viernes, abril 27

Mujeres golpeadas


Reflexión

De golpe me invade el cansancio en las piernas. En los brazos también, y en el cuello. El desmayo en la garganta: no logro pronunciar palabra. Ni quiero. Me urge, eso sí, desaparecer del mundo las imágenes que aletean en mis párpados. Un rostro agrietado y azul, el pavor, el abandono de un cuerpo que ignora su piel de mujer; su resistencia. La memoria a mordiscos erradicada.

¿A quién tememos? ¿A qué?

La violencia es todavía el poder, su habla. La violencia también ejercida por nosotras y contra nosotras. Los mismos brazos, los mismos puños que nos arrojaron al suelo, nos abrazan. La misma lengua, los mismos labios, la misma boca que escupió la sangre de nuestra mirada, nos besa. Y nosotras arropamos la caricia. Lloramos, cubierta la herida. Volvemos a sentir la urgencia de creer, la urgencia que nos regresa a la vida y nos levanta. Nos otorga la capacidad de caminar, otra vez, la senda que conduce a las puertas del averno.

Lo sabemos, pero no podemos saberlo. La urgencia de creer nos somete, nos debilita, nos sustrae un trozo de carne, de hueso, de piel. Una a una, cada agresión nos reduce. Hasta que quedan solo despojos de lo que una vez fuimos o quisimos ser. Lo que algún día soñamos ser. Hasta que los sueños desaparecen casi, atada a su cintura nuestro amor.

Algunas madrugadas la urgencia cobra fuerza y nos anima a recobrarnos. A alzar el vuelo al filo del vacío, a buscar nuestra huella en el abismo. Pero el abismo produce vértigo; el vértigo náusea. Nuestra garganta mutilada impide el paso a la palabra. Tan sólo la voz ajena penetra a los oídos. La voz a la que otra vez nos aferramos para al menos ser en el otro. Igual que el otro es el objeto que posee: nosotras.

Dentro de nosotras ya sólo hay silencio. Como en una fosa, el silencio es también ausencia de dolor. El cántaro donde guardar la frase que de conseguir pronunciarla, nos separaría del mundo; la que nos arrancaría la etiqueta de mujer que antes de nacer nos ataron al cuello. El espacio en blanco que nos salva. El triunfo del horror.

El silencio como una daga, la daga como sostén, como el único salvoconducto para deshabitadas, sobrevivir.

Por eso callamos.

Por eso también buscamos estar solas, tendidas sobre el endeble territorio que todavía es la soledad. La solidaria soledad, la lealtad única, nuestra aliada. La que de vez en cuando nos permite reconocernos frente al espejo, en agonía.

Por eso estamos solas.

Pero la soledad es también el sitio donde él encuentra a su presa agazapada, aterrada, muda. A la espera de que él termine de derribar la puerta y profanar otra vez, otra vez, otra vez, la cripta.

Algunas madrugadas, nos atrevemos a enfrentar el riesgo. Las sábanas blancas, la sombra de un pié en el vientre, el dolor entre las piernas. El dolor. Y hay quien decide entonces racimar su cuerpo, cavar una zanja en sus venas, recobrar la antigua forma de inventar los sueños. Deslizar la punta de los dedos sobre el gesto del horror. Colocarse la máscara de piel, sudar rabia. Y desmorir

Aunque afuera la libertad tenga un nudo en las arterias.

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lunes, abril 23

Los niños del no aborto

Son cientos, miles, los niños que llegan deshechos sus cuerpos a las clínicas y a los hospitales. Sucede a diario. Casi todos los casos se registran como accidentes. Pero traen el maltrato impreso en la mirada apuñalada, en la piel, en las manos que tiemblan. Según los más recientes estudios nacionales e internacionales, en casi la mitad de los casos ha sido la madre la responsable de las golpizas, seguidas en un 30 por ciento del padre. En México, Estados Unidos y Portugal es donde se acumula el mayor número de menores a quienes el maltrato los conduce directo a la muerte.


Desde hace 30 años el fenómeno se repite a diario en México: dos niños mueren asesinados a golpes o a balazos. Los menores de cuatro años, que son la mayoría, mueren estrangulados. A los más pequeños los ahogan, les cierran el paso al viento limpio de la vida. En el norte, en el centro, o en el sur del país, los mata el odio, la miseria, la sin razón, la pobreza. Los mata el haber nacido donde nadie quiso que nacieran, donde nadie preparó un espacio para su llegada; donde no hay quien pueda mirarlos de frente.

