jueves, julio 3

Memoria Rota

En la Calle Rosales una tarde

Miré pasar un trozo de mi historia

Comenzaba el verano y Madrid

Me tomó en brazos

Por la noche el viento levantó la mirada

Al sueño y volví a ver

Mis pedazos sin mi

No me quedó otro remedio que bailar

Como una loca

Sobre el cristal de la memoria

Roja de sangre roja

El alba se bebió una copa de vino

Entre mis sábanas

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miércoles, julio 2

De cuando el Zócalo recuperó la memoria

A Alejandro Aura

Lo hicieron los que estuvieron antes, pero él fue el primero en hacerlo para los que estamos hoy aquí. Lo hizo para los que creemos en el canto, en el arte, en los libros, en la lectura en voz alta, en las palabras que vuelan, como aves sin máscara, por las calles de la ciudad de México. Y lo hizo también para él: para poder continuar el vuelo. El vuelo que le levanta el alma y con ella se alza la nuestra.

Alejandro Aura tuvo la generosa ocurrencia de recuperar la mayor plaza pública de la ciudad: el Zócalo. Y lo primero que hizo desde el entonces Instituto de Cultura de la ciudad, fue organizar hace ya 10 años, un baile público con Celia Cruz. No se cobró nada, ni un quinto. La gente, cuando se enteró del baile, creyó que Alejandro había enloquecido. Que no era posible, que eran puros inventos de un poeta que salía en televisión con una bola de mujeres y que tenía una voz de seductor que daba vértigo. Además costaba creer que la mismísima Celia Cruz en persona se presentaría en el Zócalo. Y sí, claro que fue. Y puso a bailar a todos los que sí creyeron que la iniciativa era real y a los que lo dudaban, pero se dieron su vuelta, por si acaso la reina de la salsa se aparecía en la explanada.

Después de ese concierto ya nadie lo puso en duda: Alejandro Aura era capaz de todo. Los capitalinos pudieron escuchar gratis a Manú Chao, Café Tacvba, Chavela Vargas, Madredeus, Willie Colón, entre muchos otros. Y luego comenzó a llevar incluso a grandes escritores como José Saramago, el Premio Nóbel portugués de Literatura que todavía a estas alturas no puede creer que en el corazón de la ciudad de México tuvo la presentación con más audiencia de su historia. Y todo al aire libre, frente al Templo Mayor y la Catedral. Frente a la historia que cuenta lo que fuimos y la que nos recuerda lo que somos. La gente, cuando escuchó que había un escritor famosísimo, se fue arrimando a enterarse qué era eso de presentar un libro. Y se quedó durante toda la tarde escuchando la palabra de uno de los escritores que mejor conoce el significado de la dignidad.

Pero Alejandro no se conformó. Al rato ya estaba organizando ferias del libro, fiestas populares y exposiciones, lo que transformó totalmente al Zócalo. No es exagerado decir que en esos tiempos la plaza fue el centro cultural más grande del país. La cultura entonces se colocó otro rostro, al tacto de la gente en la calle. En la calle de todos.

Los hombres y mujeres de antes ya lo sabían. Pero Alejandro le recordó a todos los habitantes y visitantes del Valle de Anáhuac de hoy, que las calles y las plazas no son propiedad de nadie, por que son de todos. Fue su pura voluntad la que le tiró un balde de vida al Zócalo y, aunque a los artistas e intelectuales les pagaban poco, realmente muy poco, no les importaba. Ellos se sentían parte de esa locura de Aura de tomarse por asalto las calles y plazas de la ciudad, utilizando como arma a la cultura. Su ganancia era un notable incremento en sensibilidad. En la de ellos y en la de la gente que acudía a verlos al Zócalo, a convivir con ellos y con los otros, prácticamente cada fin de semana. Cuentan que cuando se presentó Café Tacvba, la plataforma de la plaza comenzó a moverse igual que los postes de luz de los alrededores. Algunos entraron en pánico, convencidos que se trataba de un temblor. Pero no, fue la consecuencia directa de los saltos que daban los cientos de miles de personas que escuchaban al grupo. Literalmente, entre Café Tacuba y su público, cimbraron el primer cuadro de la ciudad. Un cuadro de vida sobre las entrañas de agua de la plaza.

