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martes, marzo 15

Hay mujeres

Hay mujeres que no se miran las manos cuando trabajan. Ni lloran de cansancio y hambre. Aunque tienen hambre, tienen sed, están agotadas. Cansadas de dormir apenas unas horas antes de volver al sitio donde se dejan el alma, el cuerpo, la fe. Nadie mira sus manos, ni sus ojos, ni sus cuerpos de agua y humo.

Nadie las mira por miedo al contagio.

Tres cada minuto son más pobres que el minuto anterior.

Aunque trabajen igual, o más o mejor, son cada minuto más pobres.

Nadie las mira por temor al contagio.

Que no corra el tiempo, que ya no corra el tiempo tan de prisa, piensan ellas. Que se detenga, que alguien nos mire, que nos den vida o si no es posible, que terminen de matarnos de una vez.

Quieren morir de verdad. De mentiras ya han muerto varias veces.

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lunes, diciembre 27

Tercera llamada

La muerte fue este año, el personaje central del escenario mexicano. La muerte y la corrupción, el horror, las mentiras lanzadas al aire como balas; las balas, las cabezas rodantes, el hartazgo; los jóvenes asesinados, el miedo. La esperanza agonizando al lado de cada cuerpo acribillado. El terror, la frustración. Y la vida empeñada en recordarnos que estamos vivos. La vida, cada vez más lacerada, susurrándonos al oído que todavía es posible respirar, alzar la voz, llorar de rabia, sentir, creer y crear, antes de que la desesperanza y la sinrazón, nos arranquen lo poco que nos queda de aire transparente en las entrañas. Antes de que la muerte triunfe. Y nos despoje de toda voz.

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viernes, junio 4

Carne de hermano

descubro tu imagen
sobre un espejo transparente

es solo el eco
del sueño que fuiste
cuando tu voz

retenía como nudo
el hilo de tu muerte

sin nombrarte

sonrisa
hombre
carne de hermano

el intransferible silencio que eres
me vacía

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jueves, febrero 18

Agonia

Una mujer ha decidido
iniciar la marcha
hacia el fondo de su alma.

Ayer dio el primer paso
cerró sus ojos
y la palma de sus manos

Ahora escribe
en silencio
y en silencio avanza

Se desprende
dibuja el poema
que la salva
del mundo

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miércoles, julio 15

Murmullos de guerra

Algunos despiertan con la soledad adherida al cuerpo. Sin saber todavía quiénes son, permanecen con los ojos cerrados hasta estar seguros de lo que verán. Si los abren antes, morirían de susto o de dolor. El dolor de sentir el hueco en el sitio de los sueños. Ahí donde hace años acudían a diario para crear su historia. El futuro luminoso que un día tuvieron en la palma de la mano. En la palma cerrada de una mano que amaneció, no se sabe con exactitud cuándo, vacía. Por eso ahora no levantan los párpados hasta comprobar que siguen siendo los mismos, porque saben que lo que verán les será ajeno, distinto, opuesto a lo que un día encontraron y guardaron en la palma de la mano. Prolongan cada vez más el acto de despertar, porque saben que al abrir los ojos, la imagen misma de la destrucción saltará sobre ellos, con sus garras de caos.

Algunos salen de sus casas con el vértigo a cuestas. La onda expansiva que produce el griterío de los motores de los automóviles, los gases que emiten tan cínicamente cada día más vehículos, las cabezas rodantes, los ejecutados, el dinero evaporado; la corrupción, todas las noticias del día, impiden que el vértigo desaparezca. Falta aire.

El viento limpio se ha desplazado a otras tierras, como las aves, en busca de salvación.

Algunos, cada vez menos, se reúnen al final del día. Intentan untarse una pomada que arranque la piel muerta de sus manos a golpe de palabras.

Y sueltan frases con obuses a tiro rápido. Una opinión destruye otra que apenas comenzaba a formularse. Difícilmente consiguen escucharse. Algunos lloran sin saber que lo hacen. Lloran y se sientan frente al televisor a mirar cómo lloran las actrices y los actores de las telenovelas de Televisa. Cómo saltan al despeñadero de la fantasía, chorros de lágrimas sin sal.

Es entonces cuando algunos vuelven a creer que es posible vivir la vida que narran las pantallas. Y piensan que tal vez mañana un amor calmará la ansiedad. Quizás la herencia de un familiar desconocido o el reconocimiento del jefe, una sonrisa, acaso una mirada. Por una sola vez en la vida, una mirada que detenga el andar de la ansiedad, su acelerada carrera.

La ansiedad que oprime las venas de la razón y libera, al mismo tiempo, la facultad de percibir lo invisible, lo impalpable, lo que antes caminaba al lado de las multitudes. Lo en silencio perdido.

En la ciudad, nunca hay silencio. El silencio también ha emigrado a otro territorio, para evitar su anunciada extinción. Sabe que si muere, moriría también la música. Y la música es, por el momento, la que lleva más carga de mundo.

La que casi todas las noches se ocupa de salvarlo. La que a algunos les tiende la mano para ahogar el desasosiego en una pista de baile. O enredada la tristeza en otro cuerpo que comparte la urgencia de baile, la desconfianza y el deseo de espantarla. Y es que la desconfianza es también la soledad, porque separa al individuo de todo discurso.

Le repleta los oídos de arena. No enloquece del todo, pero al dejar de creer en la capacidad del ser humano de decir la verdad, pierde trozos de algunos de sus sentidos. Por eso de vez en cuando intenta curarse la desconfianza. Y para evitar tropezarse con el reguero de encono que le rodea. Tanta rabia, tanta ira. Da miedo.

