martes, diciembre 16

Muertos mestizos

No faltó nadie, estuvieron desde el cineasta Luis Buñuel, hasta los escritores Salvador Elizondo y Alejandro Aura, pasando por el galán Mauricio Garcés, el filósofo alemán Walter Benjamin, y el historiador Edmundo O´Gorman. También levantaron una enorme ofrenda para Mamá Tomasa, una mujer que a raíz de que su hijo muriera ahogado en un pozo, decidió habitar el universo de la locura, y otro para un nutrido grupo de artistas, entre ellas Frida Kahlo, Remedios Varo, Lola Álvarez Bravo y Tina Modoti, cuyas fotografías estaban pegadas sobre los rostros de unas muñecas Barbie. No faltó el altar dedicado a las jóvenes asesinadas en Ciudad Juárez y uno pequeño pero muy artístico, dedicado a Doña Jesusa Rodríguez, Doña Jesu, como siempre le dijeron sus amigos y la gente que la quiso. Los altares se colocaron desde el miércoles 29 y de no haber sido por la comida, el vino tinto y sobre todo, por el acento de las miles de personas que acudieron a verlos, cualquiera hubiera jurado que estábamos en México y no en Madrid.

Los altares mexicanos no sólo comienzan a ser vistos con admiración en Madrid, sino que además muchos madrileños se unieron este año a la fiesta y montaron sus propias ofrendas. Y todo esto en la sede de la representación del Principado de Asturias, cuyo director Miguel Munarri aceptó la iniciativa de la Casa de Zacatecas en España, de la revista Letras Libres y de la Embajada de México de convocar a través de Internet a la colocación de altares. Fueron más de 20 personas las que se animaron y sin excepción, cumplieron con todas las reglas de cualquier altar.

A mí me pidieron que levantara el de Alejandro Aura y que diera una plática sobre los altares familiares. Entonces me puse a contarles cómo se me había metido la manía de hacerles cada año una fiesta a mis muertos, estuviera yo en el país que estuviera. Y les conté que cuando el martes pasado en la Casa de América escuché a Carlos Fuentes decir que los escritores que no tienen abuelitas le dan lástima, me sentí totalmente de acuerdo con él.

Sólo que a mí no nada más me dan lástima los escritores sin abuelas, sino cualquiera que tenga la necesidad de usar la imaginación para vivir, para reír, para sentir. Yo por lo menos no sé qué hubiera hecho sin la mía. Fue mi bisabuela quien tuvo la genialidad de transmitirme, integra, su memoria. Fue ella quien me enseñó que es posible mirar con el pensamiento, y con la mirada hablar; quien me contó las historias que dieron vida a su vida y que, aún muerta, se la siguen dando. Es decir, me enseñó a tenderle una emboscada al olvido. De nuestros antepasados, me dijo un día, heredamos la memoria, que es como un pez que por las noches despliega sus alas de pájaro. Consérvala.

La primera vez que levanté un altar en Madrid, tenía pocos meses de haber llegado. Coloqué mi ofrenda con mi hermano mayor en el sitio central, pues llevaba apenas unos meses de haber muerto y envié a quien pude la invitación que mi hijo diseña cada año para la fiesta de muertos. Estuve a punto de perder a casi todos mis nuevos amigos. Casi ninguno entendió el porqué de la fiesta, de las calacas, de la risa en las calaveritas de azúcar, de la música, del pan de muertos, de las flores, del plato de harina. Todos, o casi todos me miraban extrañadísimos y un poco asustados cuando les contaba que en la harina dejarían la huella mis muertos al momento de llegar al altar. Se hicieron terribles e incomodísimos silencios en varias ocasiones. Hasta que la música, el tequila y el baile se encargó de quitarles el espanto.

Al año siguiente ya estaban más relajados. Incluso mi amiga Isabel me ayudo a ponerle arte al altar a partir de ese año. Y se volvió toda una experta.

El que levantamos este año dedicado a Alejandro Aura tenía ese toque gitano que no le va nada mal. A la gente le gustó. Hicieron todo tipo de preguntas. Y ninguno se asustó, ni pensó que estamos locos, ni que los mexicanos somos medio raros. Se quedaban viendo los altares con respeto y luego se reían. Como debe de ser.

Algunos de los altares fueron levantados por jóvenes. Mexicanos algunos, españoles otros. Son las nuevas formas de ver a la muerte. Con imaginación, con creatividad, con ganas de tenderle una emboscada al olvido. Y conservar la memoria. Para vivir.

