viernes, julio 27

El habla oculta de la Ciudad

Hay historias que no se dejan escribir. Se defienden, patalean, se ponen furiosas, simulan haberse cortado las venas. Se pintan de rojo las arterias del sonido y hasta consiguen hacerse las muertas. Hay historias que nos ponen a temblar cuando se plantan altivas frente la memoria y nos retan. Son las historias que inventamos antes de poderlas pronunciar. Antes de que ellas sean las que acaben por convencernos de haber sido lo que nunca fuimos.


Aunque lo que nunca fuimos es también una verdad.

La otra mañana se preguntaba en su blog Alejandro Aura dónde queda lo que somos. Si en el recuerdo o en la imaginación. Y es que siempre que contamos a trozos nuestra vida, nace otra parte de nosotros. Lo que fuimos sin haber sido, pero que de todas formas somos porque así nos recordamos. Y vamos hilvanando con hilos de palabras esa otra parte de nosotros que brota, como agua dulce, del recuerdo imaginado.

Entre una y otra actividad, este tema ha estado rondando en mi mente durante la última semana. Surge cuando camino por el Zócalo de la ciudad de México y cruza frente a mi una mujer que completamente desnuda pide tierra para sembrar su maíz, y a la que ya pocos miran. O un hombre de hojalata que permanece parado e inmóvil a la orilla de una calle hasta que comienza la lluvia o el desalojo. O la mujer policía con los ojos maquillados de azul celeste y verde luminoso que para espantar el cansancio o el hambre coquetea con un taxista; el muchacho sin piernas que camina sobre una tabla de madera; el niño que en tres segundos limpia el parabrisas de un automóvil y sonríe cuando se le mira a los ojos. Los miro y me pregunto cómo contarán ellos la historia de su día cuando llegue la noche. O mañana. O ya cuando sean viejecitos. Pero tal vez ni siquiera la cuenten y si lo hicieran, no lo harían como yo la escribiría el día en que intente escribir la vida de las mujeres que caminan desnudas en el centro de la ciudad más grande del mundo pidiendo que escuchen sus demandas de tierra.

En esas he andado esta semana, buscando el habla oculta de la ciudad, pero sin reflexionarlo mucho pues el trabajo me ha dejado solo un manojito de tiempo libre que más bien he empleado para tomarme una copa de vino en el silencio inquieto que aparece cuando cerramos la mirada. Un silencio que inquieta sin lastimar, ni menos se enreda en las manos, porque aletea sin volar. Más bien ampara, alivia el cansancio.

La otra noche una amiga que tocó a mi puerta para conversar un rato, sin saber que el tema lo traigo pegado a la piel, me dijo que las historias que han dejado de existir es mejor callarlas. Para no sentir al viento soplar hurgando en las páginas de lo que ya otros han leído. Que no valía la pena, me insistió, comenzar a contar lo que fuimos si en realidad no sabemos dónde queda lo que fuimos, si en el recuerdo o en la imaginación. Las mismas palabras que había yo leído en el blog de mi querido amigo Aura. Para qué perder el tiempo soltando historias que no sabemos quién escuchará ni cómo. Al oírla pensé en los años en que nos conocimos y comenzamos juntas a mirar el mundo con ojos adolescentes que creían en el mundo y en las historias que construíamos. Historias todas que tenían que ver con dignidad, solidaridad, igualdad. Así hablábamos cuando éramos adolescentes y escuchábamos las historias que México nos contaba a diario y que existen porque nadie las calló. Ni el viento, ni el cansancio, ni el miedo, ni siquiera el poema que algún poeta dejó en blanco.

El blanco, me dijo otra amiga una noche, es un negro luminoso. Así lo miran los niños ciegos en el libro que acaba de inventar mi amiga para que los niños ciegos sonrían cuando descubran que el negro es luminoso y el rojo es negro cuando se acaricia a ciegas una fresa. O que el amarillo se hunde color tierra cuando cae la tarde.

O sea, nada es imposible.

Hay que contar todas las historias que guardamos en la memoria, respondí a la propuesta de mi amiga que más bien quería silenciarlas. Si no le sirven a nadie, repitió. Para qué. Para hablar, le dije. Para que escuchen los adolescentes de hoy la palabra adolescente que aún sobrevive en uno que otro adulto. Y para que escuchen también los que también estuvieron ahí cuando estuvimos y recuerden cómo éramos en los setenta, en los ochenta, en los noventa. Hace tan poco tiempo que se nos olvida tanto. Hace tan poco que muchos no recuerdan casi nada.

