jueves, octubre 18

Se está tan bien aqui

Que si no he visto el estado de destrucción en el que se encuentra mi ciudad. El país entero, Oaxaca, una desgracia, un desastre. Un deterioro constante; un estar siempre sofocados en el fondo. En el obscuro fondo de un mundo sin luna, sin miradas, sin rostros. Sin esperanza. Llevo casi un año escuchando ese discurso. Algunas temporadas con más frecuencia, otras con menos. Un año de ver a aquéllos que no ven. Que no escuchan. Que se duelen quizá, o ya no, de no tener en la palma de sus manos la línea que conduce al sitio donde la creación delira, se hace obra, caricia, lágrima, canto. Aquéllos que de vez en cuando recuerdan los sonidos del alba. Y que cada vez menos, se atreven a bailar desnudos frente al espejo.

Llevo un año de mirar a mi ciudad con ojos nuevos. Veinte años atrás me marché sin saber cuándo habría de volver. O si volvería o no. Veinte años atrás la vida, mi vida, no conocía la premura. El tiempo era tan sólo pinceladas de tiempo. El sol, la luna, un ciclo delante del otro. O atrás. Me fui de mi ciudad sin saber qué encontraría al regreso. Y encontré vida, raudales de vida. Al filo de la desesperanza, pero vida.Que si no leo lo que yo misma he escrito sobre la criminalidad, la colombianización de México, el susto de muerte que se llevó la pobre de mi madre con mi secuestro virtual, ¡qué infamia! Que si no miro las desigualdades, el hambre, a los violadores, pederastas, rateros, la crueldad en las uñas de los que ofrecen droga a los chamacos; los valores hechos trizas de los adolescentes que salen al mundo con una botella de alcohol en la mano. La sed. Que si no me doy cuenta de que ya nadie, o casi nadie, se conmueve frente a una obra de arte. Un Toledo, un Felguérez, un Tamayo, un Cuevas, un Rivera, un Siqueriros, se admiran según el precio que les coloca el mercado.

Eso dicen muchos, no todos, pero muchos de mis amigos que se quedaron en esta ciudad o en algún otro rincón de México y que han visto cerrarse, una a una, las sabias manos de los amorosos.Que deje de soñar. Que me esté quieta, me aconsejan mis amigos con palabras como puñales.Hay los que no me dan consejo alguno, pero que llevan una capa de concreto encima. Como una piedra atada al pié que ya no usan. O un gemido hueco, permanente, hilvanado en las pupilas de la nada. Una y otra vez el vacio encima del vacio. El grito que destiñe cualquier verdad que quepa adentro de su mundo. Un mundo sin susurros, sin labios que besar.

He estado a punto de estar triste. O lo he estado muchas veces. Triste de otros que desconocen el lado gentil de la tristeza. Su fuerza. Su arrojo. Su ruidosa manera de soñar con la vida. Con una vida que, abiertos los brazos, nos hace sentir lo bien que se está aquí. Después de todo.Se está tan bien aquí. Ese es el título del libro de poemas más reciente de Alejandro Aura, el poeta, el dramaturgo, el conductor de programas de radio y televisión. Alejandro Aura, el que abrió las puertas de las calles de la ciudad de México para que se fueran acomodando en ellas una escultura, un canto, un libro, una obra de teatro, un viejo amor. Alejandro Aura, el amigo entrañable, el creador de las mejores carnitas michoacanas en pleno Madrid, el mejor bebedor de mezcal, uno de los seres más versados en cuestiones de vivir.Fui el miércoles pasado al bar “Ronda” en Avenida de la Paz. Un rincón poco usual por el manojo de luz que desparrama en plena noche. Debe ser porque lo llevan Rodrigo Ambris y María Aura que algo aprendió del “Hijo del Cuervo”, cómo no. Ese día Alejandro nos invitó a escucharlo leer sus poemas que es lo que verdaderamente le gusta hace. Leer en voz alta su poesía y mejorar con ello un poco al mundo. Y lo hace casi tan bien como vive. Casi tan bien como convive desde hace ya dos años con su cáncer. En voz alta, muy alta. Y la frente, también alta. Y el alma, sobre todo el alma. Alejandro nos convocó para que escucháramos su despedida. Aunque, como él mismo lo dijo: pongan ustedes que no se cumpla. Que no sea este su libro de despedida porque ya volvió a escribir otra gran canastada de poemas frescos. Limpios, saltarines, juguetones. Hechos a mano, sus poemas de papel.

