sábado, marzo 8

Oaxaca de piedra

Tuvieron que convocar al Consejo de Ancianos para poder prepararlo fuera del pueblo. Tuvieron que firmar un convenio mediante el cual el Consejo de Ancianos otorgó su consentimiento, a cambio de que no se lucrara con la venta del caldo de piedra. Yo nunca lo había probado; hasta hace apenas un año se comía exclusivamente en los pueblos de la Sierra Tuxtepec, al norte de Oaxaca. Donde más se cocina es en Usila, el principal pueblo chinanteco, el de mujeres de ojos rasgados, como peces, y de huipiles bordados en telar de cintura con triángulos, rombos, estrellas y sueños que luego lucen sobre su cuerpo, como una gran ola de hilo.

Mari salió de Usila hace un año. Se fue con su tío a la ciudad de Oaxaca para abrir un comedor donde sólo ofrecen el caldo de piedra, que tan sabroso le sale a toda la familia Santos. A los padres y a los abuelos, a los bisabuelos y a los tatarabuelos, y antes de ellos a nuestros antepasados de los tiempos anteriores a la conquista, me cuenta Remigio mientras calienta las piedras blancas y redondas en lumbre de leña. Remigio, quien no te vende ni una sola cerveza ni un mezcal, y no por falta de permiso, que no lo necesita, sino porque vender alcohol es lucrar, y tiene que cumplir la promesa que hizo al Consejo de Ancianos, aunque no se opone a que uno vaya a la tienda de enfrente a comprar su traguito, que con trago sabe más sabroso el caldo de piedra de camarones, de pescado o mixto.

Remigio me contó que cocinar el caldo de piedra es cosa de hombres, no hay mujer que sepa prepararlo. Según la costumbre, el día que se come caldo de piedra, que es comida de ceremonias, es el día que la mujer descansa. Los varones salen de madrugada al río para pescar los camarones y la trucha. Después preparan la lumbre y colocan las piedras bajo los leños. “De noche las piedras echan chispas, pero de día prefieren quedarse en silencio”, comenta Remigio mientras coloca una de las piedras en una jícara de semilla a la que ya antes le puso jitomate picado, chile verde, agua, hierba santa y los camarones o el pescado crudo. En menos de dos minutos todo está cocido. Cuando el caldo deja de hervir a borbotones, Remigio le saca la piedra con una cuchara y personalmente lleva la jícara a la mesa. “Es mi obligación dejarla en su lugar, es comida sagrada”, me dijo cuando intenté que me la diera para llevarla yo. Mari nos trajo las tortillas hechas a mano por varias mujeres. “Qué extraño se mira un hombre cocinando”, le dije a Mari por iniciar la plática. “Muy extraño, extrañísimo”, me respondió y después me reveló en voz bajita que en el pueblo los hombres nunca cocinan. Nunca lo que se dice nunca. Ni siquiera los días en que se prepara el caldo de piedra. Ellos son los que van a pescar. Y las mujeres encienden el fuego y preparan el caldo con sus manos de nixtamal y algodón.

El Caldo de Piedra, que así se llama el comedor, está a las afueras de la ciudad de Oaxaca. Me llevó Marcos, un amigo antiguo de mirada y alma quietas, con quien tropecé casualmente en una calle de Oaxaca. Teníamos cerca de 20 años sin vernos. Dos décadas de palabras guardadas en el hueco que queda en la ausencia. El hueco que un día deja de ocultar lo que guarda y sin apenas darse uno cuenta sale como un gemido del alma y se expande. Como la vida cuando se desnuda a la orilla del viento.

Por la noche sopló fuerte el viento. Pero los que fuimos a escuchar al grupo Mono Blanco de Veracruz, en pleno centro de Oaxaca, no sentimos frío. Ni sed, solamente ganas de bailar, de ahuyentar la soledad, que en Oaxaca tiene un rostro diferente. Se mueve apenas, se aquieta casi. Y a veces baila. Sentimos ganas de bailar y bailamos el puro fandango. El Museo de Filatelia de Oaxaca cumplía 10 años y había que celebrarlo. Había que cantar, bailar y zapatear porque solamente así se llega a viejo. Y porque todos aquellos que bailan se mueren contentos.

Después del baile, Marcos y yo nos fuimos a tomar un mezcal blanco y nos pusimos a hablar. De nuestras andanzas por el mundo, de nuestros amores, de las historias que dejamos a medias. De México. De la ciudad de México y de Oaxaca. De cómo, cuando uno está en Oaxaca, la ciudad de México se vuelve un espejo de agua en el que, en ocasiones, alguien se mira. Un ciego, un colibrí, alguna que otra niña urgida de vivir.

