sábado, abril 26

Vivos murmullos muertos

Tendría unos siete años cuando la llevaron a conocer a los muertos del pueblo. Le enseñaron uno a uno los sepulcros del viejo cementerio. Aquí yace Petronilo Flores, el primero en pilotear una avioneta; acá Miguel, el dueño de la carpintería; más allá Doña Gertrudis, la solterona. Una tal Eduviges fue enterrada junto a sus dos hijos que murieron, igual que ella, el día de la tormenta. Al otro lado está la tumba de Macario, el albañil que pereció atropellado. Fue él quien llevó el pulque a Ahuatepec, un pueblo que por estar tan cerca de Cuernavaca se fue llenando de enormes residencias, habitadas solamente los fines de semana por familias que viven, de lunes a viernes, en la Ciudad de México. Pero la familia de Natalí nunca quiso vender su casa, ni el terrenito donde todavía hoy conviven patos, guajolotes y borregos con alguno que otro perro. Ahí crecieron Natalí y sus tres hermanos, a quienes de niños los llevaban de tanto en tanto al cementerio para que no olvidaran que Eduviges, Miguel, Gertrudis, Macario, Doloritas y una hilera más de muertos fueron quienes comenzaron a construir el pueblo, apenas abrieron la vereda que va de Tepoztlán a Cuernavaca. Le levantaron la orilla al camino.
Natalí sonríe cuando me cuenta sus paseos entre muertos. Acabó siendo una costumbre lo que comenzó como un arma contra el olvido. Se aprendió de memoria la leyenda de cada sepulcro. Quién está al lado de quién, en qué calle vivía, en qué cantina, cuántas palizas le dio su marido, con cuántos besos enamoró a las muchachas del pueblo vecino. Un día le dio por indagar la historia de aquellos muertos de quienes nunca nadie dijo nada, los muertos anónimos. Y comenzó a darle vida al pasado de sus muertos. Se volvió una experta en construir identidades. Por eso Natalí nunca ha padecido el dolor de ser una extraña en su pueblo, la pena de no pertenecer. A pesar del cambio brutal de las calles, las personas, la forma de mirarse sin mirar. A pesar de que ya no queda nadie de los que estaban cuando ella nació, nunca le duele la soledad, aunque se encuentre sola. “Me dolería la ausencia”, confiesa cuando le pregunto. Y aclara: “la soledad, como el silencio, no es ausencia”. En algún lado he leído esa frase, pienso, y la anoto.
La primera vez que la llevaron a ver a los muertos del pueblo iba de la mano de Chavela Vargas. Fue ella quien le fue deletreando la vida de cada muerto. Quien leyó en voz alta la leyenda inscrita sobre cada lápida. Quien le dijo una y otra vez que no olvidara, que se grabara en su cabezota lo que le estaba contando. Que nunca escapara, que jamás se arrancara de la piel la historia de los suyos. Su historia. Que si alguna vez llegaba a hacerlo, le advirtió, le caería encima la locura.
Chavela Vargas escuchó atenta el relato de Natalí. Ante ciertas frases reía, ante otras tarareaba una tonada antigua, como quien se empeña en recordar un sitio, una iglesia, un rostro, un paisaje, cualquier cosa que surja del pasado, antes de que todo desaparezca. Escuchó atenta el relato de Natalí, atenta y orgullosa de escuchar a quien, según ella misma asegura, le heredó las ganas de no dejarse ningunear por nadie. Por eso cuando Natalí tenía once años la metió a clase de karate, Y resultó ser excelente alumna, tanto que los triates que vivían en la misma cerrada que Chavela tuvieron que inscribirse también a la escuela de karate. Para defenderse de Natalí, la chiquilla que Chavela Vargas crió como si fuera una hija. Una chiquilla con espíritu retador, la describe Chavela, y se pone a cantar una canción sobre un ser desconocido.
Natalí trabaja en la fábrica de cartuchos Remington. Desde hace ya casi un año, los sábados los dedica íntegros a un curso de formación de bomberos. Será la primera bombera del pueblo. Desde que comenzó el curso ha perdido 18 kilos, lo dice con orgullo. Marta, su mamá, nada más para que Natalí se sienta acompañada, ha adelgazado cinco. Se va corriendo a Ahuatepec, en lugar de tomar el autobús. Corriendo como antes lo hacía Natalí y sus hermanos detrás de Chavela. Llegaba a las dos, tres de la mañana de El Hábito, en Coyoacán, donde cantaba los fines de semana por la noche. Dice Natalí que si dormía tres horas, eran muchas. Se levantaba a las seis, cruzaba la puerta de la casa de Marta y despertaba a los niños a gritos. Se los llevaba a correr a Tepoztlán, a treparse al cerro. “¡A ver quién llega primero a la pirámide!”, retaba. Y después, ya con Chavela al volante, se iban todos a Tequesquitengo a subirse al aeroplano del hijo de Petronilo Flores. “Para que nunca sepan qué es el miedo”, les decía Chavela. Un día quiso saltar en paracaídas con Natalí, pero no le dio la estatura a la niña. Le faltaban como diez centímetros y por más que Chavela le rogó al hijo de Petronilo Flores se tuvo que tirar sola. “Chin”, dice Natalí, quien se quedó con tantas ganas que hasta la fecha sueña con que vuela con alas de mariposa.
Las alas de mariposa, comenta Chavela, son las que te salvan de morir, cuando la muerte se acerca a destiempo. Una vez ella sintió cómo levantaron su cuerpo que se iba. Chavela le pregunto: “¿le tienes miedo a la muerte?”. Y me responde que sólo a quien la vida le da miedo teme morir. Cuando la escuché me acordé de que justo ese mismo sábado se conmemoraban los diez años de la muerte de Octavio Paz, quien tampoco le temió a la vida ni a la muerte. Y quise saber si a los 89 años aún se conserva la esperanza. “Tú dime”, reviró Chavela cuando se lo pregunté. Y le contesté con la palabra del Octavio Paz recién llegado de la España en guerra, cuando se descubrió otro en él: “Quien ha visto la esperanza, no la olvida, la busca bajo todos los cielos y en todos los hombres. Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde, acaso entre los suyos”. “Acaso, acaso,” murmura Chavela abrazando a Natalí.