Yo ya conocía los poemas. Ya había ido a la lectura de algunos de ellos, hace casi un año, en el Faro de Oriente. También ahí se despidió Alejandro. También ahí muchos de sus amigos lloramos quedito, por dentro, suavecito. Un llorar de agua dulce. Pero en esta segunda ocasión, además del llanto, sucedió un milagro. De pronto desaparecieron los lamentos, las quejas, las palabras violentas. Las lenguas que no buscan, los ojos cerrados. Nada importaba más que el poema hablado de Alejandro Aura. Un Alejandro que a la orilla de cada página, se lanza a los brazos de las musas, de Milagros, de todas sus mujeres, de sus amigos, sus hijos, a los brazos de la vida en la que ha aprendido a estar tan bien, pero tan bien que contagia. Por eso nunca dejaremos de darle las gracias. Por el contagio de vida. De creatividad, de risa, de ocurrencia. Alejandro Aura le hizo esa noche una caravana a las personas que está ya echando tanto de menos, como lo narra en su poema de despedida, y dijo adiós. Con las manos otra vez abiertas, los amorosos le aplaudieron e hicieron suya su secreta esperanza. Aunque sepamos que no tiene fundamento; aunque Alejandro nos haya dicho que ya revisó la historia y que todos, absolutamente todos han muerto. Pero no todos han estado, como Alejandro, tan bien aquí.

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domingo, octubre 14

Chavela Vargas, su risa y sus premios


Tiene un montón de premios y reconocimientos de todo el mundo. De la condecoración que más platica es de la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, concedida por un Real Decreto que se aprobó en el Consejo de Ministros del gobierno español. Le hace sentirse orgullosa, digna, querida. Lo obtuvo en noviembre del 2001, cuando tenía 81 años. Ese día Chavela Vargas estaba radiante, rodeada de sus amigos del alma: Pedro Almodóvar, Marisa Paredes, Isabel Preysler, Rosario Flores, Elena Benarroch, Lina Morgan y otros más que la acompañaron a La Moncloa a pesar de que muchos de ellos no simpatizaban nada con el entonces presidente José María Aznar. Ni modo, por Chavela sus amigos hacen lo que haga falta. Y esa no fue la única ocasión en la que tuvieron que darle la mano y sonreírle a Aznar quien por cierto, es un grandísimo admirador de Chavela, igual que su esposa. Un día Chavela regresaba de Sevilla a Madrid en tren, cuando se encontró con un miembro del gabinete de Aznar. Viajaban en el mismo vagón. Chavela estaba cansada, acababa de actuar la noche anterior. Dormitaba. Al día siguiente los amigos de Chavela recibieron una invitación para cenar en La Moncloa. Almodóvar, Joaquín Sabina, Marisa Paredes, Miguel Bosé, entre otros. Aznar había sido informado que Chavela estaba triste y decidió hacer una fiesta para ella con sus grandes amigos, todos ellos simpatizantes y/o colaboradores del Partido Socialista, el principal contrincante de Aznar y los suyos. Cuando se enteró de que este año le concederán el Grammy “Logros de toda una vida”, se alegró. Lo primero que pensó fue en que sus amigos españoles seguramente irán a la ceremonia ya que Miguel Bosé está entre los favoritos del Grammy Latino. Y en la divertida que se dará en Las Vegas, sede de los premios, jugando a jugar. Suena extraño que no la hayan mencionado siquiera en ninguna de las versiones anteriores del Grammy. Será que Chavela no tiene empresa disquera que haya manifestado su interés en los premios. Y es que en el tema de los discos, a Chavela siempre le ha ido muy mal. No que no venda. Está lleno de discos de Chavela en cualquier tienda del mundo. Pero ella no recibe un peso. Solamente de los que consiguió grabar en España, pero muy poco, pues los derechos se vendieron a una empresa disquera grande que le concede bajas regalías cuando utilizan alguno de ellos en una película o programa especial. Antes le daba rabia pensar en que siguen saliendo sus discos sin ganancia alguna para ella. Incluso en muchos de ellos la han puesto a cantar con gente con la que jamás ha cantado. Con la Rondalla de Saltillo, por ejemplo, o con Cuco Sánchez. Le da risa pensarse cantando con Cuco a quien por supuesto conoció, pero con quien nunca cantó. Alguna vez compartieron centro nocturno, pero cada quien tenía su espectáculo. Dice que con Cuco no cantó ni en borracheras, a Cuco no le gustaban las borracheras. No tomaba ni una copa, me contó un día Chavela. Ni parrandeaba. Quién sabe cómo se inspiraba para escribir aquéllas canciones de ardido y borracho perdido que lo hicieron tan famoso.

