martes, junio 10

Octavio Paz y un poema en la Ciudad

Cuando Octavio Paz cursaba el bachillerato en la ciudad de México, soñaba con hacer un viaje a España. Quería llegar a Madrid y, con equipaje en mano, tocar a la puerta de la Residencia de Estudiantes. Para él y miles de los jóvenes mexicanos de su generación, la Residencia era una referencia obligada, un mito casi, un sueño. El sueño de poder compartir sus ideas, su creatividad, sus esperanzas y sus deseos con personajes como Federico García Lorca, Luis Cernuda, Miguel de Unamuno, Luis Buñuel, Juan Ramón Jiménez, Salvador Dalí y muchas otras figuras de la cultura española del siglo XX que solían acudir ahí como visitantes o residentes. En 1934, la guerra civil acabó con la Residencia y mutiló las voces y los sueños de una de las generaciones más generosas, creativas, influyentes y sensibles de la cultura española. No obstante, en 1937, en plena guerra, Octavio Paz viajó a Madrid, invitado por Pablo Neruda al Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Sólo que no encontró a muchos con quienes había soñado dialogar, reír, inventar, beber una copa de vino, leer en voz alta y volver a reír. Muchos de ellos estaban ya en el exilio; García Lorca había sido asesinado un año antes y la Residencia y la guerra habían cerrado las puertas a la razón. A la razón y a los sueños.


En 1989 a Octavio Paz se le cumplió su sueño. Invitado a participar el Ciclo Poesía en la Residencia, habló entre otros temas, sobre la ciudad. De su colectividad y de su soledad. De los pasos que resuenan en una calle ajena a aquélla en la que se camina. De la niña que escribe la escritura de Paz. De Luis Cernuda, el poeta andaluz que recorrió solitario las plazas y calles de México donde murió. “Pájaro por las alas, hombre por la tristeza”, dijo de él Paz al público que lo escuchaba y que recordó las andanzas de Cernuda en el exilio y en particular en México donde deseó, amó y tuvo entre sus escasos amigos a Paz.

Paz comenzó su lectura en la Residencia con poemas escritos en su ciudad. La ciudad para Paz eran las plazas, las calles, la multitud, pero era también el sitio donde los solitarios habitan, los solitarios sin nombre, aquéllos que acompañan, solos, a nadie. La ciudad, dijo esa tarde Paz, representa los dos polos de la existencia moderna: el momento de la colectividad y el de la soledad más intensa. La más profunda. La verdadera y única soledad.

Cuando después de muchos años de vivir fuera de México, Paz regresa a su ciudad, la encuentra transformada, desastrosa, lastimada por el progreso. No tenía nada que ver con la ciudad en la que nació, creció y que tanto admiró. Fue cuando escribió su poema Vuelta; cuando aseguró haber vuelto a donde empezó, sin saber si había ganado o perdido. Desde Mixcoac, desde aquél Mixcoac de Paz donde el tiempo se tiende a secar en las azoteas, escribió Paz lo que leyó años después en Madrid. Y volvió. Volvió para decir, para reafirmar que no quería una ermita intelectual en San Ángel o en Coyoacán. Y terminó el poema sin que dijera qué quería. Ni cuál es la respuesta sobre cómo acabar con la amenaza del mundo moderno. Cómo evitar el desastre ante el progreso. El poema Vuelta, dijo Paz en la Residencia de Madrid, es sobre la realidad de México, pero no sólo de México, sino también sobre la realidad del mundo amenazado en sus fuentes más puras. Eso dijo Octavio Paz y la gente más tarde preguntó dónde está la respuesta, dónde. Y Paz propuso buscarla en el espacio interior. Adentro. En cada uno de nosotros hay una respuesta, dijo.

Una respuesta tumbada sobre la historia. Una salida.

Aunque Paz no consiguió llegar a la Residencia de Estudiantes en su primera etapa, fue encontrando en diversos países del mundo, a varios de quienes la habitaron. Después de su participación en el ciclo de poesía de 1989, Paz volvió a la Residencia en dos ocasiones, en 1992 y en 1993. La ciudad tenía entonces aún más heridas que las que encontró cuando regresó a México. Muchas más de las que llegó a tener cuando Paz soñaba con ser uno de los estudiantes de la Residencia de Madrid. Pero también Madrid es hoy una ciudad con otro rostro. Con muchos rostros. Y ambas ciudades, México y Madrid, mantienen la memoria abierta. Ambas pronuncian sin descanso las voces de sus poetas. Muertos y vivos, los poetas se escuchan en las calles de la ciudad de México. Se sienten sus pasos en las calles. Esa es quizá la respuesta, una de las respuestas, que concede la propia ciudad a la amenaza. Abrirse a la creación, pronunciar en voz alta a sus creadores. Al centro de la soledad, en medio del caos, un poema salta cada tarde de entre la multitud. Y, recordando a Paz, le quita una a una las vendas de las sombras.

