jueves, octubre 23

Carlos Fuentes y el dolor de creer

“Arrastraban los cuerpos y las cabezas (…)
una montaña de cabezas mirándose sin verse allí.
Como se cansaron de decapitar
a los demás nos dejaron afuera”
(Carlos Fuentes en “Todas las familias felices”)

Que es el novelista de la burguesía; que él mismo parece un empresario de alcurnia; que tiene unos modales exquisitos, habla cuatro o cinco idiomas, ha viajado por el mundo desde que nació y por si algo faltaba tiene un excelente gusto. Todo eso escuchaba yo decir de adolescente en la sobremesa de la casa de mis tías. Se referían a Carlos Fuentes. Hablaban más de él que de su obra, por lo que yo crecí convencida de que, en el mundo de mis tías, el escritor estaba siempre en un segundo plano, y en el hombre, en cambio, estaba la vida, la atracción, el objeto mismo del deseo, ya un poco marchito, de mis tías.
Cuando lo conocí comprobé que en efecto, es un hombre gentil. En las no se cuántas conferencias o ruedas de prensa a las que asistí en diversos países del mundo, siempre comenzaba la sesión de preguntas con México. “Que comience México”, decía Fuentes y me señalaba con su sonrisa azul, una sonrisa que parecía feliz.

Terminé de leer hace poco Todas las familias felices, su más reciente libro de cuentos. No he dejado de recomendarlo, se quedó como hilvanado en mis manos; no consigo soltarlo de mis conversaciones ni de mis sueños. En la calle, en el Parque Hundido, en la carretera que conduce a los volcanes, en la que va al Desierto de los Leones, en Tepito, en los ojos de los niños desamparados, en los cuerpos de las madres que paren a golpes en las calles, en un cabaret cercano al Monumento a la Madre, en todos estos sitios rondan los personajes de Carlos Fuentes. Un Carlos Fuentes que conoce tan bien su ciudad que no puede dejar de amarla, aunque la odie, aunque la deteste, aunque le tenga rencor.

Hay rencor en Todas las familias felices. Hay rencor no sólo a la violencia callejera, sino a la que ejercen los poderosos, los jóvenes que viajan a Las Vegas, los que se sienten con el derecho a poseer a todas las mujeres que miran. Lo hay también en los sacerdotes que viajan, de pueblo en pueblo, acompañados de una niña. Hay rencor, pero sobre todo hay denuncia. Una denuncia que transgrede la ficción, que dispara olores pestilentes, que hiere, que hace sangrar al alma.

Todas las familias felices es un libro valiente. Para el escritor y también para el lector. Es como tener un cirio encendido en la montaña, es ver a la llama cambiar su forma con el viento. Y aguantar. Seguir leyendo hasta el final las historias de muerte y de vida en lmedio de la muerte a las que siguen los coros que Fuentes creó por si faltaba algo, por si no había sido suficiente, por si todavía uno pensaba que era posible terminar de leer uno de los cuentos y quedarse tan tranquilo. No. Da uno la vuelta a la hoja y se encuentra, por ejemplo, con el coro de las familias del barrio que cantan las palabras escritas con voces invisibles. Los niños de la calle que corean las historias de todos los que nacieron en la calle, los que fueron paridos en la calle, porque la calle, dice Fuentes, “es el vientre, los riachuelos, nuestra leche, los basureros nuestro ovario”. Los niños que cantan en la palabra escrita de Fuentes son limpiaparabrisas, franeleros, mendigos, rateros, niños abandonados que viven como pueden y que mueren como pinches cucarachas.

Es un libro valiente el de Carlos Fuentes. Es atrevido también porque hurga en la memoria enterrada. Y consigue que renazcan horrores antiguos, inhumados casi, en el olvido. Entre un cuento y otro salta de pronto El Salvador de los años 70 y 80. El Salvador de los cuerpos tirados en las calles, decapitados. El de los 300 asesinados con fusiles del ejército en las puertas de la Catedral. El Salvador de los niños con las cabezas cortadas a machetazos, el niño sobreviviente que mira la cabeza de su madre atada a una verja. El Salvador que quiso creer en que era posible hacer a un lado el horror y aprendió a empuñar al horror. A hacerlo suyo, a llevarlo prendido años después, en el tatuaje de la piel de sus hijos, las Maras Salvatruchas, las maras madres de todas las bandas. Las maras sin madre.