Si se anima a viajar a Las Vegas a recibir el Grammy se va a divertir. A sus 88 años se divierte. Se muere de la risa, es ocurrente. Chavela Vargas es de esas personas que viven con el gusto de vivir en la mirada. Ha vivido intensamente y no se arrepiente de nada. Ni siquiera de las borracheras que se ponía a cada rato, ni del montón de huesos que se quebró por manejar tomada. Ni de los amores que ha tenido o ha dejado de tener. No se arrepiente de haber sido amiga de teporochos, prostitutas, albañiles. De nada. Ella es como es, precisamente por todo lo que ha ido acumulando en el camino. Y es eso lo que su público mira en el escenario. Más que su voz, más que la letra de las canciones que canta, más que sus jorongos de telar de cintura, más que sus brazos abiertos. Ven toda su vida y la sienten. Es esa la magia que se ejerce cuando Chavela Vargas está en el escenario. Pero no nada más en el escenario.

Lo mismo ocurre cuando anda en la calle. La gente que se le acerca no la felicita, le da las gracias. Gracias, le dicen, por ser así. Gracias por estar viva. Gracias, repiten, muchas gracias y luego le piden permiso para fotografiarse con ella. Una foto Chavela, aunque sea con el teléfono celular, nadie me lo va a creer, le dicen. Algunos le piden un autógrafo. He visto gente que llora cuando la ve. Había visto mucha que llora cuando la escucha cantar. Jóvenes incluso. Pero últimamente la gente que la mira en la calle también llora. Un día un señor le pidió su bendición. Otro le dijo que quería tocarle el rostro. Como si fuera una especie de diosa. O una chamana. Una chamana que cura con la voz y la mirada.A ella le divierte que le digan cosas. Le divierte divertirse. Le gusta ver que la gente lo haga. En ocasiones parece como si nunca hubiera dejado el trago. Cuando está en algún restaurante o sitio donde la gente toma, se incorpora a la plática. Le da risa ver como se le van subiendo poco a poco los tequilas a alguien. Y contagia su risa.Otro premio que le enorgullece es la Medalla de Oro que le otorgó la Universidad Complutense de Madrid. Ésos son premios de sabios, dijo un día, antes de que se lo entregaran. Y sí, lo son.

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domingo, septiembre 23

Mujeres que gritan

La semana pasada vi un cortometraje sobre mujeres insurgentes. Se llama Mujeres X y lo dirige Patricia Arriaga. El día del estreno, en el Centro Cultural Indianilla, Patricia contó que cuando Enrique Márquez, Coordinador General de la Comisión para las Celebraciones del Bicentenario de Independencia y del Centenario de la Revolución en la Ciudad de México, se acercó a ella con la propuesta de hacer un cortometraje, entró en pánico. Intentó escabullirse, pero no hubo modo. Enrique le contó una tras otra puñados de historias de mujeres. Le entregó un montón de textos, entre ellos el de Genaro García con los expedientes sobre los interrogatorios a las mujeres insurrectas. Patricia abrió la primera página y leyó. Y ya no consiguió detenerse. Fue cuando su imaginación y su sensibilidad comenzaron a disparar. Una y otra vez, una y otra escena.

