sábado, octubre 3

Lluvia árida

Al final del verano
uno a uno
vimos desplomarse
empapados de fuego
los brazos del sol

Sobre una ciudad de agua
lloran los niños sin sus madres
nadie los escucha
desgajar a la vida
en la mirada

Alguien muere de sed
a la orilla del lago
Es un dios sin memoria
el único que ríe

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miércoles, septiembre 2

Y sigue la mata dando


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lunes, julio 20

Lector de almas

(Publicado en junio 2005 en el diario La Crónica)
La memoria es una muchacha que baila.
Curro

Supe que Francisco Cíes había nacido con ese don, el día en que envió a su hijo a atender la mesa donde yo me encontraba. Cuando fui a despedirme de Merceditas, su mujer, para agradecerle la olla gitana, la morcilla a las pasas, la sonrisa, lo vi al fondo de la cocina. Francisco Cíes, El Curro, llevaba encima una tristeza de esas que moldean sobre el rostro, otro rostro.
“Me se ha roto el alma”, alcanzó a decir en andaluz.

Se llama la Taberna de Antonio Sánchez y es la taberna taurina más antigua de Madrid. Curro la administra desde hace más de 30 años. Fue el refugio de los grandes artistas de la generación de 1898, entre ellos el pintor Ignacio Zuloaga, gran aficionado a los toros y a la verdad. Aquí venía Zuloaga buscando torrijas, consuelo, vino, y a su amigo Antonio Sánchez. Todavía hoy, de las paredes de la taberna cuelga un magnífico retrato de Antonio Sánchez dedicado por Zuloaga en los años 40: “Al buen torero y pintor, del mal torero y pintor Ignacio Zuloaga”. Un poco más adentro, sobre un mosaico se hace constancia de que “en este lugar celebró el pintor Ignacio Zuloaga su última exposición y aquí también solía reunirse con sus amigos que a su venerada memoria dedican este recuerdo”.

Más allá, un artículo sobre la taberna que Camilo José Cela incluyó en su libro Torerías. “Se prohíbe escupir en el suelo”, se advierte en una pequeña placa de metal. En otro salón, los retratos de los toreros de la época, una fotografía de El Juli, a quien su abuelo lo llevaba a la taberna cuando tenía escasos siete años y excesivas ganas de torear, y otra de Curro en traje de luces y un toro de Aguascalientes delante de él.

A los 14 años el Curro se soñó torero en México. Y se fue en barco a Veracruz. Le da risa acordarse cómo se marearon los caballos.

Es la taberna del recuerdo casi intacto. Donde Curro se roba las palabras de los comensales, aunque no intencionadamente. Dice que no lo puede evitar. Se le meten a los oídos y Curro voltea a ver a quien las pronuncia. Le basta un movimiento de ojos, o su quietud, para mirar lo que hay dentro.

No le hace falta tocar carta ni mano. Los ojos sacan el dolor del alma, me explicó.

A Curro le da miedo, me confesó en estos días. Cuando siente el dolor ajeno, el dolor de hoy o el de mañana, se retira. Al escucharlo recordé aquella ocasión cuando se fue a padecer el dolor que mi alma habría de padecer tiempo después. Lo había leído en mi mirada. Pero le dio miedo prevenirme.

También las penas propias las predice. Hace unos 20 años enterró a una hija. Cuando Merceditas la sacó de la casa para llevarla al doctor, con un dolorcito de nada, el Curro supo que no volvería. Esa noche amó a su mujer como nunca antes lo había hecho. Y a los nueve meses nació otra niña. La misma carita, igualitos los ojos, idéntica la sonrisa. La niña que heredó de Curro el don de leer almas. Aunque todavía no lo sabe.

Cuentan en el barrio que cuando vivía Antonio Sánchez, la gente iba a la taberna más por estar un rato con él que para tomar el espléndido vino que ofrecía. Había quienes iban nada más a ver a los amigos de Zuloaga y escuchar discretamente las tertulias. Era la forma de desaprender lo que enseñaban en las escuelas. Y pensar en libertad. Todavía en los cincuenta, la escritora Gloria Fuertes, fundadora del grupo femenino “Versos con faldas” iba a la taberna a ofrecer lecturas y recitales a quienes necesitaban un trago de libertad.

