viernes, marzo 21

¿Qué nos está cambiando tanto?, preguntó Chavela

Se acordó de cuando, en abril de 2004, fue a visitar a Las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina. Se volvió a emocionar al recordar el recorrido que Taty Almeida, en representación de las fundadoras, le dio en su local de Buenos Aires. “Una pared cubierta de dolor”, me dijo y me comenzó al explicar las fotografías de miles de jóvenes argentinos, desaparecidos durante la dictadura militar y que guarda aún en su memoria de mujer anciana.

Habían pasado ya varios lustros desde su desaparición, pero las madres de los desaparecidos le contaban a Chavela Vargas la historia de sus hijos, como quien cuenta un dolor nuevo, fresco, un dolor cenizo que aún quema. Y cuatro años después de su viaje a Argentina, Chavela me lo platicó a mí con las palabras limpias que pronuncia la gente que nunca olvida. Y Chavela Vargas no olvida, pero tampoco entiende. Me pide que le explique qué diablos está sucediendo en el mundo. Qué pasa en México, qué ha pasado que nos ha cambiado tanto. Apenas comenzamos a hablar y desató su voz demandando la respuesta inmediata de una y otra pregunta. Ha estado muy atenta, según me confesó, de los acontecimientos de las últimas semanas. Por eso se acordó de Las Madres de la Plaza de Mayo y de sus hijos asesinados. Después me preguntó si yo entiendo por qué todo mundo se empeña en cuestionar a los jóvenes mexicanos que se encontraban en un campamento de las FARC, en Ecuador, al momento en que la fuerzas colombianas lo atacaron.


¿Y tú que piensas?, le pregunté. “Que son jóvenes. Que estaban buscando respuestas. Que estaban buscando razones. Una, tan sólo una razón para seguir creyendo que el mundo puede ser mejor, más humano, mas digno, más sabio. Un mundo que los entienda y al cual ellos puedan entender”, me respondió sin titubear. Le hago otra pregunta que tarda en responder. Permanece un buen rato en silencio. La mirada clavada en la memoria. La memoria de una mujer que está a punto de cumplir 89 años y que lleva todavía la vida envuelta en las manos, como una ola al centro de un jardín.

Chavela, insisto ¿y tú de joven qué buscabas? “Respirar, vivir, sentir. Buscaba un sitio donde ser Chavela Vargas, un rincón, un amor, un puñado de amigos, una canción. Buscaba la verdad. El amor que no tuve de niña, la seguridad que quisieron arrancarme, la verdad, te repito, buscaba la verdad”. Y la encontraste, Chavela, la encontraste, le dije. “Encontré a México. Y lo hice mío. Por eso me duele México. Por eso no entiendo que México no defienda a ciegas a los suyos. Que no salga a gritarle al mundo que es un dolor terrible el que hayan matado a esos chamacos. Que es una injusticia, que es un horror. No entiendo por qué quieren someter a una investigación a sus cuerpos de jóvenes, a su recuerdo de muchachos inquietos, impacientes, expectantes, insatisfechos, no es pecado buscar, no es terrorista el que busca”.

Chavela vuelve otra vez a su encierro. Hace una pausa larga. Intento cambiar el tema, pero sigue sin responder. Parece estar triste, su mirada sin sus lentes oscuros, desciende y rasga el tiempo. Cuando regresa, recuerda los tiempos en que México apoyaba las luchas sociales de los países de Sudamérica, como Argentina y Chile y las de América Central. Algo tiene en la memoria sobre el caso de una mexicana que fue violada, torturada y asesinada en El Salvador en 1989. De algo se acuerda, pero no tiene muy claro el caso, se le borra la imagen. Y ahora soy yo la que le cuento.
Se llamaba Alejandra Bravo y era estudiante de medicina de la Universidad Autónoma Metropolitana. Como todos los estudiantes de su generación estaba informada de lo que sucedía en América Central. La Nicaragua sandinista atacada por la contra desde territorio vecino, Guatemala de la tierra arrasada, y en El Salvador, una guerrilla, dirigida por jóvenes estudiantes en su mayoría universitarios, dibujaba una sonrisa al horror.

