lunes, enero 19

La muerte a la interperie

Día tras día aumentan los habitantes de la ciudad de México que van ocupando cada uno de sus rincones. Los escasos espacios donde aún el viento corre, se reducen. Ignoro si hay alguien que todavía mira el cuerpo, incomprensiblemente esbelto, de la ciudad; su mirada de fiera, la piedra en su mejilla. Quizá aquel anciano que llora en el encierro; o la niña que sueña los cuentos de la abuela y quiere ser la abuela. Caminar hasta llegar a la panadería, elegir uno a uno los bizcochos para la merienda, comprar la leche, patinar, jugar al aro o a las matatenas en plena calle. Ignoro si hay alguien que sepa que la ciudad aún no acata la orden de rendirse, ni ha aceptado inmolarse sirviendo a la violencia.

Aún hay siluetas que encuentran lo que creían perdido, un beso a pleno día, una mano en su mano, el tiempo.

Día tras día se vacían otros pueblos de México. Sus habitantes se han ido en busca de consuelo. Antes se marchaban huyendo del hambre. Ahora también, pero hay nuevos reclutas en la huida. Personas de la capital o de provincia que llevan el miedo atado a la cintura, como una soga que lacera la vida. La nueva vida, el instante en que dejaron de respirar con soltura en las noches sin luna. El instante en que escucharon la palabra del odio, y fue creciendo la espina en la garganta, mutilando, quizá temporalmente, quizá para siempre, al habla.

Desconozco las cifras de los que son expulsados del país por la violencia. Por los violentos, por la descomposición de los sentidos, por la escasez de poetas. Desconozco la cifra de los que se quedan a vivir al lado de nadie. Los que no pudieron salir con su familia. Los ancianos, los furiosos, los que no aceptan la orden de rendirse que dicta la violencia. Los que jamás se unirán voluntariamente a las filas de la servidumbre. Y se quedan abrazados a nadie


En ciertos pueblos los fantasmas conviven con los vivos. Algunas veces se acostumbran a verse en la sombra. Perciben los olores, los sonidos quietos del fantasma cuando habla. Cuando pregunta por qué se fueron todos. Adónde.


En varios pueblos del estado de Hidalgo quedan solo cien personas. Miles se han ido y ya no regresan. Si acaso una vez o dos lo hicieron. Pero ya no quieren mirarse en la memoria. Y renuncian a cruzar de este lado de la vida. Se quedan echando raíces en tierras ajenas. No vuelven a escuchar la voz de los ancianos que aguardan en las casas de adobe el regreso prometido, el sobre con los dólares, el timbre del teléfono. Mientras. la tierra crece de hambre, ninguna mano le arroja la semilla, nadie le ofrece un poco de agua.


Supe de una comunidad en Puebla, donde quedan solamente catorce personas, cinco de ellas son niños que asisten a la escuela vacía. No se escuchan las risas, ni un grito de esperanza. La tristeza, en cambio, aparece con su rostro impaciente. Los fantasmas despiden a diario a la vida. Como en Comala, la muerte se instala a la intemperie.


En Beirut conocí también a los pueblos fantasma, en ruinas tras la guerra. Hablé con los diez o doce habitantes que aguantaron las bombas, las amenazas, la soledad y el hambre. Prefirieron un techo sin paredes, el frío en los dedos, la mugre entre las uñas. Eligieron quedarse al lado de sus muertos. De haberse ido, me explicaron, sus familiares muertos olvidarán sus nombres. Y prefieren la vida que imaginan tendrán después de muertos.


En Líbano visité un cementerio. Y hablé a señas con una anciana que llevaba once meses sentada en medio de siete sepulcros. Su familia, toda, murió en un bombardeo. Algún vecino le llevaba comida, una manta en invierno, una caricia. Pero nadie consiguió convencerla de que regresara a su casa. Cuentan que murió sentada y que nadie logró que cerrara los ojos. Sus ojos que recuerdo como se recuerda al desierto. O a la Luna.


Este fin de semana la luna volvió a entrar por la puerta de la ciudad, sin importarle la inquietud de los insomnes.


Ayer por la mañana una amiga me invitó a pasear con su hijo de dos años por el parque. Viene de Madrid, llena de nieve. Me dijo que su hijo, apenas llegó a México, rió de sol. Y entonces volví a escuchar la voz de una ciudad que se resiste a cumplir la voluntad de los violentos. Y vi, una vez más su cuerpo esbelto.

