miércoles, abril 11

Coyotes en Coyoacán

Lleva encima la imagen de un coyote. Tal vez porque antiguamente los coyotes sabían que en Coyoacán el crepúsculo avanza en forma diferente: sin moverse, como aún lo hace hoy ante los cuerpos que comienzan la noche en deseo. O como sucede cuando la escritura tiene el don de ser sólo escritura y se desliza, sin dirigirse a ninguna parte.


Por diferentes motivos y después de incendiar el pueblo entero, también Hernán Cortés eligió a Coyoacán como sitio de residencia. Instaló ahí el campamento de una de sus divisiones y construyó el primer ayuntamiento de la ciudad de México. Ignoro si la Malinche alguna vez vio los atardeceres, si escuchó el aullido de los coyotes, si disfrutó los manantiales, los aromas, el viento, el blanco de la noche, pero vivió en la misma casa de Coyoacán desde la cual Cortés escribía a Carlos V sus hazañas. Otras muchas mujeres y hombres hicieron suyo este barrio fundado por los toltecas entre los siglos X y XII. Frida Kahlo fue una de ellas, quizá una de las que más adentro lo sintió. Octavio Paz, Salvador Novo, Diego Rivera, León Trosky, Manuel Álvarez Bravo, Luis Cardoza y Aragón. Y las religiosas de varias congregaciones católicas.

Por fuera, los conventos eran casi todos iguales. Exactos en fachada y olores a aquél al que de tanto en tanto nos llevaban a mí y a mis hermanos mis padres, para que no se nos olvidara el rostro de mi tía, su rostro de tela. Y para que aprendiéramos a comer polvorones de monja sin ahogarnos de tos. Después de cruzar un pasillo oscuro, frío y plagado de sombras calladas, aparecía un patio luminoso con cascadas de buganvillas, nardos, dalias, begonias y otras flores cuyos nombres fui guardando en un cuaderno por miedo a que desaparecieran entre otras palabras danzantes: nasturcias, cempasúchiles, aretes, manitas. Las manitas, me contó una mañana una monja, tienen poderes curativos. En tiempos antiguos se molía la flor con la corteza del árbol en sangre de golondrina y lagartija. Untado, sanaba los dolores de mujer. Todos, menos la nostalgia de existir.

A las niñas les dan miedo las monjas. A casi todas. A mí me provocaban un poco de asfixia, las pobres, con tanta ropa encima. Pero no sentía ningún temor pues en mi familia se vivía con entusiasmo compartido la historia de mi tía la monja. Con excesiva frecuencia alguien contaba una, diez, cien anécdotas sobre el gran amor que vivió durante años la hermana de mi madre con un joven cultísimo y bien parecido. Cuando escuchaba a los adultos hablar sobre ese amor me imaginaba uno a uno los suspiros, las caricias, el beso en el jardín. Y ese día sabía que tendría seguro un sueño amable. Según contaban, por un tiempo ambos enmudecieron. No les hacía falta sino el silencio. Ninguna frase. Era su fuerza, una fuerza silenciosa. La historia terminó el día en que anunciaron su ingreso a una orden religiosa. Y casi al mismo tiempo, cerraron la puerta a la vida.

Quedó el silencio que callaron. Los sonidos con los que se tocaron, nada más.

Durante años intenté descifrar la mirada de mi tía la monja. Me urgía saber quién de los dos pronunció la palabra inicial. Pero mi tía tiene los ojos azules. Y los ojos claros no pueden mirarse, porque nunca se aquietan. Ni siquiera detrás de los muros de un convento en Coyoacán.

Hay mujeres que nunca se aquietan. Muchas de ellas vivieron también en Coyoacán. Eran los años en que las mujeres comenzaban apenas a imaginar que era posible crearse. Como ser humano, construirse un rostro diferente al rostro que otros ven en nosotras. Y lo intentaron en grupo. Fueron las pioneras del feminismo mexicano organizado. Se consiguieron una enorme y agradable casa en el centro de Coyoacán y se dieron a la tarea de reconocerse. Les tocó soportar el dolor de iniciar otra historia; recorrer las calles solitarias, sin saber nunca lo que venía después.

Después entrará el viento a callar el griterío de los coches. Esa fue la primera frase que escuché decir a Luís Cardoza y Aragón el día en que fui a conocerlo en su casa de Coyoacán. Estaba convencido, poeta al fin, que cuando cerraba el portón principal, el viento de Coyoacán lo protegía a él y a Lya, de toda calamidad. Lo visité en varias ocasiones. Hablábamos de Guatemala y sus heridas. De los sueños echando raíces, de los locos y los guerrilleros. Luis Cardoza y Aragón hablaba. Y navegaba callado por la palma de mi mano. Por todas las manos de los que escuchan todavía hoy lo que dice dentro de él, su mundo maya. Nunca volvió a Guatemala, nunca tampoco murió del todo.