A Alejandra la ametrallaron a corta distancia. Pero antes, le fracturaron los huesos, le cortaron con navaja los senos, las piernas y el cuello y la violaron. La embajada de México en San Salvador hizo lo que tenía que hacer. En medio de la guerra, denunció, exigió, acudió al sitio de los hechos. Y en ningún momento, que yo recuerde, se cuestionó el hecho de que Alejandra Bravo, pasante de medicina, era o no terrorista. México envió una nota de protesta al gobierno de El Salvador.
Cuando terminé de contárselo, Chavela lloró. Quedito, pero lloró. Y ya no le pude sacar ni una sola palabra. Ni una sonrisa, ni un movimiento nuevo en su jardín.

Leer más...

lunes, marzo 17

Mujeres rotas

Llovieron las felicitaciones. Algunas, pocas, llegaron a mi teléfono celular; la inmensa mayoría me fue enviada al correo electrónico. Este año el Día Internacional de la Mujer estuvo lleno de mensajes con fotografías de mujeres hermosísimas que dan extraños y paradójicos consejos sobre la importancia que tiene en la mujer la belleza interior, y sobre la necesidad de mantener virtudes como la dulzura, el compañerismo, la humildad y la solidaridad sobre la belleza física. La mismísima Audrey Hepburn aconseja en uno de esos mensajes decir palabras dulces para tener labios carnosos o dividir la comida con los hambrientos para tener el cuerpazo que ella tuvo a los 20 años. ¡Qué locura!, me dije, y pensé en no darle más importancia al tema. Total, una fecha más para el mercado del consumo. Un producto más que vender. Otra verdad convertida en mentira.

Por la noche, sin embargo, en una reunión de amigos se abordó el tema del Día de la Mujer. Y hablando de mujeres recordé lo que me sucedió un domingo de noviembre del año pasado en pleno Zócalo de la ciudad. Estaba atiborrado, lleno de gente que no quería perderse las magníficas ofrendas que colocaron en vísperas del Día de Muertos. Nos acercamos a la que representaba a la delegación Xochimilco, plagada de flores, aromas, colores. La gente miraba ese altar con respeto, con mística casi, sin palabras. Por eso resultó quizá tan pero tan sorpresivo el ver de pronto volar un puño cerrado que en segundos llegó al rostro de un hombre. Y llegó con fuerza. El hombre, de unos 40 años, fue el más sorprendido. Se quedó en silencio con su piel enrojecida y abierta. Volteó la mirada, intentó huir, desaparecer en la multitud. Ser multitud. Pero yo no estaba dispuesta a permitirlo. Y desaté mi palabra. Y grité, mientras lo señalaba, mientras jalaba con rabia su chamarra verde. “Señoras —dije—, miren bien a este hombre. No dejen que se les acerque; este hombre, como muchos otros, viene a faltarnos al respeto; es de los que creen que las mujeres somos objeto, que no denunciamos, que tenemos que permitir que nos maltraten, no lo permitan”. Y puntualicé: “Este hombre, señoras, me acaba de meter la mano entre las piernas de una forma asquerosa”. La gente —mujeres y hombres— miró con sorpresa e incredulidad. Me miraban más a mí que al perverso que al final por ello logró huir. Nadie hizo nada para evitarlo. Mis amigas pensaron, cuando me vieron golpearlo, que yo había enloquecido. “Fue como estar soñando”, me dijo una. “¿Qué le pasa a la Cortina?”, se preguntó la otra. Nuestro amigo, el único hombre del grupo, se acercó al perverso con cautela y se limitó a preguntarle: ¿fuiste tu?. Y todo el mundo siguió su camino.