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lunes, enero 5

Los malos deseos

La mayoría de la gente se prepara para recibir al nuevo año. Muchos otros, cada vez más, no lo hacen. No creen, no quieren, no pueden. No consiguen admitir que todo irá mejor, solamente porque estamos a punto de estrenar calendarios. Han dejado de creer en los hechizos, en los sortilegios, en el chaman de todos los tiempos, en el santo de todos los listones, en la magia. No hay ya arte en la magia, no hay magia en la cuenta regresiva, ni en las uvas, ni en las miradas que chocan doce segundos antes del abrazo, para romperlo unos cuantos, solamente unos cuantos se dan cuenta de que finísimos fragmentos de cristales corren en las venas de aquellos a quienes les han mutilado la capacidad de desear. No consiguen expresar ni un solo deseo. No creen en la posibilidad del cambio. Y lloran por dentro de nostalgia, cuando recuerdan los tiempos en que la risa, el tacto, y las palabras sabias reinaban en el territorio de piel que tanto abriga.

Antes, en estas fechas solía hacer un recuento de todo aquello que el año me había entregado. Un hijo, un puñado de amigos, un viaje, trabajo, un libro, un poema al alba, un amor. Y luego venía la lista de dolores: la muerte de un ser querido, el olvido, el perpetuo eco de aquel grito, las varias noches de soñar lo que no será nunca sino sueño. Pero al final siempre acababa sumando. Y creía. Y quería desear que el próximo año el mundo y mi país, abrirían las puertas a lo imposible para contagiar a todos del deseo de vivir. El deseo que comienza por reconocer que somos muy, pero muy afortunados, simplemente porque entre billones de billones de posibilidades negativas, nos tocó nacer. Y eso es suficiente para al final, cuando pase la muerte frente a nosotros, sentir gratitud.

Pero eso era antes. Ahora parece que no es mucho lo que hay que agradecer. O no lo vemos. O nos lo oculta lo otro; la lista infinita de pesares. Los secuestros, los asesinatos, las extorsiones, la desconfianza en las autoridades; la impunidad en las calles, en las aulas, en las oficinas, en los palacios, en los templos. La impunidad arrancando los ojos a la vida que tiembla de miedo cuando deja de reír. El miedo a mirar de otra forma nuestro entorno, nuestra ciudad, nuestra calle. O el miedo a dejar de mirar la voz que todavía pronuncia un saludo, la mano del niño, el rostro de letras del anciano, los colores de la fruta a media calle, los sonidos del mercado y los de la noche. La belleza de un cuerpo. La noche. La luna inmensa que con tanto descaró se acomodó la otra noche en la azotea de la ciudad.

Me olvidé este año de comprar las uvas. No estrenaré ni una sola prenda de vestir. No pondré atención al color de la fortuna. No sé si brindaré. No he escrito la lista de mis buenos propósitos. No he escrito nada en las últimas semanas. Ni un poema, ni un proyecto, ni una línea de mis manos sin huellas de poemas recientes. Me olvidé del propósito de terminar con el año el libro de conversaciones con Chavela Vargas. La semana pasada y por primera ocasión en años, no entregué mi nota a este diario. Llamé para decirles que al día siguiente lo haría. Y luego al otro, y al otro. Perdí la memoria. No me acordé del significado del nombre de mi columna, Ínsula barataria. La isla de Sancho Panza. El sitio de los sueños vivos. De los sueños de todos los que son lo que escriben.

Hasta hoy comienzo a mover los dedos de la prosa. Después de hacer un gran esfuerzo para olvidarme de todo. Desde comprar las uvas, hasta de los rencores, de la rabia de ver como roban la esperanza en cada esquina, del miedo de mis hijos, del dolor de mi madre y del de muchas otras madres; del despertar con minúsculos fragmentos de cristales en las venas, empapado mi rostro. Olvidé por un momento todo eso y respiré.