Este domingo por la mañana le llamé por teléfono a Alejandro Aura a su casa de Madrid. Una casa de luz, una selva de energía y aromas. Pero Alejandro este domingo estaba triste. Cansado. Sin ganas de cocinar ni comer ni leer ni nada. Cansado de darle día con día la batalla al maldito cáncer. Al colgar le llamé a Enrique Strauss, su cuate de toda la vida, para poder pronunciar en voz alta mi tristeza. Y Enrique Strauss le llamó para recordarle que debe otra vez alzar el vuelo, porque cuando lo alza se levanta su alma y con ella, vuela la nuestra. Y que nos hacen falta las flores que le salen de la mano cuando se pone a crear.

Después de hablar con Enrique, me llegaron una tras otra, cientos de imágenes de lo que ha hecho por la ciudad, Alejandro. Las exposiciones, el Faro de Oriente, la promoción de la lectura y miles más. Y me dieron ganas de leer alguno de sus poemas en los que expresa, como pocos poetas, lo mucho que quiere a su ciudad. Entonces encontré el poema en el que nos cuenta que los bienes de la ciudad fueron hechos por los que estuvieron antes y por nosotros/como flores nos salieron de las manos/todas estas casas y estas calles/y estos líricos hilos de la luz/Y este humo espeso/que nos volvió ciudad de llanto.

