sábado, febrero 9

La doble muerte de los niños violados

Escribir las ganas de escribir, la urgencia, el apremio. Escribir cualquier cosa, pero escribir todo lo que puede convertirse en escritura: el agua, el viento, el viento de agua, un muro detrás del árbol, una grieta de luz sobre la alfombra, un chapulín que salta sobre el cristal y atrapa a quien aguarda el momento justo para convertir al chapulín en escritura. Escribir, volver al sentido mismo de la escritura y desafiar. Arrojarse a la nada y crear, aunque desaparecer sea el riesgo. El riesgo que corre por la sangre y la separa.

Anoche soñé que toda yo era escritura. Un invento, una creación de otro sin presencia, una ficción sin dueño. El sueño de otro que en el sueño dibujaba las paredes de una antigua casa repletas de grabados de Toledo. Francisco Toledo de las iguanas y los chapulines quietos. El de los ojos húmedos y la piel de papel. El de las batallas y las voces. En el sueño, los personajes de los grabados podían leerme. Los cangrejos y los borregos, los cocodrilos, las vacas, el burro, la sapa, las escobas, los papalotes todos, se sentaron a leer la escritura que fui en el sueño.

Desperté con ganas de escribir, con urgencia. Escribir cualquier cosa que cobre la forma de la escritura. La luz, la piedra en la ciudad, el templo. Pero eché un vistazo a las noticias del día y vi a dos mil niños y niñas ausentes de mirada. Con menos de seis años en promedio. Violados todos, en el último año, hecha trizas su vida, la poca vida que les tocó vivir. Vivir ya muertos, sin ser. El poder sobre ellos, la ira de otros enterrada en sus cuerpos pequeños de niños y niñas que dejaron de serlo, en el instante mismo del doble crimen.

Los niños y niñas violadas son insomnes, muchos de ellos. Se abstienen de jugar a la pelota, odian la pelota, el afuera. Tiemblan antes de abrir cualquier puerta. Tiemblan y sudan el sudor de la muerte. Algunas veces lloran a escondidas porque nadie les dice que no fue su culpa. Ni curan las heridas de sus cuerpos. Por eso descienden a los infiernos. En busca de un remedio.

Nadie conoce la cifra exacta. Es imposible saberla. No hay quien se atreva a contabilizar la peor infamia. Las organizaciones internacionales y de derechos humanos aseguran que en un año, más de 20 mil menores mexicanos son objeto de abuso sexual, gran parte de ellos en la ciudad. La mayoría niñas. Niñas de tierra y cemento. Veinte mil. Y serán otros tantos los casos del silencio, los que se callan a fuerza de puñaladas de pánico.

Las niñas violadas, cuando crecen, guardan silencio frente a sus hijas. Las agreden, no las toleran. No se toleran ellas mismas. Las perversiones de las que fueron objeto se vuelve en su contra. Soy perversa, se dicen. Perversa como el demonio. Las niñas violadas no tienen salvación, la mayoría. Nadie les arranca el sello. Y reproducen la conducta del verdugo. El verdugo que no se cubre el rostro. Los niños y niñas violados conocen, casi siempre, al agresor. El hermano, el padrastro, un tío, alguien de su confianza, el propio padre. La brutalidad alojada bajo el mismo techo. A la ofensiva.

Hay quien intenta recuperarse. Algunas mujeres de las más de 1.5 millones de mexicanas al año que son víctimas de agresiones sexuales, lo hacen. Lo intentan al menos, lo buscan. No es sencillo. La soledad las asfixia, les corta la palabra. La soledad también de saber que sólo un 5 por ciento de las denuncias penales por violación, alcanzan la sentencia.

No alcanzan todos los menores a vivir después de ser violados. Hay casos de niños que mueren de las enfermedades que el agresor les contagia. Hay otros que mueren sin irse, los que crecen con el dolor sobre los hombros. Pero hay quienes no toleran el dolor y mueren, porque solo la muerte los libera. Se arrojan de las azoteas. O se quedan dormidos sobre una autopista. Para ya no volver a morir. Para no despertar.

Hoy desperté con urgencia de escribir. Con los dedos de las manos temblando de sed. Con los ojos puestos en la ráfaga de luz sobre la sábana. Con la voluntad de desaparecer en la escritura, arrojarme al vacío. Y crear. Pero afuera la vida agoniza. La vida rota de los niños y niñas violadas que cada día son más. Dos o tres más hoy que ayer. Niños y niñas que no sueñan. Que no escriben. Y de los que nadie, o casi nadie, escribe. Da miedo escribir sobre la muerte. Las muchas muertes de los menores violados. Da miedo. Y rabia, repulsión, ganas de no volver a escribir sin tenderles la mano.