Desde antes aún de comenzar el rodaje, las actrices se contagiaron de la fuerza de los personajes. Patricia se dio cuenta y tomó la decisión de trabajar con las dos mujeres. La actriz y su personaje. Ambas, mujeres. Las dos intensas, combativas, insurrectas. Y el resultado fue Mujeres X. Las mujeres del siglo XIX que firmaban con una cruz, no solamente por no saber leer ni escribir, sino por ser simplemente mujeres equis. Sin nombre, cargo, fama, estatus social, reconocimiento, nada. Sin siquiera un nombre y un apellido que les concedieran identidad. Eran equis. Mujeres equis. Cocineras, vendedoras de flores, cuidadoras de niños, lavanderas, Y las mujeres de hoy. Las mujeres que buscan abrirse un espacio, que creen en la vida, que van por el mundo mirando la historia de otras mujeres y que aprenden a contarla. A hacerla suya. Las mujeres, muchas mujeres, son así: arropan vida.
De Leona Vicario, uno de los personajes de Mujeres X, se sabe muy poco. No entiendo por qué. Si nació en la misma ciudad donde yo nací y crecí. Y casi nunca me hablaron de su historia en la escuela. Leona Vicario, criolla ella y de buena familia, se enamoró de un hombre con pocos recursos económicos, Andrés Quintana Roo. Leona Vicario desafió a su época, al escenario en el que le tocó vivir. Y escapó para salvarse. Se fue a Tacuba con Quintana Roo, donde formaron un grupo de mujeres independentistas financiado con la herencia de Leona Vicario.

Leona Vicario fue correo, espía, amante. En silencio, pronunció la primera palabra. En silencio, gritó. Pero fue sobre todo mujer insurrecta. Fue mujer.
Estuve hasta ya entrado el día de este domingo 16 en el Zócalo de la ciudad de México. Como llegué desde la mañana del sábado, me tocó padecer la guerra de las bocinas. Me dolió la cabeza, me enfurecí, menté madres, estuve a punto de enloquecer, igual que todo el mundo o casi. Al final de la tarde y después de una larga negociación entre los organizadores de los eventos de la Presidencia de la República y el gobierno capitalino, la situación fue más soportable. Quizá por ello me dio por mirar a las mujeres que entraban o salían del Zócalo capitalino.

Eran dos. Traían cinco niños con ellas. Tuvieron que pasar las vallas metálicas que se colocaron hace ya varios días alrededor del Zócalo. Tuvieron que someterse al retén que instaló el Estado Mayor Presidencial en las dos aceras de la calle 20 de Noviembre, desde el circuito del Zócalo hasta Venustiano Carranza. Les vaciaron sus bolsas de plástico. Cuando les dijeron que no podían entrar al Zócalo con botellas de Coca-Cola me acordé de Oaxaca. De cuando fui a mirar lo que sucedía en las instalaciones de Radio Universidad de Oaxaca. Los cascos de Coca-Cola con mecha. Los jóvenes con su pasamontañas sobre el rostro.
¿Quién confunde a quién?
No supe sus nombres. Mientras guardaban en sus bolsas de plástico lo que sí podían pasar al Zócalo, les pregunté muchas cosas, pero no sus nombres. Eran mujeres equis. Sonreían. Sus hijos saltaban, sus rostros pintados. La matraca, la bandera, el reguilete. La fiesta que concede identidad. Nada más.

No me quedé hasta el final. Los fuegos artificiales los miré de lejos, ya cerca de la estación Pino Suárez del Metro, la más cercana al Zócalo que conservaron abierta al público. Las demás las cerraron. Por miedo, por precaución, por querer ganar una batalla imaginaria. Por culpa de los violentos, por no querer mirar a los hombres, a los niños, a las mujeres equis que caminaron por nosotros hace 200 años. Mujeres a las que les dolía la palabra que no pronunciaban. Mujeres que gritan.

Alguien dijo después de la proyección del cortometraje Mujeres X que todas las mujeres son insurgentes. Francamente no lo creo. Hay mujeres que no lo son, aunque, lo reconozco, pudieron haberlo sido. Todas las mujeres, en eso sí creo, compartimos una cicatriz. Hay algunas que no lo han notado. O no les interesa notarlo. Otras que gritan el dolor que todas sienten. Y algunas más que transitan el laberinto de la herida. Como un dibujo. Y crean.

Las mujeres equis nacen de la ruptura del silencio. Y del diálogo que retoma el silencio para volver a crear. Un grito o una caricia. Crear la palabra que aún no tenemos.