Tuvo miedo. Me dijo mi hijo que tuvo miedo cuando se quedó atrapado durante casi tres horas en la lateral del periférico, a unos metros de la salida de Alencastre y muy cerca de donde cayó el avión el martes 4 de noviembre. Recibió varias llamadas que le explicaron lo que sucedía y que le aliviaron un poco el temor.

El temor sin rostro propio que se exhibe tan campante en cientos de miles de rostros. Después encendió el radio para escuchar la noticia y lo invadió el desamparo. No sabe porqué, no entiende.

Pero sintió quizá por primera vez en su vida, el desamparo compartido. A pesar de que a sus 17 años no le preocupa demasiado definir la causa del desplome de la nave, la incertidumbre está en el aire impuro que respira. La duda.

Las imágenes de la guerra que transmite la televisión, las que imprimen los diarios, las que pronuncian las estaciones radiales.

Las cabezas rodantes, los fusiles, los cuerpos rotos de niños y jóvenes, el dolor. Pero sobre todo, están también las voces que a gritos declararon la guerra abierta contra el narcotráfico. Y muestran en público sus armas, su poderío. Sacan a las calles sus vehículos militares repletos de soldados armados en forma ostensible, agresiva, en posición de ataque. Difunden una y otra vez los operativos militares. La violencia como arma contra la violencia. Guerra es guerra, susurran los mensajes que se escuchan día tras día, hora tras hora. Cada segundo con la bala en la boca. La bala de la desconfianza.

Algunos duermen con la soledad adherida al cuerpo. Lo hacen desde que quedó deshabitado el sitio donde un día comenzaron a crear su historia, su futuro de luz.

No se sabe con precisión hace cuánto tiempo. Pero últimamente prolongan cada vez más el acto de cerrar los ojos. Se quedan con los párpados alzados. Creen que si duermen con los ojos cerrados no podrán ver lo que sueñan. Y los sueños, como la música, todavía no han emigrado a otros campos, aunque algunas madrugadas se les ve ya batiendo las alas.

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lunes, marzo 9

¿Elegir morir?

Si fuera posible decidir el día, la hora, el lugar donde morir, estoy casi segura de que nadie lo haría. O casi nadie. Es difícil decidir morir. Desear morir. Aun para aquellos que ya recorrieron las montañas, los bosques y los valles de la vida. Es difícil tocarle la mirada a la muerte que mira de frente a todo aquel que testifica, paso a paso, el lento deterioro de la vida. No, nadie, ningún anciano por propia voluntad desea marcharse. Por más insumisas las piernas, por más rígidas las manos, sexo, dedos, cintura. Por más despobladas las uñas y cobarde la memoria, la vida ata al dolor, silencia al discurso pronunciado desde la razón, vence a la voluntad manifiesta de descansar, al fin, en el etéreo espacio donde el alma, desnuda, asume el mando.

Cuando la vida escapa, nada importa más que conservar la vida.

Me lo dijo una mujer de 90 años. Después me pidió que me acercara para susurrarme al oído el nombre del más temido de sus enemigos. Es el tiempo, confesó. El tiempo que lame dulcemente mi cerebro, como si yo fuera roca y él, mar. Eso me dijo y me quedé sin ninguna palabra que darle, ni una frase para responderle. Nada. No supe qué hacer más que ponerme a mirar sus pupilas dilatadas por la persistente luz que imagina le quema los párpados. La luz huidiza de los hombres y mujeres solitarios. De los que tienen todo y nada tienen. Solos.

No digas cómo me llamo, me pidió antes de que saliera de su habitación. No digas cómo me llamo, pero escribe sobre mí. Diles que en ocasiones sueño que estoy muerta. Y que cuando despierto me escucho hablar y pienso que en realidad estoy muerta. Pero regreso, siempre regreso a la vida.

Le pedí que lo siguiera haciendo. Que todavía hay tiempo para regresar. Que hay quien ha vivido más, mucho más de 90 años. Le conté del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo que alcanzó los cien. De Andrés Henestrosa que murió a los 102 y de mi bisabuela que lo hizo cuando acababa de cumplir los 104, aunque no le confesé que era esa su edad inventada, pues no tuvo nunca un registro de su nacimiento. Más de cien años dijeron los médicos cuando murió. Ciento cuatro, dijo su hija cuando le cerró los labios todavía tibios de amor.

No diré cómo se llama. Diré sólo que tiene 90 años de vivir y que no tiene ninguna intención de morir. Aunque ella sabe que tendrá que hacerlo, lo sabemos todos. Todos lo llevamos bordado en la memoria desde que nacemos. Vivimos para avanzar hacia la muerte. Paso a paso. Pero ella sabe también que podemos robarle tiempo a la muerte. A la muerte hija de su pinche madre, me dijo, sin disculparse con el médico que entró a la habitación justo cuando subió la voz para calificar a la muerte de hija de su pinche madre. Y el médico trazó una sonrisa inquieta, ignorante, una sonrisa que se mutila el sonido por no saber cómo ingresar al territorio de los sentenciados.

No les digas cómo me llamo, me volvió a decir al día siguiente, segura de que escribiría sobre ella y su palabra. Me pidió que llevara una grabadora. Que guardara uno a uno, los sonidos de su voz, para poder pronunciarse viva cuando muera.

Tres, dos uno, grabando, le dije y comenzó a decir su edad, su deseo de vivir un día más, dos, diez. Tengo noventa años y estoy viva. Viva de tanto vivir, de tanto amar, de tanto gritar que estoy viva, como la vida, como el color rojo , como los recuerdos rojos que saben a pan, dijo y luego guardó silencio por varios minutos. No sé cuántos. Los suficientes para que yo pensara el valor inconmensurable que tiene la vida para quien la ha vivido 90 años. Para quien la ha gozado. Y lo poco, o casi nada que significa hoy la vida para tantos, para tantísimos seres humanos a quienes últimamente les ha agarrado la manía de confundir la vida con el poder. El vértigo que produce el abismo, con la caída. La muerte con el triunfo.