La ciudad está viva.

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domingo, junio 1

Carlos Monsiváis y la ciudad de luz

Sonrió casi todo el tiempo. No lo he visto en demasiadas ocasiones, pero la semana pasada estuve presente en dos actos de celebración de sus 70 años y me dio la impresión de que Carlos Monsiváis comienza a disfrutar con mayor soltura de los homenajes que la ciudad, sus amigos, la Academia, las artes y muchos otros, preparan para él. El primero al que asistí fue en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento el miércoles pasado. El Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, le entrego la medalla-escultura 1808. Carlos Monsiváis la recibió, la miró, la acarició casi y sonrió, la sonrisa de la ciudad de agua y luz que Juan Manuel de la Rosa diseñó para él sobre un trozo de oro con forma de grano de maíz. Como en los tiempos antiguos, el sol, el agua, el maíz, en el origen de la vida. El origen que en ocasiones borramos de nuestra memoria. Y al hacerlo, dejamos de soñar, nos vamos quedando sin alma.

Carlos Monsiváis cumplió 70 años hace 22 días y no paran los festejos. Y es que son muchos, muchísimos los aportes que ha hecho a la cultura y al avance social y democrático de la ciudad. Uno de ellos es precisamente el tejerle una memoria. Durante décadas la ha venido creando con el hilo de su mirada hecha palabra. Con razón Ebrard le dijo que la ciudad sería otra sin él. Otra. Más apretada, con heridas más profundas; o con las mismas, pero que nadie vería. Una ciudad de ciegos, eso sería. Y menos, mucho menos amorosa. Sin Monsiváis, las almas no se irían frotando en el vagón del Metro, como lo describió en su discurso de agradecimiento. Ni tendríamos conciencia del depósito histórico de olores y sabores que es nuestra ciudad. Al lado de Monsiváis, sus textos y sus ocurrencias, los habitantes de la ciudad hemos aprendido a mirarla. A mirarnos en ella y en los otros. Hemos aprendido a tolerar a los otros. A convivir. A pesar de que, como él mismo lo dijo, la ciudad es todavía y sobre todo, un cúmulo de problemas, de cuerpos a la deriva, de desempleo, de calles y avenidas sobrepobladas. Pero a pesar del caos, es una ciudad que aprende, cambia y avanza, sin que la veamos arrastrar los pies.

Estaban casi todos sus amigos. Elena Poniatowska, la más antigua, dice Monsiváis, Alejandra Moreno Toscano, José María Pérez Gay, Juan Ramón de la Fuente, Jorge Volpi, Luis Mandoki, Héctor Vasconcelos, Nacho Toscano, Guadalupe Loaeza, Consuelo Sáizar, El Fisgón, Rius, Margo Glanz, Enrique Márquez, el Coordinador de la Comisión del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución en la Ciudad de México, quien le organizó este homenaje. Y es que no sólo la Independencia y la Revolución cumplen años, también nuestros creadores cumplen años, dijo un día Márquez y se lanzó a la tarea de organizarle su fiesta a Monsi. Después de la ceremonia se fue Monsiváis con sus amigos a comer al Museo del Estanquillo. Muchos decidieron caminar del Zócalo al Estanquillo. Lo hizo el homenajeado que apenas salió a la calle y ya la gente le estaba pidiendo por favor maestro, una foto con usted que los cuates de mi calle no me lo van a creer. Y Monsi, que no dejó de exhibir su sonrisa casi infantil, casi felina, colocó su brazo sobre el hombro del joven que seguramente a estas alturas ya puso la fotografía en la pantalla de su celular.

Monsiváis llegó a la puerta del Museo del Estanquillo casi al mismo tiempo que Ebrard, que en cuanto se bajó del coche le dijo que mejor se hubiera ido con él caminando, si no hubo ni una gota de lluvia, ni reclamos, ni actos de protesta, ni una queja. Todo lo contrario, la sonrisa de Monsiváis acompañada de las sonrisas de quienes se detenían a verlo. Mira jefa, es un escritor muy famoso, un chingón, explicó una mujer de mediana edad a su mamá.