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jueves, abril 10

Se rompió el encanto

Casi todos mis amigos se encuentran sumamente preocupados. Dicen que no recuerdan haber visto en décadas tan mal a este país. Que se está debilitando, pierde fuerza, se hunde, pero alza —antes de tocar fondo— su mano. Su mano herida. Hay otros que se han dado ya por vencidos. Se han declarado incapaces de mirar, escuchar, leer lo que aparece a diario en los medios de comunicación. Están hastiados, cansados, decepcionados. Se rompió, si es que lo hubo, el encanto. Y no saben cómo respirar tanta mentira.

La mentira avanza, dicen demasiados mexicanos. Se apodera de las calles, se confunde con los sonidos de las avenidas, entra a las casas, se sienta a contemplar a la desesperanza, la mima, la alimenta. Le concede existencia. Y la obliga a convivir con quienes hasta hace poco, muy poco, aún creían en el alba sin muros. En la vida sin miedo ni vergüenza. En la vida.

Casi todos mis amigos cuentan horrores de la política. Algunos, sin embargo, aún creen que es posible encontrar el antídoto contra el engaño. Que aún hay alguien que por las noches escribe poesía. O lee a Cernuda. O ama. O desea ser amado y apagar la voz de la mentira con el ruido que producen los cuerpos cuando se besan. Yo todavía me encuentro de este lado. Me mantengo con los ojos abiertos, aunque la poesía se me escapa, como una mariposa, a la orilla de la piel.

Cuando miro la inquietud en mis amigos, pienso en mi hijo adolescente. Y le pregunto qué piensa, en qué cree, qué mundo le gustaría sembrar en las pupilas del presente. A mi hijo adolescente le gusta la música, como a todos los adolescentes. De niño aprendió a soñar los colores de las autopistas, le gustaba el grafiti de los chavales españoles y creía que en el grafiti, se inspiraban los músicos. Hoy le pregunto qué mundo se imaginan los chavos, qué miran, en qué creen y me responde la voz de otros jóvenes. Me explica que a los emos no les gusta la vida y buscan, dice, sin entender bien a bien qué es lo que buscan. No buscan nada, le digo. No hay nada que buscar, es ese el drama, la fatalidad. El vacío. La invisible meta. El no encontrar sino la nada. La copia de lo que fueron otros en los años ochenta y ya no existe. Otros en otro país, con otro idioma, diferente realidad. O no, los une el vacío. El vacío en la mira de los adolescentes de gran parte del mundo.

