jueves, febrero 18

Agonia

Una mujer ha decidido
iniciar la marcha
hacia el fondo de su alma.

Ayer dio el primer paso
cerró sus ojos
y la palma de sus manos

Ahora escribe
en silencio
y en silencio avanza

Se desprende
dibuja el poema
que la salva
del mundo

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lunes, febrero 15

Robo

Algunas veces,
las sábanas, un libro,
el cristal de una ventana,
cualquier espejo,
y los sonidos del alba,
casi todos,
se apoderan sin clemencia
de la soledad

La lluvia se queda entonces quieta
sobre mi vientre yermo.
Y no hay quien me auxilie a levantar
mis derribados huesos.

Los objetos reclaman su memoria.
Exigen que pronuncie su historia.

Un chapulín de hojas muertas
prepara el salto
mientras los libros se extienden
en ramas de palabras mudas.

Y no hay quien mire el nudo
en mis pupilas.

febrero 15, 2010

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sábado, enero 30

Amores que fueron

Algunas veces las historias de amor
se desgajan, como frutas, en las manos de nadie
Es el tiempo quien se corta los labios
antes de besar el fondo oscuro de la tierra
donde clama el deseo

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sábado, octubre 3

Lluvia árida

Al final del verano
uno a uno
vimos desplomarse
empapados de fuego
los brazos del sol

Sobre una ciudad de agua
lloran los niños sin sus madres
nadie los escucha
desgajar a la vida
en la mirada

Alguien muere de sed
a la orilla del lago
Es un dios sin memoria
el único que ríe

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miércoles, septiembre 2

Y sigue la mata dando


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lunes, julio 20

Lector de almas

(Publicado en junio 2005 en el diario La Crónica)
La memoria es una muchacha que baila.
Curro

Supe que Francisco Cíes había nacido con ese don, el día en que envió a su hijo a atender la mesa donde yo me encontraba. Cuando fui a despedirme de Merceditas, su mujer, para agradecerle la olla gitana, la morcilla a las pasas, la sonrisa, lo vi al fondo de la cocina. Francisco Cíes, El Curro, llevaba encima una tristeza de esas que moldean sobre el rostro, otro rostro.
“Me se ha roto el alma”, alcanzó a decir en andaluz.

Se llama la Taberna de Antonio Sánchez y es la taberna taurina más antigua de Madrid. Curro la administra desde hace más de 30 años. Fue el refugio de los grandes artistas de la generación de 1898, entre ellos el pintor Ignacio Zuloaga, gran aficionado a los toros y a la verdad. Aquí venía Zuloaga buscando torrijas, consuelo, vino, y a su amigo Antonio Sánchez. Todavía hoy, de las paredes de la taberna cuelga un magnífico retrato de Antonio Sánchez dedicado por Zuloaga en los años 40: “Al buen torero y pintor, del mal torero y pintor Ignacio Zuloaga”. Un poco más adentro, sobre un mosaico se hace constancia de que “en este lugar celebró el pintor Ignacio Zuloaga su última exposición y aquí también solía reunirse con sus amigos que a su venerada memoria dedican este recuerdo”.

Más allá, un artículo sobre la taberna que Camilo José Cela incluyó en su libro Torerías. “Se prohíbe escupir en el suelo”, se advierte en una pequeña placa de metal. En otro salón, los retratos de los toreros de la época, una fotografía de El Juli, a quien su abuelo lo llevaba a la taberna cuando tenía escasos siete años y excesivas ganas de torear, y otra de Curro en traje de luces y un toro de Aguascalientes delante de él.

A los 14 años el Curro se soñó torero en México. Y se fue en barco a Veracruz. Le da risa acordarse cómo se marearon los caballos.

Es la taberna del recuerdo casi intacto. Donde Curro se roba las palabras de los comensales, aunque no intencionadamente. Dice que no lo puede evitar. Se le meten a los oídos y Curro voltea a ver a quien las pronuncia. Le basta un movimiento de ojos, o su quietud, para mirar lo que hay dentro.