Todos moriremos, me dijo la mujer anciana. No hay dinero que pueda evitarlo, ningún mecanismo que lo consiga. Ni todas las agencia de inteligencia unidas, ni la fortuna y poder de todos los barones de la droga juntos podrán impedirlo. Ni los príncipes, ni los sacerdotes, ni los chamanes, dejarán de morir. Nadie. Morir no tiene remedio, ni precio. No hay nadie a quien corromper para que ponga a morir a otro en nuestro sitio. Morir es lo único personal. Más que amar.

Cuando ella me lo dijo, apagué la grabadora. Presentí que ya todo estaba dicho y además, volvió a quedarse dormida. Está todo dicho, pensé. Al menos mientras vuelva del sueño con otra historia que contarme sobre la forma cómo puede todo ser humano ganarle la batalla a la muerte. Por trozos.

A los 90 años, no siempre se vuelve del sueño con una historia propia. Ella volvió contando que las cosas, los objetos, las paredes de su casa no le pertenecen pues no han envejecido a su lado, a pesar de haber estado juntos los últimos años. La vida es el presente, le dije. Nada más. El presente que no siempre se vive en el mismo sitio, sino en donde el cerebro decide.

Ella lo vive en una habitación distinta a la que estaba antes de dormir. Pregunta quién la trasladó de habitación y por qué. Pregunta en qué país estamos. En qué ciudad. Qué diablos hago yo ahí. Cuando mira la grabadora guarda silencio. No dice nada. No responde a ninguna pregunta. La enciende y escucha. Se escucha viva y sonríe. Después toma mi mano. Tiemblan sus labios, la piel de la frente, tiembla. Es el tiempo que le lame dulcemente su cerebro, como el mar a la roca.

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martes, diciembre 16

Muertos mestizos

No faltó nadie, estuvieron desde el cineasta Luis Buñuel, hasta los escritores Salvador Elizondo y Alejandro Aura, pasando por el galán Mauricio Garcés, el filósofo alemán Walter Benjamin, y el historiador Edmundo O´Gorman. También levantaron una enorme ofrenda para Mamá Tomasa, una mujer que a raíz de que su hijo muriera ahogado en un pozo, decidió habitar el universo de la locura, y otro para un nutrido grupo de artistas, entre ellas Frida Kahlo, Remedios Varo, Lola Álvarez Bravo y Tina Modoti, cuyas fotografías estaban pegadas sobre los rostros de unas muñecas Barbie. No faltó el altar dedicado a las jóvenes asesinadas en Ciudad Juárez y uno pequeño pero muy artístico, dedicado a Doña Jesusa Rodríguez, Doña Jesu, como siempre le dijeron sus amigos y la gente que la quiso. Los altares se colocaron desde el miércoles 29 y de no haber sido por la comida, el vino tinto y sobre todo, por el acento de las miles de personas que acudieron a verlos, cualquiera hubiera jurado que estábamos en México y no en Madrid.

Los altares mexicanos no sólo comienzan a ser vistos con admiración en Madrid, sino que además muchos madrileños se unieron este año a la fiesta y montaron sus propias ofrendas. Y todo esto en la sede de la representación del Principado de Asturias, cuyo director Miguel Munarri aceptó la iniciativa de la Casa de Zacatecas en España, de la revista Letras Libres y de la Embajada de México de convocar a través de Internet a la colocación de altares. Fueron más de 20 personas las que se animaron y sin excepción, cumplieron con todas las reglas de cualquier altar.

A mí me pidieron que levantara el de Alejandro Aura y que diera una plática sobre los altares familiares. Entonces me puse a contarles cómo se me había metido la manía de hacerles cada año una fiesta a mis muertos, estuviera yo en el país que estuviera. Y les conté que cuando el martes pasado en la Casa de América escuché a Carlos Fuentes decir que los escritores que no tienen abuelitas le dan lástima, me sentí totalmente de acuerdo con él.

Sólo que a mí no nada más me dan lástima los escritores sin abuelas, sino cualquiera que tenga la necesidad de usar la imaginación para vivir, para reír, para sentir. Yo por lo menos no sé qué hubiera hecho sin la mía. Fue mi bisabuela quien tuvo la genialidad de transmitirme, integra, su memoria. Fue ella quien me enseñó que es posible mirar con el pensamiento, y con la mirada hablar; quien me contó las historias que dieron vida a su vida y que, aún muerta, se la siguen dando. Es decir, me enseñó a tenderle una emboscada al olvido. De nuestros antepasados, me dijo un día, heredamos la memoria, que es como un pez que por las noches despliega sus alas de pájaro. Consérvala.

La primera vez que levanté un altar en Madrid, tenía pocos meses de haber llegado. Coloqué mi ofrenda con mi hermano mayor en el sitio central, pues llevaba apenas unos meses de haber muerto y envié a quien pude la invitación que mi hijo diseña cada año para la fiesta de muertos. Estuve a punto de perder a casi todos mis nuevos amigos. Casi ninguno entendió el porqué de la fiesta, de las calacas, de la risa en las calaveritas de azúcar, de la música, del pan de muertos, de las flores, del plato de harina. Todos, o casi todos me miraban extrañadísimos y un poco asustados cuando les contaba que en la harina dejarían la huella mis muertos al momento de llegar al altar. Se hicieron terribles e incomodísimos silencios en varias ocasiones. Hasta que la música, el tequila y el baile se encargó de quitarles el espanto.