Todos los días 23 mil niños o niñas son violadas en México, sin sumar los casos que no se denuncian por miedo, por desesperanza, por soledad. Por creer que después de la violación serán despreciados, aún más, por un mundo que ni por un segundo les ha tendido la mano. Ni una sonrisa. Ni un roce de voz amable.

Conocí hace años a Narcisa. Cuando me contó su historia ya no era niña y aún lo era. Tenía 12 años cuando, en el camino que va de su pueblo a la escuela, la violaron. La empujaron y la tiraron detrás de unos matorrales, no sabe si dos o más hombres. No puede recordar, no quiere. Cuando su padre supo que estaba embarazada, le sacó al niño a patadas. Por desagradecida, por abusiva, le dijo. Unos meses más tarde Narcisa fue depositada en una de las llamadas Granjas Psiquiátricas que rodean a la ciudad. Vacía de luz, Narcisa espera ahí la llegada de la muerte. Nada más.

Hace apenas unos meses conocí a Irma. No fue una niña de la calle, aunque llegó buscando consuelo a una fundación de solidaridad con las niñas de la calle. Llegó con los huesos y la voz estrellados; tatuado su cuerpo de heridas, unas recientes, otras ya cicatrices. Tiene siete años. Y nadie puede adivinar en cuántas ocasiones fue violada. Cuando la institución investigó su caso, supo que igual que Irma, su madre fue de niña también víctima de interminables abusos sexuales y maltrato físico. Su madre y su padrastro estuvieron a punto de enviarla un día al cementerio. Ésa fue la vida de la madre de Irma, la vida que padeció y la que renueva, multiplicada, cada vez que mira a su hija. Cada vez que la mira y le pregunta a golpes para qué carajo la trajo al mundo. Para qué.

Todavía no son muchos, pero cada día son más los niños que responden a esa pregunta y deciden quitarse la vida. Hace cinco años 118 niños y niñas se suicidaron. El año pasado fueron 2 mil. También entre los mayores de 15 años y menores de 24, la cifra de suicidas crece. Crecen también el desasosiego, el hambre, la falta de cultura. Del total de los suicidas adultos, sólo el 3.6 por ciento tuvo acceso a la universidad.

Para millones de niños mexicanos, la violencia es un acto cotidiano. Como caminar, como dormir. Como la soledad de los niños abandonados no solo por sus familiares, sino por las leyes. No hay quien los proteja. No hay leyes que impidan a los padres maltratadotes llevarse de nueva cuenta a sus hijos, aun cuando se estén rehabilitando en alguna institución. No hay modo. Si golpean a sus hijos y son denunciados, algunas veces los retienen. Pero regresan casi siempre por ellos a la institución. Están en su derecho, dicen. Y México calla.

Otros temas no se callan. En medio de la incesante información sobre otros nueve o diez o 30 muertos aparecidos a diario en las calles o en una fosa, o en vehículos, escuchamos las voces, cada vez más desafiantes, de quienes se oponen a la despenalización del aborto. Han llegado incluso a tildar de demonios o criminales a los legisladores, a amenazarlos con el castigo divino. Han organizado y lo seguirán haciendo, marchas y otros actos para impedirlo. Están en su derecho. Su consigna es “por la vida”, sería una ruindad no apoyar un proyecto a favor de la vida. Los padres de familia, los movimientos de jóvenes católicos, la Iglesia católica, lanzan un grito a favor de la vida. Pero callan, entre un grito y otro, callan millones de muertes.

Callan los asesinatos de niños, el maltrato, las violaciones. Nadie marcha a favor de detener la espiral de la violencia contra los menores que nacieron gracias a que sus madres no recurrieron al aborto. Pero que mueren todos los días con el dolor de una patada en el cerebro o una herida en el sexo. Nadie marcha a favor de una ley que proteja a los niños cuyas madres se preguntan a diario por qué los trajeron al mundo. Por qué carajos. Y los echan a las calles, deshojada la piel de su alma.

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jueves, abril 19

De entre las grietas

uno

Una lágrima navega mi deseo
se desliza, busca, desespera
Cada mañana una lágrima
ocupa tu lugar
en mi invisible vértigo de arena

dos

La soledad tuya es mi metáfora
el cántaro de tierra inacabado
la caricia aplazada
que me arroja a la vida

tres

Es ella, la vida, la que dibuja al mundo
tu mirada es el instante en que su mano traza
la línea transparente y pétrea
donde el infierno nace

Es tu mirada la que te condena
a no quedarte quieto y elegir
el lado opuesto de la línea
so pena de morir sin juventud

cuatro

Sólo el cuerpo carece de misterio
igual que el agua, se angustia de deseo
y no pronuncia palabra cuando sueña
el sueño del poeta que lo bebe

cinco y final

Bebí del sueño ajeno lo que fui
en ausencia de mi

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lunes, abril 16

¡a volar!