Hubiera querido que mi última columna del año fuera diferente. Que estuviera llena de buenos deseos. De buenas intenciones, de música, de historias de pies que bailan en los parques. De niñas que se miran al espejo y sonríen cuando se reconocen. Hubiera querido contarles que tuve un sueño. Y que al despertar el sueño era poesía. Y que la libertad que me dio el sueño, se despertó conmigo. Hubiera querido decirles que hay que desear. Desear que el deseo no deje nunca de ser deseo. Pero que se renueve, que nos renueve, que nos arroje al abismo, al fondo de la montaña, al mar abierto. Para que no haya nadie sin voz, nadie sin trazo, nadie que muera de miedo, de rabia, de soledad, de tristeza. Nadie que se quede quieto. Desear que los únicos deseos que parecen realizarse hoy día, los malos deseos, se extingan en el fuego de cualquier amanecer.

Hubiera querido invitarlos a brindar por lo imposible. Decirles que es posible encender lo imposible, escucharlo, construirlo, hacerlo estallar en plena calle. Hubiera querido contagiar mi necesidad, mi brutal necesidad de creer. Tal vez de esa manera volverían a reinar la sonrisa, el tacto y las palabras sabias que tanto, tantísimo abrigan en las invernales noches de la impunidad.

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martes, diciembre 16

Sexo con placer, un derecho recuperado

Nunca le tuve miedo a la tristeza. Aprendí desde niña que estar triste puede hacernos sentir con más intensidad la vida. Si sabemos distinguirla de la depresión, la tristeza nos permite entrar en un estado en el que la sensibilidad domina, y todo cuanto nos rodea cobra otra forma. La forma justa que le coloca el mundo a sus dolores. La dulce e inofensiva tristeza.

Pero hay un tipo de tristeza más antiguo, más arraigado, más callado. La tristeza de perder poco a poco el deseo. De percibir cómo se va reduciendo el disfrute, la urgencia del abrazo, el goce.

La tristeza de ya no poder sentir ni dar placer a la pareja. Es la tristeza que se les mira en las pupilas a los viejos. La tristeza que los lleva a preparar la llegada de la muerte a sus vidas. Y comienzan a morir al ritmo que marca la paulatina pérdida del deseo. Despacio, sin alarde, sin desgarro, casi quietos. Pero solos, muy solos.

Don Emilio tiene 81 años y una sonrisa nueva, amplia, descarada. Se acaba de enterar que su derecho a disfrutar del sexo le ha sido devuelto. Dentro de poco obtendrá gratis las pastillas que combaten la disfunción eréctil y podrá volver a gozar lo que desde hace unos años es sólo un recuerdo. Amable, complaciente, grato, pero un recuerdo. Enviudó hace cinco años y no había querido buscarse una novia. Ahora lo hará sin ninguna vergüenza. Sin tener que despedirse en la puerta de la casa para no decepcionarla.

Para que no sienta su tristeza, para poder sacarla a bailar otra vez en la Plaza del Danzón y que ella acepte. Pero con la donación de Viagra, podrá también invitarla a su casa, abrazarla, acariciar su cuerpo, besarla, hacerle el amor como solía hacerlo antes de que la vejez le jugara una mala pasada.

Todos los mayores de 70 años que viven en la ciudad de México tienen derecho a la pastilla azul, como le llaman al Viagra, Levitra o Cialis. Y aunque algunos aseguran que aún no la necesitan, todos le dan la bienvenida. “Yo la guardaré para cuando se ofrezca”, dice Juan de 75 años. “Por si llega la quinta”, comenta Ramiro cuyo sombrero exhibe la sombra de su pelo recién pintado. A su lado, una mujer lo toma del brazo y antes de llevarlo de nuevo a la pista sonríe, una sonrisa cómplice. “La quinta soy yo”, confiesa más tarde. “Y la primera también. Y la sexta, seré la sexta”, dice con voz suavecita de danzón.

Fue el gobierno de Marcelo Ebrard quien tomó la decisión de quitarles la tristeza a los ancianos que se encuentran en el Programa de Adultos Mayores. Lo anunció en la Plaza del Danzón este fin de semana. Quien reciba los medicamentos se someterá a un examen médico para evitar cualquier contratiempo. Se les revisará el corazón, la fuerza de sus latidos. Y es que las mujeres dicen que están preocupadas, casi todas.

