miércoles, julio 15

Murmullos de guerra

Algunos despiertan con la soledad adherida al cuerpo. Sin saber todavía quiénes son, permanecen con los ojos cerrados hasta estar seguros de lo que verán. Si los abren antes, morirían de susto o de dolor. El dolor de sentir el hueco en el sitio de los sueños. Ahí donde hace años acudían a diario para crear su historia. El futuro luminoso que un día tuvieron en la palma de la mano. En la palma cerrada de una mano que amaneció, no se sabe con exactitud cuándo, vacía. Por eso ahora no levantan los párpados hasta comprobar que siguen siendo los mismos, porque saben que lo que verán les será ajeno, distinto, opuesto a lo que un día encontraron y guardaron en la palma de la mano. Prolongan cada vez más el acto de despertar, porque saben que al abrir los ojos, la imagen misma de la destrucción saltará sobre ellos, con sus garras de caos.

Algunos salen de sus casas con el vértigo a cuestas. La onda expansiva que produce el griterío de los motores de los automóviles, los gases que emiten tan cínicamente cada día más vehículos, las cabezas rodantes, los ejecutados, el dinero evaporado; la corrupción, todas las noticias del día, impiden que el vértigo desaparezca. Falta aire.

El viento limpio se ha desplazado a otras tierras, como las aves, en busca de salvación.

Algunos, cada vez menos, se reúnen al final del día. Intentan untarse una pomada que arranque la piel muerta de sus manos a golpe de palabras.

Y sueltan frases con obuses a tiro rápido. Una opinión destruye otra que apenas comenzaba a formularse. Difícilmente consiguen escucharse. Algunos lloran sin saber que lo hacen. Lloran y se sientan frente al televisor a mirar cómo lloran las actrices y los actores de las telenovelas de Televisa. Cómo saltan al despeñadero de la fantasía, chorros de lágrimas sin sal.

Es entonces cuando algunos vuelven a creer que es posible vivir la vida que narran las pantallas. Y piensan que tal vez mañana un amor calmará la ansiedad. Quizás la herencia de un familiar desconocido o el reconocimiento del jefe, una sonrisa, acaso una mirada. Por una sola vez en la vida, una mirada que detenga el andar de la ansiedad, su acelerada carrera.

La ansiedad que oprime las venas de la razón y libera, al mismo tiempo, la facultad de percibir lo invisible, lo impalpable, lo que antes caminaba al lado de las multitudes. Lo en silencio perdido.

En la ciudad, nunca hay silencio. El silencio también ha emigrado a otro territorio, para evitar su anunciada extinción. Sabe que si muere, moriría también la música. Y la música es, por el momento, la que lleva más carga de mundo.

La que casi todas las noches se ocupa de salvarlo. La que a algunos les tiende la mano para ahogar el desasosiego en una pista de baile. O enredada la tristeza en otro cuerpo que comparte la urgencia de baile, la desconfianza y el deseo de espantarla. Y es que la desconfianza es también la soledad, porque separa al individuo de todo discurso.

Le repleta los oídos de arena. No enloquece del todo, pero al dejar de creer en la capacidad del ser humano de decir la verdad, pierde trozos de algunos de sus sentidos. Por eso de vez en cuando intenta curarse la desconfianza. Y para evitar tropezarse con el reguero de encono que le rodea. Tanta rabia, tanta ira. Da miedo.

Tuvo miedo. Me dijo mi hijo que tuvo miedo cuando se quedó atrapado durante casi tres horas en la lateral del periférico, a unos metros de la salida de Alencastre y muy cerca de donde cayó el avión el martes 4 de noviembre. Recibió varias llamadas que le explicaron lo que sucedía y que le aliviaron un poco el temor.

El temor sin rostro propio que se exhibe tan campante en cientos de miles de rostros. Después encendió el radio para escuchar la noticia y lo invadió el desamparo. No sabe porqué, no entiende.

Pero sintió quizá por primera vez en su vida, el desamparo compartido. A pesar de que a sus 17 años no le preocupa demasiado definir la causa del desplome de la nave, la incertidumbre está en el aire impuro que respira. La duda.

Las imágenes de la guerra que transmite la televisión, las que imprimen los diarios, las que pronuncian las estaciones radiales.

Las cabezas rodantes, los fusiles, los cuerpos rotos de niños y jóvenes, el dolor. Pero sobre todo, están también las voces que a gritos declararon la guerra abierta contra el narcotráfico. Y muestran en público sus armas, su poderío. Sacan a las calles sus vehículos militares repletos de soldados armados en forma ostensible, agresiva, en posición de ataque. Difunden una y otra vez los operativos militares. La violencia como arma contra la violencia. Guerra es guerra, susurran los mensajes que se escuchan día tras día, hora tras hora. Cada segundo con la bala en la boca. La bala de la desconfianza.

Algunos duermen con la soledad adherida al cuerpo. Lo hacen desde que quedó deshabitado el sitio donde un día comenzaron a crear su historia, su futuro de luz.