Unos años después, el Curro veía a Joaquín Sabina cantarle a las calles de Lavapiés. Cuando Joaquín Cortés, el bailaor, va a la taberna, tarda en entrar. Los gitanos del barrio lo envuelven con sonidos de palmas y orgullo. Curro se acuerda muy bien de “la castañera”, una mujer que vendió castañas más de treinta inviernos en la Plaza Tirso de Molina. A sus hijas les regaló varios sueños. Se los metía en los bolsillos de los delantales.

Todavía en tiempos de Franco, a Curro le dio por limpiar una tarde la fuente que estaba al fondo de la calle Mesón de Paredes, donde está la taberna. Frotó tanto que hizo brotar una placa de metal, dedicada a La República. Se sintió orgulloso. Alguien la había tapado, no por dar de baja a la memoria, sino para que sobreviviera al franquismo. Curro llamó a un periodista. Y nadie pudo ya arrancar la placa.

La memoria es una chica bailando, me dijo Curro, el ladrón de palabras que no sabe si tiene dentro un duende o un demonio, pero sea lo que sea, dos veces le salvó la vida. Desde la primera vez sueña de tanto en tanto que está muerto. Y muerto vive, la intensidad de la vida que se extiende a sus anchas en una Taberna de Lavapiés.

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miércoles, julio 15

Murmullos de guerra

Algunos despiertan con la soledad adherida al cuerpo. Sin saber todavía quiénes son, permanecen con los ojos cerrados hasta estar seguros de lo que verán. Si los abren antes, morirían de susto o de dolor. El dolor de sentir el hueco en el sitio de los sueños. Ahí donde hace años acudían a diario para crear su historia. El futuro luminoso que un día tuvieron en la palma de la mano. En la palma cerrada de una mano que amaneció, no se sabe con exactitud cuándo, vacía. Por eso ahora no levantan los párpados hasta comprobar que siguen siendo los mismos, porque saben que lo que verán les será ajeno, distinto, opuesto a lo que un día encontraron y guardaron en la palma de la mano. Prolongan cada vez más el acto de despertar, porque saben que al abrir los ojos, la imagen misma de la destrucción saltará sobre ellos, con sus garras de caos.

Algunos salen de sus casas con el vértigo a cuestas. La onda expansiva que produce el griterío de los motores de los automóviles, los gases que emiten tan cínicamente cada día más vehículos, las cabezas rodantes, los ejecutados, el dinero evaporado; la corrupción, todas las noticias del día, impiden que el vértigo desaparezca. Falta aire.

El viento limpio se ha desplazado a otras tierras, como las aves, en busca de salvación.

Algunos, cada vez menos, se reúnen al final del día. Intentan untarse una pomada que arranque la piel muerta de sus manos a golpe de palabras.

Y sueltan frases con obuses a tiro rápido. Una opinión destruye otra que apenas comenzaba a formularse. Difícilmente consiguen escucharse. Algunos lloran sin saber que lo hacen. Lloran y se sientan frente al televisor a mirar cómo lloran las actrices y los actores de las telenovelas de Televisa. Cómo saltan al despeñadero de la fantasía, chorros de lágrimas sin sal.

Es entonces cuando algunos vuelven a creer que es posible vivir la vida que narran las pantallas. Y piensan que tal vez mañana un amor calmará la ansiedad. Quizás la herencia de un familiar desconocido o el reconocimiento del jefe, una sonrisa, acaso una mirada. Por una sola vez en la vida, una mirada que detenga el andar de la ansiedad, su acelerada carrera.

La ansiedad que oprime las venas de la razón y libera, al mismo tiempo, la facultad de percibir lo invisible, lo impalpable, lo que antes caminaba al lado de las multitudes. Lo en silencio perdido.

En la ciudad, nunca hay silencio. El silencio también ha emigrado a otro territorio, para evitar su anunciada extinción. Sabe que si muere, moriría también la música. Y la música es, por el momento, la que lleva más carga de mundo.

La que casi todas las noches se ocupa de salvarlo. La que a algunos les tiende la mano para ahogar el desasosiego en una pista de baile. O enredada la tristeza en otro cuerpo que comparte la urgencia de baile, la desconfianza y el deseo de espantarla. Y es que la desconfianza es también la soledad, porque separa al individuo de todo discurso.

Le repleta los oídos de arena. No enloquece del todo, pero al dejar de creer en la capacidad del ser humano de decir la verdad, pierde trozos de algunos de sus sentidos. Por eso de vez en cuando intenta curarse la desconfianza. Y para evitar tropezarse con el reguero de encono que le rodea. Tanta rabia, tanta ira. Da miedo.