Quizá ya no interese. Pero qué más da, nada se pierde, a nadie daña. Al contrario, si alguien por casualidad escucha que solíamos escuchar lo que otros decían, quizá se interesen en saber la causa de nuestra adulta locura. Adulta y muchas veces también, oculta locura. Por mi parte tomé al final de la semana la decisión de ir hilando la imagen de las historias que viví cuando México nos decía que valía la pena tenderle la mano a nuestros vecinos del sur y muchos nos lanzamos a buscar la forma de dibujarle al mundo un cuerpo nuevo. Libre, fresco. Las iré hilando a base de trazos y sonidos quietos. Sin perturbar la libertad que busca desesperadamente el alma de quienes de tanto en tanto vuelven a creer que es todavía posible sorprendernos, indignarnos, rabiar y sonreír la sonrisa del niño que un día dejará de limpiar parabrisas para hablar el habla oculta de la calle. Y quizá incluso hasta nos cuente en tiempo pasado los horrores que hoy vive.

Hoy sigue la luz en la calle. Afuera continúan los gritos que temen al silencio, pero el viento lucha fuerte por su poder. Un viento urbano transparente y visible.

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martes, julio 24

Una antigua maravilla mexicana


Fue un amigo español quien me dio la noticia sobre la designación de la pirámide de Kukulcán en Chichén Itzá como una de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo. Confieso que casi me había olvidado que el sábado era siete del siete del dos mil siete, el día que eligieron para dar a conocer el resultado del voto de cien millones de personas. Por ello cuando recibí la llamada telefónica se me vinieron a la mente las mil preguntas que quería formularle sobre el debate que sostuvo hace unos días el presidente José Luis Rodríguez Zapatero con el líder de la oposición Mariano Rajoy. Me urgía saber qué pensaba él y el resto de mis amigos sobre la renovación del gobierno que Zapatero anunció dos días después del debate que incrementó sensiblemente su popularidad. Pero mi amigo tenía más preguntas que yo. Y más urgencia. Necesitaba escucharme hablar sobre la sabiduría de la cultura maya, deshilvanar los secretos de su magia y de su historia; entender cómo es posible escuchar el oculto sonido de una serpiente emplumada cuya sombra desciende una vez al año desde la cima de la pirámide para anunciar la llegada del equinoccio de primavera. Y cómo la luz, también oculta, transparenta poco a poco la vida, como una piedra de cristal.


No es que me de igual, le dije cuando se dio cuenta de que no estaba muy al tanto de la gigantesca campaña mediática que se lanzó en torno a Chichén Itzá y el resto de las obras que compitieron. No me interpretes mal, le dije a mi amigo sin decirle nada nuevo. Me pasa lo mismo con el fútbol, no lo tengo en la mente, le expliqué como convenciéndolo de lo que él sabía mejor que yo sobre mi, pero finalmente acabamos hablando casi una hora de otras siete o setenta, o setecientas maravillas con las que uno se tropieza en México.

Hoy comí en el centro de la Ciudad de México le comenté. Y sostuve un diálogo con al menos diecinueve miradas. O más. Hablamos mi hijo adolescente y yo con los vendedores ambulantes que antes de pronunciar palabra alguna hablan con su voz invisible. Es su terreno. Y todo depende de la forma cómo uno reciba el mensaje y de la respuesta que se le dé para salir de la zona repleto de historias y de aire limpio. Todo en la Ciudad de México es subjetivo. Al menos un siete del siete del dos mil siete. O un día antes, o uno después.

Kukulcán, la Serpiente Emplumada, cobra vida un día al año en la pirámide en la que se le rinde culto, como prueba de la sabiduría de los antiguos mayas. Ya nadie lo duda. Es ella misma sobre la piedra. Es el Quetzalcoatl maya. Mitad dios, mitad humano, llegó a Yucatán como invasor tolteca para establecerse en Chichén Itzá, donde se le veía comunicarse por igual con dioses y demonios. El amo y señor del agua quien, como dios del viento barría el camino que habrían de tocar los dioses de la lluvia. Pero que también habitó y habita en las calles de la ciudad donde se siente su presencia, sobre todo en este julio de viento y lluvia. En este territorio urbano de agua donde nada ha sido aún descubierto, aunque se sepa casi todo. A pesar de los innumerables poetas que le han cantado, todavía existe el misterio. El líquido misterio de una ciudad que abre las puertas de la noche para acariciar a todo aquél que desde el laberinto de la soledad grite su nombre. El nombre de un monstruo que aguarda siempre, sin saber lo que aguarda. Y se estremece al desear siempre desear.

