Mono de Madrid
¿Qué tiene Madrid que se está tan bien en ella?, me pregunté mientras caminaba por el parque del Retiro, por los alrededores del Museo del Prado, la Plaza de Santa Ana, por Tirso de Molina y Lavapiés. ¿Qué es lo que nos atrapa? Finalmente no es una ciudad tan espectacular como otras ciudades de Europa. Es pequeña, medio provinciana, rezongona. Pero nos atrapa. A mí me hizo llorar de nostalgia en no pocas ocasiones los últimos meses. Sentí repetidamente un deseo tremendo de volver a ella. Tuve “mono”, como le dicen los españoles al síndrome de abstinencia. Mono de Madrid. Nostalgia de vivir las 24 horas del día, viva. Sin sentir en ningún momento el cansancio de vivir. El hartazgo de no encontrar la forma de romper esquemas y reír sin razón que lo justifique. Sin tener que demostrar que existe la verdad o fingir que creemos en todo aquello que de tanto pronunciar existe. Sin creer que es necesario creer que es posible ser exactamente lo que nos dicta el alma.
Madrid es así, una ciudad que nos toca el alma. Sin ningún interés, sin motivo aparente, nos quiebra y nos coloca a su lado. Sin decretar estados de guerra, sin dictar leyes, sin hacernos jurar causa alguna, nos conduce al campo de batalla. Un campo de batalla en el que el enemigo, el único enemigo es el engaño. La sola posibilidad de perder la capacidad de imaginar.
Apenas llegué a Madrid y me lancé a sus calles. Quise reconocer la ciudad, compararla con la mía, internarme en su mundo tan a flor de piel, tan carnal, tan expuesto a la luz y a la sombra. Por eso comencé por buscar a Gala, la mujer escultura de Salvador Dalí en la plaza que lleva su nombre. Plaza Dalí, pegadita al Palacio de los Deportes. Y volví a escuchar el respiro de Madrid, recuperé sus voces. Las voces de los madrileños con acento ecuatoriano, los niños morenitos devolviendo la vida a esta ciudad que hasta hace unos cuantos años contaba, uno a uno, los hijos que le quedaban. Madrid ecuatoriana, colombiana, africana, cubana. Madrid polaca, rusa, rumana, checa. Madrid de las enseñanzas. Madrid que me arropó y me arropa con sus voces ajenas. Las únicas voces que se escriben.
No pude evitar entrar a El Barril. El restaurante de mariscos que me quedó siempre tan a la mano, a unos pasos nada más de mi edifico. Las mejores ostras, intensas, carnosas. Una copita de mar para abrir el apetito. El Barril, hay cola para entrar en un domingo, si no hay espacio ¿qué no ve?, contesta el mesero con sus modos de siempre. El mesero entrañable que termina haciéndote un espacio donde no lo hay y charlando con los clientes extranjeros que no entienden la palabra golpeada, el modo de los madrileños de ser madrileños, aunque no lo sean. Aunque hayan nacido en Extremadura o en Valencia aquí se han hecho madrileños, sencillamente porque les dio la gana de ser madrileños. A golpe de palabras golpeadas que en realidad acarician, arropan, atrapan, nos envuelven, se hicieron madrileños. Aunque sigan cantando hasta la madrugada como si estuvieran en Sevilla. El canto que se escucha en la palma de la mano de todos los gitanos.