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lunes, enero 21

Niños casados

A Clara le da miedo la calle. Por más tiempo que ha pasado ahí afuera, le hace temblar, le desata un dolorcito en el vientre, le arranca los párpados y el sueño. Le da miedo la calle a Clara, pero más dolor le causa vivir en su casa. Regresa de tanto en tanto, cuando el pánico la quiebra, pero más temprano que tarde la calle otra vez la llama. El horror de los insultos y los golpes, abre la puerta al otro horror.


Clara tiene 13 años y se acaba de casar con Juan de 15. Juan, que compartía con Clara el dolorcito en el vientre, la soledad anudada en los dedos, la sed. Se conocieron en la calle hace dos años. Se acompañaron, compartieron cobija, comida, miedos. Un día amanecieron abrazados en el interior de un edificio en construcción. Y decidieron casarse, como lo hace cualquier persona adulta. Eso es lo que quieren, ser exactamente como el resto del mundo. El mundo, que desnudo exhibe sus fisuras. Su piel agrietada.

El número de niños que contraen matrimonio no para de crecer. En la ciudad de México y alrededores es donde se da con más frecuencia este fenómeno. Le siguen los estados de Veracruz y Chiapas, ahí donde la marginación y la pobreza se extienden a sus anchas. Los analistas y estudiosos del tema están alarmados. Les preocupa que los niños abandonen la escuela, que se separen de su familia a tan temprana edad, que se relacionen con personas mayores, les alarma la explotación y abuso sexual que esta situación pueda generar. Les preocupa de los niños exactamente lo que ya padecen. Casados o en unión libre, de 13, 16 ó 10 años, saben lo que es estar lejos de los padres y de las escuelas. Le han visto el rostro al desamparo. La orfandad, sólo ella los arropa. No todos los que recurren al matrimonio, naturalmente, pero sí en su mayoría. Son casi todos niños del abandono. Niños y niñas que encuentran en su pareja, el reflejo más claro de su rostro, un sereno espejo de su alma. Su imagen intacta, la única.

La ONU, a través del Comité de los Derechos del Niño, ha pedido al gobierno de México que aumente la edad mínima para contraer matrimonio y que sea igual para mujeres y hombres. Los códigos civiles de 25 entidades, establecen 16 años como edad mínima en el caso de los hombres, y 14 años en el de las mujeres.

Solamente en Guerrero e Hidalgo se exige que ambos contrayentes hayan cumplido ya los 18 para poder casarse. En países como Alemania, la edad establecida es de 21 años. En muchos estados de Estados Unidos la mínima es de 16 para los hombres y 18 para las mujeres. Pero antes de los 21 tienen que contar con la autorización de los padres. En Italia las exigencias son mayores: si no se han cumplido los 25 años, no pueden casarse sin que sus padres les concedan la luz verde. Veinticinco años, la edad en que un elevadísimo porcentaje de mujeres mexicanas ya han dado a luz a cuatro hijos. O más. La edad en que las mujeres mexicanas, casi todas, han recorrido de punta a punta la vida. Le han peinado el cabello embravecido, le han secado las lágrimas, bordado la sonrisa, le han remendado el vestido a la vida.

Hay gente que se casa por amor. O por creer en el amor. Otros lo hacen por conveniencia, por seguir el mudo ritmo de la historia, por darle un hogar al chamaco que viene, por intereses económicos, porque no se les ocurre otra cosa, por el temor que provoca la gente soltera. Pero hay otros que se casan movidos por el mismo dolor, el mismo infierno enterrado, como aguijón, en las uñas. Y si fracasan, si se separan, si se engañan, se maltratan o huyen otra vez al sitio del encuentro, nada tendrá que ver el matrimonio a destiempo. Nada. Como no tiene que ver el hambre con la edad. Ni la miseria, ni el engaño. Ni el vacío que se genera cuando una niña muere de hambre.

Los niños que se casan no son todos niños de la calle, como Clara y Juan. Hay algunos hijos de campesinos que casados trabajan mejor en la comunidad. Hay otros cuya familia goza de mediano o alto nivel económico. Son niños mayores. Niños enamorados. Niños de tierra, niños perdidos en un mundo de adultos. Niños con piel de niños. Un grito que puede tocarse.