Tuvo miedo. Me dijo mi hijo que tuvo miedo cuando se quedó atrapado durante casi tres horas en la lateral del periférico, a unos metros de la salida de Alencastre y muy cerca de donde cayó el avión el martes 4 de noviembre. Recibió varias llamadas que le explicaron lo que sucedía y que le aliviaron un poco el temor.

El temor sin rostro propio que se exhibe tan campante en cientos de miles de rostros. Después encendió el radio para escuchar la noticia y lo invadió el desamparo. No sabe porqué, no entiende.

Pero sintió quizá por primera vez en su vida, el desamparo compartido. A pesar de que a sus 17 años no le preocupa demasiado definir la causa del desplome de la nave, la incertidumbre está en el aire impuro que respira. La duda.

Las imágenes de la guerra que transmite la televisión, las que imprimen los diarios, las que pronuncian las estaciones radiales.

Las cabezas rodantes, los fusiles, los cuerpos rotos de niños y jóvenes, el dolor. Pero sobre todo, están también las voces que a gritos declararon la guerra abierta contra el narcotráfico. Y muestran en público sus armas, su poderío. Sacan a las calles sus vehículos militares repletos de soldados armados en forma ostensible, agresiva, en posición de ataque. Difunden una y otra vez los operativos militares. La violencia como arma contra la violencia. Guerra es guerra, susurran los mensajes que se escuchan día tras día, hora tras hora. Cada segundo con la bala en la boca. La bala de la desconfianza.

Algunos duermen con la soledad adherida al cuerpo. Lo hacen desde que quedó deshabitado el sitio donde un día comenzaron a crear su historia, su futuro de luz.

No se sabe con precisión hace cuánto tiempo. Pero últimamente prolongan cada vez más el acto de cerrar los ojos. Se quedan con los párpados alzados. Creen que si duermen con los ojos cerrados no podrán ver lo que sueñan. Y los sueños, como la música, todavía no han emigrado a otros campos, aunque algunas madrugadas se les ve ya batiendo las alas.

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Maltrato, amor y placer

Todos los lunes respira profundo y toma la misma decisión. Dice estar segura de que no hay forma de ajustar el permanente enfado de su novio. Ni de apagar los celos con los que casi a diario coloca al destino en sus manos. Aunque la ama, dice. Y ella a él. Se aman, como los amantes que temen que un día la soledad los arrincone, igual que un libro viejo en el verano. Temen, como se teme saber que fuimos jóvenes y apenas lo notamos. O como se teme perder lo que aún no se tiene.

Todos los viernes me cuenta que volverá a ser ella, sin máscara, sin sustos, sin voz dulce en el teléfono nombrando al amor quince veces, solamente para que él no vaya a pensar que está con otro. Para que la siga amando, sin que le permita quitar la mordaza al alma frágil que la cubre. ¿De quién es el deseo, la necesidad de mantenerse mirando un cielo bajo? ¿Quiere él que ella no crezca o es ella la que no pretende abrir sus párpados de pájaro?

Todos amamos. Un día nos encontramos frente a alguien que sonríe con la sonrisa de la vida. Igual. Alguien que nos roza la mejilla y altera las venas del mundo. Alguien cuya ausencia nos despierta por las noches suplicando una caricia. Y amamos. Y nos comprometemos a caminar suspendidos en el cuerpo del otro. Pensamos construir, comenzamos a hacerlo sin perder el delirio de seguir de cerca al deseo. Amar, desear, construir. Pero una día alguno de los dos amanece sin vida. O con la vida del otro, sin nombre ya, sin sueños propios. Nada parece pertenecernos. Y al mismo tiempo somos eso. Por dentro y por fuera, la pertenencia del otro. Es cuando comienzan los reclamos. Los besos que hieren. El miedo.

La soledad nos pone a prueba. Se acerca, pronuncia su nombre de fiera. Nos acaricia el aliento y en ocasiones grita el grito desgarrado del tiempo. Algunos corren, se esconden, huyen sin saber qué es la soledad, quién. No pretenden cederle el espacio donde ya nadie habita. Aunque habitemos todavía nosotros con el otro. No tienen ninguna intención de ajustar el sonido de su voz de grito y abrazar el silencio. Nada hay que perder y temen quedarse con la nada que poseen. La nada atada, nos ata.