La comida terminó como a las seis de la tarde. Todos los invitados salieron con un papalote en la mano. El papalote que diseñaron para él sus amigos Francisco Toledo y El Fisgón como regalo de cumpleaños. Monsiváis dibujado en el papalote que los también artistas del Taller Arte Papel Oaxaca se encargaron de elaborar en Etla. Molieron la fibra, la secaron, la tiñeron le dieron forma de papalote y le estamparon la imagen de Monsiváis con sus anteojos de mica café que le colocó Toledo muerto de risa por la ocurrencia de hacer volar a su amigo con todo y anteojos.
El otro acto al que asistí fue el sábado pasado en el Centro Cultural Indianilla donde se presentaron once Libros de Artista. Los autores decidieron dedicar la exposición a Monsiváis. Y ahí, en ese espléndido local que Isaac Masri consiguió rescatar al olvido, Monsi volvió a sonreír y a dar las gracias a Manuel Felguerez, Sergio Hernández, Daniel Macotela, Juan Manuel de la Rosa y otros artistas que participaron en la exposición. Le dio las gracias a Isaac por padecer el delirio de creer que es posible cambiar al mundo, soñando otro mundo. Tejiendo, como el propio Monsiváis lo hace, uno a uno los deseos que aparecen en los sueños. Para cincelarlos en la memoria; para devolverle a la ciudad su alma. Su alma de sol y de agua.

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martes, mayo 13

Pero hay que saber llegar

No me dieron la dirección exacta. Sabía que estaba en el centro de Santa María La Ribera y que tenía un nombre de ciudad europea. Nada más. El taxista no tenía ni idea de cómo llegar y con los escasos datos que yo le proporcionaba, la tenía difícil. No sirvió de nada su llamada por radio a todos los “21”, a quienes pidió que por favor le dijeran qué calle agarrar, qué avenida, en dónde dar la vuelta o seguir de frente, para llegar al centro de Santa María la Ribera.

Primero le preguntamos a una pareja de jóvenes que nos dijeron que todavía ni siquiera estábamos en la Santa María. Seguimos sus instrucciones y entramos por San Cosme, dimos la vuelta a la tercera a la derecha, como nos señalaron. Nos detuvimos frente a un taller mecánico y fui yo quien le pregunté a un hombre que sacó su cabeza del motor de un automóvil para escucharme. “Es una cantina vieja, muy vieja —le dije— y está cerca del parque central”. “Ni es cantina ni está vieja”, me gritó casi el mecánico, sorprendidísimo de mi forma de preguntar por la ubicación del Salón Cantina París. Insistió en explicarme una y otra vez que de vieja no tenía nada, pero nada, de nada. “Es un lugar con muchos años, con mucha historia, un lugar antiguo”, me explicó ya más tranquilo aquel hombre que después de cinco minutos de plática acabó despidiéndose de mano y con una sonrisa enorme en su rostro de aceite.

Estuvimos a punto de seguirnos de largo. La tuvimos enfrente y ni el taxista y yo la vimos. “Por poco se pasa, güerita", me dijo un señor señalando el Salón Paris a mis espaldas. Gracias le dije y respondió con un “provecho” por lo que di por un hecho de que comería muy bien. Y así fue. De botana unos sopes enormes de salsa roja no muy picante. Después la clásica de fideos con mollejas y un chamorro picadito para taquear. Al fin había llegado a la Cantina Salón París, el lugar donde José Alfredo Jiménez comenzó su carrera. La cantina dónde entre una y otra canción, se echaba sus tequilas. Uno tras otro. Para poder escribir como solo él sabía hacerlo. Inspirado, desde dentro, como un poeta. Solo que él lo hacía, cuando no estaba en su casa, sobre una servilleta de papel. Así escribió muchas de sus canciones, entre un tequila y otro, recargado en la barra de una cantina y en una servilleta. Dice Chavela Vargas que fueron cientos las ocasiones en que lo vio hacerlo. Y es que el verdadero vicio de José Alfredo no era el alcohol. Era la escritura. Cuenta Chavela que si pasaba un día, un solo día sin escribir le tocaba padecer el síndrome de la abstención. Era como dejar de tomar, pero más intenso. Escribir, crear, comunicar, fue su vida, el oxígeno diario. Por eso, cuando le diagnosticaron la cirrosis, dejó de tomar apenas un tiempo muy corto y volvió al trago. Sin trago no venía la inspiración. Sin inspiración no podía escribir. Sin escribir enloquecía. Se daba de topes en la pared, gritaba. Así era su mundo. Su mundo raro que comenzó en una cantina de Santa María la Ribera.

Los vecinos de la Santa María la Ribera apenas saben sobre la presencia en su barrio del más grande compositor de música popular de la historia de México. Unos cuantos solamente dicen que algo de ello han oído. Pero poco. Los clientes del Salón Cantina París, en cambio, están muy al tanto. En las paredes han colgado varias fotografías de José Alfredo, algunas de ellas donadas por la familia del cantante, otras por los propios clientes. En algún rincón se lee el “Aquí escribió sus canciones José Alfredo”. Hay quien cuenta incluso que por ahí anda una de las servilletas con un trozo de canción. Y el dueño y los meseros quieren difundirlo por toda la ciudad.