Mi rabia se multiplicó cuando mi amigo, en tono dizque de broma, pero por supuesto que en serio, comentó que lo que sucedía es que yo llevaba unos pantalones bastante provocativos, ¡qué ocurrencia! Pantalones dorados, dijo de mis pantalones color beige. Entonces me tembló otra vez la piel. Mi amigo, uno de mis amigos más cercanos, el que es padre y madre a la vez, el que ha sido tantas veces solidario con sus amigas, el que cree en la unión libre, el que trabaja en proyectos sociales, ése, está convencido de que me lo merezco. Por provocativa. Otros, estoy segura, habrán pensado que debí de agradecerlo. A mi edad, ya no es tan común…

¿Por qué las mujeres no les faltamos así el respeto a los hombres?, fue la pregunta que abordamos por la noche del Día de la Mujer. “Es que no las provocamos”, dijo uno. “No se atreven”, dijo otro. La tristeza, más que la rabia, me silenció por un buen rato. Pero más tarde arremetí. A ninguna mujer se le ocurre manosearle a un hombre los genitales en el metro. Y no se nos ocurre debido a que, entre otras cosas, no nos produce placer alguno. El placer es otro. Es compartido. Es amable. El placer tiene piel, mirada, labios, voz. Tiene aroma.

No llegamos a nada. Se terminaron el vino y la reunión. No podía dormir. Le llamé a un amigo de España para preguntarle por las elecciones. Se disponía a salir de su casa para ir a votar. Le gusta votar de los primeros. Le pregunté, aunque sabía la respuesta, por quién votaría. “Por Zapatero, ¿por quién más?”, me dijo a la madrileña. Y Zapatero, ¿por qué?, le pregunté y comenzó a lanzar una hilera interminable de razones que apenas recuerdo, porque después de escuchar la primera me daban igual las otras. “Porque cree en la enorme capacidad de la mujer. Y en su intensidad”.

Creer. Creer en la mujer es quizá también lo que a las mujeres nos hace falta. Creer que somos capaces de darle al agresor su merecido, sin que este hecho sorprenda o paralice; que somos también capaces de construir, a cualquier edad, nuestra historia. Que somos lo suficientemente fuertes como para levantar una y otra vez el vuelo. Creer que podemos equivocarnos, podemos intentar aniquilarnos para ser en el otro. Pero también podemos, como mujeres rotas —diría Simone de Beauvoir—, salirnos de nuestra propia piel, si con ello volvemos a la vida con la fuerza que concede la lucha por arrancar la mirada de quienes todavía piensan que somos carne sobre su mesa.

Antes de dormir navegué en mi portátil para enterarme sobre la forma en que, en otros rincones del mundo, se había celebrado el Día de la Mujer. En Afganistán, donde hace 30 años esta fecha está en silencio, mil mujeres salieron a la calle. Las fuerzas religiosas les impidieron marchar. Pero gritaron. Se dejaron ver. Le colocaron alas a su mirada. Rompieron el orden de las cosas, para sanar su alma rota.

En una población del sur de la India un significativo grupo de prostitutas tomó las calles para exigir mejoras en el sistema de salud. Su mayor preocupación: sus hijos. En Nicaragua demandaron restituir el aborto terapéutico; en Guatemala, Honduras y El Salvador, el fin de la violencia, el fin de la impunidad, el fin de las violaciones, de la sinrazón. La sinrazón que ataca la médula de los sentimientos y devora la posibilidad de rescatar aquellos pensamientos, formas, palabras, caricias, miradas que urge pueblen el mundo. El mundo roto de las mujeres y el de los hombres, también rotos.

Leer más...

domingo, marzo 9

Poeguntas

La primera



¿Por dónde el viento respira?

¿En qué sitio, en qué reino,
pronuncia la voz su deseo?

Leer más...

sábado, marzo 8

Oaxaca de piedra

Tuvieron que convocar al Consejo de Ancianos para poder prepararlo fuera del pueblo. Tuvieron que firmar un convenio mediante el cual el Consejo de Ancianos otorgó su consentimiento, a cambio de que no se lucrara con la venta del caldo de piedra. Yo nunca lo había probado; hasta hace apenas un año se comía exclusivamente en los pueblos de la Sierra Tuxtepec, al norte de Oaxaca. Donde más se cocina es en Usila, el principal pueblo chinanteco, el de mujeres de ojos rasgados, como peces, y de huipiles bordados en telar de cintura con triángulos, rombos, estrellas y sueños que luego lucen sobre su cuerpo, como una gran ola de hilo.

