domingo, septiembre 23

Mujeres que gritan

La semana pasada vi un cortometraje sobre mujeres insurgentes. Se llama Mujeres X y lo dirige Patricia Arriaga. El día del estreno, en el Centro Cultural Indianilla, Patricia contó que cuando Enrique Márquez, Coordinador General de la Comisión para las Celebraciones del Bicentenario de Independencia y del Centenario de la Revolución en la Ciudad de México, se acercó a ella con la propuesta de hacer un cortometraje, entró en pánico. Intentó escabullirse, pero no hubo modo. Enrique le contó una tras otra puñados de historias de mujeres. Le entregó un montón de textos, entre ellos el de Genaro García con los expedientes sobre los interrogatorios a las mujeres insurrectas. Patricia abrió la primera página y leyó. Y ya no consiguió detenerse. Fue cuando su imaginación y su sensibilidad comenzaron a disparar. Una y otra vez, una y otra escena.

Desde antes aún de comenzar el rodaje, las actrices se contagiaron de la fuerza de los personajes. Patricia se dio cuenta y tomó la decisión de trabajar con las dos mujeres. La actriz y su personaje. Ambas, mujeres. Las dos intensas, combativas, insurrectas. Y el resultado fue Mujeres X. Las mujeres del siglo XIX que firmaban con una cruz, no solamente por no saber leer ni escribir, sino por ser simplemente mujeres equis. Sin nombre, cargo, fama, estatus social, reconocimiento, nada. Sin siquiera un nombre y un apellido que les concedieran identidad. Eran equis. Mujeres equis. Cocineras, vendedoras de flores, cuidadoras de niños, lavanderas, Y las mujeres de hoy. Las mujeres que buscan abrirse un espacio, que creen en la vida, que van por el mundo mirando la historia de otras mujeres y que aprenden a contarla. A hacerla suya. Las mujeres, muchas mujeres, son así: arropan vida.
De Leona Vicario, uno de los personajes de Mujeres X, se sabe muy poco. No entiendo por qué. Si nació en la misma ciudad donde yo nací y crecí. Y casi nunca me hablaron de su historia en la escuela. Leona Vicario, criolla ella y de buena familia, se enamoró de un hombre con pocos recursos económicos, Andrés Quintana Roo. Leona Vicario desafió a su época, al escenario en el que le tocó vivir. Y escapó para salvarse. Se fue a Tacuba con Quintana Roo, donde formaron un grupo de mujeres independentistas financiado con la herencia de Leona Vicario.

Leona Vicario fue correo, espía, amante. En silencio, pronunció la primera palabra. En silencio, gritó. Pero fue sobre todo mujer insurrecta. Fue mujer.
Estuve hasta ya entrado el día de este domingo 16 en el Zócalo de la ciudad de México. Como llegué desde la mañana del sábado, me tocó padecer la guerra de las bocinas. Me dolió la cabeza, me enfurecí, menté madres, estuve a punto de enloquecer, igual que todo el mundo o casi. Al final de la tarde y después de una larga negociación entre los organizadores de los eventos de la Presidencia de la República y el gobierno capitalino, la situación fue más soportable. Quizá por ello me dio por mirar a las mujeres que entraban o salían del Zócalo capitalino.

Eran dos. Traían cinco niños con ellas. Tuvieron que pasar las vallas metálicas que se colocaron hace ya varios días alrededor del Zócalo. Tuvieron que someterse al retén que instaló el Estado Mayor Presidencial en las dos aceras de la calle 20 de Noviembre, desde el circuito del Zócalo hasta Venustiano Carranza. Les vaciaron sus bolsas de plástico. Cuando les dijeron que no podían entrar al Zócalo con botellas de Coca-Cola me acordé de Oaxaca. De cuando fui a mirar lo que sucedía en las instalaciones de Radio Universidad de Oaxaca. Los cascos de Coca-Cola con mecha. Los jóvenes con su pasamontañas sobre el rostro.
¿Quién confunde a quién?
No supe sus nombres. Mientras guardaban en sus bolsas de plástico lo que sí podían pasar al Zócalo, les pregunté muchas cosas, pero no sus nombres. Eran mujeres equis. Sonreían. Sus hijos saltaban, sus rostros pintados. La matraca, la bandera, el reguilete. La fiesta que concede identidad. Nada más.