Nunca he vivido en Coyoacán. Pero conozco sus calles y sus tamales. Sus museos, el Anahuacalli, el de Culturas Populares, el Museo de las Intervenciones. Reconozco a los globeros, los heladeros, los artesanos, los vendedores de elotes, las monjas. Disfruté al Hijo del Cuervo en su mejor época, la casa de Frida, las cantinas, el café de librería, la música, y el danzón del Centro Nacional de las Artes.

La otra tarde, paseando por el Zócalo de Coyoacán, vi a una pareja de jóvenes que se juraban caricias eternas sobre una banca. Me pareció escuchar, justo en ese instante, un aullido, como una nota larga muy larga que sube, pero no cae. Se desliza nada más. Y agita la nostalgia de existir.


Coyoacán, México, 19 de febrero de 2007

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martes, abril 3

El Parque México y otros sueños

La otra noche volví en un sueño a mi niñez. Desperté feliz de haber conseguido revivir imágenes que habían pasado sin apenas darme cuenta; sin haberlas siquiera guardado en mi interior, como se guarda el primer amor, el primer susto o el poema que se pronuncia siempre con distinta voz y que no pierde jamás la vida. Los sueños tienen eso: el poder de reinventar otra voz a lo real. Jugábamos a vivir. A ser. Nada más. Esa era nuestra vocación, ser.


Yo era una niña de la Colonia Condesa. Crecí entre niños que jugaban futbol, carreras de bicicleta o patines y luchas de agua; ataban latas a las patas de los gatos y se escondían en el Parque México para simular estar perdidos y sentir en el vientre la dulce turbación que ello provoca. Entonces no lo sabíamos, pero el Parque México es uno de esos milagros que se registra en la planeación urbana de la Ciudad de México, concebida más bien para ser el territorio e imperio del automóvil que hoy es. De existir más actos de generosidad como el Parque México, la ciudad y sus habitantes llevaríamos la dignidad hilvanada a la piel. Seríamos más abiertos, menos huidizos, más humanos. Y la vida no tendría que perdonarnos tanto. Nos atreveríamos a mirarla directamente a los ojos, sin dolor.


Cuando pienso en el Parque México, lo percibo de agua, como una serie de espejos de agua. Con mis hermanos, amigos o vecinos solíamos saltar en los pequeños lagos y fuentes para empapar a quien pasaba a nuestro lado. Luego salíamos corriendo, colmados de risas. Yo solía mirar durante largo rato a los patos y gansos del lago, tratando de distinguir los patos de las patas, los gansos de las gansas. Siempre había alguien que interrumpía mis cavilaciones y me daba un pedazo de bolillo para alimentarlos: una enana, un hombre solitario, un vendedor de merengues, una anciana sin dientes, un vagabundo. Los habituales visitantes del Parque México a los que en esos años nadie les temía. No había razón para tenerles miedo. Ni para huir de ellos, salir disparado con el terror en el rostro.


En aquellos años no existían las bandas de secuestradores, ni ofrecían a los niños drogas en los parques. Si acaso alguna vez, a mí nunca me sucedió, un exhibicionista sorprendía a las niñas. Y a veces los adultos, desesperados por no conseguir controlarnos del todo, nos amenazaban con el “robachicos”. Te va a llevar el robachicos en su costal, decían. Pero nunca logramos verlo. Por más horas en la azotea esperando ver pasar al viejo del costal atiborrado de niños….


En mi sueño el Parque México tenía enormes papalotes, tan grandes casi como los que se exhiben en estos días en la librería Rosario Castellanos, que, por cierto, está también en la Condesa. Son papalotes de Francisco Toledo, fabricados en el taller que fundó hace diez años en Etla, Oaxaca. De niño, Toledo jugaba a peleas de papalote. Se trataba de atarle una navaja a los papalotes que saltaban como gallos, uno sobre el otro en el cielo del Istmo, hasta que caía herido el infortunado papalote.


Los papalotes son las alas de los sueños. Alguien me lo dijo cuando yo era niña. O quizá lo escuché en alguna de las películas que iba a ver al cine Lido, donde ahora está ubicada la librería repleta de papalotes. En el cine Lido, que después se llamó Bella Época, vi por vez primera una escena de sexo. Y todavía recuerdo el aleteo. El primer soplo de agonía de la infancia. A partir de ese día, cambió mi forma de mirar a las parejas que se besaban en las bancas de piedra del Parque México y a aquella fuente con una monumental mujer también de piedra en el centro. De los cántaros que lleva bajo sus brazos brota el agua de la fuente. Algún día tendría el mismo cuerpo que ella, pensaba al mirarla. Un cuerpo sin sed.


