viernes, julio 18

Frontera norte: morir menos

Dicen que la cifra va en descenso. Que ya son menos los que mueren en el intento de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, dar el salto, tratar de respirar, comer, dormir, sin el dolor encajado en los pies, en la garganta, en los ojos asustados de los niños envueltos en rebozos de hambre. Los mexicanos muertos, nos dicen las instituciones oficiales, suman 117 en lo que va del 2008. Una cantidad menor que la que se registró en el mismo periodo del año pasado. La cifra de muertos, nos informan en lenguaje como de guerra. La guerra contra la sensibilidad en la mirada. La ciudad de México está ya en los primeros lugares de la lista. No se sabe exactamente a cuántos de sus habitantes expulsa a diario. Pero después de Michoacán y Guanajuato, se disputa el tercer lugar con el Estado de México.

Los jóvenes abundan. Son fuertes y aguantan más, pero igual mueren. De sed, de asfixia, mueren reventados de sol o congelados. Algunos mueren sin nombre y sin edad. Son los que encuentran después de varios meses en medio del desierto. No se sabe si ellos también son cifras. Las mujeres y los niños. Los niños que, de acuerdo con la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), este año han tenido suerte. No hay en el recuento ningún niño muerto. Quizá no hayan encontrado aún sus cuerpos. O habrán aprendido ya de los que lo hicieron antes. Se van pasando la voz de pueblo en pueblo, de barrio en barrio. Y muchos han conseguido cruzar solos al otro lado. Solos se buscan la vida. Una pandilla de latinoamericanos donde aprender el arte de sobrevivir, un burdel clandestino. Como en una guerra. La guerra contra el vacío.

¿De qué huye la gente?, me preguntó un día mi hijo. Estábamos viendo la televisión cuando apareció un “mensaje del gobierno federal”. No te vayas, te puedes morir, tus hijos te prefieren vivo en México que muerto en otro lado. Miles de mexicanos mueren en el intento, no te atrevas, dice una voz en off. Como animándolos a resignarse, como diciendo quédate al lado de los tuyos, aunque no alcance para comprar los zapatos de los hijos ni para que coman al menos una vez al día. Consíguete un trabajo de albañil, aunque te paguen una miseria, o limpia parabrisas, lleva a tu hijo a que te ayude, que para eso están los hijos. Si no, ¿para qué?

Conversamos con Juanito, el hijo de uno de los albañiles que construyen un edificio cerca de donde mi hijo y yo vivimos. Tiene once años y nunca ha ido a la escuela. Pero él está convencido que es un chamaco con suerte. Su apá lo lleva a la obra todos los días, Juanito ayuda a los vecinos a bajarse de sus coches, les abre la puerta, les carga las bolsas de las compras. Juanito se siente dichoso, lava coches en la madrugada, aunque los porteros de los edificios de la cuadra lo vean mal, dicen que les quita trabajo, Juanito, ese coche es mío, escuché que le gritó la otra mañana la esposa del portero. No te metas en mi territorio. Territorios controlados, como en una guerra.

A Juanito no le importa quedarse sin escuela. Para qué ir, nos explicó a mi hijo y a mí, mi papá dice que nomás le sacan a uno dinero que para la fiesta de la mamá y para el disfraz, para el refresco del Día del Maestro, para el lápiz, otro cuaderno rayado, y mientras la mamá en las esquinas vendiendo chicles o trabajando todo el día en casas alejadísimas del barrio donde viven, dos horas o más de camión, luego el Metro, luego otro camión. Mejor ir a trabajar desde los seis años. A veces incluso de cinco o cuatro años, parados en las esquinas, envueltos en rebozos de hambre. Mientras tengan alguien que los lleve a las esquinas o a trabajar en la construcción, lavando coches, de cerillo en el supermercado donde aprenden a sumar sin saber leer.

