entré a un restaurante de la Condesa donde había quedado de verme con unos amigos. Uno de ellos me recordó unas horas antes la fecha. “Ve de minifalda y amplio escote”, me dijo riendo antes de anunciarme que era 14 de febrero e invitarme a unirme al grupo. No prometí la minifalda ni el escote, pero le aseguré que pintaría mis labios de rubí, de rojo carmesí, como diría una canción de moda de mi juventud. No cumplí tampoco con lo de la pintura labial que nunca utilizo, pero él llegó a la mesa y nos entregó a todos un malvavisco rosa y rojo en forma de corazón, envuelto en una bolsa de celofán con moño de rubí, de rojo carmesí. Lancé al abismo mi prejuicio hacia lo cursi, y disfruté el gesto. Después de todo, los amigos somos los que más tiempo permanecemos amigos. Más que los novios, que los esposos, que los amantes, casi todos. Los amigos nos perdonamos más fácilmente nuestros errores, ejercemos la solidaridad con mayor libertad. Toleramos nuestros excesos, aguantamos, nos abrazamos sin sospechas, nos mostramos uno al otro con mayor nitidez, sin tanto maquillaje en la sonrisa, sin máscaras nocturnas. Los amigos arriesgamos, dejamos lo que estamos haciendo para acudir al llamado de otro amigo. Somos cómplices de cada una de nuestras verdades. Y de toda mentira.

Hay quien piensa que la amistad existe sólo en la juventud. Yo no lo creo. La amistad, aunque con el tiempo se vaya reduciendo por dentro, como un cerebro, perdura hasta la muerte. Y posee el don de evitar poseernos.

El amor en cambio, no es duradero. Ni lo podemos definir tan fácilmente. Es lo que es mientras se ama. Y nada más. Existe mientras el ser amado existe. Ni antes ni después. Y condiciona, excluye. Nunca un amigo condicionará su amistad a que destruyas tu amistad con otro. El amor es exclusivo, se cree con el derecho de propiedad. Se ama a una persona que exige ser el amor único. Se es amigo, en cambio, de muchos otros amigos. Se crece en ellos. La amistad también, crece, construye, jamás destruye. Si lo hiciera es que dejó de serlo. O nunca lo fue.

El sábado por la noche, después de comer, tomar, reír con mis amigos pensé en el amor. En lo que podría ser el amor si se ejerciera como se ejerce la amistad. Si el amor nos mirara con la mirada tolerante del amigo; si nos acariciara con su frescura y nitidez, si nos abrazara sin desear dominarnos, sin sospecha, sin celos, sin contemplar la traición como arma para sobrevivir al amor... Al amor que la vida crea. La vida, no la muerte, no el dolor. La vida que pregunta lo que no tiene respuesta. La vida que da vida a lo imposible. Y que de tanto en tanto busca amar.

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viernes, febrero 6

Identidad interrumpida

De vez en cuando, a lo largo de la vida, es preciso revisar la historia. Plantarnos de frente al pasado y mirar con ojos limpios lo que fuimos. Descubrir cómo, por qué, desde cuándo somos lo que somos. Y preguntarnos cómo diablos no nos cansamos de repetir uno a uno los desastres, el caos, los horrores. Uno a uno los engaños, el acoso, las mentiras, las falsas promesas, las traiciones, los actos de violencia, los desamores.

Algunas veces es preciso también atrevernos a tocar los rostros de aquellos que quisieron abrir un hueco a la mentira. Escuchar el respiro de los que se negaron a pasar a la historia como grandes caudillos, jefes de jefes, mesías de mesías. Tenían todo para serlo: inteligencia, valor, preparación, relaciones, capacidad de mando. Pero les falló el tamaño, demasiado pequeño, de su ego. Nunca consiguieron conjugar, con la maestría de los que lo han hecho y aún lo hacen, la primera persona en todos y cada uno de los tiempos. Ni menos con cualquier verbo o sustantivo. No quisieron o por fortuna, no pudieron, hacer otra cosa que crear, pensar, amar. Algunos tallaron una llave de madera en el desierto. Abrieron el desierto y lo tiñeron con colores de un poema que nadie escribió. Es por ello que cuando pensamos en ellos sentimos la tentación de reinventar la historia. Reinventarnos. Tal como siempre hemos pensado que queremos ser. Realizar el deseo, sin permitir que deje de existir. Deseando desear.