Cuando yo era niña, la colonia Condesa estaba repleta de tiendas de dulces. La más cercana a mi casa se llamaba “la viejita”. Así le pusimos los niños del barrio para quienes la vendedora de dulces era una viejita, que en realidad no lo era. En su tienda solamente se vendían dulces de los que ahora se les llama “típicos”. Obleas, alegrías, chiclosos, tamarindos de chile, de dulce y de sal, como tamales. Cerca de Semana Santa aparecía sobre el mostrador, una gran charola con capirotada, para la vigilia. Había también cajitas con cajeta, dulces de leche, acitrones, lágrimas de cocodrilo, morelianas, glorias, mazapanes, charamuscas y trompadas. Y para el día de muertos, decenas de calaveritas de azúcar. Los niños de mi generación tuvimos la fortuna de pronunciar a diario los nombres de los dulces que están hoy en extinción. Nos llenábamos la boca de palabras con sabor a poema. Y pasábamos horas del otro lado del vidrio de la dulcería. Soñando.


La otra noche soñé que la tienda de dulces de la viejita era una casa deshabitada. Cuando entré, la viejita estaba sentada sobre la caja de las sorpresas, unos pequeños tubos de cartoncillo forrados de papel de china de colores, repletos de dulces y miniaturas. No había nada más. Excepto la ausencia de los dulces. Y eso, en un sueño es suficiente. La ausencia que permite ver muy lejos, aún en la sombra. O sobre la rama de un ahuehuete, un fresno, un trueno, o una jacaranda del Parque México.


La infancia es también la ausencia que nos mira. La única posibilidad que tienen nuestros ojos de mirarse a los ojos. Y de que sean nuestros labios los que gritan nuestro nombre. Ignoro si eso mismo sucede con la vejez. Nunca ningún sueño me ha regresado a mi vejez. No soy aún anciana. Pero conozco algunos cuantos viejos que poseen el don de hacer aparecer menos cruel al mundo. Son los que se van yendo como un niño que corre en un parque, sin ningún temor a olvidar lo que todavía no ha llegado. Sin miedo al dolor que causa en ocasiones soñar tan lejos.


Febrero 12, 2007

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De la mano de la muerte

Cualquier cosa puede suceder en la ciudad. En un mismo día es posible recorrer dos, cinco, trece mundos diferentes. Se pueden cruzar esos mundos, se pueden visitar, penetrar, conocer. Se puede correr el riesgo de vivir, o simplemente volar sobre ellos. Cada uno tiene el derecho a decidir qué hacer. Los mira o los ignora. Los siente o cierra los ojos. Los ojos de la memoria.
La memoria del presente se ha empeñado en huir de la ciudad.


Da pereza mirar, es difícil. Pocos lo hacen. Es más fácil desmirar a los niños que se acercan a los automóviles, que concederles el mínimo espacio de existencia en nuestro día. Pocos miran. O pocos saben mirar. Mirar es recordar. Recordar la mugre de los traperos, su olor. Cuando hablo de ellos casi siempre la gente se limita a comentar que apestan, que son una lata, que ensucian, y se cambia el tema. La otra tarde, el taxista que me condujo al norte de la Ciudad de México cerró las ventanas de su coche cuando presintió su cercanía. Le pregunté cuál es la maldad de los niños de las esquinas. En dónde está el peligro. Qué mal contagian. Están drogados, me respondió, fíjese en la mirada. Y me fijé. Los niños de la calle no tienen mirada porque nadie se las mira. La llevan metida en los bolsillos de sus pantalones rotos. A ratos la guardan en la lata de cemento que los lleva al encuentro con el abandono.
Me bajé del taxi y miré. Los niños de la esquina no me vieron. No tienen la costumbre de ser vistos por una mujer ajena al barrio. Eso es lo que me protege cuando camino por las calles prohibidas. Me protege y me excluye. Afuera, me avienta afuera. Mi figura me inexiste. Yo misma he llegado a desconocerme. Pero vuelvo a intentarlo. Lo intento y descubro que los niños mugrosos de las esquinas sonríen. Cuando alguien pregunta su nombre, asoman sus dientes chuecos. Y se alumbra entero, su rostro. Como si en verdad tuvieran alma. O razón, o amor.

Hay un centro cultural muy cerca de la esquina donde los niños tienden su cuerpo en los cristales, como ropa al sol. Un centro cultural que no puede ignorar la existencia de los niños de la calle. No tendría que ignorarla. Si no hay diálogo entre la cultura y la realidad más inmediata de la ciudad más grande del mundo, no hay cultura, no hay realidad, no hay sino mentira, espejismo, sinrazón, engaño. La ciudad del engaño seriamos. Sin más.