Hay otros niños que ni eso. No tienen familia, perdieron a su madre y a su padre cuando se salieron a la calle. Se fueron a buscar refugio a cielo abierto donde estar más seguros que en su casa, aunque corran el riesgo de morir en algún basurero con la nariz pegada de cemento, con los pulmones rotos, con el hígado apuñalado de alcohol. Los cerca de 100 mil niños y adolescentes que viven en las calles de la ciudad. Las calles donde se forman y crecen. Y si sobreviven, si acaso sobreviven, intentarán cruzar al otro lado. En la televisión, mientras tanto, una voz en off seguirá advirtiendo que si lo hacen, se arriesgan a perder la vida.

Leer más...

domingo, julio 13

Anda suelta la vida

Salí muy temprano al barrio de Lavapiés, en Madrid. Ni se te ocurra estar en la calle en la tarde, que te mueres, me habían advertido mis amigos madrileños, como si fuera la primera vez que visito esta ciudad en verano. Pero me dieron las tres y seguí paseando en medio de un tumulto, aunque eso sí, la mayoría extranjeros. El comienzo del verano en Madrid, los casi cuarenta grados centígrados, el peso en las miradas lentas, más y más lentas conforme pasa la mañana, como queriendo apagarse bajo los rayos del sol. Y al final algo sucede que concede de nuevo al mundo la facultad de respirar. Así ha sido siempre.

Todos los veranos son casi iguales en Madrid, pero hay algo diferente este año. La gente se queja igual, pero habla menos de política. Hace apenas seis meses parecían estar más enojados, casi furiosos, descontentos. No había taxista que no lo dijera, ni el panadero, ni el de la pescadería, ni el de la fila, ni el tabernero. Todos hablaban del desastre que vendría. Los de izquierda y los de derecha cada vez más radicales, con las palabras alzadas, con la advertencia permanente. Algo terrible va a suceder decían. Unos culpaban a los “nietos de Franco”, otros a los comunistas. Y los políticos apenas podían verse de frente, apenas rozaban sus miradas resentidas.

Algo sucedió o algo no sucedió. Los discursos son hoy más moderados, aunque continúan los reproches entre los políticos, las acusaciones, los engaños. Pero hay un ritmo diferente. Hay un ritmo. Incluso en las palabras que no se pronuncian. Y en el deseo de seguir respirando, sin que las manos se pudran.
Están llenas de extranjeros las calles de Madrid. Aún en el barrio de Lavapiés, donde hasta hace poco los turistas apenas se acercaban. Por ahí roban, les decían, tengan cuidado. Quizá sigan robando igual o lo hagan más. Pero los turistas se acercan a las tabernas más antiguas de Madrid a tomar cerveza o tinto de verano. O se sientan en las terrazas de la Plaza Tirso de Molina a ver pasar a otros turistas, a un borracho, una china con flores, una pareja de ecuatorianos con tres hijos, un anarquista vendiendo una revista, un hombre rubio y muy alto que pide unas monedas.

Un violinista desafinado, un indio quieto que se mueve cuando los niños le tiran una moneda. Todo sigue igual en Madrid y algo ha cambiado. Quizá hay hoy más gente que pide una moneda. Una ayuda para comer, dicen con acento polaco, o ruso o rumano. Quizá es la vida que se ha puesto más cara, ya un euro no es nada, cuenta el carnicero que no vende ni la mitad de lo que vendía hace un año. Es que se antoja más el pescado con el calor, le digo sin convencerlo de nada, sin convencerme. Pero al final algo sucede que me sonríe.