Mari salió de Usila hace un año. Se fue con su tío a la ciudad de Oaxaca para abrir un comedor donde sólo ofrecen el caldo de piedra, que tan sabroso le sale a toda la familia Santos. A los padres y a los abuelos, a los bisabuelos y a los tatarabuelos, y antes de ellos a nuestros antepasados de los tiempos anteriores a la conquista, me cuenta Remigio mientras calienta las piedras blancas y redondas en lumbre de leña. Remigio, quien no te vende ni una sola cerveza ni un mezcal, y no por falta de permiso, que no lo necesita, sino porque vender alcohol es lucrar, y tiene que cumplir la promesa que hizo al Consejo de Ancianos, aunque no se opone a que uno vaya a la tienda de enfrente a comprar su traguito, que con trago sabe más sabroso el caldo de piedra de camarones, de pescado o mixto.

Remigio me contó que cocinar el caldo de piedra es cosa de hombres, no hay mujer que sepa prepararlo. Según la costumbre, el día que se come caldo de piedra, que es comida de ceremonias, es el día que la mujer descansa. Los varones salen de madrugada al río para pescar los camarones y la trucha. Después preparan la lumbre y colocan las piedras bajo los leños. “De noche las piedras echan chispas, pero de día prefieren quedarse en silencio”, comenta Remigio mientras coloca una de las piedras en una jícara de semilla a la que ya antes le puso jitomate picado, chile verde, agua, hierba santa y los camarones o el pescado crudo. En menos de dos minutos todo está cocido. Cuando el caldo deja de hervir a borbotones, Remigio le saca la piedra con una cuchara y personalmente lleva la jícara a la mesa. “Es mi obligación dejarla en su lugar, es comida sagrada”, me dijo cuando intenté que me la diera para llevarla yo. Mari nos trajo las tortillas hechas a mano por varias mujeres. “Qué extraño se mira un hombre cocinando”, le dije a Mari por iniciar la plática. “Muy extraño, extrañísimo”, me respondió y después me reveló en voz bajita que en el pueblo los hombres nunca cocinan. Nunca lo que se dice nunca. Ni siquiera los días en que se prepara el caldo de piedra. Ellos son los que van a pescar. Y las mujeres encienden el fuego y preparan el caldo con sus manos de nixtamal y algodón.

El Caldo de Piedra, que así se llama el comedor, está a las afueras de la ciudad de Oaxaca. Me llevó Marcos, un amigo antiguo de mirada y alma quietas, con quien tropecé casualmente en una calle de Oaxaca. Teníamos cerca de 20 años sin vernos. Dos décadas de palabras guardadas en el hueco que queda en la ausencia. El hueco que un día deja de ocultar lo que guarda y sin apenas darse uno cuenta sale como un gemido del alma y se expande. Como la vida cuando se desnuda a la orilla del viento.

Por la noche sopló fuerte el viento. Pero los que fuimos a escuchar al grupo Mono Blanco de Veracruz, en pleno centro de Oaxaca, no sentimos frío. Ni sed, solamente ganas de bailar, de ahuyentar la soledad, que en Oaxaca tiene un rostro diferente. Se mueve apenas, se aquieta casi. Y a veces baila. Sentimos ganas de bailar y bailamos el puro fandango. El Museo de Filatelia de Oaxaca cumplía 10 años y había que celebrarlo. Había que cantar, bailar y zapatear porque solamente así se llega a viejo. Y porque todos aquellos que bailan se mueren contentos.

Después del baile, Marcos y yo nos fuimos a tomar un mezcal blanco y nos pusimos a hablar. De nuestras andanzas por el mundo, de nuestros amores, de las historias que dejamos a medias. De México. De la ciudad de México y de Oaxaca. De cómo, cuando uno está en Oaxaca, la ciudad de México se vuelve un espejo de agua en el que, en ocasiones, alguien se mira. Un ciego, un colibrí, alguna que otra niña urgida de vivir.