La hija de una amiga quiso ir a este sábado a la marcha de las tribus urbanas. Ella sí cree en los emos. Aunque es demasiado pequeña aún para estar a su lado, cree en ellos, por creer en algo. Algo que vibre, que se mueva, que palpite. Que sea diferente. Que quiebre. Aunque no haya nada que buscar, más que la diferencia. La diferencia contra la mentira. La nada como identidad.

La marcha por la tolerancia en la ciudad de México, estuvo a punto de caer en manos de la intransigencia. Los emos a punto de ser agredidos por las otras tribus urbanas. O por un grupo de provocadores, como dicen los diarios este domingo. Por poco se da el enfrentamiento. Los punks, darks, los eskatos y los cholos intentan defender su territorio. Las calles de la ciudad otra vez disputadas. La música se escucha mejor en las azoteas, me comentó un amigo de mi hijo mientras hablábamos de los emos. Los chavos urbanos, algunos, quieren arrancar las aceras. Para dejar salir el agua que un día dio vida a la ciudad. El agua que la alimentaba, que la limpiaba, que le concedía la luz. La ciudad de agua que fue, cuando el agua era de jade en la ciudad de México.

Antes pensaba que nadie puede acostumbrarse a la mentira, pero es mentira. La gente se acostumbra a todo, cierta gente. A mentir y a escuchar sin rabia las mentiras. A mezclar las palabras que se escuchan y las que se pronuncian. Se acostumbran también a no creer. O a creer que se cree en algo. En el poder, hay quien cree en el poder. Y no puede.

Mis amigos, casi todos, están preocupados. Por eso últimamente nos reunimos cada vez que se puede. Y para huir del vacío. Hablamos horas de política. Pedimos un tequila, brindamos. Nos damos la mano con la mirada. Nos resistimos a creer en la mentira. Nos blindamos el corazón adulto y acabamos riendo a borbotones. Después otra vez nos acordamos de la debilidad de México, de su fuerza perdida, de la falta de oxigeno que le tiñe los labios. Y muchos parecen estar a punto de descreer. Por mirar a México que se hunde. Pero antes de tocar fondo, levanta la mano, les repito a mis amigos. Como pidiendo salir del pantano, como queriendo beber otra vez el agua de jade. Y vivir sin miedo y sin vergüenza. Y bailar poemas con los jóvenes en las plazas y en las avenidas; en los vagones del Metro y en los jardines. Creer. Buscar el antídoto contra el engaño. Aunque el encanto se haya roto.

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miércoles, marzo 26

El balcón de los inventos

Esta Semana Santa la ciudad no me pareció tan vacía como en otros años, aunque dicen mis amigos que lo que sucede es que yo hasta en los desiertos encuentro a las multitudes. Que no me puedo quedar quieta ni un día, y menos sin hablar con alguien, un amigo, el portero, el taxista, la señora de los tacos de canasta, el usuario del metro, el panadero de bicicleta, el niño del quinto piso, quien sea, eso dicen. Yo creo más bien que se debe a que me muevo en las cercanías del Bosque de Chapultepec, y ahí sí que estuvo repleto, atiborrado, hasta el tope de gente desde muy temprano y hasta ya bien entrada la tarde. Familias completas buscando la sombra de un árbol, un sitio en el trenecito o en el ratón loco, la cara chistosísima del los cinco nuevos pingüinos de Humboldt que le regaló al zoológico la ciudad de Nagaya, o una lancha en el lago para poder mojarse el sábado sin ser multados. Con el calor que hizo, muchos no pudieron aguantarse las ganas de arrojar el cubetazo de agua sobre el vecino, el amigo o sobre quien pasara por enfrente, para morirse de risa. Pero por la escases de agua en la ciudad, se tuvo que romper esta costumbre, acabar con el chistecito que tantas carcajadas desataba. Aún así, más de 200 personas fueron detenidas en distintas colonias de la ciudad, por no aguantarse las ganas de empapar al prójimo en Sábado de Gloria. Otros mejor decidieron irse a las playas artificiales a mojarse por iniciativa propia, dicen que en la de la Delegación Tláhuac se juntaron más de 6 mil personas este sábado. Seis mil almas sedientas.