Temen que se “aloquen” demasiado sus maridos. No vaya a ser. Y afirman que además, así como están, ellos “cumplen”. Pero cuando hablan sobre la pastilla azul, más de un minuto les brilla la mirada. Aunque las palabras que emplean no correspondan, les brilla la mirada y terminan por aceptar que una ayudadita, quizá de vez en cuando, no les sentará nada mal. Después de todo, amar de noche, amar de tarde, amar sin que se terminen del todo las caricias, es como ir ganándole terreno a la tristeza antigua, al tiempo, a la angustia que causa la crisis económica, la violencia, la soledad. Es como volver a respirar sin sentir que se agota la vida. A Martina su marido no volverá a gritarle.

No es que lo haga demasiado, explica a un grupo de mujeres que se reúnen en la Plaza del Danzón cada fin de semana, pero lo hace.

Lo hace cuando intenta hacerle el amor y le falla. O cuando deja de intentarlo. Se pone a gritar por cualquier cosa y ella entiende que quiere hacerle el amor como antes. A ninguno de los dos le afectan las arrugas en sus cuerpos. Ni el vientre abultado, ni la lentitud con que se mueven las manos sobre el cuerpo tranquilo del otro.

Sólo quieren gozar. Disfrutar del sexo, que regrese el deseo. El deseo que coloca una mordaza a la violencia. Y que abre una puerta más a la vida. Para que se quede un tiempo más. Para que no se vaya la vida, antes de morir.

Más de cien mil personas mayores de 70 años comenzarán 2009 buscando una pareja o compartiendo con la que tienen un placer casi olvidado. Algunos irán a bailar danzón a la Plaza de la Ciudadela, como lo hacen desde hace años cada fin de semana.

Sólo que ahora bailarán con el deseo prendido en la mirada y el temblor, otra vez el temblor, al filo de la vida.

insulabarataria_mariacortina@hotmail.com

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Muertos mestizos

No faltó nadie, estuvieron desde el cineasta Luis Buñuel, hasta los escritores Salvador Elizondo y Alejandro Aura, pasando por el galán Mauricio Garcés, el filósofo alemán Walter Benjamin, y el historiador Edmundo O´Gorman. También levantaron una enorme ofrenda para Mamá Tomasa, una mujer que a raíz de que su hijo muriera ahogado en un pozo, decidió habitar el universo de la locura, y otro para un nutrido grupo de artistas, entre ellas Frida Kahlo, Remedios Varo, Lola Álvarez Bravo y Tina Modoti, cuyas fotografías estaban pegadas sobre los rostros de unas muñecas Barbie. No faltó el altar dedicado a las jóvenes asesinadas en Ciudad Juárez y uno pequeño pero muy artístico, dedicado a Doña Jesusa Rodríguez, Doña Jesu, como siempre le dijeron sus amigos y la gente que la quiso. Los altares se colocaron desde el miércoles 29 y de no haber sido por la comida, el vino tinto y sobre todo, por el acento de las miles de personas que acudieron a verlos, cualquiera hubiera jurado que estábamos en México y no en Madrid.

Los altares mexicanos no sólo comienzan a ser vistos con admiración en Madrid, sino que además muchos madrileños se unieron este año a la fiesta y montaron sus propias ofrendas. Y todo esto en la sede de la representación del Principado de Asturias, cuyo director Miguel Munarri aceptó la iniciativa de la Casa de Zacatecas en España, de la revista Letras Libres y de la Embajada de México de convocar a través de Internet a la colocación de altares. Fueron más de 20 personas las que se animaron y sin excepción, cumplieron con todas las reglas de cualquier altar.

A mí me pidieron que levantara el de Alejandro Aura y que diera una plática sobre los altares familiares. Entonces me puse a contarles cómo se me había metido la manía de hacerles cada año una fiesta a mis muertos, estuviera yo en el país que estuviera. Y les conté que cuando el martes pasado en la Casa de América escuché a Carlos Fuentes decir que los escritores que no tienen abuelitas le dan lástima, me sentí totalmente de acuerdo con él.

Sólo que a mí no nada más me dan lástima los escritores sin abuelas, sino cualquiera que tenga la necesidad de usar la imaginación para vivir, para reír, para sentir. Yo por lo menos no sé qué hubiera hecho sin la mía. Fue mi bisabuela quien tuvo la genialidad de transmitirme, integra, su memoria. Fue ella quien me enseñó que es posible mirar con el pensamiento, y con la mirada hablar; quien me contó las historias que dieron vida a su vida y que, aún muerta, se la siguen dando. Es decir, me enseñó a tenderle una emboscada al olvido. De nuestros antepasados, me dijo un día, heredamos la memoria, que es como un pez que por las noches despliega sus alas de pájaro. Consérvala.