Clara y Juan no me invitaron a su boda. Todavía no los conocía. Pero me la contaron con tanta precisión que puedo jurar que sí fui. Clara y Juan se casaron con muy pocos invitados. Sin pastel de boda. Sin banquete, meseros, vino tinto, champagne. Lo que sí no faltó fue la música. La música que le prestó a Juan un amigo de ambos y que junto con otros niños y niñas de la calle, les sirvió para bailar hasta que el sol invadió aquél edificio en construcción, donde Clara y Juan un día despertaron abrazados.

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sábado, enero 5

Sombras nocturnas en Madrid

Anoche me fui de copas con mis amigos madrileños. Quise recorrer los bares, tabernas y restaurantes de los barrios del centro de Madrid. Regresar, mirar, hablar con la noche en el sitio exacto donde la noche se instala a sus anchas. Ahí donde al obscurecer, y aunque no haya luna llena, todo se transforma. Donde reina la obscuridad, y solo las sombras alumbran.


Las sombras en las noches de Madrid, caminan de un bar a otro, de una esquina a otra con el único fin de compartir historias hiladas en la sombra. Son los aliados de la noche, los que te hacen un lugar en la barra, los que te arropan con su hilera de palabras inventadas, los que brindan una y otra vez por los amigos que todavía no tienen y por aquéllos cuyos nombres acaban de olvidar. Como Juan, residente del Madrid de los Austrias, de esa zona que va de la Puerta del Sol al Palacio Real, pasando por La Latina y Lavapiés. El alma de Madrid, donde las sombras nocturnas deambulan con total entereza. Como Juan, el amigo que siempre se encuentran mis amigos en uno u otro bar. Con la misma sonrisa, con la mirada de siempre. Con la misma copa en la mano y un no gracias, cené antes de salir de casa, en la boca. Juan que nunca come nada, pero que recuerda todo lo que se habló la última noche en que te vio. México, mexicana, no te vayas, me dijo hace más de un año y lo recuerda. A pesar de no acordarse de mi nombre, ni de lo qué hacía yo en Madrid, ni de cuándo me dijo, me rogó casi, que no me fuera, me mira y me vuelve a decir que no me vaya nunca de Madrid, qué para qué si se está tan bien, pero tan bien en las noches de Madrid. Y en el día, le digo, y alza los hombros para poco después comenzar a tejer otra historia que escucho apenas unos minutos pues ya mis amigos pagaron esta ronda de copas y hay que ir al bar de la esquina que preparan unas tapas que te mueres, me apresuran y me despido de Juan sin despedirme. Llevándome el olor del plato de embutidos de Extremadura que quise pedir y que no pedí por quedarme escuchando la palabra de Juan que huele a tiempo.
La noche en Madrid despide un aroma diferente, indescriptible, extraño, sorprendente. Un aroma como de joven, como de viejo, como de mujer que espera la llegada del día, sentada al filo de la noche. Un olor que suda sobre la piel.
Cenamos en la barra de al menos cinco bares. Un revuelto de morcilla en uno, un plato de trufa negra sobre cama de patatas en otro, para que veas mexicana que en Madrid no sólo son bares de pueblo, reta un mesero que no sabe que yo sé que en Madrid no solo son bares de pueblo. Emiliano sugiere siempre lo mejor, los berberechos en salsa de algas en reducción de Pedro Ximénez, una media ración de tartar de atún con vinagreta de nueces. Es que yo quiero callos, les explico quedito para no ofender a los otros platillos que la verdad están igual o mejor que los callos pero tengo que decirlo. Los callos a la madrileña, por favor, que llevo ya una semana en Madrid y de callos, nada.
El espectáculo comienza pasada la media noche. ¡Hay que joderse!, me dicen cariñosamente mis amigos que aceptan llevarme a Casa Patas que les encanta pero a donde cada vez que van tienen que decir ¡hay que joderse, guapa!, por qué quesque no les gusta ir a Casa Patas donde solamente van extranjeros, argumentan. No hay otro sito mejor de flamenco en vivo, respondo y luego les reclamo que no vayan a Casa Patas más que cuando yo les pido que vayan conmigo. Si fueran, les digo, no estaría lleno de extranjeros, sino de madrileños.
Fui por lo menos una vez al mes a Casa Patas, durante los ocho años que viví en Madrid. Vi de todo. Algunas veces me aburrí, otras, las más, me divertí, me sorprendí, sentí, viví. Siempre me sorprendió la abundancia de niños. Niños sentados en un sitio de mayores. A la media noche. A la madrugada. Los niños con las palmas de la mano de sus padres en la mirada. Niños gitanos que anoche subieron al tablado. A las dos de la madrugada, se desataron los nudos de la garganta. A pesar del violín retador de Fernando Moreria o por él. Un violín en el tablao, nomás eso me faltaba, escuché decir al vecino de mesa que no era extranjero, ni madrileño, el vecino gitano de Andalucía se quejó de la presencia del violín en un tablado flamenco y acabó gritando ole, ole al violinista que hizo que la bailaora bailara como solo bailan las gitanas cuando alguien las reta.
Regresé a la calle de Cervantes a las no se qué hora de la madrugada. La calle Cervantes, en el barrio de las Letras, dónde Miguel de Cervantes vivió y murió. Donde vive Alejandro Aura y Milagros y donde yo me alojo en estos días y noches de no contar las horas, si da igual si son las dos de la mañana o las cuatro si todavía no cae rendida la noche ante la luz radiante del invierno madrileño. La impuntual luz azul. Esa luz que me obliga a salir de nuevo a las calles de Madrid, a los mercados, a los parques donde la gente busca un rincón, una luz, una sombra. Un sitio donde comenzar el nuevo año inventando una historia cada noche. Creyendo que todavía podemos ser jóvenes, que aún es tiempo de vencer a la quietud, respirar el viento que sopla en las ciudades y después, mucho después, dormir con el alba clavada en la piel. En la invisible piel de una sonrisa.