No me quedé hasta el final. Los fuegos artificiales los miré de lejos, ya cerca de la estación Pino Suárez del Metro, la más cercana al Zócalo que conservaron abierta al público. Las demás las cerraron. Por miedo, por precaución, por querer ganar una batalla imaginaria. Por culpa de los violentos, por no querer mirar a los hombres, a los niños, a las mujeres equis que caminaron por nosotros hace 200 años. Mujeres a las que les dolía la palabra que no pronunciaban. Mujeres que gritan.

Alguien dijo después de la proyección del cortometraje Mujeres X que todas las mujeres son insurgentes. Francamente no lo creo. Hay mujeres que no lo son, aunque, lo reconozco, pudieron haberlo sido. Todas las mujeres, en eso sí creo, compartimos una cicatriz. Hay algunas que no lo han notado. O no les interesa notarlo. Otras que gritan el dolor que todas sienten. Y algunas más que transitan el laberinto de la herida. Como un dibujo. Y crean.

Las mujeres equis nacen de la ruptura del silencio. Y del diálogo que retoma el silencio para volver a crear. Un grito o una caricia. Crear la palabra que aún no tenemos.

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jueves, septiembre 13

La memoria viaja en metrobus

Nadie se quedaba sin su reguilete tricolor o su bandera. Los primeros días de septiembre de cada año, los niños rodeábamos los carritos llenos de banderas, sombreros, reguiletes, matracas, trompetas, serpentinas y silbatos que aparecían en cada esquina y elegíamos. Yo prefería el reguilete. Me gustaba verlo girar sin abandonarme y lo clavaba en una maceta cerca de la ventana de mi habitación. Mis padres compraban también la banderita para el coche y una más grande que colgaban en la fachada de la casa. Eran días de fiesta. Y de creer en la luz debajo de los símbolos.

En estos días ya ningún niño pide su banderita. O casi ninguno. En las ventanas de las casas de zonas como Las Lomas o Polanco cuelgan más mantas de rechazo a la construcción de la Torre Bicentenario que banderas. Hay uno que otro carrito de madera en las esquinas o en los camellones, pero casi nadie se detiene a mirar cómo gira un reguilete de viento. Ya nadie, o casi nadie, aprovecha septiembre para contar historias de antes. Historias que reviven en el vacío que oprime cuando nada hay para cubrirlo, para suavizarlo. Ni una palabra antigua en las calles de Las Lomas, Santa Fe, Polanco. Todo constantemente nuevo, todo semejante. Todo tedio.

En el centro de la ciudad de México, en cambio, las historias de septiembre abundan. En el Metro un anciano asegura que tiene en su casa unos poemas escritos por Miguel Hidalgo y Costilla. Lo dice así, tan seguro. Los guarda con gran orgullo y los lee de tanto en tanto con mucho cuidado para conservar el papel que ya de por sí está cada día más amarillento, no vaya a ser. Le cuenta el anciano la historia a un joven que lo invita a ver el video sobre la Independencia en uno de los displays que han colocado por toda la ciudad y que la gente se detiene a mirar con curiosidad y asombro. La Independencia de México en tres etapas, leen y se acomodan junto a la pantalla a recibir un trozo de la historia de su ciudad.

¿A quién le escribió el cura Hidalgo esos poemas?, le preguntó el joven y el anciano guiñó la sonrisa cómplice de quien, como en la escritura, simula la vida. Y vive.

Todavía hay quien se toma su tiempo para ir a ver con los suyos la iluminación de septiembre. El Zócalo alumbrado, los héroes, las águilas de la discordia, la Alameda de fiesta. La visita al museo donde una mujer de ojos grandes cuenta la historia del mural de Diego Rivera que sobrevivió al terremoto. Todavía hay quien aprovecha septiembre para recordar que somos un país de fiesta. Aunque últimamente no nos dejemos ver el verdadero rostro. El misterio que somos, el misterio transparente. El que hace que nos desconozca quien más nos conoce; quien más cerca nos tiene. México es así. O lo era. Aunque hay quien todavía cree en la luz debajo de los símbolos. Y en la fiesta como identidad, como pretexto para reír, para sentir, para llorar.

Antes, me contaba mi bisabuela, la fiesta era una forma de hacer arte. La danza, la música y la poesía eran inseparables. El poema era canto. La misma palabra náhuatl les concedía existencia. Cuicatl, poema. Cuicat, canto. Antes también había matracas, flautas, trompetas. Y el caracol era canto. Y el canto, danza.