Como aquélla niña de dos años que Marcos vio un día en un autobús. Una niña mexicana con su madre jovencita. Venía lleno, retacado de gente cansada y violenta. Gente herida de ciudad. Hubo un pleito. Se mentaron la madre. Volaron objetos sobre las cabezas de la niña de dos años y su madre. Marcos intentó protegerlas. Las abrazó. Y lanzó un lamento: ¡qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos, qué mundo! La mamá de la niña de dos años abrazó con más fuerza a su hija. “Yo prefiero pensar en qué hija le voy a dejar a este mundo”, le respondió la mamá jovencita. Cuando Marcos me lo contó, se miró en el espejo de agua que en ocasiones es nuestra ciudad. Una ciudad con una piedra que arde en la mano.

Leer más...

jueves, febrero 21

ANCIANIDAD

Los viejos están solos, casi siempre. Es duro mirarlos de frente, acompañar el movimiento de sus ojos; dar el paso y entrar cuando abren la puerta que conduce al centro de su alma. Pasear con ellos. Escucharlos cuando frente al espejo advierten que ya nada será como solía ser. Absolutamente nada.

Más que estar solos, los ancianos habitan al interior mismo de la soledad. Conocen sus ventanas, distinguen cada uno de sus olores. Adivinan el momento exacto en que habrá de abrir sus fauces para arrancarles un trozo de vida. Uno más. Y algunas veces, cuando rompe el alba, se protegen con su oscuridad. Desaparecen. Saben que no hay nadie que quiera escuchar su grito, el grito inaudible de los ancianos.

Hay quien asegura que la soledad en las mujeres ancianas es aún más intensa, más lúcida, mucho más poderosa que la de los hombres. La soledad de la mujer multiplicada. La piel puesta sobre el fuego que aún conservan, aunque nadie lo note. Ni siquiera la ciudad que las ha visto construirse, volver a nacer, cuando rompieron el silencio impuesto y se descosieron la lengua. Ellas, las ancianas de hoy y sus madres. Sus abuelas guerreras del campo y la ciudad.

En la Ciudad de México más de medio millón de mujeres mayores de 60 años, intentan espantar a la muerte. Eso dicen las estadísticas a las que pude tener acceso. Mas de medio millón de mujeres a quienes el pasado les concede existencia, únicamente el pasado. Y cuentan historias sobre su vida para dignificar su presente. Pero no se entierran en el pasado, buscan también ser en el futuro, lo intentan con fuerza, organizan actividades, planifican, se aferran a la idea de que es posible amanecer con vida, un día más. Solo uno más, dicen al atardecer, y se van acercando al siglo.

Hace un siglo la esperanza de vida de la mujer era de 30 años. Fueron los tiempos de mayor mortalidad en México, las primeras décadas del siglo XX. Hoy sin embargo, la esperanza de vida es de 75 años, cuatro más que la de los hombres. Miles llegan a los cien años y más. Se empeñan en soñar despiertas que aún hay espacio para ellas en un mundo que se ha dado a la tarea de olvidarlas. Quieren vivir más tiempo, siempre y cuando la vida sea más generosa que la muerte. Por eso, casi a escondidas, acarician a la vida con los dedos del deseo.

La voz de las ancianas se asemeja a la palma de la mano. Está llena de líneas, puede leerse casi. Como un libro, cada historia que cuentan es la escritura misma de su vida. Pero no es fácil leerla, ni escucharla, ni soportarla. La cercanía de la muerte aterra. Y levantamos un muro, las obligamos a colocarse la máscara de la locura, cuando no encuentran otra forma posible para alcanzar la serenidad.

El muro es la mirada de los otros. La que les niega acceso al mundo productivo, la que les cercena la capacidad de crear. Aunque continúan creando. A oscuras, se protegen e inventan lo que los otros les roban. La creatividad, la voz, el derecho a la lentitud. A seguir perteneciendo. A ser. Y comprender su historia.

La historia de los ancianos es también nuestra historia. La que fue y la que será. La historia no contada y la que está ya escrita en los rostros de los adolescentes. La historia que necesitamos escuchar, porque nadie nos ha dicho cómo llega la ancianidad, en qué esquina la veremos asomar su sombra, en qué parte de nuestro cuerpo se hospedará. Nadie ha escrito nunca qué forma guarda el camino que el adulto recorre hasta llegar a la vejez. Sabemos qué le sucede al organismo, qué pierde, qué se atrofia. Pero no hemos descifrado la ruta. Ni descubierto su luz.