No se sabe con precisión hace cuánto tiempo. Pero últimamente prolongan cada vez más el acto de cerrar los ojos. Se quedan con los párpados alzados. Creen que si duermen con los ojos cerrados no podrán ver lo que sueñan. Y los sueños, como la música, todavía no han emigrado a otros campos, aunque algunas madrugadas se les ve ya batiendo las alas.

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Maltrato, amor y placer

Todos los lunes respira profundo y toma la misma decisión. Dice estar segura de que no hay forma de ajustar el permanente enfado de su novio. Ni de apagar los celos con los que casi a diario coloca al destino en sus manos. Aunque la ama, dice. Y ella a él. Se aman, como los amantes que temen que un día la soledad los arrincone, igual que un libro viejo en el verano. Temen, como se teme saber que fuimos jóvenes y apenas lo notamos. O como se teme perder lo que aún no se tiene.

Todos los viernes me cuenta que volverá a ser ella, sin máscara, sin sustos, sin voz dulce en el teléfono nombrando al amor quince veces, solamente para que él no vaya a pensar que está con otro. Para que la siga amando, sin que le permita quitar la mordaza al alma frágil que la cubre. ¿De quién es el deseo, la necesidad de mantenerse mirando un cielo bajo? ¿Quiere él que ella no crezca o es ella la que no pretende abrir sus párpados de pájaro?

Todos amamos. Un día nos encontramos frente a alguien que sonríe con la sonrisa de la vida. Igual. Alguien que nos roza la mejilla y altera las venas del mundo. Alguien cuya ausencia nos despierta por las noches suplicando una caricia. Y amamos. Y nos comprometemos a caminar suspendidos en el cuerpo del otro. Pensamos construir, comenzamos a hacerlo sin perder el delirio de seguir de cerca al deseo. Amar, desear, construir. Pero una día alguno de los dos amanece sin vida. O con la vida del otro, sin nombre ya, sin sueños propios. Nada parece pertenecernos. Y al mismo tiempo somos eso. Por dentro y por fuera, la pertenencia del otro. Es cuando comienzan los reclamos. Los besos que hieren. El miedo.

La soledad nos pone a prueba. Se acerca, pronuncia su nombre de fiera. Nos acaricia el aliento y en ocasiones grita el grito desgarrado del tiempo. Algunos corren, se esconden, huyen sin saber qué es la soledad, quién. No pretenden cederle el espacio donde ya nadie habita. Aunque habitemos todavía nosotros con el otro. No tienen ninguna intención de ajustar el sonido de su voz de grito y abrazar el silencio. Nada hay que perder y temen quedarse con la nada que poseen. La nada atada, nos ata.

El rostro de la soledad es el rostro del espejo. Llora o ríe, según tenga la mirada radiante o quebradas las pupilas de agua. El rostro de la soledad es el que vemos al meternos a la cama y dormimos o nos clavamos las punzadas del insomnio. La soledad duele o salva. Según la fuerza que se tenga para alzarla en brazos.

Todos amamos. Una o tres veces. O más. Hay quien va por el mundo enamorándose a cada rato. Creen en el amor que no conocen. Dicen que el amor es un arte. El arte efímero de amar. Hay otros que aman el primer amor y el último. Entre uno y otro pudo haber amores que se quedaron a la orilla del recuerdo. No fueron tan intensos como para morir con la gracia fresca de las niñas. No queda rastro al final de la historia, ni una huella. Y se inexisten.

Hay quien ama poco por miedo al desamor. El grito, la exigencia, el arrepentimiento de haber amado al alma equivocada. La herida sobre la herida. El hastío, el dolor. El vacío subiendo por la escalera de nuestras entrañas. El vacio que nos pone a rodar como granos de sal sobre la llaga.

El amor ideal es el que siempre comienza, me dijo alguien en mi juventud. Un amor de novios recientes, de cuerpos nuevos cada noche. Cuerpos que se abrazan sin perder cada uno su nombre. Ninguna de sus extremidades, ni sus ojos. Un amor sin esperanza; eterno en el instante mismo que posa sus labios y sella el silencioso pacto de recordar quiénes somos.

Hay otro amor que para sobrevivir requiere de los celos. Los celos son una enfermedad, igual que la leucemia, el sarampión o la diabetes, me dijo alguien en mi adolescencia. Después me enteré que, más que una enfermedad, son un arma de fuego. Una ráfaga en la mirada, en la voz, en los movimientos del ser humano que transmuta sus ojos en granada, escopeta, daga y su cuerpo en animal que acosa, embiste, hiere. Y que al amanecer, tendido sobre el cuerpo yerto del otro suplica el perdón. Y en la mayoría de las ocasiones, lo obtiene.

Todos los lunes respira profundo y toma la decisión. Me lo adelanta cada viernes con su voz de aire. Por la tarde se pregunta si valdrá la pena. Total, todos son iguales, dice. Mejor un conocido, Ya son varios años, ya conozco sus mañas, sus gustos, sus gritos, justifica. Y explica que aún mantienen ambos el deseo nocturno. Quizá sea eso lo que los ata. Quizá sea imposible, o casi, dejar el abrazo, el aleteo de los labios, las caricias. El momento en que sentimos el grito de la vida entre las piernas. Quizá sea esa la fatalidad. El placer a cambio del maltrato. El horror.