El rostro de la soledad es el rostro del espejo. Llora o ríe, según tenga la mirada radiante o quebradas las pupilas de agua. El rostro de la soledad es el que vemos al meternos a la cama y dormimos o nos clavamos las punzadas del insomnio. La soledad duele o salva. Según la fuerza que se tenga para alzarla en brazos.

Todos amamos. Una o tres veces. O más. Hay quien va por el mundo enamorándose a cada rato. Creen en el amor que no conocen. Dicen que el amor es un arte. El arte efímero de amar. Hay otros que aman el primer amor y el último. Entre uno y otro pudo haber amores que se quedaron a la orilla del recuerdo. No fueron tan intensos como para morir con la gracia fresca de las niñas. No queda rastro al final de la historia, ni una huella. Y se inexisten.

Hay quien ama poco por miedo al desamor. El grito, la exigencia, el arrepentimiento de haber amado al alma equivocada. La herida sobre la herida. El hastío, el dolor. El vacío subiendo por la escalera de nuestras entrañas. El vacio que nos pone a rodar como granos de sal sobre la llaga.

El amor ideal es el que siempre comienza, me dijo alguien en mi juventud. Un amor de novios recientes, de cuerpos nuevos cada noche. Cuerpos que se abrazan sin perder cada uno su nombre. Ninguna de sus extremidades, ni sus ojos. Un amor sin esperanza; eterno en el instante mismo que posa sus labios y sella el silencioso pacto de recordar quiénes somos.

Hay otro amor que para sobrevivir requiere de los celos. Los celos son una enfermedad, igual que la leucemia, el sarampión o la diabetes, me dijo alguien en mi adolescencia. Después me enteré que, más que una enfermedad, son un arma de fuego. Una ráfaga en la mirada, en la voz, en los movimientos del ser humano que transmuta sus ojos en granada, escopeta, daga y su cuerpo en animal que acosa, embiste, hiere. Y que al amanecer, tendido sobre el cuerpo yerto del otro suplica el perdón. Y en la mayoría de las ocasiones, lo obtiene.

Todos los lunes respira profundo y toma la decisión. Me lo adelanta cada viernes con su voz de aire. Por la tarde se pregunta si valdrá la pena. Total, todos son iguales, dice. Mejor un conocido, Ya son varios años, ya conozco sus mañas, sus gustos, sus gritos, justifica. Y explica que aún mantienen ambos el deseo nocturno. Quizá sea eso lo que los ata. Quizá sea imposible, o casi, dejar el abrazo, el aleteo de los labios, las caricias. El momento en que sentimos el grito de la vida entre las piernas. Quizá sea esa la fatalidad. El placer a cambio del maltrato. El horror.

A una amiga el maltrato le mutiló las piernas. Le cortó la lengua y la costumbre de mirarse cada mañana al espejo. Aguantó el maltrato hasta que un día, en la cama de un hospital, pidió un espejo. No le afectó tanto la mejilla abierta, la ceja rota, el rostro azul. No. Le dolió más no haberse reconocido antes, seis años atrás, dos. Pero tomó la decisión de aceptar la mano que le ofreció ese día el espejo. Ella misma con su soledad envuelta como nido. Tendida sobre su fuerza, su nombre, su historia, sin volver a ser arrastrada en la ráfaga. Todavía era joven. Y hasta entonces lo supo. Fue como si la verdad despertara de pronto al lado de su cama. Pero como me dijo un día un poeta, la verdad del amor, está dormida.

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jueves, mayo 21

¿En qué son diferentes los gays?

Cuando un día mi hijo me preguntó en qué eran diferentes los gays del resto de los mortales, le respondí que en nada. Igual que los heterosexuales, le dije, los gays y las lesbianas aman a quienes les hacen sentir amor, a nadie más. Se ama o no se ama. Se desea o no se desea. Seas homosexual o no lo seas. Al terminar mi escueta explicación, mi hijo tenía los ojos más abiertos y grandes que nunca. No sé si ese día entendió el fondo del argumento —tendría apenas unos 11 años—, pero a seis de distancia, ni duda me cabe de que mi respuesta le ha ayudado a valorar a los seres humanos, no por lo que dicen otros que son, sino por lo que ellos mismos hacen, demuestran, entregan y en realidad son. Tampoco sé si los gays y lesbianas están muy de acuerdo con mis argumentos, pero en lo personal, me sentí satisfecha de haberle quitado a mi hijo un peso de encima: el peso de rechazar a quienes los códigos de conducta impuestos por no se sabe quién, nos dicen que hay que rechazar. No importa si los conocemos o no; si sabemos qué han hecho con su vida o lo ignoramos; no importa si llevan nuestra sangre, nuestra sonrisa, nuestro respeto, hay que rechazarlos, nos dictan los que trazan la frontera entre el bien y el mal; entre lo permitido y lo prohibido.