Viví años en Madrid y nunca vi niños de la calle. Nadie se arroja sobre el parabrisas de los coches en las esquinas, ni se coloca una nariz de pelota, ni guarda su mirada en el bolsillo de un pantalón roto, ni inhala cemento, ni pide su calaverita en noviembre, su navidad, un peso, algo para comer. Pero hay pandilleros. Bandas de niños y adolescentes en su mayoría latinoamericanos que han sido expulsados del mundo de los eficaces, bien portados, europeos, guapos, cultos. No son huérfanos, ni tienen un padre en la cárcel, no han sido víctimas de abusos sexuales por parte de su padrastro ni han sido arrojados a patadas de su casa. Pero son diariamente lanzados de una tierra a la que le ha costado permitir que el otro la arrope, la haga suya. Los niños de la calle de Madrid y otras ciudades de España son eso: dos veces desterrados, dos veces despojados de su derecho a ser ciudadanos. Ecuatorianos, colombianos, peruanos, bolivianos sin ciudad.

Las pandillas de niños y adolescentes latinoamericanos en España no se ocultan. Se visten como pandilleros, caminan como pandilleros, se escriben el nombre de su pandilla en la piel, lo gritan, ejercen a plena luz del día la violencia. Hace tiempo que comenzaron a matarse entre ellos. Pero no por hambre, ni por dinero. Matan para ser, como un grito que busca su identidad. En Madrid, Barcelona, Valencia, la cultura comenzó hace poco a dialogar con ellos. Las ciudades han decidido mirarlos. Y concederles la oportunidad de gritar, buscar, insultar, pero no con una navaja en la mano, sino con un pincel, una lata de pintura, un lápiz, una computadora, una guitarra, una mirada. Las ciudades en España aprenden a mirarse en el espejo. Crecen.
En la Ciudad de México todavía son pocos los que miran. Algunos escuchan los gemidos de los niños atados prematuramente a su sepulcro. Y deciden o no cerrar los ojos. Pero siempre amanece en la ciudad. Comienza a diario el día y por un instante da la impresión de que no existe la prisa en las calles ni en los corazones. Como si al amanecer el tiempo se quedara tendido sobre una ciudad más honda que extensa, más humana que fiera, más verdad que engaño. Una ciudad que está urgida de soltarle la mano a la muerte y que permanece a la espera de ejercer su derecho a que se entienda la realidad en la que está, ella y nosotros, inmersa.

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En el centro de la Ciudad de México, la soledad compartida

Acudo con frecuencia al centro de la Ciudad de México, sin ningún propósito específico. No voy en busca de objetos que en otras zonas de la capital ya no se encuentran, ni a comprar un libro, ni a comer al Danubio o al patio del Hotel Cortés, o al restaurante de Bellas Artes donde últimamente cocinan los mejores chiles rellenos. Me mueve solamente el deseo de sentir el vértigo que produce el movimiento. Mirar las miradas y las manos que vuelan casi en forma instintiva, siguiendo un ritmo propio, fiero, salvaje y a la vez, profundamente humano. Paseo durante horas por las calles, recorro los callejones solitarios, las avenidas desbordadas de frases que sólo se entienden cuando llegan a trenzarse, como se trenzan las palabras en el canto:
lléveselo marchantita, a cien pesos, baratos y de calidad, las últimas series, dos por uno güerita, dos por uno, hay eloooteeeeees, de a diez los eloooteeeeeeess, para que no lo engañen, para que no le cuenten...


Algunas veces me acerco a los puestos que a media calle proyectan las películas que venden, pero es difícil abrirse paso para llegar hasta adelante. Familias enteras pasan la tarde frente a un televisor conectado al viento, igual que un papalote, pero de metal. El otro día un joven me ofreció un audio libro pirata. Con su propia voz, el muchacho cuenta en un cd cómo transcurren los últimos instantes de vida de un conejo que fue tragado por una boa. Cómo desaparece el infeliz conejo, “propulsado en el túnel costillar por cada vez más tenues estertores”. “Es del Bestiario de Juan José Arreola”, me explicó el muchacho que apenas terminó la secundaria y se dio a la tarea de levantar el negocio de los audio libros. Su abuela, que nunca aprendió a leer, no se mueve de su lado cuando lee en voz alta para grabar un nuevo libro. Pero lo que más le entusiasma es que cuando su novia escucha su voz en un cd, lo besa. Cuando me lo contó comprobé que, como dijo el poeta Rilke, la vida creativa está muy cerca de la sexual. Tan cerca que no sólo llegan a rozarse, sino que en ocasiones se fusionan, se borra la frontera entre una y otra. Se disfrutan igual. También pensé que en el centro de la ciudad, todo se escucha diferente, se mira diferente, como un poema escrito en otro idioma, todo se incrusta hacia adentro, donde la soledad habita.