A una amiga el maltrato le mutiló las piernas. Le cortó la lengua y la costumbre de mirarse cada mañana al espejo. Aguantó el maltrato hasta que un día, en la cama de un hospital, pidió un espejo. No le afectó tanto la mejilla abierta, la ceja rota, el rostro azul. No. Le dolió más no haberse reconocido antes, seis años atrás, dos. Pero tomó la decisión de aceptar la mano que le ofreció ese día el espejo. Ella misma con su soledad envuelta como nido. Tendida sobre su fuerza, su nombre, su historia, sin volver a ser arrastrada en la ráfaga. Todavía era joven. Y hasta entonces lo supo. Fue como si la verdad despertara de pronto al lado de su cama. Pero como me dijo un día un poeta, la verdad del amor, está dormida.

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jueves, mayo 21

¿En qué son diferentes los gays?

Cuando un día mi hijo me preguntó en qué eran diferentes los gays del resto de los mortales, le respondí que en nada. Igual que los heterosexuales, le dije, los gays y las lesbianas aman a quienes les hacen sentir amor, a nadie más. Se ama o no se ama. Se desea o no se desea. Seas homosexual o no lo seas. Al terminar mi escueta explicación, mi hijo tenía los ojos más abiertos y grandes que nunca. No sé si ese día entendió el fondo del argumento —tendría apenas unos 11 años—, pero a seis de distancia, ni duda me cabe de que mi respuesta le ha ayudado a valorar a los seres humanos, no por lo que dicen otros que son, sino por lo que ellos mismos hacen, demuestran, entregan y en realidad son. Tampoco sé si los gays y lesbianas están muy de acuerdo con mis argumentos, pero en lo personal, me sentí satisfecha de haberle quitado a mi hijo un peso de encima: el peso de rechazar a quienes los códigos de conducta impuestos por no se sabe quién, nos dicen que hay que rechazar. No importa si los conocemos o no; si sabemos qué han hecho con su vida o lo ignoramos; no importa si llevan nuestra sangre, nuestra sonrisa, nuestro respeto, hay que rechazarlos, nos dictan los que trazan la frontera entre el bien y el mal; entre lo permitido y lo prohibido.

El día en que mi hijo conoció a Chavela Vargas, reafirme mi tesis. La verdad es simple, es transparente, como un niño. Pero también, igual de frágil que su alma. Desde el primer momento en que la conoció, la admiró. Por atrevida, por ser como es, por retadora, me dijo cuando le pregunté el porqué de la confianza con la que se habían tratado. Chavelongas, le llama desde entonces. Y ella le dice jodón. ¿Cómo está el jodón?, me pregunta de tanto en tanto Chavela, que un día me confesó que era el primer jodón respetuoso que había conocido en el mundo. En el mundo raro en que vivimos.

Ni mi hijo ni yo participamos en las marchas y actos del Día Internacional de la lucha contra la Homofobia que se celebraron ayer en la ciudad de México y en otros muchos rincones del mundo. Y no porque no creamos en las exigencias de las organizaciones de defensa de los derechos de la comunidad lésbico-gay, bisexual y transgénero. Creemos en ellas como creer en el derecho a la educación, a la salud. No estuvimos tampoco en las calles en 2007, año en que por primera vez se celebró este día en el Distrito Federal. Ni al año siguiente. Ni, como ya dije, este año en el que también Oaxaca, Quintana Roo y Tabasco participaron, al decretar sus gobernantes el 17 de mayo como día estatal de lucha contra este tipo de discriminación.

Cuando me enteré de que estos estados se unían, lo celebré. Pero me quedé sin entender las causas de la ausencia del resto de México. ¿Qué falta? ¿Qué sobra para que algo tan natural como expresarse contra el odio, sea posible?

El odio mata, me dijo hace mil años mi padre. Mata al amor, a la sensibilidad, mata al alma. Nunca odies, me aconsejó mi padre conservador. Lo que no me dijo es que el odio, no solo mata: también quita la vida. Literalmente, asesina.

Nadie puede saber cuántas personas han sido asesinadas por ser homosexuales en los últimos años. Se denuncian los robos, las amenazas, cada vez más se denuncian las violaciones, los secuestros. Pero todavía es difícil denunciar los crímenes contra los que todavía creen diferentes. Los ocultan los padres, los hermanos, los jefes; los códigos de conducta impuestos por no se sabe quiénes, los ocultan. Y aún así, los casos denunciados, solo los denunciados en México son 464 desde 1995. De estos, el 98 por ciento no han sido investigados a fondo. No se sabe quién los cometió ni porqué. No se sabe; no se quiere saber.

No he hablado con mi hijo sobre el día internacional de la lucha contra el odio. No le he dicho que todavía no entiendo. No entiendo qué es lo que falta, qué es lo que sobra para que el mundo acepte que no hay diferencia entre un homosexual y un heterosexual. Se ama o no se ama, quisiera volver a decirle. Que no olvide nunca que cuando él estaba apenas husmeando los aromas de esta vida, en 1990, la Organización Mundial de la Salud, admitía ya que la homosexualidad no es ni una enfermedad, ni un desorden mental.