El día en que mi hijo conoció a Chavela Vargas, reafirme mi tesis. La verdad es simple, es transparente, como un niño. Pero también, igual de frágil que su alma. Desde el primer momento en que la conoció, la admiró. Por atrevida, por ser como es, por retadora, me dijo cuando le pregunté el porqué de la confianza con la que se habían tratado. Chavelongas, le llama desde entonces. Y ella le dice jodón. ¿Cómo está el jodón?, me pregunta de tanto en tanto Chavela, que un día me confesó que era el primer jodón respetuoso que había conocido en el mundo. En el mundo raro en que vivimos.

Ni mi hijo ni yo participamos en las marchas y actos del Día Internacional de la lucha contra la Homofobia que se celebraron ayer en la ciudad de México y en otros muchos rincones del mundo. Y no porque no creamos en las exigencias de las organizaciones de defensa de los derechos de la comunidad lésbico-gay, bisexual y transgénero. Creemos en ellas como creer en el derecho a la educación, a la salud. No estuvimos tampoco en las calles en 2007, año en que por primera vez se celebró este día en el Distrito Federal. Ni al año siguiente. Ni, como ya dije, este año en el que también Oaxaca, Quintana Roo y Tabasco participaron, al decretar sus gobernantes el 17 de mayo como día estatal de lucha contra este tipo de discriminación.

Cuando me enteré de que estos estados se unían, lo celebré. Pero me quedé sin entender las causas de la ausencia del resto de México. ¿Qué falta? ¿Qué sobra para que algo tan natural como expresarse contra el odio, sea posible?

El odio mata, me dijo hace mil años mi padre. Mata al amor, a la sensibilidad, mata al alma. Nunca odies, me aconsejó mi padre conservador. Lo que no me dijo es que el odio, no solo mata: también quita la vida. Literalmente, asesina.

Nadie puede saber cuántas personas han sido asesinadas por ser homosexuales en los últimos años. Se denuncian los robos, las amenazas, cada vez más se denuncian las violaciones, los secuestros. Pero todavía es difícil denunciar los crímenes contra los que todavía creen diferentes. Los ocultan los padres, los hermanos, los jefes; los códigos de conducta impuestos por no se sabe quiénes, los ocultan. Y aún así, los casos denunciados, solo los denunciados en México son 464 desde 1995. De estos, el 98 por ciento no han sido investigados a fondo. No se sabe quién los cometió ni porqué. No se sabe; no se quiere saber.

No he hablado con mi hijo sobre el día internacional de la lucha contra el odio. No le he dicho que todavía no entiendo. No entiendo qué es lo que falta, qué es lo que sobra para que el mundo acepte que no hay diferencia entre un homosexual y un heterosexual. Se ama o no se ama, quisiera volver a decirle. Que no olvide nunca que cuando él estaba apenas husmeando los aromas de esta vida, en 1990, la Organización Mundial de la Salud, admitía ya que la homosexualidad no es ni una enfermedad, ni un desorden mental.

La vida, el amor a la vida y el respeto a los demás, es lo que nos concede fuerza, quisiera decirle a mi hijo hoy. A él que lo va a entender a la primera, pero sobre todo a aquéllos que aún no alcanzan a distinguir que no hay ninguna diferencia entre los gays y el resto de los mortales. Y que la única que existe es aquélla que el odio ha generado. La misma diferencia que hay entre la honestidad y la mentira; entre la verdad y el poder. Entre amar y odiar.

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lunes, mayo 4

Los besos que no nos podemos dar

Guadalupe aprovechó la alerta epidemiológica para poner en orden el estudio de su departamento y la cocina. Ella y su hija adolescente han compartido horas cambiando de sitio las cazuelas, las cucharas de palo, los sartenes, y colocando en la estantería los libros por nombre de autor, como lo tenían pensado hacer desde hace casi un año. Se sintieron bien uno o dos días, pero al tercero de verse las caras 24 horas, o casi, comenzaron a reñir por cualquier cosa. Están pensando en pintar una de las habitaciones, pero no han encontrado una sola tienda de pintura abierta, quién sabe si será por el puente o por la alerta, me comentó Guadalupe la otra mañana que aprovechó una salida de su casa para traerme tamales calientitos de cariño.