Hay que agradecerle a Fuentes que nos recuerde lo que sucedió en El Salvador, pero hay que leer despacito, uno a uno, los cuentos y los cantos de Todas las familias felices. Y sobre todo hay que atrevernos a mirar a cada personaje a los ojos, hablarle, arrojarle todo tipo de preguntas sobre su boca abierta y bucearle el alma hasta encontrar el espejo.

Todas las familias felices es también un espejo. El espejo que Fuentes desentierra y coloca frente a México. Un espejo que denuncia sí, pero que también anuncia lo que ya está aquí y lo que está todavía por venir. Para que nos atrevamos a alumbrar la sombra de las palabras. Para que nos atrevamos a enfrentar el reto de seguir creyendo. Aunque el dolor nos reviente la esperanza.

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miércoles, octubre 15

Concha Buika, el caos y la verdad

Fue como entrar a las venas ardientes de la ciudad. De esa ciudad que todavía algunos pensamos que es posible rescatar. La ciudad salvaje, brava, respondona, y al mismo tiempo envuelta en una insólita ternura. Una ternura que arranca los nudos del miedo y del hastío.
Así es Buika, Concha Buika, la cantante española que este fin de semana en el Lunario del Auditorio Nacional de la Ciudad de México, rió, gritó, gimió, lloró y por un momento se volvió la luz de la ciudad, su canto.
Y su sombra, su visible oscuridad.
Nació en Palma de Mallorca hace 37 años. Su madre, al igual que su padre y el resto de su familia, es originaria de Guinea ecuatorial. De ella agarró Buika el gusto por el jazz, y de su calle en Mallorca, el quejido del flamenco y las historias de las coplas. Su propia historia.

Buika se sube al escenario con un programa que canta a medias, que derrama, que trasgrede. Hace lo que le da la gana; se roba las letras de las canciones rancheras, las abraza y se las lleva por callejones improvisados desde donde inventa, le inventa frases a Volver, volver y las suelta al borde de los ojos que la miran sin perderse una nota, un gesto, una sonrisa de Buika que más tarde lo supe, se emociona y se ríe por dentro cuando improvisa. Vive Buika que piensa que ser artista no es cantar, ni bailar, ni pintar, sino hacer de la vida un arte, esculpirla, lavarle el rostro con agua de árbol, desenterrarla en canción, recrearla sin perder lo que fue. Quizá por ello se haya tatuado Buika la piel con palabras que ya dejaron de existir. Y que le dictan su canto.
Cuando canta una copla Buika también quiebra el orden y ya cerca del caos, lo supera, lo ordena, le sustrae el dolor a la copla y al vientre desde donde lo canta. Y es que la copla, dice Buika, más que un canto es un modo de vida. Un modo de vida que crece en el cuerpo, de punta a punta.
Fui al concierto de Buika con el cuerpo cansado de ciudad. La mente despojada del espacio que habitualmente requiere para reposar, respirar hondo y sonreír. Fui al concierto de Buika urgida de paz, de piel, de armonía. Con ganas de encerrarme a llorar en medio de un teatro lleno a reventar. Plagado de gente que quizá buscaba lo mismo que yo, o simplemente quería secarse la lluvia de los hombros. O gozar la voz, la magia de Buika, la de su pianista Iván y a la de Rafa, el tecladista.
Hay quien dijo que Buika se adueñó del escenario. Se atrevió a utilizar una cámara y disparar una, dos, tres veces sobre los dedos de viento del pianista y sobre el húmedo rostro del baterista. Pero cuando le cantó a la nostalgia, al desamor, a la mentira, Buika se apropió de todos los que fuimos a escucharla. Los urgidos de paz, la encontramos. Pero no sólo la paz, también encontramos una cierta inquietud, un hormigueo en las entrañas en señal de alarma. Un deseo de apagar a la muerte que en la ciudad se mira, arrogante, en los espejos de piedra. Y respirar entonces a la vida.
La vida también está en el canto. En la fuerza prodigiosa del canto y de la música, cuando los que la crean, riegan las raíces de asfalto. Y creen y nos hacen creer en la posibilidad de secarnos la lluvia del cuerpo, transparentar el humo incrustado en las pupilas, sonreír y llorar al mismo tiempo que el grito se acomoda sobre una nota que rompe el compás.
Romper para iluminar, para diferenciar. Buika es diferente. Pero no se trata de ser diferente. O no nada más de ser diferente. Se trata también de acercarse como lo hace, a quienes la escuchamos. Tocarnos casi, arrancarnos los nudos del miedo; hacernos sentir que por algún hueco de la ciudad, entramos a sus venas con los ojos cerrados, para verla mejor.