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jueves, septiembre 13

La memoria viaja en metrobus

Nadie se quedaba sin su reguilete tricolor o su bandera. Los primeros días de septiembre de cada año, los niños rodeábamos los carritos llenos de banderas, sombreros, reguiletes, matracas, trompetas, serpentinas y silbatos que aparecían en cada esquina y elegíamos. Yo prefería el reguilete. Me gustaba verlo girar sin abandonarme y lo clavaba en una maceta cerca de la ventana de mi habitación. Mis padres compraban también la banderita para el coche y una más grande que colgaban en la fachada de la casa. Eran días de fiesta. Y de creer en la luz debajo de los símbolos.

En estos días ya ningún niño pide su banderita. O casi ninguno. En las ventanas de las casas de zonas como Las Lomas o Polanco cuelgan más mantas de rechazo a la construcción de la Torre Bicentenario que banderas. Hay uno que otro carrito de madera en las esquinas o en los camellones, pero casi nadie se detiene a mirar cómo gira un reguilete de viento. Ya nadie, o casi nadie, aprovecha septiembre para contar historias de antes. Historias que reviven en el vacío que oprime cuando nada hay para cubrirlo, para suavizarlo. Ni una palabra antigua en las calles de Las Lomas, Santa Fe, Polanco. Todo constantemente nuevo, todo semejante. Todo tedio.

En el centro de la ciudad de México, en cambio, las historias de septiembre abundan. En el Metro un anciano asegura que tiene en su casa unos poemas escritos por Miguel Hidalgo y Costilla. Lo dice así, tan seguro. Los guarda con gran orgullo y los lee de tanto en tanto con mucho cuidado para conservar el papel que ya de por sí está cada día más amarillento, no vaya a ser. Le cuenta el anciano la historia a un joven que lo invita a ver el video sobre la Independencia en uno de los displays que han colocado por toda la ciudad y que la gente se detiene a mirar con curiosidad y asombro. La Independencia de México en tres etapas, leen y se acomodan junto a la pantalla a recibir un trozo de la historia de su ciudad.

¿A quién le escribió el cura Hidalgo esos poemas?, le preguntó el joven y el anciano guiñó la sonrisa cómplice de quien, como en la escritura, simula la vida. Y vive.

Todavía hay quien se toma su tiempo para ir a ver con los suyos la iluminación de septiembre. El Zócalo alumbrado, los héroes, las águilas de la discordia, la Alameda de fiesta. La visita al museo donde una mujer de ojos grandes cuenta la historia del mural de Diego Rivera que sobrevivió al terremoto. Todavía hay quien aprovecha septiembre para recordar que somos un país de fiesta. Aunque últimamente no nos dejemos ver el verdadero rostro. El misterio que somos, el misterio transparente. El que hace que nos desconozca quien más nos conoce; quien más cerca nos tiene. México es así. O lo era. Aunque hay quien todavía cree en la luz debajo de los símbolos. Y en la fiesta como identidad, como pretexto para reír, para sentir, para llorar.

Antes, me contaba mi bisabuela, la fiesta era una forma de hacer arte. La danza, la música y la poesía eran inseparables. El poema era canto. La misma palabra náhuatl les concedía existencia. Cuicatl, poema. Cuicat, canto. Antes también había matracas, flautas, trompetas. Y el caracol era canto. Y el canto, danza.

Hay quien disfruta de la fiesta. Hay quien todavía cree que hay que compartir una buena comida, un vino, un tequila, para reconocer la realidad. Para evitar perdernos en la niebla del tedio. Para sentir que bailar es un prodigio. Bailar es también hacer poesía. Poesía del cuerpo.

Una mujer de hoy recuerda en septiembre a las mujeres de antes. Las recuerda y les otorga voz a las mujeres equis que participaron en el movimiento de la Independencia de México. Algunas tenían nombre y apellido: Leona Vicario, Josefa Ortiz de Domínguez. Otras eran simplemente mujeres equis. La mujer de hoy se llama Patricia Arriaga y está por terminar la edición del cortometraje Mujeres X. Se presentará el próximo jueves 13 en el Centro Cultural Indianilla. Después viajará en metrobús como lo hace ya otro cortometraje, 1808 de Miguel Necoechea. La memoria viajando por los autobuses que recorren la ciudad. La memoria de la ciudad intenta recobrar su figura.