La mañana de este domingo, antes de quitar el altar, miré las fotografías, el plato de harina, el mole sin olor, el mezcal sin sabor y comprobé una vez más que es la muerte la que levanta en México a la vida.

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jueves, diciembre 4

El otro riesgo

Dicen que todavía ni siquiera comienza lo más duro. Que los mexicanos no tenemos ni idea de lo que será esta crisis económica mundial. Ni cuánto nos afectará. Dicen que alcanzará dimensiones aún mayores que las de 1929. Que aquella debacle solamente la pudieron contener con una guerra. Dicen todo eso y comienzan a contar casos particulares de una empresa, de una cadena de tiendas, de una y otra familia que están perdiendo su fortuna. Luego vienen las especulaciones sobre los suicidios. Sucederá o no lo mismo que en el 29, cuando los más afectados o los más enajenados, se tiraban al abismo de asfalto desde lo alto de los edificios financieros.

Muerto su dios en la guerra de papel, no quedaba sino el vacío de esperanza en sus cerebros. No quedaba sino morir.

Los medios de comunicación difunden una tras otra, las caídas de las bolsas de todo el mundo. Algunas de mis amigas compran por primera vez en su vida, dos o tres periódicos el mismo día. Vi a una de ellas deshacerse de todas las secciones para quedarse solamente con la financiera. Le pedí la primera plana. “Esa solo habla de los muertos del día”, me dijo mientras me la entregaba sin ver mi rostro atónito. En cosa de una semana, la violencia dejó de ser el motivo de los desvelos de los mexicanos. La ansiedad tiene de pronto otro semblante. Se hablan menos, mucho menos sobre los secuestros, las cabezas cortadas, los campesinos acribillados, las inverosímiles historias sobre la participación de un grupo de albañiles en los cárteles de la droga. En unos cuantos días parecen haber dejado de turbarse con las noticias de los narco mensajes que amenazan con ensanchar los límites del horror. Y por momentos da la impresión de que ya nadie se preocupa del futuro político de éste país.

Hasta los que nada tienen que perder, pierden el sueño, la tranquilidad, la paz interna. Conozco a una persona que no se ha sentado a escuchar música, ni a leer un libro, ni a mirar como va entrando la noche a la tierra, en toda una semana. Y lo peor es que en siete días completos, no ha reído. Antes no podía pasar ni unas horas sin música. Y menos dejar de inventar ocurrencias para ejercitar su derecho a reír y hacer reír. O dormir sin leer aunque fuera un pedacito de algún libro. Hasta los que no han invertido sus ahorros en la bolsa de valores, comienzan a sentirse afectados, intranquilos, vulnerables. El desasosiego se contagia. Aunque no sepan exactamente qué está sucediendo, ni en qué va a parar todo esto, despiertan sobresaltados en la madrugada. Los perturba el temor ajeno. La angustia de ver morir una vez más a su dios de papel.

Dicen que la crisis está apenas dando sus primeros pasos. Y es cuando la alarma se dispara. El miedo se apodera de las palabras, no hay otro tema en los discursos, en las frases, en los pensamientos. Nadie calla. Y cuando se agota el tema, o alguien intenta agotarlo, la incertidumbre que flota en el ambiente se arma. Y la gente comienza a arrojar, una tras otra, palabras agresivas. Aunque no haya razón alguna para hacerlo. Aunque se esté hablando sobre la amistad o sobre los hijos, el amor, el tiempo, los proyectos que una tarde, sin proponérnoslo, diseñamos; aunque se esté hablando de recuerdos antiguos, de historias contadas por las abuelas, la agresión se abre paso. Agoniza la risa en las reuniones. Se quedan sin lengua las carcajadas. Escasean las caricias. Se paraliza el deseo de sentir que aún estamos vivos. Y que entre los placeres del cuerpo, la risa ocupa un lugar privilegiado.

La risa sonora que vuela sin abandonarnos cuando la invitamos a expresarse.

Nada hay peor que depender de los secretos de un dios efímero, nada más lacerante que el arrancarle la piel a lo cotidiano y dejar de desear el deseo que nos funda. El deseo de mirar el rostro matinal del mundo. Y creer en las manos que escriben, en las que aran, en las que dibujan, bailan, tocan un instrumento, acarician.