Hay quien disfruta de la fiesta. Hay quien todavía cree que hay que compartir una buena comida, un vino, un tequila, para reconocer la realidad. Para evitar perdernos en la niebla del tedio. Para sentir que bailar es un prodigio. Bailar es también hacer poesía. Poesía del cuerpo.

Una mujer de hoy recuerda en septiembre a las mujeres de antes. Las recuerda y les otorga voz a las mujeres equis que participaron en el movimiento de la Independencia de México. Algunas tenían nombre y apellido: Leona Vicario, Josefa Ortiz de Domínguez. Otras eran simplemente mujeres equis. La mujer de hoy se llama Patricia Arriaga y está por terminar la edición del cortometraje Mujeres X. Se presentará el próximo jueves 13 en el Centro Cultural Indianilla. Después viajará en metrobús como lo hace ya otro cortometraje, 1808 de Miguel Necoechea. La memoria viajando por los autobuses que recorren la ciudad. La memoria de la ciudad intenta recobrar su figura.

Decía mi bisabuela que el recuerdo se anida en el cerebro y que la memoria es el ave que abandona el nido para extender sus alas sobre el mundo. Un mundo al que le concede existencia. Sin memoria no hay existencia, insistía la bisabuela y yo escuchaba atenta las palabras y frases que aún no comprendía. Hasta que comencé a soñarlas cantadas.

Los sueños cantados devuelven su sentido a las palabras desconocidas. Las colocan en el alma de todo aquel que las escucha. Hay quien se atreve a cantar sus sueños. Hay quien los llora, los abraza, los goza. Los habla en voz alta frente a nadie. Hay quien todavía cree en los reguiletes y en la historia que cuenta un anciano en el metro. Hay quien encuentra sosiego en la vida. En la vida que canta una voz que baila. Como antes, pero respirando hondo. Abriendo puertas, imaginando, creando. Sin olvidar.

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martes, septiembre 4

Las mujeres que mueren de sed

Cada vez son menos los que se sienten cómodos en la ciudad de México. La gente, casi toda, cree poco o nada en su ciudad. Les aterran las garras que imaginan y arrojan tiritas de paciencia sobre un paso a desnivel. Cada día son menos los que hablan bien de la ciudad de México, los que la miran de frente sin pensar en dos o tres cosas a la vez, sin arrojar una piedra sobre un muro que ayer levantaron los sedientos.


Ya casi nadie mira a los niños que han ido creciendo entre los automóviles. Ni han notado siquiera que las niñas que hace tiempo limpian los parabrisas en aquél semáforo, estrenaron cuerpo hace unos días. Nadie se percata que cada día llegan otros niños, más niños todavía, a quebrarse los huesos en las esquinas. A nadie se le ocurre ponerse a platicar con ellos, y menos preguntar si tienen nombre, familia, cuántas heridas.

Hace tiempo que en la ciudad nadie pregunta una sola pregunta más que la que hay que preguntar. ¿A cuánto el par de calcetines? ¿A cómo el elote, el jugo, la torta de tamal? Y eso sólo los que transitan las calles plagadas de tiendas efímeras que a mucha a muchísima gente le desatan el miedo. Como si los vendedores ambulantes padecieran de alguna enfermedad mortal, hay quien se cubre la mirada para evitar el contagio. O simplemente se aleja del territorio donde la ciudad guarda la vida entre las piedras.

Pero da miedo la vida. La gente tiembla de miedo cuando la siente pegada al asfalto. O tumbada sobre el Templo Mayor, al lado de un tlatoani.

En los días de lluvia, la gente odia con más fuerza a la ciudad. El transporte se paraliza, se escuchan gritos como mordidos por el viento. Nadie comparte su paraguas, nadie mira si la anciana logró levantarse de la silla donde pasa los días contando su historia en silencio. Su llegada a la ciudad, sus amoríos, sus hijos perdidos en alguna vecindad sin luz. Pero nadie la escucha, porque si la escuchan enloquecen. A mí me sucedió la tarde en que decidí sentarme un rato a su lado. Tomé nota de cada una de sus frases. De sus palabras antiguas, nuevas para mi, palabras repletas de sensaciones frescas.

Voy a escribir un día de estos la voz de la mujer que decidió pasar sus últimos años sentada en una pequeña silla de madera, a un costado de la catedral. Si fuera poeta escribiría el poema de la raíz de nopal que vende a los que creen en los dones de la tierra. La raíz de nopal en té con miel de abeja y canela, me dijo al oído, cura los males del alma.

