lunes, marzo 9

¿Elegir morir?

Si fuera posible decidir el día, la hora, el lugar donde morir, estoy casi segura de que nadie lo haría. O casi nadie. Es difícil decidir morir. Desear morir. Aun para aquellos que ya recorrieron las montañas, los bosques y los valles de la vida. Es difícil tocarle la mirada a la muerte que mira de frente a todo aquel que testifica, paso a paso, el lento deterioro de la vida. No, nadie, ningún anciano por propia voluntad desea marcharse. Por más insumisas las piernas, por más rígidas las manos, sexo, dedos, cintura. Por más despobladas las uñas y cobarde la memoria, la vida ata al dolor, silencia al discurso pronunciado desde la razón, vence a la voluntad manifiesta de descansar, al fin, en el etéreo espacio donde el alma, desnuda, asume el mando.

Cuando la vida escapa, nada importa más que conservar la vida.

Me lo dijo una mujer de 90 años. Después me pidió que me acercara para susurrarme al oído el nombre del más temido de sus enemigos. Es el tiempo, confesó. El tiempo que lame dulcemente mi cerebro, como si yo fuera roca y él, mar. Eso me dijo y me quedé sin ninguna palabra que darle, ni una frase para responderle. Nada. No supe qué hacer más que ponerme a mirar sus pupilas dilatadas por la persistente luz que imagina le quema los párpados. La luz huidiza de los hombres y mujeres solitarios. De los que tienen todo y nada tienen. Solos.

No digas cómo me llamo, me pidió antes de que saliera de su habitación. No digas cómo me llamo, pero escribe sobre mí. Diles que en ocasiones sueño que estoy muerta. Y que cuando despierto me escucho hablar y pienso que en realidad estoy muerta. Pero regreso, siempre regreso a la vida.

Le pedí que lo siguiera haciendo. Que todavía hay tiempo para regresar. Que hay quien ha vivido más, mucho más de 90 años. Le conté del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo que alcanzó los cien. De Andrés Henestrosa que murió a los 102 y de mi bisabuela que lo hizo cuando acababa de cumplir los 104, aunque no le confesé que era esa su edad inventada, pues no tuvo nunca un registro de su nacimiento. Más de cien años dijeron los médicos cuando murió. Ciento cuatro, dijo su hija cuando le cerró los labios todavía tibios de amor.

No diré cómo se llama. Diré sólo que tiene 90 años de vivir y que no tiene ninguna intención de morir. Aunque ella sabe que tendrá que hacerlo, lo sabemos todos. Todos lo llevamos bordado en la memoria desde que nacemos. Vivimos para avanzar hacia la muerte. Paso a paso. Pero ella sabe también que podemos robarle tiempo a la muerte. A la muerte hija de su pinche madre, me dijo, sin disculparse con el médico que entró a la habitación justo cuando subió la voz para calificar a la muerte de hija de su pinche madre. Y el médico trazó una sonrisa inquieta, ignorante, una sonrisa que se mutila el sonido por no saber cómo ingresar al territorio de los sentenciados.

No les digas cómo me llamo, me volvió a decir al día siguiente, segura de que escribiría sobre ella y su palabra. Me pidió que llevara una grabadora. Que guardara uno a uno, los sonidos de su voz, para poder pronunciarse viva cuando muera.

Tres, dos uno, grabando, le dije y comenzó a decir su edad, su deseo de vivir un día más, dos, diez. Tengo noventa años y estoy viva. Viva de tanto vivir, de tanto amar, de tanto gritar que estoy viva, como la vida, como el color rojo , como los recuerdos rojos que saben a pan, dijo y luego guardó silencio por varios minutos. No sé cuántos. Los suficientes para que yo pensara el valor inconmensurable que tiene la vida para quien la ha vivido 90 años. Para quien la ha gozado. Y lo poco, o casi nada que significa hoy la vida para tantos, para tantísimos seres humanos a quienes últimamente les ha agarrado la manía de confundir la vida con el poder. El vértigo que produce el abismo, con la caída. La muerte con el triunfo.

Todos moriremos, me dijo la mujer anciana. No hay dinero que pueda evitarlo, ningún mecanismo que lo consiga. Ni todas las agencia de inteligencia unidas, ni la fortuna y poder de todos los barones de la droga juntos podrán impedirlo. Ni los príncipes, ni los sacerdotes, ni los chamanes, dejarán de morir. Nadie. Morir no tiene remedio, ni precio. No hay nadie a quien corromper para que ponga a morir a otro en nuestro sitio. Morir es lo único personal. Más que amar.