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martes, julio 1

25 años de amor y de locura

La Ciudad de México me ha habitado siempre. Aun en mis años lejos de ella, se ha mantenido prendida en mi memoria, en mi piel, en mis sueños, en mi alma. Desde mis primeras incursiones en el periodismo, la ciudad fue para mi, un tema recurrente; como si tuviera la certeza de que es imposible escapar, dejé entonces de huír. Igual que muchos artistas, periodistas, escritores y gran parte de sus habitantes, la he repudiado y amado al mismo tiempo. La he padecido y disfrutado; le he reclamado a gritos sus ofensas y defendido por igual, su virtud de seducir a dentelladas.
Ordenando papeles encontré en estos días los primeros artículos que publiqué en la revista Proceso, donde aprendí el oficio de periodista. Y encontré también a la ciudad de antes del terremoto, la ciudad anterior a los cambios políticos que le dieron una nueva figura. La ciudad que a todos los que entrevisté en mayo de 1982, perturbaba, inquietaba y sobre todo, los llamaba a vivir.
José Luis Cuevas, Elena Poniatowska, Alejandro Aura, Juan García Ponce, Fanny Rabel y muchos otros, la describieron entonces como un demonio, una mujer horrenda y desahuciada, agresiva y delincuente, la ciudad en la que, sin embargo, todos ellos vivían desde entonces, en la que la mayoría de ellos nacieron y donde algunos han muerto. Faltaban todavía cinco años para que los capitalinos pudieran elegir a través del voto a su gobernante y ya algunos, como Juan García Ponce, soñaban con que algún día llegaría un “regente genial a resolverlo todo”. Para el historiador Federico Hernández Serrano, quien en esos días dirigía el Museo de la Ciudad de México, el problema de fondo era el olvido. La gente se ha olvidado de su ciudad, se lamentaba, nadie conoce su historia ni se interesa por su origen. Nadie puede hacer algo por ella, me dijo. A diferencia de García Ponce, José Luis Cuevas no guardaba ninguna esperanza. Nada ni nadie podrá recuperarla, decía el pintor quien, sin embargo, tuvo y sigue teniendo a la ciudad como su permanente fuente de inspiración. Aunque ya entonces añoraba, recordaba con nostalgia los barrios de La Candelaria de los Patos, San Miguel y Puente de Nonoalco donde trabajó, pintó, creó sus dibujos con personajes como las mujeres prostitutas de la calle del Órgano. Una calle que hace 25 años era ya sólo un nombre, un recuerdo, un dolor.
A Alejandro Aura no lo entrevisté entonces, pero sí lo cité en mi artículo. Unos años atrás había recibido el Premio Aguascalientes de Poesía por su libro Volver a Casa. Un libro, íntegro, dedicado a la ciudad. Su ciudad. Decía entonces Alejandro que la última calle de la ciudad no existe. Y es que la ciudad seguía creciendo. Y aún hoy no ha dejado de hacerlo. No es posible, escribió Aura, contar las calles. No es posible manejar la ciudad. Hay que estar inventando palabras nuevas, para simular que la situación se ha dominado.
Hace 25 años Elena Poniatowska ya se sentía agredida por la ciudad. Al recorrerla en automóvil, me contó, sentía un gran temor. Temor a convertirse en agresora. “Cualquier avenida, decía, es un riesgo mortal, una aventura suicida”. Y desde entonces Elena alzaba su voz contra la corrupción, la torpeza, la apatía y la pésima planificación. También la artista plástica Fany Rabel sentía la agresión. Más aún, por ser mujer. Y temía que la ciudad, “algún día llegara a aniquilar las fuerzas de resistencia del ser humano”. Pero Fanny Rabel, permanecía a su lado. Y la convirtió, no solo en parte de su obra, sino en su obra. La miseria citadina, la opresión, su propia angustia en el pincel.
Leo y releo las palabras que hace un cuarto de siglo pronunciaron los artistas y escritores sobre la ciudad y siento que recorro esa ciudad con otras piernas que dicen lo que escribo. Y vuelvo a respirar la insólita soledad que se respira hoy en la ciudad. La soledad de los rostros invisibles y a la que artistas y escritores acusan, en la que se angustian y a la que le reclaman. Un reclamo que, sin embargo, no alcanza el tamaño de su amor.
Hace 25 años Cuevas todavía no le había dado forma a su Giganta, y ni siquiera se imaginaba que el Convento de Santa Inés sería la sede de su museo en pleno Centro Histórico de la ciudad. Pero ya hablaba de la urbe como quien habla de una mujer. Una mujer, decía, a la que se ha amado tanto que ni su marchités y deterioro físico nos impiden seguir amándola. Amada la ciudad, siempre amada también por García Ponce quien estaba convencido de que solamente la gente enamorada ha sido capaz de vivir en ella. “Los que viven en la ciudad, me confesó entonces, lo hacen forzosamente por amor”.
La ciudad como el sitio donde ocurren fantasías y milagros por amor, así la vieron y la siguen viendo. La ciudad de la que no nos iremos, aunque nos vayamos. Como Alejandro Aura que le pidió hace 25 años que lo escuchara. Y le lanzó la advertencia: Óyeme decir que no me iré/la ciudad se morirá conmigo/yo estaré en su fundamento.
Nada ha cambiado tanto. Menos, mucho menos, el amor que sienten por la ciudad los creadores. Quizá algún día ocurra el milagro. Y la ciudad deje de ser el lugar donde los hombres acarician el mal. Entonces estaremos todos en su fundamento.