Antes de comenzar las lluvias sopla con fuerza el viento. Se siente con particular intensidad en los alrededores del Bosque de Chapultepec de la Ciudad de México donde además, antes de comenzar las lluvias también cambian los árboles el color de su follaje. Es tiempo de cumplir los sueños. Es tiempo de lanzar a volar a los papalotes. Pero no todos los papalotes vuelan igual de alto, no permanecen el mismo instante suspendidos, no saltan ni bailan al mismo ritmo, ni se utilizan para idénticos fines. En tiempos antiguos y en ciertos rincones del mundo todavía hoy, algunos papalotes se diseñan especialmente para las ceremonias, otros para atraer fortuna o a un amor pasajero. Están también los que se emplean en la investigación científica o aquéllos que se arrojan al viento para que acaben con los malos augurios y las pesadillas. Y por supuesto los que tienen como único fin nutrir, a través del juego, la imaginación de los niños. Para que se pongan “a volar".


“A volar” es la nueva mariposa de papel que el Papalote Museo del Niño de la Ciudad de México ha lanzado al aire. Una revista que encierra, como los libros, los misterios de los sueños. Una especie de espada contra el miedo y los sobresaltos que provoca en ocasiones el mundo, en particular a los niños, pero también a aquellos adultos que no olvidan la sonrisa que exhibe de tanto en tanto la ciudad. Y que se aterran cuando se oculta detrás de los sonidos del alba. Al salir del Papalote, Museo del Niño, los niños se sienten protegidos con su revista en la mano. “A volar”, los ampara. Les revela el secreto de poder seguir soñando en su ciudad; les ensancha el mundo que vieron al interior del museo. Un mundo donde imaginar es un acto cotidiano y aprender desgrana sonidos de carcajadas, asombros, diversión, sueños.

Un día alguien soñó con un papalote e inventó el paracaídas. Años después otra persona vio un papalote enorme en su sueño e inventó las alas delta y el parapento. Hace unos meses un grupo de personas, entre ellas Patricia y Victoria Gaxiola, incansables hacedoras de sueños infantiles, soñaron la posibilidad de abrir las puertas y las ventanas al Museo del Niño; arrancarle el techo y las paredes, sacarlo a la calle. Y sin despertar, inventaron “a volar”.

“A volar” no es una revista como cualquier otra. Tiene alas de mariposa. Pero no de una mariposa común. Es una mariposa de papel que a diferencia de otras, puede volar aunque le toquen las alas. Es su magia. Vuela más alto mientras más la toquen, la acaricien, la arruguen, le den la vuelta, la recorten, la llenen de colores. Fue una niña de ocho años quien me lo dijo cuando le pregunté qué veía en la revista: los colores de las alas de todos los pájaros y las mariposas. También los colores de los niños que vuelan. Dijo lo anterior y se puso a reír. Y riendo se fue a volar.

Es tiempo de abrir el camino a Tláloc. De barrer las calles y las avenidas con alas de mariposas. Por eso tiembla la tierra. Así le respondí a la niña de ocho años cuando me preguntó, asustada, por qué tiembla la tierra. Ella ya sabe qué es lo que sucede en el espacio con el movimiento. Conoce la forma como se producen las colisiones cósmicas. Lo vio en el Museo del Niño y pudo seguirlo en “a volar” donde también conoció el nombre de cada uno de los planetas. Y pudo ver a Plutón, pobrecito, con su rostro triste de haber sido lo que no es.

