miércoles, febrero 25

Contra el Miedo a la Crisis

De tanto escuchar, leer, hablar sobre la crisis económica, se nos está agotando la capacidad de mirar hacia otros espacios, dentro de otros ríos, frente a nuevos espejos. Minuto a minuto, los medios de comunicación en el mundo entero reproducen las cifras de la catástrofe. Los analistas, economistas, inversionistas, anuncian la debacle y predicen la continuación del caos, su carrera imparable, la extensión de su dominio hacia cada vez más países, ciudades, pueblos, empresas, comercios, fábricas. No hay ya ningún renglón de la economía a salvo; en ningún rincón del mundo, nos advierten, sin apenas recordar que atrás de las cifras hay rostros, sentimientos, personas, seres humanos que a distintos niveles se han visto afectados pero que, sobre todo, sienten, aman, lloran y aún en medio de la crisis, ríen.

Yo misma he pasado horas hablando con mis amigos sobre el tema. Que si tiene los mismos orígenes que la gran crisis de 1929; que si la recuperación será rápida o no; que si la responsabilidad mayor fue del sistema financiero de Estados Unidos, que si nos siguen y nos seguirán mintiendo; que si alguien conoce a uno de los afectados por la mayor estafa financiera del mundo, dirigida desde el corazón de Wall Street, discutimos. Pasamos horas enredados en un cúmulo de conceptos sin sentido. Sin pies ni cabeza... Y al menos para mí, sin alma.

La economía nunca ha sido ni mucho menos mi fuerte, reconozco. Soy incapaz de entender la tesis más elemental. No me explico por ejemplo cómo puede un sistema financiero caer así con tanta rapidez y fuerza. ¿Dónde comienza?, ¿en qué minuto estalla? ¿Dónde queda el dinero perdido? ¿Habrá seres come-dineros en el mundo?, me pregunto. Si no, ¿por qué entonces puede ser financiera la crisis? El dinero, que yo sepa, no se consume. El dinero se concentra, dicen los que saben. Los que saben ¿sabrán realmente?, pienso. Una y otra vez le doy vueltas al tema hasta que una arma invisible entra a mi defensa. Justo cuando estoy a punto de creer que el tiempo me ha atropellado la agilidad de pensar, aparece en mi mente la voz de un amigo muerto y me hace reír. O la mirada de un niño de luz que me hace sentir la vida tanto como un poema de Pedro Salinas, un recuerdo, una caricia, una buena sobremesa con las palabras de mis amigos yendo de un extremo a otro, de un trago a otro, de una esperanza a otra.

Como el dinero, los amigos en ocasiones se pierden. Un mal entendido, un cambio de piel, un salto hacia el poder, suele alejarlos. Pero los amigos que no se pierden son los que siempre han estado. Aun antes de conocerlos, estaban a la espera de que se diera ese momento en el que la complicidad abre las alas y nos lleva a recorrer un mundo de sueños que se escuchan, crecen, respiran. Y nos oxigenan. Por más crisis económicas, por más deshonestidad en el mundo, por más descontrol en los bancos, por más desconfianza en aquéllos que dicen manejar los hilos del poder, respiramos viento fresco cuando un amigo nos muestra la palma de su mano abierta.

Olvidamos. En ocasiones olvidamos sentir. Nos preocupa el futuro, el anunciado crecimiento del desempleo y con ello el de la violencia, el horror, el del miedo. Nos sentimos frágiles, a punto de quebrarnos. Y olvidamos que aún la fragilidad puede ser una cualidad, una herramienta, una forma de salvarnos, de colocarnos al otro lado del pánico. De ese pánico que nos lacera las venas de la creatividad y las de la imaginación.

La otra tarde un amigo me comentó que la fragilidad posee incluso un tipo de belleza, una belleza inestable que cruje, que aparece y desaparece, como un jarrón chino, un espejo, un objeto envuelto en una caja de cartón con el aviso “frágil” impreso encima. Frágil, como las pieles sensibles que sienten por fuera y por dentro.

Olvidamos sentir también la fragilidad de otros. Los primeros diez o cien o mil puntos de la agenda son la crisis. Y olvidamos mirar las calles, donde hay gente frágil que echa a andar su voluntad y su imaginación. Como lo hacen en el Faro de Oriente, ese centro cultural ubicado en Iztapalapa, uno de los barrios de mayor fragilidad y marginación de la ciudad.

La comunidad del Faro de Oriente le colocó el nombre de Alejandro Aura a su biblioteca, hace ya más de dos años, fue el mismo Alejandro, con el cáncer labrado ya en su voz, quien develó la placa que hicieron para él. Los integrantes del Faro no olvidaron que hace diez años fue Aura quien impulsó la iniciativa para fundar esta escuela de artes y oficios. Y tampoco olvidaron que la convocatoria que Aura le hizo a la comunidad intelectual y a la sociedad civil para formar el libro club más grande de la ciudad de México, generó un apoyo sin precedentes a esa entonces naciente congregación de jóvenes creadores.

Hoy todavía nacen en la ciudad iniciativas como esa. La cultura como arma contra la violencia, el desamor, el hambre, la soledad, las drogas. Y todavía hay gente que las apoya, que acude a diario a las calles, crea talleres, coloca exposiciones, abre la puerta a la calidez en el territorio ocupado por la intolerancia. La crisis económica quizá llegue a afectar el presupuesto destinado a los programas y proyectos culturales. Pero mientras la creatividad, la imaginación, la belleza y el deseo no sean devastados por la crisis, aún habrá lunes y martes y domingos blancos. Y rodeados de amigos o de su recuerdo nos desprenderemos del miedo a levantar las altas tempestades, como diría el poeta.

1 comentario:

Con el gusto de saludarte desde dijo...

Mirada Escrita ... Gracias por este espacio de comunicación y por recordarme que no estoy solo ... Dejar a un lado mi timidez, para buscar mis iguales y ayudarnos a enfrentar las adversidades que nos pudiese deparar nuestra "realidad"; también gracias por enlazarme con Alejandro Aura; a quien por primera vez le pude decir Gracias.

Suplico tu consideración, si lo que he escrito no cumple con las especificaciones técnicas de una ortografía o redaccción correcta a la que estas acostumbrada. No pretendo ser desconsiderado, sólo que para un servidor, en este momento, quiero saltar la barda del "hubiera" y decirte "Mil Gracias".

Saludos Cordiales

José Luis Alvarez
(mexicano y ciudadano del mundo)