Pasear por el centro de la Ciudad de México es atreverse a poblar la soledad, amarla, abrir de par en par la ventana al estruendo del país.

Suelo leer el diario El País los fines de semana. Pero este sábado no pude encontrarlo en ninguno de los puestos de periódico del centro de la ciudad. Ya se acabó el país, me dijo a carcajadas una mujer madura. Se vendió todo, toditito, me dijo otra. ¿Quién, quién vendió al país?, le pregunté y también ella soltó una risotada. Al siguiente puesto seguí el juego. Y una mujer, ya anciana, me dijo que no había que darle importancia. Vendido o no, el país tenía a gente valiosa. Somos como el pasto, me dijo. Como el pasto que se seca, se hiela, se corta. Y seguimos. Recuperamos el calor. Eso es lo único que a su edad le importa, dejar a la vida vivir. Está convencida de que la vida tiene siempre la razón.

Los viejos no tienen necesidad de comprender. Observan la dignidad reposada donde se sostienen, donde jamás se aquietan, donde se mueven sin prisa.

El arte popular tampoco tiene prisa. El museo de la calle Revillagigedo, en el Centro Histórico, lo comprueba. Entré ahí este fin de semana, sin prisa, con tiempo. Y me acordé que Octavio Paz escribió en In/Mediaciones que “entre el tiempo sin tiempo del museo y el tiempo acelerado de la técnica, la artesanía es el latido del tiempo humano”. El latido también del barro cocido, del cántaro moldeado, del vidrio. O del jarro pulquero con barriga de mujer preñada que se exhibe en el museo.

Una mujer encinta camina por los salones del museo. De su mano, un niño de unos diez años. Toman fotografías sin flash, las necesita el niño para un trabajo de su escuela. Frente a un gigantesco mapa de México, la señora descubre sus raíces. “De ahí venimos”, le dice a su hijo mientras señala un maizal.

Subió el precio del maíz. Pero ella asegura que no ha subido el de las gorditas, ni el de las flautas que fríe en su anafre a mitad de la calle. Me insiste y no le creo, se lo digo. Le aseguro que en todos los puestos del Eje Central han subido el precio. Ni modo, el precio del maíz subió. Pero ella dice que no y que no. Cuando estoy a punto de irme me confiesa que no ha subido el precio pues apenas lleva tres días de ambulante y ríe. Antes trabajaba de sirvienta en una casa de la colonia del Valle. Pero no aguantó. Es difícil aguantar estando vivo, me dijo. Se aguanta mejor cuando ya uno está muerto. O cuando la muerte y la vida surgen de un mismo cuerpo.

Acudo con frecuencia al centro de la Ciudad de México. Sin buscar nada en concreto, encuentro. Sin siquiera intentarlo, consigo algunas veces que el movimiento encienda el vértigo. El temblor gozoso de la vida, sin tristeza. Porque el centro de la Ciudad de México arranca la tristeza. A golpe de miradas, sonrisas, palabras cantadas, la aleja y la incorpora, la mueve, la detiene sin paralizarla. En el centro de la Ciudad de México no existe la parálisis, porque nadie se espanta de no sentirse vivo. Nadie se detiene. Aunque les corten las piernas, recuperan la fe. Esa fe sin esperanza que protege, que penetra en el tumulto y convierte a la soledad en un plural.

Febrero 5, 1007

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lunes, abril 2

Niña de la calle es nombre propio

A los ocho años Silvia perdió la paciencia. Había aguantado todo tipo de palizas, insultos y torturas de su padre. Había soportado los silencios de su madre y su mirada de espanto. Pero el día en que su papá la violó tomó la decisión de salvar a su hermana menor y escapó con ella de su casa.
A los doce años era adicta a las drogas, apenas comía, pedía dinero en el metro o lo robaba, y dormía bajo algún puente o rincón del Distrito Federal, al lado de muchos otros niños de la calle.Ser niña de la calle le concedió su identidad, su único nombre.

En cinco años pasó de la calle a uno de los albergues del Sistema de Integración Familiar; del DIF a un internado de religiosas, de ahí de nuevo a la calle, después a un “Anexo” y otra vez a la calle. Su estado físico se deterioraba día a día. De vez en cuando alguien se apiadaba de ella y le enviaba a una institución, pero acababan por echarla o ella misma saltaba de nuevo sobre un charco de la calle, un charco de luz.

En 1999, cuando parecía no tener remedio para ninguno de sus males, encontró una casa donde cerca de 90 niñas como ella intentaban reconstruir su vida.

Silvia tiene hoy 21 años y cursa el primer semestre de la licenciatura de Economía en el Politécnico Nacional. María Mar Estrada, la directora de “Ayuda y Solidaridad con las Niñas de la Calle”, me muestra un mural de fotografías que cuenta la historia de la Institución y la de Silvia. La forma cómo se fue desvaneciendo la palidez de su rostro, su delgadez, el pánico en sus ojos. La forma como fue venciendo el deseo de volver con su pandilla, su única familia.