Cuando ella me lo dijo, apagué la grabadora. Presentí que ya todo estaba dicho y además, volvió a quedarse dormida. Está todo dicho, pensé. Al menos mientras vuelva del sueño con otra historia que contarme sobre la forma cómo puede todo ser humano ganarle la batalla a la muerte. Por trozos.

A los 90 años, no siempre se vuelve del sueño con una historia propia. Ella volvió contando que las cosas, los objetos, las paredes de su casa no le pertenecen pues no han envejecido a su lado, a pesar de haber estado juntos los últimos años. La vida es el presente, le dije. Nada más. El presente que no siempre se vive en el mismo sitio, sino en donde el cerebro decide.

Ella lo vive en una habitación distinta a la que estaba antes de dormir. Pregunta quién la trasladó de habitación y por qué. Pregunta en qué país estamos. En qué ciudad. Qué diablos hago yo ahí. Cuando mira la grabadora guarda silencio. No dice nada. No responde a ninguna pregunta. La enciende y escucha. Se escucha viva y sonríe. Después toma mi mano. Tiemblan sus labios, la piel de la frente, tiembla. Es el tiempo que le lame dulcemente su cerebro, como el mar a la roca.

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sábado, febrero 28

Desamor y amistad

La mayoría de mis amigos no festeja el Día del Amor y la Amistad. No es que duden o no del amor o renieguen de la amistad, simplemente les parece ocioso, ridículo o cursi y se niegan a obedecer las reglas impuestas a las emociones. Detestan lo carente de misterio, lo acabado, lo que tiene sentido, aunque sea un sacerdote que vivió hace 18 siglos quien dio origen a esta festividad y no alguna asociación internacional de comerciantes, como podría pensarse.

A mí me da francamente igual. Ni critico ni celebro que haya una fecha específica para amar. A los jóvenes, en general, les gusta. Al menos así me lo aseguraron un taxista, tres estudiantes, cuatro lavacoches, una mesera, una enfermera, siete empleados y una peluquera, a quienes les lancé la pregunta. Ese día, me dijeron, dan y reciben regalos, se besan con mayor intensidad, hacen una fila enorme para entrar a un hotel de paso, o van al cine, a comer al restaurante que más les gusta, o buscan un parque lejano donde acariciarse. Es un motivo, un pretexto, una razón más para comenzar a acumular recuerdos firmes, miradas y sensaciones nuevas. La oportunidad para mirar lejos sin que el tiempo se presente a molestar sobre unos labios cansados de besar bocas sin alma. O con el alma atrapada en un cuerpo que se resiste a partir.

Ignoro qué pensarán los ancianos sobre el tema. No se me ocurrió preguntarles, pero me imagino que algunos sentirán nostalgia. O sonreirán al recordar que no se irán del mundo sin haber sido amados, besados, muy queridos. Habrá otros que rezongarán y dirán que el amor no existe, ni la amistad, ni nada. Reconocerán a solas que existe el placer, el deseo, el vértigo que producen los abrazos largos, sólidos, incansables, pero ¿el amor? Quizá no quieren o no tienen la capacidad de echar a andar su memoria y volver a soñar el sueño nuevo.

El sábado pasado, mientras miles de parejas viajaban en metro, a pié o como pudieron hacia el Zócalo para participar en el mayor beso colectivo del mundo y escuchar cantar a Vicente Fernández, entré a un restaurante de la Condesa donde había quedado de verme con unos amigos. Uno de ellos me recordó unas horas antes la fecha. “Ve de minifalda y amplio escote”, me dijo riendo antes de anunciarme que era 14 de febrero e invitarme a unirme al grupo. No prometí la minifalda ni el escote, pero le aseguré que pintaría mis labios de rubí, de rojo carmesí, como diría una canción de moda de mi juventud. No cumplí tampoco con lo de la pintura labial que nunca utilizo, pero él llegó a la mesa y nos entregó a todos un malvavisco rosa y rojo en forma de corazón, envuelto en una bolsa de celofán con moño de rubí, de rojo carmesí. Lancé al abismo mi prejuicio hacia lo cursi, y disfruté el gesto. Después de todo, los amigos somos los que más tiempo permanecemos amigos. Más que los novios, que los esposos, que los amantes, casi todos. Los amigos nos perdonamos más fácilmente nuestros errores, ejercemos la solidaridad con mayor libertad. Toleramos nuestros excesos, aguantamos, nos abrazamos sin sospechas, nos mostramos uno al otro con mayor nitidez, sin tanto maquillaje en la sonrisa, sin máscaras nocturnas. Los amigos arriesgamos, dejamos lo que estamos haciendo para acudir al llamado de otro amigo. Somos cómplices de cada una de nuestras verdades. Y de toda mentira.