No le hace falta tocar carta ni mano. Los ojos sacan el dolor del alma, me explicó.

A Curro le da miedo, me confesó en estos días. Cuando siente el dolor ajeno, el dolor de hoy o el de mañana, se retira. Al escucharlo recordé aquella ocasión cuando se fue a padecer el dolor que mi alma habría de padecer tiempo después. Lo había leído en mi mirada. Pero le dio miedo prevenirme.

También las penas propias las predice. Hace unos 20 años enterró a una hija. Cuando Merceditas la sacó de la casa para llevarla al doctor, con un dolorcito de nada, el Curro supo que no volvería. Esa noche amó a su mujer como nunca antes lo había hecho. Y a los nueve meses nació otra niña. La misma carita, igualitos los ojos, idéntica la sonrisa. La niña que heredó de Curro el don de leer almas. Aunque todavía no lo sabe.

Cuentan en el barrio que cuando vivía Antonio Sánchez, la gente iba a la taberna más por estar un rato con él que para tomar el espléndido vino que ofrecía. Había quienes iban nada más a ver a los amigos de Zuloaga y escuchar discretamente las tertulias. Era la forma de desaprender lo que enseñaban en las escuelas. Y pensar en libertad. Todavía en los cincuenta, la escritora Gloria Fuertes, fundadora del grupo femenino “Versos con faldas” iba a la taberna a ofrecer lecturas y recitales a quienes necesitaban un trago de libertad.

Unos años después, el Curro veía a Joaquín Sabina cantarle a las calles de Lavapiés. Cuando Joaquín Cortés, el bailaor, va a la taberna, tarda en entrar. Los gitanos del barrio lo envuelven con sonidos de palmas y orgullo. Curro se acuerda muy bien de “la castañera”, una mujer que vendió castañas más de treinta inviernos en la Plaza Tirso de Molina. A sus hijas les regaló varios sueños. Se los metía en los bolsillos de los delantales.

Todavía en tiempos de Franco, a Curro le dio por limpiar una tarde la fuente que estaba al fondo de la calle Mesón de Paredes, donde está la taberna. Frotó tanto que hizo brotar una placa de metal, dedicada a La República. Se sintió orgulloso. Alguien la había tapado, no por dar de baja a la memoria, sino para que sobreviviera al franquismo. Curro llamó a un periodista. Y nadie pudo ya arrancar la placa.

La memoria es una chica bailando, me dijo Curro, el ladrón de palabras que no sabe si tiene dentro un duende o un demonio, pero sea lo que sea, dos veces le salvó la vida. Desde la primera vez sueña de tanto en tanto que está muerto. Y muerto vive, la intensidad de la vida que se extiende a sus anchas en una Taberna de Lavapiés.

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miércoles, julio 15

Murmullos de guerra

Algunos despiertan con la soledad adherida al cuerpo. Sin saber todavía quiénes son, permanecen con los ojos cerrados hasta estar seguros de lo que verán. Si los abren antes, morirían de susto o de dolor. El dolor de sentir el hueco en el sitio de los sueños. Ahí donde hace años acudían a diario para crear su historia. El futuro luminoso que un día tuvieron en la palma de la mano. En la palma cerrada de una mano que amaneció, no se sabe con exactitud cuándo, vacía. Por eso ahora no levantan los párpados hasta comprobar que siguen siendo los mismos, porque saben que lo que verán les será ajeno, distinto, opuesto a lo que un día encontraron y guardaron en la palma de la mano. Prolongan cada vez más el acto de despertar, porque saben que al abrir los ojos, la imagen misma de la destrucción saltará sobre ellos, con sus garras de caos.

Algunos salen de sus casas con el vértigo a cuestas. La onda expansiva que produce el griterío de los motores de los automóviles, los gases que emiten tan cínicamente cada día más vehículos, las cabezas rodantes, los ejecutados, el dinero evaporado; la corrupción, todas las noticias del día, impiden que el vértigo desaparezca. Falta aire.

El viento limpio se ha desplazado a otras tierras, como las aves, en busca de salvación.