La primera vez que levanté un altar en Madrid, tenía pocos meses de haber llegado. Coloqué mi ofrenda con mi hermano mayor en el sitio central, pues llevaba apenas unos meses de haber muerto y envié a quien pude la invitación que mi hijo diseña cada año para la fiesta de muertos. Estuve a punto de perder a casi todos mis nuevos amigos. Casi ninguno entendió el porqué de la fiesta, de las calacas, de la risa en las calaveritas de azúcar, de la música, del pan de muertos, de las flores, del plato de harina. Todos, o casi todos me miraban extrañadísimos y un poco asustados cuando les contaba que en la harina dejarían la huella mis muertos al momento de llegar al altar. Se hicieron terribles e incomodísimos silencios en varias ocasiones. Hasta que la música, el tequila y el baile se encargó de quitarles el espanto.

Al año siguiente ya estaban más relajados. Incluso mi amiga Isabel me ayudo a ponerle arte al altar a partir de ese año. Y se volvió toda una experta.

El que levantamos este año dedicado a Alejandro Aura tenía ese toque gitano que no le va nada mal. A la gente le gustó. Hicieron todo tipo de preguntas. Y ninguno se asustó, ni pensó que estamos locos, ni que los mexicanos somos medio raros. Se quedaban viendo los altares con respeto y luego se reían. Como debe de ser.

Algunos de los altares fueron levantados por jóvenes. Mexicanos algunos, españoles otros. Son las nuevas formas de ver a la muerte. Con imaginación, con creatividad, con ganas de tenderle una emboscada al olvido. Y conservar la memoria. Para vivir.

La mañana de este domingo, antes de quitar el altar, miré las fotografías, el plato de harina, el mole sin olor, el mezcal sin sabor y comprobé una vez más que es la muerte la que levanta en México a la vida.

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jueves, diciembre 4

El otro riesgo

Dicen que todavía ni siquiera comienza lo más duro. Que los mexicanos no tenemos ni idea de lo que será esta crisis económica mundial. Ni cuánto nos afectará. Dicen que alcanzará dimensiones aún mayores que las de 1929. Que aquella debacle solamente la pudieron contener con una guerra. Dicen todo eso y comienzan a contar casos particulares de una empresa, de una cadena de tiendas, de una y otra familia que están perdiendo su fortuna. Luego vienen las especulaciones sobre los suicidios. Sucederá o no lo mismo que en el 29, cuando los más afectados o los más enajenados, se tiraban al abismo de asfalto desde lo alto de los edificios financieros.

Muerto su dios en la guerra de papel, no quedaba sino el vacío de esperanza en sus cerebros. No quedaba sino morir.

Los medios de comunicación difunden una tras otra, las caídas de las bolsas de todo el mundo. Algunas de mis amigas compran por primera vez en su vida, dos o tres periódicos el mismo día. Vi a una de ellas deshacerse de todas las secciones para quedarse solamente con la financiera. Le pedí la primera plana. “Esa solo habla de los muertos del día”, me dijo mientras me la entregaba sin ver mi rostro atónito. En cosa de una semana, la violencia dejó de ser el motivo de los desvelos de los mexicanos. La ansiedad tiene de pronto otro semblante. Se hablan menos, mucho menos sobre los secuestros, las cabezas cortadas, los campesinos acribillados, las inverosímiles historias sobre la participación de un grupo de albañiles en los cárteles de la droga. En unos cuantos días parecen haber dejado de turbarse con las noticias de los narco mensajes que amenazan con ensanchar los límites del horror. Y por momentos da la impresión de que ya nadie se preocupa del futuro político de éste país.