La vida, el amor a la vida y el respeto a los demás, es lo que nos concede fuerza, quisiera decirle a mi hijo hoy. A él que lo va a entender a la primera, pero sobre todo a aquéllos que aún no alcanzan a distinguir que no hay ninguna diferencia entre los gays y el resto de los mortales. Y que la única que existe es aquélla que el odio ha generado. La misma diferencia que hay entre la honestidad y la mentira; entre la verdad y el poder. Entre amar y odiar.

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lunes, mayo 4

Los besos que no nos podemos dar

Guadalupe aprovechó la alerta epidemiológica para poner en orden el estudio de su departamento y la cocina. Ella y su hija adolescente han compartido horas cambiando de sitio las cazuelas, las cucharas de palo, los sartenes, y colocando en la estantería los libros por nombre de autor, como lo tenían pensado hacer desde hace casi un año. Se sintieron bien uno o dos días, pero al tercero de verse las caras 24 horas, o casi, comenzaron a reñir por cualquier cosa. Están pensando en pintar una de las habitaciones, pero no han encontrado una sola tienda de pintura abierta, quién sabe si será por el puente o por la alerta, me comentó Guadalupe la otra mañana que aprovechó una salida de su casa para traerme tamales calientitos de cariño.

María no es que esté feliz, pero al menos tiene novio. Así me dice cuando nos llamamos para preguntarnos mutuamente cómo vamos llevando el encierro al que nos obliga la gripa AH1N1. “Yo al menos tengo novio”, me dice con voz satisfecha y una risita cómplice. Ellos sí pueden besarse, acariciarse, abrazarse, pienso. En cambio los amigos y conocidos no podemos ni tocarnos. Para mí eso ha sido terrible, sobre todo porque se me olvida y cuando veo a alguien que estimo, me lanzo a saludarlo de abrazo y beso. Pero me ponen el freno. No me empujan, claro, se supone que no deben tocar a nadie. Pero dan un salto tremendo hacia atrás. Un salto que provoca susto. Y que duele. Un momento nada más, pero duele.

No se si es porque no he estado tan atenta de toda la información que dan los medios de comunicación, pero no recuerdo que hayan abordado con detalle las medidas de prevención, si es que las hay, que deben tomar los amantes. Nadie ha dicho que no hay que tener relaciones sexuales; o que quien las tenga no debe besarse o que si lo hace, mejor que usen tapabocas. Nadie ha dicho si los besos en el cuerpo contagian o no. O si las palabras veloces plagadas de risa están más expuestas al virus que las palabras tristes. Lo digo porque estos días la gente, la poca gente que anda por la calle de la ciudad de México, lleva la tristeza encima. O al menos así lo parece. No creo que sea por el tapabocas, la sonrisa se mira mejor en los ojos. Al menos los que nos quedamos en la ciudad, escuchamos las pisadas de una tristeza generalizada. Una tristeza sin fe, como la nostalgia.

En el edificio donde vivo, solamente hay una familia con niños. Son dos y están en esa edad en que la energía que desparraman podría llegar a incendiar a la ciudad entera. Sus padres, pobrecitos, ya no hallan qué hacer para entretenerlos. Los primeros días se preocupaban por las horas y horas que pasan frente al televisor. Entonces combinaban con videojuegos. Pero también eso les preocupa. Se inventaron juegos de mesa, serpientes y escaleras, dominó cubano que tarda más en acabar, ahorcados, de todo. Francamente los papás merecen la medalla a la paciencia. Pero aún así, todas las tardes, a eso de las 6:00 horas, comienza el estruendo. Alguno de los dos niños abre la función llorando, alguno de los dos padres gritando. Al final los niños no se escuchan. Seguramente estarán otra vez frente a la televisión o en los videojuegos, imagino. Y quedan los reclamos a gritos de la madre al padre o viceversa. Casi todas las tardes desde hace 10 días, la relación entre ellos se erosiona. Ojalá les sobre amor para mañana, cuando llegue el silencio.

A mí me ha tocado estar sola en casa. Decidí no salir de la ciudad y aprovechar para terminar de escribir lo que tengo pendiente. Y sí, el ambiente para ello ha sido propicio, pero no tanto como pensé. Me siento a escribir cada mañana con la decisión firme de atravesar el mundo que narra la escritura sin perderme. O perderme por completo para regresar con la verdad de una historia inventada. Y casi lo consigo. Pero siempre hay alguien, uno o dos amigos, mi hija, que llama desde otro país para preguntarme cómo va la emergencia; como mi soledad, el tejido del ambiente triste. Y yo lo agradezco. Como agradezco igual la insistencia de los amigos también solos, que me acaban convenciendo a diario de que todo el día en casa enferma más que el aire. Un tequila no te caerá mal, me dicen y pasamos parte de la tarde tomando tequila y hablando de la influenza hasta que nos cansamos de escuchar nuestras voces diciendo lo mismo. Cuando callamos sentimos cerca a la tristeza. Y ya no tanto por la soledad de las calles o el encierro. Sentimos la tristeza que desata la etiqueta que nos han colocado a los mexicanos en algunos países del mundo. La tristeza y la rabia de no poder sino dejar abierta la ventana, para que entre la sombra de los besos. Pero tal vez cuando todo esto acabe, habrá sobrado amor para darnos las gracias. Y abrazarnos sin miedo y darnos los besos que no podemos darnos y recibir con amor a los 70 mexicanos sometidos al encierro en China y aplastar a golpe de solidaridad, a todos los racistas del mundo.