Algunos, cada vez menos, se reúnen al final del día. Intentan untarse una pomada que arranque la piel muerta de sus manos a golpe de palabras.

Y sueltan frases con obuses a tiro rápido. Una opinión destruye otra que apenas comenzaba a formularse. Difícilmente consiguen escucharse. Algunos lloran sin saber que lo hacen. Lloran y se sientan frente al televisor a mirar cómo lloran las actrices y los actores de las telenovelas de Televisa. Cómo saltan al despeñadero de la fantasía, chorros de lágrimas sin sal.

Es entonces cuando algunos vuelven a creer que es posible vivir la vida que narran las pantallas. Y piensan que tal vez mañana un amor calmará la ansiedad. Quizás la herencia de un familiar desconocido o el reconocimiento del jefe, una sonrisa, acaso una mirada. Por una sola vez en la vida, una mirada que detenga el andar de la ansiedad, su acelerada carrera.

La ansiedad que oprime las venas de la razón y libera, al mismo tiempo, la facultad de percibir lo invisible, lo impalpable, lo que antes caminaba al lado de las multitudes. Lo en silencio perdido.

En la ciudad, nunca hay silencio. El silencio también ha emigrado a otro territorio, para evitar su anunciada extinción. Sabe que si muere, moriría también la música. Y la música es, por el momento, la que lleva más carga de mundo.

La que casi todas las noches se ocupa de salvarlo. La que a algunos les tiende la mano para ahogar el desasosiego en una pista de baile. O enredada la tristeza en otro cuerpo que comparte la urgencia de baile, la desconfianza y el deseo de espantarla. Y es que la desconfianza es también la soledad, porque separa al individuo de todo discurso.

Le repleta los oídos de arena. No enloquece del todo, pero al dejar de creer en la capacidad del ser humano de decir la verdad, pierde trozos de algunos de sus sentidos. Por eso de vez en cuando intenta curarse la desconfianza. Y para evitar tropezarse con el reguero de encono que le rodea. Tanta rabia, tanta ira. Da miedo.

Tuvo miedo. Me dijo mi hijo que tuvo miedo cuando se quedó atrapado durante casi tres horas en la lateral del periférico, a unos metros de la salida de Alencastre y muy cerca de donde cayó el avión el martes 4 de noviembre. Recibió varias llamadas que le explicaron lo que sucedía y que le aliviaron un poco el temor.

El temor sin rostro propio que se exhibe tan campante en cientos de miles de rostros. Después encendió el radio para escuchar la noticia y lo invadió el desamparo. No sabe porqué, no entiende.

Pero sintió quizá por primera vez en su vida, el desamparo compartido. A pesar de que a sus 17 años no le preocupa demasiado definir la causa del desplome de la nave, la incertidumbre está en el aire impuro que respira. La duda.

Las imágenes de la guerra que transmite la televisión, las que imprimen los diarios, las que pronuncian las estaciones radiales.

Las cabezas rodantes, los fusiles, los cuerpos rotos de niños y jóvenes, el dolor. Pero sobre todo, están también las voces que a gritos declararon la guerra abierta contra el narcotráfico. Y muestran en público sus armas, su poderío. Sacan a las calles sus vehículos militares repletos de soldados armados en forma ostensible, agresiva, en posición de ataque. Difunden una y otra vez los operativos militares. La violencia como arma contra la violencia. Guerra es guerra, susurran los mensajes que se escuchan día tras día, hora tras hora. Cada segundo con la bala en la boca. La bala de la desconfianza.

Algunos duermen con la soledad adherida al cuerpo. Lo hacen desde que quedó deshabitado el sitio donde un día comenzaron a crear su historia, su futuro de luz.

No se sabe con precisión hace cuánto tiempo. Pero últimamente prolongan cada vez más el acto de cerrar los ojos. Se quedan con los párpados alzados. Creen que si duermen con los ojos cerrados no podrán ver lo que sueñan. Y los sueños, como la música, todavía no han emigrado a otros campos, aunque algunas madrugadas se les ve ya batiendo las alas.

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