Simone de Beauvoir estudió la ancianidad. Sus dolores, sus temores. Simone de Beauvoir le limpió el rostro a la vejez, criticó por vez primera la forma que tiene la sociedad de mirar a los ancianos. Pero no nos devolvió la esperanza. Al contrario, por momentos nos hace pensar que no hay forma de remediar la soledad que nubla su mirada. Mientras sigan siendo parte de los marginados, no habrá forma de devolverles la vida. La poca vida que les queda por vivir.

Los ancianos no se olvidan nunca de su vejez. Es imposible apartarla de la almohada, del frasco de medicamentos, de la silla, del espejo. Pero hay algunos que la invitan a caminar de la mano con ellos. Son los que se salvan del terror de verse degradados. Y siguen el camino. No escuchan el lamento de su cuerpo. Ni la sordera del mundo. Ven al mundo y consiguen reconocerse. Cuando en ese mundo encuentran alguien que brinde con ellos, alguien que no agrede, ni grita ni levanta el muro, recuerdan que la vida ya no será como solía ser. Pero sigue siendo vida. Y andar al filo de ella puede incluso ser más intenso, mucho más intenso que la sola ausencia de la muerte.

Leer más...

martes, febrero 12

Niños dioses

Este año me perdí de los especialmente bien sazonados tamales que se preparan el Día de la Candelaria. Tampoco pude ver cómo visten a los niños Dios para llevarlos a que reciban la bendición en el templo, pero dicen que en la ciudad de México fueron cientos de miles los niños dioses vestidos de blanco o con el traje de algún santo que hicieron cola para recibir la bendición. Me perdí la tamalada, toda la fiesta, aunque cuando salí por la mañana a la calle vi filas enormes de gente en cada esquina, esperando su turno para comprarle al tamalero callejero su tamal. Vi también a la gente llevando en brazos al Niño bien envuelto en telas de seda, de satín o brocadas con oro y plata. Y a un montón de niños de carne y hueso con sonrisa de festejo. Pero no participé en la Fiesta de la Candelaria. Me la perdí.

A Fernando García Arellano le pasó lo mismo. Sólo que a él le importó más. Le dolió incluso. Le dio una rabia inmensa y no dejó de maldecir al cura de su pueblo. Un pueblo que está muy lejos de México y en el que no visten a los niños Dios, ni los llevan al templo, ni comen tamales, pero que celebran el Día de la Candelaria como en pocos sitios. El pobre del Sr. García Arellano no cargó en la procesión a la Virgen de la Candelaria, a pesar de que estaba a punto de cumplir medio siglo de hacerlo. Ni siquiera pudo estar en la procesión, ni en los actos religiosos, ni tuvo alma para rezar. Y todo por que se lo prohibió el párroco de su barrio, Azucaica, en Toledo, España. Quién le manda, pensaron muchos parroquianos. No se puede estar con Dios y con el diablo. Con el diablo que respira y siente; que mira y llora, el que busca, se revuelca de placer o de tristeza, el que besa y siente. Con el diablo que se le metió al cuerpo al infeliz de Fernando García Arellano y le hizo separarse de su esposa. Incumplió su mandato cristiano. Y la gente lo va a notar, le dijo el párroco los días anteriores al festejo. La gente lo va a notar.

Si no fuera por la risa que esta anécdota causa, me daría miedo. Si no fuera torpeza crónica la de ese párroco que ejerce su labor pastoral a menos de una hora de distancia de Madrid, estaría asustada. No podría ni contar esta historia que leí en un diario español. Pensaría en las consecuencias que tiene que el poder lo detente un idiota. Y me acordaría de que hace poco un anciano me advirtió que el día en que los idiotas, los descerebrados, los escasos de ideas, de sangre que fluye, de oxigeno, de sensaciones, de creatividad, llegaran al poder, ese día sería el principio de la nada. La nada que lleva a la muerte. Que termina con ella.