Cuentan los que saben que José Alfredo escribió 200 canciones, pero sus amigos y gente cercana aseguran que han de haber sido más de mil. Que por ahí han de andar guardadas en un cajón, en la bolsa de algún pantalón o en alguna cantina de la ciudad de México. Quizá en el Salón París. O en el Tenampa o en alguna de las muchas otras cantinas donde cantó, se emborrachó, conversó y luego entre un tequila y otro, entre una canción y otra, creó.

El Rey, seguro que no la escribió en una servilleta de papel. Fue de sus últimas composiciones. La escribió con calma, en su casa, sobre una hoja de papel en blanco. Sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Que pronto se iría. Sabía bien que estaba afuera. Pero que hasta para morirse, hay que saber llegar. Como él lo hizo. O como Chavela su gran amiga que llegó a su funeral, se sentó en el suelo, al lado del féretro y cantó, una tras otra, las canciones de su compañero de parrandas. Nadie osó retirarla, sacarla del velatorio. Después de dos botellas de tequila se marchó. Sola, muy sola, sin José Alfredo.

Cuando me pierdo en la ciudad, suelo enojarme en forma desmedida. Me pongo furiosa, de mal humor. Pero el día en que fui en busca de una cantina con nombre de ciudad europea no me importó no saber llegar. La historia del Salón París y la de José Alfredo mismo, serían otras historias sin un mecánico, una joven pareja, un cantinero, un mesero de la Santa María la Ribera. O de cualquier otro rincón de la ciudad donde hay alguien que mira, platica y le coloca una letra a las emociones, a la risa, al dolor, al silencio, a la soledad y a la muerte. Para saber llegar.

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martes, mayo 6

El Danzón que salva a la ciudad

Afuera hace frío. La lluvia y el viento han causado varios apagones. Hay ramas de árbol tiradas a mitad de la calle. En la esquina, un hombre golpea a su hijo, la madre intenta protegerlo. La radio difunde noticias confusas. Los reclamos, los insultos, las discusiones sobre la reforma petrolera comienzan a aturdir los oídos de los ancianos. “Ya no se sabe ni qué”, comenta uno. “Se confunden los pleitos y las voces”, responde otro. Desde Guadalajara, un gobernador caritativo lanza billetes y mentadas de madre. Al sur de la capital, un ladrón deja sin un quinto a una joven que acaba de bajar de la estación del Metro Eugenia. Una señora llega a su casa gritando los gritos de una ciudad a punto de ser ametrallada. En la puerta, un niño llora de frio, otro de hambre. Al otro lado de la calle, Aurora, con la cara en alto, baila un danzón.

Llegó poco antes de las seis de la tarde al Salón Maraka, el de más caché, me aseguran los tres elegantísimos hombres que me sacaron a bailar a lo largo de la tarde. El de más caché, insisten, “lo reconoce todo danzonero cuando nos mira bailar”. “Aquél viene del Maraka”, me cuenta Don Eusebio que dicen cuando va al California o a otro salón de menor caché. Aurora no ha dejado de bailar desde que llegó, y eso que fue de las primeras. Lleva un tocado en el pelo que brilla como sus zapatos de tacón y pulsera. Baila suavecito, lentamente, en armonía con ella misma y sus setenta y tantos años repartidos amorosamente en su cintura, apenas cubierta por el ceñido vestido que la abraza. “Suavecito, me dice mi pareja de baile, no se me adelante”.

“El danzón es un baile hecho para que la mujer se luzca”, me explica Alfredo. “Aproveche”, me dice y eleva su mano para que yo camine en círculo despacio, muy despacio. Para que apenas roce su mirada que me mira con ojos criollos de maestro danzonero. Para que aprenda a bailar danzón y vaya cada miércoles a La Maraka donde Acerina, la Primera Danzonera de América, la única, la auténtica, la original, concede a cientos de almas citadinas el placer de bailar. Un privilegio.

Le hice caso, o al menos intenté hacerle caso a Alfredo. Suavecito, sin balancearse, me repetía Alfredo que todos los miércoles está en el Maraka por que lo más importante en la vida es bailar, me asegura y yo recuerdo a María Rojo buscando en Veracruz a su pareja de baile que un buen día desapareció. Sin decir nada, lo dejó todo. Hasta el baile que es lo más importante en la vida, le dice María Rojo a una amiga en la película Danzón.