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martes, junio 10

Octavio Paz y un poema en la Ciudad

Cuando Octavio Paz cursaba el bachillerato en la ciudad de México, soñaba con hacer un viaje a España. Quería llegar a Madrid y, con equipaje en mano, tocar a la puerta de la Residencia de Estudiantes. Para él y miles de los jóvenes mexicanos de su generación, la Residencia era una referencia obligada, un mito casi, un sueño. El sueño de poder compartir sus ideas, su creatividad, sus esperanzas y sus deseos con personajes como Federico García Lorca, Luis Cernuda, Miguel de Unamuno, Luis Buñuel, Juan Ramón Jiménez, Salvador Dalí y muchas otras figuras de la cultura española del siglo XX que solían acudir ahí como visitantes o residentes. En 1934, la guerra civil acabó con la Residencia y mutiló las voces y los sueños de una de las generaciones más generosas, creativas, influyentes y sensibles de la cultura española. No obstante, en 1937, en plena guerra, Octavio Paz viajó a Madrid, invitado por Pablo Neruda al Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Sólo que no encontró a muchos con quienes había soñado dialogar, reír, inventar, beber una copa de vino, leer en voz alta y volver a reír. Muchos de ellos estaban ya en el exilio; García Lorca había sido asesinado un año antes y la Residencia y la guerra habían cerrado las puertas a la razón. A la razón y a los sueños.


En 1989 a Octavio Paz se le cumplió su sueño. Invitado a participar el Ciclo Poesía en la Residencia, habló entre otros temas, sobre la ciudad. De su colectividad y de su soledad. De los pasos que resuenan en una calle ajena a aquélla en la que se camina. De la niña que escribe la escritura de Paz. De Luis Cernuda, el poeta andaluz que recorrió solitario las plazas y calles de México donde murió. “Pájaro por las alas, hombre por la tristeza”, dijo de él Paz al público que lo escuchaba y que recordó las andanzas de Cernuda en el exilio y en particular en México donde deseó, amó y tuvo entre sus escasos amigos a Paz.

Paz comenzó su lectura en la Residencia con poemas escritos en su ciudad. La ciudad para Paz eran las plazas, las calles, la multitud, pero era también el sitio donde los solitarios habitan, los solitarios sin nombre, aquéllos que acompañan, solos, a nadie. La ciudad, dijo esa tarde Paz, representa los dos polos de la existencia moderna: el momento de la colectividad y el de la soledad más intensa. La más profunda. La verdadera y única soledad.

Cuando después de muchos años de vivir fuera de México, Paz regresa a su ciudad, la encuentra transformada, desastrosa, lastimada por el progreso. No tenía nada que ver con la ciudad en la que nació, creció y que tanto admiró. Fue cuando escribió su poema Vuelta; cuando aseguró haber vuelto a donde empezó, sin saber si había ganado o perdido. Desde Mixcoac, desde aquél Mixcoac de Paz donde el tiempo se tiende a secar en las azoteas, escribió Paz lo que leyó años después en Madrid. Y volvió. Volvió para decir, para reafirmar que no quería una ermita intelectual en San Ángel o en Coyoacán. Y terminó el poema sin que dijera qué quería. Ni cuál es la respuesta sobre cómo acabar con la amenaza del mundo moderno. Cómo evitar el desastre ante el progreso. El poema Vuelta, dijo Paz en la Residencia de Madrid, es sobre la realidad de México, pero no sólo de México, sino también sobre la realidad del mundo amenazado en sus fuentes más puras. Eso dijo Octavio Paz y la gente más tarde preguntó dónde está la respuesta, dónde. Y Paz propuso buscarla en el espacio interior. Adentro. En cada uno de nosotros hay una respuesta, dijo.

Una respuesta tumbada sobre la historia. Una salida.

Aunque Paz no consiguió llegar a la Residencia de Estudiantes en su primera etapa, fue encontrando en diversos países del mundo, a varios de quienes la habitaron. Después de su participación en el ciclo de poesía de 1989, Paz volvió a la Residencia en dos ocasiones, en 1992 y en 1993. La ciudad tenía entonces aún más heridas que las que encontró cuando regresó a México. Muchas más de las que llegó a tener cuando Paz soñaba con ser uno de los estudiantes de la Residencia de Madrid. Pero también Madrid es hoy una ciudad con otro rostro. Con muchos rostros. Y ambas ciudades, México y Madrid, mantienen la memoria abierta. Ambas pronuncian sin descanso las voces de sus poetas. Muertos y vivos, los poetas se escuchan en las calles de la ciudad de México. Se sienten sus pasos en las calles. Esa es quizá la respuesta, una de las respuestas, que concede la propia ciudad a la amenaza. Abrirse a la creación, pronunciar en voz alta a sus creadores. Al centro de la soledad, en medio del caos, un poema salta cada tarde de entre la multitud. Y, recordando a Paz, le quita una a una las vendas de las sombras.