Decía mi bisabuela que el recuerdo se anida en el cerebro y que la memoria es el ave que abandona el nido para extender sus alas sobre el mundo. Un mundo al que le concede existencia. Sin memoria no hay existencia, insistía la bisabuela y yo escuchaba atenta las palabras y frases que aún no comprendía. Hasta que comencé a soñarlas cantadas.

Los sueños cantados devuelven su sentido a las palabras desconocidas. Las colocan en el alma de todo aquel que las escucha. Hay quien se atreve a cantar sus sueños. Hay quien los llora, los abraza, los goza. Los habla en voz alta frente a nadie. Hay quien todavía cree en los reguiletes y en la historia que cuenta un anciano en el metro. Hay quien encuentra sosiego en la vida. En la vida que canta una voz que baila. Como antes, pero respirando hondo. Abriendo puertas, imaginando, creando. Sin olvidar.

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martes, septiembre 4

Las mujeres que mueren de sed

Cada vez son menos los que se sienten cómodos en la ciudad de México. La gente, casi toda, cree poco o nada en su ciudad. Les aterran las garras que imaginan y arrojan tiritas de paciencia sobre un paso a desnivel. Cada día son menos los que hablan bien de la ciudad de México, los que la miran de frente sin pensar en dos o tres cosas a la vez, sin arrojar una piedra sobre un muro que ayer levantaron los sedientos.


Ya casi nadie mira a los niños que han ido creciendo entre los automóviles. Ni han notado siquiera que las niñas que hace tiempo limpian los parabrisas en aquél semáforo, estrenaron cuerpo hace unos días. Nadie se percata que cada día llegan otros niños, más niños todavía, a quebrarse los huesos en las esquinas. A nadie se le ocurre ponerse a platicar con ellos, y menos preguntar si tienen nombre, familia, cuántas heridas.

Hace tiempo que en la ciudad nadie pregunta una sola pregunta más que la que hay que preguntar. ¿A cuánto el par de calcetines? ¿A cómo el elote, el jugo, la torta de tamal? Y eso sólo los que transitan las calles plagadas de tiendas efímeras que a mucha a muchísima gente le desatan el miedo. Como si los vendedores ambulantes padecieran de alguna enfermedad mortal, hay quien se cubre la mirada para evitar el contagio. O simplemente se aleja del territorio donde la ciudad guarda la vida entre las piedras.

Pero da miedo la vida. La gente tiembla de miedo cuando la siente pegada al asfalto. O tumbada sobre el Templo Mayor, al lado de un tlatoani.

En los días de lluvia, la gente odia con más fuerza a la ciudad. El transporte se paraliza, se escuchan gritos como mordidos por el viento. Nadie comparte su paraguas, nadie mira si la anciana logró levantarse de la silla donde pasa los días contando su historia en silencio. Su llegada a la ciudad, sus amoríos, sus hijos perdidos en alguna vecindad sin luz. Pero nadie la escucha, porque si la escuchan enloquecen. A mí me sucedió la tarde en que decidí sentarme un rato a su lado. Tomé nota de cada una de sus frases. De sus palabras antiguas, nuevas para mi, palabras repletas de sensaciones frescas.

Voy a escribir un día de estos la voz de la mujer que decidió pasar sus últimos años sentada en una pequeña silla de madera, a un costado de la catedral. Si fuera poeta escribiría el poema de la raíz de nopal que vende a los que creen en los dones de la tierra. La raíz de nopal en té con miel de abeja y canela, me dijo al oído, cura los males del alma.

El alma se muda, como se muda el cuerpo. Y la palabra muda.

Como no soy poeta, voy a pedirle a alguien que escriba también un poema sobre los habitantes de la ciudad de México. Un poema que explique los ojos aterrados de las mujeres que entran a la muerte cada noche. O los ojos enrojecidos de los niños, las espaldas encorvadas de sus madres, los pies descalzos. Que describa también a las otras ciudades. Las decenas de ciudades que hay en la ciudad de México. Las diferentes barrancas, las lomas tan distintas, las tiendas en inglés, los verbos en náhuatl, los sonidos.

Si alguien escribiera ese poema, entonces quizá la gente miraría, a través de un poema, a su ciudad. Y quizá serían menos los que prefieren encerrarse en una jaula para no sentir la vida. Para no mirar los pies descalzos, para no sentir el vértigo, para no escuchar los latidos de una ciudad que mata y muere y nace y resucita. Para que nadie les cuente que están muertos.