Del techo de mi casa cuelgan dos papalotes. Uno rojo cangrejo y otro gris murciélago. Son papalotes zapotecas que en las tardes de viento se elevan en la azotea y de noche se enredan en las jacarandas. Aunque nadie los vea, se sabe que lo hacen por las manchas de ciudad que traen encima de sus alas de papel cuando regresan. Antiguamente los papalotes no se elaboraban con papel, sino con hojas de grandes árboles y varillas de bambú. No duraban tanto como los que se hacen hoy, pero derramaban aromas de tierra que se quedaban pegados en las manos. Las manos, en la revista del Museo del Niño, hablan. El primer número de “a volar” les enseña a los niños el alfabeto de letras que utilizan las manos para decir lo que uno siente. O conversar sobre un deseo, un sol, una calle donde encontrar a un amigo y decirle sin sonidos los secretos que se guardan en los labios o en el fondo de los volcanes. La historia del volcán Paricutín y el amor que el pintor Gerardo Murillo “Dr. Atl”, sintió por él, están escritos en “a volar”. El amor también a la escritura entendida como la libertad de la imaginación. Es quizá esta parte la que en lo personal me emociona más de “a volar”, la propuesta que se lanza de escribir una historia loca. Como la locura de los genios, de los ratones que viven en la panza de una tía, o la boda entre un gato y una araña. O la loca historia de una revista que se puso “a volar” por vez primera antes de la llegada de las lluvias. Y que sin duda se elevará muy alto. Sin duda ahuyentará tristezas. La tarde de su presentación, Patricia Gaxiola agradeció a Marinela Servitje, la directora del Papalote Museo del Niño, su solidaridad. De la mano de Mónica Gilardi, José Luis Oliveros y de su hermana Victoria, concedieron a los niños un espacio más para ponerse “a volar” entre las jacarandas de la Ciudad de México y desde lo alto aprender a mirar que es también aprender a sentir, a creer, a crecer sintiendo.

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sábado, abril 14

Cuando la tierra tiembla

Cuando la tierra tiembla, se agrieta el pensamiento
La soledad busca inútilmente a su pareja
No consigue olvidar su ardiente paso
sobre los sepulcros e intenta levantar
trozos de olvido entre la muerte
Pero no hay nadie que abrace su silencio
Nadie que se le asemeje

Ningún doble se sentará a su lado
cuando estalle la noche
y el chirrido de los cristales
en las visibles hendiduras de la tierra
enloquezca al mundo.

Cuando la tierra tiembla,
es mejor mirar la sombra con los ojos del llanto
O correr hacia el muro de luz

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Tiembla la tierra

Antes de comenzar las lluvias
sopla con fuerza el viento.
Es tiempo de volar los papalotes.
Es tiempo de abrir a Tláloc el camino,
barrer calles y avenidas
con alas de mariposa.

Por eso la tierra tiembla
y cambian los árboles el color de su follaje

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jueves, abril 12

Tepoztlán de amores, Tepoztlán de dolores

Tepoztlán no es la Ciudad de México, pero este fin de semana le dio cobijo a cientos de miles de sus habitantes. Llegaron para pasar el día o para quedarse por dos o tres más, los que tuvieron la suerte de encontrar alojamiento. También fue gente de Cuautla, Amatlán, Ahuatepec y otros pueblos cercanos. Muchos de los visitantes, quizá la mayoría, buscaban al Cerro del Tepozteco. Son los que creen en él. En su poder de contagiar energía positiva, limpiar las vibraciones negativas y curar los males que padece el corazón cuando se acumula demasiada tristeza en el alma. Pero había también los que buscaban otra cosa. No se bien qué, no lo cuentan, pero buscaban. Lo noté cuando los vi subir en total silencio hacia la cima y cuando, al llegar a la pirámide, se quedaron inmóviles, sin voz, pero también sin sombra, solamente la mirada en su figura. Más tarde, al ver de lejos el cerro, pensé que quizá había yo inventado a aquellas silenciosas personas. No existen, me convencí. O existen solamente cuando escribo sobre ellas, en busca de una historia que contar.



No puedo contar demasiado sobre Tepoztlán, aunque sé de sobra sobre la resistencia que caracteriza a los tepoztecos. No conozco mucho sobre la leyenda del Tepozteco, ni sobre su historia. Pero durante el trayecto hacia la pirámide y más tarde, durante el descenso, escuché varias versiones sobre los poderes y la magia de la zona. Una de ellas tenía que ver con el tiempo. Con el tiempo que no existe desde que un niño, utilizando instrumentos musicales, su orín y piedras de obsidiana le dio forma a los cerros.

En la cima del Tepozteco no transcurre el tiempo, dijo un hombre a su pareja. Le explicó que los dioses le concedieron este don al cerro por haber hecho valientes a sus hombres y mujeres. Por eso las gigantescas rocas inclinadas nunca se desprenden del cerro. Jamás rodarán sobre las casas por más que parezcan estar apenas detenidas por el viento. Por eso también se siente tantísima energía allá arriba. Es el tiempo que no transcurre, le aseguró seriesísimo a su mujer aquel hombre y le siguió contando más y más cosas sobre dioses, piedras y guerreros, pero al cabo de unos minutos pude solamente escuchar palabras sueltas, mezcladas con las frases de otras parejas, familias, amigos que intentaban, algunos inútilmente, llegar hasta la cima para al menos tener una historia que contar. O para encontrar entre las rocas el rostro de un amigo muerto.