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jueves, enero 3

Berlin de los ojos abiertos

Hay ciudades que tienen la fuerza necesaria para permanecer con vida, suceda lo que suceda. Son ciudades que se dejan amar, que nos tienden la mano sin mostrar su poderío. Sin perder ni uno solo de los rostros de cal que la construyen, día a día, la salvan de volver a morir. Como en las guerras.

No me importó no entender nada de lo que me decían. Igual preguntaba. Ni me agobió no poder pronunciar lo que leía en los anuncios de las calles y en el Metro. Igual leía. Ignoré al frío y no dejé de sentirlo, pero se acomodó sin violencia en mi cuerpo. Sin perturbar mi encuentro con la ciudad; sin ejercer su dominio sobre la tierra caliente que cubre mis venas. Berlín es así: una ciudad que te hace creer que todo, o casi todo, es posible, sin borrar las huellas. Las huellas que deja la vida.


Llegué a Berlín sin buscar a Berlín. Sin ninguna pregunta qué hacerle, sin una nota en mi cuaderno. Fui por conocer una ciudad más, por compartir con mi amiga María el estreno de su apartamento. No tenía nada que descifrar. Nadie me dijo: no dejes de ir a la Isla de los Museos ni a la Puerta de Brandeburgo; prueba el pato en cama de castañas, compra chocolates y salchichas en el mercadillo navideño, visita tal plaza. No hubo una voz que me hablara del agua que cerca a Berlín y la libera. Los dos ríos que le colman la sed cada mañana.

Llegué a Berlín sin que me advirtieran sobre la forma que tienen los berlineses de mirar. De mirarse en otros. En las calles, en el Metro, en el teatro, en los museos, en las tiendas, en las estaciones, en los restaurantes, en los parques, en la opera, la gente se mira. Todos miran sin que su mirada estorbe, invada, demande una respuesta. Sólo miran. Y cuando se les mira mirar, nunca abandonan. Mantienen su mirada sobre el otro, como si estuvieran de frente al espejo.

No busqué nada y fui encontrando. La casa donde vivió Bertolt Brecht, donde escribió quién sabe cuantas de sus obras de teatro y sus poemas. Sin borrar ninguna huella, dijo lo que quiso decir. Perturbando siempre a los otros, siempre siguiendo el camino que nadie había aún trazado. Bertolt Bretch, llegué sin buscarla, a la puerta de su casa. Y quise saber más de él. Y alguien me entregó sus poemas y canciones en medio de la noche. Como un fantasma de otro tiempo.

Las ruinas de Berlín no se han borrado. No queda nada de todo cuanto las guerras han destruido y está todo. Berlín horizontal, un homenaje a la memoria. Un reto, una desfachatez que se agradece, la violación permanente de los esquemas. La arquitectura naciendo de las ruinas. Una y otra vez, arrancándose cada muerto que asoma por las ventanas falsas. Reconociendo cada uno de los rostros que un día hicieron falta, para contarles que la guerra ha terminado.

A nadie parece importarle el frío. En Berlín los recién nacidos salen a las calles en invierno. Los enredan sus padres en sus vientres, les tapan las orejas con bufandas de colores, los besan en medio del tumulto. Sonríen. Todo el mundo camina con los ojos abiertos. Se suben a un Metro en el que viajan los cinco continentes y que recorre las entrañas de la historia de Berlín. Uno de los metros más eficientes de Europa, tuvo estaciones fantasma. Y nadie ha borrado las huellas.