Algunas veces es preciso simplemente desatar la memoria. Quitarle los nudos que la arrogancia le ha colocado a la historia. Ver la transparencia en las venas de las mujeres sin nombre ni apellido que se empeñaron en sacarse, una a una, las astillas de la lengua para pronunciarse. Hablar, gritar. Decidir. Las que nos dejaron abierto el espacio para montar a plena calle una pista de baile, un foro, un puesto de tamales, un parque, una voz, un hospital amigo, una biblioteca de libros escritos por los hombres que les tendieron la mano a las mujeres,. Y por mujeres. Un poema, un museo, un canto.

Ignoro cuántos años tenemos que vivir antes de lanzar la pregunta que denuncia. O admitir la ansiedad que nos desnuda y nos descubre en la orfandad en la que ahora, muchos se encuentran. O dicen que se encuentran. Dicen que es producto de la crisis. Pero desde antes aún de la crisis, éramos ya huérfanos, por más padres teóricos, financieros y políticos que nos hayan pronunciado hijos suyos. La crisis estaba ya ante nosotros. Sin rostro quizá, pero con su fauces devoradoras de almas. De casi todas las almas, menos de los adolescentes.

Mi hijo adolescente me preguntó el otro día dónde quedaba el amor. En qué nivel, en qué discurso, en qué caverna de todas las cavernas que va uno cavando en el alma. Sufrió una pena de amor. Y está convencido de que no hay nada peor que quedarse huérfano de amor. No sabe todavía que aunque es cierto que no hay nada peor que quedarse huérfano de amor, habrá pronto de encontrar otro amor que llenará la ausencia de aromas en su cuerpo. No sabe que hay otras heridas que se llevan en la mano a lo largo de décadas. A flor de piel, las heridas de piel. Son heridas que tienen historia. Heridas que no admiten cicatrices. Ni remedios, ninguna vasija para verter la sangre Son las heridas que la sociedad asume como bienes. La herencia maldita. La manía de repetir las mismas calamidades. La herida sobre la herida. Fuimos objeto de la impunidad. Seamos impunes. O aceptemos el nuevo rostro del abuso. Es esa la herida. La más profunda.

No le dije a mi hijo que pronto otro amor habrá de desgajar su piel hasta la asfixia. No lo creería. Nadie que ama de verdad cree en otro amor más que en el amor imposible. Hasta que nace, victorioso el nuevo amor, de la derrota.

Tampoco le dije que tiene razón. Y no se lo dije porque las personas de mi generación ya casi no decimos nada. O si lo hacemos, es por decir cualquier cosa. No exactamente hablamos de lo que creímos. Cuando creímos. Cuando fuimos. Cuando pensábamos que cambiaríamos el horror, desgarraríamos la mentira, bailaríamos en el triple funeral de la violencia, la prepotencia, la impunidad.

Ahora es diferente. No se habla. Ni se pronuncia la palabra del espejo. Nadie lleva un espejo a las citas con los grandes estrategas. O casi nadie. Ayer me contaron que un intelectual le dijo a un mesías lo que no quería escuchar. No tengo ni idea si servirá. O si le servirá al mesías saber que antes de él están los otros que dejaron su piel por él. Pero decirlo es ya un ejercicio. Lo contrario no ha servido más que para hundirnos más. Para ahondar la fosa en el sitio donde ya yacía un cadáver. No ha servido más que para darle respiración boca a boca al cadáver. O a los cadáveres que en estos días iluminan su sombra.

En la última semana de enero, reviso el calendario para ver cuáles y cuántos son los días de fiesta este año. Le comento a mi hijo que estoy buscando las fechas de los días de fiesta para ir a visitarlo a dónde se lo llevó el miedo, y me responde que nunca antes me había visto buscar las fechas de las fiestas. Antes, me dijo, la fiesta estaba en ti. No me atreví a decirle que ahora llevo una herida en la palma de la mano. Ni que últimamente he pensado que es preciso revisar la historia. Plantarnos de frente al pasado y preguntarnos por qué diablos seguimos reproduciendo tanto, tantísimo caos. Por qué no damos el salto, por qué no recordamos para olvidar que nacimos para ser corruptos, serviles, desleales.
Y de una vez por todas negarnos a soportar ser lo que hoy aparentamos ser.

Todavía no me acostumbro a celebrar los días de fiesta que no son. O si, quizá lo son, pero fueron mudados de un jueves o de un viernes, o martes, o miércoles al lunes. No me acostumbro, digo, pero está bien que así sea. Tendremos más tiempo para desatar los nudos a la historia. E intentar saber por qué diablos seguimos siendo lo que fuimos. O en qué momento dar el salto para entrar a la vida. La vida que está debajo de la vida, abrigada e inmóvil, casi ausente, en el único espacio en blanco del pasado. El espacio desde donde podemos construir.

Desde dónde podemos preguntarnos lo que hasta ahora hemos sido. Y por qué.

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