Lo más importante y lo más sano, libre, vivo. Miro a mi alrededor los tres minutos que me siento a tomar algo. La edad promedio debe estar cerca de los 70, pienso. Y no hay ni una sola de las alrededor de 400 personas que esté triste. O sola, o deprimida. Nadie se queja de los años que lleva encima, ni de la reuma, ni de los hijos que hace meses que no los visitan. Ni de la miserable jubilación que tienen. Ni de los políticos, ni de la violencia. Se dedican a bailar todos los miércoles de las seis de la tarde a las once de la noche, sin excepción. Me cuentan los años que llevan yendo a La Maraka. Algunos perdieron ya la cuenta, “como unos seis pares” me dice un señor de sombrero y me señala sus zapatos de charol.

Las mujeres que asisten a La Maraka están, en su mayoría, bastante pasadas de peso, algo chaparras, sin nada que llame realmente la atención en ellas, fuera de sus cuidada vestimenta. Pero algo sucede en la pista de baile de La Maraka. Alguna hada enciende la música y arroja una gentil belleza sobre los rostros y cuerpos de las mujeres. Las convierte en princesas. Princesas aztecas que cumplen el ritual. Y se salvan. Cada miércoles, junto con su pareja de baile, dominan su universo, mientras afuera, la ciudad está a punto de ser ametrallada.



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sábado, abril 26

Vivos murmullos muertos

Tendría unos siete años cuando la llevaron a conocer a los muertos del pueblo. Le enseñaron uno a uno los sepulcros del viejo cementerio. Aquí yace Petronilo Flores, el primero en pilotear una avioneta; acá Miguel, el dueño de la carpintería; más allá Doña Gertrudis, la solterona. Una tal Eduviges fue enterrada junto a sus dos hijos que murieron, igual que ella, el día de la tormenta. Al otro lado está la tumba de Macario, el albañil que pereció atropellado. Fue él quien llevó el pulque a Ahuatepec, un pueblo que por estar tan cerca de Cuernavaca se fue llenando de enormes residencias, habitadas solamente los fines de semana por familias que viven, de lunes a viernes, en la Ciudad de México. Pero la familia de Natalí nunca quiso vender su casa, ni el terrenito donde todavía hoy conviven patos, guajolotes y borregos con alguno que otro perro. Ahí crecieron Natalí y sus tres hermanos, a quienes de niños los llevaban de tanto en tanto al cementerio para que no olvidaran que Eduviges, Miguel, Gertrudis, Macario, Doloritas y una hilera más de muertos fueron quienes comenzaron a construir el pueblo, apenas abrieron la vereda que va de Tepoztlán a Cuernavaca. Le levantaron la orilla al camino.
Natalí sonríe cuando me cuenta sus paseos entre muertos. Acabó siendo una costumbre lo que comenzó como un arma contra el olvido. Se aprendió de memoria la leyenda de cada sepulcro. Quién está al lado de quién, en qué calle vivía, en qué cantina, cuántas palizas le dio su marido, con cuántos besos enamoró a las muchachas del pueblo vecino. Un día le dio por indagar la historia de aquellos muertos de quienes nunca nadie dijo nada, los muertos anónimos. Y comenzó a darle vida al pasado de sus muertos. Se volvió una experta en construir identidades. Por eso Natalí nunca ha padecido el dolor de ser una extraña en su pueblo, la pena de no pertenecer. A pesar del cambio brutal de las calles, las personas, la forma de mirarse sin mirar. A pesar de que ya no queda nadie de los que estaban cuando ella nació, nunca le duele la soledad, aunque se encuentre sola. “Me dolería la ausencia”, confiesa cuando le pregunto. Y aclara: “la soledad, como el silencio, no es ausencia”. En algún lado he leído esa frase, pienso, y la anoto.
La primera vez que la llevaron a ver a los muertos del pueblo iba de la mano de Chavela Vargas. Fue ella quien le fue deletreando la vida de cada muerto. Quien leyó en voz alta la leyenda inscrita sobre cada lápida. Quien le dijo una y otra vez que no olvidara, que se grabara en su cabezota lo que le estaba contando. Que nunca escapara, que jamás se arrancara de la piel la historia de los suyos. Su historia. Que si alguna vez llegaba a hacerlo, le advirtió, le caería encima la locura.
Chavela Vargas escuchó atenta el relato de Natalí. Ante ciertas frases reía, ante otras tarareaba una tonada antigua, como quien se empeña en recordar un sitio, una iglesia, un rostro, un paisaje, cualquier cosa que surja del pasado, antes de que todo desaparezca. Escuchó atenta el relato de Natalí, atenta y orgullosa de escuchar a quien, según ella misma asegura, le heredó las ganas de no dejarse ningunear por nadie. Por eso cuando Natalí tenía once años la metió a clase de karate, Y resultó ser excelente alumna, tanto que los triates que vivían en la misma cerrada que Chavela tuvieron que inscribirse también a la escuela de karate. Para defenderse de Natalí, la chiquilla que Chavela Vargas crió como si fuera una hija. Una chiquilla con espíritu retador, la describe Chavela, y se pone a cantar una canción sobre un ser desconocido.
Natalí trabaja en la fábrica de cartuchos Remington. Desde hace ya casi un año, los sábados los dedica íntegros a un curso de formación de bomberos. Será la primera bombera del pueblo. Desde que comenzó el curso ha perdido 18 kilos, lo dice con orgullo. Marta, su mamá, nada más para que Natalí se sienta acompañada, ha adelgazado cinco. Se va corriendo a Ahuatepec, en lugar de tomar el autobús. Corriendo como antes lo hacía Natalí y sus hermanos detrás de Chavela. Llegaba a las dos, tres de la mañana de El Hábito, en Coyoacán, donde cantaba los fines de semana por la noche. Dice Natalí que si dormía tres horas, eran muchas. Se levantaba a las seis, cruzaba la puerta de la casa de Marta y despertaba a los niños a gritos. Se los llevaba a correr a Tepoztlán, a treparse al cerro. “¡A ver quién llega primero a la pirámide!”, retaba. Y después, ya con Chavela al volante, se iban todos a Tequesquitengo a subirse al aeroplano del hijo de Petronilo Flores. “Para que nunca sepan qué es el miedo”, les decía Chavela. Un día quiso saltar en paracaídas con Natalí, pero no le dio la estatura a la niña. Le faltaban como diez centímetros y por más que Chavela le rogó al hijo de Petronilo Flores se tuvo que tirar sola. “Chin”, dice Natalí, quien se quedó con tantas ganas que hasta la fecha sueña con que vuela con alas de mariposa.
Las alas de mariposa, comenta Chavela, son las que te salvan de morir, cuando la muerte se acerca a destiempo. Una vez ella sintió cómo levantaron su cuerpo que se iba. Chavela le pregunto: “¿le tienes miedo a la muerte?”. Y me responde que sólo a quien la vida le da miedo teme morir. Cuando la escuché me acordé de que justo ese mismo sábado se conmemoraban los diez años de la muerte de Octavio Paz, quien tampoco le temió a la vida ni a la muerte. Y quise saber si a los 89 años aún se conserva la esperanza. “Tú dime”, reviró Chavela cuando se lo pregunté. Y le contesté con la palabra del Octavio Paz recién llegado de la España en guerra, cuando se descubrió otro en él: “Quien ha visto la esperanza, no la olvida, la busca bajo todos los cielos y en todos los hombres. Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde, acaso entre los suyos”. “Acaso, acaso,” murmura Chavela abrazando a Natalí.