Como aquélla niña de dos años que Marcos vio un día en un autobús. Una niña mexicana con su madre jovencita. Venía lleno, retacado de gente cansada y violenta. Gente herida de ciudad. Hubo un pleito. Se mentaron la madre. Volaron objetos sobre las cabezas de la niña de dos años y su madre. Marcos intentó protegerlas. Las abrazó. Y lanzó un lamento: ¡qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos, qué mundo! La mamá de la niña de dos años abrazó con más fuerza a su hija. “Yo prefiero pensar en qué hija le voy a dejar a este mundo”, le respondió la mamá jovencita. Cuando Marcos me lo contó, se miró en el espejo de agua que en ocasiones es nuestra ciudad. Una ciudad con una piedra que arde en la mano.

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jueves, febrero 21

ANCIANIDAD

Los viejos están solos, casi siempre. Es duro mirarlos de frente, acompañar el movimiento de sus ojos; dar el paso y entrar cuando abren la puerta que conduce al centro de su alma. Pasear con ellos. Escucharlos cuando frente al espejo advierten que ya nada será como solía ser. Absolutamente nada.

Más que estar solos, los ancianos habitan al interior mismo de la soledad. Conocen sus ventanas, distinguen cada uno de sus olores. Adivinan el momento exacto en que habrá de abrir sus fauces para arrancarles un trozo de vida. Uno más. Y algunas veces, cuando rompe el alba, se protegen con su oscuridad. Desaparecen. Saben que no hay nadie que quiera escuchar su grito, el grito inaudible de los ancianos.

Hay quien asegura que la soledad en las mujeres ancianas es aún más intensa, más lúcida, mucho más poderosa que la de los hombres. La soledad de la mujer multiplicada. La piel puesta sobre el fuego que aún conservan, aunque nadie lo note. Ni siquiera la ciudad que las ha visto construirse, volver a nacer, cuando rompieron el silencio impuesto y se descosieron la lengua. Ellas, las ancianas de hoy y sus madres. Sus abuelas guerreras del campo y la ciudad.

En la Ciudad de México más de medio millón de mujeres mayores de 60 años, intentan espantar a la muerte. Eso dicen las estadísticas a las que pude tener acceso. Mas de medio millón de mujeres a quienes el pasado les concede existencia, únicamente el pasado. Y cuentan historias sobre su vida para dignificar su presente. Pero no se entierran en el pasado, buscan también ser en el futuro, lo intentan con fuerza, organizan actividades, planifican, se aferran a la idea de que es posible amanecer con vida, un día más. Solo uno más, dicen al atardecer, y se van acercando al siglo.

Hace un siglo la esperanza de vida de la mujer era de 30 años. Fueron los tiempos de mayor mortalidad en México, las primeras décadas del siglo XX. Hoy sin embargo, la esperanza de vida es de 75 años, cuatro más que la de los hombres. Miles llegan a los cien años y más. Se empeñan en soñar despiertas que aún hay espacio para ellas en un mundo que se ha dado a la tarea de olvidarlas. Quieren vivir más tiempo, siempre y cuando la vida sea más generosa que la muerte. Por eso, casi a escondidas, acarician a la vida con los dedos del deseo.

La voz de las ancianas se asemeja a la palma de la mano. Está llena de líneas, puede leerse casi. Como un libro, cada historia que cuentan es la escritura misma de su vida. Pero no es fácil leerla, ni escucharla, ni soportarla. La cercanía de la muerte aterra. Y levantamos un muro, las obligamos a colocarse la máscara de la locura, cuando no encuentran otra forma posible para alcanzar la serenidad.

El muro es la mirada de los otros. La que les niega acceso al mundo productivo, la que les cercena la capacidad de crear. Aunque continúan creando. A oscuras, se protegen e inventan lo que los otros les roban. La creatividad, la voz, el derecho a la lentitud. A seguir perteneciendo. A ser. Y comprender su historia.

La historia de los ancianos es también nuestra historia. La que fue y la que será. La historia no contada y la que está ya escrita en los rostros de los adolescentes. La historia que necesitamos escuchar, porque nadie nos ha dicho cómo llega la ancianidad, en qué esquina la veremos asomar su sombra, en qué parte de nuestro cuerpo se hospedará. Nadie ha escrito nunca qué forma guarda el camino que el adulto recorre hasta llegar a la vejez. Sabemos qué le sucede al organismo, qué pierde, qué se atrofia. Pero no hemos descifrado la ruta. Ni descubierto su luz.