Hasta los que nada tienen que perder, pierden el sueño, la tranquilidad, la paz interna. Conozco a una persona que no se ha sentado a escuchar música, ni a leer un libro, ni a mirar como va entrando la noche a la tierra, en toda una semana. Y lo peor es que en siete días completos, no ha reído. Antes no podía pasar ni unas horas sin música. Y menos dejar de inventar ocurrencias para ejercitar su derecho a reír y hacer reír. O dormir sin leer aunque fuera un pedacito de algún libro. Hasta los que no han invertido sus ahorros en la bolsa de valores, comienzan a sentirse afectados, intranquilos, vulnerables. El desasosiego se contagia. Aunque no sepan exactamente qué está sucediendo, ni en qué va a parar todo esto, despiertan sobresaltados en la madrugada. Los perturba el temor ajeno. La angustia de ver morir una vez más a su dios de papel.

Dicen que la crisis está apenas dando sus primeros pasos. Y es cuando la alarma se dispara. El miedo se apodera de las palabras, no hay otro tema en los discursos, en las frases, en los pensamientos. Nadie calla. Y cuando se agota el tema, o alguien intenta agotarlo, la incertidumbre que flota en el ambiente se arma. Y la gente comienza a arrojar, una tras otra, palabras agresivas. Aunque no haya razón alguna para hacerlo. Aunque se esté hablando sobre la amistad o sobre los hijos, el amor, el tiempo, los proyectos que una tarde, sin proponérnoslo, diseñamos; aunque se esté hablando de recuerdos antiguos, de historias contadas por las abuelas, la agresión se abre paso. Agoniza la risa en las reuniones. Se quedan sin lengua las carcajadas. Escasean las caricias. Se paraliza el deseo de sentir que aún estamos vivos. Y que entre los placeres del cuerpo, la risa ocupa un lugar privilegiado.

La risa sonora que vuela sin abandonarnos cuando la invitamos a expresarse.

Nada hay peor que depender de los secretos de un dios efímero, nada más lacerante que el arrancarle la piel a lo cotidiano y dejar de desear el deseo que nos funda. El deseo de mirar el rostro matinal del mundo. Y creer en las manos que escriben, en las que aran, en las que dibujan, bailan, tocan un instrumento, acarician.

Dicen que lo peor aún no llega. Que todavía falta que se desplome en cenizas el sistema financiero. Que los mexicanos ni idea tenemos de lo que vendrá. Dicen todo eso y me aterra la daga en la palabra, la agonía del deseo, el futuro sin piel que busque sin detenerse nuevos amores. Me aterra el dominio que ejerce un dios de papel. Y el riesgo de perderlo todo.

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miércoles, noviembre 26

Soledad urbana

Hace tiempo que no notaba tantísima soledad en la ciudad. O quizá no me había detenido a observar los rostros, las manos, los gritos, los silencios. La sombra de la soledad oculta detrás de un vidrio apedreado, un gemido, un insulto, un dolor leve en el vientre del que cruza una calle por la noche; la sombra de la angustia en la mirada de una mujer que espera la llegada a casa de su hijo.

El cuerpo de la soledad crece y se extiende, casi líquido, sobre el asfalto. Como un muro invisible, ciega el alma. Y la altera.

La soledad es hoy ausencia en el exceso. Carencia en la opulencia. El vacío que estalla al centro de la multitud. Nada hay en lo pleno, en lo grandioso, en lo atiborrado. Nada en la memoria de un 2 de octubre de estudiantes baleados. La mayoría de los jóvenes ignora la lucha de aquellos jóvenes que entonces eran mayoría. No la entienden. Están solos los jóvenes de antes y los que hoy no consiguen imaginar las causas de un movimiento estudiantil de aquellas dimensiones. Y no preguntan. Hoy saben de otras batallas. Ven otros cuerpos tirados en las calles, fragmentados, destrozados, arrojados en barriles con ácido. Hoy sentimos los estragos de la narco guerra y cerramos los ojos. Como no queriendo sentir el dolor. Pero la soledad no acepta la derrota. Y nos persigue el dolor de no contar con armas para combatirla.

Hoy, las armas que nos muestran en los noticieros son armas de guerra. No son armas ligeras, ni revólveres ni pistolitas. Son rifles de asalto, AK-47 y AR-15 que llegan desde Estados Unidos para ensanchar el horror. Y llega también armamento antiaéreo, lanzagranadas y otras armas con tiro expansivo para que no quede ni rastro del chaleco antibalas. Ni rastro de esperanza.