No sé si es por el invierno, pero las mujeres en Berlín apenas se maquillan. Visten como cualquier otra mujer del mundo. No muestran su vestido nuevo, sus botas tan modernas. No parece importarles la moda de Berlín. Van a su aire, como ajenas a todo menos a las calles. Las calles que recorren a pie o en bicicleta las mujeres y los hombres jóvenes que tanto abundan en Berlín. Como el viento, refrescan las tardes oscuras. Le conceden parte del reflejo que los cubre. Y a nadie le importa la llegada prematura de la noche, nadie abandona las calles, nadie guarda su sombra en el armario.

Fui a Berlín sin buscar a Berlín. Y encontré una ciudad con alas donde nadie se sorprende de ver a una mujer cenando sola en el restaurante más caro o pidiendo una copa de vino en un bar de barrio antiguo. Aunque no dejen de mirar. Y aun en los días sin nieve, se distinguen las huellas que van dejando en las veredas de los cementerios de Berlín. Las huellas abiertas, como sus ojos.

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sábado, diciembre 29

Mono de Madrid

Vuelvo a escuchar el respiro de Madrid, recupero sus voces. Miro otra vez el invierno transparente de Madrid, el descaro de la luz sobre los techos, las calles repletas de jóvenes, mujeres, ancianos. Miles de madrileños de todos las edades, de todos los oficios, reunidos en el centro de una ciudad que todavía acaricia y se deja acariciar sin defenderse. Sin hacernos sentir que todo, absolutamente todo, está en riesgo. Sobre todo nosotros. La parte nuestra que no nos pertenece.



Regreso a Madrid, la ciudad en la que viví ocho años y de la que me fui hace 14 meses, sigue gimiendo de placer y aún sonríe, cuando siente la vida que camina sobre su cuerpo de asfalto.

¿Qué tiene Madrid que se está tan bien en ella?, me pregunté mientras caminaba por el parque del Retiro, por los alrededores del Museo del Prado, la Plaza de Santa Ana, por Tirso de Molina y Lavapiés. ¿Qué es lo que nos atrapa? Finalmente no es una ciudad tan espectacular como otras ciudades de Europa. Es pequeña, medio provinciana, rezongona. Pero nos atrapa. A mí me hizo llorar de nostalgia en no pocas ocasiones los últimos meses. Sentí repetidamente un deseo tremendo de volver a ella. Tuve “mono”, como le dicen los españoles al síndrome de abstinencia. Mono de Madrid. Nostalgia de vivir las 24 horas del día, viva. Sin sentir en ningún momento el cansancio de vivir. El hartazgo de no encontrar la forma de romper esquemas y reír sin razón que lo justifique. Sin tener que demostrar que existe la verdad o fingir que creemos en todo aquello que de tanto pronunciar existe. Sin creer que es necesario creer que es posible ser exactamente lo que nos dicta el alma.

Madrid es así, una ciudad que nos toca el alma. Sin ningún interés, sin motivo aparente, nos quiebra y nos coloca a su lado. Sin decretar estados de guerra, sin dictar leyes, sin hacernos jurar causa alguna, nos conduce al campo de batalla. Un campo de batalla en el que el enemigo, el único enemigo es el engaño. La sola posibilidad de perder la capacidad de imaginar.

Apenas llegué a Madrid y me lancé a sus calles. Quise reconocer la ciudad, compararla con la mía, internarme en su mundo tan a flor de piel, tan carnal, tan expuesto a la luz y a la sombra. Por eso comencé por buscar a Gala, la mujer escultura de Salvador Dalí en la plaza que lleva su nombre. Plaza Dalí, pegadita al Palacio de los Deportes. Y volví a escuchar el respiro de Madrid, recuperé sus voces. Las voces de los madrileños con acento ecuatoriano, los niños morenitos devolviendo la vida a esta ciudad que hasta hace unos cuantos años contaba, uno a uno, los hijos que le quedaban. Madrid ecuatoriana, colombiana, africana, cubana. Madrid polaca, rusa, rumana, checa. Madrid de las enseñanzas. Madrid que me arropó y me arropa con sus voces ajenas. Las únicas voces que se escriben.

