El balcón de los inventos
Lo que sí es cierto es que en Semana Santa abunda más el tiempo. El que a mi me sobró lo utilicé para gozar mi casa, sentarme en el balcón con los ojos abiertos para poder ver lo que imaginaba. Es como un juego. Inventar lo que uno ve. Subir al tren de las palabras inventadas con la única finalidad de ser por un rato, otra. O inventarle una metáfora a la imagen con otra imagen. Cuando lo hago recuerdo que los ojos poseen la facultad de sentir, algunos ojos. Y de soñar. Dicen que el soñador despierto sueña con su sueño. Con la realidad onírica de su deseo, donde acude para cruzar la mirada precisamente con ese deseo. Un deseo que la realidad rompe, aunque no siempre consigue romper también el sueño. Y se sigue soñando, sobre todo cuando se escribe el sueño.
Cuando comienzo el día sentada en el balcón de mi casa, lo termino escribiendo. Por eso me gusta quedarme en la ciudad durante la Semana Santa. Para escribir todo lo que mis ojos inventan y que no escribo el resto del año, aunque en ocasiones sí lo invento. Pero este año también me dio por leer los tiempos que pasé escribiendo cartas o mensajes vía internet todos los días. Y me llené de nostalgia y me dio sed. Entonces pensé en los pobres chamacos que no pudieron este sábado jugar a empaparse y en sus cuerpos de sed.
La sed no es exclusiva de los niños. Aunque la soportan menos, o la sienten más. A mi de niña me daba todo el tiempo sed. En Semana Santa salíamos toda la familia, repleto el coche de mi padre, hacia el mar. La sed me atormentaba, tengo sed, decía una y otra vez y mi madre abría una chaparrita de naranja tras otra, para mi, mientras mis hermanos se quejaban de mi sed y de que al rato ya estaba yo pidiendo a mi papá que detuviera el coche porque no me aguanto las ganas de hacer pis, decía y minutos después comenzaba de nueva cuenta a crecer la sed. La sed se me quedó como una manía, la manía de tener siempre sed. Unos años más tarde, ya adolescente, se me ocurrió pensar que la sed y la escritura están relacionadas. Unidas, hermanadas. Después lo escribí. Y al escribirlo sentí el vértigo. El mismo vértigo que se padece cuando arrecia la sed. Y seguí escribiendo. A escondidas, casi siempre. Guardaba los papelitos escritos debajo del colchón. O dentro de la cabeza rota de las muñecas con las que nunca jugué. Ignoro la causa de mi escritura clandestina. Nadie me decía que no lo hiciera. Pero nada más de imaginar a algún miembro de mi familia, a una amiga, al vecino, o a la monja de mi escuela leyendo mi escritura, se me iba el aire. Me quedaba sin respiro. Con la puerta cerrada y en silencio, pero un silencio sin alas. Ni mar.
De niña escribía palabras de ciudad. Era una niña de la ciudad. Una ciudad menos agresiva que la que hoy tenemos, menos herida, más grata. Los niños podíamos pasar el día entero en sus calles, hacerlas nuestras. Eran calles sanas. Pero aún así escribía la locura de la Ciudad de México y sus habitantes. La locura, por ejemplo, de una mamá que abandonó a su hija, una niña como yo, pero distinta, solamente porque se comía a puñados la tierra y luego se azotaba sobre el piso. Era una niña epiléptica. Y su mamá, primera generación en la Ciudad de México, pensó que se le había metido el diablo al cuerpo. No pudo con la ciudad la señora. Y su hija terminó en una granja siquiátrica aceptando la locura de su madre como propia. Muchas veces volví a escribir sobre ella. Y muchas más la visité en el psiquiátrico. Hasta que decidió arrojarse sobre un hueco de sabanas en llamas y me pidió que por favor, por favor, ya no fuera más. No he vuelto a saber de esa niña de once años que un día se sentó en el balcón de mi casa a mirar con sus ojos abiertos todo aquello que inventaba. Pero nunca se le ocurrió inventar que podía salvarse. O llorar sola.
Terminé la Semana Santa hablando sobre todo esto con mi gran amigo que vive en Madrid. Le conté las palabras que callé. Una a una, todo este tiempo. Le hablé sobre la Semana Santa en la ciudad. Y de cómo desde mi balcón, descubrí que la mirada puede ser también una lectura. La lectura imposible de la última voz.
El próximo año quizá visite otra ciudad en Semana Santa. Tal vez vaya a Beirut, a recordar tocando las piedras que no olvidé. O a Bogotá, a bailar sin que nadie piense que bailar es huir del incendio. Y si vuelvo a quedarme en la Ciudad de México, iré al hospital psiquiátrico a visitar a una niña de once años y escucharla pronunciar una palabra. Una sola palabra que le devuelva la vida. Y nos quite a ambas la sed.