Ni se te ocurra ir al rastro, me dijeron mis amigos, como si no hubiera ido decenas de domingos al rastro en Madrid. Nada más por ver qué hay, cuánta gente, los colores de los puestos, los collares y los libros rotos, los santeros recién llegados de la isla, Santa Bárbara bendita. Los sueños en frasquitos de colores. Para curar el cansancio, para aliviar la tristeza, para el pulmón, el hígado, para que no vuelva a enfadarse con nadie. Para soñar. Y claro que sí fui al rastro, a pesar del calor y de que los rateros andan sueltos los domingos en Lavapiés, donde Francisco Ciés, el Curro, el tabernero de mayor prestigio de toda la calle Mesón de Paredes, me esperaba sin saber que llegaría precisamente hoy a visitarlo. Me lo decía el corazón, me dijo una y otra vez cuando me vio entrar corriendo a la taberna. Y cuando me abrazó lloró. Está convencido de que fue su corazón lo que me trajo a Madrid. Porque este lunes lo internan en un hospital. Yo no sabía nada Curro, le dije sin convencerlo porque él me mandó llamar con su corazón para que lo viera antes de que los médicos de la clínica Puerta de Hierro le abran la espalda para limarle no sé cuántas vertebras que tiene dañadas desde hace ya años, cuando un toro lo revolcó en un ruedo de Andalucía. Ya ves, me dijo el Curro, aquí estás y me contó que hace poco quiso hablar de mí frente a unos zacatecanos que llegaron de pura casualidad a la taberna, pero se le borró mi apellido. Se llama María, les decía segurísimo de que con el nombre es más que suficiente, pero no. Se acordaba que mi apellido tenía que ver con el algodón, pero nada más. Curro, le dije, no todas las cortinas son de algodón y en lugar de soltar una gran carcajada me dijo que pasara a la cocina a decirle a Merceditas, su compañera, que así como entrará a la clínica saldrá. De pie. Siempre de pie, Curro, siempre de pie.

Al final de la mañana conocí a un madrileño negro. Un madrileño alto, altísimo que llegó hace unos cuántos años de Senegal. Fue uno de los tres sobrevivientes de un grupo de 21. Olvidé su nombre, tiene que ver con mar. Salti, o algo así. Llevaba una camiseta con la bandera de España. Es que hoy jugamos contra Italia, me dijo cuando me vio mirarle la camiseta, tan amarilla como su mirada. Tan viva, tan abierta, tan calurosa como el verano en Madrid.
Terminé el día sentada escribiendo al lado de mis grandes amigos que son los Aura, Milagros incluida. Ellos están pendientes del resultado del partido de futbol, mientras yo me limitó a constatar que al final, algo sucede que nos regresa la luz, el viento, el deseo de creer que la vida anda suelta. Nada más hay que mirarla.

Leer más...

jueves, julio 3

Memoria Rota

En la Calle Rosales una tarde

Miré pasar un trozo de mi historia

Comenzaba el verano y Madrid

Me tomó en brazos

Por la noche el viento levantó la mirada

Al sueño y volví a ver

Mis pedazos sin mi

No me quedó otro remedio que bailar

Como una loca

Sobre el cristal de la memoria

Roja de sangre roja

El alba se bebió una copa de vino

Entre mis sábanas

Leer más...

miércoles, julio 2

De cuando el Zócalo recuperó la memoria

A Alejandro Aura

Lo hicieron los que estuvieron antes, pero él fue el primero en hacerlo para los que estamos hoy aquí. Lo hizo para los que creemos en el canto, en el arte, en los libros, en la lectura en voz alta, en las palabras que vuelan, como aves sin máscara, por las calles de la ciudad de México. Y lo hizo también para él: para poder continuar el vuelo. El vuelo que le levanta el alma y con ella se alza la nuestra.

Alejandro Aura tuvo la generosa ocurrencia de recuperar la mayor plaza pública de la ciudad: el Zócalo. Y lo primero que hizo desde el entonces Instituto de Cultura de la ciudad, fue organizar hace ya 10 años, un baile público con Celia Cruz. No se cobró nada, ni un quinto. La gente, cuando se enteró del baile, creyó que Alejandro había enloquecido. Que no era posible, que eran puros inventos de un poeta que salía en televisión con una bola de mujeres y que tenía una voz de seductor que daba vértigo. Además costaba creer que la mismísima Celia Cruz en persona se presentaría en el Zócalo. Y sí, claro que fue. Y puso a bailar a todos los que sí creyeron que la iniciativa era real y a los que lo dudaban, pero se dieron su vuelta, por si acaso la reina de la salsa se aparecía en la explanada.