La directora recuerda el vacío que Silvia traía a cuestas. Y sonríe cuando señala el diploma que obtuvo al terminar con mención honorífica la preparatoria. Es su logro, la victoria colectiva sobre el horror, la violencia, la deshumanización. Pero no ha sido fácil. Han sido años de levantar el proyecto, conseguir los fondos para instalar las dos casas que Ayuda y Solidaridad tiene, el Hogar de Transición en La Raza y el Hogar Grupal en Jilotepec. Contratar a sicólogos, trabajadores sociales, médicos, organizar talleres. No ha sido fácil, pero se ha ido avanzando. Lo verdaderamente arduo, complicado, espinoso, es conseguir que las niñas se reintegren a la vida que vela por sus derechos. Que acepten que los tienen, que tenerlos se convierta en su deseo. Que recuperen su dignidad, su orgullo, su autoestima, el valor de ser mujer con el que nacieron. Aunque les haya durado un segundo, lo tuvieron.

Todas las niñas que llegan a Ayuda y Solidaridad han sido violadas por sus padres, padrastros, vecinos, tíos o por algún desconocido. Hay huellas de golpes en su piel y en su alma. Hay secuelas. Pero paradójicamente, a la mayoría no le es fácil permanecer en el sitio que les concede amparo. Pasan años para que olviden la calle. Para que no quieran regresar al hogar de la fiera. Y cuando lo hacen, en algunos casos sucede que la familia decide regresar por ellas sin tener ninguna condición para recibirlas, protegerlas, velar por sus derechos.

La madre de Amelia, una pequeña de once años, cumplió hace unos meses su sentencia. Acusada de narcotráfico, fue capturada junto con su padre y sus hermanos. Amelia fue recibida en “Ayuda y Solidaridad”. Al salir del penal su mamá se presentó y dijo que quería llevársela. Amelia no quería, María Mar suplicaba, explicaba, desesperaba. No hubo forma de impedirlo. La ley se lo permite. Hoy Amelia vende drogas en la escuela de su barrio. Su mamá se las coloca cada mañana en la bolsa del uniforme y entre los libros que lleva en la mochila.

Ayuda y Solidaridad y otras instituciones han intentado unidas conseguir que alguna autoridad las escuche. Que entiendan la urgencia de introducir una enmienda de ley que impida a los padres de los menores de edad recuperarlos sin demostrar que no volverán a abusar de ellos en ningún sentido. Se han cansado de ir de un sitio a otro. De hablar sin tener respuesta. Hay quienes, en palabras de María Mar, consideran que en Ayuda y Solidaridad se fabrican cajas de cartón. Ignoran que lo que se intenta es hilvanar vidas. Vidas prematuramente destrozadas. Hechas añicos.

Carla tiene siete años y lleva un collar tatuado en el cuello. Un collar que le pintaron su padrastro y su madre con un cigarro encendido. En la espalda lleva la sombra de una plancha y muchas otras cicatrices en las piernas, brazos, pecho. Es la niña de más reciente ingreso. Apenas habla. Y cuando lo hace su voz se escucha apagada, en extremo ronca. Sus cuerdas vocales quedaron destrozadas el día en que le introdujeron un gancho por la nariz. Tenía cuatro años. La madre de Carla también fue niña. Una niña violada y torturada sistemáticamente por su padrastro. La crueldad se abre camino y se extiende.Se reinstala en las miradas reventadas.

Antes de entrar al Politécnico, Silvia trabajaba en una pizzería cercana al hogar de Ayuda y Solidaridad en La Raza. La semana pasada encontró un nuevo empleo que se ajusta a su horario de estudios. Vamos juntas a la pizzería a pedir una constancia de trabajo. Mientras caminamos me va soltando poco a poco trozos de su vida. Su hermana terminó sus estudios en el internado de monjas. Ahora tiene dos hijos. Y la fortuna de tener una pareja que respeta a los tres. Del resto de su familia no ha vuelto a saber nada. No tiene ningún recuerdo sobre el sitio donde alguna vez fue a visitar a algún abuelo. Nada en la memoria. Solo la brutalidad del padre.Silvia no tiene muy claro por qué lo hizo. Pero un día fue a una estación de radio y contó su experiencia. Quería probar si alguien reconocía la historia de Silvia y su hermana. No tanto para volver a ver a su madre, sino para saber si todavía está viva. Si no la ha matado su padre.