Hay quien piensa que la amistad existe sólo en la juventud. Yo no lo creo. La amistad, aunque con el tiempo se vaya reduciendo por dentro, como un cerebro, perdura hasta la muerte. Y posee el don de evitar poseernos.

El amor en cambio, no es duradero. Ni lo podemos definir tan fácilmente. Es lo que es mientras se ama. Y nada más. Existe mientras el ser amado existe. Ni antes ni después. Y condiciona, excluye. Nunca un amigo condicionará su amistad a que destruyas tu amistad con otro. El amor es exclusivo, se cree con el derecho de propiedad. Se ama a una persona que exige ser el amor único. Se es amigo, en cambio, de muchos otros amigos. Se crece en ellos. La amistad también, crece, construye, jamás destruye. Si lo hiciera es que dejó de serlo. O nunca lo fue.

El sábado por la noche, después de comer, tomar, reír con mis amigos pensé en el amor. En lo que podría ser el amor si se ejerciera como se ejerce la amistad. Si el amor nos mirara con la mirada tolerante del amigo; si nos acariciara con su frescura y nitidez, si nos abrazara sin desear dominarnos, sin sospecha, sin celos, sin contemplar la traición como arma para sobrevivir al amor... Al amor que la vida crea. La vida, no la muerte, no el dolor. La vida que pregunta lo que no tiene respuesta. La vida que da vida a lo imposible. Y que de tanto en tanto busca amar.

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miércoles, febrero 25

Contra el Miedo a la Crisis

De tanto escuchar, leer, hablar sobre la crisis económica, se nos está agotando la capacidad de mirar hacia otros espacios, dentro de otros ríos, frente a nuevos espejos. Minuto a minuto, los medios de comunicación en el mundo entero reproducen las cifras de la catástrofe. Los analistas, economistas, inversionistas, anuncian la debacle y predicen la continuación del caos, su carrera imparable, la extensión de su dominio hacia cada vez más países, ciudades, pueblos, empresas, comercios, fábricas. No hay ya ningún renglón de la economía a salvo; en ningún rincón del mundo, nos advierten, sin apenas recordar que atrás de las cifras hay rostros, sentimientos, personas, seres humanos que a distintos niveles se han visto afectados pero que, sobre todo, sienten, aman, lloran y aún en medio de la crisis, ríen.

Yo misma he pasado horas hablando con mis amigos sobre el tema. Que si tiene los mismos orígenes que la gran crisis de 1929; que si la recuperación será rápida o no; que si la responsabilidad mayor fue del sistema financiero de Estados Unidos, que si nos siguen y nos seguirán mintiendo; que si alguien conoce a uno de los afectados por la mayor estafa financiera del mundo, dirigida desde el corazón de Wall Street, discutimos. Pasamos horas enredados en un cúmulo de conceptos sin sentido. Sin pies ni cabeza... Y al menos para mí, sin alma.

La economía nunca ha sido ni mucho menos mi fuerte, reconozco. Soy incapaz de entender la tesis más elemental. No me explico por ejemplo cómo puede un sistema financiero caer así con tanta rapidez y fuerza. ¿Dónde comienza?, ¿en qué minuto estalla? ¿Dónde queda el dinero perdido? ¿Habrá seres come-dineros en el mundo?, me pregunto. Si no, ¿por qué entonces puede ser financiera la crisis? El dinero, que yo sepa, no se consume. El dinero se concentra, dicen los que saben. Los que saben ¿sabrán realmente?, pienso. Una y otra vez le doy vueltas al tema hasta que una arma invisible entra a mi defensa. Justo cuando estoy a punto de creer que el tiempo me ha atropellado la agilidad de pensar, aparece en mi mente la voz de un amigo muerto y me hace reír. O la mirada de un niño de luz que me hace sentir la vida tanto como un poema de Pedro Salinas, un recuerdo, una caricia, una buena sobremesa con las palabras de mis amigos yendo de un extremo a otro, de un trago a otro, de una esperanza a otra.

Como el dinero, los amigos en ocasiones se pierden. Un mal entendido, un cambio de piel, un salto hacia el poder, suele alejarlos. Pero los amigos que no se pierden son los que siempre han estado. Aun antes de conocerlos, estaban a la espera de que se diera ese momento en el que la complicidad abre las alas y nos lleva a recorrer un mundo de sueños que se escuchan, crecen, respiran. Y nos oxigenan. Por más crisis económicas, por más deshonestidad en el mundo, por más descontrol en los bancos, por más desconfianza en aquéllos que dicen manejar los hilos del poder, respiramos viento fresco cuando un amigo nos muestra la palma de su mano abierta.

