lunes, enero 19

La muerte a la interperie

Día tras día aumentan los habitantes de la ciudad de México que van ocupando cada uno de sus rincones. Los escasos espacios donde aún el viento corre, se reducen. Ignoro si hay alguien que todavía mira el cuerpo, incomprensiblemente esbelto, de la ciudad; su mirada de fiera, la piedra en su mejilla. Quizá aquel anciano que llora en el encierro; o la niña que sueña los cuentos de la abuela y quiere ser la abuela. Caminar hasta llegar a la panadería, elegir uno a uno los bizcochos para la merienda, comprar la leche, patinar, jugar al aro o a las matatenas en plena calle. Ignoro si hay alguien que sepa que la ciudad aún no acata la orden de rendirse, ni ha aceptado inmolarse sirviendo a la violencia.

Aún hay siluetas que encuentran lo que creían perdido, un beso a pleno día, una mano en su mano, el tiempo.

Día tras día se vacían otros pueblos de México. Sus habitantes se han ido en busca de consuelo. Antes se marchaban huyendo del hambre. Ahora también, pero hay nuevos reclutas en la huida. Personas de la capital o de provincia que llevan el miedo atado a la cintura, como una soga que lacera la vida. La nueva vida, el instante en que dejaron de respirar con soltura en las noches sin luna. El instante en que escucharon la palabra del odio, y fue creciendo la espina en la garganta, mutilando, quizá temporalmente, quizá para siempre, al habla.

Desconozco las cifras de los que son expulsados del país por la violencia. Por los violentos, por la descomposición de los sentidos, por la escasez de poetas. Desconozco la cifra de los que se quedan a vivir al lado de nadie. Los que no pudieron salir con su familia. Los ancianos, los furiosos, los que no aceptan la orden de rendirse que dicta la violencia. Los que jamás se unirán voluntariamente a las filas de la servidumbre. Y se quedan abrazados a nadie


En ciertos pueblos los fantasmas conviven con los vivos. Algunas veces se acostumbran a verse en la sombra. Perciben los olores, los sonidos quietos del fantasma cuando habla. Cuando pregunta por qué se fueron todos. Adónde.


En varios pueblos del estado de Hidalgo quedan solo cien personas. Miles se han ido y ya no regresan. Si acaso una vez o dos lo hicieron. Pero ya no quieren mirarse en la memoria. Y renuncian a cruzar de este lado de la vida. Se quedan echando raíces en tierras ajenas. No vuelven a escuchar la voz de los ancianos que aguardan en las casas de adobe el regreso prometido, el sobre con los dólares, el timbre del teléfono. Mientras. la tierra crece de hambre, ninguna mano le arroja la semilla, nadie le ofrece un poco de agua.


Supe de una comunidad en Puebla, donde quedan solamente catorce personas, cinco de ellas son niños que asisten a la escuela vacía. No se escuchan las risas, ni un grito de esperanza. La tristeza, en cambio, aparece con su rostro impaciente. Los fantasmas despiden a diario a la vida. Como en Comala, la muerte se instala a la intemperie.


En Beirut conocí también a los pueblos fantasma, en ruinas tras la guerra. Hablé con los diez o doce habitantes que aguantaron las bombas, las amenazas, la soledad y el hambre. Prefirieron un techo sin paredes, el frío en los dedos, la mugre entre las uñas. Eligieron quedarse al lado de sus muertos. De haberse ido, me explicaron, sus familiares muertos olvidarán sus nombres. Y prefieren la vida que imaginan tendrán después de muertos.


En Líbano visité un cementerio. Y hablé a señas con una anciana que llevaba once meses sentada en medio de siete sepulcros. Su familia, toda, murió en un bombardeo. Algún vecino le llevaba comida, una manta en invierno, una caricia. Pero nadie consiguió convencerla de que regresara a su casa. Cuentan que murió sentada y que nadie logró que cerrara los ojos. Sus ojos que recuerdo como se recuerda al desierto. O a la Luna.


Este fin de semana la luna volvió a entrar por la puerta de la ciudad, sin importarle la inquietud de los insomnes.


Ayer por la mañana una amiga me invitó a pasear con su hijo de dos años por el parque. Viene de Madrid, llena de nieve. Me dijo que su hijo, apenas llegó a México, rió de sol. Y entonces volví a escuchar la voz de una ciudad que se resiste a cumplir la voluntad de los violentos. Y vi, una vez más su cuerpo esbelto.

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