Una noche que no podía dormir, a Silvia le entraron ganas de enamorarse. Tiene varios amigos en el Poli. Pero no les ha contado su historia. Cree que de hacerlo, huirían, se alejarían de ella, los perdería. O perdería la vida digna que hoy tiene. La que encontró en una institución que intenta hilvanar las vidas mutiladas. Y que en ocasiones lo consigue. Pero afuera el horror se reproduce. Y coloca un nombre propio a cientos de miles de niñas cada día. En un México que no acaba de nacer.

(4 de diciembre, 2006)

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De vuelta a un México que está de parto

Ahora sí, el ciclo está cerrado. Vuelvo a México, pero la vuelta no es el retorno. Es el comienzo. La mirada abierta, los pies descalzos. Es el inicio de la vida nueva lo que me motiva, lo que me nubla la vista cuando intento mirarme nueva. Se lo cuento a un amigo que me responde con un poema de José Bergamín, el ensayista, poeta y dramaturgo madrileño exiliado en México y otros países. Un afortunado maniático de la verdad que quiso sentir a México, no desde el recuerdo lejano, sino bajo sus plantas. Y quiso también sentir su luz quemarle la mirada. “Dice lo mismo que tú”, me dijo mi amigo amparador de poesía. Quizá también sintió lo mismo que yo al volver, pensé decirle. Quizá también estuvo a punto de cortarse en dos el alma, la risa, la tristeza, la alegría, las manos, las piernas, las pupilas, la rabia, las ganas de tener en todo el cuerpo a dos países. O tres, o mil. Pero solamente tuvo un sol en sus ojos que le quemó la mirada. Y sólo un aire le entró hasta los huesos del alma. El aire de México.


Volver a México es permanecer siempre en movimiento.

Las voces mexicanas me reciben a mi llegada al aeropuerto. Bienvenida a su tierra la damita, me dice el encargado de migración. Y sonríe sus dientes de maíz. En la aduana otro señor me ayuda a cargar mis enormes maletas de ocho años en España, “vivimos de las propinas seño, que le vamos a hacer”, me sorprende también la sonrisa franca de su palabra. La sonrisa de piel que algunos llevan como trazada en tinta en un relato escrito.

Lo que se escribe es a veces más real que lo real. La lluvia se escucha mejor cuando se escribe sobre la lluvia. Es el poder de la literatura. Su único dominio. En el avión escribí que escribía y al escribir la soledad se acomodó en la escritura. Como sucede casi siempre que se siente respirar la hoja en blanco. Escribí sobre el acto de escribir para tranquilizar el ritmo del latido dentro mío. Para sostenerme sola. Aunque pienso que escribir no es un acto, ni un derecho, ni el resultado de alguna habilidad extraña.

Escribir lo es todo. O no lo es. Nada es igual al deseo de una palabra no dicha. Nada es más fuerte.

Siempre escribo en los aviones. En el que me trajo a México quise escribir sobre cualquier cosa. De cómo por ejemplo se duermen once horas doscientas personas en el mismo avión. Y los que no duermen se quedan como vacíos de rostro frente a cuatro infames películas, idénticas entre sí. O del postre de plástico que sirven en las charolas, igual que los cuchillos y los tenedores, no vaya a aparecer un terrorista empeñado en cortar el respiro a la palabra con un cuchillo. O inventar que el niño de al lado sueña que un tigre inventa su sueño. Cualquier cosa. Pero sólo conseguí escribir sobre la escritura. Y de cómo cuando el ciclo se cierra, estalla un espacio. Un espacio todavía no escrito. Un muro tendido sobre la nada. El muro que aguarda y guarda el vacío del inicio. Lo que habré de vivir en mi tierra.

Desde tierra española me llega el primer mensaje. Es un boletín informativo sobre el clima. No salió el sol el domingo, me dijeron mis amigos. Y me entregaron al sol de Madrid como los mexicanos lo hicieron con Bergamín hace años. Es posible llorar abierta las yemas de los dedos. Desde lejos fluyen también las sensaciones. Está vivo el recuerdo, como agua, como un beso de agua en plena vida.

México también está vivo. Aunque duela. Aunque algunas voces se escuchen lastimadas. Como cortadas con la navaja de la indignación. Hay quien tiene miedo, me dicen apenas llego. Otros no. Pero hay miedo, desánimo, rabia. Es un México nuevo, me explican algunos. Nunca antes vivimos lo que hoy vivimos. Es inédito. México siempre es inédito, les digo. Siempre se mueve. Siempre. Algunas veces lo hace con ternura. Suavemente. Otras estalla, como una mujer que está de parto. Y se nace para volver a morir violentamente. O con dulzura.

El domingo por la mañana apareció en la puerta de mi casa una canasta de dulces. Un guayabate, pepitoria, un jamoncillo queretano con piñón. Había también cocadas, tamarindos y palanquetas dándome la bienvenida. Sonriendo a pesar del temor, de la indignación, a pesar de la inquietud, me tienden la mano en México. Una mano abierta de humedad y calor. Calor que contagia, quema la mirada, inyecta fuerza. Y que agradezco. Como agradece una mujer el parto.