No pude evitar entrar a El Barril. El restaurante de mariscos que me quedó siempre tan a la mano, a unos pasos nada más de mi edifico. Las mejores ostras, intensas, carnosas. Una copita de mar para abrir el apetito. El Barril, hay cola para entrar en un domingo, si no hay espacio ¿qué no ve?, contesta el mesero con sus modos de siempre. El mesero entrañable que termina haciéndote un espacio donde no lo hay y charlando con los clientes extranjeros que no entienden la palabra golpeada, el modo de los madrileños de ser madrileños, aunque no lo sean. Aunque hayan nacido en Extremadura o en Valencia aquí se han hecho madrileños, sencillamente porque les dio la gana de ser madrileños. A golpe de palabras golpeadas que en realidad acarician, arropan, atrapan, nos envuelven, se hicieron madrileños. Aunque sigan cantando hasta la madrugada como si estuvieran en Sevilla. El canto que se escucha en la palma de la mano de todos los gitanos.

Lavapiés está lleno de gitanos. Es uno de sus territorios naturales. El Barrio de Lavapiés que es también la tierra de Agustín Lara y de su emperatriz. Y el sitio donde se encuentra una de las tabernas más antiguas de Madrid. Mi taberna le digo yo desde hace años. Uno de los sitios donde mejor me he sentido. La Taberna de Antonio Sánchez que tiene más de cien años de no ver viendo los cambios que se registran a su alrededor. Haciéndose la loca, como sin no pasara nada. Como si no hubieran desaparecido todas o casi todas las otras tabernas del barrio. Como si algo, como si nada.

No me aguanté un día más el Mono de Madrid. A unas horas de haber llegado me tiré a sus calles. Después de la Plaza Dalí fui a comer a la taberna, por ver al tabernero y a su esposa Merceditas. La hacedora de la mejor olla gitana que jamás nadie ha probado. La chamana española de la olla gitana, las torrejas y de las natillas. Merceditas, la esposa de curro el tabernero. Mi amiga, mi cómplice casi. La reveladora de todas las mentiras que se acomodan en los platos y en los tenedores.

No nos importaron nada las miradas de los madrileños ni la de los turistas. Curro y yo nos abrazamos llorando casi de volver a vernos A él se le pusieron los pelos de punta. “Me se puso” la piel de gallina, me dijo en andaluz mientras Merceditas, desde la cocina sonreía su sonrisa madrileña.

Madrid tiene eso, a todos los bautiza madrileños. Al tabernero andaluz, al extremeño, al ecuatoriano. A mí que apenas llegué a Madrid y me lancé a sus calles para reconocerme mexicana. Para no olvidar que es posible reír sin razón cuando se escuchan los sonidos de una ciudad que arropa sin robarnos ni una sola pizca de lo que en otras tierras construimos. Sin condenarnos a dejar de ser, exponiendo más bien a cielo abierto, las voces de sus habitantes. Concediéndonos la oportunidad de escucharnos como sólo se escuchan las voces que se pronuncian en la ciudad. En todas las ciudades que respiran y dejan respirar a la vida.

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lunes, diciembre 24

Los olores y colores de las fiestas

Cada año la Navidad llega más temprano. Antes de que comenzara noviembre, ya habían colocado en las tiendas, al lado de las calaveritas de azúcar y los disfraces de monstruos, las luces para el árbol, las esferas, los nacimientos y los horrorosos gorros de Santa. No sé si exista alguien que ponga el árbol con dos meses de anticipación, pero me imagino que lo habrá, de otra forma no los traerían a la ciudad tan temprano. O quizá ni siquiera importe si se compran o no desde el momento en que los sacan a la venta, la cosa es llenar las calles de objetos que nos echen a andar el espíritu consumista que precisamente en Navidad es cuando más se enciende. Pero no es mi intención criticar la Navidad que en realidad no me disgusta. Siempre he creído en las fiestas como un buen remedio para aligerar la carga de lo cotidiano, para reír, para compartir, aunque en ocasiones da un poco de rabia que sea por decreto. No sé si esa sea la causa por la que muchas personas suelen deprimirse en Navidad, o no. A mí por fortuna no me da por ese lado. Una fiesta es una fiesta y muchas, la gran mayoría de ellas, están en el calendario, como la Navidad. La fiesta del patrón del pueblo o la ciudad. Las fiestas del inicio de cosecha, las que conmemoran las fechas de los acontecimientos cruciales de la historia y todas las que se siguen celebrando para combatir el olvido.


Los colores de la ciudad cambian según la fiesta. En Navidad de la ciudad de México, el rojo convive en las calles con otros muchos colores, especialmente con el verde, pero es el rojo el que destaca. Las calles y los mercados rojos, los escaparates de las tiendas. La flor de Noche Buena que en otros países se llama Pascua, tendida este año como ningún otro en las calles rojas.