La anciana de la silla cuenta el miedo. El miedo que lleva la gente en las manos. Lo va contando uno a uno durante toda la mañana y si no llueve, también lo cuenta por la tarde. Ha llegado a contar seis veces mil el mismo día. Se entretiene me dice y yo le pregunto quién inventó el miedo. A quién se le ocurrió semejante torpeza, tamaño horror. Aunque hay quien puede evitarlo, comenta, y yo pienso en los que saben mirar.

Nadie enseña a mirar. Ninguna maestra ofrece impartir la materia. La materia de mirar.

Tengo una amiga española que sabe mirar. Cuando conoció la ciudad de México lloró. La llevé al Mercado de Sonora y lloró con la gente que le tendió la mirada. Después preguntó una y mil preguntas sobre los chamanes. Se comió un elote verde con limón y sal, se compró una bolsa tejida de plástico, se llevó a su casa un jabón atrapa novios y se trepó a un camión que la llevó desde el mercado al Zócalo. Mi amiga española no tuvo miedo. A pesar de las advertencias que le hicieron. No tomes taxis en las calles, no hables con nadie, olvídate del Metro, deja todo en el hotel, le estuvieron diciendo otros españoles que han viajado a la ciudad. Pero no hizo caso. Se atrevió a hablarles a los danzantes del Zócalo, a la señora que pasa los últimos años de su vida sentada en una silla de madera contando su historia y a los miedos que siente en la gente. Los miedos que nos cercenan los sentidos. Y nos obligan a correr.

La gente casi siempre tiene prisa. No alcanza el tiempo. No alcanza la vida para hacer lo que uno quiso un día hacer y no lo hizo. Menos para voltear a mirar lo que no se miró al pasar frente a una mujer que vive sentada en una silla de madera vendiendo remedios para curar el alma. El alma que muda, como el cuerpo y como la palabra muda.

Algunas madrugadas el alma abandona la ruta. Y decide andar otro camino. Sin ningún aviso previo, sin consultas, sin tomar en cuenta las consecuencias, decide por nosotros y nos devuelve las ganas de sentir. Pero en la ciudad no hay tiempo para nada, eso dice la gente, casi toda. No hay tiempo para sentir, pero de vez en cuando el alma abandona la vía rápida y nos ofrece una barca para navegar sin puerto. Aunque casi nadie acepta la oferta, porque de aceptarla, se corre el riesgo de sentir la vida recorrer los nudos que le hemos hecho a nuestras venas. Se corre el riesgo de mirar. Y cuando alguien sabe mirar, puede llorar el llanto de haber perdido tanto tiempo luchando por conquistar un lago seco en una ciudad que hace tiempo se muere de sed. Una sed de mujer, sed sin olvido. Igual a la sed que hoy tengo y que intentaré calmar con agua de raíz de nopal, una pizca de canela y miel de abeja.

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martes, agosto 28

Calamidad

Nada ocurre sin la palabra
la palabra que se inventa
la que se coloca del lado de los sonidos
la que no libra batallas en la historia

Cuando las palabras se vuelven reales,
todo desaparece
Es esa la catástrofe,
la gran calamidad

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Un grito en la memoria

Aun cuando he vivido varios años fuera de México, a mí nunca me ha expulsado mi ciudad. Fue mi elección salir al mundo, recorrer otras tierras, ver otros mares, habitar nuevas ciudades. Pasé de un país a otro, de una guerra a otra, de un continente a otro, sin mayores problemas, sin trabas. Sin poner en duda la voz abierta del planeta tierra, sin dejar de llorar la nostalgia que siempre llegó envuelta en palabras que aguardan el momento de ser dichas. Una tras otra, las ciudades en las que viví, me llenaron de sonrisas amigas. A pesar de las guerras que me tocó testificar. O por ello.


Elvira Arellano no ha contado con la misma fortuna. Tiene 32 años y diez buscando un espacio donde respirar. Maravatío, Michoacán, la expulsó a patadas de hambre, igual que a sus vecinos, a sus tíos, a sus hermanos, a los hermanos del vecino, de los tíos, igual que a la mitad de la población de los pueblos vecinos. La primera vez que entró a Estados Unidos, en 1997, fue de inmediato deportada. Unos días después volvió a intentarlo y lo logró. Hace ocho años, en Oregon, California, nació Saúl, su hijo. Y con él la fuerza para convertirse en defensora de los derechos de los mexicanos y latinoamericanos en Estados Unidos.