La ciudad está viva.

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domingo, junio 1

Carlos Monsiváis y la ciudad de luz

Sonrió casi todo el tiempo. No lo he visto en demasiadas ocasiones, pero la semana pasada estuve presente en dos actos de celebración de sus 70 años y me dio la impresión de que Carlos Monsiváis comienza a disfrutar con mayor soltura de los homenajes que la ciudad, sus amigos, la Academia, las artes y muchos otros, preparan para él. El primero al que asistí fue en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento el miércoles pasado. El Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, le entrego la medalla-escultura 1808. Carlos Monsiváis la recibió, la miró, la acarició casi y sonrió, la sonrisa de la ciudad de agua y luz que Juan Manuel de la Rosa diseñó para él sobre un trozo de oro con forma de grano de maíz. Como en los tiempos antiguos, el sol, el agua, el maíz, en el origen de la vida. El origen que en ocasiones borramos de nuestra memoria. Y al hacerlo, dejamos de soñar, nos vamos quedando sin alma.

Carlos Monsiváis cumplió 70 años hace 22 días y no paran los festejos. Y es que son muchos, muchísimos los aportes que ha hecho a la cultura y al avance social y democrático de la ciudad. Uno de ellos es precisamente el tejerle una memoria. Durante décadas la ha venido creando con el hilo de su mirada hecha palabra. Con razón Ebrard le dijo que la ciudad sería otra sin él. Otra. Más apretada, con heridas más profundas; o con las mismas, pero que nadie vería. Una ciudad de ciegos, eso sería. Y menos, mucho menos amorosa. Sin Monsiváis, las almas no se irían frotando en el vagón del Metro, como lo describió en su discurso de agradecimiento. Ni tendríamos conciencia del depósito histórico de olores y sabores que es nuestra ciudad. Al lado de Monsiváis, sus textos y sus ocurrencias, los habitantes de la ciudad hemos aprendido a mirarla. A mirarnos en ella y en los otros. Hemos aprendido a tolerar a los otros. A convivir. A pesar de que, como él mismo lo dijo, la ciudad es todavía y sobre todo, un cúmulo de problemas, de cuerpos a la deriva, de desempleo, de calles y avenidas sobrepobladas. Pero a pesar del caos, es una ciudad que aprende, cambia y avanza, sin que la veamos arrastrar los pies.

Estaban casi todos sus amigos. Elena Poniatowska, la más antigua, dice Monsiváis, Alejandra Moreno Toscano, José María Pérez Gay, Juan Ramón de la Fuente, Jorge Volpi, Luis Mandoki, Héctor Vasconcelos, Nacho Toscano, Guadalupe Loaeza, Consuelo Sáizar, El Fisgón, Rius, Margo Glanz, Enrique Márquez, el Coordinador de la Comisión del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución en la Ciudad de México, quien le organizó este homenaje. Y es que no sólo la Independencia y la Revolución cumplen años, también nuestros creadores cumplen años, dijo un día Márquez y se lanzó a la tarea de organizarle su fiesta a Monsi. Después de la ceremonia se fue Monsiváis con sus amigos a comer al Museo del Estanquillo. Muchos decidieron caminar del Zócalo al Estanquillo. Lo hizo el homenajeado que apenas salió a la calle y ya la gente le estaba pidiendo por favor maestro, una foto con usted que los cuates de mi calle no me lo van a creer. Y Monsi, que no dejó de exhibir su sonrisa casi infantil, casi felina, colocó su brazo sobre el hombro del joven que seguramente a estas alturas ya puso la fotografía en la pantalla de su celular.