Olvidamos. En ocasiones olvidamos sentir. Nos preocupa el futuro, el anunciado crecimiento del desempleo y con ello el de la violencia, el horror, el del miedo. Nos sentimos frágiles, a punto de quebrarnos. Y olvidamos que aún la fragilidad puede ser una cualidad, una herramienta, una forma de salvarnos, de colocarnos al otro lado del pánico. De ese pánico que nos lacera las venas de la creatividad y las de la imaginación.

La otra tarde un amigo me comentó que la fragilidad posee incluso un tipo de belleza, una belleza inestable que cruje, que aparece y desaparece, como un jarrón chino, un espejo, un objeto envuelto en una caja de cartón con el aviso “frágil” impreso encima. Frágil, como las pieles sensibles que sienten por fuera y por dentro.

Olvidamos sentir también la fragilidad de otros. Los primeros diez o cien o mil puntos de la agenda son la crisis. Y olvidamos mirar las calles, donde hay gente frágil que echa a andar su voluntad y su imaginación. Como lo hacen en el Faro de Oriente, ese centro cultural ubicado en Iztapalapa, uno de los barrios de mayor fragilidad y marginación de la ciudad.

La comunidad del Faro de Oriente le colocó el nombre de Alejandro Aura a su biblioteca, hace ya más de dos años, fue el mismo Alejandro, con el cáncer labrado ya en su voz, quien develó la placa que hicieron para él. Los integrantes del Faro no olvidaron que hace diez años fue Aura quien impulsó la iniciativa para fundar esta escuela de artes y oficios. Y tampoco olvidaron que la convocatoria que Aura le hizo a la comunidad intelectual y a la sociedad civil para formar el libro club más grande de la ciudad de México, generó un apoyo sin precedentes a esa entonces naciente congregación de jóvenes creadores.

Hoy todavía nacen en la ciudad iniciativas como esa. La cultura como arma contra la violencia, el desamor, el hambre, la soledad, las drogas. Y todavía hay gente que las apoya, que acude a diario a las calles, crea talleres, coloca exposiciones, abre la puerta a la calidez en el territorio ocupado por la intolerancia. La crisis económica quizá llegue a afectar el presupuesto destinado a los programas y proyectos culturales. Pero mientras la creatividad, la imaginación, la belleza y el deseo no sean devastados por la crisis, aún habrá lunes y martes y domingos blancos. Y rodeados de amigos o de su recuerdo nos desprenderemos del miedo a levantar las altas tempestades, como diría el poeta.

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viernes, febrero 6

Identidad interrumpida

De vez en cuando, a lo largo de la vida, es preciso revisar la historia. Plantarnos de frente al pasado y mirar con ojos limpios lo que fuimos. Descubrir cómo, por qué, desde cuándo somos lo que somos. Y preguntarnos cómo diablos no nos cansamos de repetir uno a uno los desastres, el caos, los horrores. Uno a uno los engaños, el acoso, las mentiras, las falsas promesas, las traiciones, los actos de violencia, los desamores.

Algunas veces es preciso también atrevernos a tocar los rostros de aquellos que quisieron abrir un hueco a la mentira. Escuchar el respiro de los que se negaron a pasar a la historia como grandes caudillos, jefes de jefes, mesías de mesías. Tenían todo para serlo: inteligencia, valor, preparación, relaciones, capacidad de mando. Pero les falló el tamaño, demasiado pequeño, de su ego. Nunca consiguieron conjugar, con la maestría de los que lo han hecho y aún lo hacen, la primera persona en todos y cada uno de los tiempos. Ni menos con cualquier verbo o sustantivo. No quisieron o por fortuna, no pudieron, hacer otra cosa que crear, pensar, amar. Algunos tallaron una llave de madera en el desierto. Abrieron el desierto y lo tiñeron con colores de un poema que nadie escribió. Es por ello que cuando pensamos en ellos sentimos la tentación de reinventar la historia. Reinventarnos. Tal como siempre hemos pensado que queremos ser. Realizar el deseo, sin permitir que deje de existir. Deseando desear.


Algunas veces es preciso simplemente desatar la memoria. Quitarle los nudos que la arrogancia le ha colocado a la historia. Ver la transparencia en las venas de las mujeres sin nombre ni apellido que se empeñaron en sacarse, una a una, las astillas de la lengua para pronunciarse. Hablar, gritar. Decidir. Las que nos dejaron abierto el espacio para montar a plena calle una pista de baile, un foro, un puesto de tamales, un parque, una voz, un hospital amigo, una biblioteca de libros escritos por los hombres que les tendieron la mano a las mujeres,. Y por mujeres. Un poema, un museo, un canto.

