martes, mayo 1

Quinceañeras en el Zócalo

De no haber sido por la tiricia, me hubiera gustado mucho celebrar mis quince años en el Zócalo de la ciudad de México. Hubiera disfrutado intensamente bailando mi primer vals con algún chambelán de camisa almidonada, como lo hicieron este sábado 180 jóvenes mexicanas. Me imagino posando para la foto del recuerdo en el Ángel de la Independencia y entrando al Zócalo trepada en el segundo piso de algún turibús. Pero cuando cumplí quince años no existían los turibuses, ni tomaban fotografías en una carroza de terciopelo, alrededor del Ángel. Tampoco estaba de moda utilizar al Zócalo para ese tipo de celebraciones. Y lo más seguro es que no me hubiera atrevido a salir a la calle con uno de esos vestidos enormes, atiborrados de encajes y crinolinas. Ni siquiera se me ocurrió ir a comprar al centro mi atuendo, ni soñar con tener chambelanes o un pastel rosa de tres pisos. Aunque fiesta tuve. Una fiesta moderna con música de rock y ningún vals. Recuerdo que la disfruté, pero también recuerdo ese día como el primero en que me dio un severo ataque de tiricia.

Si no se atiende la tiricia mata, solía decir mi bisabuela que distinguía a la perfección cada una de las formas de la tristeza. La tristeza que nutre, la que devora, la tristeza que arropa, la que desnuda. La tristeza del amor y la del desamor. La que se tiende en el vientre por las mañanas y la que nunca se queda quieta. Ni se espanta cuando advierte su propio temblor. La tiricia, si arremete sobre un espíritu débil, hiere, deja huecos por dentro, nos avienta a la tierra de nadie. Y en ocasiones mata, insistía mi bisabuela sin que le hicieran mucho caso. Solo yo solía mirar sus palabras de luz.

Hay quien dice que la tiricia es más cosa de niños y de mujeres. Un amigo médico me dijo que a su consultorio le llegaban decenas de casos de niños con tiricia, o al menos eso le decían a mi amigo las madres de las criaturas. El les preguntaba qué era eso de tiricia. El desgano doctor, la tristeza seguida del berrinche, la falta de fuerza en la voz y en la forma de mirar al sol, le decían. Mi amigo los curaba con miel de abeja o vitaminas. O se inventaba un método para hacerlos reír. Si era tiempo de mucho calor, sugería que no subieran a los chamacos a las hamacas ni a las mecedoras y que si lo hacían, les echaran viento con un abanico. Mi bisabuela me contó de un hombre adulto que murió de tiricia. No se sabe cuál fue el diagnóstico de los médicos, pero antes de morir se le veía muy abatido, como si le hubieran robado los músculos de las piernas. De tanto estarse quieto, se le fue debilitando el alma hasta que ya no le quedaron ganas de vivir. También me platicaron el caso de un médico español que durante la guerra civil vio morir a sus pacientes más de tiricia que de sus enfermedades. Y en otra ocasión supe que los habitantes de un pueblo de la sierra de Oaxaca se dieron un día a la tarea de cortar cactus. No hacían otra cosa que cortar todo tipo de cactus. Hasta que no dejaron uno solo. Cuando alguien preguntó la causa explicaron que los cactus le roban energía a la gente y hacen que le de tiricia. De tiricia había muerto un anciano del pueblo.

A mí me dio un ataque de tiricia a los quince años. Después me han dado varios más, pero el que más adentro me invadió fue el que me dio a los quince años. El primer síntoma fue la nostalgia. Más que tristeza, sentía nostalgia de vivir sin escuchar los gemidos de la tierra. Sin ver sus heridas. Sin que me doliera la desolación, el hueco en las palabras, el abandono. Después me invadió una necesidad fiera de llorar. Y lloré. Lloré en cada rincón de mi casa, en los callejones, debajo de las sillas y de las butacas de los cines. En el baño de la escuela lloré y lloré, sin saber exactamente qué diablos lloraba. Hasta que me senté frente al papel en blanco, en busca del remedio.

La escritura me curó en aquélla ocasión la tiricia. Supe por la mía que las mujeres lloramos de amor. Cuando amamos y cuando no amamos, también lloramos. Antes y después de amar, lloramos las lágrimas solitarias, sin semblante, sin lema que las identifique, porque no tienen sonido. Son la orilla del silencio. Donde nada hay que pronunciar, nada qué declarar, sino el llanto.Más o menos eso fue lo que escribí cuando me curé por primera vez de la tiricia. Después supe que no todas las mujeres lloramos por las mismas causas. Aunque el llanto primero tiene casi siempre las mismas características. Nos atrapa a mitad del camino y nos detiene el cuerpo.

También supe que cuando amamos de alguna manera espantamos la parte de la tiricia que causa pereza. Aunque nos quede la tristeza encima. Y la nostalgia.Cuando vi a las quinceañeras en el Zócalo este sábado sentí nostalgia. De no haber sido por la tiricia, me dije, me hubiera gustado bailar mi primer vals entre el Templo Mayor y la Catedral con el más guapo de todos los chambelanes. De haberlo hecho, quizá habría evitado la tristeza que desde que cumplí quince años me causa escuchar los gemidos de la tierra. De una tierra que llora de amor y hiere. Como un mito. Como cualquier historia escrita tan solo por la urgencia de inventar como método contra la inanición y la muerte. Y quizá también hubiera sido capaz de inventar la historia de un grupo de 89 quinceañeras que al celebrar sus quince años en el Zócalo de la Ciudad de México irradiaron tal cantidad de energía que consiguieron erradicar del mundo la tiricia. Y el dolor que provoca escuchar los aullidos de la tierra

3 comentarios:

Ana dijo...

Me encanta tu Blogg, y me sorprende todo lo que le has puesto.Esta de las quinceañeras no la había leido. Me gustó mas leerla aquí. Te quiero,
tu hija

Anónimo dijo...

Hola, un amigo me preguntó que es la tiricia, con suerte encontré este artículo que lo especifica muy bien. Gracias. Rosana. Venezuela

Anónimo dijo...

Gracias por este artículko tan bueno...Estaba buscando el significado de lo que es la tiricia, porque siento que yo la tengo....y veo que no es tan solo tristeza sino algo más...
Mi abuelo murió de tiricia un año después de que se le murio su hijo.
Gracias...