El alma se muda, como se muda el cuerpo. Y la palabra muda.

Como no soy poeta, voy a pedirle a alguien que escriba también un poema sobre los habitantes de la ciudad de México. Un poema que explique los ojos aterrados de las mujeres que entran a la muerte cada noche. O los ojos enrojecidos de los niños, las espaldas encorvadas de sus madres, los pies descalzos. Que describa también a las otras ciudades. Las decenas de ciudades que hay en la ciudad de México. Las diferentes barrancas, las lomas tan distintas, las tiendas en inglés, los verbos en náhuatl, los sonidos.

Si alguien escribiera ese poema, entonces quizá la gente miraría, a través de un poema, a su ciudad. Y quizá serían menos los que prefieren encerrarse en una jaula para no sentir la vida. Para no mirar los pies descalzos, para no sentir el vértigo, para no escuchar los latidos de una ciudad que mata y muere y nace y resucita. Para que nadie les cuente que están muertos.

La anciana de la silla cuenta el miedo. El miedo que lleva la gente en las manos. Lo va contando uno a uno durante toda la mañana y si no llueve, también lo cuenta por la tarde. Ha llegado a contar seis veces mil el mismo día. Se entretiene me dice y yo le pregunto quién inventó el miedo. A quién se le ocurrió semejante torpeza, tamaño horror. Aunque hay quien puede evitarlo, comenta, y yo pienso en los que saben mirar.

Nadie enseña a mirar. Ninguna maestra ofrece impartir la materia. La materia de mirar.

Tengo una amiga española que sabe mirar. Cuando conoció la ciudad de México lloró. La llevé al Mercado de Sonora y lloró con la gente que le tendió la mirada. Después preguntó una y mil preguntas sobre los chamanes. Se comió un elote verde con limón y sal, se compró una bolsa tejida de plástico, se llevó a su casa un jabón atrapa novios y se trepó a un camión que la llevó desde el mercado al Zócalo. Mi amiga española no tuvo miedo. A pesar de las advertencias que le hicieron. No tomes taxis en las calles, no hables con nadie, olvídate del Metro, deja todo en el hotel, le estuvieron diciendo otros españoles que han viajado a la ciudad. Pero no hizo caso. Se atrevió a hablarles a los danzantes del Zócalo, a la señora que pasa los últimos años de su vida sentada en una silla de madera contando su historia y a los miedos que siente en la gente. Los miedos que nos cercenan los sentidos. Y nos obligan a correr.

La gente casi siempre tiene prisa. No alcanza el tiempo. No alcanza la vida para hacer lo que uno quiso un día hacer y no lo hizo. Menos para voltear a mirar lo que no se miró al pasar frente a una mujer que vive sentada en una silla de madera vendiendo remedios para curar el alma. El alma que muda, como el cuerpo y como la palabra muda.

Algunas madrugadas el alma abandona la ruta. Y decide andar otro camino. Sin ningún aviso previo, sin consultas, sin tomar en cuenta las consecuencias, decide por nosotros y nos devuelve las ganas de sentir. Pero en la ciudad no hay tiempo para nada, eso dice la gente, casi toda. No hay tiempo para sentir, pero de vez en cuando el alma abandona la vía rápida y nos ofrece una barca para navegar sin puerto. Aunque casi nadie acepta la oferta, porque de aceptarla, se corre el riesgo de sentir la vida recorrer los nudos que le hemos hecho a nuestras venas. Se corre el riesgo de mirar. Y cuando alguien sabe mirar, puede llorar el llanto de haber perdido tanto tiempo luchando por conquistar un lago seco en una ciudad que hace tiempo se muere de sed. Una sed de mujer, sed sin olvido. Igual a la sed que hoy tengo y que intentaré calmar con agua de raíz de nopal, una pizca de canela y miel de abeja.