Lo que sí es cierto es que en Semana Santa abunda más el tiempo. El que a mi me sobró lo utilicé para gozar mi casa, sentarme en el balcón con los ojos abiertos para poder ver lo que imaginaba. Es como un juego. Inventar lo que uno ve. Subir al tren de las palabras inventadas con la única finalidad de ser por un rato, otra. O inventarle una metáfora a la imagen con otra imagen. Cuando lo hago recuerdo que los ojos poseen la facultad de sentir, algunos ojos. Y de soñar. Dicen que el soñador despierto sueña con su sueño. Con la realidad onírica de su deseo, donde acude para cruzar la mirada precisamente con ese deseo. Un deseo que la realidad rompe, aunque no siempre consigue romper también el sueño. Y se sigue soñando, sobre todo cuando se escribe el sueño.

Cuando comienzo el día sentada en el balcón de mi casa, lo termino escribiendo. Por eso me gusta quedarme en la ciudad durante la Semana Santa. Para escribir todo lo que mis ojos inventan y que no escribo el resto del año, aunque en ocasiones sí lo invento. Pero este año también me dio por leer los tiempos que pasé escribiendo cartas o mensajes vía internet todos los días. Y me llené de nostalgia y me dio sed. Entonces pensé en los pobres chamacos que no pudieron este sábado jugar a empaparse y en sus cuerpos de sed.

La sed no es exclusiva de los niños. Aunque la soportan menos, o la sienten más. A mi de niña me daba todo el tiempo sed. En Semana Santa salíamos toda la familia, repleto el coche de mi padre, hacia el mar. La sed me atormentaba, tengo sed, decía una y otra vez y mi madre abría una chaparrita de naranja tras otra, para mi, mientras mis hermanos se quejaban de mi sed y de que al rato ya estaba yo pidiendo a mi papá que detuviera el coche porque no me aguanto las ganas de hacer pis, decía y minutos después comenzaba de nueva cuenta a crecer la sed. La sed se me quedó como una manía, la manía de tener siempre sed. Unos años más tarde, ya adolescente, se me ocurrió pensar que la sed y la escritura están relacionadas. Unidas, hermanadas. Después lo escribí. Y al escribirlo sentí el vértigo. El mismo vértigo que se padece cuando arrecia la sed. Y seguí escribiendo. A escondidas, casi siempre. Guardaba los papelitos escritos debajo del colchón. O dentro de la cabeza rota de las muñecas con las que nunca jugué. Ignoro la causa de mi escritura clandestina. Nadie me decía que no lo hiciera. Pero nada más de imaginar a algún miembro de mi familia, a una amiga, al vecino, o a la monja de mi escuela leyendo mi escritura, se me iba el aire. Me quedaba sin respiro. Con la puerta cerrada y en silencio, pero un silencio sin alas. Ni mar.

De niña escribía palabras de ciudad. Era una niña de la ciudad. Una ciudad menos agresiva que la que hoy tenemos, menos herida, más grata. Los niños podíamos pasar el día entero en sus calles, hacerlas nuestras. Eran calles sanas. Pero aún así escribía la locura de la Ciudad de México y sus habitantes. La locura, por ejemplo, de una mamá que abandonó a su hija, una niña como yo, pero distinta, solamente porque se comía a puñados la tierra y luego se azotaba sobre el piso. Era una niña epiléptica. Y su mamá, primera generación en la Ciudad de México, pensó que se le había metido el diablo al cuerpo. No pudo con la ciudad la señora. Y su hija terminó en una granja siquiátrica aceptando la locura de su madre como propia. Muchas veces volví a escribir sobre ella. Y muchas más la visité en el psiquiátrico. Hasta que decidió arrojarse sobre un hueco de sabanas en llamas y me pidió que por favor, por favor, ya no fuera más. No he vuelto a saber de esa niña de once años que un día se sentó en el balcón de mi casa a mirar con sus ojos abiertos todo aquello que inventaba. Pero nunca se le ocurrió inventar que podía salvarse. O llorar sola.

Terminé la Semana Santa hablando sobre todo esto con mi gran amigo que vive en Madrid. Le conté las palabras que callé. Una a una, todo este tiempo. Le hablé sobre la Semana Santa en la ciudad. Y de cómo desde mi balcón, descubrí que la mirada puede ser también una lectura. La lectura imposible de la última voz.