Después de ese concierto ya nadie lo puso en duda: Alejandro Aura era capaz de todo. Los capitalinos pudieron escuchar gratis a Manú Chao, Café Tacvba, Chavela Vargas, Madredeus, Willie Colón, entre muchos otros. Y luego comenzó a llevar incluso a grandes escritores como José Saramago, el Premio Nóbel portugués de Literatura que todavía a estas alturas no puede creer que en el corazón de la ciudad de México tuvo la presentación con más audiencia de su historia. Y todo al aire libre, frente al Templo Mayor y la Catedral. Frente a la historia que cuenta lo que fuimos y la que nos recuerda lo que somos. La gente, cuando escuchó que había un escritor famosísimo, se fue arrimando a enterarse qué era eso de presentar un libro. Y se quedó durante toda la tarde escuchando la palabra de uno de los escritores que mejor conoce el significado de la dignidad.

Pero Alejandro no se conformó. Al rato ya estaba organizando ferias del libro, fiestas populares y exposiciones, lo que transformó totalmente al Zócalo. No es exagerado decir que en esos tiempos la plaza fue el centro cultural más grande del país. La cultura entonces se colocó otro rostro, al tacto de la gente en la calle. En la calle de todos.

Los hombres y mujeres de antes ya lo sabían. Pero Alejandro le recordó a todos los habitantes y visitantes del Valle de Anáhuac de hoy, que las calles y las plazas no son propiedad de nadie, por que son de todos. Fue su pura voluntad la que le tiró un balde de vida al Zócalo y, aunque a los artistas e intelectuales les pagaban poco, realmente muy poco, no les importaba. Ellos se sentían parte de esa locura de Aura de tomarse por asalto las calles y plazas de la ciudad, utilizando como arma a la cultura. Su ganancia era un notable incremento en sensibilidad. En la de ellos y en la de la gente que acudía a verlos al Zócalo, a convivir con ellos y con los otros, prácticamente cada fin de semana. Cuentan que cuando se presentó Café Tacvba, la plataforma de la plaza comenzó a moverse igual que los postes de luz de los alrededores. Algunos entraron en pánico, convencidos que se trataba de un temblor. Pero no, fue la consecuencia directa de los saltos que daban los cientos de miles de personas que escuchaban al grupo. Literalmente, entre Café Tacuba y su público, cimbraron el primer cuadro de la ciudad. Un cuadro de vida sobre las entrañas de agua de la plaza.

Este domingo por la mañana le llamé por teléfono a Alejandro Aura a su casa de Madrid. Una casa de luz, una selva de energía y aromas. Pero Alejandro este domingo estaba triste. Cansado. Sin ganas de cocinar ni comer ni leer ni nada. Cansado de darle día con día la batalla al maldito cáncer. Al colgar le llamé a Enrique Strauss, su cuate de toda la vida, para poder pronunciar en voz alta mi tristeza. Y Enrique Strauss le llamó para recordarle que debe otra vez alzar el vuelo, porque cuando lo alza se levanta su alma y con ella, vuela la nuestra. Y que nos hacen falta las flores que le salen de la mano cuando se pone a crear.

Después de hablar con Enrique, me llegaron una tras otra, cientos de imágenes de lo que ha hecho por la ciudad, Alejandro. Las exposiciones, el Faro de Oriente, la promoción de la lectura y miles más. Y me dieron ganas de leer alguno de sus poemas en los que expresa, como pocos poetas, lo mucho que quiere a su ciudad. Entonces encontré el poema en el que nos cuenta que los bienes de la ciudad fueron hechos por los que estuvieron antes y por nosotros/como flores nos salieron de las manos/todas estas casas y estas calles/y estos líricos hilos de la luz/Y este humo espeso/que nos volvió ciudad de llanto.