Ignoro cuántos años tenemos que vivir antes de lanzar la pregunta que denuncia. O admitir la ansiedad que nos desnuda y nos descubre en la orfandad en la que ahora, muchos se encuentran. O dicen que se encuentran. Dicen que es producto de la crisis. Pero desde antes aún de la crisis, éramos ya huérfanos, por más padres teóricos, financieros y políticos que nos hayan pronunciado hijos suyos. La crisis estaba ya ante nosotros. Sin rostro quizá, pero con su fauces devoradoras de almas. De casi todas las almas, menos de los adolescentes.

Mi hijo adolescente me preguntó el otro día dónde quedaba el amor. En qué nivel, en qué discurso, en qué caverna de todas las cavernas que va uno cavando en el alma. Sufrió una pena de amor. Y está convencido de que no hay nada peor que quedarse huérfano de amor. No sabe todavía que aunque es cierto que no hay nada peor que quedarse huérfano de amor, habrá pronto de encontrar otro amor que llenará la ausencia de aromas en su cuerpo. No sabe que hay otras heridas que se llevan en la mano a lo largo de décadas. A flor de piel, las heridas de piel. Son heridas que tienen historia. Heridas que no admiten cicatrices. Ni remedios, ninguna vasija para verter la sangre Son las heridas que la sociedad asume como bienes. La herencia maldita. La manía de repetir las mismas calamidades. La herida sobre la herida. Fuimos objeto de la impunidad. Seamos impunes. O aceptemos el nuevo rostro del abuso. Es esa la herida. La más profunda.

No le dije a mi hijo que pronto otro amor habrá de desgajar su piel hasta la asfixia. No lo creería. Nadie que ama de verdad cree en otro amor más que en el amor imposible. Hasta que nace, victorioso el nuevo amor, de la derrota.

Tampoco le dije que tiene razón. Y no se lo dije porque las personas de mi generación ya casi no decimos nada. O si lo hacemos, es por decir cualquier cosa. No exactamente hablamos de lo que creímos. Cuando creímos. Cuando fuimos. Cuando pensábamos que cambiaríamos el horror, desgarraríamos la mentira, bailaríamos en el triple funeral de la violencia, la prepotencia, la impunidad.

Ahora es diferente. No se habla. Ni se pronuncia la palabra del espejo. Nadie lleva un espejo a las citas con los grandes estrategas. O casi nadie. Ayer me contaron que un intelectual le dijo a un mesías lo que no quería escuchar. No tengo ni idea si servirá. O si le servirá al mesías saber que antes de él están los otros que dejaron su piel por él. Pero decirlo es ya un ejercicio. Lo contrario no ha servido más que para hundirnos más. Para ahondar la fosa en el sitio donde ya yacía un cadáver. No ha servido más que para darle respiración boca a boca al cadáver. O a los cadáveres que en estos días iluminan su sombra.

En la última semana de enero, reviso el calendario para ver cuáles y cuántos son los días de fiesta este año. Le comento a mi hijo que estoy buscando las fechas de los días de fiesta para ir a visitarlo a dónde se lo llevó el miedo, y me responde que nunca antes me había visto buscar las fechas de las fiestas. Antes, me dijo, la fiesta estaba en ti. No me atreví a decirle que ahora llevo una herida en la palma de la mano. Ni que últimamente he pensado que es preciso revisar la historia. Plantarnos de frente al pasado y preguntarnos por qué diablos seguimos reproduciendo tanto, tantísimo caos. Por qué no damos el salto, por qué no recordamos para olvidar que nacimos para ser corruptos, serviles, desleales.
Y de una vez por todas negarnos a soportar ser lo que hoy aparentamos ser.

Todavía no me acostumbro a celebrar los días de fiesta que no son. O si, quizá lo son, pero fueron mudados de un jueves o de un viernes, o martes, o miércoles al lunes. No me acostumbro, digo, pero está bien que así sea. Tendremos más tiempo para desatar los nudos a la historia. E intentar saber por qué diablos seguimos siendo lo que fuimos. O en qué momento dar el salto para entrar a la vida. La vida que está debajo de la vida, abrigada e inmóvil, casi ausente, en el único espacio en blanco del pasado. El espacio desde donde podemos construir.

Desde dónde podemos preguntarnos lo que hasta ahora hemos sido. Y por qué.