El próximo año quizá visite otra ciudad en Semana Santa. Tal vez vaya a Beirut, a recordar tocando las piedras que no olvidé. O a Bogotá, a bailar sin que nadie piense que bailar es huir del incendio. Y si vuelvo a quedarme en la Ciudad de México, iré al hospital psiquiátrico a visitar a una niña de once años y escucharla pronunciar una palabra. Una sola palabra que le devuelva la vida. Y nos quite a ambas la sed.

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viernes, marzo 21

¿Qué nos está cambiando tanto?, preguntó Chavela

Se acordó de cuando, en abril de 2004, fue a visitar a Las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina. Se volvió a emocionar al recordar el recorrido que Taty Almeida, en representación de las fundadoras, le dio en su local de Buenos Aires. “Una pared cubierta de dolor”, me dijo y me comenzó al explicar las fotografías de miles de jóvenes argentinos, desaparecidos durante la dictadura militar y que guarda aún en su memoria de mujer anciana.

Habían pasado ya varios lustros desde su desaparición, pero las madres de los desaparecidos le contaban a Chavela Vargas la historia de sus hijos, como quien cuenta un dolor nuevo, fresco, un dolor cenizo que aún quema. Y cuatro años después de su viaje a Argentina, Chavela me lo platicó a mí con las palabras limpias que pronuncia la gente que nunca olvida. Y Chavela Vargas no olvida, pero tampoco entiende. Me pide que le explique qué diablos está sucediendo en el mundo. Qué pasa en México, qué ha pasado que nos ha cambiado tanto. Apenas comenzamos a hablar y desató su voz demandando la respuesta inmediata de una y otra pregunta. Ha estado muy atenta, según me confesó, de los acontecimientos de las últimas semanas. Por eso se acordó de Las Madres de la Plaza de Mayo y de sus hijos asesinados. Después me preguntó si yo entiendo por qué todo mundo se empeña en cuestionar a los jóvenes mexicanos que se encontraban en un campamento de las FARC, en Ecuador, al momento en que la fuerzas colombianas lo atacaron.


¿Y tú que piensas?, le pregunté. “Que son jóvenes. Que estaban buscando respuestas. Que estaban buscando razones. Una, tan sólo una razón para seguir creyendo que el mundo puede ser mejor, más humano, mas digno, más sabio. Un mundo que los entienda y al cual ellos puedan entender”, me respondió sin titubear. Le hago otra pregunta que tarda en responder. Permanece un buen rato en silencio. La mirada clavada en la memoria. La memoria de una mujer que está a punto de cumplir 89 años y que lleva todavía la vida envuelta en las manos, como una ola al centro de un jardín.

Chavela, insisto ¿y tú de joven qué buscabas? “Respirar, vivir, sentir. Buscaba un sitio donde ser Chavela Vargas, un rincón, un amor, un puñado de amigos, una canción. Buscaba la verdad. El amor que no tuve de niña, la seguridad que quisieron arrancarme, la verdad, te repito, buscaba la verdad”. Y la encontraste, Chavela, la encontraste, le dije. “Encontré a México. Y lo hice mío. Por eso me duele México. Por eso no entiendo que México no defienda a ciegas a los suyos. Que no salga a gritarle al mundo que es un dolor terrible el que hayan matado a esos chamacos. Que es una injusticia, que es un horror. No entiendo por qué quieren someter a una investigación a sus cuerpos de jóvenes, a su recuerdo de muchachos inquietos, impacientes, expectantes, insatisfechos, no es pecado buscar, no es terrorista el que busca”.

Chavela vuelve otra vez a su encierro. Hace una pausa larga. Intento cambiar el tema, pero sigue sin responder. Parece estar triste, su mirada sin sus lentes oscuros, desciende y rasga el tiempo. Cuando regresa, recuerda los tiempos en que México apoyaba las luchas sociales de los países de Sudamérica, como Argentina y Chile y las de América Central. Algo tiene en la memoria sobre el caso de una mexicana que fue violada, torturada y asesinada en El Salvador en 1989. De algo se acuerda, pero no tiene muy claro el caso, se le borra la imagen. Y ahora soy yo la que le cuento.
Se llamaba Alejandra Bravo y era estudiante de medicina de la Universidad Autónoma Metropolitana. Como todos los estudiantes de su generación estaba informada de lo que sucedía en América Central. La Nicaragua sandinista atacada por la contra desde territorio vecino, Guatemala de la tierra arrasada, y en El Salvador, una guerrilla, dirigida por jóvenes estudiantes en su mayoría universitarios, dibujaba una sonrisa al horror.