Leer más...

martes, julio 1

25 años de amor y de locura

La Ciudad de México me ha habitado siempre. Aun en mis años lejos de ella, se ha mantenido prendida en mi memoria, en mi piel, en mis sueños, en mi alma. Desde mis primeras incursiones en el periodismo, la ciudad fue para mi, un tema recurrente; como si tuviera la certeza de que es imposible escapar, dejé entonces de huír. Igual que muchos artistas, periodistas, escritores y gran parte de sus habitantes, la he repudiado y amado al mismo tiempo. La he padecido y disfrutado; le he reclamado a gritos sus ofensas y defendido por igual, su virtud de seducir a dentelladas.
Ordenando papeles encontré en estos días los primeros artículos que publiqué en la revista Proceso, donde aprendí el oficio de periodista. Y encontré también a la ciudad de antes del terremoto, la ciudad anterior a los cambios políticos que le dieron una nueva figura. La ciudad que a todos los que entrevisté en mayo de 1982, perturbaba, inquietaba y sobre todo, los llamaba a vivir.
José Luis Cuevas, Elena Poniatowska, Alejandro Aura, Juan García Ponce, Fanny Rabel y muchos otros, la describieron entonces como un demonio, una mujer horrenda y desahuciada, agresiva y delincuente, la ciudad en la que, sin embargo, todos ellos vivían desde entonces, en la que la mayoría de ellos nacieron y donde algunos han muerto. Faltaban todavía cinco años para que los capitalinos pudieran elegir a través del voto a su gobernante y ya algunos, como Juan García Ponce, soñaban con que algún día llegaría un “regente genial a resolverlo todo”. Para el historiador Federico Hernández Serrano, quien en esos días dirigía el Museo de la Ciudad de México, el problema de fondo era el olvido. La gente se ha olvidado de su ciudad, se lamentaba, nadie conoce su historia ni se interesa por su origen. Nadie puede hacer algo por ella, me dijo. A diferencia de García Ponce, José Luis Cuevas no guardaba ninguna esperanza. Nada ni nadie podrá recuperarla, decía el pintor quien, sin embargo, tuvo y sigue teniendo a la ciudad como su permanente fuente de inspiración. Aunque ya entonces añoraba, recordaba con nostalgia los barrios de La Candelaria de los Patos, San Miguel y Puente de Nonoalco donde trabajó, pintó, creó sus dibujos con personajes como las mujeres prostitutas de la calle del Órgano. Una calle que hace 25 años era ya sólo un nombre, un recuerdo, un dolor.
A Alejandro Aura no lo entrevisté entonces, pero sí lo cité en mi artículo. Unos años atrás había recibido el Premio Aguascalientes de Poesía por su libro Volver a Casa. Un libro, íntegro, dedicado a la ciudad. Su ciudad. Decía entonces Alejandro que la última calle de la ciudad no existe. Y es que la ciudad seguía creciendo. Y aún hoy no ha dejado de hacerlo. No es posible, escribió Aura, contar las calles. No es posible manejar la ciudad. Hay que estar inventando palabras nuevas, para simular que la situación se ha dominado.
Hace 25 años Elena Poniatowska ya se sentía agredida por la ciudad. Al recorrerla en automóvil, me contó, sentía un gran temor. Temor a convertirse en agresora. “Cualquier avenida, decía, es un riesgo mortal, una aventura suicida”. Y desde entonces Elena alzaba su voz contra la corrupción, la torpeza, la apatía y la pésima planificación. También la artista plástica Fany Rabel sentía la agresión. Más aún, por ser mujer. Y temía que la ciudad, “algún día llegara a aniquilar las fuerzas de resistencia del ser humano”. Pero Fanny Rabel, permanecía a su lado. Y la convirtió, no solo en parte de su obra, sino en su obra. La miseria citadina, la opresión, su propia angustia en el pincel.
Leo y releo las palabras que hace un cuarto de siglo pronunciaron los artistas y escritores sobre la ciudad y siento que recorro esa ciudad con otras piernas que dicen lo que escribo. Y vuelvo a respirar la insólita soledad que se respira hoy en la ciudad. La soledad de los rostros invisibles y a la que artistas y escritores acusan, en la que se angustian y a la que le reclaman. Un reclamo que, sin embargo, no alcanza el tamaño de su amor.
Hace 25 años Cuevas todavía no le había dado forma a su Giganta, y ni siquiera se imaginaba que el Convento de Santa Inés sería la sede de su museo en pleno Centro Histórico de la ciudad. Pero ya hablaba de la urbe como quien habla de una mujer. Una mujer, decía, a la que se ha amado tanto que ni su marchités y deterioro físico nos impiden seguir amándola. Amada la ciudad, siempre amada también por García Ponce quien estaba convencido de que solamente la gente enamorada ha sido capaz de vivir en ella. “Los que viven en la ciudad, me confesó entonces, lo hacen forzosamente por amor”.
La ciudad como el sitio donde ocurren fantasías y milagros por amor, así la vieron y la siguen viendo. La ciudad de la que no nos iremos, aunque nos vayamos. Como Alejandro Aura que le pidió hace 25 años que lo escuchara. Y le lanzó la advertencia: Óyeme decir que no me iré/la ciudad se morirá conmigo/yo estaré en su fundamento.
Nada ha cambiado tanto. Menos, mucho menos, el amor que sienten por la ciudad los creadores. Quizá algún día ocurra el milagro. Y la ciudad deje de ser el lugar donde los hombres acarician el mal. Entonces estaremos todos en su fundamento.