Dicen que lo peor aún no llega. Que todavía falta que se desplome en cenizas el sistema financiero. Que los mexicanos ni idea tenemos de lo que vendrá. Dicen todo eso y me aterra la daga en la palabra, la agonía del deseo, el futuro sin piel que busque sin detenerse nuevos amores. Me aterra el dominio que ejerce un dios de papel. Y el riesgo de perderlo todo.

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miércoles, noviembre 26

Soledad urbana

Hace tiempo que no notaba tantísima soledad en la ciudad. O quizá no me había detenido a observar los rostros, las manos, los gritos, los silencios. La sombra de la soledad oculta detrás de un vidrio apedreado, un gemido, un insulto, un dolor leve en el vientre del que cruza una calle por la noche; la sombra de la angustia en la mirada de una mujer que espera la llegada a casa de su hijo.

El cuerpo de la soledad crece y se extiende, casi líquido, sobre el asfalto. Como un muro invisible, ciega el alma. Y la altera.

La soledad es hoy ausencia en el exceso. Carencia en la opulencia. El vacío que estalla al centro de la multitud. Nada hay en lo pleno, en lo grandioso, en lo atiborrado. Nada en la memoria de un 2 de octubre de estudiantes baleados. La mayoría de los jóvenes ignora la lucha de aquellos jóvenes que entonces eran mayoría. No la entienden. Están solos los jóvenes de antes y los que hoy no consiguen imaginar las causas de un movimiento estudiantil de aquellas dimensiones. Y no preguntan. Hoy saben de otras batallas. Ven otros cuerpos tirados en las calles, fragmentados, destrozados, arrojados en barriles con ácido. Hoy sentimos los estragos de la narco guerra y cerramos los ojos. Como no queriendo sentir el dolor. Pero la soledad no acepta la derrota. Y nos persigue el dolor de no contar con armas para combatirla.

Hoy, las armas que nos muestran en los noticieros son armas de guerra. No son armas ligeras, ni revólveres ni pistolitas. Son rifles de asalto, AK-47 y AR-15 que llegan desde Estados Unidos para ensanchar el horror. Y llega también armamento antiaéreo, lanzagranadas y otras armas con tiro expansivo para que no quede ni rastro del chaleco antibalas. Ni rastro de esperanza.

Un grupo de los jóvenes que asistieron a la marcha del 40 aniversario del 2 de octubre, atacó a pedradas las ventanas de los establecimientos comerciales. Dicen que robaron varios objetos y que usaron la violencia contra algunos policías y dos integrantes de la Comisión de Derechos Humanos. Eran grupos de vándalos a sueldo. No se sabe quién les paga, quién los contrata. Para qué. Hay otros jóvenes que cometen delitos mayores. Son jóvenes que matan, cortan las cabezas de sus víctimas, los arrojan en las carreteras. Para dejar claro el mensaje de sus amos, los capos de la droga que cuentan con un batallón completo de jóvenes a su servicio. Son jóvenes dispuestos a todo con tal de salir de la miseria en la que viven. La misma que padece gran parte de los mexicanos.

La miseria y el hambre desesperan. Los chavos roban por hambre. Después se habitúan al dinero fácil. A las grandes cantidades de dinero que les ofrecen los narcotraficantes. Y van por la vida con las manos llenas de dinero y sangre, pero con la inteligencia deshabitada. Abandonada, vacía.

La otra tarde me insultó un hombre desde su vehículo. No supe la razón. Estábamos detenidos frente a un semáforo en rojo. No cometí ninguna infracción. No rocé siquiera su automóvil ni toqué el claxon. Nada. Me insultó como insultan los hombres desde tiempos inmemorables a las mujeres. Yo simplemente lo miré a los ojos. Y noté su soledad.

Están plagadas las calles de la ciudad de soledad. Este domingo la miré en las manos arrugadas de la mujer que pide dinero en una esquina. Envuelta su cabeza con un rebozo de bolita, se acercó a la ventana y extendió su mano de anciana. La mano de la soledad. Venía de lejos. Me contó que todos los días camina cuatro horas y se detiene en la misma esquina donde algunas personas ya la conocen. Y de vez en cuando, le sonríen. Antes lo hacían más, me cuenta. Ahora apenas la miran, sin reconocerla. Están solos. Y no tienen ya la capacidad de ver.