Las fiestas tienen también sus olores propios y los desparraman por las calles que en Navidad huelen a bacalao y romeritos. Pero aun en los días que no hay fiesta, la ciudad muestra sus olores. Sus diversos aromas. Cada mercado, cada barrio conserva sus olores propios, los guarda, como una caricia, en un tamal, en un chile, en la madera de algún árbol, en una fruta.

No recuerdo qué edad tendría, pero sí guardo en la memoria el día, el primer día en que percibí el olor a fiesta. O lo que desde entonces y durante muchos años relacioné con las fiestas. Sucedió cuando mi papá nos llevó a mis hermanos y a mí al mercado de dulces, al lado de La Merced. Conforme nos íbamos acercando a la entrada, el olor a dulce se volvía más y más intenso. Y unas voces lo anunciaban. Como en una obra de teatro. En la primera llamada, primera, se escuchaban cada vez con más claridad las voces como cantos de ¡mueeeeganoooooos! ¡hay mueeeganooos!, ¡alegriiiiiiiias!, llévese sus alegriiiiiiias! Al entrar al mercado me quedé impactada. De punta a punta del pasillo, de todos los pasillos del mercado, los dulces reinando. No es que sea yo muy dulcera, nunca lo he sido. Pero el impacto en mis sentidos fue brutal. El olfato y la mirada a flor de piel. Deslumbrados. Las cocadas y las charamuscas, montoncitos de limones azucarados, los acitrones tendidos al lado de las pepitorias, más allá los jamoncillos. Lo que ese día entró a mi memoria fue el aroma. La mirada de un olor.

Hoy el mercado de dulces sigue donde estaba entonces. Ha cambiado, por supuesto, todo cambia. Hay todavía más puestos que antes y hay dulces que en mi infancia no existían, particularmente los empaquetados. Pero todavía es impactante. Y junto con algunos importados o con nombres en inglés, se encuentran todavía los dulces de leche como los macarrones que los vendedores acomodan de la misma forma en que lo han hecho siempre. Como grecas aztecas en el templo del dulce. Los vendedores son en su mayoría, también hacedores de dulces, sobre todo de las frutas cubiertas y las alegrías que se elaboran con la misma imaginación y creatividad de siempre. Y que son tan, pero tan mexicanos.

En algún país árabe, no recuerdo cuál, vi un mercado en el que entre hileras de especies se mezclaba algo que me recordó a nuestras frutas azucaradas, pero no creo que sea muy común en ningún otro país, por ejemplo, el acitrón, hecho del tallo de la biznaga que crece en zonas áridas de México. Ni tampoco creo que a cualquiera se le ocurran las cosas que se nos ocurren a los mexicanos, como hacer un dulce de una planta cactácea o ponerle el nombre de trompadas a los dulces más duros del mundo, o enchilar los tamarindos, o estirar las charamuscas, confitar el chilacayote o las tunas o rellenar los limones con coco.

En estos días hay gente que se pone triste. Les da tristeza la Navidad. Les provoca nostalgia. Algunos pasan de la tristeza a la depresión. A una amiga que me contó justamente que se comenzaba a sentir deprimida, le aconsejé que se diera su vuelta por el mercado de los dulces. El mejor remedio, me dijo cuando regresó repleta de historias que contar sobre el nombre de los dulces, el aroma y la mirada de los hacedores de dulces mexicanos. Sonoros y aromáticos. Como un poema que está por escribirse, como una fiesta, aligeran la carga de lo cotidiano. Y nos hacen sentir.

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domingo, diciembre 9

Los patines nuevecitos, nuevecitos

Una madrugada de hace no mucho tiempo, alguien me preguntó cuál había sido mi primer dolor. En qué parte de mí lo había sentido, en qué país, en qué esquina de mi piel, en qué vena. Alguien me preguntó en qué rincón de mi memoria se aloja mi primer dolor. La pregunta me conmovió, me desgajó, me quitó trozos, los pocos trozos de corteza que aún me cubren. Tardé unos minutos en recobrar el habla y me dispuse a responder. El problema fue que al intentar pronunciar la primera sílaba desperté. Alguien, ese alguien que me preguntó cuál había sido mi primer dolor fue un intruso. Un intruso que sin advertencia alguna, se coló en mi sueño.

No le di demasiada importancia. Un sueño más interrumpido por la incolora realidad de despertar. Nada más. Para mi fortuna o desgracia, imaginar siempre ha sido mi gran, mi grandísima manía. Imaginar que no existimos y que por ello somos. Un recurso, una herramienta, un viento limpio que oxigena la vida. La vida atrapada en una grieta desde la cual asoman los ojos cerrados de la vida. Y aún somos capaces de mirarlos.