María no es que esté feliz, pero al menos tiene novio. Así me dice cuando nos llamamos para preguntarnos mutuamente cómo vamos llevando el encierro al que nos obliga la gripa AH1N1. “Yo al menos tengo novio”, me dice con voz satisfecha y una risita cómplice. Ellos sí pueden besarse, acariciarse, abrazarse, pienso. En cambio los amigos y conocidos no podemos ni tocarnos. Para mí eso ha sido terrible, sobre todo porque se me olvida y cuando veo a alguien que estimo, me lanzo a saludarlo de abrazo y beso. Pero me ponen el freno. No me empujan, claro, se supone que no deben tocar a nadie. Pero dan un salto tremendo hacia atrás. Un salto que provoca susto. Y que duele. Un momento nada más, pero duele.

No se si es porque no he estado tan atenta de toda la información que dan los medios de comunicación, pero no recuerdo que hayan abordado con detalle las medidas de prevención, si es que las hay, que deben tomar los amantes. Nadie ha dicho que no hay que tener relaciones sexuales; o que quien las tenga no debe besarse o que si lo hace, mejor que usen tapabocas. Nadie ha dicho si los besos en el cuerpo contagian o no. O si las palabras veloces plagadas de risa están más expuestas al virus que las palabras tristes. Lo digo porque estos días la gente, la poca gente que anda por la calle de la ciudad de México, lleva la tristeza encima. O al menos así lo parece. No creo que sea por el tapabocas, la sonrisa se mira mejor en los ojos. Al menos los que nos quedamos en la ciudad, escuchamos las pisadas de una tristeza generalizada. Una tristeza sin fe, como la nostalgia.

En el edificio donde vivo, solamente hay una familia con niños. Son dos y están en esa edad en que la energía que desparraman podría llegar a incendiar a la ciudad entera. Sus padres, pobrecitos, ya no hallan qué hacer para entretenerlos. Los primeros días se preocupaban por las horas y horas que pasan frente al televisor. Entonces combinaban con videojuegos. Pero también eso les preocupa. Se inventaron juegos de mesa, serpientes y escaleras, dominó cubano que tarda más en acabar, ahorcados, de todo. Francamente los papás merecen la medalla a la paciencia. Pero aún así, todas las tardes, a eso de las 6:00 horas, comienza el estruendo. Alguno de los dos niños abre la función llorando, alguno de los dos padres gritando. Al final los niños no se escuchan. Seguramente estarán otra vez frente a la televisión o en los videojuegos, imagino. Y quedan los reclamos a gritos de la madre al padre o viceversa. Casi todas las tardes desde hace 10 días, la relación entre ellos se erosiona. Ojalá les sobre amor para mañana, cuando llegue el silencio.

A mí me ha tocado estar sola en casa. Decidí no salir de la ciudad y aprovechar para terminar de escribir lo que tengo pendiente. Y sí, el ambiente para ello ha sido propicio, pero no tanto como pensé. Me siento a escribir cada mañana con la decisión firme de atravesar el mundo que narra la escritura sin perderme. O perderme por completo para regresar con la verdad de una historia inventada. Y casi lo consigo. Pero siempre hay alguien, uno o dos amigos, mi hija, que llama desde otro país para preguntarme cómo va la emergencia; como mi soledad, el tejido del ambiente triste. Y yo lo agradezco. Como agradezco igual la insistencia de los amigos también solos, que me acaban convenciendo a diario de que todo el día en casa enferma más que el aire. Un tequila no te caerá mal, me dicen y pasamos parte de la tarde tomando tequila y hablando de la influenza hasta que nos cansamos de escuchar nuestras voces diciendo lo mismo. Cuando callamos sentimos cerca a la tristeza. Y ya no tanto por la soledad de las calles o el encierro. Sentimos la tristeza que desata la etiqueta que nos han colocado a los mexicanos en algunos países del mundo. La tristeza y la rabia de no poder sino dejar abierta la ventana, para que entre la sombra de los besos. Pero tal vez cuando todo esto acabe, habrá sobrado amor para darnos las gracias. Y abrazarnos sin miedo y darnos los besos que no podemos darnos y recibir con amor a los 70 mexicanos sometidos al encierro en China y aplastar a golpe de solidaridad, a todos los racistas del mundo.

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