Un grupo de los jóvenes que asistieron a la marcha del 40 aniversario del 2 de octubre, atacó a pedradas las ventanas de los establecimientos comerciales. Dicen que robaron varios objetos y que usaron la violencia contra algunos policías y dos integrantes de la Comisión de Derechos Humanos. Eran grupos de vándalos a sueldo. No se sabe quién les paga, quién los contrata. Para qué. Hay otros jóvenes que cometen delitos mayores. Son jóvenes que matan, cortan las cabezas de sus víctimas, los arrojan en las carreteras. Para dejar claro el mensaje de sus amos, los capos de la droga que cuentan con un batallón completo de jóvenes a su servicio. Son jóvenes dispuestos a todo con tal de salir de la miseria en la que viven. La misma que padece gran parte de los mexicanos.

La miseria y el hambre desesperan. Los chavos roban por hambre. Después se habitúan al dinero fácil. A las grandes cantidades de dinero que les ofrecen los narcotraficantes. Y van por la vida con las manos llenas de dinero y sangre, pero con la inteligencia deshabitada. Abandonada, vacía.

La otra tarde me insultó un hombre desde su vehículo. No supe la razón. Estábamos detenidos frente a un semáforo en rojo. No cometí ninguna infracción. No rocé siquiera su automóvil ni toqué el claxon. Nada. Me insultó como insultan los hombres desde tiempos inmemorables a las mujeres. Yo simplemente lo miré a los ojos. Y noté su soledad.

Están plagadas las calles de la ciudad de soledad. Este domingo la miré en las manos arrugadas de la mujer que pide dinero en una esquina. Envuelta su cabeza con un rebozo de bolita, se acercó a la ventana y extendió su mano de anciana. La mano de la soledad. Venía de lejos. Me contó que todos los días camina cuatro horas y se detiene en la misma esquina donde algunas personas ya la conocen. Y de vez en cuando, le sonríen. Antes lo hacían más, me cuenta. Ahora apenas la miran, sin reconocerla. Están solos. Y no tienen ya la capacidad de ver.

La soledad en la ciudad cobra la forma de una garra. No es la soledad compartida que por ejemplo, provoca una obra de arte. La soledad del artista plasmada en la obra y dirigida hacia otra soledad que le mira y la disfruta. Es eso el arte. Lo íntimo. Pero la otra soledad, la soledad urbana, desconoce al otro. Provoca que todos los habitantes de la misma ciudad nos desconozcamos y nos ignoremos. Es la soledad que brota del miedo. El miedo a la violencia, al grito, a la impunidad que se apodera a gran velocidad del mundo.

En menos de dos semanas han entrado ladrones a robar tres diferentes edificios cerca de donde yo vivo. Nadie sabe cómo lo consiguieron. Saltaron las bardas, las cámaras, los vigilantes. Se hicieron invisibles. Los vecinos están asustados. Tienen miedo. Nadie habla con el otro. Sospechan y se envuelven en el despiadado manto de la soledad. Como quien gravita en un espacio oscuro, hacen lo que antes solo hacían los poetas: se cuidan de la esperanza.