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lunes, enero 26

El delito más libre

Tendría unos diez u once años cuando por primera vez sentí que mi cuerpo y yo percibíamos juntos al mundo. Sucedió en plena calle de la ciudad de México, ignoro en qué zona, pero recuerdo el tráfico lento, la entrada de la tarde, mi madre conduciendo y al enorme parabrisas trasero del autobús que teníamos enfrente. A esas alturas yo ya había visto no sé a cuántas parejas besarse —incluidos, por fortuna, a mis padres—, abrazarse, acariciarse en los parques, en el cine, o en una película, sin que sucediera nada, absolutamente nada en mi interior. Pero esa tarde, cuando desde el automóvil familiar vi a un hombre y a una mujer besarse largamente en la parte trasera del autobús, supe que en ese preciso momento mi cuerpo había sido habitado por una fuerza desconocida, inexplorada, mágica casi. Tenue y al mismo tiempo explosiva.

Fue esa la forma de convertirme en mujer. A través de la mirada. Y de un beso ajeno, público, amoroso, fieramente humano, real, generoso. Nunca supe, obviamente, cual fue el destino de aquella pareja. Nunca me interesó siquiera volver a pensar en ellos, ni osé inventarles una historia. Sólo me importaba el beso. Lo que la mirada, a través del beso, me entregó; lo que desgarró en el rincón de los secretos que toda niña guarda sin saberlo. Hasta que sucede. Hasta que dejamos de sentirnos parte integral del todo que nos rodea para comenzar a transitar por el territorio de las soledades.

La soledad de la mujer que comienza a andar su vida y se esconde debajo de su pecho.

Hay quienes aseguran que la soledad es el precio que tenemos que pagar aquellas mujeres con adicción a la libertad. Que no hay libertad con compañía permanente, ni hay tampoco estabilidad, quietud, descanso. Ser libre, dicen, es sentir a la soledad dormida en nuestros brazos. No siempre hiriente, nunca cruel, pero insistente. Como un huésped que cuando se marcha nos deja alistando su regreso. Y en algunas ocasiones, también amando.

La soledad puede ser también ese sentimiento que brota tras el beso. Esa especie de vacío al que nos tiramos después de haber experimentado las sensaciones que produce un beso, un buen beso. Un beso sin tiempo en el cuerpo. Sin otras voces, ni jueces, sin nadie que lo califique. Y menos que lo juzgue.

Si todavía estuviera a tiempo de pedir mis deseos para el 2009, pediría entre otros, que en la ciudad de México donde vivo, nunca vengan a instalarse los depredadores de besos, los jueces destructores del placer, los caza deseos, como el gobernador de Guanajuato, Eduardo Romero Hicks quien prohibió los besos en la calle. Y no es porque tenga yo la costumbre de irme besando en espacios públicos ni mucho menos. Es solamente que no imagino lo que sucedería si se aniquila la libertad de besar donde le venga en gana al deseo. Al amor, a la necesidad de salvarnos de las criaturas grises que rondan en las avenidas, en busca de la desdicha. Solo a ellas puede dañarles mirar un beso.

Recuerdo mi niñez y la de mis hijos. Pienso en mi hija, ya adulta, y en su libertad para amar. Y pienso también en su soledad que es un poco como la mía, sabia en ocasiones, nos abre las puertas del viento. Y respiramos. Pienso en mi hijo adolescente y en su forma de ser libre, tan distinta a la nuestra. La libertad como fórmula para crecer. Para conocer el mundo, para caminar cada uno de sus rincones. Sin miedo. Sin ninguna cautela, transitar por los sueños para despertar rastreando su propia juventud, el cuerpo dormido del joven que ya es. El joven que me contó su primer beso y al hacerlo palabra volvió a su sueño. El sueño del que despertó cuando le abrieron los ojos con la daga del miedo. También mi hijo eligió la libertad y no fue la soledad la que se le impuso, sino el miedo. Un miedo que vino de fuera. Porque yo nunca le enseñé a cuidarse por las calles, ni le dije de qué, de quién, ni le prohibí movilizarse en Metro y otros transportes públicos, a pesar de su pinta de güerito de colegio privado, de niñito rico, de blanquito de mierda, como le dijeron cuando lo amenazaron de muerte. Cuando le quitaron la libertad. Cuando lo obligaron a no volver a utilizar el Metro, a sospechar, a dejar su manía de hacer amigos donde sea. A no ir sonriendo sin ninguna causa por el mundo, como quien sonríe a sus amores invisibles. Pero, aunque el miedo habita hoy en su cuerpo, aún sonríe. Y aunque se haya hecho adulto a la mala, aunque yo me esté muriendo de rabia, nunca dejará de buscar a media calle, un beso. Sin importarle el acoso de las criaturas grises. Ese será su delito. Y mi consuelo.