Los niños mexicanos de carne y hueso, cuando sostienen en sus brazos a los niños Dios el Día de la Candelaria, los besan en los ojos. No está escrito en ningún lado, ni lo dicen los antropólogos que comparan esta tradición con otras que se daban justo este mismo día en épocas prehispánicas. Nadie ha escrito sobre el beso que los niños de carne y hueso le dan a los niños Dios en los ojos. No es necesario hacerlo. Es por sí mismo, un texto. El beso. Una obra creativa. Un texto nuevo en cada beso. Eso es lo que en realidad vale la pena de las tradiciones. No importa si se cree o no. Están. Y palpitan como la palabra sobre el papel. La palabra vida. Intentar la vida.

Ya hay pocos que intentan la vida. Son más los que intentan la muerte. La mediocridad hilvanada en la mirada. La violencia. La mirada seca, sin sed ya. Seca total. Son cada día más los que intentan morir antes de abrir la vida. Y es que abrir la vida puede ser también un riesgo. Ante uno mismo o ante el mundo. Pero cuando se está en riesgo, no hay cansancio. No hay tampoco terror o es menos sólido. El terror sólido está en los ojos de un párroco que prohíbe vivir.

Los vecinos de Fernando García Arellano, la mayoría, guardaron silencio. Uno habló. Y dijo que es deber del párroco ser comedido, hasta en el reprender. Eso dijo un vecino de Toledo. Y Fernando García Arellano se marchó del pueblo en busca del demonio de la vida. Nadie sabe aún si regresará al barrio de Azucaica, es todavía demasiado pronto. Pero nadie habla ya de él. Sólo algún periodista que escribe la anécdota del ejemplo que quiso dar el cura al resto del pueblo al castigar a quien se atreve a desobedecer el mandato divino. Habrás de quedarte al lado de una sola pareja el resto de tus días. Aunque se haya terminado la vida de la relación, la sonrisa, el deseo, el incontenible deseo de bailar con su cuerpo. Aunque tu pareja te abomine, te engañe, te prohíba besarla en los ojos, debes cumplir el mandato divino. Aquel mandato que te ordena empezar a morir desde el inicio de la vida.

Desde el inicio de la vida comemos tamales los mexicanos. No hay mexicano que recuerde el día en que comió su primer tamal, el momento en que sintió el sabor a maíz en los labios, su olor, su textura. No logramos recordarlo porque traemos el maíz en nuestros genes. Somos hombres y mujeres de maíz, según los mayas. Hombres y mujeres que en tiempos antiguos, según los mexicas, ofrecíamos el maíz hecho tamal al dios de la Lluvia, Tláloc, a la diosa del Agua, la Chalchitlucue y al dios de los Vientos, Quetzalcóatl, para que no fuera a morir la tierra. Para que sudara su humedad la tierra. La tierra de agua en la que vivimos.

Los trajes de los niños Dios se venden en los mercados y en las casas de las costureras de mayor prestigio de las zonas populares de la ciudad. Los hay de las tallas 14 a la 42. De todos los precios, de varios colores. Con o sin hilos de plata. Dicen que este año comenzaron a vender trajecitos de futbolistas y de narcotraficantes.

Este año me perdí de los tamales y de la Fiesta de la Candelaria. Igual que Fernando García Arellano. Este año ya hay nuevos dioses. Y la gente lo va a notar. A pesar del silencio, la gente lo va a notar.

Leer más...

sábado, febrero 9

La doble muerte de los niños violados

Escribir las ganas de escribir, la urgencia, el apremio. Escribir cualquier cosa, pero escribir todo lo que puede convertirse en escritura: el agua, el viento, el viento de agua, un muro detrás del árbol, una grieta de luz sobre la alfombra, un chapulín que salta sobre el cristal y atrapa a quien aguarda el momento justo para convertir al chapulín en escritura. Escribir, volver al sentido mismo de la escritura y desafiar. Arrojarse a la nada y crear, aunque desaparecer sea el riesgo. El riesgo que corre por la sangre y la separa.