Cuando vivíamos fuera de México, me daba por contarle a mis hijos historias de Quetzalcoatl, aunque quizá algunas de ellas eran un poco historias inventadas en medio del desierto, de una vía rápida, en la montaña o en algún otro de los sitios que recorrimos durante algunos años. Les decía por ejemplo que Quetzalcoatl carece de origen porque posee todos los orígenes. Y dado que nadie sabe bien a bien quién fue su madre, tuvo todas las madres. Por ello puede ser al mismo tiempo viento y hombre, dios y ser barbado. Pero sobre todo una serpiente con plumas. Una serpiente de ciudades de agua. De todas las historias que les narré sobre Quetzalcoatl, la que más les gustaba escuchar es aquélla que cuenta la tristeza que un día sintió al ver que los hombres que habían creado los dioses no conocían la risa, ni el baile, ni el placer que provoca sentir la vida en las pupilas. Fue tan grande su pesar que una madrugada raptó a una diosa virgen llamada Mayahuel y con ella en brazos bajó a la tierra. Pero un ejército de guardianes que fue tras ellos les lanzó un rayo de fuego. Quetzalcoatl, para evitar el daño, abrazó a Mayahuel y se convirtió en árbol. Un árbol cuyas ramas ardieron. En el sitio donde Quetzalcóatl enterró los restos de Mayahuel, brotó una planta de maguey. Con el tiempo los hombres aprendieron a extraer del maguey el líquido que consiguió dar fin a su eterna tristeza. Fue así como nació el mezcal y más tarde el tequila.

A Quetzalcoatl lo instruyeron dos ancianos del cielo. Entre los tres inventaron el calendario. Por ello se les conoce como patrones del sortilegio. A Quetzalcoatl se le atribuye también el poder de enamorar a mujeres de los cielos y a las de la tierra. Se ha dicho de él que un día estando borracho enamoró a su hermana y avergonzado salió del mundo de los mortales para entrar en lo más alto y convertirse en una estrella. O en una sombra que cada año aparece en la escalinata norte del Palacio de Kukulkán de la ciudad maya de Chichén Itzá, ante la mirada de un millón de personas que acuden a presenciar el fenómeno. Un fenómeno que no es leyenda, ni historia inventada, sino testimonio fiel de la sabiduría de la antigua civilización maya que consiguió hacer coincidir la sombra de siete triángulos ubicados en la escalera norte de la pirámide con el movimiento del sol hasta alcanzar la cabeza de la Serpiente Emplumada que en la base del templo, aguarda el momento del descenso, para de inmediato alzar el vuelo.

De no haber sido por otro amigo español a quien le llamé más tarde, me hubiera quedado sin saber qué se dice en Madrid sobre los cambios en el gabinete de Zapatero. En lo personal, me alegró el nombramiento de César Antonio Molina como Ministro de Cultura. Lo conocí cuando dirigía el Círculo de Bellas Artes y concedió a México un espacio para que dialogara con Madrid desde el último piso del edificio. Durante tres años, Radio Círculo lanzó a través de la voz de Alejandro Aura sonidos de México. Lo acompañábamos Eduardo Vázquez, Kilo Helguera y yo. A fuerza de contar historias de sabores, texturas, amores y dolores, conseguimos que los madrileños escucharan los murmullos de México e imaginaran la sombra de una serpiente emplumada que habita las ciudades de agua. Tuvimos el programa hasta que a Molina lo nombraron Director del Instituto Cervantes y las nuevas autoridades del Círculo de Bellas Artes no quisieron escuchar a México con equis. Ni los poemas que le conceden su fortaleza. O los rostros abiertos como ventanas de los mexicanos que como si fueran todos poetas, buscan respuestas que les permitan seguir siempre preguntando. Y que desean más que ninguna otra cosa, seguir deseando. Una antigua, muy antigua maravilla mexicana.

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lunes, julio 2

Frida sin dolor

Me contó Chavela Vargas que una mañana vio a Frida Kahlo chutarse de un solo trago un puñado de analgésicos. Chavela pensó que se intoxicaría, pero no fue así. Esa tarde escuchó a Diego Rivera contar un cuento inventado, cantar una canción de amor y reír con Frida a carcajadas. Fue esa la primera ocasión y la única en que Chavela vio a Frida sin dolor.

Paso frecuentemente frente al Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Cada mañana desde el 14 de junio pasado, un numeroso grupo de personas espera desde muy temprano a que abran las puertas donde se exhiben más de 350 piezas relacionadas con la vida y obra de Frida Kahlo. En su inmensa mayoría los visitantes son estudiantes o gente que trabaja en los alrededores de la Alameda Central. De vez en cuando, muy de vez en cuando, algún intelectual asoma. A ninguno de los asistentes parece preocuparle la “obsesión” de Frida por su tragedia, ni su “apoyo al totalitarismo”, ni que su padre haya sido alemán. Ni mucho menos les quita el sueño que no se haya muerto en el accidente de tranvía que le destrozó las entrañas, como les sucede a varios escritores y analistas políticos mexicanos que ulimamente han confesado publicamente su repudio por la esposa de Diego Rivera.