Simone de Beauvoir estudió la ancianidad. Sus dolores, sus temores. Simone de Beauvoir le limpió el rostro a la vejez, criticó por vez primera la forma que tiene la sociedad de mirar a los ancianos. Pero no nos devolvió la esperanza. Al contrario, por momentos nos hace pensar que no hay forma de remediar la soledad que nubla su mirada. Mientras sigan siendo parte de los marginados, no habrá forma de devolverles la vida. La poca vida que les queda por vivir.

Los ancianos no se olvidan nunca de su vejez. Es imposible apartarla de la almohada, del frasco de medicamentos, de la silla, del espejo. Pero hay algunos que la invitan a caminar de la mano con ellos. Son los que se salvan del terror de verse degradados. Y siguen el camino. No escuchan el lamento de su cuerpo. Ni la sordera del mundo. Ven al mundo y consiguen reconocerse. Cuando en ese mundo encuentran alguien que brinde con ellos, alguien que no agrede, ni grita ni levanta el muro, recuerdan que la vida ya no será como solía ser. Pero sigue siendo vida. Y andar al filo de ella puede incluso ser más intenso, mucho más intenso que la sola ausencia de la muerte.

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martes, febrero 12

Niños dioses

Este año me perdí de los especialmente bien sazonados tamales que se preparan el Día de la Candelaria. Tampoco pude ver cómo visten a los niños Dios para llevarlos a que reciban la bendición en el templo, pero dicen que en la ciudad de México fueron cientos de miles los niños dioses vestidos de blanco o con el traje de algún santo que hicieron cola para recibir la bendición. Me perdí la tamalada, toda la fiesta, aunque cuando salí por la mañana a la calle vi filas enormes de gente en cada esquina, esperando su turno para comprarle al tamalero callejero su tamal. Vi también a la gente llevando en brazos al Niño bien envuelto en telas de seda, de satín o brocadas con oro y plata. Y a un montón de niños de carne y hueso con sonrisa de festejo. Pero no participé en la Fiesta de la Candelaria. Me la perdí.

A Fernando García Arellano le pasó lo mismo. Sólo que a él le importó más. Le dolió incluso. Le dio una rabia inmensa y no dejó de maldecir al cura de su pueblo. Un pueblo que está muy lejos de México y en el que no visten a los niños Dios, ni los llevan al templo, ni comen tamales, pero que celebran el Día de la Candelaria como en pocos sitios. El pobre del Sr. García Arellano no cargó en la procesión a la Virgen de la Candelaria, a pesar de que estaba a punto de cumplir medio siglo de hacerlo. Ni siquiera pudo estar en la procesión, ni en los actos religiosos, ni tuvo alma para rezar. Y todo por que se lo prohibió el párroco de su barrio, Azucaica, en Toledo, España. Quién le manda, pensaron muchos parroquianos. No se puede estar con Dios y con el diablo. Con el diablo que respira y siente; que mira y llora, el que busca, se revuelca de placer o de tristeza, el que besa y siente. Con el diablo que se le metió al cuerpo al infeliz de Fernando García Arellano y le hizo separarse de su esposa. Incumplió su mandato cristiano. Y la gente lo va a notar, le dijo el párroco los días anteriores al festejo. La gente lo va a notar.

Si no fuera por la risa que esta anécdota causa, me daría miedo. Si no fuera torpeza crónica la de ese párroco que ejerce su labor pastoral a menos de una hora de distancia de Madrid, estaría asustada. No podría ni contar esta historia que leí en un diario español. Pensaría en las consecuencias que tiene que el poder lo detente un idiota. Y me acordaría de que hace poco un anciano me advirtió que el día en que los idiotas, los descerebrados, los escasos de ideas, de sangre que fluye, de oxigeno, de sensaciones, de creatividad, llegaran al poder, ese día sería el principio de la nada. La nada que lleva a la muerte. Que termina con ella.

Los niños mexicanos de carne y hueso, cuando sostienen en sus brazos a los niños Dios el Día de la Candelaria, los besan en los ojos. No está escrito en ningún lado, ni lo dicen los antropólogos que comparan esta tradición con otras que se daban justo este mismo día en épocas prehispánicas. Nadie ha escrito sobre el beso que los niños de carne y hueso le dan a los niños Dios en los ojos. No es necesario hacerlo. Es por sí mismo, un texto. El beso. Una obra creativa. Un texto nuevo en cada beso. Eso es lo que en realidad vale la pena de las tradiciones. No importa si se cree o no. Están. Y palpitan como la palabra sobre el papel. La palabra vida. Intentar la vida.