Al año siguiente ya estaban más relajados. Incluso mi amiga Isabel me ayudo a ponerle arte al altar a partir de ese año. Y se volvió toda una experta.

El que levantamos este año dedicado a Alejandro Aura tenía ese toque gitano que no le va nada mal. A la gente le gustó. Hicieron todo tipo de preguntas. Y ninguno se asustó, ni pensó que estamos locos, ni que los mexicanos somos medio raros. Se quedaban viendo los altares con respeto y luego se reían. Como debe de ser.

Algunos de los altares fueron levantados por jóvenes. Mexicanos algunos, españoles otros. Son las nuevas formas de ver a la muerte. Con imaginación, con creatividad, con ganas de tenderle una emboscada al olvido. Y conservar la memoria. Para vivir.

La mañana de este domingo, antes de quitar el altar, miré las fotografías, el plato de harina, el mole sin olor, el mezcal sin sabor y comprobé una vez más que es la muerte la que levanta en México a la vida.

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domingo, agosto 17

Milagros de Aura

No es la primera vez. He escrito sobre él en varias ocasiones. He contado las anécdotas de cuando compartíamos en España un programa de radio, un cargo en la embajada, decenas de veladas, tragos, caminatas, largas pláticas en la cocina de su casa de Madrid. He publicado no sé cuántas notas sobre su huella en la ciudad de México, sobre su poesía, sobre su facultad de ser un gran amigo; el que te consuela con un taco de carnitas hecho en Madrid, el que te arropa con un mezcal que Fernando del Castillo y Juan Manuel de la Rosa le llevaban en garrafas de plástico desde Zacatecas o San Luis; el que te regaña porque los frijoles no llevan ajo, los jitomates para las tostadas se rebanan delgadito, las tortillas no se echan al comal cuando está frío, los chiles rellenos se escurren bien. ¡A ver para cuándo!, me decía, ¡acomídete María, acomídete! Entonces estallaban las carcajadas y nos chutábamos otro mezcal o abríamos otra botella de vino de esas que compraba por cajas, sin etiqueta, que ni falta hace.

Entonces estallaban las carcajadas. Hoy revienta en mi alma la tristeza.

Ya sabía. Todos lo sabíamos. Desde que se fue de Madrid a México recién casado con Milagros supimos que se le había cosido el maldito cáncer a los pulmones. Y que de ahí en adelante comenzaba la cuenta regresiva. Unos meses, nada más unos meses, dijeron lo médicos y los que teníamos la fortuna de estar cerca, decidimos disfrutarlos al máximo con él y con Milagros. Pero Alejandro fue alargando el tiempo a golpe de creación. Y escribió como nunca en su blog. Reprodujo varios de sus libros de poesía, escribió uno más, contó paso a paso el andar del cáncer por su cuerpo y por su alma. Paso a paso sus andanzas, su diálogo con el cáncer. Y ganó varias batallas. Tres años ganó Alejandro Aura las batallas en la guerra contra el cáncer. Y lo hizo dignamente, sabiamente, dulcemente. Con sabiduría y humor. Aún después de las sesiones de quimioterapia, Alejandro ocurrente, te hacía reír.

Todos lo esperábamos. Pero Alejandro seguía ganando la batalla. Yo terminé mi estancia en Madrid y desde México continuamos conversando, riendo, maldiciendo. O recordando los tiempos en que él difundía al aire mi desnudez. Hora México se llamaba el programa de radio al que me invitó a participar y que mantuvimos durante tres años. Hora México en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Abría Alejandro cada programa con un verso milagroso. “Milagros de sacristán, pellizcos de capellán”, decía con su voz pulcra, apenas aparecía la luz verde en el estudio. Después ya saludaba, “buenas noches –decía—, esta es Hora México, una ventana abierta a México desde el cielo de Madrid”. Y comenzaba a describir mi vestido transparente, de gasa delgadita, mi atuendo imaginario que desataba canastadas de buenos pensamientos entre los taxistas de Madrid, que eran los que más nos escuchaban. Y llegaba otro lunes y otra vez Alejandro con los milagros, sólo porque Milagros nos estaba escuchando desde su casa y era su forma de decirle que la amaba, la amaba, la amaba, en cada palabra la amaba. “¿Qué rima con tierra, María?”, me preguntaba en el elevador que nos conducía al estudio. Guerra, Ale, guerra, le decía y entonces saludaba “milagros son en la tierra, como paños en la guerra”.

A Milagros la conoció en mi casa de Madrid. Él había llegado unas semanas antes a dirigir el Instituto de México al que rápidamente bautizó como Salón México ante la estupefacción del embajador y gran amigo Gabriel Jiménez Remus. ¡Le puso Salón México!, me decía abriendo más sus ya de por sí abiertísimos ojos. Salón México huele a calle, a mujeres, a baile, decía el embajador furioso, que terminó por incluir a Alejandro en su lista de grandes afectos y que desde Cuba, donde fue enviado después de Madrid, le tendió una y otra vez la mano hasta el último día.
Cuando se vieron la primera vez, ya no dejaron de verse. Milagros y Alejandro se pusieron a bailar en la sala de mi casa de Madrid sin importarles que los invitados estaban ahí para conocer al nuevo agregado cultural de la embajada y ser los únicos en bailar y abrazarse y volver a bailar otro rato sin música. Dejaron que sus almas siguieran bailando pegaditas, durante los siete años que estuvieron juntos. El día en que se casaron, se fueron temprano de la fiesta que organizaron en el Bar Casa Pueblo del Barrio de las Letras. “Es que ya di el viejazo”, me dijo Alejandro que me lo venía diciendo ya meses atrás cuando salíamos del Círculo de Bellas Artes y no se sumaba a la copa final con Eduardo Vázquez, Kiko Helguera y Valentina Siniego. “Ya di el viejazo, María” y lo acompañaba caminando despacito a su casa de Cervantes, donde Milagros lo esperaba con sus comentarios sobre el programa y sus milagros. Y con un masajito de ternura en la espalda adolorida de Alejandro.