Leer más...

martes, junio 10

Octavio Paz y un poema en la Ciudad

Cuando Octavio Paz cursaba el bachillerato en la ciudad de México, soñaba con hacer un viaje a España. Quería llegar a Madrid y, con equipaje en mano, tocar a la puerta de la Residencia de Estudiantes. Para él y miles de los jóvenes mexicanos de su generación, la Residencia era una referencia obligada, un mito casi, un sueño. El sueño de poder compartir sus ideas, su creatividad, sus esperanzas y sus deseos con personajes como Federico García Lorca, Luis Cernuda, Miguel de Unamuno, Luis Buñuel, Juan Ramón Jiménez, Salvador Dalí y muchas otras figuras de la cultura española del siglo XX que solían acudir ahí como visitantes o residentes. En 1934, la guerra civil acabó con la Residencia y mutiló las voces y los sueños de una de las generaciones más generosas, creativas, influyentes y sensibles de la cultura española. No obstante, en 1937, en plena guerra, Octavio Paz viajó a Madrid, invitado por Pablo Neruda al Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Sólo que no encontró a muchos con quienes había soñado dialogar, reír, inventar, beber una copa de vino, leer en voz alta y volver a reír. Muchos de ellos estaban ya en el exilio; García Lorca había sido asesinado un año antes y la Residencia y la guerra habían cerrado las puertas a la razón. A la razón y a los sueños.


En 1989 a Octavio Paz se le cumplió su sueño. Invitado a participar el Ciclo Poesía en la Residencia, habló entre otros temas, sobre la ciudad. De su colectividad y de su soledad. De los pasos que resuenan en una calle ajena a aquélla en la que se camina. De la niña que escribe la escritura de Paz. De Luis Cernuda, el poeta andaluz que recorrió solitario las plazas y calles de México donde murió. “Pájaro por las alas, hombre por la tristeza”, dijo de él Paz al público que lo escuchaba y que recordó las andanzas de Cernuda en el exilio y en particular en México donde deseó, amó y tuvo entre sus escasos amigos a Paz.

Paz comenzó su lectura en la Residencia con poemas escritos en su ciudad. La ciudad para Paz eran las plazas, las calles, la multitud, pero era también el sitio donde los solitarios habitan, los solitarios sin nombre, aquéllos que acompañan, solos, a nadie. La ciudad, dijo esa tarde Paz, representa los dos polos de la existencia moderna: el momento de la colectividad y el de la soledad más intensa. La más profunda. La verdadera y única soledad.