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martes, agosto 28

Calamidad

Nada ocurre sin la palabra
la palabra que se inventa
la que se coloca del lado de los sonidos
la que no libra batallas en la historia

Cuando las palabras se vuelven reales,
todo desaparece
Es esa la catástrofe,
la gran calamidad

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Un grito en la memoria

Aun cuando he vivido varios años fuera de México, a mí nunca me ha expulsado mi ciudad. Fue mi elección salir al mundo, recorrer otras tierras, ver otros mares, habitar nuevas ciudades. Pasé de un país a otro, de una guerra a otra, de un continente a otro, sin mayores problemas, sin trabas. Sin poner en duda la voz abierta del planeta tierra, sin dejar de llorar la nostalgia que siempre llegó envuelta en palabras que aguardan el momento de ser dichas. Una tras otra, las ciudades en las que viví, me llenaron de sonrisas amigas. A pesar de las guerras que me tocó testificar. O por ello.


Elvira Arellano no ha contado con la misma fortuna. Tiene 32 años y diez buscando un espacio donde respirar. Maravatío, Michoacán, la expulsó a patadas de hambre, igual que a sus vecinos, a sus tíos, a sus hermanos, a los hermanos del vecino, de los tíos, igual que a la mitad de la población de los pueblos vecinos. La primera vez que entró a Estados Unidos, en 1997, fue de inmediato deportada. Unos días después volvió a intentarlo y lo logró. Hace ocho años, en Oregon, California, nació Saúl, su hijo. Y con él la fuerza para convertirse en defensora de los derechos de los mexicanos y latinoamericanos en Estados Unidos.

Elvira Arellano solo quería trabajar. Ganar lo suficiente para darle de comer a su hijo, enviarlo a la escuela, vestirlo, mirar la sonrisa de un niño que nació en el país de los perseguidores de su madre. Aquéllos que hace siete años, tras el atentado contra las Torres Gemelas, se dieron a la tarea de colocar la etiqueta de terroristas a todo aquél que pareciera diferente. Fue la época en que las redadas se intensificaron y se llegó a deportar por igual al indocumentado que al que tenía papeles. Elvira cometió el delito de estar trabajando cuando la encontraron en Chicago. La condenaron por ello a tres años de libertad condicional. Se salvó de ser deportada cuando un senador intercedió por ella con el argumento de que Saúl necesitaba atención médica especial. Y se quedó con la palabra desatada.

Elvira Arellano habló una y mil veces sobre su situación y la de millones de mexicanos y latinoamericanos en Estados Unidos. Las autoridades le advirtieron, le dijeron que no lo hiciera, que la echarían otra vez, que le quitarían a su hijo, que la encerrarían en el territorio de la incertidumbre. Pero ella aprendió a utilizar la palabra como arma. Y pronto su discurso recorrió de punta a punta, el país. Otras voces se unieron y formaron la organización Familias Latinas Unidas. Son, en su mayoría, los padres de niños que han nacido de aquél lado. Juntos han buscado sensibilizar a los legisladores estadunidenses, a la gente en la calle, al viento. Se pronuncian en contra de las redadas y deportaciones y a favor de una nueva ley migratoria. En el fondo, lo único que quieren es trabajo. Construir un futuro para sus hijos. Recuperar la dignidad que llevaban encima cuando nacieron. A pesar del hambre.

Nada hay más terrible que soñar que es posible y despertar con un grito en la memoria.

Elvira Arellano recibió hace un año una orden para presentarse ante las autoridades migratorias. Sería deportada. Pero en lugar de acudir a la cita eligió encerrarse en una iglesia metodista junto con su hijo. Oficialmente pasó a ser una criminal, prófuga de la justicia, hasta que al año de mantenerse en la iglesia, desde donde continuó su campaña a favor de una reforma migratoria, la detuvieron y deportaron apenas abandonó el templo.

El caso de Elvira Arellano es el de alrededor de 12 millones de personas que viven en Estados Unidos sin tener los documentos que se requieren para hacerlo. Elvira Arellano ha luchado para obtenerlos, igual que todos. Su historia ha sensibilizado, ha abierto una polémica, ha colocado en las calles a muchos mexicanos, latinoamericanos y estadounidenses. Aunque hay quien asegura que Elvira Arellano tiene lo que se merece porque violó la ley. Y no lo dicen solamente ciudadanos estadunidenses. Lo dicen también algunos mexicanos que llevan años en Estados Unidos y que, indocumentados o no, creen que las leyes, sólo por serlo, son justas.

Esos mexicanos que se han expresado a través de infinidad de blogs o en cartas que han enviado a los periodistas que han contado la historia de Elvira Arellano, aseguran que de delincuente, la michoacana ha pasado a ser una heroína. Y se retuercen de rabia. Les da lo mismo si vuelve a reunirse con su hijo o no. Le lanzan insultos. Quieren que se siga deportando a los mexicanos que trabajan en Estados Unidos. No creen en la solidaridad, ni en la fuerza del alma. No quieren a más mexicanos en ese territorio al que llegaron antes que Elvira Arellano. A ni uno más. Y se pronuncian a favor del silencio. Del abismo que abre el silencio.