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miércoles, octubre 8

La llorona de Chavela en las calles de la ciudad

Ya se desgració todito, nos dijo con voz firme Chavela Vargas, mientras escuchábamos los testimonios de los familiares y amigos de las víctimas de la violencia que participaron en la marcha que iluminó la mayor plaza pública de México el último día de agosto de este año 2008. ¿Cuándo comenzó?, ¿en qué momento se dejó sentir la violencia?, ¿hace 15 años?, ¿hace 20?, le preguntó a Chavela un adolescente que no recuerda haber jugado nunca futbol ni canicas ni patinado libremente en las calles de su ciudad.
Comenzó el día en que la gente dejó de mirar hacia adentro, respondió Chavela. Adentro de uno mismo, donde antes estaba la cura de todos los males. Y ahora es, para muchos, solo un obscuro vacio. Nada más.
Chavela Vargas no asistió a la marcha. Pero la siguió atentamente por televisión. Parecía triste. Triste de ver cómo todito se desgració, y triste también porque dice que ella ya no verá nunca otro México. El remedio, si lo hay, será costoso, largo, escurridizo. No será fácil que le abran la puerta al remedio, si acaso alguien lo encuentra. Se acabarían los privilegios, el dinero fácil, el batallón de sirvientes, la reserva de escuderos. Se acabaría la impunidad y con ella, aquellos que la llevan enfundada en la cintura. Estallarían.
Chavela Vargas no le achaca la responsabilidad de tanta violencia a nadie. Se la atribuye a todos. O a casi todos. A los presidentes que llenaron de corruptos sus gobiernos. A los funcionarios que exigieron a sus subalternos ingresar a las filas de los deshonestos. A los deshonestos que repartieron la parte que les tocaba del negocio a otros subalternos. A quienes guardaron y guardan silencio, cierran los ojos, voltean su mirada. A quienes arrojaron a los infiernos su capacidad de indignarse. A los que justifican el abuso, las violaciones, la violencia.
Antes, cuando Chavela Vargas era joven, solía recorrer con una multitud de amigos las mismas calles que recorrieron los manifestantes. Solo que no iban vestidos de blanco. Ni llevaban velas. Ni habían sentido nunca los efectos que causa la inseguridad. Solían reunirse en El Ángel y de ahí se iban a comer a lo que hoy es La Fonda de El Refugio. Ya bien comidos y mejor bebidos, entraban al mercado para contratar a la banda de música. Y toda la tarde y gran parte de la noche, caminaban por Paseo de la Reforma, cantando, bailando, riendo la risa pura, sin miedo, limpia como una veladora blanca. Transparente, como el viento que abre el camino a los sueños.
Fue como un sueño, me dijo Jimena de 13 años al día siguiente de la marcha. La busqué para que me contara cómo se sintió en la manifestación, qué sintió, qué miró, qué pensó. Jimena apenas podía ordenar sus frases, quería decirlo todo al mismo tiempo. Jimena que lleva dos años en una institución de apoyo a niñas de la calle, se sintió plena en la marcha. Satisfecha, feliz, íntegra, Jimena gritona sacó en pleno Zócalo todo lo que hace tiempo no podía ni siquiera pronunciar y le estorbaba, le lastimaba, le quemaba casi, me confesó. Lo dije todo, me dijo. Todo lo que ha sentido durante los últimos años, aún estando ya dentro de la institución. Dejó salir su miedo; su impotencia, su rabia de no poder ir a la escuela que iba antes, porque ya son varias las alumnas que han sido violadas al salir por la noche de la secundaria. Y porque dentro de la escuela, las niñas venden las drogas que su mamá o sus tíos, sus hermanos, su padrastro, el vecino, alguien les mete en la bolsa del uniforme. Y si no las venden les dan tremenda paliza, les parten la boca a patadas, me contó Jimena, que fue a la manifestación con un grupo de niñas que están con ella en la institución. Niñas como ella que le conocen el rostro a la violencia y que un día fueron rescatadas de la calle por una organización que creyó en ellas. Fue cuando ellas también creyeron en algo, en alguien, en la vida, en sí mismas. Pero ahora, me dice Jimena atropellada, tenemos otra vez miedo. Miedo a que el odio nunca se acabe. El odio le dice Jimena a la sinrazón.
Ya se desgració todito, dijo Chavela Vargas mientras escuchaba el dolor de las víctimas. Después ya no comentó nada. Pasó casi una hora en silencio. Atenta a la palabra, a la luz, al Zócalo. A ese Zócalo que un domingo de hace ocho años, invitada por Alejandro Aura, entonces director del Instituto de Cultura de la Ciudad de México, la escuchó cantar mirando hacia adentro.
Aún quedan almas que reclaman, dijo Chavela cuando terminó la marcha. Después cantó suavecito, una estrofa de “La llorona”. Y volvió a mirar hacia adentro.