Los domingos la fila llega a ser hasta de 200 metros. Ese día acuden sobre todo familias que juran regresar a ver completa la exposición, sin tantísimo tumulto Y es que nadie se arrepintió de entrar a la mera hora, ni decidió vender el boleto de entrada, pues el domingo la entrada es gratuita. A diferencia de algunos escritores, obsesionados con el éxito de Frida, los mexicanos que acuden a la exposición, abren la puerta a sus sentidos. Y en un acto de franca sencillez, se atreven a gozar aquello que les provoca placer. Nada más.

Le pregunté a Chavela Vargas qué pensaba sobre la comercialización que han hecho de Frida y su obra y que los intelectuales mexicanos atribuyen al todopoderoso mercado gringo. Me respondió que como a cualquier persona sensible, le molesta que se apoderen de la imagen de Frida para hacer negocio. Pero le ve la parte positiva: A Frida la conoce todo el mundo. Y en particular los mexicanos, jóvenes y viejos, ricos y pobres, cantantes y pintores, amas de casa y taxistas. Todos tienen acceso a su vida y a su obra. Y opinan a partir de lo que sienten cuando la miran.

Del periodo en que vivió en la Casa Azul con Frida y Diego, Chavela Vargas recuerda el olor a medicina, la ternura, la mirada llena de sensualidad con la que Frida desarmaba por igual a hombres y mujeres. También recuerda, entre muchas otras, las visitas que María Félix le hacía a Frida. Y cómo María guapísima hacía reír a Frida a marometas. Era una experta en marometas y en hacer olvidar el dolor, cuenta Chavela y ríe también ella la risa de antes.

La mirada de Frida, según Chavela, era un revoltijo de naturaleza, rabia, dolor, sensualidad y valentía. Todo junto. Todo completo, todo intenso. Tan intenso como es todo cuanto inquieta. Lo inquietante; es eso lo que Frida buscó. En ella y en los demás. Lo que está vivo, palpita, desprende un aroma, grita, se escucha temblar. Frida Kahlo no buscó el dolor, dice Chavela. Con todo y su dolor encima, o por ello, buscó la vida. Arrancó desde el fondo. Desde el vacío. Desde el sitio, uno de los pocos, donde la soledad muestra las hendiduras de piel que la cubren.

Hace unos días le pregunté a una amiga española que en el 2005 tuvo la oportunidad de visitar la exposición de Frida en la Galería Tate de Londres, lo que ve en su obra. “Los colores de México”, respondió. Y su alma. El éxito y el fracaso, la angustia y el amor. Una mirada nueva sobre la pintura. Cuando le pregunté qué siente al ver su obra, me dijo que un impacto en la retina que poco a poco penetra y se acomoda debajo de la piel. A dos años de distancia todavía guarda esa sensación entre los dedos. Cuando le cuento la discusión que protagonizan en México un grupo de intelectuales mexicanos molestos con Frida, su dolor, su traje de tehuana y su bigote, se ríe. Y luego me pregunta si han analizado la contribución que hizo Frida a la pintura del siglo XX o el arte de sus retratos, y me lanza una lista de otras preguntas para al final decirme que hay un perfil de intelectuales, en México y en el mundo, a quienes les duele el éxito ajeno, les frustra, les obsesiona el dolor que no sienten, les duele. Les impide subirse a los camiones y caminar por las calles; les impide soñar.

Frida nunca pintó sus sueños, pintó su realidad, ella misma lo dijo y lo escribió. A Chavela Vargas nunca le contó lo que soñaba, porque a Frida no le gustaba recordar en voz alta sus sueños. Chavela siempre pensó que los sueños de Frida venían de un lugar más allá de la muerte. Y que Frida quiso conservarlos, aunque le provocaran tristeza.

Frida Kahlo se arrancaba la tristeza con la presencia de Diego. Y en ocasiones también con la de Chavela. Diego y Frida le enseñaban a Chavela a cantar las canciones que Diego aprendió en la cárcel. Y luego las cantaba para ambos. Paloma Negra era una de sus predilectas. Cuando cantaban los tres juntos Paloma Negra, los fantasmas de la Casa Azul los mandaban callar. Y ellos volvían a cantarla y reían hasta que Frida pedía otra vez una jarra de agua y los calmantes que el doctor le recetaba, pero que nunca le quitaban el dolor. Hasta que una mañana se chutó un puñado. Chavela Vargas se pone a recordar aquéllos tiempos. Y reconoce la escuela que la Casa Azul fue para ella. Ahí aprendió a no espantarse de nada.

Si todavía viviera Frida, le pregunté a Chavela, ¿qué crees que estaría haciendo? “Estaría asombrada pensando en la cantidad de imbéciles que hay hoy en el mundo", me respondió Chavela sin dudar.