Monsiváis llegó a la puerta del Museo del Estanquillo casi al mismo tiempo que Ebrard, que en cuanto se bajó del coche le dijo que mejor se hubiera ido con él caminando, si no hubo ni una gota de lluvia, ni reclamos, ni actos de protesta, ni una queja. Todo lo contrario, la sonrisa de Monsiváis acompañada de las sonrisas de quienes se detenían a verlo. Mira jefa, es un escritor muy famoso, un chingón, explicó una mujer de mediana edad a su mamá.

La comida terminó como a las seis de la tarde. Todos los invitados salieron con un papalote en la mano. El papalote que diseñaron para él sus amigos Francisco Toledo y El Fisgón como regalo de cumpleaños. Monsiváis dibujado en el papalote que los también artistas del Taller Arte Papel Oaxaca se encargaron de elaborar en Etla. Molieron la fibra, la secaron, la tiñeron le dieron forma de papalote y le estamparon la imagen de Monsiváis con sus anteojos de mica café que le colocó Toledo muerto de risa por la ocurrencia de hacer volar a su amigo con todo y anteojos.
El otro acto al que asistí fue el sábado pasado en el Centro Cultural Indianilla donde se presentaron once Libros de Artista. Los autores decidieron dedicar la exposición a Monsiváis. Y ahí, en ese espléndido local que Isaac Masri consiguió rescatar al olvido, Monsi volvió a sonreír y a dar las gracias a Manuel Felguerez, Sergio Hernández, Daniel Macotela, Juan Manuel de la Rosa y otros artistas que participaron en la exposición. Le dio las gracias a Isaac por padecer el delirio de creer que es posible cambiar al mundo, soñando otro mundo. Tejiendo, como el propio Monsiváis lo hace, uno a uno los deseos que aparecen en los sueños. Para cincelarlos en la memoria; para devolverle a la ciudad su alma. Su alma de sol y de agua.

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martes, mayo 13

Pero hay que saber llegar

No me dieron la dirección exacta. Sabía que estaba en el centro de Santa María La Ribera y que tenía un nombre de ciudad europea. Nada más. El taxista no tenía ni idea de cómo llegar y con los escasos datos que yo le proporcionaba, la tenía difícil. No sirvió de nada su llamada por radio a todos los “21”, a quienes pidió que por favor le dijeran qué calle agarrar, qué avenida, en dónde dar la vuelta o seguir de frente, para llegar al centro de Santa María la Ribera.

Primero le preguntamos a una pareja de jóvenes que nos dijeron que todavía ni siquiera estábamos en la Santa María. Seguimos sus instrucciones y entramos por San Cosme, dimos la vuelta a la tercera a la derecha, como nos señalaron. Nos detuvimos frente a un taller mecánico y fui yo quien le pregunté a un hombre que sacó su cabeza del motor de un automóvil para escucharme. “Es una cantina vieja, muy vieja —le dije— y está cerca del parque central”. “Ni es cantina ni está vieja”, me gritó casi el mecánico, sorprendidísimo de mi forma de preguntar por la ubicación del Salón Cantina París. Insistió en explicarme una y otra vez que de vieja no tenía nada, pero nada, de nada. “Es un lugar con muchos años, con mucha historia, un lugar antiguo”, me explicó ya más tranquilo aquel hombre que después de cinco minutos de plática acabó despidiéndose de mano y con una sonrisa enorme en su rostro de aceite.