Ojalá sucediera. Ojalá que solamente se fueran de México quienes lo deciden. No los expulsados a patadas de hambre. No los campesinos, los albañiles, los artesanos, los pescadores, las cocineras, los chamanes, los de las manos vacías. Ojalá que nadie se muriera en el camino hacia la esperanza. Ojalá que nadie tuviera que otear un nombre sobre el muro.

Pero nada hay más terrible que soñar que es posible y despertar con un grito en la memoria.

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viernes, agosto 24

La oscuridad y el deseo

Leyó en voz alta la palabra escrita por su madre. Y la voz fue trazando la historia que Carmen Boullosa imaginó una tarde oscura en París. Pero más que escucharse, la voz de María Aura, la actriz, la hija de Carmen y Alejandro Aura, la hermana de Juan, se miró. La miramos todos los que asistimos el jueves pasado a la presentación de “El velásquez (así, con minúsculas) de París” en la librería Rosario Castellanos de la Ciudad de México. Yo miré a Carmen mirar la voz de María con sus ojos de poeta que escucha lo que nadie ha pronunciado. O que mira la historia que cuenta un cuadro de Velásquez que fue dado por perdido en el incendio del Alcázar de Madrid de 1734, y la escribe. Carmen es así, sabe mirar y contagia, nos recuerda que existe un deseo de crear. O como dijo Nicolás Alvarado el día de la presentación, nos seduce. Seduce su fantasía desbordada, su creatividad, la fuerza de su escritura. Y la fuerza también de su habla.


Carmen Boullosa habló poco en la presentación de su libro. Las palabras le salieron suavecitas, como nostálgicas. Agradeció a su hija la intensidad con la que pronunció los fragmentos que ella misma eligió. Le agradeció también su juventud, sus ganas de vivir, sus ojos limpios. Y luego recordó que antes de que María y Juan nacieran, cuando ella era una adolescente, estaba convencida de que los males del mundo serían menos de los que en realidad son hoy que ya es el futuro. Pensó Carmen adolescente que la violencia desaparecería. Y la oscuridad, la mentira, el dolor gratuito, las niñas violadas, la traición, el horror del hambre y de la guerra. Pero nada cambió, nada de lo que creímos que podíamos hacer, lo hicimos. O quedó atrás la luz que encendimos en el viento, como un deseo.

Con otras palabras, pero casi con las mismas, eso fue lo que dijo Carmen antes de voltear la mirada otra vez hacia su hija y hacia un montón de jóvenes que llegaron a escucharla y compraron su libro, y se formaron para que se los dedicara con su rostro sonriente de tanto soñar en la vida. Fue cuando Carmen volvió a recuperar la esperanza. Y su forma habitual de mirar.

Mirar es posible cuando se busca mirar para crear. Algo así dijo Lucía Melgar en la presentación del libro. Lucía, investigadora y profesora que encuentra lo perdido sobre una barca que navega en la escritura. Y mira a Carmen mirar como un acto de creación. O como un sueño.
Carlos Fuentes dijo un día que Carmen Boullosa propone el sueño como método para vencer y acelerar la historia. Y Roberto Bolaño, el escritor chileno y amigo fiel de Carmen confesó que si tuviera que escoger una cocina literaria para instalarse allí durante una semana, escogería la de Carmen Boullosa, la de Silvina Ocampo, la de Alejandra Pizarnik y la de Simone de Beauvoir. Solo que Roberto se murió en julio del 2003 y no consiguió probar “El velásquez de Paris”, ni “La mejor novela del mundo”, ni “La otra mano de Lepanto”, ni otras novelas que Carmen escribió después de que murió Roberto. Y es que Carmen no para de escribir. Escribe aun cuando está tomando una copa de vino. Todo en ella escribe. El sabor, la calidez del vino que bebe, la noche antigua escribe. Como Margarita Duras que escribió con la fuerza del cuerpo. Hasta que perdió la cordura cuando supo lo que había escrito. Un día, mucho antes de ese suceso, Jacques Lacan, el filósofo y siquiatra francés lo predijo: “No debe saber lo que ha escrito, porque se perdería. Y sería la catástrofe”. Eso dijo Lacan de la escritura de Duras. Una escritura que aúlla como loca.
Carmen Boullosa era la loca de la casa. En eso nos identificábamos. Además de ser primas y tener ambas los ojos de mosca, como pegados a las orejas. Pero de niñas no nos frecuentamos tanto como ahora. O como en la adolescencia que nos contábamos todas y cada una de nuestras tristezas, soledades y algunas historias de amor. Éramos las locas de la casa, las diferentes, raras, inauditas, porque nos dolían los dolores ajenos. Y ambas sentimos la urgencia de crear, sin que nadie pudiera callarnos.