A Alejandra la ametrallaron a corta distancia. Pero antes, le fracturaron los huesos, le cortaron con navaja los senos, las piernas y el cuello y la violaron. La embajada de México en San Salvador hizo lo que tenía que hacer. En medio de la guerra, denunció, exigió, acudió al sitio de los hechos. Y en ningún momento, que yo recuerde, se cuestionó el hecho de que Alejandra Bravo, pasante de medicina, era o no terrorista. México envió una nota de protesta al gobierno de El Salvador.
Cuando terminé de contárselo, Chavela lloró. Quedito, pero lloró. Y ya no le pude sacar ni una sola palabra. Ni una sonrisa, ni un movimiento nuevo en su jardín.

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lunes, marzo 17

Mujeres rotas

Llovieron las felicitaciones. Algunas, pocas, llegaron a mi teléfono celular; la inmensa mayoría me fue enviada al correo electrónico. Este año el Día Internacional de la Mujer estuvo lleno de mensajes con fotografías de mujeres hermosísimas que dan extraños y paradójicos consejos sobre la importancia que tiene en la mujer la belleza interior, y sobre la necesidad de mantener virtudes como la dulzura, el compañerismo, la humildad y la solidaridad sobre la belleza física. La mismísima Audrey Hepburn aconseja en uno de esos mensajes decir palabras dulces para tener labios carnosos o dividir la comida con los hambrientos para tener el cuerpazo que ella tuvo a los 20 años. ¡Qué locura!, me dije, y pensé en no darle más importancia al tema. Total, una fecha más para el mercado del consumo. Un producto más que vender. Otra verdad convertida en mentira.

Por la noche, sin embargo, en una reunión de amigos se abordó el tema del Día de la Mujer. Y hablando de mujeres recordé lo que me sucedió un domingo de noviembre del año pasado en pleno Zócalo de la ciudad. Estaba atiborrado, lleno de gente que no quería perderse las magníficas ofrendas que colocaron en vísperas del Día de Muertos. Nos acercamos a la que representaba a la delegación Xochimilco, plagada de flores, aromas, colores. La gente miraba ese altar con respeto, con mística casi, sin palabras. Por eso resultó quizá tan pero tan sorpresivo el ver de pronto volar un puño cerrado que en segundos llegó al rostro de un hombre. Y llegó con fuerza. El hombre, de unos 40 años, fue el más sorprendido. Se quedó en silencio con su piel enrojecida y abierta. Volteó la mirada, intentó huir, desaparecer en la multitud. Ser multitud. Pero yo no estaba dispuesta a permitirlo. Y desaté mi palabra. Y grité, mientras lo señalaba, mientras jalaba con rabia su chamarra verde. “Señoras —dije—, miren bien a este hombre. No dejen que se les acerque; este hombre, como muchos otros, viene a faltarnos al respeto; es de los que creen que las mujeres somos objeto, que no denunciamos, que tenemos que permitir que nos maltraten, no lo permitan”. Y puntualicé: “Este hombre, señoras, me acaba de meter la mano entre las piernas de una forma asquerosa”. La gente —mujeres y hombres— miró con sorpresa e incredulidad. Me miraban más a mí que al perverso que al final por ello logró huir. Nadie hizo nada para evitarlo. Mis amigas pensaron, cuando me vieron golpearlo, que yo había enloquecido. “Fue como estar soñando”, me dijo una. “¿Qué le pasa a la Cortina?”, se preguntó la otra. Nuestro amigo, el único hombre del grupo, se acercó al perverso con cautela y se limitó a preguntarle: ¿fuiste tu?. Y todo el mundo siguió su camino.