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jueves, noviembre 6

Reir a los 94 años

Tiene 94 años y no deja de reír. Le da risa la lluvia, el sol, el frío, el calor, la vida misma. François Chevalier ama a la vida y a México. Lleva cerca de medio siglo dedicado a estudiar su historia, primero en el archivo de Indias en Sevilla y después en México. A fines de los cuarenta él y Joseph, su esposa, vivieron durante unos 15 años en la ciudad a la que ama como si fuera propia. Como a París, o más. Dice que tiene mucho que agradecerle y me cuenta historias de cuando Ignacio Asúnsolo, el escultor, y su esposa Mireille armaban unas grandes parrandas en su casa de la colonia Roma. Ahí conocieron los Chevalier a Diego Rivera, a Siqueiros y a muchos otros personajes de esa época que pasaron a formar parte de su círculo de amigos. Fueron días que Chevalier disfrutó mucho, según me contó riendo este fin de semana, al final de su viaje de dos semanas a México. Pero donde mejor se sentía era en las calles, en el campo, en los volcanes. A viento abierto.
François Chevalier recorrió México a caballo, en motocicleta, en autobús, a pie. Conoció decenas de sitios arqueológicos, buscó la historia en haciendas, iglesias barrocas, en las fiestas populares. Él y su amigo, el también historiador Ernesto de la Torre, se montaban de tanto en tanto en una Harley-Davidson y se lanzaban al rescate de la memoria. Iban con frecuencia a San Juan de los Lagos, sobre todo en días de feria. En 1948 se subieron a un caballo y después de cuatro días de cabalgata, llegaron a Ostula, en Michoacán. Querían conocer a la comunidad indígena de aquel sitio que, según se habían enterado, era de las más aisladas del país. De la Torre consiguió un permiso especial eclesiástico para poder entrar y quedarse en Ostula, pero no más de dos días. Era el tiempo máximo que la comunidad permitía a los “racionales” permanecer en el pueblo. Todos los no indígenas éramos para ellos racionales, recuerda Chevalier y ríe. La racionalidad estorba, dice y vuelve a reír.
Sesenta años después, a sus 94, Chevalier se despojó de su racionalidad de hombre blanco y volvió a Ostula. Solo que no lo hizo a caballo. Llegó con Joseph por carretera y encontró otros rostros sobre el rostro antiguo. Alguno que otro conocido, el mismo faro. Dice Chevalier que los indígenas siguen defendiendo sus tierras como lo hacían entonces. Sólo que antes decían que sus abejas necesitaban toda la selva que los separaba del mar, para que no sembraran los hacendados que los rodeaban. Ahora las cuidan tanto que apenas en julio pasado asesinaron a uno de los dirigentes comunales en lucha por recuperar varias hectáreas en disputa.
A Chevalier le tocó enterarse en Ostula del asesinato. Y también le tocó estar en México la noche en que lanzaron una granada en plena plaza pública de Michoacán. Está informado al detalle de la violencia, de los crímenes, de la guerra del narcotráfico. Pero aún así cree en México. Dice que es su gran pasión. Su segunda patria, su dolor. Me cuenta que le duele el dolor de México, pero está convencido de que la mayoría de los mexicanos grita el grito de la no violencia. Lo dice sin reír. Después me cuenta que uno de sus hijos nació un 15 de septiembre. Como para recordarle siempre la noche del grito, me explica y esta vez sí ríe.
Después de su viaje a Ostula se fueron los Chevalier a Mazatlán. No se hospedaron en ningún hotel. Se quedaron en la casa de la misma familia que hace 60 años le daba alojamiento. Una familia mexicana que también es medio francesa, aunque nunca hayan ido a Francia ni hablen francés y apenas sepan en qué parte del mundo se encuentra el país de los Chevalier. Es medio francesa porque reciben a los Chevalier como recibieran a cualquier miembro de su familia. Y porque François Chevalier lo siente así en el corazón. Un corazón que ha latido 94 años sin mayor complicación. Y que ama tanto a México que cuando camina por sus calles llora. Llora mientras ríe.
Después de recibir la Medalla 1808 que le entregó a Chevalier y a otros siete historiadores más el gobierno de la ciudad de México, y a su regreso de Manzanillo y Michoacán, los Chevalier decidieron hospedarse en un pequeño hotel de la colonia Roma. Querían recordar el México de los cincuenta. Revivir la época en la que Chevalier participó en la fundación del IFAL, donde conoció a Alfonso Reyes y a Alfonso Caso. Quería él escribir otra vez lo imposible. Sentir la piel, debajo de la piel de la historia. Abrir de nueva cuenta el deseo de la memoria. A sus 94 años.
Una mañana fueron al mercado de San Juan. Quedaron felices de ver los mismos puestos, la misma fruta limpia, los mismos aromas a queso y sesos. Pero como en Ostula, vieron otros rostros sobre el rostro del recuerdo. Y echaron de menos a la marchanta de las lechugas que solía platicarles historias del campo, y al vendedor del puesto de pescado fresco que les regalaba palabras con recetas mestizas.
Este domingo los Chevalier regresaron a Francia. Dicen que llevaban la Medalla del Bicentenario en la maleta de mano. Él contó a los policías de aduana la historia de la medalla, les mostró la fotografía del artista Juan Manuel de la Rosa quien la diseñó. Les dijo que era de oro como el sol, como el maíz, como la vida misma. Como un día fue México. Como quizá será cuando se detenga el viento que trae olores de violencia y muerte. Si es que se detiene. Si es que, como dice François Chevalier, los mexicanos recobramos la memoria. Y volvemos a reír.

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