Ya hay pocos que intentan la vida. Son más los que intentan la muerte. La mediocridad hilvanada en la mirada. La violencia. La mirada seca, sin sed ya. Seca total. Son cada día más los que intentan morir antes de abrir la vida. Y es que abrir la vida puede ser también un riesgo. Ante uno mismo o ante el mundo. Pero cuando se está en riesgo, no hay cansancio. No hay tampoco terror o es menos sólido. El terror sólido está en los ojos de un párroco que prohíbe vivir.

Los vecinos de Fernando García Arellano, la mayoría, guardaron silencio. Uno habló. Y dijo que es deber del párroco ser comedido, hasta en el reprender. Eso dijo un vecino de Toledo. Y Fernando García Arellano se marchó del pueblo en busca del demonio de la vida. Nadie sabe aún si regresará al barrio de Azucaica, es todavía demasiado pronto. Pero nadie habla ya de él. Sólo algún periodista que escribe la anécdota del ejemplo que quiso dar el cura al resto del pueblo al castigar a quien se atreve a desobedecer el mandato divino. Habrás de quedarte al lado de una sola pareja el resto de tus días. Aunque se haya terminado la vida de la relación, la sonrisa, el deseo, el incontenible deseo de bailar con su cuerpo. Aunque tu pareja te abomine, te engañe, te prohíba besarla en los ojos, debes cumplir el mandato divino. Aquel mandato que te ordena empezar a morir desde el inicio de la vida.

Desde el inicio de la vida comemos tamales los mexicanos. No hay mexicano que recuerde el día en que comió su primer tamal, el momento en que sintió el sabor a maíz en los labios, su olor, su textura. No logramos recordarlo porque traemos el maíz en nuestros genes. Somos hombres y mujeres de maíz, según los mayas. Hombres y mujeres que en tiempos antiguos, según los mexicas, ofrecíamos el maíz hecho tamal al dios de la Lluvia, Tláloc, a la diosa del Agua, la Chalchitlucue y al dios de los Vientos, Quetzalcóatl, para que no fuera a morir la tierra. Para que sudara su humedad la tierra. La tierra de agua en la que vivimos.

Los trajes de los niños Dios se venden en los mercados y en las casas de las costureras de mayor prestigio de las zonas populares de la ciudad. Los hay de las tallas 14 a la 42. De todos los precios, de varios colores. Con o sin hilos de plata. Dicen que este año comenzaron a vender trajecitos de futbolistas y de narcotraficantes.

Este año me perdí de los tamales y de la Fiesta de la Candelaria. Igual que Fernando García Arellano. Este año ya hay nuevos dioses. Y la gente lo va a notar. A pesar del silencio, la gente lo va a notar.

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sábado, febrero 9

La doble muerte de los niños violados

Escribir las ganas de escribir, la urgencia, el apremio. Escribir cualquier cosa, pero escribir todo lo que puede convertirse en escritura: el agua, el viento, el viento de agua, un muro detrás del árbol, una grieta de luz sobre la alfombra, un chapulín que salta sobre el cristal y atrapa a quien aguarda el momento justo para convertir al chapulín en escritura. Escribir, volver al sentido mismo de la escritura y desafiar. Arrojarse a la nada y crear, aunque desaparecer sea el riesgo. El riesgo que corre por la sangre y la separa.

Anoche soñé que toda yo era escritura. Un invento, una creación de otro sin presencia, una ficción sin dueño. El sueño de otro que en el sueño dibujaba las paredes de una antigua casa repletas de grabados de Toledo. Francisco Toledo de las iguanas y los chapulines quietos. El de los ojos húmedos y la piel de papel. El de las batallas y las voces. En el sueño, los personajes de los grabados podían leerme. Los cangrejos y los borregos, los cocodrilos, las vacas, el burro, la sapa, las escobas, los papalotes todos, se sentaron a leer la escritura que fui en el sueño.

Desperté con ganas de escribir, con urgencia. Escribir cualquier cosa que cobre la forma de la escritura. La luz, la piedra en la ciudad, el templo. Pero eché un vistazo a las noticias del día y vi a dos mil niños y niñas ausentes de mirada. Con menos de seis años en promedio. Violados todos, en el último año, hecha trizas su vida, la poca vida que les tocó vivir. Vivir ya muertos, sin ser. El poder sobre ellos, la ira de otros enterrada en sus cuerpos pequeños de niños y niñas que dejaron de serlo, en el instante mismo del doble crimen.