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jueves, abril 10

Se rompió el encanto

Casi todos mis amigos se encuentran sumamente preocupados. Dicen que no recuerdan haber visto en décadas tan mal a este país. Que se está debilitando, pierde fuerza, se hunde, pero alza —antes de tocar fondo— su mano. Su mano herida. Hay otros que se han dado ya por vencidos. Se han declarado incapaces de mirar, escuchar, leer lo que aparece a diario en los medios de comunicación. Están hastiados, cansados, decepcionados. Se rompió, si es que lo hubo, el encanto. Y no saben cómo respirar tanta mentira.

La mentira avanza, dicen demasiados mexicanos. Se apodera de las calles, se confunde con los sonidos de las avenidas, entra a las casas, se sienta a contemplar a la desesperanza, la mima, la alimenta. Le concede existencia. Y la obliga a convivir con quienes hasta hace poco, muy poco, aún creían en el alba sin muros. En la vida sin miedo ni vergüenza. En la vida.

Casi todos mis amigos cuentan horrores de la política. Algunos, sin embargo, aún creen que es posible encontrar el antídoto contra el engaño. Que aún hay alguien que por las noches escribe poesía. O lee a Cernuda. O ama. O desea ser amado y apagar la voz de la mentira con el ruido que producen los cuerpos cuando se besan. Yo todavía me encuentro de este lado. Me mantengo con los ojos abiertos, aunque la poesía se me escapa, como una mariposa, a la orilla de la piel.

Cuando miro la inquietud en mis amigos, pienso en mi hijo adolescente. Y le pregunto qué piensa, en qué cree, qué mundo le gustaría sembrar en las pupilas del presente. A mi hijo adolescente le gusta la música, como a todos los adolescentes. De niño aprendió a soñar los colores de las autopistas, le gustaba el grafiti de los chavales españoles y creía que en el grafiti, se inspiraban los músicos. Hoy le pregunto qué mundo se imaginan los chavos, qué miran, en qué creen y me responde la voz de otros jóvenes. Me explica que a los emos no les gusta la vida y buscan, dice, sin entender bien a bien qué es lo que buscan. No buscan nada, le digo. No hay nada que buscar, es ese el drama, la fatalidad. El vacío. La invisible meta. El no encontrar sino la nada. La copia de lo que fueron otros en los años ochenta y ya no existe. Otros en otro país, con otro idioma, diferente realidad. O no, los une el vacío. El vacío en la mira de los adolescentes de gran parte del mundo.