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lunes, marzo 23

El Salvador desmemoriado

Ya no saben guardar silencio. Los salvadoreños tomaron la decisión de salir a las calles para expresar su opinión e inventar por su cuenta el futuro. Las elecciones de este domingo abrieron una vez más la esperanza del país más pequeño del continente. Y uno de los más convulsionados de la historia reciente. Pero en el mundo apenas se informa sobre este acontecimiento. Una nota pequeña en los diarios, unos segundos en los noticieros de radio y televisión. Como si nadie recordara lo que fue este país hace unos años. Como si los años hubieran borrado la preocupación, el dolor, la indignación que El Salvador provocaba en Europa y América Latina. Y con particular intensidad en México.

Hace 20 o 15 años unas elecciones en El Salvador habrían ocupado las ocho columnas de todos los diarios. El Salvador ardía. Día tras día, una masacre, un combate, un atentado, un secuestro revelaba la fuerza del horror en plena guerra. Y en plena guerra también, los sucesivos gobiernos colocaban en casi todo el territorio, urnas. Las urnas de la guerra decíamos los corresponsales. Y en vísperas de las elecciones nos preparábamos para resistir lo que vendría. Intentábamos dormir bien, curarnos las heridas antiguas, agarrar fuerza del silencio. No hablábamos de ello, pero todos sabíamos que las elecciones costarían la vida a uno, dos, tres de nosotros. Y a muchos salvadoreños más.

Hace 20 años, las elecciones en El Salvador costaron la vida a dos colegas salvadoreños y un holandés. Tres de los 36 periodistas que no lograron transmitir el fin de una historia que por difundirla, les arrancó la vida. En 1980 sumaron siete los periodistas muertos. El único colega mexicano que murió en ese pequeño país, estaba entre ellos. Se llama Ignacio Rodríguez Terrazas y era enviado del diario unomásuno. Cayó muerto cuando cubría un combate entre la guerrilla urbana y el ejército. Muchos dijeron que la bala, proveniente de una de las armas del ejército, estaba destinada a Nacho. Nunca se comprobó nada. Como en la mayoría de los casos, quedó la duda. Pero más fuerte la certeza. Y es que a los periodistas nadie, o casi nadie, nos quería. Nos quería la gente, ella sí. Los campesinos, los vendedores, los niños, las mujeres de los mercados, los poetas. Y como la guerrilla del FMLN tuvo la inteligencia necesaria para entender la importancia del papel que jugábamos en esa guerra, nunca nos maltrató ni nos atacó ni nos amenazó, ni menos nos echó de su país. El gobierno, en cambio, sí lo hizo.

Desde el primer día que llegué a El Salvador, en los años 80, supe lo que nos esperaba. Afuera del aeropuerto una enorme manta advertía: Periodista: miente en tu país, no en el nuestro. Y cuando acudíamos a algún acto de la derecha, nos susurraban la frase en el oído. En no pocas ocasiones las mujeres de los políticos nos llegaron a dar patadas en las espinillas. Decían que éramos parte de una campaña orquestada por el comunismo internacional. No importaba para qué medio trabajáramos. Todos, según ellos, éramos comunistas. Rojos del mundo unidos. Rojos, como el demonio.

En vísperas de las elecciones de hace 20 años, Roberto Navas, un fotógrafo salvadoreño que trabajaba para la agencia de prensa británica Reuters, fue detenido en un retén militar. Roberto se bajó de su motocicleta, se identificó, se despidió de los militares y se fue. A los tres metros sintió el proyectil en la espalda. Al día siguiente, la escena se reprodujo en San Miguel, al oriente de la capital. Sólo que en esa ocasión el retén disparó sobre la camioneta en la que se conducía un equipo de televisión local. Todos los intentos que hizo el camarógrafo del grupo por secarle la sangre a Mauricio Pineda, su hermano, fueron inútiles.

El día de las elecciones de hace 20 años, todo el país fue escenario de cruentos combates. En Usulután la guerra no daba tregua. Un grupo de colegas, entre ellos el holandés Cornell Lawgraw, El Coronel le decíamos, se topo con la guerrilla. Bajaron del auto para entrevistarlos, pero a los pocos minutos fueron atacados por el ejército. De nada sirvieron las banderas blancas. O el grito de ¡prensa¡ ¡prensa!, que en otros países ahuyentaba a la muerte. El Coronel hubiera registrado en su cámara su propia muerte, si no hubiera sido porque ese proyectil no le quitó la vida. La vida la perdió fuera del automóvil que intentó trasladarlo al hospital. Un helicóptero militar impidió su avance. Todos los ocupantes del vehículo, con El Coronel a cuestas, tuvieron que abandonarlo para huir de la lluvia de balas.