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jueves, junio 28

Los amores de Zapata

De Topilejo no sabía nada, ni cómo era, ni cuánta gente lo habitaba. Pero aun así, durante años formó parte de mis fantasías de infancia. Eran los tiempos en que toda mi familia viajaba con frecuencia de la ciudad de México a Cuernavaca. Al pasar por Topilejo yo preguntaba siempre el nombre. Topilejo, me respondían y me entraba un ataque de risa. El resto del camino me entretenía pensando en el significado del nombre. Y al final la pregunta era siempre sobre las razones que llevaron a quien quiera que haya sido a ponerle ese nombre a Topilejo, si Topilejo está cerca. Mis hermanos me veían con gesto de “mejor cállate” y yo no me cansaba de pronunciar esas cuatro sílabas cuyo sonido le quitaba a mis hermanos la paciencia y a mí toda seña de debilidad y de cansancio. Topilejo me hacía fuerte. Pero nunca imaginé que un día, siguiendo el consejo de un buscador de tesoros, conocería Topilejo.


Se llama Don Juan, así a secas. Lo conocí en San Gregorio Atlapulco, uno de los 15 pueblos de la jurisdicción de Xochimilco, igual que Topilejo. Andaba yo buscando en San Gregorio la casa donde Francisco Villa y Emiliano Zapata suscribieron el Pacto de Xochimilco y diseñaron la estrategia que seguirían en contra de los carrancistas. Me habían contado que la casa era hoy una zapatería y por las señas que me dieron llegué a la “Zapatería Mary”, de Atlapulco, a unos 15 minutos del centro de Xochimilco. También me habían advertido que en Xochimilco la gente es de pocas palabras. Que ni se me ocurriera andar platicando, como suelo hacerlo. Que tuviera cuidado; que ahí nadie confía en cualquier extraño y menos en una mujer. Eso me habían dicho y tuve razón en no creerlo. Habían pasado unos cuantos minutos cuando pude comprobar que si bien los xochimilcas son personas serias y de palabra pausada, cuando confían en alguien destraban las historias que recorren los barrios de su memoria. Las desbarrancan, aunque protejan algunas.

En lo que sí me equivoqué fue en lo de la casa. Don Juan me sacó del error. La casa existe y es una zapatería. Sólo que se encuentra en el centro de Xochimilco y se llama “Zapatería La Rivera”. Está justo enfrente de los mercados que en tiempos antiguos abastecían a la Gran Tenochtitlán. Y que todavía hoy huelen a piedra mojada y a flor.

Cuando Don Juan me vio fotografiar la casa equivocada, se rió. Así comenzó nuestra plática. A risotadas. Después me confesó que él y yo compartíamos el oficio de buscadores. Nada más que él buscaba tesoros, nunca se le hubiera ocurrido andar buscando historias, no le cabe en la cabeza, insistió. Le volvió la risa cuando me lo dijo con esa palabra limpia con la que hablan los que guardan en su voz los sueños. Su oficio lo ha llevado a conocer las casas más antiguas de Xochimilco que ya es decir; los primeros habitantes se instalaron hacia el año de 1254 antes de Cristo. En su búsqueda, Don Juan y un grupo de amigos que comparten esta aventura, han encontrado algunos objetos. Vasijas de barro con monedas de oro, armas antiguas, trastos viejos y poco más. Pero él mismo me aseguró que donde más tiempo prolongó su búsqueda fue en una casona de Topilejo. El sitio donde el mismísimo Emiliano Zapata solía pasar algunas temporadas cuando le ganaba el cansancio o la urgencia de amar. No lo pensé dos veces y, siguiendo el consejo del buscador de tesoros, fui a Topilejo decidida a dar con la casa donde Emiliano Zapata se enamoró de las mujeres más bravas de Xochimilco.

Es difícil creer que Topilejo es todavía parte de la capital. Más bien parece su contrario. Existe el silencio, nada se agita, ni tiembla, ni grita. Todo, el tiempo incluido, se aquieta cuando uno lo mira.

Rutilio es campesino. Nació hace más de 80 años en Topilejo. “Más de ochenta” me dijo cuando le pregunté su edad y me explicó que no se la dice a nadie porque quiere volver a encontrar novia y casarse por tercera vez. Las dos mujeres anteriores lo dejaron viudo. Y no se halla en soledad. Nomás no. Lo que sí me contó puntualmente fue la historia de su padre que combatió con los revolucionarios de Zapata. Le respondía al general Valentín Reyes, me dijo Rutilio. El general Valentín que de tanto en tanto le daba permiso a su padre de asomarse a Topilejo para que viera a su gente. Bajaba de los montes mientras los otros lo esperaban en las cuevas. Y abrazaba a su mujer, se la llevaba un buen rato al campo y después vaciaba frente a los chamacos su morral de historias. Me costó convencerlo de que me contara aunque fuera una de esas historias. No está acostumbrado, me confesó. Prefiere que se queden dentro de él. Cree que si las cuenta va a olvidarlas. Y no quiere vivir sin recuerdos. No puede. Como insisto, manda a traer a otro campesino y ambos me invitan a sentarme en la plaza, frente a la iglesia que ocupa más espacio que la mitad del poblado.