La soledad en la ciudad cobra la forma de una garra. No es la soledad compartida que por ejemplo, provoca una obra de arte. La soledad del artista plasmada en la obra y dirigida hacia otra soledad que le mira y la disfruta. Es eso el arte. Lo íntimo. Pero la otra soledad, la soledad urbana, desconoce al otro. Provoca que todos los habitantes de la misma ciudad nos desconozcamos y nos ignoremos. Es la soledad que brota del miedo. El miedo a la violencia, al grito, a la impunidad que se apodera a gran velocidad del mundo.

En menos de dos semanas han entrado ladrones a robar tres diferentes edificios cerca de donde yo vivo. Nadie sabe cómo lo consiguieron. Saltaron las bardas, las cámaras, los vigilantes. Se hicieron invisibles. Los vecinos están asustados. Tienen miedo. Nadie habla con el otro. Sospechan y se envuelven en el despiadado manto de la soledad. Como quien gravita en un espacio oscuro, hacen lo que antes solo hacían los poetas: se cuidan de la esperanza.

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jueves, noviembre 6

Reir a los 94 años

Tiene 94 años y no deja de reír. Le da risa la lluvia, el sol, el frío, el calor, la vida misma. François Chevalier ama a la vida y a México. Lleva cerca de medio siglo dedicado a estudiar su historia, primero en el archivo de Indias en Sevilla y después en México. A fines de los cuarenta él y Joseph, su esposa, vivieron durante unos 15 años en la ciudad a la que ama como si fuera propia. Como a París, o más. Dice que tiene mucho que agradecerle y me cuenta historias de cuando Ignacio Asúnsolo, el escultor, y su esposa Mireille armaban unas grandes parrandas en su casa de la colonia Roma. Ahí conocieron los Chevalier a Diego Rivera, a Siqueiros y a muchos otros personajes de esa época que pasaron a formar parte de su círculo de amigos. Fueron días que Chevalier disfrutó mucho, según me contó riendo este fin de semana, al final de su viaje de dos semanas a México. Pero donde mejor se sentía era en las calles, en el campo, en los volcanes. A viento abierto.
François Chevalier recorrió México a caballo, en motocicleta, en autobús, a pie. Conoció decenas de sitios arqueológicos, buscó la historia en haciendas, iglesias barrocas, en las fiestas populares. Él y su amigo, el también historiador Ernesto de la Torre, se montaban de tanto en tanto en una Harley-Davidson y se lanzaban al rescate de la memoria. Iban con frecuencia a San Juan de los Lagos, sobre todo en días de feria. En 1948 se subieron a un caballo y después de cuatro días de cabalgata, llegaron a Ostula, en Michoacán. Querían conocer a la comunidad indígena de aquel sitio que, según se habían enterado, era de las más aisladas del país. De la Torre consiguió un permiso especial eclesiástico para poder entrar y quedarse en Ostula, pero no más de dos días. Era el tiempo máximo que la comunidad permitía a los “racionales” permanecer en el pueblo. Todos los no indígenas éramos para ellos racionales, recuerda Chevalier y ríe. La racionalidad estorba, dice y vuelve a reír.
Sesenta años después, a sus 94, Chevalier se despojó de su racionalidad de hombre blanco y volvió a Ostula. Solo que no lo hizo a caballo. Llegó con Joseph por carretera y encontró otros rostros sobre el rostro antiguo. Alguno que otro conocido, el mismo faro. Dice Chevalier que los indígenas siguen defendiendo sus tierras como lo hacían entonces. Sólo que antes decían que sus abejas necesitaban toda la selva que los separaba del mar, para que no sembraran los hacendados que los rodeaban. Ahora las cuidan tanto que apenas en julio pasado asesinaron a uno de los dirigentes comunales en lucha por recuperar varias hectáreas en disputa.
A Chevalier le tocó enterarse en Ostula del asesinato. Y también le tocó estar en México la noche en que lanzaron una granada en plena plaza pública de Michoacán. Está informado al detalle de la violencia, de los crímenes, de la guerra del narcotráfico. Pero aún así cree en México. Dice que es su gran pasión. Su segunda patria, su dolor. Me cuenta que le duele el dolor de México, pero está convencido de que la mayoría de los mexicanos grita el grito de la no violencia. Lo dice sin reír. Después me cuenta que uno de sus hijos nació un 15 de septiembre. Como para recordarle siempre la noche del grito, me explica y esta vez sí ríe.
Después de su viaje a Ostula se fueron los Chevalier a Mazatlán. No se hospedaron en ningún hotel. Se quedaron en la casa de la misma familia que hace 60 años le daba alojamiento. Una familia mexicana que también es medio francesa, aunque nunca hayan ido a Francia ni hablen francés y apenas sepan en qué parte del mundo se encuentra el país de los Chevalier. Es medio francesa porque reciben a los Chevalier como recibieran a cualquier miembro de su familia. Y porque François Chevalier lo siente así en el corazón. Un corazón que ha latido 94 años sin mayor complicación. Y que ama tanto a México que cuando camina por sus calles llora. Llora mientras ríe.
Después de recibir la Medalla 1808 que le entregó a Chevalier y a otros siete historiadores más el gobierno de la ciudad de México, y a su regreso de Manzanillo y Michoacán, los Chevalier decidieron hospedarse en un pequeño hotel de la colonia Roma. Querían recordar el México de los cincuenta. Revivir la época en la que Chevalier participó en la fundación del IFAL, donde conoció a Alfonso Reyes y a Alfonso Caso. Quería él escribir otra vez lo imposible. Sentir la piel, debajo de la piel de la historia. Abrir de nueva cuenta el deseo de la memoria. A sus 94 años.
Una mañana fueron al mercado de San Juan. Quedaron felices de ver los mismos puestos, la misma fruta limpia, los mismos aromas a queso y sesos. Pero como en Ostula, vieron otros rostros sobre el rostro del recuerdo. Y echaron de menos a la marchanta de las lechugas que solía platicarles historias del campo, y al vendedor del puesto de pescado fresco que les regalaba palabras con recetas mestizas.
Este domingo los Chevalier regresaron a Francia. Dicen que llevaban la Medalla del Bicentenario en la maleta de mano. Él contó a los policías de aduana la historia de la medalla, les mostró la fotografía del artista Juan Manuel de la Rosa quien la diseñó. Les dijo que era de oro como el sol, como el maíz, como la vida misma. Como un día fue México. Como quizá será cuando se detenga el viento que trae olores de violencia y muerte. Si es que se detiene. Si es que, como dice François Chevalier, los mexicanos recobramos la memoria. Y volvemos a reír.