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lunes, enero 19

La muerte a la interperie

Día tras día aumentan los habitantes de la ciudad de México que van ocupando cada uno de sus rincones. Los escasos espacios donde aún el viento corre, se reducen. Ignoro si hay alguien que todavía mira el cuerpo, incomprensiblemente esbelto, de la ciudad; su mirada de fiera, la piedra en su mejilla. Quizá aquel anciano que llora en el encierro; o la niña que sueña los cuentos de la abuela y quiere ser la abuela. Caminar hasta llegar a la panadería, elegir uno a uno los bizcochos para la merienda, comprar la leche, patinar, jugar al aro o a las matatenas en plena calle. Ignoro si hay alguien que sepa que la ciudad aún no acata la orden de rendirse, ni ha aceptado inmolarse sirviendo a la violencia.

Aún hay siluetas que encuentran lo que creían perdido, un beso a pleno día, una mano en su mano, el tiempo.

Día tras día se vacían otros pueblos de México. Sus habitantes se han ido en busca de consuelo. Antes se marchaban huyendo del hambre. Ahora también, pero hay nuevos reclutas en la huida. Personas de la capital o de provincia que llevan el miedo atado a la cintura, como una soga que lacera la vida. La nueva vida, el instante en que dejaron de respirar con soltura en las noches sin luna. El instante en que escucharon la palabra del odio, y fue creciendo la espina en la garganta, mutilando, quizá temporalmente, quizá para siempre, al habla.

Desconozco las cifras de los que son expulsados del país por la violencia. Por los violentos, por la descomposición de los sentidos, por la escasez de poetas. Desconozco la cifra de los que se quedan a vivir al lado de nadie. Los que no pudieron salir con su familia. Los ancianos, los furiosos, los que no aceptan la orden de rendirse que dicta la violencia. Los que jamás se unirán voluntariamente a las filas de la servidumbre. Y se quedan abrazados a nadie


En ciertos pueblos los fantasmas conviven con los vivos. Algunas veces se acostumbran a verse en la sombra. Perciben los olores, los sonidos quietos del fantasma cuando habla. Cuando pregunta por qué se fueron todos. Adónde.


En varios pueblos del estado de Hidalgo quedan solo cien personas. Miles se han ido y ya no regresan. Si acaso una vez o dos lo hicieron. Pero ya no quieren mirarse en la memoria. Y renuncian a cruzar de este lado de la vida. Se quedan echando raíces en tierras ajenas. No vuelven a escuchar la voz de los ancianos que aguardan en las casas de adobe el regreso prometido, el sobre con los dólares, el timbre del teléfono. Mientras. la tierra crece de hambre, ninguna mano le arroja la semilla, nadie le ofrece un poco de agua.


Supe de una comunidad en Puebla, donde quedan solamente catorce personas, cinco de ellas son niños que asisten a la escuela vacía. No se escuchan las risas, ni un grito de esperanza. La tristeza, en cambio, aparece con su rostro impaciente. Los fantasmas despiden a diario a la vida. Como en Comala, la muerte se instala a la intemperie.


En Beirut conocí también a los pueblos fantasma, en ruinas tras la guerra. Hablé con los diez o doce habitantes que aguantaron las bombas, las amenazas, la soledad y el hambre. Prefirieron un techo sin paredes, el frío en los dedos, la mugre entre las uñas. Eligieron quedarse al lado de sus muertos. De haberse ido, me explicaron, sus familiares muertos olvidarán sus nombres. Y prefieren la vida que imaginan tendrán después de muertos.


En Líbano visité un cementerio. Y hablé a señas con una anciana que llevaba once meses sentada en medio de siete sepulcros. Su familia, toda, murió en un bombardeo. Algún vecino le llevaba comida, una manta en invierno, una caricia. Pero nadie consiguió convencerla de que regresara a su casa. Cuentan que murió sentada y que nadie logró que cerrara los ojos. Sus ojos que recuerdo como se recuerda al desierto. O a la Luna.


Este fin de semana la luna volvió a entrar por la puerta de la ciudad, sin importarle la inquietud de los insomnes.


Ayer por la mañana una amiga me invitó a pasear con su hijo de dos años por el parque. Viene de Madrid, llena de nieve. Me dijo que su hijo, apenas llegó a México, rió de sol. Y entonces volví a escuchar la voz de una ciudad que se resiste a cumplir la voluntad de los violentos. Y vi, una vez más su cuerpo esbelto.