Elvira Arellano solo quería trabajar. Ganar lo suficiente para darle de comer a su hijo, enviarlo a la escuela, vestirlo, mirar la sonrisa de un niño que nació en el país de los perseguidores de su madre. Aquéllos que hace siete años, tras el atentado contra las Torres Gemelas, se dieron a la tarea de colocar la etiqueta de terroristas a todo aquél que pareciera diferente. Fue la época en que las redadas se intensificaron y se llegó a deportar por igual al indocumentado que al que tenía papeles. Elvira cometió el delito de estar trabajando cuando la encontraron en Chicago. La condenaron por ello a tres años de libertad condicional. Se salvó de ser deportada cuando un senador intercedió por ella con el argumento de que Saúl necesitaba atención médica especial. Y se quedó con la palabra desatada.

Elvira Arellano habló una y mil veces sobre su situación y la de millones de mexicanos y latinoamericanos en Estados Unidos. Las autoridades le advirtieron, le dijeron que no lo hiciera, que la echarían otra vez, que le quitarían a su hijo, que la encerrarían en el territorio de la incertidumbre. Pero ella aprendió a utilizar la palabra como arma. Y pronto su discurso recorrió de punta a punta, el país. Otras voces se unieron y formaron la organización Familias Latinas Unidas. Son, en su mayoría, los padres de niños que han nacido de aquél lado. Juntos han buscado sensibilizar a los legisladores estadunidenses, a la gente en la calle, al viento. Se pronuncian en contra de las redadas y deportaciones y a favor de una nueva ley migratoria. En el fondo, lo único que quieren es trabajo. Construir un futuro para sus hijos. Recuperar la dignidad que llevaban encima cuando nacieron. A pesar del hambre.

Nada hay más terrible que soñar que es posible y despertar con un grito en la memoria.

Elvira Arellano recibió hace un año una orden para presentarse ante las autoridades migratorias. Sería deportada. Pero en lugar de acudir a la cita eligió encerrarse en una iglesia metodista junto con su hijo. Oficialmente pasó a ser una criminal, prófuga de la justicia, hasta que al año de mantenerse en la iglesia, desde donde continuó su campaña a favor de una reforma migratoria, la detuvieron y deportaron apenas abandonó el templo.

El caso de Elvira Arellano es el de alrededor de 12 millones de personas que viven en Estados Unidos sin tener los documentos que se requieren para hacerlo. Elvira Arellano ha luchado para obtenerlos, igual que todos. Su historia ha sensibilizado, ha abierto una polémica, ha colocado en las calles a muchos mexicanos, latinoamericanos y estadounidenses. Aunque hay quien asegura que Elvira Arellano tiene lo que se merece porque violó la ley. Y no lo dicen solamente ciudadanos estadunidenses. Lo dicen también algunos mexicanos que llevan años en Estados Unidos y que, indocumentados o no, creen que las leyes, sólo por serlo, son justas.

Esos mexicanos que se han expresado a través de infinidad de blogs o en cartas que han enviado a los periodistas que han contado la historia de Elvira Arellano, aseguran que de delincuente, la michoacana ha pasado a ser una heroína. Y se retuercen de rabia. Les da lo mismo si vuelve a reunirse con su hijo o no. Le lanzan insultos. Quieren que se siga deportando a los mexicanos que trabajan en Estados Unidos. No creen en la solidaridad, ni en la fuerza del alma. No quieren a más mexicanos en ese territorio al que llegaron antes que Elvira Arellano. A ni uno más. Y se pronuncian a favor del silencio. Del abismo que abre el silencio.

Ojalá sucediera. Ojalá que solamente se fueran de México quienes lo deciden. No los expulsados a patadas de hambre. No los campesinos, los albañiles, los artesanos, los pescadores, las cocineras, los chamanes, los de las manos vacías. Ojalá que nadie se muriera en el camino hacia la esperanza. Ojalá que nadie tuviera que otear un nombre sobre el muro.

Pero nada hay más terrible que soñar que es posible y despertar con un grito en la memoria.

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