Hace 20 años las elecciones en El Salvador estaban en las ocho columnas de todos los diarios. El mundo entero denunciaba la sinrazón al lado de las urnas. Ayer los salvadoreños depositaron su voto en las urnas de la paz. Buscan completar su sueño, reinventar la verdad. Y algunos utilizamos la fecha, no para analizar los resultados del conteo ni la viabilidad de gobernar de los candidatos ni la fuerza y las debilidades de la antigua guerrilla. La utilizamos simplemente para recordar. O mejor, para impedir el olvido. Para que los colegas muertos no pasen otra vez 20 años con tanta soledad en la memoria. Y que el tiempo no sea más una nube de polvo que nos impida escuchar voces nuevas.

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martes, marzo 17

El Aura de Alejandro

Lo pidió en una carta que envió a sus hijos desde Madrid. Lo habló con Milagros, su esposa. Lo escribió hace 30 años en un poema. Alejandro Aura quiso que sus cenizas fueran parte de la ciudad de México. Su voluntad se cumplió el sábado 14 de marzo,cuando sus hijos Pablo, María y Juan, junto con Milagros y su hermana Marta, organizaron un acto en el que mezclaron sus cenizas con cemento. Se abrió un agujero en el muro del Hijo del Cuervo, el “cultubar” de Coyoacán, como le decía Alejandro, en el que se colocó la “caja del tiempo” que el artista Juan Manuel de la Rosa diseñó para Alejandro. Dentro colocaron los lentes del poeta, su pluma, dos fotografías, el libro Volver a Casa, una rosa y el delantal que usó en los últimos años para cocinar sus afamadas carnitas y otras delicias. Mientras el cemento secaba, se presentaron dos libros de Aura, Cuentos y Ultramarinos, de Ediciones sin Nombre y la UAM y El Aura de Alejandro, una antología de su blog, editada por la Secretaría de Cultura del gobierno del DF. Los Aura quisieron que Milagros y yo lo presentáramos. Esto fue lo que dije

Alejandro Aura, el poeta, el dramaturgo, el actor, el conductor de programas de radio y televisión. Alejandro Aura, el danzonero, el cocinero de palabras y manjares. Alejandro Aura, el conversador, el diplomático, el que le soltó las amarras a la cultura, el incansable lector y promotor de la lectura; Alejandro, el blogero.

¿Dónde está la sustancia, la identidad de la obra de Alejandro Aura? ¿Dónde se encuentran las entrañas de su creación? ¿En cuál de todos estos Alejandros descubrimos el aura de Alejandro? ¿Dónde la intensidad de la vida?

Ya Julio Trujillo lo escribió en el prólogo del libro que hoy estamos presentando. El blog de Alejandro es vida, pura vida. Trasciende la naturaleza efímera y testimonial de los blogs, dijo Julio y yo agrego: para reventar y salpicar de vida a los lectores, pero también y sobre todo a Alejandro. Por eso, desde que se sentó a escribir todas las mañanas en su blog, Alejandro comenzó a estar cada día más vivo. Mientras más se ataba el cáncer a su respiro, más pura, más fuerte, más intensa se fue haciendo su palabra y su obra.

Nada puede ser más intenso que narrar el dolor, desde la orilla de la vida. Nada más íntegro que escribir mirando de frente a la muerte, convencido de que al morir todo acaba, cesa, se evapora. Con esa intensidad, con ese dolor, con esa convicción, Alejandro retó a la muerte, porque para él mientras tuviera vida, aunque fuera un hilachito de vida, como un día me dijo, la eternidad era posible. La eternidad como la concebía Alejandro: un acto de creación y el encuentro de la obra con sus destinatarios.

Nunca los tuvo tantos como en su blog. A unos días de su muerte, su blog registró al visitante número 100 mil. Él se había preparado para esta cifra. Nos invitó a celebrar con él la llegada del destinatario número 100 mil. “Cien mil veces unos ojos lectores se han detenido en lo que yo voy escribiendo”, dijo sorprendido y agradecido. Luego reconoció la constancia de los lectores que siempre estuvieron ahí esperando el poema del día, la receta de cocina, el resultado de la quimioterapia, la crónica sobre alguno de los viajes que Milagros, su esposa y cómplice, y él hicieron, el soneto, el informe sobre el rumbo que había tomado en las últimas horas su tos, el insomnio; la opinión política, el comentario sobre una obra de teatro, una película, un proyecto. Cualquier cosa podía aparecer en el blog de Alejandro. Y todo interesaba. Cualquier tema atrapaba a los lectores, a todo tipo de lectores. De todos los rincones del mundo, de cualquier isla, pueblo, ciudad. Ahí estuvieron y muchos todavía están, esperando que aparezca al alba el aura de Alejandro.