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lunes, enero 5

Los malos deseos

La mayoría de la gente se prepara para recibir al nuevo año. Muchos otros, cada vez más, no lo hacen. No creen, no quieren, no pueden. No consiguen admitir que todo irá mejor, solamente porque estamos a punto de estrenar calendarios. Han dejado de creer en los hechizos, en los sortilegios, en el chaman de todos los tiempos, en el santo de todos los listones, en la magia. No hay ya arte en la magia, no hay magia en la cuenta regresiva, ni en las uvas, ni en las miradas que chocan doce segundos antes del abrazo, para romperlo unos cuantos, solamente unos cuantos se dan cuenta de que finísimos fragmentos de cristales corren en las venas de aquellos a quienes les han mutilado la capacidad de desear. No consiguen expresar ni un solo deseo. No creen en la posibilidad del cambio. Y lloran por dentro de nostalgia, cuando recuerdan los tiempos en que la risa, el tacto, y las palabras sabias reinaban en el territorio de piel que tanto abriga.

Antes, en estas fechas solía hacer un recuento de todo aquello que el año me había entregado. Un hijo, un puñado de amigos, un viaje, trabajo, un libro, un poema al alba, un amor. Y luego venía la lista de dolores: la muerte de un ser querido, el olvido, el perpetuo eco de aquel grito, las varias noches de soñar lo que no será nunca sino sueño. Pero al final siempre acababa sumando. Y creía. Y quería desear que el próximo año el mundo y mi país, abrirían las puertas a lo imposible para contagiar a todos del deseo de vivir. El deseo que comienza por reconocer que somos muy, pero muy afortunados, simplemente porque entre billones de billones de posibilidades negativas, nos tocó nacer. Y eso es suficiente para al final, cuando pase la muerte frente a nosotros, sentir gratitud.

Pero eso era antes. Ahora parece que no es mucho lo que hay que agradecer. O no lo vemos. O nos lo oculta lo otro; la lista infinita de pesares. Los secuestros, los asesinatos, las extorsiones, la desconfianza en las autoridades; la impunidad en las calles, en las aulas, en las oficinas, en los palacios, en los templos. La impunidad arrancando los ojos a la vida que tiembla de miedo cuando deja de reír. El miedo a mirar de otra forma nuestro entorno, nuestra ciudad, nuestra calle. O el miedo a dejar de mirar la voz que todavía pronuncia un saludo, la mano del niño, el rostro de letras del anciano, los colores de la fruta a media calle, los sonidos del mercado y los de la noche. La belleza de un cuerpo. La noche. La luna inmensa que con tanto descaró se acomodó la otra noche en la azotea de la ciudad.

Me olvidé este año de comprar las uvas. No estrenaré ni una sola prenda de vestir. No pondré atención al color de la fortuna. No sé si brindaré. No he escrito la lista de mis buenos propósitos. No he escrito nada en las últimas semanas. Ni un poema, ni un proyecto, ni una línea de mis manos sin huellas de poemas recientes. Me olvidé del propósito de terminar con el año el libro de conversaciones con Chavela Vargas. La semana pasada y por primera ocasión en años, no entregué mi nota a este diario. Llamé para decirles que al día siguiente lo haría. Y luego al otro, y al otro. Perdí la memoria. No me acordé del significado del nombre de mi columna, Ínsula barataria. La isla de Sancho Panza. El sitio de los sueños vivos. De los sueños de todos los que son lo que escriben.

Hasta hoy comienzo a mover los dedos de la prosa. Después de hacer un gran esfuerzo para olvidarme de todo. Desde comprar las uvas, hasta de los rencores, de la rabia de ver como roban la esperanza en cada esquina, del miedo de mis hijos, del dolor de mi madre y del de muchas otras madres; del despertar con minúsculos fragmentos de cristales en las venas, empapado mi rostro. Olvidé por un momento todo eso y respiré.

Hubiera querido que mi última columna del año fuera diferente. Que estuviera llena de buenos deseos. De buenas intenciones, de música, de historias de pies que bailan en los parques. De niñas que se miran al espejo y sonríen cuando se reconocen. Hubiera querido contarles que tuve un sueño. Y que al despertar el sueño era poesía. Y que la libertad que me dio el sueño, se despertó conmigo. Hubiera querido decirles que hay que desear. Desear que el deseo no deje nunca de ser deseo. Pero que se renueve, que nos renueve, que nos arroje al abismo, al fondo de la montaña, al mar abierto. Para que no haya nadie sin voz, nadie sin trazo, nadie que muera de miedo, de rabia, de soledad, de tristeza. Nadie que se quede quieto. Desear que los únicos deseos que parecen realizarse hoy día, los malos deseos, se extingan en el fuego de cualquier amanecer.

Hubiera querido invitarlos a brindar por lo imposible. Decirles que es posible encender lo imposible, escucharlo, construirlo, hacerlo estallar en plena calle. Hubiera querido contagiar mi necesidad, mi brutal necesidad de creer. Tal vez de esa manera volverían a reinar la sonrisa, el tacto y las palabras sabias que tanto, tantísimo abrigan en las invernales noches de la impunidad.

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