Cuando después de muchos años de vivir fuera de México, Paz regresa a su ciudad, la encuentra transformada, desastrosa, lastimada por el progreso. No tenía nada que ver con la ciudad en la que nació, creció y que tanto admiró. Fue cuando escribió su poema Vuelta; cuando aseguró haber vuelto a donde empezó, sin saber si había ganado o perdido. Desde Mixcoac, desde aquél Mixcoac de Paz donde el tiempo se tiende a secar en las azoteas, escribió Paz lo que leyó años después en Madrid. Y volvió. Volvió para decir, para reafirmar que no quería una ermita intelectual en San Ángel o en Coyoacán. Y terminó el poema sin que dijera qué quería. Ni cuál es la respuesta sobre cómo acabar con la amenaza del mundo moderno. Cómo evitar el desastre ante el progreso. El poema Vuelta, dijo Paz en la Residencia de Madrid, es sobre la realidad de México, pero no sólo de México, sino también sobre la realidad del mundo amenazado en sus fuentes más puras. Eso dijo Octavio Paz y la gente más tarde preguntó dónde está la respuesta, dónde. Y Paz propuso buscarla en el espacio interior. Adentro. En cada uno de nosotros hay una respuesta, dijo.

Una respuesta tumbada sobre la historia. Una salida.

Aunque Paz no consiguió llegar a la Residencia de Estudiantes en su primera etapa, fue encontrando en diversos países del mundo, a varios de quienes la habitaron. Después de su participación en el ciclo de poesía de 1989, Paz volvió a la Residencia en dos ocasiones, en 1992 y en 1993. La ciudad tenía entonces aún más heridas que las que encontró cuando regresó a México. Muchas más de las que llegó a tener cuando Paz soñaba con ser uno de los estudiantes de la Residencia de Madrid. Pero también Madrid es hoy una ciudad con otro rostro. Con muchos rostros. Y ambas ciudades, México y Madrid, mantienen la memoria abierta. Ambas pronuncian sin descanso las voces de sus poetas. Muertos y vivos, los poetas se escuchan en las calles de la ciudad de México. Se sienten sus pasos en las calles. Esa es quizá la respuesta, una de las respuestas, que concede la propia ciudad a la amenaza. Abrirse a la creación, pronunciar en voz alta a sus creadores. Al centro de la soledad, en medio del caos, un poema salta cada tarde de entre la multitud. Y, recordando a Paz, le quita una a una las vendas de las sombras.

La ciudad está viva.

Leer más...

domingo, junio 1

Carlos Monsiváis y la ciudad de luz

Sonrió casi todo el tiempo. No lo he visto en demasiadas ocasiones, pero la semana pasada estuve presente en dos actos de celebración de sus 70 años y me dio la impresión de que Carlos Monsiváis comienza a disfrutar con mayor soltura de los homenajes que la ciudad, sus amigos, la Academia, las artes y muchos otros, preparan para él. El primero al que asistí fue en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento el miércoles pasado. El Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, le entrego la medalla-escultura 1808. Carlos Monsiváis la recibió, la miró, la acarició casi y sonrió, la sonrisa de la ciudad de agua y luz que Juan Manuel de la Rosa diseñó para él sobre un trozo de oro con forma de grano de maíz. Como en los tiempos antiguos, el sol, el agua, el maíz, en el origen de la vida. El origen que en ocasiones borramos de nuestra memoria. Y al hacerlo, dejamos de soñar, nos vamos quedando sin alma.