Estuvimos a punto de seguirnos de largo. La tuvimos enfrente y ni el taxista y yo la vimos. “Por poco se pasa, güerita", me dijo un señor señalando el Salón Paris a mis espaldas. Gracias le dije y respondió con un “provecho” por lo que di por un hecho de que comería muy bien. Y así fue. De botana unos sopes enormes de salsa roja no muy picante. Después la clásica de fideos con mollejas y un chamorro picadito para taquear. Al fin había llegado a la Cantina Salón París, el lugar donde José Alfredo Jiménez comenzó su carrera. La cantina dónde entre una y otra canción, se echaba sus tequilas. Uno tras otro. Para poder escribir como solo él sabía hacerlo. Inspirado, desde dentro, como un poeta. Solo que él lo hacía, cuando no estaba en su casa, sobre una servilleta de papel. Así escribió muchas de sus canciones, entre un tequila y otro, recargado en la barra de una cantina y en una servilleta. Dice Chavela Vargas que fueron cientos las ocasiones en que lo vio hacerlo. Y es que el verdadero vicio de José Alfredo no era el alcohol. Era la escritura. Cuenta Chavela que si pasaba un día, un solo día sin escribir le tocaba padecer el síndrome de la abstención. Era como dejar de tomar, pero más intenso. Escribir, crear, comunicar, fue su vida, el oxígeno diario. Por eso, cuando le diagnosticaron la cirrosis, dejó de tomar apenas un tiempo muy corto y volvió al trago. Sin trago no venía la inspiración. Sin inspiración no podía escribir. Sin escribir enloquecía. Se daba de topes en la pared, gritaba. Así era su mundo. Su mundo raro que comenzó en una cantina de Santa María la Ribera.

Los vecinos de la Santa María la Ribera apenas saben sobre la presencia en su barrio del más grande compositor de música popular de la historia de México. Unos cuantos solamente dicen que algo de ello han oído. Pero poco. Los clientes del Salón Cantina París, en cambio, están muy al tanto. En las paredes han colgado varias fotografías de José Alfredo, algunas de ellas donadas por la familia del cantante, otras por los propios clientes. En algún rincón se lee el “Aquí escribió sus canciones José Alfredo”. Hay quien cuenta incluso que por ahí anda una de las servilletas con un trozo de canción. Y el dueño y los meseros quieren difundirlo por toda la ciudad.

Cuentan los que saben que José Alfredo escribió 200 canciones, pero sus amigos y gente cercana aseguran que han de haber sido más de mil. Que por ahí han de andar guardadas en un cajón, en la bolsa de algún pantalón o en alguna cantina de la ciudad de México. Quizá en el Salón París. O en el Tenampa o en alguna de las muchas otras cantinas donde cantó, se emborrachó, conversó y luego entre un tequila y otro, entre una canción y otra, creó.

El Rey, seguro que no la escribió en una servilleta de papel. Fue de sus últimas composiciones. La escribió con calma, en su casa, sobre una hoja de papel en blanco. Sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Que pronto se iría. Sabía bien que estaba afuera. Pero que hasta para morirse, hay que saber llegar. Como él lo hizo. O como Chavela su gran amiga que llegó a su funeral, se sentó en el suelo, al lado del féretro y cantó, una tras otra, las canciones de su compañero de parrandas. Nadie osó retirarla, sacarla del velatorio. Después de dos botellas de tequila se marchó. Sola, muy sola, sin José Alfredo.

Cuando me pierdo en la ciudad, suelo enojarme en forma desmedida. Me pongo furiosa, de mal humor. Pero el día en que fui en busca de una cantina con nombre de ciudad europea no me importó no saber llegar. La historia del Salón París y la de José Alfredo mismo, serían otras historias sin un mecánico, una joven pareja, un cantinero, un mesero de la Santa María la Ribera. O de cualquier otro rincón de la ciudad donde hay alguien que mira, platica y le coloca una letra a las emociones, a la risa, al dolor, al silencio, a la soledad y a la muerte. Para saber llegar.