16 de octubre, 2006

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Cristales en las venas de mi ciudad

El avión en el que viajé desde Madrid hasta México extendió la noche, la hizo crecer, aunque nadie parece haberlo notarlo. Casi todos los pasajeros se durmieron, sin saber que un avión le prestó unas horas más a la noche. Apenas comieron y doblaron sus cuerpos, como sábanas. Y no escucharon crecer a la noche. Ni se enteraron que la nostalgia se instaló a mi lado, antes aún de que fuera la hora de tener nostalgia. Antes de cerrar la puerta de una casa vacía, dejar ociosas las paredes, sin olor la cocina y la cama y sin sombra alguna el techo. El silencio, tan solo el silencio habitando las grietas de los muros de una casa que tendré que cerrar dentro de poco, como quien abre los ojos de la vida. Otros ojos. Los ojos de México.


Vuelvo a mi ciudad. Hay caos en mi ciudad. Mi familia y mis amigos se cansaron de pedirme que me quedara en Madrid. Que esperara. Que hay caos en mi ciudad, me explicaron. Que no podría abrazar a mis cuates, ni jugar con mis hijos. Y que hay miedo. El miedo que causa la incertidumbre, el peor miedo. Pero necesitaba ver, sentir, oler. De cerca. No hay otra forma de tocar las venas de esta ciudad que tiene mucho tiempo de tener cristales en las venas. Y que no muere. Cambia, eso sí. Se sacude y tirita de rabia.

Recorro las calles de mi ciudad. La parte ocupada también la recorro. La camino, como camina uno las calles de Madrid. Intento reconocer lo nuevo, lo que nunca he visto, la forma de ave sin alas que antes la ciudad no tuvo. Escucho la voz que no había jamás pronunciado y que sin embargo, reconozco. Algo en mí la reconoce. Lo puede percibir mi piel. Como percibe el olor a tamal que se desplaza de una calle a otra. De esquina a esquina. Igual que el caos. Hay algo en el caos que invita al reposo. Algo lejano, hondo, oscuro, como cuando un venado cierra los ojos delante del jaguar.

La gente hoy habla de robo. Antes también, pero ahora es diferente. Ya no hablan de los carteristas, ni de los secuestradores, violadores, rateros, rufianes, aunque abunden. Ahora dicen que lo que roban es la esperanza y me ofrecen un tamal. Siempre me ha gustado el olor a tamal. Huelo y escucho. Dicen que no tienen fecha, ni hora para marcharse. Y que no están dispuestos a regresar al territorio de la sumisión. Pienso en el México bronco. En el México profundo y en el imaginario.

El tiempo se ha tomado a la historia por su cuenta. El tiempo que hemos perdido.

Todo el mundo habla de política. No hay otra palabra que pueda pronunciarse en la ciudad. El análisis, la opinión, la reflexión, las discusiones. No hay espacio para otra cosa. Al día siguiente de mi llegada llego a creer que ya nadie se acaricia, ni se besa en las bancas de los parques, ni le tira bolillo duro a los patos. Nadie que cuente su sueño por la mañana. Ni quien te pregunte lo que viste en la noche mientras dormías. Sólo palabras de rabia, insultos, gritos, más gritos. Nunca antes habían gritado tanto los presentadores de los noticieros de televisión. Como queriendo pelea. O quizá quieren taparse los oídos. Por eso gritan. Para no escuchar. En los restaurantes de Madrid se grita. Es parte de la cultura, el grito. Están acostumbrados a entender los sonidos del grito. Y desenredarlos. Pero en esta ciudad antes no se gritaba en los restaurantes, ni en las cantinas que ahora abren más tarde de lo que yo recordaba. Apenas pude tomar un tequila en la parada que hice mientras caminaba las venas de mi ciudad. Y escuchaba su grito de tierra.

Me lo advirtieron. La ciudad está en caos, me dijeron una y otra vez. Cancela tu viaje, quédate a vivir para siempre en Madrid. Hazte viejita. Que te contagien el acento, que engordes de comer tanto jabugo. Pero no vengas al caos. Se cansaron de decirlo. Lo que nadie me dijo es que atrás del grito hay costales de vida. Debajo de la tierra, entre los muros, encima de las patas de los chapulines, en medio del tráfico, en la sonrisa del mesero que me recibe con una amabilidad que en Madrid olvidé, en el rostro cubierto de un ángel que mira el caos. Un ángel atado que vuela. Tampoco me explicaron que si nos quedamos en silencio, se escucha todavía el lenguaje del alma. El alma sobreviviente de una ciudad con cristales en las venas. Y que todavía se deja amar.

Agosto 14, 2006

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