Los niños y niñas violadas son insomnes, muchos de ellos. Se abstienen de jugar a la pelota, odian la pelota, el afuera. Tiemblan antes de abrir cualquier puerta. Tiemblan y sudan el sudor de la muerte. Algunas veces lloran a escondidas porque nadie les dice que no fue su culpa. Ni curan las heridas de sus cuerpos. Por eso descienden a los infiernos. En busca de un remedio.

Nadie conoce la cifra exacta. Es imposible saberla. No hay quien se atreva a contabilizar la peor infamia. Las organizaciones internacionales y de derechos humanos aseguran que en un año, más de 20 mil menores mexicanos son objeto de abuso sexual, gran parte de ellos en la ciudad. La mayoría niñas. Niñas de tierra y cemento. Veinte mil. Y serán otros tantos los casos del silencio, los que se callan a fuerza de puñaladas de pánico.

Las niñas violadas, cuando crecen, guardan silencio frente a sus hijas. Las agreden, no las toleran. No se toleran ellas mismas. Las perversiones de las que fueron objeto se vuelve en su contra. Soy perversa, se dicen. Perversa como el demonio. Las niñas violadas no tienen salvación, la mayoría. Nadie les arranca el sello. Y reproducen la conducta del verdugo. El verdugo que no se cubre el rostro. Los niños y niñas violados conocen, casi siempre, al agresor. El hermano, el padrastro, un tío, alguien de su confianza, el propio padre. La brutalidad alojada bajo el mismo techo. A la ofensiva.

Hay quien intenta recuperarse. Algunas mujeres de las más de 1.5 millones de mexicanas al año que son víctimas de agresiones sexuales, lo hacen. Lo intentan al menos, lo buscan. No es sencillo. La soledad las asfixia, les corta la palabra. La soledad también de saber que sólo un 5 por ciento de las denuncias penales por violación, alcanzan la sentencia.

No alcanzan todos los menores a vivir después de ser violados. Hay casos de niños que mueren de las enfermedades que el agresor les contagia. Hay otros que mueren sin irse, los que crecen con el dolor sobre los hombros. Pero hay quienes no toleran el dolor y mueren, porque solo la muerte los libera. Se arrojan de las azoteas. O se quedan dormidos sobre una autopista. Para ya no volver a morir. Para no despertar.

Hoy desperté con urgencia de escribir. Con los dedos de las manos temblando de sed. Con los ojos puestos en la ráfaga de luz sobre la sábana. Con la voluntad de desaparecer en la escritura, arrojarme al vacío. Y crear. Pero afuera la vida agoniza. La vida rota de los niños y niñas violadas que cada día son más. Dos o tres más hoy que ayer. Niños y niñas que no sueñan. Que no escriben. Y de los que nadie, o casi nadie, escribe. Da miedo escribir sobre la muerte. Las muchas muertes de los menores violados. Da miedo. Y rabia, repulsión, ganas de no volver a escribir sin tenderles la mano.

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lunes, enero 21

Niños casados

A Clara le da miedo la calle. Por más tiempo que ha pasado ahí afuera, le hace temblar, le desata un dolorcito en el vientre, le arranca los párpados y el sueño. Le da miedo la calle a Clara, pero más dolor le causa vivir en su casa. Regresa de tanto en tanto, cuando el pánico la quiebra, pero más temprano que tarde la calle otra vez la llama. El horror de los insultos y los golpes, abre la puerta al otro horror.


Clara tiene 13 años y se acaba de casar con Juan de 15. Juan, que compartía con Clara el dolorcito en el vientre, la soledad anudada en los dedos, la sed. Se conocieron en la calle hace dos años. Se acompañaron, compartieron cobija, comida, miedos. Un día amanecieron abrazados en el interior de un edificio en construcción. Y decidieron casarse, como lo hace cualquier persona adulta. Eso es lo que quieren, ser exactamente como el resto del mundo. El mundo, que desnudo exhibe sus fisuras. Su piel agrietada.