Regresé de Madrid hace unas semanas. Fui a ver a Alejandro que me prometió que me iba a dar el premio a la mejor huésped 2007, porque también estuve ahí en diciembre pasado y a pesar de los frijoles con ajo y las toscas rebanadas de jitomate, me salió rico el bacalao, los tacos, el fideo seco. Lo fui a ver porque quería decirle que lo quiero y se lo dije. Está bien decirlo. Debes decirlo más seguido, me dijo Alejandro con su voz delgadita de oxígeno. Lo fui a ver para estar con Milagros; para que supiera que no estará sola, aunque Alejandro haya tenido la ocurrencia de al final decidir que ya iba siendo hora de morir. Porque cuando escribió su poema “Colofón”, el año pasado, todavía no sabía qué hacer.

He estado revisando la historia y resulta

Que todos han muerto. Todos, todos.
De manera que esa secreta esperanza que yo tenía.
No encuentra fundamento. No se qué hacer”

Hace una semana, Alejandro Aura fue al hospital a una cita con su oncólogo. Decidió quedarse. Dos días después supo qué hacer. Pero sucede que desde hace unos días he estado revisando mi historia. Y ahora soy yo la que no sé qué hacer. Qué decir, qué escribir.

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jueves, julio 31

Alejandro Aura

La vimos venir, acercar
su sonrisa sin labios
a tu diario poema

la vimos rozar tu mirada
la llamaste por su nombre
le mentaste la madre

y yo

le pedí perdón a tu nombre
a sabiendas de que nada
la haría rectificar

nada
te dejaría en la vida
donde tan bien se está

Al final
acabaste de revisar la historia
y supiste qué hacer

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viernes, julio 18

Frontera norte: morir menos

Dicen que la cifra va en descenso. Que ya son menos los que mueren en el intento de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, dar el salto, tratar de respirar, comer, dormir, sin el dolor encajado en los pies, en la garganta, en los ojos asustados de los niños envueltos en rebozos de hambre. Los mexicanos muertos, nos dicen las instituciones oficiales, suman 117 en lo que va del 2008. Una cantidad menor que la que se registró en el mismo periodo del año pasado. La cifra de muertos, nos informan en lenguaje como de guerra. La guerra contra la sensibilidad en la mirada. La ciudad de México está ya en los primeros lugares de la lista. No se sabe exactamente a cuántos de sus habitantes expulsa a diario. Pero después de Michoacán y Guanajuato, se disputa el tercer lugar con el Estado de México.

Los jóvenes abundan. Son fuertes y aguantan más, pero igual mueren. De sed, de asfixia, mueren reventados de sol o congelados. Algunos mueren sin nombre y sin edad. Son los que encuentran después de varios meses en medio del desierto. No se sabe si ellos también son cifras. Las mujeres y los niños. Los niños que, de acuerdo con la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), este año han tenido suerte. No hay en el recuento ningún niño muerto. Quizá no hayan encontrado aún sus cuerpos. O habrán aprendido ya de los que lo hicieron antes. Se van pasando la voz de pueblo en pueblo, de barrio en barrio. Y muchos han conseguido cruzar solos al otro lado. Solos se buscan la vida. Una pandilla de latinoamericanos donde aprender el arte de sobrevivir, un burdel clandestino. Como en una guerra. La guerra contra el vacío.

¿De qué huye la gente?, me preguntó un día mi hijo. Estábamos viendo la televisión cuando apareció un “mensaje del gobierno federal”. No te vayas, te puedes morir, tus hijos te prefieren vivo en México que muerto en otro lado. Miles de mexicanos mueren en el intento, no te atrevas, dice una voz en off. Como animándolos a resignarse, como diciendo quédate al lado de los tuyos, aunque no alcance para comprar los zapatos de los hijos ni para que coman al menos una vez al día. Consíguete un trabajo de albañil, aunque te paguen una miseria, o limpia parabrisas, lleva a tu hijo a que te ayude, que para eso están los hijos. Si no, ¿para qué?

Conversamos con Juanito, el hijo de uno de los albañiles que construyen un edificio cerca de donde mi hijo y yo vivimos. Tiene once años y nunca ha ido a la escuela. Pero él está convencido que es un chamaco con suerte. Su apá lo lleva a la obra todos los días, Juanito ayuda a los vecinos a bajarse de sus coches, les abre la puerta, les carga las bolsas de las compras. Juanito se siente dichoso, lava coches en la madrugada, aunque los porteros de los edificios de la cuadra lo vean mal, dicen que les quita trabajo, Juanito, ese coche es mío, escuché que le gritó la otra mañana la esposa del portero. No te metas en mi territorio. Territorios controlados, como en una guerra.

A Juanito no le importa quedarse sin escuela. Para qué ir, nos explicó a mi hijo y a mí, mi papá dice que nomás le sacan a uno dinero que para la fiesta de la mamá y para el disfraz, para el refresco del Día del Maestro, para el lápiz, otro cuaderno rayado, y mientras la mamá en las esquinas vendiendo chicles o trabajando todo el día en casas alejadísimas del barrio donde viven, dos horas o más de camión, luego el Metro, luego otro camión. Mejor ir a trabajar desde los seis años. A veces incluso de cinco o cuatro años, parados en las esquinas, envueltos en rebozos de hambre. Mientras tengan alguien que los lleve a las esquinas o a trabajar en la construcción, lavando coches, de cerillo en el supermercado donde aprenden a sumar sin saber leer.