La creación no se calla. La callan otros cuando la escriben.

En “El velásquez de París” Carmen escribe a Carmen. La describe y se inventa. Se concede el derecho a crearse a sí misma y, otra vez como poeta que es, consigue transmitir al lector aún los silencios que trazó su alma al escribir. El libro cuenta la historia de La expulsión de los moriscos, el cuadro de Velásquez que lo consagró como el más grande pintor que fue y que fue salvado del incendio del Alcázar de Madrid por un niño. Y cuenta también la historia de una mujer deprimida en París. La misma mujer que antes de esa depresión habitó en tres ocasiones la luz que derraman las ciudades. Una en París, otra en Nueva York y la tercera en Madrid. Tres ciudades que atrapan, causan vértigo y, un segundo antes de expulsarnos, nos arropan.
La Ciudad de México es la ciudad de Carmen Boullosa. No importa que viva en Brooklyn y que desde hace seis años se haya instalado en Nueva York. En México, como ella misma reconoce, viven los personajes que mira, escucha, inventa, crea. Toda su vida imaginaria o sus vidas imaginarias cruzan las calles atiborradas de gente de una ciudad que pocos saben mirar. Porque de mirarla bien lo imposible sería el inicio del camino donde la imaginación se convierte en creación. Y la luz de la ciudad encendería historias nuevas de esperanza y deseo. Y, como en el libro de Carmen Boullosa, nos salvaríamos con ella.

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miércoles, agosto 15

El secreto del placer


Este domingo me despertó la memoria. El sonido de una voz que olía a mi infancia, cuando en una taberna del castizo barrio de Lavapiés en Madrid, a la que entré de la mano de mi padre, percibí por vez primera el olor del vino. Conservo intactas las sensaciones que se me desataron apenas se abrió la puerta de la taberna de Antonio Sánchez. La nariz, los ojos, las manos, la piel del rostro. Todo en mí recibió de golpe un aroma nuevo, seductor, arriesgado casi. Era demasiado joven para comprender que en realidad el olor de esa taberna fue el primer vino que bebí. Pero entonces los sentidos carecían de nombre, porque las palabras eran todavía un bosque callado.

Guapa, me dijo la voz que me despertó este domingo y luego me preguntó en andaluz cómo se encontraba “er arma mía”, es decir mi alma. Era la voz de Curro, un gitano que posee el don de mirar hacia adelante para saber lo que no se sabe y poder comprender el mundo. Curro, mi amigo que me leyó la mirada hace años y lloró por mí la ausencia que miró llegar de lejos. Curro, que me sirvió los mejores callos picantes de España y la más deliciosa morcilla con pasas y piñones blancos que he probado y la insuperable olla gitana, elaborada con todas las hierbas y sabores que en las ollas de Merceditas, su esposa, se quedaban arropados durante la semana. Curro, que me reconoció lustros después de haber llegado de la mano de mi padre y que durante los años que viví en Madrid me enseñó los trozos de vida que se han ido quedando en las paredes de su taberna. Como los retratos que pintó Ignacio Zuloaga a fines del XIX y que le regaló a su amigo y torero Antonio Sánchez. O como las palabras de las mujeres y los hombres solos que dejaron su sombra de sed debajo de las mesas.