El número de niños que contraen matrimonio no para de crecer. En la ciudad de México y alrededores es donde se da con más frecuencia este fenómeno. Le siguen los estados de Veracruz y Chiapas, ahí donde la marginación y la pobreza se extienden a sus anchas. Los analistas y estudiosos del tema están alarmados. Les preocupa que los niños abandonen la escuela, que se separen de su familia a tan temprana edad, que se relacionen con personas mayores, les alarma la explotación y abuso sexual que esta situación pueda generar. Les preocupa de los niños exactamente lo que ya padecen. Casados o en unión libre, de 13, 16 ó 10 años, saben lo que es estar lejos de los padres y de las escuelas. Le han visto el rostro al desamparo. La orfandad, sólo ella los arropa. No todos los que recurren al matrimonio, naturalmente, pero sí en su mayoría. Son casi todos niños del abandono. Niños y niñas que encuentran en su pareja, el reflejo más claro de su rostro, un sereno espejo de su alma. Su imagen intacta, la única.

La ONU, a través del Comité de los Derechos del Niño, ha pedido al gobierno de México que aumente la edad mínima para contraer matrimonio y que sea igual para mujeres y hombres. Los códigos civiles de 25 entidades, establecen 16 años como edad mínima en el caso de los hombres, y 14 años en el de las mujeres.

Solamente en Guerrero e Hidalgo se exige que ambos contrayentes hayan cumplido ya los 18 para poder casarse. En países como Alemania, la edad establecida es de 21 años. En muchos estados de Estados Unidos la mínima es de 16 para los hombres y 18 para las mujeres. Pero antes de los 21 tienen que contar con la autorización de los padres. En Italia las exigencias son mayores: si no se han cumplido los 25 años, no pueden casarse sin que sus padres les concedan la luz verde. Veinticinco años, la edad en que un elevadísimo porcentaje de mujeres mexicanas ya han dado a luz a cuatro hijos. O más. La edad en que las mujeres mexicanas, casi todas, han recorrido de punta a punta la vida. Le han peinado el cabello embravecido, le han secado las lágrimas, bordado la sonrisa, le han remendado el vestido a la vida.

Hay gente que se casa por amor. O por creer en el amor. Otros lo hacen por conveniencia, por seguir el mudo ritmo de la historia, por darle un hogar al chamaco que viene, por intereses económicos, porque no se les ocurre otra cosa, por el temor que provoca la gente soltera. Pero hay otros que se casan movidos por el mismo dolor, el mismo infierno enterrado, como aguijón, en las uñas. Y si fracasan, si se separan, si se engañan, se maltratan o huyen otra vez al sitio del encuentro, nada tendrá que ver el matrimonio a destiempo. Nada. Como no tiene que ver el hambre con la edad. Ni la miseria, ni el engaño. Ni el vacío que se genera cuando una niña muere de hambre.

Los niños que se casan no son todos niños de la calle, como Clara y Juan. Hay algunos hijos de campesinos que casados trabajan mejor en la comunidad. Hay otros cuya familia goza de mediano o alto nivel económico. Son niños mayores. Niños enamorados. Niños de tierra, niños perdidos en un mundo de adultos. Niños con piel de niños. Un grito que puede tocarse.

Clara y Juan no me invitaron a su boda. Todavía no los conocía. Pero me la contaron con tanta precisión que puedo jurar que sí fui. Clara y Juan se casaron con muy pocos invitados. Sin pastel de boda. Sin banquete, meseros, vino tinto, champagne. Lo que sí no faltó fue la música. La música que le prestó a Juan un amigo de ambos y que junto con otros niños y niñas de la calle, les sirvió para bailar hasta que el sol invadió aquél edificio en construcción, donde Clara y Juan un día despertaron abrazados.

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sábado, enero 5

Sombras nocturnas en Madrid

Anoche me fui de copas con mis amigos madrileños. Quise recorrer los bares, tabernas y restaurantes de los barrios del centro de Madrid. Regresar, mirar, hablar con la noche en el sitio exacto donde la noche se instala a sus anchas. Ahí donde al obscurecer, y aunque no haya luna llena, todo se transforma. Donde reina la obscuridad, y solo las sombras alumbran.