Sin ser parte ya del personal del gobierno de la ciudad, sin contar con un equipo de promotores culturales, ni jóvenes entusiastas, Alejandro Aura consiguió en los últimos dos años de su vida poner en marcha programas culturales de valor incalculable. Contagió a sus lectores de la necesidad de leer poesía. Les transmitió la urgencia de leerla, de gozarla, de sentirla, comentarla y desearla. Los puso a investigar sobre medicina naturista para remediar su tos, supimos por los lectores de costumbres y culturas diferentes.

Difundió también los cientos de rostros y máscaras que la ciudad de México posee, su ciudad que tanto amó. En su blog escribió, no sólo las más tradicionales recetas de cocina, sino las más completas. Y es que Alejandro no solamente las compartía, sino que explicaba el porqué del corte de la cebolla, del ancho de la rebanada de jitomate, del color de la salsa, del olor del maíz, de la textura del huitlacoche. Y contaba una y otra vez la historia del nombre de las cosas.

A través de sus poemas, crónicas, narraciones, críticas, conocimos rincones de la ciudad de México, supimos cómo fueron sus calles en otros tiempos, sus plazas, sus heridas, sus amores. La ciudad de México desnuda, su ciudad, se asomó en varias ocasiones a su blog. Y lo hizo de la mano de Madrid, esa otra ciudad que Alejandro comenzó a querer casi desde que llegó a España como director del Instituto de Cultura de México. Y que recorrió, acarició, maldijo, besó, tantas horas al día, sólo para venir después a contarnos sobre ella en su blog. Sobre su gente, sus mercados, sus calles empinadas, sus mujeres, sus taxistas y sus fantasmas.

Supimos por el blog también del cáncer. De cómo iba creciendo el tumor en su pulmón, la tos en su garganta, el insomnio en sus párpados. Y Alejandro nos dio otra vez la fórmula para poder beber, comer, caminar, vivir con el cáncer. Lo vimos casi llevarlo con él al balcón y asomarse juntos a mirar a las parejas de la calle Cervantes besarse o a los grupos de jóvenes gozando del prohibido botellón los fines de semana.

Alejandro Aura se impuso la tarea de escribir a diario. Desde que inició el blog, el 20 de febrero de 2007 y hasta un día antes de su muerte, solamente faltó a la cita el día en que ingresó al hospital. A la mañana siguiente apareció el aviso:

“Queridos todos, nos tuvimos que encerrar en el hospital. No teníamos internet y se me perdió por completo el orden del pasar del tiempo. Por fin Milagros lo conectó. Mañana les contamos cómo anda la cosa”, escribió Alejandro el 29 de julio del año pasado.

Fue Milagros la que nos contó cómo andaba la cosa. El 30 de julio los visitantes de su blog leyeron: “Hoy a las cuatro y media de la tarde, de Madrid, Alejandro se fue y en este blog que le hizo seguir adelante cada día, nos dejó su palabra para siempre”.

El aura de Alejandro es sólo una pequeña muestra de lo que fue su blog. Y también una prueba de que si en algo Alejandro se equivocó fue en creer que todo acabaría con su muerte. De ello soy testigo. La selección de textos del blog que Milagros realizó, llegó a las manos de un grupo de jóvenes de la Secretaría de Cultura para quienes Alejandro Aura fue y sigue siendo simplemente Aura, el maestro, el ocurrente, el culpable de haber abierto las puertas de las calles de la ciudad de México para que se fueran acomodando en ellas un canto, una escultura, una torre de libros, una obra de teatro, un viejo amor. En unos cuantos días, concluyeron la tarea. Los vi leer los textos, sentirlos, discutirlos. Revisar cuidadosamente las viñetas que Juan Manuel de la Rosa envió para ilustrar los textos de su amigo. Los escuché hablar de poesía, de política, de teatro, de cocina, del dolor. Alejandro, me dije, completó con éxito uno más de sus proyectos.

Y lo seguirá haciendo.

Desde que Alejandro murió han visitado su espacio unos 60 mil lectores. Muchos de ellos escriben su tristeza, su esperanza, o su transparente opinión sobre la obra de Alejandro Aura. Hoy el blog de Alejandro, como El Cuervo, tiene un hijo. Se llama "encontrando a alejandro" y es principalmente la prueba de amor de Milagros que se ha dado a la tarea de buscar a Alejandro en cada rincón de esta y otras ciudades para arrojarlo con fuerza sobre el hijo del blog. Un hijo que acabará estallando una y otra vez de vida. Pura vida.

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lunes, marzo 9

¿Elegir morir?

Si fuera posible decidir el día, la hora, el lugar donde morir, estoy casi segura de que nadie lo haría. O casi nadie. Es difícil decidir morir. Desear morir. Aun para aquellos que ya recorrieron las montañas, los bosques y los valles de la vida. Es difícil tocarle la mirada a la muerte que mira de frente a todo aquel que testifica, paso a paso, el lento deterioro de la vida. No, nadie, ningún anciano por propia voluntad desea marcharse. Por más insumisas las piernas, por más rígidas las manos, sexo, dedos, cintura. Por más despobladas las uñas y cobarde la memoria, la vida ata al dolor, silencia al discurso pronunciado desde la razón, vence a la voluntad manifiesta de descansar, al fin, en el etéreo espacio donde el alma, desnuda, asume el mando.