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lunes, octubre 27

Ganar la guerra

Ya tenía casi dos meses de haber muerto, nos lo recordó Milagros Revenga, su esposa madrileña que había pasado la mayor parte de ese tiempo en México. Después dio las gracias a las miles de personas que solicitaron al Gobierno de la Ciudad que le entregaran póstumamente la Medalla 1808 a Alejandro. La misma que le concedieron en mayo a Carlos Monsiváis y ese día, el 15 de septiembre, a cuatro historiadores mexicanos (Miguel León Portilla, Josefina Z. Vázquez, Ernesto de la Torre y Moisés González Navarro) y a cuatro extranjeros (François Chevalier, F. Katz, David Brading y H. Pietchmann). La ceremonia fue en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento, un sitio que sin duda a cualquiera impone. Creí que Milagros se pondría nerviosa a la hora de pronunciar su discurso. La banda militar, el himno, el saludo a la bandera que ninguno, o casi ninguno de los presentes lo hicimos correctamente; los retratos tamaño natural de Hidalgo, Morelos, Primo de Verdad, como testigos que miran con ojos quietos lo que nunca vieron, para custodiarlo, para guardarlo en ese salón que tanto impone, estremece, perturba. Pero Milagros no titubeó. Compartió con los asistentes la experiencia de otros homenajes que se le han hecho a Alejandro. Narró lo que la gente cuenta, lo que opina, lo que le duele de su ausencia, pero sobre todo, lo que Alejandro Aura no sólo fue, sino lo que aún es. Y lo que seguirá siendo.
Alejandro Aura fue un gran descubridor. Descubrió el arte, la lectura, la risa, las calles, plazas, teatros, estudios, cabinas. Pero descubrió sobre todo a la gente y creyó en ella. En los artistas, en los escritores, en los chavos banda, en los actores, en los poetas, en los teporochos, en los pintores, en los escultores. Pero sobre todo creyó en los desvalidos, en los marginados, en los desprotegidos, en los desamparados; en los más indefensos. En aquéllos a quienes les arrancaron toda posibilidad de recibir una caricia, un techo, un libro, un amor. Y un día Alejandro descubrió el instrumento que, pensó, podría salvarlos de tal marginación: la cultura. Por ello, la sacó a las calles, aventó libros en todas las esquinas; abrió las puertas de las plazas, colocó gradas imaginarias, montó escenarios en las aceras e invitó a quien quiso escucharlo a hacer todo eso suyo. A recuperarlo, como Milagros nos recordó que decía Alejandro, “para el goce artístico, para el placer de la imaginación y para la convivencia”.
El goce artístico y el placer de la imaginación lo sintieron miles de los jóvenes que cuando Alejandro era el encargado de la cultura en la Ciudad de México, deambulaban sin oficio por las calles. Viendo de a cómo, de a cuánto la limpiada de parabrisas, los malabares, el fuego en la boca, para contar por la noche lo ganado y comprobar que no alcanzaba más que para un gansito, un bolillo y si acaso un jarrito para la sed. Pero el hambre, lo que se dice el hambre, seguía ahí, reventando la piel y la fuerza para seguir sin una aspiradita de cemento o sin el contenido de una cartera ajena, un anillo, aquel reloj, el coche del que se deje robar. A fines de los noventa, un puñado de esos jóvenes se integró a alguno de los programas de Aura y sintió el goce, el placer que provoca crear, aprender, producir, sentir. Y convivir con otros que descubren que ejercer la violencia carece de sentido cuando hay un espacio para imaginar, gozar, leer, escuchar, compartir y vivir de ello, vivir. Un espacio que, en medio de tanta insensatez, alce el deseo. El deseo de una ciudad reacia ya a mirarse al espejo.