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martes, octubre 7

Pena de muerte a la insensibilidad

Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas.
Efraín Huerta

Caminé por las calles de la ciudad, entrada ya la noche. Vencí el miedo, no pensando en el miedo. Pensé en la soledad de la ciudad, a cualquier hora saturada de automóviles, gente, humo, griterío, pero sola. Una ciudad ocupada que sufre el abandono. Una ciudad sitiada que aúlla entre escombros su tristeza, y duda de las miradas de aquellos que la habitan.
Ya casi nadie la mira.
Ya casi nadie le llama por su nombre, ni le inventa poemas. Ya nadie le canta los cantos de aves y flores que escribieron para ella sobre las piedras y más tarde en los libros, donde los poetas declaraban, abierto, su amor a la ciudad. Pero hoy está rota la ciudad, dividido en dos su cuerpo de asfalto y yerba.
Dicen que habrán de salvarla. A la ciudad de México y a todas las ciudades del país. Que van a encerrar a los criminales, a barrer con una escoba de plomo a los secuestradores. Dicen que van a emprender una cruzada sin tregua contra los delincuentes. Ojalá encarcelen también a quienes le arrancan a los sueños los ojos; ojalá cuelguen de un poste inmenso al miedo, la rabia, el dolor, el hastío, la ansiedad que produce la escasez de espacios donde rozarle la piel a la ciudad de antes. La ciudad que se entregaba lentamente a los niños que reían, como Efraín Huerta lo consignó en su poesía. La ciudad pura, cariñosa, en cuyos jardines los pájaros solían vivir limpiamente.
Los hombres y las mujeres reclaman. Reclaman de otro modo también los recién nacidos, los niños que ven la televisión siete, ocho horas al día, los jóvenes apuñalados, los que bailan, los que se conectan a las páginas pornográficas dos o tres veces al día, porque no hay manera de salir, es tarde, te vaya a pasar algo, no me deja mi mamá estar en la calle, le dicen sus amigos a mi hijo. Y reclaman también los mayores que aman todavía a la vida, como mi madre, que a sus 84 años baila de tanto en tanto cha cha cha y sale en busca de música y sabores, aunque haya perdido un anillo, tres bolsas y dos relojes a tirones.
Los procuradores, las autoridades todas se comprometen a responder con celeridad. Dicen que saben que de no hacerlo, se corre el riesgo de vivir en el caos más terrible de la historia. El caos que ya vivimos. El caos dentro del caos y afuera del caos, la sombra. La impunidad abriendo la puerta a un discurso que pretende apuñalarlo. A gritos acabar la impunidad, a ladridos, a berridos, a golpe de caos, lo que todos reclaman es una ley que otorgue pena de muerte a la impunidad. A toda impunidad.
La impunidad que ejercen aquellos que deciden quién habrá de salvarse del caos. Quién tiene el derecho a asistir todos los días a la escuela, llegar a la universidad, obtener un trabajo y un puesto en el poder. Y quién en cambio, tendrá que abandonar las aulas para trabajar en una casa, en un basurero, en un restaurante, en una esquina. La impunidad que arroja a las calles a menores de edad, la que concede servicios de salud a medias, la que permite que aún existan en México niños que mueren de hambre. O que a los cinco años ya han sido violados en dos, en tres ocasiones.
Que se vistan millones de personas de blanco, que enciendan velas, que salgan a las calles de todo el país; de todos los países donde se escuchan las voces de México. Que lo hagan y no dejen de hacerlo nunca. Que sigan iluminando las calles hasta incendiar el caos, la inseguridad, la corrupción, la tristeza, la soledad de la ciudad, la impunidad y los ojos cerrados de la ley.
Que abran los ojos las autoridades, que ya no pronuncien tantísimos discursos, que se dejen de firmar y firmar uno y otro acuerdo; que entiendan, que sientan la urgencia, que hagan lo que tienen que hacer y que castiguen, con cadena perpetua, su propia insensibilidad. Esa es la demanda, el grito, ese es el sueño.
Y más allá del sueño, ya despiertos, hay quienes, de blanco o de colores, diseñan estrategias para detonar, al centro de la ciudad, el poema que la salve y le devuelva su ancho corazón de piedra y aire que algún día le miró otro poeta. Antes de que muera.