Me llamó por teléfono Curro sólo porque sintió “argo”, una como nostalgia de mi ausencia, me dijo, y decidió gastarse en una prolongada conversación telefónica Madrid-México gran parte de lo poco que ha ganado este verano caluroso de Madrid. El Curro, que en realidad se llama Francisco Cies, es un sobreviviente. Igual que la taberna, que es una de las cien que quedan de las 816 que llegaron a existir en la Villa de Madrid. En ese barrio de gitanos, toreros y una que otra emperatriz. Un barrio que en los últimos años ha cambiado aceleradamente su fisonomía. Las tabernas, casi todas, han sido sustituidas por cervecerías en el mejor de los casos o por establecimientos de comida rápida, en el peor. Los restaurantes de comida china, marroquí o ecuatoriana también se han venido abriendo espacio en las calles de Lavapiés, donde es cada día más común mirar a un asiático besando a una joven marroquí, o a una pareja de ecuatorianos comiendo en la misma mesa con un español o a una niña gitana soñando con ser un día la Emperatriz de Lavapiés. Un barrio donde el cuerpo nuevo de España se expresa sin tanto miedo a caer en otras huellas. Sin miedo a enloquecer.

Le dije a Curro que me encontraba bien. En serio, le insistí, ya me reconoce la ciudad de México y yo a ella. Ya no me duelen los ojos, ni me abruman la soledad, los gritos, los aullidos sordos en las tardes de lluvia. He ido encontrando una que otra taberna donde sirven vino del bueno, sin etiqueta. Y alguna que otra mirada con quien llorar lo no dicho. Claro que nadie cocina como Merceditas ni he vuelto a probar los revueltos que me servía cuando llegaba a deshoras a la taberna y me ponía a escuchar los sonidos de la memoria y a sentir, con placer, el olor de una taberna.

A Curro le dio un ataque de risa cuando le dije que un día de éstos viajaría a Madrid para llevarle un libro que no he escrito. Algún pretexto tengo que encontrar para volver pronto a España, le dije. Total que todo el mundo escribe libros, aunque no lo sepan. Los que lo saben lo comparten con nosotros los lectores. Así es la escritura. Aunque en ocasiones también es la soledad.
Alejandro Aura fue algunas veces conmigo a la taberna. Pero como él nació con el don de hacer de la comida un placer casi erótico o más, prefería que comiéramos las ocurrencias que cocinaba en su casa del Barrio de las Letras de Madrid. Y luego nos quedábamos todos los amigos durante horas hable y hable de comida con palabras que se iban convirtiendo en otro platillo más y otro y otro. Y así hasta que llenábamos páginas completas.

Escribir no es sólo escribir. Es también vivir la voz escrita de los otros.

Alejandro Aura escribe a diario en su blog. Lo ha hecho desde hace meses, sin faltar a su cita ni una sola mañana. Lo ha hecho sintiéndose feliz o triste; con náuseas o con ganas de chutarse un mezcal. Desde la cama, la mesa del comedor, el escritorio de un hotel. Nos ha invitado a leer su poesía y su cáncer y mentarle la madre a coro al maldito tumor. Y todos los que lo leemos escribimos con él. Creemos con él. El 1 de agosto pasado su blog fue invadido (hackeado, le dicen) por un tal “Jaime Ruiz”, quien reivindicaba el regreso del “Paiz Bizarro”. El blog, según el autor de esta canallada, fue hackeado por la Unión de Bloggers colombianos Aprix11, que actúa, dice, en contra de los blogs comunistas. Un absurdo, un atropello. Una insensatez de la que vale la pena sólo informar. No merece nada más.

El que sí recibió lo que merece fue Alejandro. En cosa de horas se movilizó todo el mundo. Corrió la voz de un blog a otro: todos somos Alejandro Aura, decía alguien que se multiplicaba. Y Alejandro y Milagros, que como ellos mismos dicen, antes eran unos que hacían un blog, ahora pertenecen ya a una comunidad creativa. Y muy solidaria. Montaron de inmediato su nuevo espacio y sus lectores se extendieron. El contador de visitas no se detiene desde entonces.
Pensé en Alejandro y en Milagros después de la llamada telefónica de Curro el tabernero milagroso. Pensé en ellos y en las calles de Madrid, que ayer sintieron por primera vez el movimiento de la tierra. Me imagino el susto. Pero Curro no me contó nada del temblor. Casi todo el tiempo preguntó por mi alma. Y luego compartió conmigo un secreto. Me dijo que todas las ciudades guardan en el mismo sitio sus sabores. Y que, como cualquier otro placer, el que te produce el sabor de las ciudades te condena o te salva. Según la elección que uno haga. Según el tamaño de nuestra mirada sobre nuestra mirada. Hasta donde te ves, niña, me dijo, llegarás. Aun en la oscuridad, se ve la noche. Es ése el secreto, el secreto del placer.

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