Alejandro Aura tenía 30 años cuando supo cuál era y sería su relación con la ciudad. También eso nos lo recordó Milagros en su discurso de palabras de carne rosada. Y luego se puso a leer unos versos del poema Hacer ciudades en donde se le oye decir a Alejandro que no se irá. E insta al solitario a partir, al robusto padre de familia, al hombre común de cara lisa, los insta a partir de la ciudad. Pero a él se le escucha decir que no se irá. Que la ciudad se morirá con él. Y estará en su fundamento. Mientras esta ciudad exista, terminó su discurso Milagros, Alejandro Aura estará vivo.
Está con nosotros, dijo Marcelo Ebrard después de entregar a los historiadores y a Milagros la medalla-escultura. Había escuchado atentamente a Milagros. Y lo sintió. Sintió que ahí estaba. El Jefe de Gobierno también invitó ese día a abrirle la puerta a la esperanza. No sé si al decirlo pensaba en los más de 100 mil adolescentes que todos los días deambulan por las calles de la ciudad sin oficio. Sin trabajo, sin escuela. Sin nadie que les haya dicho que todavía hay espacio para abrir espacio. Que todavía hay quien se encarga de que no se apague la luz del Faro de Oriente, ni deje de soplar el viento en el Circo Volador. Que aún hay versos en los libros que calman la angustia, placer en la página en blanco, en el lienzo, en el muro. Yo sí pensaba en ellos mientras lo escuchaba. Y en la urgencia de que alguien entienda que lo que verdaderamente se le reconoce a Aura es haber descubierto que la cultura es el más eficiente, si no el único método para combatir el desamparo, la soledad y sobre todo la violencia. La violencia presente y los años futuros de violencia.
François Chevalier tiene 94 años de edad. Después de la ceremonia salí con él al Zócalo. La lluvia le dio risa. La multitud, calor. Llevaba bajo el brazo la Medalla 1808 que el artista Juan Manuel de la Rosa, por encargo de la Comisión del Bicentenario de la Ciudad de México, diseñó para todos aquellos que algo han hecho para hacer más habitable, más justa, más viva, a esta ciudad. Juan Manuel de la Rosa, uno de los más cercanos amigos de Alejandro Aura, grabó en la medalla un rostro de la ciudad. Su rostro de luz y de agua.
Aún bajo la lluvia, aún con la risa de Chevalier saltando en su mirada sabia, el 15 de septiembre en el Zócalo capitalino se sintió la onda expansiva de la granada que la mano de la sinrazón arrojó en Morelia. Los daños causados no han sido contabilizados en su totalidad. Quizá sea imposible hacerlo. Una herida abrirá otra, y otra y otra. Se perderá la cuenta. Entonces esta ciudad y todas las ciudades serán cada día más invivibles, más crueles, más fieras. Y todos los Alejandro Aura morirán. A menos que las autoridades entiendan que sembrar minas de cultura bajo el asfalto es la mejor estrategia para ganar esta guerra. Esta guerra contra el miedo y el horror que tanto duele.