Hay otros niños que ni eso. No tienen familia, perdieron a su madre y a su padre cuando se salieron a la calle. Se fueron a buscar refugio a cielo abierto donde estar más seguros que en su casa, aunque corran el riesgo de morir en algún basurero con la nariz pegada de cemento, con los pulmones rotos, con el hígado apuñalado de alcohol. Los cerca de 100 mil niños y adolescentes que viven en las calles de la ciudad. Las calles donde se forman y crecen. Y si sobreviven, si acaso sobreviven, intentarán cruzar al otro lado. En la televisión, mientras tanto, una voz en off seguirá advirtiendo que si lo hacen, se arriesgan a perder la vida.

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sábado, abril 26

Vivos murmullos muertos

Tendría unos siete años cuando la llevaron a conocer a los muertos del pueblo. Le enseñaron uno a uno los sepulcros del viejo cementerio. Aquí yace Petronilo Flores, el primero en pilotear una avioneta; acá Miguel, el dueño de la carpintería; más allá Doña Gertrudis, la solterona. Una tal Eduviges fue enterrada junto a sus dos hijos que murieron, igual que ella, el día de la tormenta. Al otro lado está la tumba de Macario, el albañil que pereció atropellado. Fue él quien llevó el pulque a Ahuatepec, un pueblo que por estar tan cerca de Cuernavaca se fue llenando de enormes residencias, habitadas solamente los fines de semana por familias que viven, de lunes a viernes, en la Ciudad de México. Pero la familia de Natalí nunca quiso vender su casa, ni el terrenito donde todavía hoy conviven patos, guajolotes y borregos con alguno que otro perro. Ahí crecieron Natalí y sus tres hermanos, a quienes de niños los llevaban de tanto en tanto al cementerio para que no olvidaran que Eduviges, Miguel, Gertrudis, Macario, Doloritas y una hilera más de muertos fueron quienes comenzaron a construir el pueblo, apenas abrieron la vereda que va de Tepoztlán a Cuernavaca. Le levantaron la orilla al camino.
Natalí sonríe cuando me cuenta sus paseos entre muertos. Acabó siendo una costumbre lo que comenzó como un arma contra el olvido. Se aprendió de memoria la leyenda de cada sepulcro. Quién está al lado de quién, en qué calle vivía, en qué cantina, cuántas palizas le dio su marido, con cuántos besos enamoró a las muchachas del pueblo vecino. Un día le dio por indagar la historia de aquellos muertos de quienes nunca nadie dijo nada, los muertos anónimos. Y comenzó a darle vida al pasado de sus muertos. Se volvió una experta en construir identidades. Por eso Natalí nunca ha padecido el dolor de ser una extraña en su pueblo, la pena de no pertenecer. A pesar del cambio brutal de las calles, las personas, la forma de mirarse sin mirar. A pesar de que ya no queda nadie de los que estaban cuando ella nació, nunca le duele la soledad, aunque se encuentre sola. “Me dolería la ausencia”, confiesa cuando le pregunto. Y aclara: “la soledad, como el silencio, no es ausencia”. En algún lado he leído esa frase, pienso, y la anoto.
La primera vez que la llevaron a ver a los muertos del pueblo iba de la mano de Chavela Vargas. Fue ella quien le fue deletreando la vida de cada muerto. Quien leyó en voz alta la leyenda inscrita sobre cada lápida. Quien le dijo una y otra vez que no olvidara, que se grabara en su cabezota lo que le estaba contando. Que nunca escapara, que jamás se arrancara de la piel la historia de los suyos. Su historia. Que si alguna vez llegaba a hacerlo, le advirtió, le caería encima la locura.
Chavela Vargas escuchó atenta el relato de Natalí. Ante ciertas frases reía, ante otras tarareaba una tonada antigua, como quien se empeña en recordar un sitio, una iglesia, un rostro, un paisaje, cualquier cosa que surja del pasado, antes de que todo desaparezca. Escuchó atenta el relato de Natalí, atenta y orgullosa de escuchar a quien, según ella misma asegura, le heredó las ganas de no dejarse ningunear por nadie. Por eso cuando Natalí tenía once años la metió a clase de karate, Y resultó ser excelente alumna, tanto que los triates que vivían en la misma cerrada que Chavela tuvieron que inscribirse también a la escuela de karate. Para defenderse de Natalí, la chiquilla que Chavela Vargas crió como si fuera una hija. Una chiquilla con espíritu retador, la describe Chavela, y se pone a cantar una canción sobre un ser desconocido.
Natalí trabaja en la fábrica de cartuchos Remington. Desde hace ya casi un año, los sábados los dedica íntegros a un curso de formación de bomberos. Será la primera bombera del pueblo. Desde que comenzó el curso ha perdido 18 kilos, lo dice con orgullo. Marta, su mamá, nada más para que Natalí se sienta acompañada, ha adelgazado cinco. Se va corriendo a Ahuatepec, en lugar de tomar el autobús. Corriendo como antes lo hacía Natalí y sus hermanos detrás de Chavela. Llegaba a las dos, tres de la mañana de El Hábito, en Coyoacán, donde cantaba los fines de semana por la noche. Dice Natalí que si dormía tres horas, eran muchas. Se levantaba a las seis, cruzaba la puerta de la casa de Marta y despertaba a los niños a gritos. Se los llevaba a correr a Tepoztlán, a treparse al cerro. “¡A ver quién llega primero a la pirámide!”, retaba. Y después, ya con Chavela al volante, se iban todos a Tequesquitengo a subirse al aeroplano del hijo de Petronilo Flores. “Para que nunca sepan qué es el miedo”, les decía Chavela. Un día quiso saltar en paracaídas con Natalí, pero no le dio la estatura a la niña. Le faltaban como diez centímetros y por más que Chavela le rogó al hijo de Petronilo Flores se tuvo que tirar sola. “Chin”, dice Natalí, quien se quedó con tantas ganas que hasta la fecha sueña con que vuela con alas de mariposa.
Las alas de mariposa, comenta Chavela, son las que te salvan de morir, cuando la muerte se acerca a destiempo. Una vez ella sintió cómo levantaron su cuerpo que se iba. Chavela le pregunto: “¿le tienes miedo a la muerte?”. Y me responde que sólo a quien la vida le da miedo teme morir. Cuando la escuché me acordé de que justo ese mismo sábado se conmemoraban los diez años de la muerte de Octavio Paz, quien tampoco le temió a la vida ni a la muerte. Y quise saber si a los 89 años aún se conserva la esperanza. “Tú dime”, reviró Chavela cuando se lo pregunté. Y le contesté con la palabra del Octavio Paz recién llegado de la España en guerra, cuando se descubrió otro en él: “Quien ha visto la esperanza, no la olvida, la busca bajo todos los cielos y en todos los hombres. Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde, acaso entre los suyos”. “Acaso, acaso,” murmura Chavela abrazando a Natalí.