El amigo de Don Rutilio no es buscador de tesoros. Pero un día encontró en su milpa un montón de tepalcates y monedas antiguas que fue gastando a través de los años en sus nueve chamacos.

Al final Don Rutilio acabó contándome una historia. Pero lo hizo con la condición de que yo me olvidara de que en Topilejo existe una casa donde Emiliano Zapata se enamoró. Según él, esa casa no existió. Son decires de la gente, habladurías. Me lo dijo con la mirada puesta en otro sitio. Lejos del zócalo de Topilejo. Y yo me quedé pensando en quién le habrá colocado el nombre a Topilejo. Y en las razones que tiene Rutilio para guardar la historia de Zapata y sus amores, si al final me la contó.

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sábado, junio 16

Niñez


Algunas veces la luna es también
un cántaro de luz

O un poema que salta
con alas de chapulín

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martes, junio 12

La más grande flor que García Márquez ha regalado

A mediados del 2005 una mujer de 85 años recibió en su casa de la ciudad de México, la flor más grande de Cien Años de Soledad. Fue el propio García Márquez quien la dibujó en la primera página de un ejemplar de su obra. La mujer lo tomó en sus manos, lo abrió, miró el dibujo y leyó “La flor más grande de esta historia es para Agus, la nana” Antes de comenzar el libro, la nana recordó tiempos con sabor a café. Y sonrió la sonrisa de los sabios que ignoran que lo son.

Agus había trabajado durante años en la casa de la familia Coudurier. De vez en cuando la mandaban a cobrar la renta de una casa que Luís Coudurier tenía en alquiler. Él mismo iba cuando podía. A ambos les gustaba hacerlo. Apenas tocaban a la puerta y una mujer radiante y dulce los invitaba a pasar a la sala. Mientras tomaban café colombiano, Agus o el señor Coudurier compartían historias con los García Márquez. Historias de sueños inventados y esmeraldas de vidrio. Pero un día los García Márquez dejaron de pagar la renta. Seis meses después, Luís Coudurier se los recordó. Y Mercedes le dijo que le pagarían la deuda completa en seis meses más. El no sabía quién era Gabo. Pero algo intuyó, algo leyó en su rostro, en su voz o en sus manos. Sabía solamente que hacía medio año, durante un viaje de los García Márquez a Acapulco, Gabo estuvo insoportable. Apenas pronunciaba palabra. Atendía poco a sus hijos. Ignoraba la presencia de Mercedes. No encontró paz hasta que llegó a su departamento, se sentó en su escritorio y escribió lo que el coronel Aureliano Buendía recordaría frente al pelotón de fusilamiento. A partir de ese momento, no hubo modo de detenerlo. No dejó de escribir ni un solo día, hasta que completó las 590 cuartillas a doble espacio que envió a Argentina bajo el título Cien Años de Soledad.

Luis Coudurier no dijo nunca nada a su familia. Ni cuando le dejaron de pagar el alquiler, ni cuando saldaron su deuda, tal como Mercedes lo había prometido, con las primeras regalías que les envió Francisco Porrúa, director literario de la editorial Suramericana. El propietario de la casa número 19 de la calle de la Loma en Lomas de San Angel Inn, no habló con nadie sobre sus inquilinos. Por eso nadie supo si Luís Coudurier tuvo una premonición, o creyó por quién sabe qué motivo a ciegas en García Márquez. O lo hizo simplemente como un acto de generosidad. Un acto de generosidad que en cualquier caso, hoy agradecen millones de lectores a quienes Cien Años de Soledad les ha concedido el placer de sentir caricias en el alma.

Ana y Laura Coudurier, hijas del propietario y amigas entrañables me contaron la historia, después de que Laura la escuchara del propio García Márquez en un evento donde se encontraron. García Márquez, que se había enterado de la presencia de Laura por una amiga común, se acercó a saludarla, la tomó del brazo y delante de todos los presentes dijo: “Soy lo que soy por el papá de esta mujer, si él no hubiera creído en mí, no sabemos qué me hubiera deparado el destino”. Acto seguido le solicitó a Laura que organizara un encuentro con su padre. Me urge verlo, aseguró. Dos meses más tarde la familia Coudurier y la nana Agus compartieron seis horas de plática y comida mexicana con los García Márquez. Ahí recordaron las modificaciones que le hicieron al departamento para que Gabo pudiera aislarse del ruido. Hablaron del tiempo en que Gabo dejó de escribir guiones para Alfredo Ripstein, quien aparece en el contrato de renta como el aval de Gabo; del café tan sabroso que les mandaban de Colombia, de las idas y venidas de Mercedes al Monte de Piedad para ver si acaso le daban algo por las joyas que le heredó su familia y que ella ingenuamente consideró auténticas.