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miércoles, septiembre 17

Mujeres pecadoras

Padre, confieso ser culpable de que un montón de hombres hayan pecado, le juro que no se qué me sucedió; padre, no tengo ni la más remota idea en qué estaba pensando cuando me puse la minifalda que me mandó de Estados Unidos la hermana de mi mamá, bien ajustadita; padre, se me ve muy bien, pensé yo, siempre quise tener una así, y no medí las consecuencias. No se me ocurrió pensar que al nomás salir a la calle pondría en apuros a los hombres, a todos los hombres que volteaban a mirarme y en cada mirada un pecado limpio, directo, sin deseo de pecar, padre, pero pecando.
No se que me sucedió, le digo que me atreví a ponerme también la blusa pegadita que hace juego con la falda, se me ve linda, pensé yo, nunca antes me había sentido tan bien, tan bonita, tan segura, padre, eso pensé y me lancé a la calle con la minifalda y la blusa que me mandó mi tía desde Estados Unidos, como regalo por mis 15 años, padre. Le juro que no quise cometer el pecado de hacer pecar a tantos hombres que no hubieran pecado si no me ven salir con mi faldita nueva y mi blusa pegadita.
Los pobres hombres se me quedaban viendo sin decirme nada, ni darme los buenos días, ni nada, padre. Nomás me veían y me veían con unos ojos que yo no reconocía como ojos humanos, y que ahora sé que son los ojos del demonio que se les metió en el cuerpo por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Por no haber tenido piedad de los hombres que ya de por sí la tienen muy difícil en este mundo, como si no tuvieran suficiente con todas las tentaciones que se les presentan a la mitad del día, en la noche, por la madrugada, como para que salga yo con mis piernas al aire, con mis hombros al aire, con mi sonrisa, porque le confieso, padre, que también iba sonriendo, feliz de estar estrenando, después de tanto tiempo de tener la misma ropa, feliz de tener una falda de moda, una blusa que me hace ver rete bonita, padre, feliz de por fin haber cumplido 15 años, pero claro, no supe lo que hacía y menos cuando comencé a platicar con un grupo de chavos de mi colonia, padre, yo los conocía, los había visto siempre, algunos hasta habían sido cuates míos, padre, habíamos jugado canicas de niños, le juro que nunca pensé que también ellos podrían ser víctimas de esos malos pensamientos que les nublan la vista y la razón, y los llevan a cometer un pecado tras otro, limpios, directos los pecados, aunque no quieren pecar, pero pecando.
Todo eso ahora ya lo sé, padre, y pido perdón por el pecado que cometí de obligar a otros a pecar. Ahora ya sé que eso es peor que nada más pecar, y le vengo a ofrecer mis disculpas, padre, con la promesa de no volver a usar ese tipo de ropa del demonio y no mirar nunca más a los hombres a los ojos, ni sonreírles, padre, ni hacer ningún gesto, ni alzar la ceja, cerrar un ojo, acomodarme el cabello que cae sobre mi frente, nada volveré a hacer que provoque a los hombres.
También le prometo, padre, que nunca más voy a quedarme sola con un hombre, aunque sea mi cuate, mi hermano, mi tío o mi papá. Le prometo que no volveré a estar del lado de la perversidad y que cuidaré cada uno de los movimientos de mi mirada tanto como mi ropa. Haré todo cuanto sea posible por no reírme cuando alguien cuente un chiste de doble sentido, padre. Le juro que fingiré que no entiendo los albures, y que nunca en la vida diré algo que pueda mal interpretarse, primero me corto la lengua, me vuelvo muda, meto los ojos en ácido para quedarme ciega; me visto con abrigo, aunque tenga que robarlo, padre. Primero me mato, padre.
Me comprometo también a escribirle a mi tía que vive del otro lado, para decirle que ni se le ocurra volver a enviarme un regalo tan pecaminoso y haré hasta lo imposible por convencerla de que tal y como lo estoy haciendo yo, confiese el pecado de hacer pecar a los hombres y que prometa a la virgencita santa que no volverá a maquillarse los ojos, ni a pintarse la boca, ni hablará más con ningún hombre que no sea su hijo el menor y que deje de usar, de una vez por todas, vestidos con escote. Le explicaré, padre, que si las maras y las pandillas están haciendo de las suyas en la frontera y la ciudad, es por culpa de la tentación en la que caen cuando las mujeres nos ponemos nuestras minifaldas o platicamos o nos carcajeamos frente a los hombres. Luego que no digan que no hay razón para que maten, asesinen, violen, extorsionen, le voy a decir todo eso, padre, para que entre en razón. Para que ayude a que el mundo sea mejor, para que ya no haya tantísima niña que se va a vivir a las calles porque su padre las obliga a quitarse la minifalda y luego las abraza, las golpea, les da de patadas, las lleva con el vecino para que aprendan a no ser tan ofrecidas, tan descaradas, tan culpables de tantos pecados.
Padre, rezaré todos los días cinco rosarios, no volveré a enseñar ni un milímetro de mi cuerpo, ni contaré un chiste más, aunque me lo haya contado usted, padre, le juro que no lo repetiré, ni le diré a nadie que este niño que traigo en el vientre es suyo, pero por favor, padre, por favor, no permita que le suceda lo mismo a mi hermanita que apenas va a cumplir los trece, ayúdeme a convencerla de que no use la minifalda que yo dejé guardada en un cajón, antes de que la echaran a patadas a la calle, padre.