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martes, mayo 6

El Danzón que salva a la ciudad

Afuera hace frío. La lluvia y el viento han causado varios apagones. Hay ramas de árbol tiradas a mitad de la calle. En la esquina, un hombre golpea a su hijo, la madre intenta protegerlo. La radio difunde noticias confusas. Los reclamos, los insultos, las discusiones sobre la reforma petrolera comienzan a aturdir los oídos de los ancianos. “Ya no se sabe ni qué”, comenta uno. “Se confunden los pleitos y las voces”, responde otro. Desde Guadalajara, un gobernador caritativo lanza billetes y mentadas de madre. Al sur de la capital, un ladrón deja sin un quinto a una joven que acaba de bajar de la estación del Metro Eugenia. Una señora llega a su casa gritando los gritos de una ciudad a punto de ser ametrallada. En la puerta, un niño llora de frio, otro de hambre. Al otro lado de la calle, Aurora, con la cara en alto, baila un danzón.

Llegó poco antes de las seis de la tarde al Salón Maraka, el de más caché, me aseguran los tres elegantísimos hombres que me sacaron a bailar a lo largo de la tarde. El de más caché, insisten, “lo reconoce todo danzonero cuando nos mira bailar”. “Aquél viene del Maraka”, me cuenta Don Eusebio que dicen cuando va al California o a otro salón de menor caché. Aurora no ha dejado de bailar desde que llegó, y eso que fue de las primeras. Lleva un tocado en el pelo que brilla como sus zapatos de tacón y pulsera. Baila suavecito, lentamente, en armonía con ella misma y sus setenta y tantos años repartidos amorosamente en su cintura, apenas cubierta por el ceñido vestido que la abraza. “Suavecito, me dice mi pareja de baile, no se me adelante”.

“El danzón es un baile hecho para que la mujer se luzca”, me explica Alfredo. “Aproveche”, me dice y eleva su mano para que yo camine en círculo despacio, muy despacio. Para que apenas roce su mirada que me mira con ojos criollos de maestro danzonero. Para que aprenda a bailar danzón y vaya cada miércoles a La Maraka donde Acerina, la Primera Danzonera de América, la única, la auténtica, la original, concede a cientos de almas citadinas el placer de bailar. Un privilegio.

Le hice caso, o al menos intenté hacerle caso a Alfredo. Suavecito, sin balancearse, me repetía Alfredo que todos los miércoles está en el Maraka por que lo más importante en la vida es bailar, me asegura y yo recuerdo a María Rojo buscando en Veracruz a su pareja de baile que un buen día desapareció. Sin decir nada, lo dejó todo. Hasta el baile que es lo más importante en la vida, le dice María Rojo a una amiga en la película Danzón.

Lo más importante y lo más sano, libre, vivo. Miro a mi alrededor los tres minutos que me siento a tomar algo. La edad promedio debe estar cerca de los 70, pienso. Y no hay ni una sola de las alrededor de 400 personas que esté triste. O sola, o deprimida. Nadie se queja de los años que lleva encima, ni de la reuma, ni de los hijos que hace meses que no los visitan. Ni de la miserable jubilación que tienen. Ni de los políticos, ni de la violencia. Se dedican a bailar todos los miércoles de las seis de la tarde a las once de la noche, sin excepción. Me cuentan los años que llevan yendo a La Maraka. Algunos perdieron ya la cuenta, “como unos seis pares” me dice un señor de sombrero y me señala sus zapatos de charol.

Las mujeres que asisten a La Maraka están, en su mayoría, bastante pasadas de peso, algo chaparras, sin nada que llame realmente la atención en ellas, fuera de sus cuidada vestimenta. Pero algo sucede en la pista de baile de La Maraka. Alguna hada enciende la música y arroja una gentil belleza sobre los rostros y cuerpos de las mujeres. Las convierte en princesas. Princesas aztecas que cumplen el ritual. Y se salvan. Cada miércoles, junto con su pareja de baile, dominan su universo, mientras afuera, la ciudad está a punto de ser ametrallada.



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