Mi rabia se multiplicó cuando mi amigo, en tono dizque de broma, pero por supuesto que en serio, comentó que lo que sucedía es que yo llevaba unos pantalones bastante provocativos, ¡qué ocurrencia! Pantalones dorados, dijo de mis pantalones color beige. Entonces me tembló otra vez la piel. Mi amigo, uno de mis amigos más cercanos, el que es padre y madre a la vez, el que ha sido tantas veces solidario con sus amigas, el que cree en la unión libre, el que trabaja en proyectos sociales, ése, está convencido de que me lo merezco. Por provocativa. Otros, estoy segura, habrán pensado que debí de agradecerlo. A mi edad, ya no es tan común…

¿Por qué las mujeres no les faltamos así el respeto a los hombres?, fue la pregunta que abordamos por la noche del Día de la Mujer. “Es que no las provocamos”, dijo uno. “No se atreven”, dijo otro. La tristeza, más que la rabia, me silenció por un buen rato. Pero más tarde arremetí. A ninguna mujer se le ocurre manosearle a un hombre los genitales en el metro. Y no se nos ocurre debido a que, entre otras cosas, no nos produce placer alguno. El placer es otro. Es compartido. Es amable. El placer tiene piel, mirada, labios, voz. Tiene aroma.

No llegamos a nada. Se terminaron el vino y la reunión. No podía dormir. Le llamé a un amigo de España para preguntarle por las elecciones. Se disponía a salir de su casa para ir a votar. Le gusta votar de los primeros. Le pregunté, aunque sabía la respuesta, por quién votaría. “Por Zapatero, ¿por quién más?”, me dijo a la madrileña. Y Zapatero, ¿por qué?, le pregunté y comenzó a lanzar una hilera interminable de razones que apenas recuerdo, porque después de escuchar la primera me daban igual las otras. “Porque cree en la enorme capacidad de la mujer. Y en su intensidad”.

Creer. Creer en la mujer es quizá también lo que a las mujeres nos hace falta. Creer que somos capaces de darle al agresor su merecido, sin que este hecho sorprenda o paralice; que somos también capaces de construir, a cualquier edad, nuestra historia. Que somos lo suficientemente fuertes como para levantar una y otra vez el vuelo. Creer que podemos equivocarnos, podemos intentar aniquilarnos para ser en el otro. Pero también podemos, como mujeres rotas —diría Simone de Beauvoir—, salirnos de nuestra propia piel, si con ello volvemos a la vida con la fuerza que concede la lucha por arrancar la mirada de quienes todavía piensan que somos carne sobre su mesa.

Antes de dormir navegué en mi portátil para enterarme sobre la forma en que, en otros rincones del mundo, se había celebrado el Día de la Mujer. En Afganistán, donde hace 30 años esta fecha está en silencio, mil mujeres salieron a la calle. Las fuerzas religiosas les impidieron marchar. Pero gritaron. Se dejaron ver. Le colocaron alas a su mirada. Rompieron el orden de las cosas, para sanar su alma rota.

En una población del sur de la India un significativo grupo de prostitutas tomó las calles para exigir mejoras en el sistema de salud. Su mayor preocupación: sus hijos. En Nicaragua demandaron restituir el aborto terapéutico; en Guatemala, Honduras y El Salvador, el fin de la violencia, el fin de la impunidad, el fin de las violaciones, de la sinrazón. La sinrazón que ataca la médula de los sentimientos y devora la posibilidad de rescatar aquellos pensamientos, formas, palabras, caricias, miradas que urge pueblen el mundo. El mundo roto de las mujeres y el de los hombres, también rotos.

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domingo, marzo 9

Poeguntas

La primera



¿Por dónde el viento respira?

¿En qué sitio, en qué reino,
pronuncia la voz su deseo?

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sábado, marzo 8

Oaxaca de piedra

Tuvieron que convocar al Consejo de Ancianos para poder prepararlo fuera del pueblo. Tuvieron que firmar un convenio mediante el cual el Consejo de Ancianos otorgó su consentimiento, a cambio de que no se lucrara con la venta del caldo de piedra. Yo nunca lo había probado; hasta hace apenas un año se comía exclusivamente en los pueblos de la Sierra Tuxtepec, al norte de Oaxaca. Donde más se cocina es en Usila, el principal pueblo chinanteco, el de mujeres de ojos rasgados, como peces, y de huipiles bordados en telar de cintura con triángulos, rombos, estrellas y sueños que luego lucen sobre su cuerpo, como una gran ola de hilo.