La hija de una amiga quiso ir a este sábado a la marcha de las tribus urbanas. Ella sí cree en los emos. Aunque es demasiado pequeña aún para estar a su lado, cree en ellos, por creer en algo. Algo que vibre, que se mueva, que palpite. Que sea diferente. Que quiebre. Aunque no haya nada que buscar, más que la diferencia. La diferencia contra la mentira. La nada como identidad.

La marcha por la tolerancia en la ciudad de México, estuvo a punto de caer en manos de la intransigencia. Los emos a punto de ser agredidos por las otras tribus urbanas. O por un grupo de provocadores, como dicen los diarios este domingo. Por poco se da el enfrentamiento. Los punks, darks, los eskatos y los cholos intentan defender su territorio. Las calles de la ciudad otra vez disputadas. La música se escucha mejor en las azoteas, me comentó un amigo de mi hijo mientras hablábamos de los emos. Los chavos urbanos, algunos, quieren arrancar las aceras. Para dejar salir el agua que un día dio vida a la ciudad. El agua que la alimentaba, que la limpiaba, que le concedía la luz. La ciudad de agua que fue, cuando el agua era de jade en la ciudad de México.

Antes pensaba que nadie puede acostumbrarse a la mentira, pero es mentira. La gente se acostumbra a todo, cierta gente. A mentir y a escuchar sin rabia las mentiras. A mezclar las palabras que se escuchan y las que se pronuncian. Se acostumbran también a no creer. O a creer que se cree en algo. En el poder, hay quien cree en el poder. Y no puede.

Mis amigos, casi todos, están preocupados. Por eso últimamente nos reunimos cada vez que se puede. Y para huir del vacío. Hablamos horas de política. Pedimos un tequila, brindamos. Nos damos la mano con la mirada. Nos resistimos a creer en la mentira. Nos blindamos el corazón adulto y acabamos riendo a borbotones. Después otra vez nos acordamos de la debilidad de México, de su fuerza perdida, de la falta de oxigeno que le tiñe los labios. Y muchos parecen estar a punto de descreer. Por mirar a México que se hunde. Pero antes de tocar fondo, levanta la mano, les repito a mis amigos. Como pidiendo salir del pantano, como queriendo beber otra vez el agua de jade. Y vivir sin miedo y sin vergüenza. Y bailar poemas con los jóvenes en las plazas y en las avenidas; en los vagones del Metro y en los jardines. Creer. Buscar el antídoto contra el engaño. Aunque el encanto se haya roto.

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miércoles, marzo 26

El balcón de los inventos

Esta Semana Santa la ciudad no me pareció tan vacía como en otros años, aunque dicen mis amigos que lo que sucede es que yo hasta en los desiertos encuentro a las multitudes. Que no me puedo quedar quieta ni un día, y menos sin hablar con alguien, un amigo, el portero, el taxista, la señora de los tacos de canasta, el usuario del metro, el panadero de bicicleta, el niño del quinto piso, quien sea, eso dicen. Yo creo más bien que se debe a que me muevo en las cercanías del Bosque de Chapultepec, y ahí sí que estuvo repleto, atiborrado, hasta el tope de gente desde muy temprano y hasta ya bien entrada la tarde. Familias completas buscando la sombra de un árbol, un sitio en el trenecito o en el ratón loco, la cara chistosísima del los cinco nuevos pingüinos de Humboldt que le regaló al zoológico la ciudad de Nagaya, o una lancha en el lago para poder mojarse el sábado sin ser multados. Con el calor que hizo, muchos no pudieron aguantarse las ganas de arrojar el cubetazo de agua sobre el vecino, el amigo o sobre quien pasara por enfrente, para morirse de risa. Pero por la escases de agua en la ciudad, se tuvo que romper esta costumbre, acabar con el chistecito que tantas carcajadas desataba. Aún así, más de 200 personas fueron detenidas en distintas colonias de la ciudad, por no aguantarse las ganas de empapar al prójimo en Sábado de Gloria. Otros mejor decidieron irse a las playas artificiales a mojarse por iniciativa propia, dicen que en la de la Delegación Tláhuac se juntaron más de 6 mil personas este sábado. Seis mil almas sedientas.