Carlos Monsiváis cumplió 70 años hace 22 días y no paran los festejos. Y es que son muchos, muchísimos los aportes que ha hecho a la cultura y al avance social y democrático de la ciudad. Uno de ellos es precisamente el tejerle una memoria. Durante décadas la ha venido creando con el hilo de su mirada hecha palabra. Con razón Ebrard le dijo que la ciudad sería otra sin él. Otra. Más apretada, con heridas más profundas; o con las mismas, pero que nadie vería. Una ciudad de ciegos, eso sería. Y menos, mucho menos amorosa. Sin Monsiváis, las almas no se irían frotando en el vagón del Metro, como lo describió en su discurso de agradecimiento. Ni tendríamos conciencia del depósito histórico de olores y sabores que es nuestra ciudad. Al lado de Monsiváis, sus textos y sus ocurrencias, los habitantes de la ciudad hemos aprendido a mirarla. A mirarnos en ella y en los otros. Hemos aprendido a tolerar a los otros. A convivir. A pesar de que, como él mismo lo dijo, la ciudad es todavía y sobre todo, un cúmulo de problemas, de cuerpos a la deriva, de desempleo, de calles y avenidas sobrepobladas. Pero a pesar del caos, es una ciudad que aprende, cambia y avanza, sin que la veamos arrastrar los pies.

Estaban casi todos sus amigos. Elena Poniatowska, la más antigua, dice Monsiváis, Alejandra Moreno Toscano, José María Pérez Gay, Juan Ramón de la Fuente, Jorge Volpi, Luis Mandoki, Héctor Vasconcelos, Nacho Toscano, Guadalupe Loaeza, Consuelo Sáizar, El Fisgón, Rius, Margo Glanz, Enrique Márquez, el Coordinador de la Comisión del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución en la Ciudad de México, quien le organizó este homenaje. Y es que no sólo la Independencia y la Revolución cumplen años, también nuestros creadores cumplen años, dijo un día Márquez y se lanzó a la tarea de organizarle su fiesta a Monsi. Después de la ceremonia se fue Monsiváis con sus amigos a comer al Museo del Estanquillo. Muchos decidieron caminar del Zócalo al Estanquillo. Lo hizo el homenajeado que apenas salió a la calle y ya la gente le estaba pidiendo por favor maestro, una foto con usted que los cuates de mi calle no me lo van a creer. Y Monsi, que no dejó de exhibir su sonrisa casi infantil, casi felina, colocó su brazo sobre el hombro del joven que seguramente a estas alturas ya puso la fotografía en la pantalla de su celular.

Monsiváis llegó a la puerta del Museo del Estanquillo casi al mismo tiempo que Ebrard, que en cuanto se bajó del coche le dijo que mejor se hubiera ido con él caminando, si no hubo ni una gota de lluvia, ni reclamos, ni actos de protesta, ni una queja. Todo lo contrario, la sonrisa de Monsiváis acompañada de las sonrisas de quienes se detenían a verlo. Mira jefa, es un escritor muy famoso, un chingón, explicó una mujer de mediana edad a su mamá.

La comida terminó como a las seis de la tarde. Todos los invitados salieron con un papalote en la mano. El papalote que diseñaron para él sus amigos Francisco Toledo y El Fisgón como regalo de cumpleaños. Monsiváis dibujado en el papalote que los también artistas del Taller Arte Papel Oaxaca se encargaron de elaborar en Etla. Molieron la fibra, la secaron, la tiñeron le dieron forma de papalote y le estamparon la imagen de Monsiváis con sus anteojos de mica café que le colocó Toledo muerto de risa por la ocurrencia de hacer volar a su amigo con todo y anteojos.
El otro acto al que asistí fue el sábado pasado en el Centro Cultural Indianilla donde se presentaron once Libros de Artista. Los autores decidieron dedicar la exposición a Monsiváis. Y ahí, en ese espléndido local que Isaac Masri consiguió rescatar al olvido, Monsi volvió a sonreír y a dar las gracias a Manuel Felguerez, Sergio Hernández, Daniel Macotela, Juan Manuel de la Rosa y otros artistas que participaron en la exposición. Le dio las gracias a Isaac por padecer el delirio de creer que es posible cambiar al mundo, soñando otro mundo. Tejiendo, como el propio Monsiváis lo hace, uno a uno los deseos que aparecen en los sueños. Para cincelarlos en la memoria; para devolverle a la ciudad su alma. Su alma de sol y de agua.

Leer más...