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domingo, agosto 17

Milagros de Aura

No es la primera vez. He escrito sobre él en varias ocasiones. He contado las anécdotas de cuando compartíamos en España un programa de radio, un cargo en la embajada, decenas de veladas, tragos, caminatas, largas pláticas en la cocina de su casa de Madrid. He publicado no sé cuántas notas sobre su huella en la ciudad de México, sobre su poesía, sobre su facultad de ser un gran amigo; el que te consuela con un taco de carnitas hecho en Madrid, el que te arropa con un mezcal que Fernando del Castillo y Juan Manuel de la Rosa le llevaban en garrafas de plástico desde Zacatecas o San Luis; el que te regaña porque los frijoles no llevan ajo, los jitomates para las tostadas se rebanan delgadito, las tortillas no se echan al comal cuando está frío, los chiles rellenos se escurren bien. ¡A ver para cuándo!, me decía, ¡acomídete María, acomídete! Entonces estallaban las carcajadas y nos chutábamos otro mezcal o abríamos otra botella de vino de esas que compraba por cajas, sin etiqueta, que ni falta hace.

Entonces estallaban las carcajadas. Hoy revienta en mi alma la tristeza.

Ya sabía. Todos lo sabíamos. Desde que se fue de Madrid a México recién casado con Milagros supimos que se le había cosido el maldito cáncer a los pulmones. Y que de ahí en adelante comenzaba la cuenta regresiva. Unos meses, nada más unos meses, dijeron lo médicos y los que teníamos la fortuna de estar cerca, decidimos disfrutarlos al máximo con él y con Milagros. Pero Alejandro fue alargando el tiempo a golpe de creación. Y escribió como nunca en su blog. Reprodujo varios de sus libros de poesía, escribió uno más, contó paso a paso el andar del cáncer por su cuerpo y por su alma. Paso a paso sus andanzas, su diálogo con el cáncer. Y ganó varias batallas. Tres años ganó Alejandro Aura las batallas en la guerra contra el cáncer. Y lo hizo dignamente, sabiamente, dulcemente. Con sabiduría y humor. Aún después de las sesiones de quimioterapia, Alejandro ocurrente, te hacía reír.