Cuando la vida escapa, nada importa más que conservar la vida.

Me lo dijo una mujer de 90 años. Después me pidió que me acercara para susurrarme al oído el nombre del más temido de sus enemigos. Es el tiempo, confesó. El tiempo que lame dulcemente mi cerebro, como si yo fuera roca y él, mar. Eso me dijo y me quedé sin ninguna palabra que darle, ni una frase para responderle. Nada. No supe qué hacer más que ponerme a mirar sus pupilas dilatadas por la persistente luz que imagina le quema los párpados. La luz huidiza de los hombres y mujeres solitarios. De los que tienen todo y nada tienen. Solos.

No digas cómo me llamo, me pidió antes de que saliera de su habitación. No digas cómo me llamo, pero escribe sobre mí. Diles que en ocasiones sueño que estoy muerta. Y que cuando despierto me escucho hablar y pienso que en realidad estoy muerta. Pero regreso, siempre regreso a la vida.

Le pedí que lo siguiera haciendo. Que todavía hay tiempo para regresar. Que hay quien ha vivido más, mucho más de 90 años. Le conté del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo que alcanzó los cien. De Andrés Henestrosa que murió a los 102 y de mi bisabuela que lo hizo cuando acababa de cumplir los 104, aunque no le confesé que era esa su edad inventada, pues no tuvo nunca un registro de su nacimiento. Más de cien años dijeron los médicos cuando murió. Ciento cuatro, dijo su hija cuando le cerró los labios todavía tibios de amor.

No diré cómo se llama. Diré sólo que tiene 90 años de vivir y que no tiene ninguna intención de morir. Aunque ella sabe que tendrá que hacerlo, lo sabemos todos. Todos lo llevamos bordado en la memoria desde que nacemos. Vivimos para avanzar hacia la muerte. Paso a paso. Pero ella sabe también que podemos robarle tiempo a la muerte. A la muerte hija de su pinche madre, me dijo, sin disculparse con el médico que entró a la habitación justo cuando subió la voz para calificar a la muerte de hija de su pinche madre. Y el médico trazó una sonrisa inquieta, ignorante, una sonrisa que se mutila el sonido por no saber cómo ingresar al territorio de los sentenciados.

No les digas cómo me llamo, me volvió a decir al día siguiente, segura de que escribiría sobre ella y su palabra. Me pidió que llevara una grabadora. Que guardara uno a uno, los sonidos de su voz, para poder pronunciarse viva cuando muera.

Tres, dos uno, grabando, le dije y comenzó a decir su edad, su deseo de vivir un día más, dos, diez. Tengo noventa años y estoy viva. Viva de tanto vivir, de tanto amar, de tanto gritar que estoy viva, como la vida, como el color rojo , como los recuerdos rojos que saben a pan, dijo y luego guardó silencio por varios minutos. No sé cuántos. Los suficientes para que yo pensara el valor inconmensurable que tiene la vida para quien la ha vivido 90 años. Para quien la ha gozado. Y lo poco, o casi nada que significa hoy la vida para tantos, para tantísimos seres humanos a quienes últimamente les ha agarrado la manía de confundir la vida con el poder. El vértigo que produce el abismo, con la caída. La muerte con el triunfo.

Todos moriremos, me dijo la mujer anciana. No hay dinero que pueda evitarlo, ningún mecanismo que lo consiga. Ni todas las agencia de inteligencia unidas, ni la fortuna y poder de todos los barones de la droga juntos podrán impedirlo. Ni los príncipes, ni los sacerdotes, ni los chamanes, dejarán de morir. Nadie. Morir no tiene remedio, ni precio. No hay nadie a quien corromper para que ponga a morir a otro en nuestro sitio. Morir es lo único personal. Más que amar.

Cuando ella me lo dijo, apagué la grabadora. Presentí que ya todo estaba dicho y además, volvió a quedarse dormida. Está todo dicho, pensé. Al menos mientras vuelva del sueño con otra historia que contarme sobre la forma cómo puede todo ser humano ganarle la batalla a la muerte. Por trozos.

A los 90 años, no siempre se vuelve del sueño con una historia propia. Ella volvió contando que las cosas, los objetos, las paredes de su casa no le pertenecen pues no han envejecido a su lado, a pesar de haber estado juntos los últimos años. La vida es el presente, le dije. Nada más. El presente que no siempre se vive en el mismo sitio, sino en donde el cerebro decide.

Ella lo vive en una habitación distinta a la que estaba antes de dormir. Pregunta quién la trasladó de habitación y por qué. Pregunta en qué país estamos. En qué ciudad. Qué diablos hago yo ahí. Cuando mira la grabadora guarda silencio. No dice nada. No responde a ninguna pregunta. La enciende y escucha. Se escucha viva y sonríe. Después toma mi mano. Tiemblan sus labios, la piel de la frente, tiembla. Es el tiempo que le lame dulcemente su cerebro, como el mar a la roca.

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