Una tarde de hace no mucho tiempo, alguien me preguntó cuál había sido mi primer amor. En qué parte de mí lo había sentido, en qué país, en qué esquina de mi piel y mi memoria se aloja mi primer amor. El despertar, el batir de las alas, el baile, el inaudito e indómito baile íntimo, invasor, arropador. La vida y la muerte dispuestas a nacer en el amor. En el primer amor que aletea en el cuerpo.

Un viernes, el pasado viernes fue, dicen, el peor viernes. El de más intenso tráfico en la ciudad de México. Un viernes de quincena. Un viernes a punto de diciembre. Un viernes de marchas, compras, manifestaciones, quejas, gritos, invitados. Un futbolista brasileño entrado en años que entró a la memoria de todos o casi todos los mexicanos. Pelé, el rey Pelé agradece que lo reciban con honores, que lo mimen. Agradece que no lo olviden. Ni siquiera aquéllos que nunca lo conocieron. El zócalo está lleno de niños. No llueve. Y Pelé parece llorar por dentro las lágrimas que le permiten conservarse joven. Sin que la soledad de anciano le quite aún el temblor en el cuerpo.

Llora por dentro y por fuera Rufino. Dice que se llama Rufino, pero no está seguro. Recuerda el nombre por su abuelo y se lo apropia. A su padre no lo conoce. No cree que se llame Rufino. No cree que tenga nombre su padre, como no lo tienen las cosas que desconocemos. Cuenta con otras palabras las palabras que escribo y llora. Por dentro y por fuera. Fue a ver a Pelé al zócalo. Se enteró por unos amigos que como él ganan diez, veinte, cien pesos al día rogando a los rostros detrás del parabrisas un segundo nada más para limpiar el vidrio. Un segundo, suplican.

A Rufino sus amigos le dicen Rufián y a él no le duele. Más bien prefiere que le pongan un nombre inventado a su nombre usurpado. Rufián de las películas, me dice. Y se va abriendo paso entre la multitud para ver salir a Pelé del edificio del Ayuntamiento donde el jefe de Gobierno le entregó una medalla y las llaves de la ciudad. Por haber estado cerca de los mexicanos. Por sonreír con la mirada, y supongo que también por haber sido el mejor futbolista del mundo.

Después de él ¿quien sigue?, me preguntó Rufino Rufián y no supe que responderle. Chin. Me quedé pensando en todo el tiempo que he gastado persiguiendo algo que no quiero. Y en que al final casi todas las personas somos otras personas, como decía Óscar Wilde. La vida de los otros, somos.

A Rufino Rufián nadie le ha preguntado cuál fue su primer dolor. Ni dónde lo sintió, en qué país, en que rincón de sus entrañas, en que esquina, en cual de sus múltiples soledades, golpes, patadas, gemidos, alaridos. En qué hueso quebrado a patadas por un amante de su madre sintió el primer dolor. Hace años cerró la puerta de su casa. Y apenas va a cumplir los trece. Y este viernes vio al mismísimo Pelé en persona. Y lloró por dentro y por fuera, seño, seño vi a Pelé, me dijo, me jaló la manga de mi saco, me zarandeó, me hizo reír.

Ignoro si Rufino Rufián fue este fin de semana otra vez al zócalo. Me dijo que lo haría. Que se formaría para ser de los primeros en ponerse los patines nuevecitos y entrar a la pista de hielo. ¿Es cierto que es la más grande del mundo?, me preguntó. La más, la más, le respondí y me hizo que le contara historias de otras pistas de patinaje en otros países que no sabe dónde están ubicados, ni cómo se llega a ellos, ni que idioma se habla. Una vez vio en la televisión a una pareja que patinaba mientras se daba de besos, me contó Rufino Rufián, sorprendido de la habilidad de la pareja para amarse sin caer.

A Rufino Rufián nadie le ha preguntado cuándo sintió el primer amor, en qué trozo de su cuerpo lo percibió, en qué calle, bajo qué puente, en qué patrulla, en cual de todas las instituciones donde lo han llevado y de las que una y otra vez escapa. Escapa a las calles donde sus amigos siempre lo esperan. Sus amigos que lo enseñaron a limpiar parabrisas y con los que, cuando ya no aguanta el hambre, roba una bolsa de papas fritas, un gansito, cualquier cosa, de la tienda de enfrente. O aspira fuerte, fuerte, el pegamento; para aguantar el hambre, para soñar al lado de sus amigos de la calle con los que, me dijo, iría este fin de semana al Zócalo para entrar a la pista más grande del mundo y ser de los primeros en ponerse los patines nuevecitos, nuevecitos.

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