Hay muertos que conservan la memoria. Son los que más dolor provocan, más rabia.

Todavía me duele Tepoztlán, aún me cuesta tomar la decisión de ir. Y no me duele por lo mismo que a los tepoztecos que tienen miedo de que tanta magia acabe con la magia. En cualquier rincón, esquina, galería, patio, iglesia, plaza, se ofrece magia al mejor postor. Una sanación en media hora, un temascal ceremonial y curativo con acento extranjero, o la terapia de cuatro puertas en cama de hierbas, con la mascarilla y el té incluidos. Hasta la fotografía del Aura se anuncia en el estacionamiento más concurrido de Tepoztlán en donde también es posible participar en sesiones de meditación tibetana con el sonido de bowles de cuarzo. Todo un cruce de culturas.

Doña Mari no se queja de que venga tanta gente en Semana Santa y fines de semana. Sube la venta de quesadillas de corolines y de tacos de cecina. Pero mientras asa la flor de calabaza con un poco de epazote fresco con la que rellenará mi quesadilla, me confiesa que no entiende la moda ésta de hacerse curandero o chamán al vapor. Tampoco sabe qué es eso de las lecturas de runas que se ofrecen a la vuelta del mercado, ni menos los masajes Shíatsu. Pero no se queja. Solamente platica con quien quiera conversar sobre la vida y sus andanzas. La vida va y viene, me dice. Viene y va. Los que fundaron este lugar ya se fueron. Después vinieron nuestros padres y nos dejaron solos, como a nuestros antepasados los dioses. Ya veremos si los que vengan después traen la lluvia de la muerte o se quedan arando las rocas.

Quise hacer mil preguntas más. Quise quedarme toda la mañana con Doña Mari hablando de la memoria y de las palabras que le dejaron en la boca sus tatarabuelos. Pero no pude hacerlo. A Doña Mari la fueron a llamar al puesto de comida. Su sobrina estaba en agonía. Sólo ella podía salvarla, le dijeron sus familiares con las manos. Doña Mari se agachó y puso una canasta sobre la improvisada mesa. Sacó un puño de hierbas, colocó de nuevo la canasta en su lugar y se marchó. Otra mujer que hasta ese momento no había estado en la pequeña fonda, o al menos nadie la había visto, se encargó de que no se marchitaran las flores que nos alimentan.

Tiene varios ramos de flores alrededor de su fotografía, amarrada en uno de los barandales que dan a la plaza principal de Tepoztlán. Viste un traje indígena de la zona. Debajo de su imagen, un texto reivindica su presencia, aun muerta. “Estás con nosotros donde quiera que estés. Sigues tejiendo huipiles y bolsos en el cielo, sigues creando. Tepoztlán te mantendrá siempre cerca” No hay firma. No hace falta. La gente que lee el texto regresa al pequeño altar con una flor en la mano. Sobre todo los que conocen la causa de la muerte de la niña de la fotografía, violada hace unas cuantas semanas en esa misma calle, justo en la casa de enfrente. Todo el mundo sabe, o cree saber quién fue el culpable. Pero lo callan. Lo calló la niña de la fotografía cuando decidió morir frente a la plaza principal de Tepoztlán, colgado su cuerpo de niña de una soga. Lo calló o lo gritó, opiné cuando un grupo de personas que la conocieron me contó sobre el suicidio. No hubo ningún comentario más. Sólo miradas sobre las piedras tepoztecas.

Las noches de fin de semana en Tepoztlán no se aquietan. Lo mismo ensordecen las campanas del ex convento y las iglesias, que quiebran tímpanos los cuetes o los “espontáneos” que se arrebatan el micrófono en algunos de los bares del centro. Pero nada como las bocinas “retro” que colocan en las azoteas y desde las cuales sale un ruido infernal, no se sabe si de un conjunto de pop rock o de trash metal. De vez en cuando aparece un espacio de silencio y llanto. Pasa el viento, canta un gallo, brilla la obsidiana.

Tepoztlán no es Ciudad de México, pero disfruta los mismos amores y padece los mismos horrores. E igual que en todo México, comienza a gritar de furia, cuando escucha al viento callar. O cuando se acumulan demasiada tristeza en el alma.

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