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jueves, febrero 21

ANCIANIDAD

Los viejos están solos, casi siempre. Es duro mirarlos de frente, acompañar el movimiento de sus ojos; dar el paso y entrar cuando abren la puerta que conduce al centro de su alma. Pasear con ellos. Escucharlos cuando frente al espejo advierten que ya nada será como solía ser. Absolutamente nada.

Más que estar solos, los ancianos habitan al interior mismo de la soledad. Conocen sus ventanas, distinguen cada uno de sus olores. Adivinan el momento exacto en que habrá de abrir sus fauces para arrancarles un trozo de vida. Uno más. Y algunas veces, cuando rompe el alba, se protegen con su oscuridad. Desaparecen. Saben que no hay nadie que quiera escuchar su grito, el grito inaudible de los ancianos.

Hay quien asegura que la soledad en las mujeres ancianas es aún más intensa, más lúcida, mucho más poderosa que la de los hombres. La soledad de la mujer multiplicada. La piel puesta sobre el fuego que aún conservan, aunque nadie lo note. Ni siquiera la ciudad que las ha visto construirse, volver a nacer, cuando rompieron el silencio impuesto y se descosieron la lengua. Ellas, las ancianas de hoy y sus madres. Sus abuelas guerreras del campo y la ciudad.

En la Ciudad de México más de medio millón de mujeres mayores de 60 años, intentan espantar a la muerte. Eso dicen las estadísticas a las que pude tener acceso. Mas de medio millón de mujeres a quienes el pasado les concede existencia, únicamente el pasado. Y cuentan historias sobre su vida para dignificar su presente. Pero no se entierran en el pasado, buscan también ser en el futuro, lo intentan con fuerza, organizan actividades, planifican, se aferran a la idea de que es posible amanecer con vida, un día más. Solo uno más, dicen al atardecer, y se van acercando al siglo.

Hace un siglo la esperanza de vida de la mujer era de 30 años. Fueron los tiempos de mayor mortalidad en México, las primeras décadas del siglo XX. Hoy sin embargo, la esperanza de vida es de 75 años, cuatro más que la de los hombres. Miles llegan a los cien años y más. Se empeñan en soñar despiertas que aún hay espacio para ellas en un mundo que se ha dado a la tarea de olvidarlas. Quieren vivir más tiempo, siempre y cuando la vida sea más generosa que la muerte. Por eso, casi a escondidas, acarician a la vida con los dedos del deseo.

La voz de las ancianas se asemeja a la palma de la mano. Está llena de líneas, puede leerse casi. Como un libro, cada historia que cuentan es la escritura misma de su vida. Pero no es fácil leerla, ni escucharla, ni soportarla. La cercanía de la muerte aterra. Y levantamos un muro, las obligamos a colocarse la máscara de la locura, cuando no encuentran otra forma posible para alcanzar la serenidad.

El muro es la mirada de los otros. La que les niega acceso al mundo productivo, la que les cercena la capacidad de crear. Aunque continúan creando. A oscuras, se protegen e inventan lo que los otros les roban. La creatividad, la voz, el derecho a la lentitud. A seguir perteneciendo. A ser. Y comprender su historia.

La historia de los ancianos es también nuestra historia. La que fue y la que será. La historia no contada y la que está ya escrita en los rostros de los adolescentes. La historia que necesitamos escuchar, porque nadie nos ha dicho cómo llega la ancianidad, en qué esquina la veremos asomar su sombra, en qué parte de nuestro cuerpo se hospedará. Nadie ha escrito nunca qué forma guarda el camino que el adulto recorre hasta llegar a la vejez. Sabemos qué le sucede al organismo, qué pierde, qué se atrofia. Pero no hemos descifrado la ruta. Ni descubierto su luz.

Simone de Beauvoir estudió la ancianidad. Sus dolores, sus temores. Simone de Beauvoir le limpió el rostro a la vejez, criticó por vez primera la forma que tiene la sociedad de mirar a los ancianos. Pero no nos devolvió la esperanza. Al contrario, por momentos nos hace pensar que no hay forma de remediar la soledad que nubla su mirada. Mientras sigan siendo parte de los marginados, no habrá forma de devolverles la vida. La poca vida que les queda por vivir.