Las sombras en las noches de Madrid, caminan de un bar a otro, de una esquina a otra con el único fin de compartir historias hiladas en la sombra. Son los aliados de la noche, los que te hacen un lugar en la barra, los que te arropan con su hilera de palabras inventadas, los que brindan una y otra vez por los amigos que todavía no tienen y por aquéllos cuyos nombres acaban de olvidar. Como Juan, residente del Madrid de los Austrias, de esa zona que va de la Puerta del Sol al Palacio Real, pasando por La Latina y Lavapiés. El alma de Madrid, donde las sombras nocturnas deambulan con total entereza. Como Juan, el amigo que siempre se encuentran mis amigos en uno u otro bar. Con la misma sonrisa, con la mirada de siempre. Con la misma copa en la mano y un no gracias, cené antes de salir de casa, en la boca. Juan que nunca come nada, pero que recuerda todo lo que se habló la última noche en que te vio. México, mexicana, no te vayas, me dijo hace más de un año y lo recuerda. A pesar de no acordarse de mi nombre, ni de lo qué hacía yo en Madrid, ni de cuándo me dijo, me rogó casi, que no me fuera, me mira y me vuelve a decir que no me vaya nunca de Madrid, qué para qué si se está tan bien, pero tan bien en las noches de Madrid. Y en el día, le digo, y alza los hombros para poco después comenzar a tejer otra historia que escucho apenas unos minutos pues ya mis amigos pagaron esta ronda de copas y hay que ir al bar de la esquina que preparan unas tapas que te mueres, me apresuran y me despido de Juan sin despedirme. Llevándome el olor del plato de embutidos de Extremadura que quise pedir y que no pedí por quedarme escuchando la palabra de Juan que huele a tiempo.
La noche en Madrid despide un aroma diferente, indescriptible, extraño, sorprendente. Un aroma como de joven, como de viejo, como de mujer que espera la llegada del día, sentada al filo de la noche. Un olor que suda sobre la piel.
Cenamos en la barra de al menos cinco bares. Un revuelto de morcilla en uno, un plato de trufa negra sobre cama de patatas en otro, para que veas mexicana que en Madrid no sólo son bares de pueblo, reta un mesero que no sabe que yo sé que en Madrid no solo son bares de pueblo. Emiliano sugiere siempre lo mejor, los berberechos en salsa de algas en reducción de Pedro Ximénez, una media ración de tartar de atún con vinagreta de nueces. Es que yo quiero callos, les explico quedito para no ofender a los otros platillos que la verdad están igual o mejor que los callos pero tengo que decirlo. Los callos a la madrileña, por favor, que llevo ya una semana en Madrid y de callos, nada.
El espectáculo comienza pasada la media noche. ¡Hay que joderse!, me dicen cariñosamente mis amigos que aceptan llevarme a Casa Patas que les encanta pero a donde cada vez que van tienen que decir ¡hay que joderse, guapa!, por qué quesque no les gusta ir a Casa Patas donde solamente van extranjeros, argumentan. No hay otro sito mejor de flamenco en vivo, respondo y luego les reclamo que no vayan a Casa Patas más que cuando yo les pido que vayan conmigo. Si fueran, les digo, no estaría lleno de extranjeros, sino de madrileños.
Fui por lo menos una vez al mes a Casa Patas, durante los ocho años que viví en Madrid. Vi de todo. Algunas veces me aburrí, otras, las más, me divertí, me sorprendí, sentí, viví. Siempre me sorprendió la abundancia de niños. Niños sentados en un sitio de mayores. A la media noche. A la madrugada. Los niños con las palmas de la mano de sus padres en la mirada. Niños gitanos que anoche subieron al tablado. A las dos de la madrugada, se desataron los nudos de la garganta. A pesar del violín retador de Fernando Moreria o por él. Un violín en el tablao, nomás eso me faltaba, escuché decir al vecino de mesa que no era extranjero, ni madrileño, el vecino gitano de Andalucía se quejó de la presencia del violín en un tablado flamenco y acabó gritando ole, ole al violinista que hizo que la bailaora bailara como solo bailan las gitanas cuando alguien las reta.
Regresé a la calle de Cervantes a las no se qué hora de la madrugada. La calle Cervantes, en el barrio de las Letras, dónde Miguel de Cervantes vivió y murió. Donde vive Alejandro Aura y Milagros y donde yo me alojo en estos días y noches de no contar las horas, si da igual si son las dos de la mañana o las cuatro si todavía no cae rendida la noche ante la luz radiante del invierno madrileño. La impuntual luz azul. Esa luz que me obliga a salir de nuevo a las calles de Madrid, a los mercados, a los parques donde la gente busca un rincón, una luz, una sombra. Un sitio donde comenzar el nuevo año inventando una historia cada noche. Creyendo que todavía podemos ser jóvenes, que aún es tiempo de vencer a la quietud, respirar el viento que sopla en las ciudades y después, mucho después, dormir con el alba clavada en la piel. En la invisible piel de una sonrisa.