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jueves, octubre 23

Carlos Fuentes y el dolor de creer

“Arrastraban los cuerpos y las cabezas (…)
una montaña de cabezas mirándose sin verse allí.
Como se cansaron de decapitar
a los demás nos dejaron afuera”
(Carlos Fuentes en “Todas las familias felices”)

Que es el novelista de la burguesía; que él mismo parece un empresario de alcurnia; que tiene unos modales exquisitos, habla cuatro o cinco idiomas, ha viajado por el mundo desde que nació y por si algo faltaba tiene un excelente gusto. Todo eso escuchaba yo decir de adolescente en la sobremesa de la casa de mis tías. Se referían a Carlos Fuentes. Hablaban más de él que de su obra, por lo que yo crecí convencida de que, en el mundo de mis tías, el escritor estaba siempre en un segundo plano, y en el hombre, en cambio, estaba la vida, la atracción, el objeto mismo del deseo, ya un poco marchito, de mis tías.
Cuando lo conocí comprobé que en efecto, es un hombre gentil. En las no se cuántas conferencias o ruedas de prensa a las que asistí en diversos países del mundo, siempre comenzaba la sesión de preguntas con México. “Que comience México”, decía Fuentes y me señalaba con su sonrisa azul, una sonrisa que parecía feliz.

Terminé de leer hace poco Todas las familias felices, su más reciente libro de cuentos. No he dejado de recomendarlo, se quedó como hilvanado en mis manos; no consigo soltarlo de mis conversaciones ni de mis sueños. En la calle, en el Parque Hundido, en la carretera que conduce a los volcanes, en la que va al Desierto de los Leones, en Tepito, en los ojos de los niños desamparados, en los cuerpos de las madres que paren a golpes en las calles, en un cabaret cercano al Monumento a la Madre, en todos estos sitios rondan los personajes de Carlos Fuentes. Un Carlos Fuentes que conoce tan bien su ciudad que no puede dejar de amarla, aunque la odie, aunque la deteste, aunque le tenga rencor.

Hay rencor en Todas las familias felices. Hay rencor no sólo a la violencia callejera, sino a la que ejercen los poderosos, los jóvenes que viajan a Las Vegas, los que se sienten con el derecho a poseer a todas las mujeres que miran. Lo hay también en los sacerdotes que viajan, de pueblo en pueblo, acompañados de una niña. Hay rencor, pero sobre todo hay denuncia. Una denuncia que transgrede la ficción, que dispara olores pestilentes, que hiere, que hace sangrar al alma.

Todas las familias felices es un libro valiente. Para el escritor y también para el lector. Es como tener un cirio encendido en la montaña, es ver a la llama cambiar su forma con el viento. Y aguantar. Seguir leyendo hasta el final las historias de muerte y de vida en lmedio de la muerte a las que siguen los coros que Fuentes creó por si faltaba algo, por si no había sido suficiente, por si todavía uno pensaba que era posible terminar de leer uno de los cuentos y quedarse tan tranquilo. No. Da uno la vuelta a la hoja y se encuentra, por ejemplo, con el coro de las familias del barrio que cantan las palabras escritas con voces invisibles. Los niños de la calle que corean las historias de todos los que nacieron en la calle, los que fueron paridos en la calle, porque la calle, dice Fuentes, “es el vientre, los riachuelos, nuestra leche, los basureros nuestro ovario”. Los niños que cantan en la palabra escrita de Fuentes son limpiaparabrisas, franeleros, mendigos, rateros, niños abandonados que viven como pueden y que mueren como pinches cucarachas.

Es un libro valiente el de Carlos Fuentes. Es atrevido también porque hurga en la memoria enterrada. Y consigue que renazcan horrores antiguos, inhumados casi, en el olvido. Entre un cuento y otro salta de pronto El Salvador de los años 70 y 80. El Salvador de los cuerpos tirados en las calles, decapitados. El de los 300 asesinados con fusiles del ejército en las puertas de la Catedral. El Salvador de los niños con las cabezas cortadas a machetazos, el niño sobreviviente que mira la cabeza de su madre atada a una verja. El Salvador que quiso creer en que era posible hacer a un lado el horror y aprendió a empuñar al horror. A hacerlo suyo, a llevarlo prendido años después, en el tatuaje de la piel de sus hijos, las Maras Salvatruchas, las maras madres de todas las bandas. Las maras sin madre.

Hay que agradecerle a Fuentes que nos recuerde lo que sucedió en El Salvador, pero hay que leer despacito, uno a uno, los cuentos y los cantos de Todas las familias felices. Y sobre todo hay que atrevernos a mirar a cada personaje a los ojos, hablarle, arrojarle todo tipo de preguntas sobre su boca abierta y bucearle el alma hasta encontrar el espejo.