Mercedes se las arregló como pudo para sacar adelante a sus hijos Gonzalo y Rodrigo. El propio Gabo lo contó en marzo anterior en su discurso pronunciado en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española. Contó Gabo las penurias que pasaron y sin decir su nombre, hizo por segunda ocasión pública la anécdota sobre su casero a quien describe como “el buen licenciado, un alto funcionario del Estado y uno de los hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido”.

Al encuentro con los García Márquez, los Coudurier llevaron cada uno un ejemplar de Cien Años de Soledad. Antes de despedirse, Gabo se los dedicó. A todos menos a la nana que no había llevado ningún libro. Al día siguiente Agus lloraba de emoción sobre la flor más grande de Cien Años de Soledad. Cuando Laura Coudurier se casó, se mudó a la casa de la calle de la Loma 19. En 1982, cuando le concedieron el Nóbel de Literatura a García Márquez, Laura recibió una llamada telefónica. Colocarían, le informaron, una placa en la fachada de la casa para que quedara constancia del sitio donde se escribió la segunda obra más importante de la literatura de la lengua castellana. Unos días más tarde develaron la placa, pero Gabo no asistió a la ceremonia. Las placas son para los muertos, dijo al disculparse.

Después de su primer encuentro, Luís Coudurier y Gabriel García Márquez acordaron reunirse nuevamente los dos solos. Gabo estaba interesado en que su antiguo casero le contara su experiencia como Oficial Mayor de la Ciudad de México. Fijaron la fecha, pero Luís Coudurier no consiguió llegar. Seis horas antes de la cita, su corazón se detuvo. En la fachada de la casa número 19 de la calle de la Loma no existe ninguna placa. Tan sólo dos días después de develada desapareció. A sus 87 años, la nana Agus sigue recordando a los colombianos que le ofrecían café y le contaban historias de un pueblo imaginario donde una mujer y sus hijos sembraban en su huerta el plátano y la malanga, la yuca y el ñáme, la ahuyama y la berenjena. Y sigue sonriendo cuando toma en su mano una flor. La más grande flor que Gabo ha regalado.

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martes, junio 5

¿Morirá la Ciudad de México?

Hablar de la Ciudad de México no me ha sido nunca fácil. A lo largo de los años y mientras viví en el extranjero fueron aumentando las preguntas de los otros sobre mi ciudad y sus males. Que si la inseguridad, contaminación, robos, secuestros. Que las zonas prohibidas, la miseria, los rincones con bultos de niños, el desamparo, el miedo. Mi argumento al principio era siempre el mismo. No es toda la ciudad, decía. No son todos sus habitantes los que la maltratan, la desfiguran, le abren una o dos heridas en las piernas o intentan dejarla sin ojos. Mi familia entera vive ahí, argumentaba. Ahí trabajan, pasean, duermen y quizá uno que otro sueñe que algún día la Ciudad de México recuperará su forma de agua, se lavará la cara por las noches y despertará húmeda de vida para emerger del fondo del pantano donde hoy se sofoca. El pantano de la agonía.

Las grandes ciudades comparten los mismos males, decía también a mis amigos extranjeros. Pero de casi nada valían mis argumentos, sobre todo frente a los españoles. En Madrid, a pesar de los cada vez más constantes robos, poco se sabe sobre pájaros que mueren envenenados por el aire y del miedo que se acomoda cada mañana en la mirada de los habitantes de las calles de la ciudad. Aún así, en los últimos años testifiqué en Madrid un nuevo fenómeno que si bien no le ha arrancado a la ciudad su capacidad de ser libre, sí trastocó su perfil y su forma habitual de hacerse escuchar. Me refiero al fenómeno de la migración. A los millones de extranjeros que se han acomodado en Madrid y otras ciudades de España. Latinoamericanos, árabes, orientales, africanos que le han cambiado el color a las calles de varios barrios de la ciudad donde el silencio, aún en la hora de la siesta, está en franca extinción. La causa, la irrupción de miles de carcajadas, risas y gritos infantiles. Los emigrantes no solamente llegan con sus hijos, sino que además en muy poco tiempo la familia retoma su ritmo natural de crecimiento. Un ritmo que hace mucho tiempo dejó de asemejarse al de las familias españolas. Donde más se nota es en el alumnado de las escuelas, donde los niños aprenden en la práctica a respirar el aire nuevo del mundo. Pero de un tiempo para acá, no solo en la práctica, las editoriales han respondido a este nuevo escenario y los orienta. Me contó un amigo español que las librerías están atestadas de títulos infantiles y juveniles que enfocan la diversidad cultural. Cuentos árabes, relatos sobre la selva, poemas de niños africanos y cuentos populares gitanos, entre otros, pronuncian las realidades de los niños que crecen en una ciudad que por el momento intenta tenderles la mano.