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jueves, enero 3

Berlin de los ojos abiertos

Hay ciudades que tienen la fuerza necesaria para permanecer con vida, suceda lo que suceda. Son ciudades que se dejan amar, que nos tienden la mano sin mostrar su poderío. Sin perder ni uno solo de los rostros de cal que la construyen, día a día, la salvan de volver a morir. Como en las guerras.

No me importó no entender nada de lo que me decían. Igual preguntaba. Ni me agobió no poder pronunciar lo que leía en los anuncios de las calles y en el Metro. Igual leía. Ignoré al frío y no dejé de sentirlo, pero se acomodó sin violencia en mi cuerpo. Sin perturbar mi encuentro con la ciudad; sin ejercer su dominio sobre la tierra caliente que cubre mis venas. Berlín es así: una ciudad que te hace creer que todo, o casi todo, es posible, sin borrar las huellas. Las huellas que deja la vida.


Llegué a Berlín sin buscar a Berlín. Sin ninguna pregunta qué hacerle, sin una nota en mi cuaderno. Fui por conocer una ciudad más, por compartir con mi amiga María el estreno de su apartamento. No tenía nada que descifrar. Nadie me dijo: no dejes de ir a la Isla de los Museos ni a la Puerta de Brandeburgo; prueba el pato en cama de castañas, compra chocolates y salchichas en el mercadillo navideño, visita tal plaza. No hubo una voz que me hablara del agua que cerca a Berlín y la libera. Los dos ríos que le colman la sed cada mañana.

Llegué a Berlín sin que me advirtieran sobre la forma que tienen los berlineses de mirar. De mirarse en otros. En las calles, en el Metro, en el teatro, en los museos, en las tiendas, en las estaciones, en los restaurantes, en los parques, en la opera, la gente se mira. Todos miran sin que su mirada estorbe, invada, demande una respuesta. Sólo miran. Y cuando se les mira mirar, nunca abandonan. Mantienen su mirada sobre el otro, como si estuvieran de frente al espejo.

No busqué nada y fui encontrando. La casa donde vivió Bertolt Brecht, donde escribió quién sabe cuantas de sus obras de teatro y sus poemas. Sin borrar ninguna huella, dijo lo que quiso decir. Perturbando siempre a los otros, siempre siguiendo el camino que nadie había aún trazado. Bertolt Bretch, llegué sin buscarla, a la puerta de su casa. Y quise saber más de él. Y alguien me entregó sus poemas y canciones en medio de la noche. Como un fantasma de otro tiempo.

Las ruinas de Berlín no se han borrado. No queda nada de todo cuanto las guerras han destruido y está todo. Berlín horizontal, un homenaje a la memoria. Un reto, una desfachatez que se agradece, la violación permanente de los esquemas. La arquitectura naciendo de las ruinas. Una y otra vez, arrancándose cada muerto que asoma por las ventanas falsas. Reconociendo cada uno de los rostros que un día hicieron falta, para contarles que la guerra ha terminado.

A nadie parece importarle el frío. En Berlín los recién nacidos salen a las calles en invierno. Los enredan sus padres en sus vientres, les tapan las orejas con bufandas de colores, los besan en medio del tumulto. Sonríen. Todo el mundo camina con los ojos abiertos. Se suben a un Metro en el que viajan los cinco continentes y que recorre las entrañas de la historia de Berlín. Uno de los metros más eficientes de Europa, tuvo estaciones fantasma. Y nadie ha borrado las huellas.

No sé si es por el invierno, pero las mujeres en Berlín apenas se maquillan. Visten como cualquier otra mujer del mundo. No muestran su vestido nuevo, sus botas tan modernas. No parece importarles la moda de Berlín. Van a su aire, como ajenas a todo menos a las calles. Las calles que recorren a pie o en bicicleta las mujeres y los hombres jóvenes que tanto abundan en Berlín. Como el viento, refrescan las tardes oscuras. Le conceden parte del reflejo que los cubre. Y a nadie le importa la llegada prematura de la noche, nadie abandona las calles, nadie guarda su sombra en el armario.

Fui a Berlín sin buscar a Berlín. Y encontré una ciudad con alas donde nadie se sorprende de ver a una mujer cenando sola en el restaurante más caro o pidiendo una copa de vino en un bar de barrio antiguo. Aunque no dejen de mirar. Y aun en los días sin nieve, se distinguen las huellas que van dejando en las veredas de los cementerios de Berlín. Las huellas abiertas, como sus ojos.

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