Todas las familias felices es también un espejo. El espejo que Fuentes desentierra y coloca frente a México. Un espejo que denuncia sí, pero que también anuncia lo que ya está aquí y lo que está todavía por venir. Para que nos atrevamos a alumbrar la sombra de las palabras. Para que nos atrevamos a enfrentar el reto de seguir creyendo. Aunque el dolor nos reviente la esperanza.

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miércoles, octubre 15

Concha Buika, el caos y la verdad

Fue como entrar a las venas ardientes de la ciudad. De esa ciudad que todavía algunos pensamos que es posible rescatar. La ciudad salvaje, brava, respondona, y al mismo tiempo envuelta en una insólita ternura. Una ternura que arranca los nudos del miedo y del hastío.
Así es Buika, Concha Buika, la cantante española que este fin de semana en el Lunario del Auditorio Nacional de la Ciudad de México, rió, gritó, gimió, lloró y por un momento se volvió la luz de la ciudad, su canto.
Y su sombra, su visible oscuridad.
Nació en Palma de Mallorca hace 37 años. Su madre, al igual que su padre y el resto de su familia, es originaria de Guinea ecuatorial. De ella agarró Buika el gusto por el jazz, y de su calle en Mallorca, el quejido del flamenco y las historias de las coplas. Su propia historia.

Buika se sube al escenario con un programa que canta a medias, que derrama, que trasgrede. Hace lo que le da la gana; se roba las letras de las canciones rancheras, las abraza y se las lleva por callejones improvisados desde donde inventa, le inventa frases a Volver, volver y las suelta al borde de los ojos que la miran sin perderse una nota, un gesto, una sonrisa de Buika que más tarde lo supe, se emociona y se ríe por dentro cuando improvisa. Vive Buika que piensa que ser artista no es cantar, ni bailar, ni pintar, sino hacer de la vida un arte, esculpirla, lavarle el rostro con agua de árbol, desenterrarla en canción, recrearla sin perder lo que fue. Quizá por ello se haya tatuado Buika la piel con palabras que ya dejaron de existir. Y que le dictan su canto.
Cuando canta una copla Buika también quiebra el orden y ya cerca del caos, lo supera, lo ordena, le sustrae el dolor a la copla y al vientre desde donde lo canta. Y es que la copla, dice Buika, más que un canto es un modo de vida. Un modo de vida que crece en el cuerpo, de punta a punta.
Fui al concierto de Buika con el cuerpo cansado de ciudad. La mente despojada del espacio que habitualmente requiere para reposar, respirar hondo y sonreír. Fui al concierto de Buika urgida de paz, de piel, de armonía. Con ganas de encerrarme a llorar en medio de un teatro lleno a reventar. Plagado de gente que quizá buscaba lo mismo que yo, o simplemente quería secarse la lluvia de los hombros. O gozar la voz, la magia de Buika, la de su pianista Iván y a la de Rafa, el tecladista.
Hay quien dijo que Buika se adueñó del escenario. Se atrevió a utilizar una cámara y disparar una, dos, tres veces sobre los dedos de viento del pianista y sobre el húmedo rostro del baterista. Pero cuando le cantó a la nostalgia, al desamor, a la mentira, Buika se apropió de todos los que fuimos a escucharla. Los urgidos de paz, la encontramos. Pero no sólo la paz, también encontramos una cierta inquietud, un hormigueo en las entrañas en señal de alarma. Un deseo de apagar a la muerte que en la ciudad se mira, arrogante, en los espejos de piedra. Y respirar entonces a la vida.
La vida también está en el canto. En la fuerza prodigiosa del canto y de la música, cuando los que la crean, riegan las raíces de asfalto. Y creen y nos hacen creer en la posibilidad de secarnos la lluvia del cuerpo, transparentar el humo incrustado en las pupilas, sonreír y llorar al mismo tiempo que el grito se acomoda sobre una nota que rompe el compás.
Romper para iluminar, para diferenciar. Buika es diferente. Pero no se trata de ser diferente. O no nada más de ser diferente. Se trata también de acercarse como lo hace, a quienes la escuchamos. Tocarnos casi, arrancarnos los nudos del miedo; hacernos sentir que por algún hueco de la ciudad, entramos a sus venas con los ojos cerrados, para verla mejor.

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