Lo que sí es cierto es que en Semana Santa abunda más el tiempo. El que a mi me sobró lo utilicé para gozar mi casa, sentarme en el balcón con los ojos abiertos para poder ver lo que imaginaba. Es como un juego. Inventar lo que uno ve. Subir al tren de las palabras inventadas con la única finalidad de ser por un rato, otra. O inventarle una metáfora a la imagen con otra imagen. Cuando lo hago recuerdo que los ojos poseen la facultad de sentir, algunos ojos. Y de soñar. Dicen que el soñador despierto sueña con su sueño. Con la realidad onírica de su deseo, donde acude para cruzar la mirada precisamente con ese deseo. Un deseo que la realidad rompe, aunque no siempre consigue romper también el sueño. Y se sigue soñando, sobre todo cuando se escribe el sueño.

Cuando comienzo el día sentada en el balcón de mi casa, lo termino escribiendo. Por eso me gusta quedarme en la ciudad durante la Semana Santa. Para escribir todo lo que mis ojos inventan y que no escribo el resto del año, aunque en ocasiones sí lo invento. Pero este año también me dio por leer los tiempos que pasé escribiendo cartas o mensajes vía internet todos los días. Y me llené de nostalgia y me dio sed. Entonces pensé en los pobres chamacos que no pudieron este sábado jugar a empaparse y en sus cuerpos de sed.

La sed no es exclusiva de los niños. Aunque la soportan menos, o la sienten más. A mi de niña me daba todo el tiempo sed. En Semana Santa salíamos toda la familia, repleto el coche de mi padre, hacia el mar. La sed me atormentaba, tengo sed, decía una y otra vez y mi madre abría una chaparrita de naranja tras otra, para mi, mientras mis hermanos se quejaban de mi sed y de que al rato ya estaba yo pidiendo a mi papá que detuviera el coche porque no me aguanto las ganas de hacer pis, decía y minutos después comenzaba de nueva cuenta a crecer la sed. La sed se me quedó como una manía, la manía de tener siempre sed. Unos años más tarde, ya adolescente, se me ocurrió pensar que la sed y la escritura están relacionadas. Unidas, hermanadas. Después lo escribí. Y al escribirlo sentí el vértigo. El mismo vértigo que se padece cuando arrecia la sed. Y seguí escribiendo. A escondidas, casi siempre. Guardaba los papelitos escritos debajo del colchón. O dentro de la cabeza rota de las muñecas con las que nunca jugué. Ignoro la causa de mi escritura clandestina. Nadie me decía que no lo hiciera. Pero nada más de imaginar a algún miembro de mi familia, a una amiga, al vecino, o a la monja de mi escuela leyendo mi escritura, se me iba el aire. Me quedaba sin respiro. Con la puerta cerrada y en silencio, pero un silencio sin alas. Ni mar.

De niña escribía palabras de ciudad. Era una niña de la ciudad. Una ciudad menos agresiva que la que hoy tenemos, menos herida, más grata. Los niños podíamos pasar el día entero en sus calles, hacerlas nuestras. Eran calles sanas. Pero aún así escribía la locura de la Ciudad de México y sus habitantes. La locura, por ejemplo, de una mamá que abandonó a su hija, una niña como yo, pero distinta, solamente porque se comía a puñados la tierra y luego se azotaba sobre el piso. Era una niña epiléptica. Y su mamá, primera generación en la Ciudad de México, pensó que se le había metido el diablo al cuerpo. No pudo con la ciudad la señora. Y su hija terminó en una granja siquiátrica aceptando la locura de su madre como propia. Muchas veces volví a escribir sobre ella. Y muchas más la visité en el psiquiátrico. Hasta que decidió arrojarse sobre un hueco de sabanas en llamas y me pidió que por favor, por favor, ya no fuera más. No he vuelto a saber de esa niña de once años que un día se sentó en el balcón de mi casa a mirar con sus ojos abiertos todo aquello que inventaba. Pero nunca se le ocurrió inventar que podía salvarse. O llorar sola.

Terminé la Semana Santa hablando sobre todo esto con mi gran amigo que vive en Madrid. Le conté las palabras que callé. Una a una, todo este tiempo. Le hablé sobre la Semana Santa en la ciudad. Y de cómo desde mi balcón, descubrí que la mirada puede ser también una lectura. La lectura imposible de la última voz.

El próximo año quizá visite otra ciudad en Semana Santa. Tal vez vaya a Beirut, a recordar tocando las piedras que no olvidé. O a Bogotá, a bailar sin que nadie piense que bailar es huir del incendio. Y si vuelvo a quedarme en la Ciudad de México, iré al hospital psiquiátrico a visitar a una niña de once años y escucharla pronunciar una palabra. Una sola palabra que le devuelva la vida. Y nos quite a ambas la sed.

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