En las ciudades es también donde más padecen las mujeres la violencia machista. Es ahí donde se produce el mayor número de asesinatos de mujeres por sus parejas o ex parejas. De entre 23 países europeos, España se sitúa casi a la cola en número de asesinadas. Me sorprendió el dato pues hasta el año pasado a diario se difundían dolorosas historias sobre los crímenes que se cometen a plena luz del día y pensé que estaba entre los primeros. Después entendí que lo que sucede es que en España los noticieros radiales y televisivos, al igual que la prensa escrita, han emprendido una campaña, ignoro si concertada o no, de difusión del horror que padecen las mujeres cuando su pareja decide que con él o con nadie. Y las queman vivas, les pasan encima el automóvil dos o tres veces, las apuñalan, les cortan la cara y las avientan de un tercer piso, de un sexto. Y avientan también la imagen una y otra vez al mundo. Por si acaso queda alguien capaz de morir de vergüenza.

En la Ciudad de México la violencia intrafamiliar está tipificada como delito desde hace apenas unos años. Y aunque no sea tan aparatoso como en Madrid, existe y se extiende. Casi invisible, la violencia hurta trozos de vida, la inutiliza. Y apenas lo escuchamos. Sólo cuatro de cada diez mujeres agredidas lo denuncian. De éstas solo tres consiguen entablar un procedimiento legal.
El silencio lo impone el temor a las represalias, la desconfianza en la justicia, la burocracia. El silencio lo impone una sociedad que poco a poco ha ido olvidando a sentir. Y es que sentir es para cada vez más gente, un fastidio. Un obstáculo, como pensar. En verdad pensar.
Hablar de mi ciudad no me ha sido nunca fácil. Aunque confieso que no dejado de hacerlo casi nunca. Al menos cuando vivía fuera de ella hablaba y hablaba de la ciudad en la que crecí y aprendí a mirar a fuerza de mirarla. En una ocasión imaginé sus ojos. Quería verlos. Para conocer la edad de la ciudad en su mirada. Mirar, decía Fernando Pessoa, vale más la pena que vivir. Sólo que mirar también es vivir. Es ahí donde la vida se tiende y aletea sin apenas moverse. En la mirada.

Escribir sobre la Ciudad de México ha sido menos arduo. La escritura siempre fluye con más valor que la palabra hablada. Llega más lejos y nos abre el espacio para callar. Escribo en silencio sobre la Ciudad de México y cuento los sueños que tuve de niña en sus parques y plazas. Y de cuando a nadie aterraban las calles ni la noche y los secuestradores de niños eran un personaje más de un cuento o de una leyenda, los “robachicos”, le decían. O el hombre del costal. Algunos días decido ir a buscar una historia viva a los barrios del centro o de la periferia de la ciudad. Entonces la palabra se va por su cuenta, me aventaja. Y la gente, lejos de rechazar mi indirecta oferta de iniciar una plática, sonríe, habla, cuenta la historia que nunca ha contado, aunque lo haya hecho mil veces, porque las historias contadas son siempre nuevas. Idénticas a nada. Después las escribo y cobran una nueva vida, también distinta, también única. Como cuando escribí sobre el chamán que recorre a diario las principales avenidas del sur de México, cargado de pócimas y hierbas que sanan casi todos los dolores, menos el dolor de la ciudad que enloquece, se desespera, tiembla y se extiende en el territorio de la soledad.

No me gusta decirle D. F. a la Ciudad de México. Antes sí. Pero defe suena a objeto, no a canto. Y no se puede escribir un objeto. O se podría, pero la Ciudad de México no es un objeto, ni un anuncio publicitario, ni un avión. Se puede escribir sobre eso, pero sería como no escribir. Como no mirar. Como creer que ya no hay remedio. Y sentarnos a esperar la llegada del día en que la Ciudad de México habrá de morir. Seca, muda, sin ningún poema que la salve. Sin nadie que la piense. Sería como dejar de soñar en que un día recuperará su forma de agua, se lavará la cara por las noches y despertará húmeda de vida para emerger del fondo del pantano donde hoy se sofoca. El pantano de la desesperanza.

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