Mari salió de Usila hace un año. Se fue con su tío a la ciudad de Oaxaca para abrir un comedor donde sólo ofrecen el caldo de piedra, que tan sabroso le sale a toda la familia Santos. A los padres y a los abuelos, a los bisabuelos y a los tatarabuelos, y antes de ellos a nuestros antepasados de los tiempos anteriores a la conquista, me cuenta Remigio mientras calienta las piedras blancas y redondas en lumbre de leña. Remigio, quien no te vende ni una sola cerveza ni un mezcal, y no por falta de permiso, que no lo necesita, sino porque vender alcohol es lucrar, y tiene que cumplir la promesa que hizo al Consejo de Ancianos, aunque no se opone a que uno vaya a la tienda de enfrente a comprar su traguito, que con trago sabe más sabroso el caldo de piedra de camarones, de pescado o mixto.

Remigio me contó que cocinar el caldo de piedra es cosa de hombres, no hay mujer que sepa prepararlo. Según la costumbre, el día que se come caldo de piedra, que es comida de ceremonias, es el día que la mujer descansa. Los varones salen de madrugada al río para pescar los camarones y la trucha. Después preparan la lumbre y colocan las piedras bajo los leños. “De noche las piedras echan chispas, pero de día prefieren quedarse en silencio”, comenta Remigio mientras coloca una de las piedras en una jícara de semilla a la que ya antes le puso jitomate picado, chile verde, agua, hierba santa y los camarones o el pescado crudo. En menos de dos minutos todo está cocido. Cuando el caldo deja de hervir a borbotones, Remigio le saca la piedra con una cuchara y personalmente lleva la jícara a la mesa. “Es mi obligación dejarla en su lugar, es comida sagrada”, me dijo cuando intenté que me la diera para llevarla yo. Mari nos trajo las tortillas hechas a mano por varias mujeres. “Qué extraño se mira un hombre cocinando”, le dije a Mari por iniciar la plática. “Muy extraño, extrañísimo”, me respondió y después me reveló en voz bajita que en el pueblo los hombres nunca cocinan. Nunca lo que se dice nunca. Ni siquiera los días en que se prepara el caldo de piedra. Ellos son los que van a pescar. Y las mujeres encienden el fuego y preparan el caldo con sus manos de nixtamal y algodón.

El Caldo de Piedra, que así se llama el comedor, está a las afueras de la ciudad de Oaxaca. Me llevó Marcos, un amigo antiguo de mirada y alma quietas, con quien tropecé casualmente en una calle de Oaxaca. Teníamos cerca de 20 años sin vernos. Dos décadas de palabras guardadas en el hueco que queda en la ausencia. El hueco que un día deja de ocultar lo que guarda y sin apenas darse uno cuenta sale como un gemido del alma y se expande. Como la vida cuando se desnuda a la orilla del viento.

Por la noche sopló fuerte el viento. Pero los que fuimos a escuchar al grupo Mono Blanco de Veracruz, en pleno centro de Oaxaca, no sentimos frío. Ni sed, solamente ganas de bailar, de ahuyentar la soledad, que en Oaxaca tiene un rostro diferente. Se mueve apenas, se aquieta casi. Y a veces baila. Sentimos ganas de bailar y bailamos el puro fandango. El Museo de Filatelia de Oaxaca cumplía 10 años y había que celebrarlo. Había que cantar, bailar y zapatear porque solamente así se llega a viejo. Y porque todos aquellos que bailan se mueren contentos.

Después del baile, Marcos y yo nos fuimos a tomar un mezcal blanco y nos pusimos a hablar. De nuestras andanzas por el mundo, de nuestros amores, de las historias que dejamos a medias. De México. De la ciudad de México y de Oaxaca. De cómo, cuando uno está en Oaxaca, la ciudad de México se vuelve un espejo de agua en el que, en ocasiones, alguien se mira. Un ciego, un colibrí, alguna que otra niña urgida de vivir.

Como aquélla niña de dos años que Marcos vio un día en un autobús. Una niña mexicana con su madre jovencita. Venía lleno, retacado de gente cansada y violenta. Gente herida de ciudad. Hubo un pleito. Se mentaron la madre. Volaron objetos sobre las cabezas de la niña de dos años y su madre. Marcos intentó protegerlas. Las abrazó. Y lanzó un lamento: ¡qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos, qué mundo! La mamá de la niña de dos años abrazó con más fuerza a su hija. “Yo prefiero pensar en qué hija le voy a dejar a este mundo”, le respondió la mamá jovencita. Cuando Marcos me lo contó, se miró en el espejo de agua que en ocasiones es nuestra ciudad. Una ciudad con una piedra que arde en la mano.

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