Anoche soñé que toda yo era escritura. Un invento, una creación de otro sin presencia, una ficción sin dueño. El sueño de otro que en el sueño dibujaba las paredes de una antigua casa repletas de grabados de Toledo. Francisco Toledo de las iguanas y los chapulines quietos. El de los ojos húmedos y la piel de papel. El de las batallas y las voces. En el sueño, los personajes de los grabados podían leerme. Los cangrejos y los borregos, los cocodrilos, las vacas, el burro, la sapa, las escobas, los papalotes todos, se sentaron a leer la escritura que fui en el sueño.

Desperté con ganas de escribir, con urgencia. Escribir cualquier cosa que cobre la forma de la escritura. La luz, la piedra en la ciudad, el templo. Pero eché un vistazo a las noticias del día y vi a dos mil niños y niñas ausentes de mirada. Con menos de seis años en promedio. Violados todos, en el último año, hecha trizas su vida, la poca vida que les tocó vivir. Vivir ya muertos, sin ser. El poder sobre ellos, la ira de otros enterrada en sus cuerpos pequeños de niños y niñas que dejaron de serlo, en el instante mismo del doble crimen.

Los niños y niñas violadas son insomnes, muchos de ellos. Se abstienen de jugar a la pelota, odian la pelota, el afuera. Tiemblan antes de abrir cualquier puerta. Tiemblan y sudan el sudor de la muerte. Algunas veces lloran a escondidas porque nadie les dice que no fue su culpa. Ni curan las heridas de sus cuerpos. Por eso descienden a los infiernos. En busca de un remedio.

Nadie conoce la cifra exacta. Es imposible saberla. No hay quien se atreva a contabilizar la peor infamia. Las organizaciones internacionales y de derechos humanos aseguran que en un año, más de 20 mil menores mexicanos son objeto de abuso sexual, gran parte de ellos en la ciudad. La mayoría niñas. Niñas de tierra y cemento. Veinte mil. Y serán otros tantos los casos del silencio, los que se callan a fuerza de puñaladas de pánico.

Las niñas violadas, cuando crecen, guardan silencio frente a sus hijas. Las agreden, no las toleran. No se toleran ellas mismas. Las perversiones de las que fueron objeto se vuelve en su contra. Soy perversa, se dicen. Perversa como el demonio. Las niñas violadas no tienen salvación, la mayoría. Nadie les arranca el sello. Y reproducen la conducta del verdugo. El verdugo que no se cubre el rostro. Los niños y niñas violados conocen, casi siempre, al agresor. El hermano, el padrastro, un tío, alguien de su confianza, el propio padre. La brutalidad alojada bajo el mismo techo. A la ofensiva.

Hay quien intenta recuperarse. Algunas mujeres de las más de 1.5 millones de mexicanas al año que son víctimas de agresiones sexuales, lo hacen. Lo intentan al menos, lo buscan. No es sencillo. La soledad las asfixia, les corta la palabra. La soledad también de saber que sólo un 5 por ciento de las denuncias penales por violación, alcanzan la sentencia.

No alcanzan todos los menores a vivir después de ser violados. Hay casos de niños que mueren de las enfermedades que el agresor les contagia. Hay otros que mueren sin irse, los que crecen con el dolor sobre los hombros. Pero hay quienes no toleran el dolor y mueren, porque solo la muerte los libera. Se arrojan de las azoteas. O se quedan dormidos sobre una autopista. Para ya no volver a morir. Para no despertar.

Hoy desperté con urgencia de escribir. Con los dedos de las manos temblando de sed. Con los ojos puestos en la ráfaga de luz sobre la sábana. Con la voluntad de desaparecer en la escritura, arrojarme al vacío. Y crear. Pero afuera la vida agoniza. La vida rota de los niños y niñas violadas que cada día son más. Dos o tres más hoy que ayer. Niños y niñas que no sueñan. Que no escriben. Y de los que nadie, o casi nadie, escribe. Da miedo escribir sobre la muerte. Las muchas muertes de los menores violados. Da miedo. Y rabia, repulsión, ganas de no volver a escribir sin tenderles la mano.

Leer más...