Todos lo esperábamos. Pero Alejandro seguía ganando la batalla. Yo terminé mi estancia en Madrid y desde México continuamos conversando, riendo, maldiciendo. O recordando los tiempos en que él difundía al aire mi desnudez. Hora México se llamaba el programa de radio al que me invitó a participar y que mantuvimos durante tres años. Hora México en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Abría Alejandro cada programa con un verso milagroso. “Milagros de sacristán, pellizcos de capellán”, decía con su voz pulcra, apenas aparecía la luz verde en el estudio. Después ya saludaba, “buenas noches –decía—, esta es Hora México, una ventana abierta a México desde el cielo de Madrid”. Y comenzaba a describir mi vestido transparente, de gasa delgadita, mi atuendo imaginario que desataba canastadas de buenos pensamientos entre los taxistas de Madrid, que eran los que más nos escuchaban. Y llegaba otro lunes y otra vez Alejandro con los milagros, sólo porque Milagros nos estaba escuchando desde su casa y era su forma de decirle que la amaba, la amaba, la amaba, en cada palabra la amaba. “¿Qué rima con tierra, María?”, me preguntaba en el elevador que nos conducía al estudio. Guerra, Ale, guerra, le decía y entonces saludaba “milagros son en la tierra, como paños en la guerra”.

A Milagros la conoció en mi casa de Madrid. Él había llegado unas semanas antes a dirigir el Instituto de México al que rápidamente bautizó como Salón México ante la estupefacción del embajador y gran amigo Gabriel Jiménez Remus. ¡Le puso Salón México!, me decía abriendo más sus ya de por sí abiertísimos ojos. Salón México huele a calle, a mujeres, a baile, decía el embajador furioso, que terminó por incluir a Alejandro en su lista de grandes afectos y que desde Cuba, donde fue enviado después de Madrid, le tendió una y otra vez la mano hasta el último día.
Cuando se vieron la primera vez, ya no dejaron de verse. Milagros y Alejandro se pusieron a bailar en la sala de mi casa de Madrid sin importarles que los invitados estaban ahí para conocer al nuevo agregado cultural de la embajada y ser los únicos en bailar y abrazarse y volver a bailar otro rato sin música. Dejaron que sus almas siguieran bailando pegaditas, durante los siete años que estuvieron juntos. El día en que se casaron, se fueron temprano de la fiesta que organizaron en el Bar Casa Pueblo del Barrio de las Letras. “Es que ya di el viejazo”, me dijo Alejandro que me lo venía diciendo ya meses atrás cuando salíamos del Círculo de Bellas Artes y no se sumaba a la copa final con Eduardo Vázquez, Kiko Helguera y Valentina Siniego. “Ya di el viejazo, María” y lo acompañaba caminando despacito a su casa de Cervantes, donde Milagros lo esperaba con sus comentarios sobre el programa y sus milagros. Y con un masajito de ternura en la espalda adolorida de Alejandro.

Regresé de Madrid hace unas semanas. Fui a ver a Alejandro que me prometió que me iba a dar el premio a la mejor huésped 2007, porque también estuve ahí en diciembre pasado y a pesar de los frijoles con ajo y las toscas rebanadas de jitomate, me salió rico el bacalao, los tacos, el fideo seco. Lo fui a ver porque quería decirle que lo quiero y se lo dije. Está bien decirlo. Debes decirlo más seguido, me dijo Alejandro con su voz delgadita de oxígeno. Lo fui a ver para estar con Milagros; para que supiera que no estará sola, aunque Alejandro haya tenido la ocurrencia de al final decidir que ya iba siendo hora de morir. Porque cuando escribió su poema “Colofón”, el año pasado, todavía no sabía qué hacer.

He estado revisando la historia y resulta

Que todos han muerto. Todos, todos.
De manera que esa secreta esperanza que yo tenía.
No encuentra fundamento. No se qué hacer”

Hace una semana, Alejandro Aura fue al hospital a una cita con su oncólogo. Decidió quedarse. Dos días después supo qué hacer. Pero sucede que desde hace unos días he estado revisando mi historia. Y ahora soy yo la que no sé qué hacer. Qué decir, qué escribir.