Los ancianos no se olvidan nunca de su vejez. Es imposible apartarla de la almohada, del frasco de medicamentos, de la silla, del espejo. Pero hay algunos que la invitan a caminar de la mano con ellos. Son los que se salvan del terror de verse degradados. Y siguen el camino. No escuchan el lamento de su cuerpo. Ni la sordera del mundo. Ven al mundo y consiguen reconocerse. Cuando en ese mundo encuentran alguien que brinde con ellos, alguien que no agrede, ni grita ni levanta el muro, recuerdan que la vida ya no será como solía ser. Pero sigue siendo vida. Y andar al filo de ella puede incluso ser más intenso, mucho más intenso que la sola ausencia de la muerte.

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sábado, noviembre 3

La vida de los amigos muertos

Me encontré con un viejo amigo la otra noche, después de no sé ya cuántos años sin vernos. Tropezaron nuestras manos, frases, miradas, el frío viento y las ondas del tiempo también tropezaron. Pudimos habernos visto antes, un mes, un año, un lustro antes; pudimos habernos buscado, preguntado, gritado nuestros nombres por las tardes, pero no fue así, y no tiene importancia. Ahí estábamos Héctor y yo frente a frente la otra noche. Y la fortuna puso un obstáculo a cada uno de los invitados de la cena de mi amigo, de modo que llegaron tarde o no llegaron. Y Héctor y yo tuvimos mucho tiempo para desgajar una a una nuestras historias de vida. Y las de muerte.

Mi amigo y yo tenemos varios muertos en común. Dos nos tocan más hondo el alma. El primero tiene ya más de 30 años de haberse muerto. No sé a Héctor, pero a mí de vez en cuando todavía me hace falta. Sobre todo cuando estoy frente a una chimenea encendida, cuando camino descalza sobre una calle empedrada, o al leer alguno de los poemas que, casi adolescentes, escribimos juntos. Queríamos ser salvados para siempre de todos los males, de todos los aullidos, exigencias, responsabilidades, de todas las miradas expectantes, las voces, los consejos de un mundo que no sentíamos propio. Buscábamos eso: una arma en la poesía. Como una patria, un beso, un credo, un amor. E inventábamos poemas libres como un campo de agua sobre el cual dormir.

Aunque aturdidos, fuimos un grupo de jóvenes privilegiados. Octavio Paz nos abrió un día las puertas de su casa. Y nos enseñó que contar montoncitos de limones de a peso en un mercado, puede ser también un poema. O tres notas del piano. Dos sonrisas aladas, cualquier palabra, cualquier silencio, cualquier sonido que se acomode sobre el hombro del que sigue o dentro, es un poema. Un poema que salva del veneno de las flechas. Eso hacíamos, saltar entre palabras mudas y gritar. Pero un día Joaquín decidió buscar en otros territorios. Cruzar la soledad con los ojos vendados, alcanzar algún sitio entre tanta voluntad opuesta. Desnudarse sin lluvia y morir, sin volver a escuchar la palabra del ángel. De aquél ángel que una noche nos cantó al oído el poema del tiempo. El pasado, el futuro, los dos cielos que tenían la misión de tejernos el alma. En presente.

La muerte de nuestro otro amigo es más reciente. El dolor está fresco, aún la cicatriz se empeña en mostrar sus amplios bordes. Héctor y yo fuimos siempre sus más cercanos amigos. Siempre al lado, siempre risa. Era un amigo de esos que no saben de distancias ni de olvido. Aunque viviéramos en ciudades lejanas, cada cual alzando su vida entre sueños de espuma, o perdidos en ocasiones entre la sombra de un amor que no alcanzó a abrazarnos a tiempo. Aunque viviéramos así, separados por un océano o dos, estuvimos siempre en la mirada de la memoria que juntos levantamos. Aunque no sé si Héctor piensa igual. Ignoro si él también echa de menos, si le duele todavía el silencio de una risa, de una ocurrencia, del habla de unas manos, del discurso que debió haber pronunciado ayer, hace un año, cuando toda la ciudad de México se preparaba para alzar el vuelo. Pero Adolfo murió. No sé Héctor, pero yo no he vuelto a reír con tanta libertad, carcajadas de fuego. Ni mucho menos he vuelto a ver tanto mundo, tantos mares, en una historia narrada a golpe de sonrisas. Eran quizá sus ganas de vivir, de gozar una a una las gotas de la vida, gozar también cada tristeza, cada amor, cada sueño. Cada uno de los poemas que escribió con la mano de su hijo. Aunque no alcanzaron a salvarlo de la muerte.

Me encontré con un viejo amigo la otra noche. Y todavía nos debemos canastadas de palabras. Montañas de risas, una nube completa de lágrimas que apaguen la tristeza. Que saquen a flor de piel nuestro silencio, que lo hundan en un pozo, que nos hagan sentir que ya nadie nos engaña. Ya nada nos perturba de otros. Ni la mirada expectante, ni las voluntades opuestas. Vencimos los temores a golpe de poesía y música. A golpe de vida. Aunque mi amigo diga que no se está tan bien en esta vida; aunque haga un recuento de los dolores que le han agrietado la piel desde niño, aunque no olvide las ocasiones en que el mundo nos ha mutilado, aunque me recuerde las pérdidas, las innecesarias pérdidas que hemos padecido, todavía nos reímos. Los dos pasamos horas otra vez aventando carcajadas de luz en plena noche. Aunque él dice que son recursos que utilizamos para sobrevivir la crueldad de la vida, ríe, recuerda, y vuelve a poseer el arma que lo ha salvado del peor de los males. Existe y pronuncia conmigo la voz de los amigos muertos. Los sentamos a nuestro lado, los hacemos reír, como un poema o una nota musical que nos estalla en el cuerpo.

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