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lunes, agosto 4

Se nos están acabando los recuerdos

Se nos están acabando los recuerdos. Dijo que se nos estaban acabando los recuerdos y detuvo su mirada en la mía, su mirada agrietada y húmeda. A mi hermano que desde que cumplió 50 años, no puede dejar de llorar por cualquier cosa, le preocupa que la vida agarre camino por su cuenta, sin acordarse de nosotros que tanto nos gusta volver a sentir el vértigo de haber caminado de niños sobre la rama delgadita de un árbol muy alto. O haber recorrido a obscuras el parque de enfrente, en busca de un gato que se dejara amarrar latas en la cola.
Los recuerdos tienen vida propia, le dije, para espantar su tristeza. Se nos están acabando los recuerdos, me ignoró mi hermano, buscando mi complicidad ante la alta jerarquía de la familia que nos observaba. Entonces lanzamos la primera pregunta, y la segunda, y la tercera, y la cuarta. Toda la noche concediendo libertad a la palabra impronunciada . La que nos trajo de vuelta a los recuerdos que algún día tuvimos cerca y a los otros. Los que comenzaron a ser recuerdos a partir de que los escuchamos en la voz antigua que les concede existencia. La voz de los otros que cuentan la fuerza, la delgadez, el hambre, el placer. Todo cuando existió antes de que mi hermano y yo estuviéramos presentes. Y lo que de alguna manera permitió que estemos en el mundo.


A mi hermano le preocupa la historia de la sangre. De dónde venimos, cómo nacimos mexicanos. De qué vena, en qué tiempo. Cuando sucedió que dejamos de ser lo que antes fuimos. A mi hermano le preocupa que la nada arranque la raíz de la historia. Si eso sucede, piensa, dejaremos de existir. Lo dice en voz baja y vuelve a llorar la pérdida que presagia. Me da nostalgia ver llorar a mi hermano con tanta soltura. Lo miro y quisiera poder tener esa capacidad de expresar todo cuanto siento a través de las lágrimas.
Hay que construir un sitio de llorar, me propuso mi hermano cuando le comenté que yo no puedo llorar así como lo hace él, en cualquier lugar, frente a quién sea. No le importa. Igual lo hace en su oficina que en el coche, en una fiesta, velorio, cine, concierto, mientras come, lee o se sienta a preguntarle a las mujeres mayores de la familia qué sucedió cuando el general Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo. Qué recuerdos tienen del abuelo, de los tíos, de la familia dividida entre quienes agradecían a los extranjeros por sus inversiones que tanto benefician al país, y los que veían en Cárdenas la oportunidad para al fin tener, ahora si de verdad, un país que lleve las riendas de su historia.
Eran apenas unas niñas y recuerdan poco. O dijeron recordar poco, pero nos contaron con detalle los pleitos entre el abuelo y su hermano. Uno metido en la Compañía El Águila y el otro en el gabinete de Cárdenas, figúrense, no hubo modo de reconciliarlos. Hasta que fueron pasando los años y volvieron a tomarse un trago juntos, y a recordar los tiempos en que se trepaban a un muro para ver a las alumnas del colegio Sagrado Corazón, todas muy bien portadas, hasta que se daban cuenta de que los dos hermanos las estaban espiando. Entonces volteaban a verlos con gran descaro y les sonreían la primera sonrisa del deseo.
Este domingo, una niña de siete años acompañó a sus papás a participar en la consulta energética. Fueron a una de las mesas que se colocaron en la Alameda Central, justo enfrente del Hotel Sheraton donde se dio el encuentro entre los observadores, periodistas, políticos y curiosos que participaron en la consulta. A unos metros de la mesa, una banda musical puso a bailar a centenares de capitalinos. Había de todo: ancianos, jóvenes, meseros, albañiles, taxistas y travestis. La niña de siete años no dejaba de mirarlos mientras su mamá emitía su voto. “Hubieras puesto que sí”, le gritó su esposo que había votado unos minutos antes que ella, quien no quería por ningún motivo, según le explicó, que los extranjeros se lleven nuestro petróleo pues es lo único que nos queda. El esposo, enojadísimo, le respondió que a ella qué más le da, si de todas maneras no les llegan ni les llegaran los beneficios del petróleo; y tú qué sabes, le dijo ella subiendo el tono de la voz, mientras la niña de siete años seguía mirando bailar a una pareja de ancianos y a un travesti chimuelo y calvo que se traía loco a su pareja, un joven de pelo largo que apenas conseguía seguirle el paso.
Cuando miré a la niña mirar con tanta admiración a las parejas que bailaban libremente en la Alameda, también vi como crece la ciudad en cada esquina. En cada rincón, en todos los parques y las avenidas. Crece y cambia esta ciudad que algunos días agrieta el cemento en señal de advertencia de que en cualquier momento la tierra puede abrirse, y otra tarde lo que abre son sus puertas a todo tipo de expresión. Cuando miré a la niña mirar, me dieron ganas de llorar como llora mi hermano cuando intenta salvar los recuerdos.

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